FUE el Dr. Marco Gutiérrez, a la sazón exsecretario académico de Washington Delgado, quien me presentó una mañana del otoño de 1988 a Antonio Cisneros en la llamada “pecera” de la Facultad de Letras de San Marcos. «Antonio te presento a Freddy, es delegado del Tercio». «Mucho gusto», dijo y me extendió la mano e hizo una venia. Cisneros era profesor de Literatura. Tenía fama de ser relajado y de que incluso no iba a dictar clases con regularidad. Eso se lo perdonaban por la aureola de fama que lo rodeaba. Ostentar el Premio Casa de las Américas por esos años no era poca cosa. Cisneros desplegaba un cabello negro ensortijado, vestía sport y por sus fachas parecía un dandy, no como un Valdelomar del siglo pasado, pero sí como para llamar la atención en la bohemia limeña. Ser poeta por esas fechas daba réditos. Fueron por esos años que había sido director de uno de los mejores suplementos culturales que ha existido en Lima, El Caballo Rojo. Y data de esos tiempos la foto donde aparece con Sinesio López, Alberto Flores Galindo y el cineasta Chicho Durant, trotando por las calles de La Habana cuando la revolución cubana tenía el prestigio del que ahora adolece (más bien, está en la bancarrota). Eloy Jáuregui escribió una crónica llena de color y vivacidad cuando el poeta Cisneros partió el 2013. Pero Cisneros también fue cronista. Como muestra de ese talento tenemos El libro del buen salvaje. Crónicas de viaje/Crónicas de viejo (1997). Podemos decir como adelanto que es divertido, festivo y muy sibarita. El título del libro alude al mito del buen salvaje de Rousseau, aquel antecesor primitivo del hombre moderno, incontaminado de los males y perversiones de la civilización occidental y que, en su estado natural, es bondadoso, un dechado de pureza. Este es su libro y Cisneros su profeta. Aquí se puede encontrar su itinerario de viajes. Francia, Japón, Inglaterra, Alemania y Cuba, entre otros países, lo cobijaron, lo auparon con su prosa. Con Ribeyro compartía un vicio: el cigarro. Cisneros era un fumador empedernido como el autor de “Solo para fumadores”. Eso marcaría su destino. Lo cuenta en “El último de los dinosaurios”. Hay dos crónicas casi al final de esta primera parte que destacan. Las dos están signadas por la desilusión y la resignación por una sociedad que no marcha. Se tratan de las crónicas sobre Cuba (“La Perla del Caribe” y “Fidel a la plaza”). Cisneros se suma así a la lista de los escritores e intelectuales desencantados del experimento político en la isla que empezó en 1959. Retratan, ya desde esas fechas, de la falta de pan y comida, los embustes del gobierno con sus marchas de un millón de revolucionarios cuando eran apenas cinco mil. La presencia de la prostitución como en los tiempos de Batista para los turistas que pueden pagarla. Y las dos Cubas, la de los extranjeros y la de los propios habitantes, creándose un apartheid, para los de adentro y para los de afuera. En suma, reproduciendo la cruda realidad que observó García Márquez por los países de la Cortina de Hierro, en su De viaje por los países socialistas (1978), que poco o casi nada citan los adulones del sistema. Pero decíamos al principio que Cisneros era divertido, divertidísimo, con sus recuerdos de viajes. La última crónica sobre su estancia en un hospital francés, y la primera acerca de su estadía en una carceleta de un pueblo, también francés, brindando con sus carceleros que se reían tras contarles cómo había sido abandonado en medio de la nada por su novia mientras se llevaba su coche, son hilarantes. Crónicas de la vida que tienen como protagonista al propio autor, quien utiliza los recursos del periodismo para hacer fácil su lectura al lector que las convoca.
viernes, 5 de septiembre de 2025
sábado, 16 de agosto de 2025
PRENSA Y SUBVERSIÓN
EN 1989, cuando fue publicado, Sendero proclamaba que había logrado el “equilibrio estratégico” y desplegaba sus huestes en la capital pensando en instaurar pronto la República Popular de Nueva Democracia. Ese mismo año, en un golpe propagandístico, Abimael Guzmán, el Puka Inti, el inubicuo jefe de Sendero, ofrece una extensa entrevista a Luis Arce Borja, director de El Diario. Por esos días se discutía si medios de prensa como el antes mencionado, convertidos en cajas de resonancia de la subversión, merecían tener un espacio en la democracia (en esa misma situación estaba Cambio, soterrado vocero del MRTA, la organización subversiva liderada por Víctor Polay Campos). El MRTA, el otro actor de este drama, encajaba el serísimo golpe de Los Molinos (Junín), donde cayó una parte importante de sus cuadros militares en un enfrentamiento con el ejército. (“Batalla”, le llamaron.) En Lima, se tenía la percepción de que Sendero podía tomar el poder (aunque, luego se supo, con información a la mano, que estaba lejos de hacerlo). En San Marcos, donde el autor del libro enseñaba, las paredes de la universidad lucían pintarrajeadas con los lemas de Sendero y el MRTA, compartiendo los espacios con los de otras agrupaciones de izquierda como el PUM. En las aulas principales de la Facultad de Letras se podían leer los lemas alusivos a la guerra popular de Sendero, mientras que, en la entrada, al lado izquierdo se podía observar el símbolo del MRTA: un fusil y una macana, coronados con el rostro de Túpac Amaru, dentro de un círculo. Ese mismo año, 1989, Abimael Guzmán, el “Presidente Gonzalo”, convocó a un “paro armado” y sus huestes desfilaron en el campus de San Marcos. Grosso modo, ese es el marco histórico en el cual hizo su aparición Prensa y subversión, el libro de Carlos Oviedo.
Respecto al libro. El periodista arma bien su estrategia de trabajo para atacar el tema. Antecede a su estudio dos primeros capítulos en los que hace una reflexión sobre el terrorismo (la referencia de Walter Lacqueur, una autoridad muy recurrida en esos años, es acertada), y la violencia (Oviedo la trata de explicar remarcando la violencia estructural, es decir, las condiciones de pobreza de las poblaciones marginales).
Por otra parte, el autor ya tenía conocimiento sobre lo que iba a analizar en el capítulo 3 (“La propaganda subversiva y medios de comunicación”) desde Manejos de la propaganda política (1982), su anterior libro. Es pertinente recordar lo que decían los entendidos en el tema: al terrorista le interesa que se divulguen y magnifiquen sus acciones pues así publicitan la existencia de su organización. La notoriedad es vital.
Leer el libro de Oviedo es revisar el pasado de coches bomba y atentados terroristas. Es recordar cómo la propaganda senderista se exhibía colgada en los quioscos bajo el disfraz de periodismo y al amparo de la libertad de expresión, es decir, aprovechando las ventajas que da la democracia para, luego, intentar hacerla detonar por dentro. Es traer a la memoria los perros colgados en una esquina de la capital expresando su rechazo a las reformas de Deng Xiao Ping que contravenían lo hecho por Mao, el Gran Timonel, en China. También rememorar la vesania de Sendero, como la que tuvo con las SAIS de Puno donde masacró a un millón de animales (entre cabezas de ganado ovino, vacuno y alpacas) con el fin de alejar al campesinado de una economía de mercado. Ya habían pasado seis años de la masacre de Lucanamarca en la que Sendero asesinó a mujeres, ancianos y niños. Fueron 69 los asesinados a punta de machetazos y hachazos. Y estábamos a tres largos años de la captura de Abimael Guzmán, responsable de estos hechos de sangre.
Llama la atención que el estudio de Oviedo haya pasado desapercibido por esos años siendo, quizá, el único sobre la propaganda de los dos principales movimientos subversivos que asolaban el país. (La acaparaba Raúl Gonzales, el senderólogo, que era consultado para analizar las acciones de los seguidores del Presidente Gonzalo.)
Completa la investigación un análisis del tratamiento periodístico en los diarios de la época (Expreso, Hoy, La Crónica, La República, Actualidad, Cambio y el propio El Diario), en relación a un caso, el de Juanjuí, un poblado de la selva tomado por la fuerza por el MRTA que desplazó una columna de subversivos al mando del Comandante Rolando.
Prensa y subversión, un libro para recordar un pasado que no debe volver.
sábado, 9 de agosto de 2025
VARGAS LLOSA PERIODISTA Y EL REPORTAJE A NICARAGUA
Hay tres grandes reportajes reconocibles en su trayectoria. El primero es el de “Nicaragua”, reproducido en Contra viento y marea (III); el segundo, Diario de Irak (2003), y el tercero, Israel-Palestina. Paz o guerra santa (2006), han alcanzado la categoría de libro. Lo ideal sería tener los tres textos en un solo volumen para encontrar las similitudes y diferencias de la escritura periodística vargasllosiana.
La publicación por entregas de “Nicaragua” debe haber complacido al escritor, amante del feuilleton francés, pues es el lector se quedaba con la idea de qué venía después. Eran los tiempos que el periódico de papel te permitía esas licencias, ahora, en esta virtualidad de la inmediatez, sería un anacronismo.
Pero Vargas Llosa no solo haría periodismo escrito, sino también periodismo televisivo (incluso deportivo cuando cubrió las incidencias del Mundial 82). La Torre de Babel (1981) era el nombre del programa que el escritor condujo durante veintiséis domingos en la señal de Panamericana Televisión. Caretas, por otra parte, fue la ventana que escogió para, con su columna Piedra de Toque, conectarse con la realidad peruana y dar su opinión sobre la literatura, el arte y la política, y no siempre bienvenida por los afectados en sus críticas (recordemos la serie de artículos “El intelectual barato”, de 1979).
Cuando el reportaje de Nicaragua fue publicado en abril de 1985, el país estaba conmocionado por el atentado terrorista cometido contra Domingo García Rada, presidente del Jurado Nacional de Elecciones. García Rada recibió el impacto de dos balas en la cabeza y otra en el brazo. Los responsables fueron los militantes de Sendero Luminoso, el movimiento subversivo que cinco años atrás se había levantado en armas contra el Estado peruano.
(Punto aparte: Se ha reconocido en La orgía perpetua y García Márquez. Historia de un deicidio los fundamentos de una teoría de la novela en el escritor. Cabe interrogarse, haciendo un paralelo, si los tres reportajes –“Nicaragua”, Diario de Irak e Israel-Palestina– alcanzan para formular una teoría del periodismo; en todo caso, se desliza la idea como un juego intelectual.)
En el reportaje a Nicaragua, el escritor peruano mantiene un tenso equilibrio. De entrada, se ubica como árbitro entre las fuerzas del régimen sandinista y las de la oposición. Trata de distribuir los méritos y culpas en ambos bandos. Conociendo su posición respecto a Cuba en esos años, se esperaba que, con la Nicaragua sandinista, cercana a Fidel Castro, tuviera el mismo trato, pero no, prefiere optar por una neutralidad suiza. Cuando se pregunta en mayéutica: «¿Es Nicaragua un estado marxista-leninista? ¿Está a punto de ser una segunda Cuba?» El escritor se responde que, a diferencia de la isla donde quedó suprimida, en Nicaragua hay aún propiedad privada y pluralidad informativa (aunque un tanto menguada), dando a entender que no. Cuando se le señalaba en reuniones de la oposición que el gobierno era violador de los derechos humanos, Vargas Llosa respondía que una reunión como la que se estaba llevando a cabo era inconcebible en un estado totalitario.
La posición de Vargas Llosa respecto a la Nicaragua sandinista se resumía en sus propias palabras: «Las versiones que el gobierno y sus adversarios esgrimen sobre casi todo son tan contradictorias que quien trate de ser objetivo se encuentra a menudo aturdido.»
Vargas Llosa trataba de ser cuidadoso. Hay que recordar que venía, dos años atrás, de la experiencia de Uchuraccay, de haber integrado la comisión investigadora para dilucidar la muerte de ocho periodistas en la sierra de Ayacucho. Eso lo debe haber marcado. A eso se debe el tono de escepticismo adoptado en cuanto a lo que le transmitían uno y otro bando.
Lo mismo ocurre cuando aborda el tema de la religiosidad del pueblo nicaragüense en “La Iglesia Popular”, la quinta entrega de su reportaje. El Vargas Llosa periodista le da espacio a las dos posiciones que se disputan la feligresía nicaragüense. Tanto la llamada “Iglesia Popular”, a la que no ve como tal y es representada por el padre Uriel Molina, y la liderada por monseñor Obando y Bravo, más intuitiva, y no intelectualizada como la primera, llena de curas progresistas, y que es a la que se adhiere el grueso de los católicos, como anota el escritor, son las dos vertientes que reconoce.
Asimismo, a diferencia de Cien años de soledad donde se ve a Remedios La Bella ascendiendo a los cielos, el reportaje da cuenta de un hecho milagroso: el de la Virgen María descendiendo de los cielos en una nube para decirle a un sacristán que rechazaba el comunismo y el ateísmo del régimen. Bernardo, el sacristán, se lo contó al escritor con las virtudes de la fe e hizo que se pusiera nervioso.
Vargas Llosa también relata que, como a Jesús cuando fue tentado por el diablo, al sacristán se le apareció la tentación en forma de mujer; empero los fieles que lo protegían descubrieron a los fotógrafos agazapados, listos para hacer click cuando se entregara al pecado de la carne. Esa celada, y quién sabe otras que tenían planeadas, le fue tendida para desacreditar la revelación de María que dejaba malparado a Daniel Ortega y al gobierno sandinista.
La estrella de “Nicaragua”, sin duda, es Tomás Borge. Al encuentro con Borge (y a su ¡Hijueputa!) le dedica completa la novena entrega.
En conclusión, el Vargas Llosa periodista, en medio de la guerra entre los “contras” y los sandinistas, cumple su misión de informar llamando la atención cierta condescendencia con el régimen de Nicaragua al que le otorga el beneficio de la duda.
En todo caso, sucumbe al realismo. Pide que la sociedad reporteada viva con dignidad y mínimamente con libertad.
Finalmente, el periodista Vargas Llosa de “Nicaragua en la encrucijada” es un modelo a seguir ahora que pululan propagandistas políticos disfrazados de periodistas.
Crédito de la foto: Revista de Libros
lunes, 4 de agosto de 2025
LAS COLUMNAS PERIODÍSTICAS
LA gente sin mucha memoria puede olvidarse de una columna periodística bien hecha. Yo recuerdo (me pongo de mal ejemplo) las columnas de Alfonso Tealdo ("El Mirador"), publicadas en El Nacional a mediados de los ochenta. Eran columnas picantes, entretenidas, de párrafos cortos y muy concisas. (Recuerdo una en especial donde Tealdo escribía sobre Genaro Delgado Parker y el Canal 5.) Entonces, no es tan cierto lo que afirma Augusto Álvarez Rodrich en la entrevista que le hacen para este libro: que las columnas periodísticas solo quedan en la mente del lector durante diez minutos, que no van a ser recordadas dentro de un año. La de Tealdo, arriba mencionada, fue escrita hace cuarenta años y la tengo aún fresca en mi memoria. También me acuerdo las de Manuel D’Ornellas, que eran publicadas en la segunda página de Expreso y analizaban la coyuntura nacional. Eran tersas, elaboradas como siguiendo una plantilla que el periodista tenía en la cabeza exprofesamente. Cumplían con su misión y eran muy puntuales, sin excesos verbales. Otras que eran bastante buenas, eran las del periodista César Lévano en su etapa de columnista en el diario La Primera. Con un enfoque de izquierda, pero bien llevadas para que el lector no se aburra. Cortas, eficaces para transmitir el mensaje. Las de Alfredo Barnechea, en el diario Correo eran un ejercicio de la inteligencia. Muy bien trabajadas. Barnechea contó en alguna oportunidad que demoraba horas en hacerlas y que su mujer lo inquiría por su meticulosidad. Eso, muy posiblemente, se debía a que a la hora de redactarlas pensaba en el lector y que no debía aburrirse con ellas. Las escritas por Hildebrandt en el semanario Visión Peruana eran muy cultas; en algunos casos, las publicadas en Liberación, diario que también dirigía, de igual forma. Luego ha publicado otras de corte político (que han sido reunidas en La piedra en el zapato), panfletarias, merecedoras del olvido (mucho peor son las que infringe al lector en Hildebrandt en sus trece, parecen escritas por un sindicalista de la Plaza Dos de Mayo). Existen columnas con mala leche. Una de ellas era El malapalabrero, publicada en La Primera, ingeniosa pero ganada por la insidia. Su autor, egresado de una universidad privada, parecía querer emular en sus textos a un faite de La Parada. “La Ortiga”, la columna de Andrés Bedoya Ugarteche, era muy provocadora. Publicada en Correo, lanzaba sus denuestos contra la izquierda; sus calificativos, en alguna oportunidad, descendieron al nivel de letrina pública. No he vuelto a leer columnas como las de Luis Alberto Sánchez en Visión Peruana. Exquisitas, primorosas, con la mejor prosa literaria de Sánchez. Me viene a la memoria una: «Mi Percy Gibson”, donde trae los recuerdos del padre de Doris Gibson, fundadora de Caretas. Por contraste, las de Mirko Lauer son sosas, aburridas, sin juego de palabras, interesadas en esclarecer el acontecer político pero sin vivacidad (en la entrevista que le hacen a Lauer luce mucho mejor). Sirven para el archivo, para el cotejo de un historiador del futuro que quiera tener el registro de nuestra época. Este libro del chileno Cristián Faúndes, Invertebrados (2022), es una contribución sobre las columnas de opinión en el Perú. Tiene entrevistas muy entretenidas, como las hechas a Álvarez Rodrich y Cecilia Valenzuela. Recomendable.
miércoles, 30 de julio de 2025
UNA PASIÓN CRÓNICA
RESULTA extraño que Una pasión crónica, el
libro de Eloy Jáuregui, no sea un manual obligado de consulta para los
estudiantes de periodismo. Yo tengo una hipótesis: los profesores de periodismo
no leen, y como no leen, o desconocen su existencia, no lo tienen como
referencia. Es el mismo caso de Víctor Hurtado, su libro Pago de Letras (1998, 2004), que debería servir de modelo para los
que buscan una prosa en la que se funden la literatura y el
periodismo, es poco mencionado. (Ya no hablemos de Otras disquisiciones (2023), extensión de Pago y su libro mayor –ahora en dos volúmenes, publicado por Artífice–, parece estar condenado a ser solo
abierto por espíritus selectos, cultivados en el Renacimiento.) En la lista del
olvido también podemos encontrar a Manuel Jesús Orbegozo, cuyo libro, MJO. Testigo de su tiempo, que muestra
los secretos del oficio, goza del poco codiciado privilegio de la inexistencia
en la mente de los estudiantes. Claro, si el docente, que es quien debe
orientarlos no lee, menos lo va a hacer el pupilo. Y hablamos de los peruanos,
cómo será con los extranjeros. ¿Habrán leído, al revés y al derecho, Todos los hombres del presidente? ¿Les
suena Jon Lee Anderson y Oppenheimer? ¿Vargas Llosa y García Márquez en sus
notas periodísticas? ¿Leila Guerriero? Pregunto, supongo que sí. Volvamos al
libro de Jáuregui. Se nota que es un libro diseñado para un iniciado en estas
lides. Lo indican las entradas. La mayoría de ellas remiten a las clases de
Jáuregui en la universidad (evocan los “Borges vino a casa”, de Bioy). Va
soltando los “tips”, las “pepas”, en cada uno de sus capítulos. (Tengo
entendido que el editor, muy amigo del periodista, lo empujó a volcar toda su
experiencia de profesor de crónicas y entrevistas, para
que no se pierda.) En Jáuregui hay un estilo identificable (se le puede
detectar en su Usted es la culpable,
quizá su mejor libro), uno de la calle, pendenciero, quimboso, zigzagueante y
rumboso, como era él mismo en su barrio de Surquillo. Como la escritura de
Ribeyro: tiene un sello de agua (aunque la IA urda ahora estragos entre los
escritores). Una pasión crónica
debería tener además del subtítulo –Tratado
de periodismo literario– otro que diga: Memorias
de un periodista en un aula de clase. Porque eso es lo que se observa desde
el primer capítulo: la subjetividad del hombre de prensa zambullido en la
docencia. Del temor inicial se pasa a la destreza del ducho. Asimismo, la lingüística, su
primer amor, le tendió la mano al autor en la puja por explicar el significado
y los significantes en la redacción de la prosa periodística con gambetas.
Saussure, Bailly y Sapir le sirvieron de “punteros mentirosos”. Finalmente, el libro alterna
las lecciones del periodista con crónicas que él mismo escribió y fueron
publicadas en diferentes medios escritos de la capital. (Quién más que él para ser
su propio modelo.) Un libro que debería estar en el estante de un periodista (y
de otros que pretendan serlo).sábado, 8 de julio de 2023
UCHURACCAY. EL PUEBLO DONDE MORÍAN LOS QUE LLEGABAN A PIE
CUANDO Víctor Tipe hizo uso de la
palabra hubo un absoluto silencio. El auditorio estaba colmado de invitados,
periodistas y curiosos. Minutos antes había hablado el periodista José María
Salcedo. El “Chema” se refirió a él y al libro que había escrito con su hermano
Jaime, en términos muy elogiosos. Recordó en algún instante su propio libro, Las tumbas de Uchuraccay, pero la fiesta
era de los hermanos Tipe. Para ellos era la culminación de una larga caminata
que habían iniciado dos años atrás. ¿Habían participado miembros del ejército
en la masacre de ocho periodistas en las alturas de Uchuraccay? ¿Treinta dos
años después se podía saber ya la verdad? Cuando el mayor de los Tipe inició su
alocución señaló, luego de una impactante presentación en pantalla gigante del
tráiler del libro, que la investigación había sido financiada con recursos
propios, que habían logrado entrevistar a los protagonistas de la masacre, que
habían recorrido la misma ruta de los periodistas antes de encontrar su trágico
final, que habían iniciado sus pesquisas pensando que los militares estuvieron
involucrados en la matanza, que querían contribuir con la búsqueda de la verdad
y que lo que habían encontrado a algunos no les iba a gustar.
Uchuraccay. El pueblo
donde morían los que llegaban a pie
(G7 Editores) reconstruye la matanza de ocho periodistas y su guía en las alturas
de Uchuraccay. Recuerda, por su enfoque desde diferentes ángulos, la película Rashomon del realizador Kurosawa, quien,
utilizando la declaración de los testigos, recrea los detalles del asesinato de
un samurai. Es una técnica vista en escritores como William Faulkner en Sartoris y Luz de Agosto –a Ryunosuke Akutagawa, cuyo relato inspira el film
de Kurosawa, lo comparan, por cierto, con Faulkner– e introduce al lector en la
piel de los personajes, corroborando o descartando, alternadamente, una tesis.
En el caso del libro de los hermanos Tipe confirma un hecho irrefutable: que
los campesinos que participaron de la muerte de los ocho periodistas fueron los
responsables directos y que no hubo ningún personaje ajeno a la comunidad que
los dirigiera.
La página 130 de Uchuraccay. El pueblo… transporta al lector directamente al centro de
la masacre. Allí se puede leer cómo el “gordo” Sedano, presuroso por calmar a
los comuneros que habían bajado hostiles de las alturas de Uchuraccay, abre su
maletín para mostrar su cámara fotográfica. Nervioso, exclama: “Somos
periodistas, no somos terroristas”. Para su desgracia, lo primero que saltó a
la vista fue el paño de color rojo que la envolvía. Ese era el color de la
gente de Sendero Luminoso, el enemigo que venía por tierra como les había
instruido el ejército. “Acá está su bandera. Son terrucos”, expresó en voz alta
Irineo Ramos Huamán, uno de los más agresivos, cuando la vio. “Muere terruco”,
y le asestó el primer golpe en la cabeza con la honda que tenía en la mano. Fue
el primero que inició la masacre.
La sorpresa de la noche fue cuando
Víctor Tipe contó que quien había difundido la especie de que en la matanza de
los periodistas hubo participación de un militar infiltrado, era Juana Lidia
Argumedo, la hermana de Juan Argumedo, el guía asesinado. Juana Argumedo había
resultado ser senderista. Los comuneros entrevistados para el libro la habían
delatado. Ella había participado por esos años en una columna senderista. Esa
fue una dolorosa verdad para la familia Argumedo, en especial para Rosa Luz, la
hija de Juan, allí presente, quien quería saber lo que había sucedido con su
padre. ¿Se podía creer en una versión interesada propalada por una senderista?
Con su divulgación se retrasó el esclarecimiento del caso. En el auditorio hubo
un silencio total. Durante décadas se había creído que el ejército tuvo que ver
con la matanza; que los periodistas habían sido asesinados porque iban a
revelar una verdad que los militares no querían que se sepa
Al primero que mataron fue al “gordo”
Jorge Sedano. Irineo Ramos descargó sobre la cabeza de Sedano la fuerza de su
honda con una o dos piedras en la punta, luego que el fotógrafo de La República abriera su maleta y saliera
un reluciente trapo rojo de su interior. “Muere, terruco de mierda”, le espetó.
Ramos Huamán no entendía que ese trapo no era ninguna bandera terrorista como
creía, sino un paño con el que el periodista cubrió su cámara fotográfica. El
resto de periodistas reaccionó y salió en defensa de su compañero herido. En
ese momento la violencia estalló. A Willy Retto, quien discretamente estuvo
tomando fotos haciendo click a la altura de su pecho, le cayó una piedra. La
última toma fue la de un conjunto de ellas y estaba borrosa. La hizo, con
seguridad, cuando estaba caído. A los dos periodistas que salieron a defender a
Sedano, y enfrentaron a golpes a los agresores, simplemente los masacraron. Los
comuneros estaban ebrios. No tuvieron compasión. De nada sirvieron los primeros
ruegos. Estaban seguros que eran “terroristas” y que “papá” gobierno los iba a
exonerar de cualquier culpa.
A tres periodistas los rodearon y
golpearon con piedras y palos hasta acabar con sus vidas. El final del último –el
más joven, según el testimonio de Rufino Figueroa (¿acaso Jorge Luis Mendivil?)–
fue terrible. En los momentos que se disponía a cruzar el río Uchuraccay para
escapar de sus agresores, recibió el impacto de una piedra que lo tumbó. Clamó
por ayuda, pero fue inútil. Dos comuneros lo remataron con un tremendo golpe de
piedra en la cabeza. Su cuerpo quedó sumergido en las aguas heladas de un
riachuelo, cuentan los hermanos Tipe.
Epílogo
Los campesinos que ultimaron a los
ocho periodistas y al guía estaban seguros que eran terroristas.
Muchos se preguntan hasta ahora por
qué emplearon tanta vesania al hacerlo.
(2014)
lunes, 2 de junio de 2014
DE CRÓNICAS, CRONISTAS Y OTROS ASUNTOS
¿Es la crónica periodística, como dice Angulo, "una hija incestuosa de la historia y la literatura"? ¿Es verdad lo que casi implícitamente afirma Guerreiro, que para escribir una crónica no es necesario estudiar una carrera de comunicaciones en la universidad? Veamos esto último, seamos sinceros, puede ser como no puede ser. García Márquez estudió derecho en su natal Colombia, para luego abandonarlo sin mucho pesar y dedicarse al periodismo. Escribió crónicas, incluso publicó un libro: Crónicas y reportajes. ¿Le ayudó su paso por la academia? Parece que no mucho, aunque no tenemos conocimiento de una declaración de Gabo al respecto. Vargas Llosa ha escrito dos libros de reportajes –Diario de Irak e Israel-Palestina–, ¿le sirvió la universidad? Quizás, tal vez más que a Gabo, pues si hay una cosa que caracteriza al escritor peruano es su meticulosidad, y eso se lo dio los claustros, los trabajos, precisamente, de fichar cronistas en la casa del historiador Raúl Porras Barrenechea, quien lo contrató para hacer esta tarea cuando era jovencito y vivía enamorado de Julia Urquidi. Tenemos, entonces, que el aserto de Guerreiro es una verdad a medias, confirmada y desmentida por dos notables escritores metidos a periodistas.
Despachada esta interrogante, tenemos la que la antecede, la de Angulo: ¿es la crónica una hija incestuosa de la historia y la literatura? Touché, tal vez ese concepto es el que se acerque a lo que ella es, un híbrido de ambas, con el peligro de verla convertirse en noticia de ayer, como canta algún salsero; pero con el inmejorable privilegio de ser rescatada para su estudio por los seguidores de Marc Bloch.
¿Son nuestros actuales cronistas latinoamericanos, por otra parte, continuadores de la tradición instaurada en nuestras tierras morenas por Cieza de León y Agustín de Zarate? Tal vez sí, porque sus historias refieren acontecimientos desconocidos, hechos increíbles, listos para ser consumidos por los lectores ávidos de aventuras. Así tenemos a Alejandro Almazán colocándote en el mismísimo centro de la prostitución de niños y niñas en “Acapulco kids”; a Toño Angulo pasando el filo de su pluma por el perfil de “Veguita”, en “Librero de viejo andante”; o a Pedro Lemebel acariciando con el terciopelo de las palabras el cuello de la chilena Mimí Barrenechea, en “Las joyas del dictador” ; todos ellos descubridores de nuevos mundos y todos ellos redivivos en Antología de crónica latinoamericana, magnífica compilación del periodista colombiano Darío Jaramillo, publicada hace algo de dos años atrás.
Para acabar y no aburrirlos –y así no contravenir la primera regla aquí enunciada (la segunda se las cuento otro día)–, el periodista literario –más conocido como “croniquero”– es una hechura de caballero andante, rescatista de la historia y malabarista de las palabras; y, en su más alta expresión, un semidios cuya hechicería verbal sirve no solo para desfacer entuertos sino para cautivar e insuflar de vitalidad nuestras letras periodísticas.
Así, y no de otra forma, se les puede entender, señores, hasta que alguien, con mejores lanzas, diga lo contrario y debamos, como el Quijote, tentar suerte con otros molinos de viento.
Freddy Molina Casusol
Lima, 02 de junio del 2014
viernes, 31 de mayo de 2013
UCHURACCAY Y UN LIBRO, TREINTA AÑOS DESPUÉS

EL DOMINGO 30 DE ENERO de
1983, la teleaudiencia peruana se vio sacudida en horas de la noche por una
noticia de último minuto. Ocho periodistas de diferentes medios de comunicación
escritos habían sido encontrados muertos en cuatro tumbas dobles en la
comunidad andina de Uchuraccay. Con ellos también había caído asesinado Juan
Argumedo, el guía de la expedición. Días atrás el gobierno de Fernando Belaunde
había informado que miembros de Sendero Luminoso, organización subversiva que
había declarado la guerra al estado peruano, habían sido linchados por los
comuneros en la zona de Huaychao. Eso fue tomado por el gobierno como un
síntoma positivo en su lucha contra la subversión. Los periodistas fueron a
averiguar qué de cierto había en esta noticia. No sabían que iban a su última
comisión. Ese domingo, recuerdo, estaba viendo la televisión con mi padre,
cuando de pronto se conoció la información. Casi en el acto se pudo ver en la
pantalla al reportero del programa Panorama, César Hildebrandt, descender de un
helicóptero. Minutos después la cámara dirigía la mirada del televidente hacia
unos bultos negros. Estos contenían los cuerpos inertes de los periodistas
Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil,
Willy Retto, Octavio Infante, Jorge Sedano y Amador García. Los tres primeros
pertenecían a El Diario de Marka, los dos segundos a El Observador; mientras
que el antepenúltimo y penúltimo pertenecían a Noticias de Ayacucho y La
República, respectivamente. (García, el último de la serie, era de la revista
Oiga). Todos laboraban –a excepción del fotógrafo de Oiga– en diarios de
oposición al gobierno. Todavía recuerdo, en una mezcla de curiosidad y asombro,
cómo ese domingo por la noche, la cámara iba enfocando las tumbas en las que
fueron enterrados los periodistas, y cómo Hildebrandt, peleando con el viento
que insistía en despeinarlo, narraba el descubrimiento. En eso, cuando no
terminaba de digerir mi estupefacción, el camarógrafo enfocó el rostro
cuarteado y los ojos vidriosos, semiabiertos y sin vida, de Willy Retto. Le
habían destapado el cráneo de un hachazo, y sus sesos, según contó luego un
periodista de un canal de la competencia, habían sido devorados por sus
asesinos. Para explotar el morbo y acicatear la imaginación del televidente, se
mostró posteriormente el interior de una choza y la vasija donde esto habría
sucedido.
Días después, acorralado
el gobierno por los medios de comunicación donde laboraban los hombres de
prensa caídos –a quienes ya llamaban “Los mártires de Uchuraccay”–, convocó al
prestigioso escritor Mario Vargas Llosa para que presida una comisión a fin de
esclarecer lo ocurrido y encontrar a los responsables. “La comisión investigadora
de los sucesos de Uchuraccay” –como así se llamó– empezó sus funciones el 4 de
febrero de 1983. Para ello buscó el auxilio de antropólogos, sociólogos,
lingüistas y abogados. Estuvo integrada, aparte del propio Vargas Llosa, por
Mario Castro Arenas, a la sazón Decano del Colegio de Periodistas del Perú, y
el doctor Abraham Guzmán Figueroa, un antiguo penalista. La entrega del informe
de la comisión ocurrió un mes después en Palacio de Gobierno. Allí se pudo ver
al escritor enfundado en un terno impecable dando a conocer al Presidente lo
actuado por la comisión. Para algunos, el Informe, con sus verdades “absolutas”
y “relativas”, no aclaró nada. Para otros añadió confusión. Y para otros, los
más recalcitrantes, sirvió para sustraer la mirada de los verdaderos culpables:
los miembros del ejército que supuestamente alentaron –con fines nunca
aclarados– la matanza de los periodistas hecha por los campesinos, y de cuya
autoría no había la menor duda. Fue, precisamente, a los recalcitrantes, a
quienes más irritó la principal conclusión a la que arribó la comisión: que los
campesinos se confundieron y que todos éramos culpables por haber dejado en el
olvido a estos compatriotas en los Andes, quienes viviendo en el siglo XIX, por
no decir el siglo XVII –en palabras de la comisión–, vivían escindidos del Perú
Oficial, aquel que ya transitaba por entonces el siglo XX.
Los sucesos de Uchuraccay
marcaron mi juventud. Por esos días yo quería ser periodista, quería ser como
Hildebrandt que entrevistaba y dejaba mal parados a sus entrevistados con sus
preguntas acuciosas e inquisidoras. Pero luego de lo de Uchuraccay sentí
algunos reparos; me di cuenta que era muy peligroso serlo. Por esas fechas, El
Diario de Marka establecía como hipótesis que en la muerte de los periodistas
estaban involucrados miembros del ejército –“sinchis”–. Para sostener esto
último esgrimía como prueba las fotos recién descubiertas de Willy Retto, en
las que, al entender de este medio, se podía ver la imagen de un forastero
cubierto con un poncho, que tapaba unos zapatos y pantalones que no
correspondían a la vestimenta habitual de un comunero. La verdad es que por más
que esforcé mis ojos de adolescente en ver lo que me decía El Diario que había,
nunca vi nada que corroborara esa afirmación. Lo que yo creo es que, guiados
por algún fenómeno óptico, los periodistas de El Diario vieron lo que su
imaginación –o el mandato ideológico– los empujaba a ver: un miembro del
ejército detrás de la matanza, para así responsabilizar al gobierno y dejar mal
parada a la Comisión Investigadora. Si, en el supuesto negado, hubiera existido
alguno, entonces por qué un oficial de la marina habría de entregar al fiscal
del caso, Flores Rojas, el rollo –los primeros encontrados habían sido hallados
"vírgenes"– con las imágenes de Retto previas a la matanza y con esto
incriminar a un miembro de las fuerzas armadas. ¿Lo lógico no era, sospechando
esto, desaparecer esta prueba?
Durante años el caso
Uchuraccay vivió en la mente de los peruanos. Quien se encargó de recordarlo en
cada aniversario, fue el antropólogo Rodrigo Montoya. Él, en su columna de La
República, trataba de defender a los campesinos de las acusaciones de
salvajismo que recaían sobre ellos y de paso refutar las conclusiones de la
“Comisión Vargas Llosa” –así bautizada por la prensa la comisión investigadora [1].
Curiosamente por esos días, un arqueólogo, el doctor Luis Guillermo Lumbreras,
de insospechada posición de izquierda, dio algunas declaraciones que,
indirectamente, daban la razón a la Comisión Investigadora: que los campesinos
se habían confundido y habían matado a los periodistas por error. Él dijo que:
“Los campesinos habían actuado bajo condiciones de estímulo que los indujo a
realizar esto [la matanza] con la esperanza de que iban a ser premiados. Ellos esperaban,
es evidente, que como en el caso de Huaychao, se les felicitara, se les
premiara”. Y más adelante añadió: “A mí nadie me quita de la cabeza que los
campesinos, aparte del estímulo sicológico a partir de una descripción de los
presuntos enemigos senderistas, también tuvieron estímulo del alcohol”. Explicó
además: “Creo que hay un factor de temor. Y factor de temor absolutamente
lógico frente a un enemigo desconocido” [2]. Algo similar escribió el
periodista Gustavo Gorriti en la revista Caretas tres días después de los
trágicos sucesos, cuando no existía ninguna comisión investigadora de por
medio: “Es posible, dolorosamente posible, que en esas horas, los ocho
periodistas limeños y ayacuchanos que habían salido un día antes de Huamanga,
para dirigirse a Uchurajay y Huaychau, hayan sido atacados y muertos por la
turba de comuneros que –en un estado frenético de temor– los habrían confundido
con otro grupo incursor de Sendero”[3]. No hay mención, en opinión del
periodista y del investigador social, de personas extrañas ajenas a la
comunidad ni rondas “paramilitares” alentadas por el ejército como se sostuvo
luego.
La tragedia de los periodistas peruanos fue explotada políticamente. El clímax de esa utilización barata de las muertes de quienes intentaron cumplir con su deber periodístico, fue en 1990 cuando en el debate presidencial entre Vargas Llosa y Fujimori, se vio a las viudas de los periodistas vestidas de negro en la primera fila del auditorio del Centro Cívico, lugar donde se realizó este. Fueron llevadas allí para intimidar con su presencia al escritor, como una burda manera de reprocharle el supuesto encubrimiento de los verdaderos responsables de la masacre –el ejército–, en el que él, prestando su figura de escritor famoso, habría sido participe. Luego Vargas Llosa, en sus memorias que daría a conocer tres años después, contó cómo una de las viudas, la de Jorge Sedano, asqueada por lo que las habían obligado a hacer los verdaderos “traficantes de cadáveres”, había ido a su casa para decirle, en presencia de periodistas que cubrieron la información, que iba a votar por él. Pero ese sacrificio de Alicia Sedano no sería suficiente. Como la historia ya consigna, Vargas Llosa perdería esa elección.
Han pasado exactamente
treinta años desde que fueron descubiertas las tumbas que contenían los restos
de los periodistas en Uchuraccay, y hasta ahora no hay un solo libro que arme
las piezas del rompecabezas y desentrañe el misterio que significó sus muertes.
A excepción de uno, el de José María Salcedo, más conocido como “Chema”. El de
Salcedo es una estupenda crónica que reconstruye paso a paso el itinerario de
los periodistas los días previos a la tragedia. Desde su posición privilegiada
de director de El Diario de Marka, “Chema” Salcedo tuvo la oportunidad de
acceder a las primeras informaciones que daban cuenta del destino fatal de los
periodistas peruanos. Su relato palpitante revive la atmósfera de violencia que
vivía el país, con un Sendero Luminoso sembrando bombas por doquier y un clima
de violencia que parecía devorarnos. Aparte de este libro existe un par más, el
de Juan Cristóbal –que es una reunión de artículos sobre el caso– y el de
Guillermo Thorndike –que recoge las fotos de la masacre–, luego nada. Por
tanto, el libro de José “Chema” Salcedo, oportunamente llamado Las tumbas de
Uchuraccay (1984) es una pieza excepcional, es el testimonio de parte de un
periodista metido de lleno en los detalles de la tragedia. Ameno, con una prosa
periodística que hace placentera su lectura, para escribirlo el ex director de
El Diario tuvo el trabajo de recoger cuarenta testimonios y recorrer en
compañía del periodista Luis Morales los mismos lugares donde estuvieron los
ocho periodistas, esto es el Hostal Rosa en Ayacucho y la ruta hecha por ellos
antes de ser asesinados. Ahora el libro –como el Informe de la Comisión
Investigadora– se ha convertido en ineludible referencia para cualquiera que
quiera indagar sobre lo que ocurrió un 30 de enero de 1983, en ese paraje
helado e inhóspito de los Andes llamado Uchuraccay.
Freddy Molina Casusol
Lima, 30 de mayo del 2013
Post Scriptum
Las últimas noticias de
la tragedia las proporcionó este año la hija del guía Juan Argumedo, Rosa Luz
Argumedo. Ella, ahora hecha una profesional en Psicología, reclama que se le
otorgue el mismo status a su padre como el que se la ha dado a los periodistas
muertos: el de ser una víctima más de la masacre.
Caretas
http://www.podestaprensa.com/2010_01_01_archive.html
[1]Ver “Los campesinos no son salvajes”, 5 de febrero de 1983; “Pese a todo sabremos la verdad”, 26 de enero de 1984; “Uchuraccay, dos años después”, 26 de enero de 1985; “Uchuraccay, cuatro años después”, 15 de febrero de 1987.
domingo, 17 de junio de 2012
LA IMPORTANCIA DEL PERIODISMO EN LA LITERATURA
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