FUE PINTADO en
los años ochenta cuando los grupos de izquierda en San Marcos tenían la
hegemonía política en el campus universitario. Exactamente en 1986, si
atendemos la fecha que reza en el interior del recuadro que reproduce una
conocida frase de Vallejo: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Pero,
estrictamente, no se puede saber cuándo. El asunto es que el mural del segundo
piso de la Facultad de Letras fue hecho cuando Educación era huésped en su
pabellón. Sus alumnos, inficionados por la ideología
marxista-leninista-maoísta, con seguridad, alentaron su creación. San Marcos,
hay que recordarlo, fue en los setenta “un templo de Mao Tse Tung”[1]. El mural, aunque consumado en otro período, se
inscribe, dentro de esta concepción. Sin recibir mantenimiento alguno durante
un cuarto de siglo, en febrero de este año ha sido restaurado. Una nueva capa
de pintura ha vuelto a la vida aquellos rostros y escenarios que, ocultos y
sombríos, yacían adormecidos en su interior. Tras las labores de restauración,
el simbolismo que encierra el Mural está de nuevo a la vista de los estudiantes
y curiosos que se detienen a observarlo. Aunque no se puede descartar la
posibilidad de que él o los encargados de la restauración hayan hecho algunas
modificaciones, aprovechando el grado de deterioro en que se encontraba, lo
importante es que, al parecer, la mayoría de trazos originales ha sido
respetado. En las siguientes líneas ofrecemos las apreciaciones surgidas luego
de varios días de observación del mismo.

El mural
El mural, como ya lo hemos expresado líneas arriba, ocupa el
segundo piso de la Facultad de Letras. Representa toda una alegoría del
advenimiento de una sociedad comunista. Se puede apreciar muchas imágenes que
avisan de su llegada. La que representa a una masa de gente en movimiento
mirando la luz de la alborada, y que marca poderosamente la composición del
cuadro, es un ejemplo de lo anterior. En la parte inferior derecha, se puede
ver lo que representaría, para un marxista ortodoxo, la burguesía, la clase
explotadora y el imperialismo expoliador. Allí se puede observar a un personaje
trajeado como el Tío Sam representándolo. Cerca de él está una mujer pelirroja,
vestida con un traje holgado e insinuante. Del cuello de esta mujer pende un
collar de perlas, indicativo de su extracción social: pudiente. La acompaña un
hombre delgado, de tez blanca y con inconfundibles lentes Ray ban. Este hombre
cubierto con una camisa de verano, fumando un cigarro –o quizás opio–,
representa a los ricos, quienes, ignorando las necesidades del pueblo, se
entregan a la diversión y al desenfreno. Al lado de ellos se puede apreciar
también a un hombre mestizo –reconocible por el color mate de la piel–
aferrándose a una botella de licor. Y un poco más allá hay otro que, cual
Sodoma y Gomorra, aparece en los brazos de una mujer blanca, una prostituta, a
quien ha pagado con un dinero que se halla regado cerca. Próximo a este
escenario, al lado izquierdo, se ve una situación de enfrentamiento que más
adelante analizaremos. Estas dos polaridades en conflicto reflejan la sociedad
peruana, el “zorro de arriba” y el “zorro de abajo” de los que hablaba
Arguedas, si es que vale la pena forzar la expresión arguediana. El mural,
pues, es un gran fresco donde se establece la lucha de clases, las cruentas
oposiciones entre la burguesía y el proletariado, donde el amanecer socialista
está a la vista de las masas rebeldes y empobrecidas que no tienen nada que
perder derribando el viejo orden capitalista.

El rostro del intelectual
Entre los múltiples rostros que aparecen en el Mural, hay uno que despierta la atención. Es el que corresponde a un hombre de aspecto intelectual que usa lentes y porta en un brazo dos libros y un rollo de papel. Su apariencia trae el recuerdo de la importancia de la educación para algunas facciones de izquierda, que piensan que a través de ella el pueblo puede superar su estado de ignorancia. El libro de Carlos Iván Degregori, El surgimiento de Sendero Luminoso, precisamente, trata de esto, de la relevancia de educación en los sectores rurales para ascender en la escala social. De esta manera se puede entender por qué ciertas agrupaciones de izquierda como “Patria Roja” –cuyo ascendiente en la Facultad de Educación (donde se gestó el mural) fue evidente–, han procurado tener injerencia en la formación de los maestros. Conocedores del poder de la instrucción pública sobre el conjunto de la sociedad, han buscado siempre ubicar sus “cuadros” políticos e intelectuales en el magisterio. La imagen, por otra parte, guarda un lejano parecido con el historiador peruano Alberto Flores Galindo (recordemos que a mediados de los 80, la ascendencia de Flores Galindo en partidos de izquierda como el PUM –Partido Unificado Mariateguista– era detectable, así que no debe sorprender que el muralista haya dejado trazada esa influencia –si así lo fue– en su trabajo). Inicialmente, conjeturamos, que era Mariátegui, pero el rostro del pensador socialista peruano no calzaba bien con el boceto de la imagen. Este intelectual de rasgos mestizos, asimismo, está acompañado de una mujer –su esposa, al parecer– que envuelve en un abrazo protector a sus dos hijos. La mujer, cuya rudeza se puede reparar en la contextura de sus brazos, rodea maternalmente a sus vástagos con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo en alto denota la grandeza, el logro de alcanzar la ansiada sociedad comunista donde la humanidad conseguirá su plena realización.

La campesina y el desaparecido
La Estela de Chavín
Si se analiza
el mural en forma de composición en cruz (o como un cuadrado semiótico),
tenemos que las representaciones expuestas en el extremo superior izquierdo se
oponen a las que figuran en el extremo inferior derecho. La estela de Chavín,
el microscopio, el sikuri, el charango y el árbol representan sucesivamente la
tradición y la perennidad del conocimiento andino. Estos están en oposición a
la opulencia, el lujo, el desenfreno y el boato de las clases pudientes, cuyos
símbolos, el Regatas y el Sheraton, caminan a la decadencia. La estela
representaría la cultura ancestral, la raíz de los antiguos peruanos. Esta
parte del mural está acompañado de la imagen de un hombre con su hijo, a quien
está enseñando a escribir. Debajo de ésta se puede leer la manida frase de
Vallejo: “Hay hermanos muchísimo que hacer”. Esto reafirma la idea expresada
anteriormente: que es por la vía de la educación que el pueblo encontrará su
liberación. Las clases explotadas (campesinos y trabajadores) no volverán a ser
subyugadas cuando tengan la educación que la clase explotadora les niega. Ese
es el mensaje. Lo colectivo, y no lo individual, tiene un claro predominio en
el mural: son las masas las que hacen la historia y no “los héroes” de un
Carlyle. Para el comunismo, el individuo no puede estar por encima de lo
colectivo. Esto estaría reñido con las enseñanzas de Marx y sus seguidores: la
de una humanidad sin diferencias de clase. El mural, pues,
refleja esa convicción.
Los hijos de Cronos
[1] Ver Los jóvenes rojos de San Marcos de Nicolás Lynch.