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sábado, 22 de septiembre de 2018

ALGUNAS IDEAS A PROPÓSITO DE LA PRESENTACIÓN DE UN LIBRO SOBRE VARGAS LLOSA


Por: Freddy Molina Casusol

El 7 de agosto, el crítico literario Efraín Kristal presentó la última versión de su libro Tentación de la palabra en el local de Fondo de Cultura Económica de Miraflores. Kristal acompañado de otros dos críticos, Agustín Prado (UNMSM) y Cecilia Esparza (PUCP), desbrozó parte de su trabajo dedicado a la obra de Vargas Llosa, que aparece ahora sumamente ampliado respecto a su primera versión de 1998. Dirigiéndose al público que se hizo presente en la sala del FCE, reseñó algunas de sus ideas principales, de las que, a partir de su exposición, surgieron de nuestro lado algunas otras en voz alta que compartimos con ustedes a continuación.

El gran dictador que no fue

Yo creí que el sargento Lituma, personaje que salta en varias novelas de Vargas Llosa, La casa verde, La tía julia y el escribidor, La chunga (obra de teatro), Lituma en los andes y en El héroe discreto, iba a llegar a ser general de división y dar un golpe de estado, y así convertirse en el gran dictador que rivalizara con la saga de dictadores que aparecen en Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos, Señor Presidente de Asturias, El recurso del método de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca de García Márquez;  y La fiesta del chivo del propio Vargas Llosa. Lituma es, para mí, un personaje trunco, una oportunidad perdida en la narrativa vargasllosiana.

La misteriosa dedicatoria

La misteriosa dedicatoria a “X, por los tiempos heroicos” en Travesuras de la niña mala, es un enigma. ¿A quién dedicó Vargas Llosa esta novela? Vargas Llosa ha dedicado sus libros a sus amigos de juventud –a Luis Loayza y Abelardo Oquendo en Conversación en la catedral–, a sus ex mujeres –a Patricia Llosa (La casa verde) y Julia Urquidi (La tía julia y el escribidor)–, a sus nietas (El sueño del celta), y a amigas entrañables como la novelista brasileña Nelida Piñón en La guerra del fin del mundo.

En cambio, en Travesuras de la niña mala la dedicatoria está sellada por el hermetismo. ¿Por qué? ¿Qué quería esconder? Sospecho que a quien pudo haberle dedicado la novela, es a Lea Barba, amor platónico del escritor e hija del sindicalista y dueño del Negro-Negro, boîte de los años cincuenta cuando Vargas Llosa era estudiante de San Marcos.

¿A qué tiempos heroicos se refería el escritor? ¿A los que vivió en el Leoncio Prado? ¿A los que pasó durante una temporada en Piura, o a los que disfrutó en su barrio Diego Ferré de Miraflores? ¿O,tal vez, a los que pasó en San Marcos?

Quizás sean estos últimos, pues la novela está ambientada en la época en que conoció al guerrillero Guillermo Lobatón(en Francia, escenario de Travesuras), a Felix Arias Schereiber y Lea Barba, con quienes formó un incondicional triunvirato. Esto es, a fines de los cincuenta.

De Barba se enamoró secretamente en esos “tiempos heroicos”, que eran los de la dictadura de Odría. Eso lo revela en sus memorias El pez en el agua, que antes presenta en Conversación en la Catedral, lo que motivó que Lea Barba le dijera al reencontrarse con él en una recepción en la embajada de Nicaragua: “Tú y tus demonios”. Por tanto, me animo a decir que la X de la dedicatoria podría ser Lea Barba.

¿Saludo a Cien años o a El tambor
de hojalata?

Efraín Kristal ha anotado que Travesuras de la niña mala, es un saludo a Cien años de soledad porque el personaje central –la niña mala–se reinventa en un contexto diferente. En todo caso pienso que esta es un saludo a una novela de Gunter Grass, El tambor de hojalata.

La propuesta de Grass en El tambor es cíclica y, como me decía una amiga comentando un película alemana Corre, Lola, corre (1998), un distintivo de su cultura. El protagonista de Grass en esta novela vuelve a vivir lo que pasó pero narrado de otro modo. La historia se repite como una espiral: pasa por un mismo punto pero desde otro plano de observación. Por allí, me parece, se recrea el personaje de la chilenita, la camarada Arlette, Madame Arnoux, Mrs. Richardson, que, con sus requiebres amorosos, hace sufrir a Ricardito, el alter ego de Vargas Llosa.

Tres etapas que marcan la novelística de Vargas Llosa

El crítico Kristal afirma que hubo hasta tres etapas que marcan las novelas de Vargas Llosa, una cuando era socialista, otra cuando era liberal, y una última, que tiene a El héroe discreto y Cinco esquinas cuando el escritor empieza a ver el mundo positivamente. Habría que precisar que entre su pase del socialismo al liberalismo, existió una etapa intermedia donde se reclamaba pragmático. Esa influencia se debe a Richard Webb, muy amigo suyo a mediados de los ochenta (a quien le prologó un libro), depositario del pensamiento pragmático de William James. Ese estadio tuvo una duración breve hasta que apareció el influjo de Isaih Berlin, y los pensadores liberales como Popper y Hayek. De allí en adelante, Vargas Llosa sigue una línea política que hasta ahora mantiene invariable y que ha sido blanco de sus detractores.

Lima, setiembre del 2018

lunes, 11 de mayo de 2015

EL GARROTE Y LA ZANAHORIA EN RODRÍGUEZ ELIZONDO

ESPERÓ estar fuera del Perú para descubrir su escondida aspereza en contra del escritor. Una vez en su tierra natal, y a salvo de los posibles detractores que podrían haberle salido al frente en el país que lo acogió durante casi una década, se desató; ensayó un sibilino análisis sobre la personalidad política de Vargas Llosa. Algo había adelantado en nuestro país mientras trabajaba en la revista Caretas, cuando declaró que planeaba hacer una biografía política y literaria del novelista arequipeño. Incluso había conversado con el novelista para poner en marcha el proyecto. Pero le salió esto. José Rodríguez Elizondo, a diferencia de su auscultado (a quien, justamente, le reprocha esa habilidad), fue “político”. Se camufló entre los peruanos, vivió entre ellos y casi, casi, fue visto como un connacional más. Sus dotes de analista político del escenario internacional, le valieron para sobrevivir como periodista. No obstante, vistas estas dotes a la luz de la distancia, y teniendo a mano los vídeos de Youtube en donde se lo ve hablando sobre el Perú para la prensa de su país, uno no puede dejar de pensar que no solo se prodigaba en analizar la coyuntura extranjera, sino que, de pasada, se dedicaba a observarnos.

Rodríguez Elizondo es inteligente, pero no tanto. Las costuras de su texto Vargas Llosa: historia de un parricidio (1993), aparecido primero como artículo en “El Mercurio” de Chile y luego en forma de librito, se notan. Rodríguez Elizondo recuerda un poco al Herbert Morote de Vargas Llosa tal cual. Pero es un poco burdo. Le recuerda al final de un capítulo, en el que arma una vida paralela para enfrentarlo a Jean-Paul Sartre, su maestro de juventud, y ante la falta de mayores argumentos, que era un “dientón”.

 ¿Cuál es el leitmotiv que empuja a Rodríguez Elizondo escribir de esta manera? Ensayemos algunas respuestas. Ellas están en su propio trabajo. Vargas Llosa, dice, es un “ultra impune” y que esto se da desde “su época de adhesión ‘ilimitada e intratable de la revolución cubana” hasta “su época actual de prédica fervorosa del neoliberalismo de Von Hayek y Friedman”.

“Neoliberalismo”, indica. Ese es el santo y seña usado por la izquierda latinoamericana para descalificar a sus adversarios ideológicos. A partir de esto, se puede colegir que a Rodríguez Elizondo lo que le disgusta en el fondo es que Vargas Llosa sea un “neoliberal”. Eso es lo que lo molesta. Apenas lo disimula con alguna elegancia. Para cumplir con su cometido primero lo halaga y, luego, le asesta una estocada. Es así como recuerda cuando Vargas Llosa lo recibió en su casa y que “hizo un gesto complacido cuando le dije que La guerra del fin del mundo era el equivalente literario de cualquier teoría general en el ámbito de las ciencias sociales”. Pero después cambió. El escritor le hizo un desplante en relación al proyecto de hacer su biografía política, entonces le recordó la vez que Belaunde no aceptó sus condiciones para ser Premier. Rencoroso, pues.

Pero, en verdad, ¿Rodríguez Elizondo se creía lo que le dijo a Vargas Llosa o estaba escenificando una pieza de teatro que podría titularse “La zanahoria y el garrote”? La respuesta es que no, no se lo creía. Tan es así que, repitiendo aquella vieja especie lanzada por los enemigos del escritor, anotó: “Las intransigencias, peleas y rabietas de Vargas Llosa (…) serían típicos recursos ‘marqueteros’, usados primero para vender libros y, luego, para comprar votos”, dentro del contexto, escribe, de “la doctrina libremercadista”. En otras palabras, el valor literario de las obras del novelista peruano tiene poco valor en su propósito de ganar la preferencia de los lectores. Allí sí su novelística no “era el equivalente literario a cualquier teoría en el ámbito de las ciencias sociales”. Era una más del montón que consume el demos en medio de escandaletes.

Pero Rodríguez Elizondo, pese a él mismo, no es del todo burdo. Tiene sus aciertos. Sobre todo en el desempeño de Vargas Llosa en la campaña electoral del 90. El escritor, efectivamente, se aisló, no tuvo una comunicación adecuada con su electorado. Se encerró con el núcleo “duro” –compuesto, fundamentalmente, por sus familiares más cercanos– y desoyó los consejos de sus asesores británicos de imagen, como se puede leer en el libro de su hijo Álvaro, El diablo en campaña. Vargas Llosa, pues, no es un político; es un intelectual. Y eso no es un demérito como lo quiere presentar Elizondo. Su estilo franco, abierto, colisiona con el lenguaje de los políticos en el que los grises nunca terminan de ser blancos o negros. Y eso tampoco quiere reconocer su criticado obsesionado en componer una frase ingeniosa para ganar la ovación del respetable.


De otro lado, Elizondo opone a Vargas Llosa la figura de su primer maestro, Sartre. Allí, utilizando sus propias palabras, desbarra. Poco faltó para pedirle en ese capítulo –“Demoliendo padres”– que rechace, como el francés, el premio Nobel de Literatura. Eso hubiera redondeado su análisis. El detalle está que, a posteriori, el autor de La Nausea mandó a preguntar, muy discretamente, a la Academia Sueca si todavía podía cobrar el monto del premio. Aunque esto siempre hubiera sido mucho menos grave que lo que anteriormente le pidieron a Vargas Llosa: fingir que donaba los 25.000 dólares del premio Rómulo Gallegos a la guerrilla del Che Guevara, los cuales, por supuesto, les serían devueltos debajo de la mesa. Este tipo de hechos no ha querido recordar Rodríguez Elizondo en su disección. Vaya uno a saber por qué.

Para finalizar este comentario, uno podría dar por medianamente acertados ciertos cuestionamientos de Elizondo sobre el actuar político de Vargas Llosa. Por ejemplo, el de su adopción de la nacionalidad española (doble nacionalidad, porque no renunció a ser peruano). Pero Rodríguez Elizondo tiene el alma ganada por el rencor. Y eso se nota en todo el texto. Todo el texto exuda ese aroma.

Freddy Molina Casusol

Lima, 11 de mayo del 2015

P.D. Muchos años después Rodríguez Elizondo se expresaría mejor del escritor peruano, así como también escribiría alguna nota elogiosa sobre su obra literaria. Ver Entrevista a Rodríguez Elizondo en La República y "Mario Vargas Llosa para cualquier verano".

jueves, 26 de diciembre de 2013

UN LIBRO SOBRE VARGAS LLOSA

DE LOS CUATRO trabajos aquí publicados sobre Vargas Llosa, el más controvertido es el referido al Diario de Irak. Lo que ha querido decir su autor, Jorge Valenzuela Garcés, sin mala leche, es que el liberalismo entra con balas. Para los desprevenidos hay que recordar que el Diario de Irak es un reportaje del escritor peruano en el que luego de censurar la incursión norteamericana en Bagdad, y ya en el campo de batalla, varía de posición para justificarla. Valenzuela presenta ejemplos de cómo el periodista Vargas Llosa, para defender su nuevo punto de vista, emplea las falacias argumentum ad misericordiam y non causa pro causa con las que intenta convencer de la corrección de sus posiciones. La lectura de Valenzuela es inteligente, fundamentada. No hay el propósito de malquistar al escritor con sus lectores, como sucede con los que le tienen inquina por razones ideológicas. Valenzuela para construir su crítica se vale de un marco teórico que tiene como eje al Max Weber de El político y el científico, de quien toma dos conceptos: la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad”[1] Bajo ese esquema de trabajo, que denota rigor en el análisis, aborda el discurso vargallosiano del Diario de Irak y pone en aprietos a quienes desde las veredas del liberalismo siguen las tomas de posición del escritor peruano sobre la política nacional e internacional. Sin embargo, hay que hacer una precisión al autor, las “dinámicas del liberalismo” no tienen nada que ver con “la sincera creencia ideológica en que el destino de los Estados Unidos como el abanderado en llevar la democracia a sangre y fuego en Medio Oriente”, citando a Zizek. Ese rol autoimpuesto de los EE.UU. está aparejado con una visión imperial del mundo. Y una mirada así (como la tuvo el Imperio Romano y el Incaico cuando sometieron a otras naciones) está reñida con el liberalismo que preconiza la coexistencia en medio de las diferencias y la resolución de conflictos dejando a un lado la violencia.
Por último, las otras tres entradas sobre el universo vargallosiano –como la relacionada al escritor en tanto lector de Cien años soledad–, son bastante interesantes. Pero mejor dejo al lector para que saque sus propias conclusiones acerca de este libro –presentado hace poco en el Instituto Raúl Porras Barrenechea– que, desde ya, forma parte de los estudios que analizan la obra y el pensamiento del premio Nobel peruano.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 26 de diciembre del 2013



[1] Sobre el asunto de la responsabilidad del escritor en Vargas Llosa, el crítico José Miguel Oviedo escribió “Vargas Llosa entre Sartre y Camus”, en http://ruc.udc.es/dspace/bitstream/2183/8575/1/CC-05art6ocr.pdf.

jueves, 14 de marzo de 2013

EL VARGAS LLOSA DE RODRÍGUEZ PASTOR


LUIS RODRÍGUEZ PASTOR encontró en este libro un nicho como antes lo había encontrado Sergio Vilela con El cadete Vargas Llosa. Tiempo atrás ya había tentado la temática vargallosiana cuando estuvo a cargo de la edición y las notas del libro El inconquistable de Beto Ortiz. Rodríguez Pastor vio esta vez la oportunidad en los jóvenes. No había en el mercado un libro que explorara ese espacio virgen. No existía –aparte de los muy aburridos textos escolares– un trabajo que presentara la vasta obra de Vargas Llosa de una manera ágil y novedosa. El autor de este manual se vio beneficiado –como él mismo ha confesado– con los artículos almacenados durante años por su abuelo Humberto. Eso le dio una buena base para comenzar su investigación. A esto se suma un auténtico interés por la vida y obra del escritor, ocasionando que Rodríguez Pastor entregue al lector una buena guía para conocer mejor al Nobel peruano. No alcanza su esfuerzo las cotas biográficas –a pesar que haya una intención de soslayo– de otro libro peruano que las aborda directamente: MVLL. Biografía de un Nobel, escrito por Pamela Cueto y Mariano Orosco y difundido por “La República”. Ese no ha sido su propósito –como lo cuenta en la introducción “Carta al lector”–. Rodríguez Pastor ha hecho un gran trabajo. Ha pensado su texto desde dos frentes: desde el aspecto del contenido y el aspecto visual. Hay que remarcar esto último, pues la forma del libro es deudora de las nuevas lecturas en Internet –con fotos desbordando la pantalla y contenidos fáciles de digerir– que tiene en los jóvenes a sus mayores consumidores. (Una propuesta de diseño similar se puede encontrar en el guión hecho libro de la película Las malas intenciones). No sería mala idea que esta experiencia editorial se replicara con un Bryce o un “Ribeyro para jóvenes” (Coaguila está llamado a hacerlo). Luis Rodríguez Pastor es joven, leído, tiene un largo camino por recorrer. Este libro es solo un primer paso. Quién sabe si en un futuro no muy lejano sea la persona indicada para escribir una biografía sobre el mayor escritor peruano vivo. Mario Vargas Llosa para jóvenes tal vez sea el derrotero hacia ese destino.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 14 de marzo del 2013 

Sobre Rodríguez Pastor, el lector puede consultar "El Nobel a Mario Vargas Llosa: un testimonio personal"

jueves, 26 de abril de 2012

EL “ESCRIBIDOR” DE JULIO FERNÁNDEZ CARMONA

EMPIEZA MAL, con la pierna en alto. Comienza su ataque quitándole el heráldico “Llosa” para rebajarlo frente al lector. Repite la estrategia que le recomendó Francisco Loayza al Ing. Alberto Fujimori en el debate presidencial de 1990 (que le fue soplada al oído por Montesinos, quien, a su vez, replicó lo que le dijo Hugo Otero, asesor de imagen en el primer gobierno de Alan García: “[hay que] cortarle el apellido a la mitad”)[1]. Eso de por sí causa una mala impresión. Transmite la animadversión –apenas contenida– del crítico por su criticado. Eso se verá corroborado más adelante cuando el lector, salteándose el primer capítulo, pasa de frente al objeto del ataque: las opiniones de Vargas Llosa en materia literaria, desglosadas en los cuatro siguientes.


Fernández Carmona, autor de El mentiroso y el escribidor (bastante copioso en citas, lo cual indica el nivel de lectura alcanzado), trata de demostrar que Vargas Llosa no dice la verdad, se contradice o manipula la información cuando de teoría literaria se trata. Pero la sensación que causa es la de que cae, jaloneado por los preceptos marxistas de su formación, en el cliché ideológico.


Así, y no de otra forma, se puede explicar apreciaciones como esta: 

“En este trabajo (se refiere a García Márquez. Historia de un deicidio), bajo el pretexto de investigar y estudiar la narrativa de García Márquez, despliega de manera pródiga sus conceptos, sus juicios y prejuicios teóricos, que no son sino la recreación de postulados epistemológicos cuya raíz no es otra que la concepción de la burguesía, es decir la concepción reaccionaria”[2].

Utilizar viejas categorías como “burguesía” y “reaccionario” para descalificar a un autor –a quien, de pasada, llama decadente (“Creemos necesario dejar palmariamente definido lo que es un reaccionario, un decadente”)[3]–, es propio de quienes cultivan el lugar común y el pensamiento anquilosado.

No se trata de defender a rajatabla a Vargas Llosa de la miríada de críticos marxistas que tiene. Se trata, por decencia intelectual, que estos críticos muestren respeto al lector, desde la visión marxista que ostentan.

Esto nos recuerda una tesis, harto discutible, presentada en San Marcos. La tesis se llamaba “Ensayo de interpretación marxista de la novela Todas las sangres de José María Arguedas” (1976), cuya lectura hacía palidecer de rato en rato el recuerdo de lo que se dijo en la mesa redonda de 1965, donde se enjuició esta obra de Arguedas.

Prácticamente el tesista –cuyo nombre prefiero olvidar– calificó a Arguedas –si la memoria no me es infiel–, de “reaccionario”. 

En esa línea, pero con mejores argumentos, se encuentra Julio Fernández Carmona. Al entrar en su trabajo, ya se siente ese propósito: dejar mal parado al escritor, de cualquier manera, de cualquier forma, sea como fuere. No hay ponderación, el crítico es víctima de los mismos “delitos” que señala en su acusado: los prejuicios ideológicos. Y no es que Carmona no tenga recursos para argumentar, los tiene; el lector los puede palpar a lo largo de su discurso. El problema es que le gana la ideología. Y eso es un problema, eso es un lastre. 

Un ejemplo de lo anterior. Cuando trata de demostrar, siguiendo a su maestro Angel Rama, que Vargas Llosa niega cientificidad –o carácter científico– a la teoría literaria, cuando iba, con más aciertos que tropiezos, más o menos bien en su exposición, dice lo siguiente: 

“…y con el uso de los «demonios» dentro de esos postulados [teóricos del origen de la creación novelística], lo que pretende es introducir una terminología no científica y, más bien, confusionista e interesada. Por eso hay que decir NO a tal superchería. Y afirmar que la ciencia literaria existe y no se la va estar construyendo y «deconstruyendo» a capricho de nadie” (atrás, recordando a los comisarios culturales de la China de Mao, habla de “confusionismo ideológico”)[4]

En otras palabras, lo que debemos entender de Carmona Fernández es que la teoría literaria es una ciencia, siendo su definición la de la “ciencia” marxista –léase materialismo dialéctico o histórico–; y todo lo contrario, lo que no entra en ese cuadrilatero, puede llamarse, con calma y tranquilidad, “reaccionario” (que es donde sitúa el formalismo de Vargas Llosa). Qué tal crítico.

Todo esto recuerda otro trabajo, también cargado de animosidad en contra del escritor: el de Herbert Morote, Vargas Llosa, tal cual. En este libro, Morote se empeñó, hasta la inmolación, en demostrar la incongruencia moral e intelectual del novelista. 

Cayendo en los linderos de la arbitrariedad, se dedicó a hurgar –con no poca agudeza e inteligencia, hay que reconocerlo– en los escritos de Vargas Llosa, para ironizar sobre su vida y obra, con el fin de dejarlo mal parado frente a la opinión pública. ¿Y qué consiguió con ello? Nada, solo que se le vea como un “biógrafo” cegado por la inquina. Igual camino parece seguir Carmona (pero con mayor esmero y dedicación para barnizar su antipatía).

Por último, para confirmar o desmentir lo que se dice sobre Carmona en estas líneas, el lector tiene que leer todo el libro. Sin embargo, puede tener un adelanto sobre sus preferencias literarias (acordes a su ubicación ideológica). Basta ir al final: Carmona destaca en el agregado llamado “Addenda”, al escritor García Márquez. A este lo considera superior que Vargas Llosa en cuanto al tratamiento del tema del “amor eterno”. Acusa al escritor peruano, en la comparación con el colombiano, de “falta de originalidad” en la novela Las travesuras de la niña mala. Esta es, pensamos, una apreciación, más ordenada por lo que considera la opción política “correcta” (la socialista y revolucionaria, por supuesto). 

En fin, para qué más insistir con él, solo se desmerece.

Freddy Molina Casusol

Lima, 26 de abril de 2012

 


[1] Ver La guerra del fin de la democracia, Jeff Daeschner, Peru Reporting, 1993, pp. 267-268; y Montesinos. El rostro oscuro del poder en el Perú, Francisco Loayza, p. 81.

[2] Ver El mentiroso y el escribidor, Julio Fernández Carmona, p. 77.
[3] Ibíd.
[4] Ibíd., p. 110.

 

sábado, 19 de marzo de 2011

MVLL. BIOGRAFÍA DE UN NOBEL

ES el primer esfuerzo serio –desde la perspectiva peruana– por biografiar a Vargas Llosa. En la vasta bibliografía sobre el escritor, el trabajo del español Juan José Armas Marcelo –Vargas Llosa, el vicio de escribir– es el único que aborda de manera orgánica su vida en relación a su obra literaria. Existen además los libros de Ricardo Setti –Diálogo con Vargas Llosa– y el publicado por la UPC –Mario Vargas Llosa. La vida en movimiento– que, aun siendo preparados como entrevistas, contienen materiales para delinear una biografía. A estos se suma, por supuesto, la recopilación de Jorge Coaguila –quien no hace poco ha hecho una nueva entrega de su Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (Tierra nueva editores, 2010) ampliándolas a quince más– y el exaltado libro de Sergio Vilela –El cadete Vargas Llosa –que desde Enero cuenta con una nueva edición en Planeta–. No hay que olvidar en este apretado recordatorio, el valioso estudio de los profesores españoles Ángel Esteban y Ana Gallego –De Gabo a Mario– que intenta iluminar ese aspecto poco claro en la vida del escritor: su abrupta ruptura con el novelista colombiano Gabriel García Márquez. También, si se trata de armar el itinerario vital del premio Nobel peruano, tenemos, obviamente, su propia voz en El pez en el agua o el volumen dedicado a su obra lanzado por Ediciones de Cultura Hispánica y el Instituto de Cooperación Iberoamericana –Semana de autor. Mario Vargas Llosa–. Es decir, existen materiales dispersos que nos pueden ayudar a reconstruir e interpretar la vida de Vargas Llosa, esto sin contar –nos estábamos olvidando– las cartas del escritor dirigidas a Abelardo Oquendo, publicadas en Hueso Húmero, cuando estaba en pleno proceso de escritura de La ciudad y los perros y le asaltaban las dudas sobre la calidad literaria de su primera novela. Por ello, este esfuerzo de Pamela Cueto y Mariano Orozco por biografiar al escritor peruano debe ser aplaudido. Caminando con las puntas de los pies sobre los temas controversiales –como el del primer matrimonio de Vargas Llosa con Julia Urquidi o el puñetazo propinado a García Márquez en México– y observando una estricta atención en los tópicos literarios, MVLL. Biografía de un Nobel, debe entenderse como una primera aproximación panorámica en la vida del Nobel peruano. Puntual y preciso, sin pasarse de la raya trazada, se puede decir que este pequeño volumen de 94 páginas cumple con su objetivo: el de llegar, con una prosa no recargada, a la mayor cantidad de gente interesada en la vida y obra del peruano más notable de los últimos tiempos. El prólogo de César Silva Santisteban, dotado de la levedad de la buena poesía que él cultiva, y la magnífica diagramación que acompaña a los textos realizada por Mauro Zumaeta, confieren a esta edición –ambiciosa– de treinta mil ejemplares, un carácter único, aquel que otorga el placer de la lectura. La literatura, pues, otra vez está de fiesta, aquella que se inició en octubre del año pasado y que gracias a este libro aún continúa para deleite y felicidad de los admiradores del primer Nobel peruano, Mario Vargas Llosa.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 19 de marzo de 2011


sábado, 9 de mayo de 2009

“EL CADETE VARGAS LLOSA” de Sergio Vilela Galván

LO ENCONTRÉ en un puesto de periódicos entre las avenidas Universitaria y Venezuela, y me fui caminando con él hasta llegar al cruce de las avenidas Perú y Bella Unión. Cuando despegué los ojos de sus líneas, ya tenía avanzado más de dos tercios de su contenido. Así de envolvente resultó su lectura. Hasta ese instante yo pensaba que Beto Ortiz había sido el único en capturar en un artículo esa etapa del escritor. Hasta ese instante, nomás. Al amigo que visitaba en el cruce de esas avenidas de San Martín de Porres donde detuve mi lectura, le dije, en tono, recuerdo, entre extasiado y eufórico, y blandiendo el texto entre mis manos, que ese libro, de un autor para mí, en ese entonces, aún desconocido, había hecho lo que muchos admiradores del escritor Vargas Llosa hubieran querido hacer: descorrer el velo que cubría la identidad de los personajes de sus novelas. Sergio Vilela Galván, un joven estudiante de periodismo, tuvo el honor, en una travesía de investigación que lo llevó hasta Francia, de revelar la historia oculta y secreta del cadete más famoso del Colegio Militar Leoncio Prado y de su novela La ciudad y los perros. Vilela planeó su proeza en el curso de periodismo literario del profesor Julio Villanueva Chang. Desde allí soñó, imaginó y reconstruyó en su mente La Prevención del colegio. Además, fue el primero en rebuscar en los recuerdos de Víctor Flores Fiol, Max Silva Tuesta, Herbert Moebius, Aurelio Landaure, Enrique Morey y Luis Valderrama, es decir de los integrantes de la sétima promoción de la cual egresó Vargas Llosa, para tomar el material que necesitaba y plasmar el borrador inicial de su futuro libro. El joven Vilela, además, en largas entrevistas que le concedió en su casa de Barranco, removió la memoria del escritor, revisó archivos de calificaciones y tomó notas de quienes lo conocieron por esos años. Es decir, fue a fondo, tomándose muy en serio lo que hacía. Y nunca se dio por vencido en su búsqueda de nuevos datos que alimentaran su historia, ni cuando en el Encuentro Internacional de Pau-Tarbes dedicado a la obra de Vargas Llosa, el peruanista Roland Forgues le dijera que por ningún motivo podía entrevistarlo. En otras palabras, tenía la garra del que lucha por hacer un buen reportaje, conseguir una primicia. Como buen discípulo aprovechado de Vargas Llosa, Vilela, tras descubrir las identidades cubiertas por la ficción de El Jaguar, El Esclavo y el Poeta, que crearon un punto de suspenso en su relato por el carácter inédito de la revelación, organiza con destreza el final intercalando el pasado y presente con el escritor –a quien le hacía la última entrevista para el libro–, con el uso de la técnica de las historias paralelas o vasos comunicantes, para dar el efecto de retardo y manejo del tiempo propios del narrador que conoce bien su oficio. He leído y releído El cadete Vargas Llosa (Editorial Planeta, 2003) cuatro veces. La última para escribir estas líneas. Y en todas he disfrutado de principio a fin el relato. He gozado y reído con las historias de Lola Flores y el profesor Mendoza, y he leído con asombro y desconcierto la confesión del cadete escudado en el anonimato quejándose con el joven Vilela de La ciudad y los perros, y exigiendo, casi cuarenta años después de escrita, que Mario Vargas Llosa se rectifique por lo que considera un daño hecho al colegio. Dudo mucho, por último, que el autor de El cadete Vargas Llosa vuelva reeditar una perfomance de tan magníficas proporciones. Pero si el destino y las musas me contradijeran en un futuro cercano, sería un placer perder una apuesta con Toño Angulo, amigo de Vilela, al respecto. Sí, sería sumamente placentero.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 9 de mayo de 2009


DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...