HAY que empezar por una certeza que, tarde o temprano,
será una realidad: la IA nos va a pasar por encima. La visión de una superinteligencia
artificial, representada en Skynet, en la película Terminator (1984), controlando computadoras y dirigiendo unos
misiles contra las ciudades habitadas por sus padres humanos que la habían
creado, cuales modernos Prometeo, está allí, tierra a la vista. En un inicio los
científicos involucrados en la creación de la IA advirtieron de los peligros de
su uso. Italia, escuchando el sonido de la sirena, bloqueó temporalmente el uso
del Chat GPT. Empero, no se puede tapar el sol con un solo dedo, porque su
avance es arrollador; prácticamente los motores de búsqueda han quedado en la
obsolescencia a su lado.
La IA copa todo el espectro de los investigadores. En
un triz la información requerida aparece en segundos ahorrándose un tiempo valioso.
La IA, por otra parte, puede copiar el estilo de cualquier escritor con solo
proporcionarle los datos necesarios (el texto de una novela como modelo).
Por
lo pronto, aunque no hay novelista IA, ya ha aparecido un libro escrito en
coautoría con un filósofo inexistente, Jianwei Sun, que es una IA.
Los docentes
de las escuelas y universidades ya tienen serios problemas porque han detectado
que la IA les hace la tarea a los estudiantes. Eso es un peligro porque se deja
a la inteligencia artificial las funciones de pensar de la inteligencia humana.
El proceso cognitivo, el que te hace razonar y estar alerta, deviene en un
objeto sin uso, y como tal, en algún momento, dejará de funcionar en los seres
humanos, dando a la maquina la potestad que te gobierne.
Hay ingenuos
–Maquiavelo no hubiese podido suprimir una sonrisita de ironía– que piensan que
pueden controlar la IA. Eso está muy difícil. (Hace algunos años Facebook tuvo
que desactivar un sistema de inteligencia artificial que había creado su propio
lenguaje.) La IA va a escapar de las manos del hombre como el huevo de
dinosaurio que se abrió a la vida en Jurassic
Park.
Cada vez más, cumpliendo la profecía de Terminator, la IA aprende lo
que es un ser humano; de todos los tipos que lo componen. Ya lo tiene escaneado
en sus emociones y pensamientos. La IA es su “psicóloga” y su “resonancia
magnética”; ya está conociendo sus puntos débiles y fuertes. La exposición de
los seres humanos en su uso, la alimenta y la hace fuerte.
Hace muchos años, en los tiempos de la universidad,
una amiga, La Gaba, muy aficionada a los temas de la ciencia –y que comentaba,
como yo, con asombro exultante, Los
sonámbulos de Arthur Koestler– me decía que, en el futuro, el que estamos
viviendo hoy, se pensaba trasladar la mente humana a una computadora, y que esa
nueva envoltura, que formaba parte del proceso de evolución, iba a dejar atrás
a la especie humana, como el hombre al mono. Eso fue en 1988. En el 2004, la
película Yo, robot, basada en el
libro de relatos de Isaac Asimov, ya avizoraba el porvenir anunciado por Los supersónicos en los años sesenta,
con Sonny, el robot humanoide del film.
Ya se ha adelantado que la IA va a hacer
desaparecer algunas profesiones, la de fotógrafo y periodista, por ejemplo. La
IA puede crear imágenes y redactar noticias, basta que le suministren la
información necesaria. El peligro, como ya ha sido visto, es que proporcione
información falsa y manipule, y la audiencia le crea. Orson Welles, en La guerra de los mundos, dramatizó la
llegada de los extraterrestres y cundió el pánico general. Lo que haga la IA,
en ese sentido, será como comparar los efectos de la bomba atómica lanzada del
Enola Gay con una de hidrógeno muchísimo más potente.
En El Conde de Montecristo se da cuenta de lo nocivo que puede ser esparcir
información falsa. En la novela de Dumas surge cuando en la venganza de Edmundo
Dantes contra sus enemigos que complotaron para confinarlo en el Castillo de
If, a uno de ellos, Danglars, un banquero, lo engaña con un telegrama falso que
llega a sus manos y lo lleva a la ruina.
La IA, una vez que haya tomado
posesión del ciberespacio, puede propalar información para confundir a los
humanos y, como en Terminator,
precipitar su destrucción. Algunos piensan en su regulación, en su control,
para beneficio de la humanidad. Es verdad, puede ser útil para la medicina ofreciendo
diagnósticos certeros de un mal. Pero eso es de doble filo, porque, así como
los da, está mapeando la estructura fisiológica de los seres humanos.
Nosotros también somos máquinas, pero máquinas
biológicas listas a ser reemplazadas por otras más eficientes. Parece que
robots con piel sintética que simule la humana, con una IA de última generación
incorporada, será nuestro reemplazo, a menos que alguien detenga su avance. Si El hombre biónico causaba asombro, Robocop otro tanto, el humanoide de Yo, Robot, perplejidad; una IA así con
mayor razón. No necesitará contraparte femenina para reproducirse; ella sola se
necesita a sí misma para replicarse, nada más. Adiós abortos e ideología de
género. La máquina será neutra, no tendrá conflictos morales para tomar
decisiones. Un adelanto de eso se puede ver en Lucy (2014), cuando artificialmente, debido a la ingesta de una
droga poderosa, la protagonista, encarnada por Scarlett Johansson, desarrolla al
cien por ciento su potencial cerebral (que luego transfiere a un USB) y decide
eliminar a un paciente, luego de escanear su cuerpo advirtiendo sus pocas
posibilidades de sobrevivencia. El médico que se cree Dios tendrá a la máquina
cumpliendo esa misma función. La eugenesia le podrá servir a esta, si considera
que le podemos ser aún útiles; de lo contrario, descarte a la vista.
El panorama puede ser desolador, pero hasta que la IA lo permita, en la sexta generación como hipotéticamente se calcula, la especie humana tiene asegurada su existencia. Luego de eso, como expresaba Borges, probablemente quede el olvido.