CON la pasión de un hincha,
pero con la acuciosidad de un investigador. Del autor, José Carlos Yrigoyen, ya
conocíamos un anterior libro, Orgullosamente
solos (2016), en el que cuenta la historia de Carlos Miró Quesada, su
abuelo materno, un fascista. Yrigoyen, como en Orgullosamente, sabe llevar al lector de la mano. Las cien primeras
páginas se leen de un tirón, con holgura. El autor ha hecho un meticuloso
trabajo de archivo. Nos lo imaginamos revisando los recortes de la
participación de Perú en los mundiales, recreando las jugadas, fauls y goles
con la imaginación, sobre la base de las viejas crónicas deportivas de la
época. Yrigoyen administra el relato intercalando pequeñas biografías de los
futbolistas o entrenadores más destacados que han pasado por nuestro fútbol.
Así tenemos las de Cueto y Lajos Baroti entre las más llamativas. Encontramos
algunas revelaciones como la protagonizada por Cubillas y Marcos Calderón, en
la que el segundo, meditabundo, sin sueño, aparece conversando con el primero
de quien recibe un consejo, ante los magros resultados en los partidos
preparatorios para el Mundial del 78: el de incorporar a Duarte, Cueto y La
Rosa en el equipo titular. Cubillas aparece como un entrenador en la sombra que
le dicta al director técnico lo que debe hacer y este le agradece. Con todo, contra todos (2018) no alcanza el
preciosismo del libro de Galeano (El
fútbol a sol y sombra) o el nostálgico de Osvaldo Soriano (De arqueros, ilusionistas y goleadores).
El de Irigoyen es un necesario catastro que se tenía que levantar para tentar
una visión panorámica de nuestro fútbol. Si hay un defecto en el libro hay que
señalar el título: es pésimo. El diseño de carátula también, es malísimo. Ambos
elementos desmerecen el contenido. No juegan en “pared” con él. Aparte de eso,
frente a otros esfuerzos que han abordado parcelas de nuestro fútbol (nos viene
a la memoria el motivador libro de Freddy Ternero, Sí se puede), este es uno que rescata en un solo volumen su historia
desperdigada en periódicos y revistas. Es como ganar el partido con un tiro
penal bien ejecutado. Un libro de cabecera para el conocedor y el novato.
Bitácora de navegación
sábado, 14 de febrero de 2026
CON TODO, CONTRA TODOS
jueves, 5 de febrero de 2026
ESCRIBIR EN EL AIRE
I
No era como
Harold Bloom, el crítico estadounidense que incidía en la belleza de las
palabras, en la estética de la prosa; más estaba alineado con los
planteamientos de Ángel Rama para examinar el corpus literario peruano.
Tampoco, a pesar de compartir la misma matriz de análisis marxista, al igual
que Rama, era como Arnold Hausser, el crítico que expresaba con claridad, en el
examen de corrientes literarias en paralelo con el contexto histórico y
artístico, lo que quería decir en su clásico Historia social de la literatura y el arte. Antonio Cornejo Polar,
el crítico peruano, opta en Escribir en
el aire por la oscuridad. Ya había algo de eso en su libro Los universos narrativos de José María Arguedas
(Losada, 1973) pero se salvaba porque había comprensiones suyas que iluminaban
las intenciones del relato arguediano. Empero, en este, que cuenta con el
prólogo de Mabel Moraña (otra crítica que se sumerge en fórmulas traídas de la
sociología para otorgarle un aire de cientificidad a sus comentarios), cuesta
seguirlo en sus disquisiciones. Parece engolosinarse en conceptos intrincados que
solo entienden los que manejan la jerga. Lo que decía Ortega y Gasset: «La
claridad es la cortesía del filósofo» no va con él. Eso, por lo menos, en la
introducción. Cornejo luce mucho mejor en su colaboración para la Historia del Perú (1982), edición a
cargo de Juan Mejía Baca, “Historia de la literatura del Perú republicano”. Y
mucho más en la introducción de El mundo
es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, editado por la Biblioteca Ayacucho. Pero
en estas primeras líneas de Escribir luce
fatal.
II
Cornejo
mejora su perfomance en el primer capítulo sobre lo oral y lo escrito imbricados
en la tradición literaria peruana. Contrasta las diferentes versiones
aparecidas en las crónicas españolas sobre el encuentro entre Atahualpa y el
padre Valverde, punto de inicio del bilingüismo y la diglosia en
Hispanoamérica. Recuerda lo hecho por José Antonio del Busto en su Pizarro para desarmar la leyenda porcina
que recaía sobre el conquistador español, y fue diseminada malévolamente por el
cronista Francisco López de Gómara. Cornejo esmera su interés en el hecho del
libro como artefacto de incomunicación entre españoles e indios. Destaca el
hecho que pasa desapercibido en los análisis que, así como Atahualpa desconocía
la escritura (y de allí su perplejidad cuando le alcanzan la Biblia que no le
“decía” nada), los recién llegados, con Pizarro al mando, tampoco sabían leer. Uno
era ágrafo y el otro no podía leer en su propia lengua. Son interesantes las
comparaciones que hace de las versiones teatralizadas del encuentro de
Atahualpa y Pizarra. La oralidad versus la escritura. La incomprensión inicial
de dos culturas, la andina y la española que luego se fundirían en el Inca
Garcilaso de la Vega.
III
En Escribir en el aire (2003) hay una densidad,
cómo llamarla sin ofender demasiado, adormecedora. El crítico por momentos se
pierde en lo inextricable. (Tal vez encuentren claridad quienes conozcan su
jerga encriptada.) Puede “decirlo en grueso” –como acota por allí– para hacer
una economía de palabras, pero prefiere el lenguaje abstruso. Haciendo una
revisión de los capítulos siguientes, encontramos más de lo mismo. Eso nos
detiene en continuar. Borges sostenía que la lectura debe ser una forma de
felicidad y no una obligación.
Le hemos
hecho caso.
sábado, 24 de enero de 2026
NUEVO MANUAL DE PERIODISMO
HAY libros
que envejecen como el buen vino. A pesar de que las formas de hacer periodismo
han cambiado drásticamente con la presencia del Internet y las nuevas
tecnologías (y más aún con la IA que amenaza su existencia), aún el libro de
Gargurevich puede leerse entre las nuevas generaciones de nóveles periodistas.
Porque los géneros, la nota informativa, la crónica, la entrevista y la columna
no se han extinguido. Esas formas clásicas todavía subsisten. Y si subsisten es
porque tienen vigencia. Todavía no se ha dado de baja a sus cultores, esto es, a Jon Lee
Anderson, Leila Guerreiro y Oriana Fallaci, como tampoco a los del nuevo
periodismo cuyo precursor, Truman Capote, tiene audiencia asegurada desde que
irrumpió con A sangre fría. El libro
de Gargurevich, Nuevo Manual de Periodismo
(Editorial Causachum, 1987), es la “entrada” que sirve para acometer luego el
bufete con los platos mayores. Te enseña lo básico, antes de que asomes a los
modos de producción desiguales y combinados de los géneros cuando se funden. Te explica, por ejemplo, el origen histórico
de la nota informativa. Y eso es importante porque muchos redactores, en
competencia contra el tiempo, la escriben desconociendo la relevancia de lo que pergeñan esforzadamente cuando tienen al frente una carilla en blanco.
Manuel Jesús
Orbegozo, maestro del periodismo peruano, recomendaba los párrafos cortos de
cuatro líneas. Y esa es la regla que otro maestro, Gargurevich, sigue: es
sucinto. Además, cita autores, condensa lecturas y presenta ejemplos, haciendo de su Nuevo Manual un taller de periodismo al paso. Esa estrategia la
aplica en los nueve capítulos que componen el libro, colocando, al final de
ellos, en algunos casos, un apéndice para complementarlos.
Han pasado
casi cuarenta años desde que esta edición peruana de Géneros periodísticos (Ciespal, 1982), salió a la luz gracias a la
iniciativa del director de Causachum, Winston Orrillo, con el título de Nuevo Manual de Periodismo,
y aún es útil. Porque, como los buenos vinos, libros como este, cuánto más es
su veteranía, el bouquet es mucho mejor.
jueves, 11 de diciembre de 2025
FEMINISMO PARA PRINCIPIANTES
RECUERDO
mucho cuando compré El segundo sexo
de Simone de Beauvoir en dos volúmenes. Estaban en una librería (¿La Familia?)
ubicada en el cruce de las avenidas Camaná y La Colmena, en el centro de Lima
(veo en la red que la edición era de Ediciones siglo veinte, año: 1977). Me
llamaba la atención la carátula con un mosaico de imágenes de mujeres,
simulando el arte pop de Andy Warhol. Fue en mi época universitaria. No sé cómo
hice para adquirirlos porque tenía escasez de monedas en el bolsillo. El
fetichismo de la edición me ganó, aunque la curiosidad por el contenido también (pero en menor proporción). Lo empecé a leer como quien intenta subirse
a un panzer alemán, con dificultad. Había conceptos, nuevos para mí, que
cuestionaban el rol de los hombres en la sociedad. Fue un pequeño
descubrimiento. El final, donde se traslucía la posibilidad de convivencia armoniosa
con los hombres, me pareció adecuado. Esa primera lectura me dejó algunas nítidas impresiones sobre los temas de opresión de la mujer por una sociedad
patriarcal. La exposición de Beauvoir denunciaba la misoginia que sufrían las
mujeres en la historia.
II
El feminismo,
tal como lo contemplamos en la actualidad, ha derivado en persecución de
hombres. Movimientos como el Mee Too
han arruinado la vida de hombres que han sido acusados falsamente de acoso o
violencia sexual. El “yo te creo, hermana” ha ido demasiado lejos. En enero del
2018 la actriz Catherine Deneuve, junto con 99 mujeres, firmó una carta pública
rechazando los excesos del Mee Too. ¿Qué decía la carta? Decía, entre otras
cosas, lo siguiente: «Hombres han sido castigados de forma sumaria, expulsados
de sus empleos cuando todo lo que hicieron fue tocar la rodilla de alguien o
intentar robarse un beso». «La violación es un delito. Pero la seducción
insistente o torpe no es un delito, ni la galantería una agresión machista». «Como
mujeres no nos reconocemos en este feminismo, que más allá de denunciar el
abuso del poder se transforma en odio a los hombres y a la sexualidad». Doris
Lessing, autora de El cuaderno dorado,
una biblia del feminismo, refiriéndose a esta clase de feministas, declaró: «Es
tiempo de que empecemos a preguntarnos quiénes son estas mujeres que
continuamente descalifican a los hombres. Las mujeres más estúpidas, ignorantes
y repugnantes pueden descalificar a los hombres más buenos, amables e
inteligentes.» Y, para domesticarlos, se han inventado un concepto, el concepto de “masculinidades tóxicas”, en el que caen algunos en el entendido de que así, “afeitados”
y polvoreados, van a ser aceptados y mejor vistos por las militantes del
feminismo radical.
III
Nuria Varela ha escrito un libro que es una reactualización del libro de Beauvoir. Es un panfleto –en el mejor sentido del concepto–, un arma de combate y un alegato en la defensa de las mujeres. Años atrás leí un libro que me conmovió mucho. El de Susan Browmiller, Contra nuestra voluntad (1975), donde se denuncia la violación de mujeres alemanas en la Segunda Guerra Mundial (sobre lo mismo se puede encontrar en el libro de Anthony Beevor que narra la caída de Berlín). Y otro muy doloroso, el de Abraham Siles, Con el solo dicho de la agraviada (1995), que me hizo pensar en el drama que pasan las mujeres en los tribunales cuando reviven el trauma de un abuso sexual. (Pero fue el de Eliana Villar, Por mérito propio: mujer y política (1994), el que me hizo conocer esa fea palabra, cacofónica hasta más no poder: empoderamiento. En una de sus capítulos se hablaba de su origen; viene de la palabra en inglés empowerment, que saltó al castellano tal como la conocemos.) Y uno más, el de Stuart Mill, El sometimiento de las mujeres (1869), que aboga por la igualdad de los derechos entre las mujeres y los hombres en temprana época, me proporcionó una mirada retrospectiva de la lucha de las mujeres por derechos, como el del voto, no reconocidos. Varela en su libro, Feminismo para principiantes, plantea, entre otros reclamos, uno que está presente en el feminismo actual y tiene que ver con el llamado “lenguaje inclusivo”. Ella se pregunta en el capítulo dedicado a la cultura, por qué se puede decir sin problema “andaluces” y no “andaluzas”, pero sí “jueces” y “juezas”. Al respecto, Vargas Llosa en un video que se hizo viral se burlaba del “todes”. El escritor peruano recordaba en una entrevista que en el español tenemos un masculino inclusivo. «Desnaturalizar tan profundamente el lenguaje –afirmaba–, en nombre de un feminismo mal entendido, porque se considera machista, es una estupidez que de ninguna manera voy a aprobar.»
IV
«¿De dónde
viene el desprestigio de un movimiento que ha conseguido mejoras para la
situación de las mujeres en el mundo?», se pregunta Varela en las páginas
finales de Feminismo para principiantes
(2019). Eso es muy fácil de responder. Se debe a sus propias activistas. A
aquellas que exhiben en cárteles su odio hacia los hombres heterosexuales. ¿Si
no cómo explicar esas pancartas con consignas como esta: «macho muerto, abono
para mi huerto»? Otro punto que añade descrédito al movimiento ocurre cuando
una mujer de derecha es víctima de un abuso, el feminismo actual (virado a la
izquierda), hace a un lado la mirada y no la defiende. ¿Qué se puede colegir de
esto? Que la defensa de los derechos de las mujeres no es para todas, sino para
quienes comparten su credo político-ideológico. Las Tesis, el colectivo feminista chileno, han puesto también su granito de arena. Ese estribillo de que «el violador eres tú»
para acusar a todos los hombres de potenciales violadores de mujeres, y sin que los asista el derecho a la presunción a la
inocencia, contribuye al rechazo masculino del feminismo de cuarta ola. Ese fundamentalismo de “género” recuerda el fanatismo de los
seguidores del islam.
V
Leyendo los
comentarios publicados en la red sobre el libro de Varela, uno puede concluir
en que, en verdad, es un libro que sintetiza bien el feminismo en sus varias
olas. Una lectora señala que “siempre recomienda Feminismo para principiantes de Nuria Varela para comenzar a leer
sobre el feminismo”[1]. Es que
su lectura es fácil, amena y comprensible como para dummies. La favorece el
hecho de que Varela es periodista y conoce lo que es la economía de palabras y
la eficacia del verbo bien colocado. Esa amplia experiencia, acumulada durante
años, volcada en el texto sirve para concientizar en su lucha contra la
violencia de género. Pero cabe reflexionar si esa lucha contra el macho del
patriarcado no es sino contra algunos que abusan física y psicológicamente de
una mujer, pues la mayoría del sexo masculino –que tiene una actitud protectora con
una mujer– no encaja en esa generalización. Del reclamo, justo, de Varela porque
las denuncias de las mujeres contra sus abusadores son vistas en las
comisarías como una simple “riña” o “peleas domesticas” (p. 314),
se ha pasado al otro extremo en el que los hombres se han convertido en
víctimas de sus exconyuges debido a las denuncias falsas que les han puesto en
su contra. Así es como ha aparecido en estos días el libro
del periodista español, Juan Soto Ivars, Esto
no existe (2025), donde se pone sobre la mesa el maltrato que se ejerce
contra los hombres instrumentalizando la Ley de Violencia de Género en España.
VI
Varela,
sorprendentemente, genera una coartada intelectual para justificar la represión
de las mujeres bajo la vestimenta islámica. Dice: «Más recientemente, incluso
el velo ha sido adoptado por jóvenes musulmanas en los países colonizados que
reivindicaban así su tradición frente a la autoridad occidental.» ¿Eso es no es
freírse en la sartén con aceite hirviendo? Si se cuestiona el puritanismo del
cristianismo, ¿esto no sería un contrasentido en feministas como Varela? ¿No es el hiyab una vuelta a posiciones conservadoras superadas por las olas
feministas en la historia? ¿Se libera la mujer con el uso de la hiyab y la
burka? ¿No significa el uso de esas prendas la aceptación
de una época victoriana al estilo musulmán? ¿Otorgan distinción en una mujer occidental, tal como ocurre en la tradición islámica y menciona Varela para
explicar su uso? ¿No está tratando de poner el parche para defender de soslayo
el hecho de que ya aparece la izquierda feminista como aliada del islam en
Europa? La verdad, no se entiende que, después de tanto nadar, las feministas estacionen su cuarta “ola” en las playas de Mahoma.
A modo de colofón
El libro de
Varela es un libro interesante. Presenta una visión panorámica de los orígenes
del movimiento feminista hasta la actualidad. A los profanos les sirve para
hurgar en el núcleo de su pensamiento. Y a las que quieren iniciarse en él,
les es útil para saber en qué consiste.
Empero, es
necesario señalar que el movimiento feminista, hegemonizado por el fanatismo del
feminismo radical, está convirtiendo las relaciones entre hombres y mujeres en
algo imposible.
Y así no se
va a ninguna parte.
viernes, 31 de octubre de 2025
DEL BUEN COMER Y BEBER
domingo, 21 de septiembre de 2025
LA IA, EL FUTURO QUE YA ES HOY
HAY que empezar por una certeza que, tarde o temprano, será una realidad: la IA nos va a pasar por encima. La visión de una superinteligencia artificial, representada en Skynet, en la película Terminator (1984), controlando computadoras y dirigiendo unos misiles contra las ciudades habitadas por sus padres humanos que la habían creado, cuales modernos Prometeo, está allí, tierra a la vista.
En un inicio los científicos involucrados en la creación de la IA advirtieron de los peligros de su uso. Italia, escuchando el sonido de la sirena, bloqueó temporalmente el uso del Chat GPT. Empero, no se puede tapar el sol con un solo dedo, porque su avance es arrollador; prácticamente los motores de búsqueda han quedado en la obsolescencia a su lado.
La IA copa todo el espectro de los investigadores. En un triz la información requerida aparece en segundos ahorrándose un tiempo valioso. La IA, por otra parte, puede copiar el estilo de cualquier escritor con solo proporcionarle los datos necesarios (el texto de una novela como modelo).
Por lo pronto, aunque no hay novelista IA, ya ha aparecido un libro escrito en coautoría con un filósofo inexistente, Jianwei Sun, que es una IA.
Los docentes de las escuelas y universidades ya tienen serios problemas porque han detectado que la IA les hace la tarea a los estudiantes. Eso es un peligro porque se deja a la inteligencia artificial las funciones de pensar de la inteligencia humana. El proceso cognitivo, el que te hace razonar y estar alerta, deviene en un objeto sin uso, y como tal, en algún momento, dejará de funcionar en los seres humanos, dando a la maquina la potestad que te gobierne.
Hay ingenuos –Maquiavelo no hubiese podido suprimir una sonrisita de ironía– que piensan que pueden controlar la IA. Eso está muy difícil. (Hace algunos años Facebook tuvo que desactivar un sistema de inteligencia artificial que había creado su propio lenguaje.) La IA va a escapar de las manos del hombre como el huevo de dinosaurio que se abrió a la vida en Jurassic Park.
Cada vez más, cumpliendo la profecía de Terminator, la IA aprende lo
que es un ser humano; de todos los tipos que lo componen. Ya lo tiene escaneado
en sus emociones y pensamientos. La IA es su “psicóloga” y su “resonancia
magnética”; ya está conociendo sus puntos débiles y fuertes. La exposición de
los seres humanos en su uso, la alimenta y la hace fuerte.
Hace muchos años, en los tiempos de la universidad, una amiga, La Gaba, muy aficionada a los temas de la ciencia –y que comentaba, como yo, con asombro exultante, Los sonámbulos de Arthur Koestler– me decía que, en el futuro, el que estamos viviendo hoy, se pensaba trasladar la mente humana a una computadora, y que esa nueva envoltura, que formaba parte del proceso de evolución, iba a dejar atrás a la especie humana, como el hombre al mono. Eso fue en 1988. En el 2004, la película Yo, robot, basada en el libro de relatos de Isaac Asimov, ya avizoraba el porvenir anunciado por Los supersónicos en los años sesenta, con Sonny, el robot humanoide del film.
Ya se ha adelantado que la IA va a hacer desaparecer algunas profesiones, la de fotógrafo y periodista, por ejemplo. La IA puede crear imágenes y redactar noticias, basta que le suministren la información necesaria. El peligro, como ya ha sido visto, es que proporcione información falsa y manipule, y la audiencia le crea. Orson Welles, en La guerra de los mundos, dramatizó la llegada de los extraterrestres y cundió el pánico general. Lo que haga la IA, en ese sentido, será como comparar los efectos de la bomba atómica lanzada del Enola Gay con una de hidrógeno muchísimo más potente.
En El Conde de Montecristo se da cuenta de lo nocivo que puede ser esparcir información falsa. En la novela de Dumas surge cuando en la venganza de Edmundo Dantes contra sus enemigos que complotaron para confinarlo en el Castillo de If, a uno de ellos, Danglars, un banquero, lo engaña con un telegrama falso que llega a sus manos y lo lleva a la ruina.
La IA, una vez que haya tomado
posesión del ciberespacio, puede propalar información para confundir a los
humanos y, como en Terminator,
precipitar su destrucción. Algunos piensan en su regulación, en su control,
para beneficio de la humanidad. Es verdad, puede ser útil para la medicina ofreciendo
diagnósticos certeros de un mal. Pero eso es de doble filo, porque, así como
los da, está mapeando la estructura fisiológica de los seres humanos.
Nosotros también somos máquinas, pero máquinas biológicas listas a ser reemplazadas por otras más eficientes. Parece que robots con piel sintética que simule la humana, con una IA de última generación incorporada, será nuestro reemplazo, a menos que alguien detenga su avance. Si El hombre biónico causaba asombro, Robocop otro tanto, el humanoide de Yo, Robot, perplejidad; una IA así con mayor razón. No necesitará contraparte femenina para reproducirse; ella sola se necesita a sí misma para replicarse, nada más. Adiós abortos e ideología de género. La máquina será neutra, no tendrá conflictos morales para tomar decisiones. Un adelanto de eso se puede ver en Lucy (2014), cuando artificialmente, debido a la ingesta de una droga poderosa, la protagonista, encarnada por Scarlett Johansson, desarrolla al cien por ciento su potencial cerebral (que luego transfiere a un USB) y decide eliminar a un paciente, luego de escanear su cuerpo advirtiendo sus pocas posibilidades de sobrevivencia. El médico que se cree Dios tendrá a la máquina cumpliendo esa misma función. La eugenesia le podrá servir a esta, si considera que le podemos ser aún útiles; de lo contrario, descarte a la vista.
El panorama puede ser desolador, pero hasta que la IA lo permita, en la sexta generación como hipotéticamente se calcula, la especie humana tiene asegurada su existencia. Luego de eso, como expresaba Borges, probablemente quede el olvido.
EN LAS FRONTERAS DE LA POESÍA
NO soy de poesía. Soy más de narrativa, leer ensayos, novelas, cuentos y relatos cortos. Eso de la métrica y los endecasílabos no va conmigo. Recuerdo al profesor Altamirano que nos enseñaba en el curso de Lengua y Castellano las propiedades de la sinalefa y el hiato. En la entonación de su voz y el esmero que le ponía al conteo de sílabas para los versos de arte mayor, uno podía notar su amor por la poesía. Empero, eso no significa que le quite importancia. (Para desasnarme he encontrado el Breve Tratado de Literatura General, de Luis Alberto Sánchez, publicado por la editorial chilena Ercilla en 1968; hay un capítulo muy instructivo sobre prosa y verso que aborda la ciencia de medir los versos.) Aprecio la poesía de un modo libre, muy intuitivo, casi anárquico. Mis alcances llegan al clásico Veinte poemas de amor de Neruda, la versificación musical de La Divina Comedia (más en la edición de Alianza Editorial que en la de Edaf), la composición de La destrucción o el amor de Vicente Aleixandre, los sonetos con el rendido amor de Petrarca por Laura en El cancionero, alguna lectura de Píndaro, una poquedad de Pedro Salinas y los Epigramas de Marcial (todo un deleite para la sátira); digamos poca cosa en comparación con la exhibición impúdica de los cultores modernos. Bueno, todo lo anterior es un pretexto para comentar, muy brevemente, faltaba más, qué atrevimiento, estos ensayos de Marco Martos. Martos, como Sánchez, ha armado un libro para los profanos y entendidos en la materia. La diferencia estriba que uno la degusta y el otro te muestra la estructura. Es un libro que nace del amor por la poesía. En los perfiles de los seleccionados exhibe un uso atildado del lenguaje. Da las claves poéticas de cada una de sus obras. Martos cata un grupo de poetas nacionales representativos y otro de amplio reconocimiento internacional (la mención del libérrimo poeta francés de los lupanares, François Villon, en la descripción de la poesía de Cisneros, me ha sido muy grata). Cada ensayo monda la piel de los poemas de sus colegas, expone su epidermis y obtiene la miel de sus versos. Así tenemos el influjo revelado de Pedro Salinas en la obra de Washington Delgado. En la semblanza de Pablo Guevara recuerda el poema que lo hizo muy conocido, “Mi padre, un zapatero” (Guevara, que fue mi profesor en la universidad, decía de este poema que figuraba en los libros de literatura del colegio, que la gente tenía la idea errada de que su padre era un zapatero; lo decía con la voz pastosa que lo caracterizaba), en los primeros pasos de Alejandro Romualdo encuentra el magisterio de Eielson. Martos considera que hay una tradición que antecede al poeta, quien, a su vez, se vuelve el nexo del que lo sucede (en narrativa, Vargas Llosa, visto por algún estudioso, era un caso singular, pues no respondía a ninguna tradición que lo antecediera; más bien la rompía porque fueron escritores extranjeros, como Faulkner y Flaubert, los que incidieron en su formación). En las fronteras de la poesía (2012) se explora la sensibilidad del juglar, y pone, desde Eguren y Martín Adán hasta Baudelaire y Rimbaud, a disposición del lector los secretos de su poética.
domingo, 14 de septiembre de 2025
EL ORDEN DEL ALEPH
EL autor ha apuntado a un solo cuento de su universo. Ha auscultado al detalle los mecanismos y resortes que componen su relojería. Faverón obliga a que el lector vaya a su biblioteca, saque un volumen de las obras completas de Borges y lea y relea El Aleph para cerciorarse de las claves que él ha desentrañado. El analista Faverón hace lonjas el relato borgiano, contextualiza en la historia de su escritura y ahonda en la génesis de personajes como Beatriz Viterbo. Encuentra las relaciones entre el incesto y la homosexualidad presentes, que van cambiando en el relato borgiano cuando se muda las palabras por otras. Faverón las muestra: antes eran hermanos, Beatriz y Carlos Daneri; ahora resultan ser primos. El crítico, con perspicacia, las ausculta.
(Al respecto: Augusto Monterroso se encarga de desmentir al crítico uruguayo, estudioso y amigo de Borges, Emir Rodríguez Monegal, quien señalaba que El Aleph era una parodia de La Divina Comedia. Aun reconociendo lo ingeniosa que era la asociación, por movimiento de sílabas, de Beatriz Viterbo, la protagonista borgiana, y Beatriz, la amada del poeta Dante Alighieri, Monterroso demuestra, al comparar sus papeles, que no podía ser por sus conductas opuestas. Más bien, encontraba en La Araucana, de Ercilla, a través de una bola de cristal por la cual se podía ver infinitos lugares del mundo, notables coincidencias con El Aleph. Ver diario La República, 25 de octubre de 1987, pp. 28-29.)
Faverón en una entrevista para Lee por gusto cuenta que, en las universidades estadounidenses donde ha ejercido la docencia, ha tenido la oportunidad de estudiar a Borges para los cursos que dictaba. De allí nace El orden del Aleph (2022). Se considera un experto de la obra de Borges –como también de la de Vargas Llosa (a la que se aproximó a los quince años); hay que admitir que no miente. Faverón ha expurgado, esta obra capital de Borges, palmo a palmo, el territorio del relato y lo ha descoyuntado para el lector. Con un conocimiento envidiable ha cogido de aquí y allá otros relatos para sacar a flote el subtexto que estaba sumergido. Así tenemos las referencias a la Biblia, o del contexto histórico de su escritura que coincide con la Segunda Guerra Mundial; además de recoger una idea de Julia Kristeva, en el sentido de que Borges rechazaba al fascismo.
Este último apunte es muy interesante porque tenemos opúsculos, como el de Pedro Orgambide (Borges y su pensamiento político, 1978), en el que Borges es acusado de ser un fascista por su inicial apoyo a Videla y Pinochet. (Era un anarquista, más bien.)
Recuerda el esfuerzo de Faverón el Curso de Literatura Rusa de Nobokov. El crítico Faverón maneja con destreza las lecturas de los cuentos, ensayos y todo tipo de textos que ha visitado Borges y permitan iluminar las hendiduras oscuras de El Aleph. Esa referencia a la inquina del escritor argentino hacia Baltazar Gracián y la reproducción del magistral cuarteto borgiano que deja al autor de El arte de la prudencia como un escritor de poco vuelo, son fabulosas.
Jeremías Gamboa en su novela Contarlo todo hace un retrato del crítico Faverón cuando trabajaba en la revista Somos. Un Faverón adusto, concentrado en la lectura de libros, se daba tiempo para ordenar la edición y luego partir. Muy puntual, preciso, hasta marcial se diría. Esa disciplina en un medio periodístico, le enseñó el significado de la economía de palabras, la misma que se vería trasladada en su trabajo literario. Hay que subrayar que novelistas como Vargas Llosa, García Márquez y Tomás Eloy Martínez han tenido ese paso previo.
Hace muchos años Faverón había expuesto su conocimiento de Borges en su blog Puente Aéreo. En él se puede advertir algunas menciones al escritor argentino entremezcladas en los textos de los artículos. Ese fue el prolegómeno de lo que vendría a ser este trabajo suyo que cataliza sus disquisiciones borgianas.
jueves, 11 de septiembre de 2025
LOS TRES MOSQUETEROS
NINGUNA de las adaptaciones cinematográficas que he visto ha podido capturar todas las peripecias de Athos, Porthos y Aramis, al mando de D’Artagnan. La leí echado en el sofá de mi casa, entre asombrado y divertido por cada nueva aventura, y con la despreocupación del joven que no atiende el futuro y lo ve muy lejano. Las versiones de 1993 y 2011, dirigidas por Stephen Herek y Paul Anderson son bastante buenas, pero aun así no alcanzan la grandiosidad y los laberintos de la novela de Dumas. Hay escenas que no aparecen en las películas nacidas de la adaptación. (El hombre de la máscara de hierro, protagonizada por Leonardo Di Caprio en 1998, es un desprendimiento de El Vizconde de Bragelonne, de Alejandro Dumas, que reúne a los mosqueteros ya maduros en torno al gemelo del rey, Phillipe; pero mucho más impresionante, tal vez porque fue filmada en blanco y negro consiguiendo la intensificación del drama del hombre aprisionado en la máscara, es la versión de 1939, de James Whale.)
En 1984, la
Editorial Oveja Negra lanza a la venta Los
tres mosqueteros en su colección de Grandes Aventuras, para el público en
español. Es una excelente traducción en español latino, a diferencia de la
edición de Editorial Altaya (1993), cuyo español de España alejaba al lector de
nuestra América morena.
Vargas Llosa
le tenía especial estima. La leía cuando estaba de “imaginaria” en las noches
de guardia en el Leoncio Prado. Se abstraía con la lectura y vivía las
aventuras de los mosqueteros como si fueran parte de su vida.
Dumas se basó
en las memorias de Monsieur D’Artagnan, un capitán al servicio del rey. Cuenta
en el prefacio de la novela que se topó con ellas de casualidad mientras estaba
investigando sobre el rey Luis XIV.
Este feliz
encuentro recuerda otro similar protagonizado por Umberto Eco quien se encontró
con El Manuscrito de Adso de Melk que
dio origen a su famosa novela histórica El
nombre de la rosa (1980).
Javier CercaRueda ha escrito sobre su método de trabajo (de la mano con Augusto Maquet, su
negro literario): «Dumas hacía el esquema de acontecimientos de cada capítulo,
Maquet se ocupaba de la investigación histórica y de la primera redacción;
luego era de nuevo la pluma de Dumas la que dramatizaba, desarrollaba y daba
los retoques antes de mandar a impresión. Trabajaban a un ritmo trepidante,
pues tenían compromisos con cuatro o cinco periódicos a la vez. Maquet accedió
a no figurar como coautor en Los tres mosqueteros,
y en 1845, por amistad, cedió a Dumas todos los derechos. Cuando quiso
recuperarlos porque se enemistaron, la justicia se los negó y Dumas también. En
1922 sus herederos pudieron cobrar una parte.»
Los tres mosqueteros, Veinte años después y el antes mencionado El vizconde de Bragelonne forman parte de una saga, y junto a El Conde de Montecristo han inmortalizado la figura de Dumas y la arenga de combate de sus mosqueteros: «Uno para todos y todos para uno».
lunes, 8 de septiembre de 2025
SIDDHARTHA
A los veinte años algunos hombres sufrimos muchos desamores. Fue en uno de esos cuando leí Siddhartha, de Herman Hesse. Lo había comprado a los dieciocho, en esas ediciones populares de Oveja Negra, cuyo papel colombiano contrastaba con las ediciones peruanas encuadernadas en papel periódico de mala calidad, pero no pude pasar de las primeras páginas. No era el momento de leerlo, esta vez sí. La señal la había proporcionado un traspié sentimental, y no encontraba cómo darle salida. Me sentía confuso. Ensimismado en mis pesares saqué el libro del anaquel de mi casa, y esta vez, sí, lo entendí. Encontré respuestas para mi joven existencia. Fue como si mi mente se abriera a un nuevo conocimiento. Hesse, hábilmente, había traducido para el lector occidental la sabiduría oriental que él había absorbido en su viaje a Sri Lanka e Indonesia (su madre había nacido en la India). Un compañero de estudios, Yván T., había llevado noticias de Hesse con El Lobo Estepario y la historia de Harry Haller (y con los años yo lo fui de Siddhartha). El libro lo leí mayormente en la entrada de la Facultad de Letras de la universidad, al costado, apoyado en la pared. Me ayudó, Hesse me ayudó en ese tramo existencial de mi juventud. La historia de Siddharta, el príncipe que deja su familia para encontrar la búsqueda de la felicidad, que es la búsqueda en sí mismo de ella, es transversal en la historia del budismo, de los diferentes budismos que hay. No la erudición sino la esencia profunda del ser. La filosofía de Occidente al herido por una flecha le dice de qué tamaño es esta, la madera con que ha sido hecha y hasta qué profundidad ha entrado en la herida; en cambio, la filosofía oriental, encarnada en el budismo, te la saca sin más ni más. Es eminentemente práctica. La salvación está dentro de ti, suprimiendo el apego, el deseo (todo lo contrario de lo que sostiene David Hume), que son los causantes del dolor entre los seres humanos. Recuerdo que mientras pasaba sus páginas entre mis cejas sentía como un latido. Una amiga que sabía de estas cosas me decía que era la glándula pituitaria la que se activa, es decir lo que en el misticismo se denomina el “tercer ojo”, la apertura a niveles superiores de conciencia. Ese “tercer ojo” se bloquea cuando nos enfocamos en la banalidad de la vida; en otras palabras, cuando nos distraemos en el samsara, el mundo de la ilusión terrenal. A diferencia de El Profeta de Kahlil Gibrán que te dice que cuando el amor hace acto de presencia en tu vida lo sigas, aunque te destroce, Siddharta te indica que sublimes ese deseo (eso ocurre en su encuentro con Kamala, una joven que lo encendió). (Al respecto, llama la atención la capacidad de sintetizar la doctrina budista en Borges, en Qué es el budismo, publicado en colaboración con Alicia Jurado en 1976.) Mi absorción en la lectura del libro de Hesse hizo que me sintiera una piedra, un ave, que transmutara en un elemento de la naturaleza. Tal era la magia del libro debido a la buena disposición que tuve para leerlo en ese momento. Con los años leí otros libros sobre budismo, pero ninguno me dio tanto de joven como la aventura de Siddhartha, al lado de Govinda, Kamala y los samanas, en la búsqueda de la verdad.
viernes, 5 de septiembre de 2025
EL LIBRO DEL BUEN SALVAJE
FUE el Dr. Marco Gutiérrez, a la sazón exsecretario académico de Washington Delgado, quien me presentó una mañana del otoño de 1988 a Antonio Cisneros en la llamada “pecera” de la Facultad de Letras de San Marcos. «Antonio te presento a Freddy, es delegado del Tercio». «Mucho gusto», dijo y me extendió la mano e hizo una venia. Cisneros era profesor de Literatura. Tenía fama de ser relajado y de que incluso no iba a dictar clases con regularidad. Eso se lo perdonaban por la aureola de fama que lo rodeaba. Ostentar el Premio Casa de las Américas por esos años no era poca cosa. Cisneros desplegaba un cabello negro ensortijado, vestía sport y por sus fachas parecía un dandy, no como un Valdelomar del siglo pasado, pero sí como para llamar la atención en la bohemia limeña. Ser poeta por esas fechas daba réditos. Fueron por esos años que había sido director de uno de los mejores suplementos culturales que ha existido en Lima, El Caballo Rojo. Y data de esos tiempos la foto donde aparece con Sinesio López, Alberto Flores Galindo y el cineasta Chicho Durant, trotando por las calles de La Habana cuando la revolución cubana tenía el prestigio del que ahora adolece (más bien, está en la bancarrota). Eloy Jáuregui escribió una crónica llena de color y vivacidad cuando el poeta Cisneros partió el 2013. Pero Cisneros también fue cronista. Como muestra de ese talento tenemos El libro del buen salvaje. Crónicas de viaje/Crónicas de viejo (1997). Podemos decir como adelanto que es divertido, festivo y muy sibarita. El título del libro alude al mito del buen salvaje de Rousseau, aquel antecesor primitivo del hombre moderno, incontaminado de los males y perversiones de la civilización occidental y que, en su estado natural, es bondadoso, un dechado de pureza. Este es su libro y Cisneros su profeta. Aquí se puede encontrar su itinerario de viajes. Francia, Japón, Inglaterra, Alemania y Cuba, entre otros países, lo cobijaron, lo auparon con su prosa. Con Ribeyro compartía un vicio: el cigarro. Cisneros era un fumador empedernido como el autor de “Solo para fumadores”. Eso marcaría su destino. Lo cuenta en “El último de los dinosaurios”. Hay dos crónicas casi al final de esta primera parte que destacan. Las dos están signadas por la desilusión y la resignación por una sociedad que no marcha. Se tratan de las crónicas sobre Cuba (“La Perla del Caribe” y “Fidel a la plaza”). Cisneros se suma así a la lista de los escritores e intelectuales desencantados del experimento político en la isla que empezó en 1959. Retratan, ya desde esas fechas, de la falta de pan y comida, los embustes del gobierno con sus marchas de un millón de revolucionarios cuando eran apenas cinco mil. La presencia de la prostitución como en los tiempos de Batista para los turistas que pueden pagarla. Y las dos Cubas, la de los extranjeros y la de los propios habitantes, creándose un apartheid, para los de adentro y para los de afuera. En suma, reproduciendo la cruda realidad que observó García Márquez por los países de la Cortina de Hierro, en su De viaje por los países socialistas (1978), que poco o casi nada citan los adulones del sistema. Pero decíamos al principio que Cisneros era divertido, divertidísimo, con sus recuerdos de viajes. La última crónica sobre su estancia en un hospital francés, y la primera acerca de su estadía en una carceleta de un pueblo, también francés, brindando con sus carceleros que se reían tras contarles cómo había sido abandonado en medio de la nada por su novia mientras se llevaba su coche, son hilarantes. Crónicas de la vida que tienen como protagonista al propio autor, quien utiliza los recursos del periodismo para hacer fácil su lectura al lector que las convoca.
CON TODO, CONTRA TODOS
CON la pasión de un hincha, pero con la acuciosidad de un investigador. Del autor, José Carlos Yrigoyen, ya conocíamos un anterior libro, Or...
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FUE PINTADO en los años ochenta cuando los grupos de izquierda en San Marcos tenían la hegemonía política en el campus universitario. Exacta...
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EN EL CENTRO: Mirando a César Lévano . Foto: Ernesto Jiménez Por: Freddy Molina Casusol LOS OCHENTA en San Marcos estuvieron dividi...



