sábado, 22 de septiembre de 2018
ALGUNAS IDEAS A PROPÓSITO DE LA PRESENTACIÓN DE UN LIBRO SOBRE VARGAS LLOSA
lunes, 11 de mayo de 2015
EL GARROTE Y LA ZANAHORIA EN RODRÍGUEZ ELIZONDO
ESPERÓ estar fuera del Perú para descubrir su escondida
aspereza en contra del escritor. Una vez en su tierra natal, y a salvo de los
posibles detractores que podrían haberle salido al frente en el país que lo
acogió durante casi una década, se desató; ensayó un sibilino análisis sobre la
personalidad política de Vargas Llosa. Algo había adelantado en nuestro país
mientras trabajaba en la revista Caretas,
cuando declaró que planeaba hacer una biografía política y literaria del
novelista arequipeño. Incluso había conversado con el novelista para poner en
marcha el proyecto. Pero le salió esto. José Rodríguez Elizondo, a diferencia
de su auscultado (a quien, justamente, le reprocha esa habilidad), fue
“político”. Se camufló entre los peruanos, vivió entre ellos y casi, casi, fue
visto como un connacional más. Sus dotes de analista político del escenario
internacional, le valieron para sobrevivir como periodista. No obstante, vistas
estas dotes a la luz de la distancia, y teniendo a mano los vídeos de Youtube
en donde se lo ve hablando sobre el Perú para la prensa de su país, uno no
puede dejar de pensar que no solo se prodigaba en analizar la coyuntura
extranjera, sino que, de pasada, se dedicaba a observarnos.

Rodríguez Elizondo es inteligente, pero no tanto. Las
costuras de su texto Vargas Llosa:
historia de un parricidio (1993), aparecido primero como artículo en “El
Mercurio” de Chile y luego en forma de librito, se notan. Rodríguez Elizondo
recuerda un poco al Herbert Morote de Vargas
Llosa tal cual. Pero es un poco burdo. Le recuerda al final de un capítulo,
en el que arma una vida paralela para enfrentarlo a Jean-Paul Sartre, su
maestro de juventud, y ante la falta de mayores argumentos, que era un
“dientón”.

“Neoliberalismo”, indica. Ese es el santo y seña usado por la izquierda latinoamericana para descalificar a sus adversarios ideológicos. A partir de esto, se puede colegir que a Rodríguez Elizondo lo que le disgusta en el fondo es que Vargas Llosa sea un “neoliberal”. Eso es lo que lo molesta. Apenas lo disimula con alguna elegancia. Para cumplir con su cometido primero lo halaga y, luego, le asesta una estocada. Es así como recuerda cuando Vargas Llosa lo recibió en su casa y que “hizo un gesto complacido cuando le dije que La guerra del fin del mundo era el equivalente literario de cualquier teoría general en el ámbito de las ciencias sociales”. Pero después cambió. El escritor le hizo un desplante en relación al proyecto de hacer su biografía política, entonces le recordó la vez que Belaunde no aceptó sus condiciones para ser Premier. Rencoroso, pues.

Pero Rodríguez Elizondo, pese a él mismo, no es del
todo burdo. Tiene sus aciertos. Sobre todo en el desempeño de Vargas Llosa en
la campaña electoral del 90. El escritor, efectivamente, se aisló, no tuvo una
comunicación adecuada con su electorado. Se encerró con el núcleo “duro”
–compuesto, fundamentalmente, por sus familiares más cercanos– y desoyó los
consejos de sus asesores británicos de imagen, como se puede leer en el libro
de su hijo Álvaro, El diablo en campaña. Vargas Llosa, pues, no es un político;
es un intelectual. Y eso no es un demérito como lo quiere presentar Elizondo.
Su estilo franco, abierto, colisiona con el lenguaje de los políticos en el que
los grises nunca terminan de ser blancos o negros. Y eso tampoco quiere
reconocer su criticado obsesionado en componer una frase ingeniosa para ganar
la ovación del respetable.
De otro lado, Elizondo opone a Vargas Llosa la figura de su primer maestro, Sartre. Allí, utilizando sus propias palabras, desbarra. Poco faltó para pedirle en ese capítulo –“Demoliendo padres”– que rechace, como el francés, el premio Nobel de Literatura. Eso hubiera redondeado su análisis. El detalle está que, a posteriori, el autor de La Nausea mandó a preguntar, muy discretamente, a la Academia Sueca si todavía podía cobrar el monto del premio. Aunque esto siempre hubiera sido mucho menos grave que lo que anteriormente le pidieron a Vargas Llosa: fingir que donaba los 25.000 dólares del premio Rómulo Gallegos a la guerrilla del Che Guevara, los cuales, por supuesto, les serían devueltos debajo de la mesa. Este tipo de hechos no ha querido recordar Rodríguez Elizondo en su disección. Vaya uno a saber por qué.
Para finalizar este comentario, uno podría dar por
medianamente acertados ciertos cuestionamientos de Elizondo sobre el actuar
político de Vargas Llosa. Por ejemplo, el de su adopción de la nacionalidad
española (doble nacionalidad, porque no renunció a ser peruano). Pero Rodríguez
Elizondo tiene el alma ganada por el rencor. Y eso se nota en todo el texto.
Todo el texto exuda ese aroma.
Freddy Molina Casusol
Lima, 11 de mayo del 2015
jueves, 26 de diciembre de 2013
UN LIBRO SOBRE VARGAS LLOSA
Por último, las otras tres entradas sobre el universo vargallosiano –como la relacionada al escritor en tanto lector de Cien años soledad–, son bastante interesantes. Pero mejor dejo al lector para que saque sus propias conclusiones acerca de este libro –presentado hace poco en el Instituto Raúl Porras Barrenechea– que, desde ya, forma parte de los estudios que analizan la obra y el pensamiento del premio Nobel peruano.
Freddy Molina Casusol
Lima, 26 de diciembre del 2013
jueves, 14 de marzo de 2013
EL VARGAS LLOSA DE RODRÍGUEZ PASTOR

Freddy Molina Casusol
Lima, 14 de marzo del 2013
jueves, 26 de abril de 2012
EL “ESCRIBIDOR” DE JULIO FERNÁNDEZ CARMONA

EMPIEZA MAL, con la pierna en alto. Comienza su ataque quitándole el heráldico “Llosa” para rebajarlo frente al lector. Repite
la estrategia que le recomendó Francisco Loayza al Ing. Alberto Fujimori en el debate presidencial de 1990 (que le fue soplada al oído por Montesinos, quien, a su vez, replicó lo que le dijo Hugo Otero, asesor de imagen en el primer gobierno de
Alan García: “[hay que] cortarle el apellido a la mitad”)[1]. Eso
de por sí causa una mala impresión. Transmite la animadversión
–apenas contenida– del crítico por su criticado. Eso se verá corroborado más
adelante cuando el lector, salteándose el primer capítulo, pasa de frente al
objeto del ataque: las opiniones de Vargas Llosa en materia literaria,
desglosadas en los cuatro siguientes.
Fernández Carmona, autor de El mentiroso y el escribidor (bastante copioso en citas, lo cual indica el nivel de lectura alcanzado), trata de demostrar que Vargas Llosa
no dice la verdad, se contradice o manipula la información cuando de teoría
literaria se trata. Pero la sensación que causa es la de que cae, jaloneado por
los preceptos marxistas de su formación, en el cliché ideológico.
Así, y no de otra forma, se puede explicar apreciaciones como esta:
“En este
trabajo (se refiere a García Márquez. Historia de un deicidio),
bajo el pretexto de investigar y estudiar la narrativa de García Márquez,
despliega de manera pródiga sus conceptos, sus juicios y prejuicios teóricos,
que no son sino la recreación de postulados epistemológicos cuya raíz no es otra que la concepción de la burguesía, es decir la concepción reaccionaria”[2].
Utilizar viejas categorías como “burguesía” y “reaccionario” para descalificar a un autor –a quien, de pasada, llama decadente (“Creemos necesario dejar palmariamente definido lo que es un reaccionario, un decadente”)[3]–, es propio de quienes cultivan el lugar común y el pensamiento anquilosado.
No se trata de
defender a rajatabla a Vargas Llosa de la miríada de críticos marxistas que
tiene. Se trata, por decencia intelectual, que estos críticos muestren respeto al lector, desde la visión marxista que ostentan.
Esto nos recuerda una
tesis, harto discutible, presentada en San Marcos.
La tesis se llamaba “Ensayo de interpretación marxista de la novela Todas
las sangres de José María Arguedas” (1976), cuya lectura hacía
palidecer de rato en rato el recuerdo de lo que se dijo en la mesa redonda
de 1965, donde se enjuició esta obra de Arguedas.
Prácticamente el tesista –cuyo nombre prefiero olvidar– calificó a Arguedas –si la memoria no me es infiel–, de “reaccionario”.
En esa línea, pero con mejores argumentos, se encuentra Julio Fernández Carmona. Al entrar en su trabajo, ya se siente ese propósito: dejar mal parado al escritor, de cualquier manera, de cualquier forma, sea como fuere. No hay ponderación, el crítico es víctima de los mismos “delitos” que señala en su acusado: los prejuicios ideológicos. Y no es que Carmona no tenga recursos para argumentar, los tiene; el lector los puede palpar a lo largo de su discurso. El problema es que le gana la ideología. Y eso es un problema, eso es un lastre.
Un ejemplo de lo anterior. Cuando trata de demostrar, siguiendo a su maestro Angel Rama, que Vargas Llosa niega cientificidad –o carácter científico– a la teoría literaria, cuando iba, con más aciertos que tropiezos, más o menos bien en su exposición, dice lo siguiente:
“…y con el uso de los «demonios» dentro de esos postulados [teóricos del origen de la creación novelística], lo que pretende es introducir una terminología no científica y, más bien, confusionista e interesada. Por eso hay que decir NO a tal superchería. Y afirmar que la ciencia literaria existe y no se la va estar construyendo y «deconstruyendo» a capricho de nadie” (atrás, recordando a los comisarios culturales de la China de Mao, habla de “confusionismo ideológico”)[4].
En otras palabras, lo que
debemos entender de Carmona Fernández es que la teoría literaria es una
ciencia, siendo su definición la de la “ciencia” marxista –léase materialismo
dialéctico o histórico–; y todo lo contrario, lo que no entra en ese cuadrilatero,
puede llamarse, con calma y tranquilidad, “reaccionario” (que es donde sitúa el
formalismo de Vargas Llosa). Qué tal crítico.
Todo esto recuerda otro trabajo, también cargado de animosidad en contra del escritor: el de Herbert Morote, Vargas Llosa, tal cual. En este libro, Morote se empeñó, hasta la inmolación, en demostrar la incongruencia moral e intelectual del novelista.
Cayendo en los
linderos de la arbitrariedad, se dedicó a hurgar –con no poca agudeza e
inteligencia, hay que reconocerlo– en los escritos de Vargas Llosa, para
ironizar sobre su vida y obra, con el fin de dejarlo mal parado frente a la
opinión pública. ¿Y qué consiguió con ello? Nada, solo que se le vea como un
“biógrafo” cegado por la inquina. Igual camino parece seguir Carmona (pero con
mayor esmero y dedicación para barnizar su antipatía).
Por último, para confirmar o desmentir lo que se dice sobre Carmona en estas líneas, el lector tiene que leer todo el libro. Sin embargo, puede tener un adelanto sobre sus preferencias literarias (acordes a su ubicación ideológica). Basta ir al final: Carmona destaca en el agregado llamado “Addenda”, al escritor García Márquez. A este lo considera superior que Vargas Llosa en cuanto al tratamiento del tema del “amor eterno”. Acusa al escritor peruano, en la comparación con el colombiano, de “falta de originalidad” en la novela Las travesuras de la niña mala. Esta es, pensamos, una apreciación, más ordenada por lo que considera la opción política “correcta” (la socialista y revolucionaria, por supuesto).
En fin, para qué más
insistir con él, solo se desmerece.
Freddy Molina Casusol
Lima, 26 de abril de 2012
[1] Ver La guerra del fin de la democracia, Jeff Daeschner, Peru Reporting, 1993, pp. 267-268; y Montesinos. El rostro oscuro del poder en el Perú, Francisco Loayza, p. 81.
[2] Ver El mentiroso y el escribidor, Julio Fernández Carmona, p.
77.
[3] Ibíd.
[4] Ibíd., p. 110.
sábado, 19 de marzo de 2011
MVLL. BIOGRAFÍA DE UN NOBEL

ES el primer esfuerzo
serio –desde la perspectiva peruana– por biografiar a Vargas Llosa. En la vasta
bibliografía sobre el escritor, el trabajo del español Juan José Armas Marcelo
–Vargas Llosa, el vicio de escribir– es el único que aborda de manera orgánica
su vida en relación a su obra literaria. Existen además los libros de Ricardo
Setti –Diálogo con Vargas Llosa– y el publicado por la UPC –Mario Vargas Llosa.
La vida en movimiento– que, aun siendo preparados como entrevistas, contienen
materiales para delinear una biografía. A estos se suma, por supuesto, la
recopilación de Jorge Coaguila –quien no hace poco ha hecho una nueva entrega
de su Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (Tierra nueva editores, 2010)
ampliándolas a quince más– y el exaltado libro de Sergio Vilela –El cadete
Vargas Llosa –que desde Enero cuenta con una nueva edición en Planeta–. No hay
que olvidar en este apretado recordatorio, el valioso estudio de los profesores
españoles Ángel Esteban y Ana Gallego –De Gabo a Mario– que intenta iluminar
ese aspecto poco claro en la vida del escritor: su abrupta ruptura con el
novelista colombiano Gabriel García Márquez. También, si se trata de armar el
itinerario vital del premio Nobel peruano, tenemos, obviamente, su propia voz
en El pez en el agua o el volumen dedicado a su obra lanzado por Ediciones de
Cultura Hispánica y el Instituto de Cooperación Iberoamericana –Semana de
autor. Mario Vargas Llosa–. Es decir, existen materiales dispersos que nos
pueden ayudar a reconstruir e interpretar la vida de Vargas Llosa, esto sin
contar –nos estábamos olvidando– las cartas del escritor dirigidas a Abelardo
Oquendo, publicadas en Hueso Húmero, cuando estaba en pleno proceso de
escritura de La ciudad y los perros y le asaltaban las dudas sobre la calidad
literaria de su primera novela. Por ello, este esfuerzo de Pamela Cueto y
Mariano Orozco por biografiar al escritor peruano debe ser aplaudido. Caminando
con las puntas de los pies sobre los temas controversiales –como el del primer
matrimonio de Vargas Llosa con Julia Urquidi o el puñetazo propinado a García
Márquez en México– y observando una estricta atención en los tópicos
literarios, MVLL. Biografía de un Nobel, debe entenderse como una primera
aproximación panorámica en la vida del Nobel peruano. Puntual y preciso, sin
pasarse de la raya trazada, se puede decir que este pequeño volumen de 94
páginas cumple con su objetivo: el de llegar, con una prosa no recargada, a la
mayor cantidad de gente interesada en la vida y obra del peruano más notable de
los últimos tiempos. El prólogo de César Silva Santisteban, dotado de la
levedad de la buena poesía que él cultiva, y la magnífica diagramación que
acompaña a los textos realizada por Mauro Zumaeta, confieren a esta edición
–ambiciosa– de treinta mil ejemplares, un carácter único, aquel que otorga el
placer de la lectura. La literatura, pues, otra vez está de fiesta, aquella que
se inició en octubre del año pasado y que gracias a este libro aún continúa
para deleite y felicidad de los admiradores del primer Nobel peruano, Mario
Vargas Llosa.
Freddy Molina Casusol
Lima, 19 de marzo de 2011
sábado, 9 de mayo de 2009
“EL CADETE VARGAS LLOSA” de Sergio Vilela Galván

LO ENCONTRÉ en un puesto
de periódicos entre las avenidas Universitaria y Venezuela, y me fui caminando
con él hasta llegar al cruce de las avenidas Perú y Bella Unión. Cuando
despegué los ojos de sus líneas, ya tenía avanzado más de dos tercios de su
contenido. Así de envolvente resultó su lectura. Hasta ese instante yo pensaba
que Beto Ortiz había sido el único en capturar en un artículo esa etapa del escritor.
Hasta ese instante, nomás. Al amigo que visitaba en el cruce de esas avenidas
de San Martín de Porres donde detuve mi lectura, le dije, en tono, recuerdo,
entre extasiado y eufórico, y blandiendo el texto entre mis manos, que ese
libro, de un autor para mí, en ese entonces, aún desconocido, había hecho lo
que muchos admiradores del escritor Vargas Llosa hubieran querido hacer:
descorrer el velo que cubría la identidad de los personajes de sus novelas.
Sergio Vilela Galván, un joven estudiante de periodismo, tuvo el honor, en una
travesía de investigación que lo llevó hasta Francia, de revelar la historia
oculta y secreta del cadete más famoso del Colegio Militar Leoncio Prado y de
su novela La ciudad y los perros.
Vilela planeó su proeza en el curso de periodismo literario del profesor Julio
Villanueva Chang. Desde allí soñó, imaginó y reconstruyó en su mente La
Prevención del colegio. Además, fue el primero en rebuscar en los recuerdos de
Víctor Flores Fiol, Max Silva Tuesta, Herbert Moebius, Aurelio Landaure,
Enrique Morey y Luis Valderrama, es decir de los integrantes de la sétima
promoción de la cual egresó Vargas Llosa, para tomar el material que necesitaba
y plasmar el borrador inicial de su futuro libro. El joven Vilela, además, en
largas entrevistas que le concedió en su casa de Barranco, removió la memoria
del escritor, revisó archivos de calificaciones y tomó notas de quienes lo
conocieron por esos años. Es decir, fue a fondo, tomándose muy en serio lo que
hacía. Y nunca se dio por vencido en su búsqueda de nuevos datos que
alimentaran su historia, ni cuando en el Encuentro Internacional de Pau-Tarbes
dedicado a la obra de Vargas Llosa, el peruanista Roland Forgues le dijera que
por ningún motivo podía entrevistarlo. En otras palabras, tenía la garra del
que lucha por hacer un buen reportaje, conseguir una primicia. Como buen
discípulo aprovechado de Vargas Llosa, Vilela, tras descubrir las identidades
cubiertas por la ficción de El Jaguar, El Esclavo y el Poeta, que crearon un
punto de suspenso en su relato por el carácter inédito de la revelación,
organiza con destreza el final intercalando el pasado y presente con el
escritor –a quien le hacía la última entrevista para el libro–, con el uso de
la técnica de las historias paralelas o vasos comunicantes, para dar el efecto
de retardo y manejo del tiempo propios del narrador que conoce bien su oficio.
He leído y releído El cadete Vargas Llosa
(Editorial Planeta, 2003) cuatro veces. La última para escribir estas líneas. Y
en todas he disfrutado de principio a fin el relato. He gozado y reído con las
historias de Lola Flores y el profesor Mendoza, y he leído con asombro y
desconcierto la confesión del cadete escudado en el anonimato quejándose con el
joven Vilela de La ciudad y los perros, y exigiendo, casi cuarenta años después
de escrita, que Mario Vargas Llosa se rectifique por lo que considera un daño
hecho al colegio. Dudo mucho, por último, que el autor de El cadete Vargas Llosa vuelva reeditar una perfomance de tan
magníficas proporciones. Pero si el destino y las musas me contradijeran en un
futuro cercano, sería un placer perder una apuesta con Toño Angulo, amigo de
Vilela, al respecto. Sí, sería sumamente placentero.
Freddy Molina Casusol
Lima, 9 de mayo de 2009
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