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miércoles, 18 de febrero de 2015

LA TELEVISIÓN “BASURA” Y UNA MARCHA

Convocada por colectivos juveniles –que buscan recoger la oleada exitosa de las jornadas de protesta en contra de la Ley de Reforma del Trabajo Juvenil que condujo a su derogación–, a los que se ha plegado el Colegio de Periodistas de Lima, se está organizando en la capital, para fin de mes, una marcha que, según sus promotores, busca movilizar miles de personas en contra de la denominada “televisión basura”.
Los más enconados opositores a los reality shows al estilo Magaly, programas de competencia como Esto es guerra, Combate y Bienvenida la tarde, reclaman la erradicación de estos por considerar que sus contenidos nocivos alientan el morbo, el chisme, además de atentar contra la moral. Los menos iracundos exigen que solo se cumpla el Horario de Protección al Menor, esto es que entre las 6 a.m. y las 10 p.m. no se propale por la pantalla contenidos violentos, desnudos o imágenes que atenten contra el pudor.
El argumento de los segundos es perfectamente atendible. En cambio, el de los primeros encierra, como en un caballo de Troya, la semilla del autoritarismo y la censura.
“Más cultura en la televisión peruana”, reclaman. Pero olvidan que hay una oferta cultural en el canal del estado. Muy pocos lo ven. ¿Por qué? Debe haber una explicación.
Si hay un sector de la población –identificado objetivamente por jóvenes– que gusta de programas de competencia como Esto es guerra, Combate, Bienvenida la tarde y otro que gusta sintonizar Magaly, ¿se les debe impedir su consumo porque un sector de la población lo considera “basura”? ¿Y cómo queda el otro que los ve como “entretenimiento”?
Si por un momento se cumplieran los mejores deseos de los impugnadores de la llamada “televisión basura” y se dejaran de emitir estos programas, ¿no seguiría subsistiendo el problema, encontrándose sino solo una salida epidérmica al mismo?
Y si tuviera, a rajatabla, que cumplirse la exigencia de una televisión que coadyuve a la formación moral de la familia peruana, ¿cuál enfoque moral se aplicaría como modelo?
¿La moral cristiana o la moral del Che Guevara serían idóneas para nuestros jóvenes peruanos? ¿O quizás la del capitalismo libertario de Ayn Rand (con mucha aceptación en la juventud norteamericana) o la del anarquismo sin dios de Bakunin (muy popular entre los jóvenes del jirón Quilca) sería la mejor?
Por otra parte, ¿no tienen derecho de ciudadanía los programas antes mencionados como lo tuvo Charlie Hebdo en Francia cuyas caricaturas mostrando en situaciones obscenas a Mahoma encendieron la ira de los defensores de la moral musulmana?
¿No se optó en ese caso por la libertad de expresión que la censura?
Particularmente pienso que series como Los Simpsons, por sus contenidos disfuncionales –los cuales reflejan lo enferma que está la sociedad norteamericana–, merecen ser calificadas como “basura”; sin embargo, hace pocos días me sorprendió que un sector de bolivianos marchara por las calles de la Paz reclamando su reposición en la programación ¿Qué hace que lo que para mí sea “basura” para los bolivianos no?
Hay televisión “basura” porque hay televidentes ávidos de estos contenidos, como hay comida “chatarra” porque existe un público con estómago “chatarra”. Ninguna ley venida de arriba lo va a cambiar.
Al propugnar el cierre de este tipo de programas lo que se está haciendo es quitarle un bulto al Estado –que tiene como una de sus funciones principales, aparte de la salud, la educación–. ¿Cuál sería la salida, entonces? Mejorar la calidad educativa de los sectores D y E –que son masivos, porque el A, que también los consume y tiene mejor educación, no le da muchos espectadores –, así se le quitaría la base social a estos programas. Es un trabajo de largo aliento, pero más seguro y confiable.
Es positivo que un sector de la población ejerza su derecho a la protesta frente a programas que consideran perniciosos y de dudosa calidad televisiva. El temor es que esto sea desbordado y conduzca a un recorte de la libertad de expresión o se empuje progresivamente a una intervención estatal en los medios de comunicación.
De ser así, los que hoy permanecemos al margen tendremos que salir a marchar en el futuro para recuperar lo que otros se empecinan en perder.

Freddy Molina Casusol
Lima, 18 de febrero del 2015

martes, 8 de octubre de 2013

EL COLEGIO DE PERIODISTAS Y LAS CAUSAS PERDIDAS

LAS ÚLTIMAS NOTICIAS que tuvimos de la existencia de un gremio periodístico en el Perú fue allá por los años ochenta, en un librito editado por el Colegio de Periodistas que tenía estampada la firma de Juan Vicente Requejo, El periodismo en Piura (1983). Antes, por otro libro de Juan Gargurevich, Mito y verdad de los diarios de Lima, supimos de la existencia de dos gremios: la Federación de Periodistas del Perú (FPP) y la Asociación Nacional de Periodistas (ANP), que, como perro y gato, paraban peleándose por ser reconocidas en el medio periodístico peruano –cosa que nunca ocurrió por vivir jaloneadas en rivalidades políticas (una acusaba a la otra de ser aprista; y la otra a la primera de estar alineada con El Comercio, es decir la derecha)–. Una locura. Lo que sí quedaba muy en claro es que cualquiera de las dos que quisiera erigirse como defensora de los periodistas peruanos no alcanzaba la medida necesaria.

Posteriormente, apareció el Colegio de Periodistas con el noble fin de unificar a ambas ramas condenadas a la extinción. Sin embargo, el Colegio volvió a replicar los mismos defectos que sus antecesores: peleas intestinas, acusaciones de malos manejos, etc. Eso ocasionó que mucha gente con buenas intenciones se alejara y que un periodista como César Hildebrandt dijera que no estaba inscrito en sus filas porque hasta el panadero tenía colegiatura. O sea, cualquiera.

El Colegio tuvo un solo momento de brillo. Eso ocurrió en febrero de 1983, cuando Mario Castro Arenas, a la sazón decano nacional, integró la Comisión Investigadora de los sucesos de Uchuraccay, presidida por el escritor Mario Vargas Llosa, quien buscó esclarecer la muerte de ocho periodistas–conocidos ahora como mártires de la prensa peruana– en las alturas de la sierra ayacuchana.

Desde entonces, el gremio que debiera reunir a los periodistas nacionales navega en la inercia. Solo acceden a sus cargos personajes grises, sin mayor relevancia en el ambiente periodístico. A tenor de las recientes informaciones que se tienen de sus próximas elecciones a nivel nacional, el asunto ha empeorado. Hay quienes, respondiendo a intereses de grupo, quieren seguir manteniendo la hegemonía en el Colegio. Vaya uno a saber los motivos que los empujan a ello.

Pero tal vez las cosas no estén tan perdidas. Por allí ha surgido un candidato –¿outsider?– que desde que ha hecho su aparición ha comenzado a recibir adhesiones. ¿Su nombre? Alfredo Vignolo Gonzáles del Valle. Él es un periodista de la vieja escuela, aquella que, a pesar de los estudios universitarios (hizo su carrera en la Universidad de Lima), se hizo fundamentalmente en la calle. Vignolo ha asomado solitariamente para impregnar en estas justas electorales del gremio periodístico una dosis de ética y, por qué no decirlo, de honestidad. No lo conozco personalmente, pero sí he tenido la oportunidad de estar al tanto de su trayectoria en diferentes medios de comunicación de la capital, tanto como director, asesor o jefe de prensa. Es, por tanto, un profesional que ama el oficio y que, como muchos, se subleva ante la posibilidad de seguir viendo al garete esa nave llamada Colegio de Periodistas del Perú.

¿Por qué los afiliados deberían de votar por él y no por otro?, se preguntará alguien por allí. Porque lo otro sería mantener el status quo actual. Esto es, la improvisación y el culto a la personalidad de la actual gestión, las cuales se pueden verificar revisando la página web de la filial de Lima, diseñada exprofesamente para destacar la figura de su actual decano, el señor Óscar Olórtegui. Y porque no hay, en verdad, en el gremio un profesional que defienda a cabalidad los derechos de todos los periodistas peruanos, a pesar de que su Estatuto se lo demanda.

En comparación, por poner un ejemplo, con el Colegio de Abogados de Lima –que ha tenido decanos que incluso han aspirado la presidencia de la República–, el Colegio de Periodistas de Lima nunca ha tenido un periodista de fuste que haya tomado sus riendas. Quien ostenta el cargo en estos momentos es un ilustre desconocido y con escasa trayectoria.

Jorge Luis Borges decía: “A un caballero solo le interesan las causas perdidas”. Tal vez esta sea una de ellas. El esfuerzo quijotesco de Vignolo –denunciando y alzando su voz de protesta en el mar proceloso de la indiferencia– califica en ese rubro. Servirá de ejemplo para contrariar a quienes creen aún en estas elecciones gremiales que la picardía y el sacar ventaja sobre los demás es la norma en este mundo. 

Felizmente, hay gente como él para objetar esta afirmación. Eso reaviva nuestra fe en que las cosas pueden ser muy diferentes. El periodismo y las futuras generaciones de periodistas se lo agradecerán, estoy seguro.

Freddy Molina Casusol
Lima, 8 de octubre del 2013

Crédito de la foto: Diario "La Primera"

sábado, 29 de noviembre de 2008

UNA FIESTA NON SANCTA: la corrida de toros

“La Fiesta Brava” le llaman a tamaña cobardía. Pero lo más sorprendente es que en el Perú se lo dediquen al dios cristiano, todos los domingos de octubre. Todos los años, contados desde 1816 –fecha en que un decreto del Virrey Pezuela ordenó que las corridas de toros se realicen en el matadero de Acho[1]–, no hay toro que no sea torturado para satisfacer las inclinaciones sádicas del hombre.

Cada año un rejoneador montado a caballo y provisto de una piqueta, hiere el lomo del animal para iniciar el baño de sangre y circo que tiene, sobre todo, en las señoras y señorones de la alta sociedad limeña sus más enardecidos espectadores.

La corrida de toros podría ser un arte, porque es cierto: las suertes que ejecutan los diestros no carecen de cierto goce estético, de cierto deleite visual. Pero lo que la arranca de plano de esa categoría –para colocarla al nivel de la pelea de gallos o de la otra atrocidad que es la de perros– es el ensañamiento y goce patológico con el cual sus cultores parecen disfrutarla.

Todavía cuesta creer que escritores como Mario Vargas Llosa, cuyo discurso a favor de la modernidad y la civilización es todo lo contrario a este tipo de espectáculos, asistan, desde la comodidad de un asiento de primera fila y la protección de un burladero, a un acto de crueldad contra un animal casi indefenso. Decimos “casi” porque nadie se le va a ocurrir equiparar la cornamenta de un toro, con el filo de la espada de un torero.

“La corrida de toros forma parte de nuestra cultura”, dicen sus defensores. Sí, pero de una cultura primitiva, faltó añadir. Posiblemente sea una extensión de los afanes de sobrevivencia del hombre prehistórico que cazaba un bisonte o un mamut para llevarse algo a la boca. Pero ahora que todo eso ha quedado atrás, y el progreso y los avances en todos los campos de la ciencia suplen esas urgencias, resulta prescindible su práctica, a menos que algún despistado piense por allí que todavía es posible resucitar los tiempos del hacha y el sílex.

Cuando Hemingway escribió su Muerte en la tarde, un bello alegato a la corrida de toros, y nos ocultó con la textura de su prosa el lado oscuro de la tauromaquia, olvidó decir que un sablazo en el corazón –no de amor, sino de barbarie– debe doler mucho. No contó que Manolete y Belmonte murieran atragantados con su sangre o que el gran Joselito haya dejado por descuido sus orejas ante la arremetida de un toro de Miura. Tampoco dijo que Luis Miguel Dominguín fuera arponeado a mansalva por la espalda con una lanceta, ni que Manuel Benites “El Cordobés– a quien no pudo conocer– fuera arrastrado, ya occiso, panza arriba y de las cuatro extremidades. Nada de eso. ¿Por qué lo que habría de ser humillante para estos personajes del mundo taurino, no habría de serlo para el principal actor de semejante encarnizamiento: el toro?

La abolición de la corrida de toros, como viene ocurriendo en algunas ciudades de España y Francia, es un síntoma alentador de que cada vez más son los que deploran, en nombre de la convivencia pacífica y el respeto por todos seres que pueblan el planeta, estos actos desprovistos de humanidad.

En el Perú cuando eso acontezca, las instituciones que ahora bregan para extirpar de nuestra sociedad esta infeliz tradición, ya no tendrán razón de ser. Podrán decir jubilosas que la mejor recompensa fue al fin ver, libre de matarifes y mercaderes de la sangre, la orgullosa estampa de un toro moverse en la amplitud de su querencia. Podrán decir, contrariando a Vallejo, que ay, el cadáver ya no siguió muriendo.

Freddy Molina Casusol
Lima, 27 de noviembre de 2008

Crédito de la fotos: http://cordobaantitaurina.wordpress.com/2008/07/05/pobre-de-mi…ya-llego-el-san-fermin/, http://www.losverdesdeasturias.org/weblog/wordpress/wp-content/mani_oviedo.jpg

[1] Ver De re taurina, Juan Manuel Ugarte Eléspuru, Ediciones Perú Arte, 1992, p. 205.

jueves, 5 de julio de 2007

FALLACI Y LAS FALACIAS DE LA GUERRA

Oriana Fallaci, la influyente periodista italiana, ha escrito un artículo que acabo de leer en el diario “Correo” de Lima. “La rabia, el orgullo y la duda”, reproduce una de las pocas voces minoritarias del conflicto en Irak: la de estar a favor de la guerra.
Cuando uno lo lee de entrada, se sorprende con la lucidez y la aparente lógica expositiva de sus argumentos. Pero luego de una detenida lectura uno puede, con la misma frialdad con que fue escrito, desenhebrar la red de motivos con la que la periodista construye su postura.
Oriana Fallaci dice que la guerra contra Hitler y Mussolini fue justa para liberarse del yugo totalitario, equiparando con ello a Hussein con los dictadores de la Alemania nazi y la Italia fascista.
Dice que si los aliados en 1945 no hubieran hecho la guerra y ocupado las tres cuartas partes de Italia, haciendo posible la insurrección del Norte en su país, hubieran tenido que seguir aguantando a Mussolini, al igual que a Hitler, mientras viviese.
Añade que éstos los habían bombardeado sin piedad y que habían muerto italianos como moscas.
Es decir, en otras palabras, que la invasión iniciada por los Estados Unidos y su socio menor, Gran Bretaña, para desembarazarse de un dictador en Medio Oriente se justifica por el bien de la humanidad. Fallaci parece equiparar este hecho con el desembarco efectuado por los aliados en Normandía, en 1944, para liberar Europa del yugo nazi.
El problema es que a diferencia del jerarca nazi en Europa, Hussein no ha invadido ningún país vecino (Kuwait es un emirato árabe reclamado por los iraquíes como una provincia rebelde, desmembrada de su territorio por intereses ingleses) como sí lo hizo Hitler con Polonia sin previo aviso; y después de la guerra del golfo en 1991, el líder iraquí ha quedado en la práctica desarmado.
Pero lo peor de todo es que Estados Unidos (descontando a su aliado menor y la supina y casi desdeñada presencia de España) ha ido a una guerra solo, a espaldas de la comunidad internacional y las Naciones Unidas que se oponían a su posición de fuerza.
No sólo eso, sino que Estados Unidos con su actitud de Imperio, ha dañado gravemente la normatividad internacional y ha hecho retroceder a las Naciones Unidas a la época de la ineficaz Liga de las Naciones. Koffi Annan, debería renunciar.
La guerra es, pues, ilegal e injusta, por más que Oriana Fallaci, con la inteligencia que la desborda, resalte con lupa ciertos sucesos de la historia para justificarla.
Ella explica, por otro lado, que ésta debió haber sucedido hace un año cuando los restos humeantes de las torres gemelas se elevaban por el cielo de Nueva York. Y en un difícil equilibrio, encadena los lamentables sucesos del 11 de setiembre en el corazón mercantil americano con las figuras de Osama Bin Laden y Hussein.
Lamentablemente para los que gustan tocar tambores de guerra, no hay prueba fehaciente que demuestre que Hussein estuvo detrás de este suceso, como si lo está Bin Laden y el fundamentalismo de Al Qaeda en la perpetración de éste.
¿Que Hussein mantenía relaciones con Al Qaeda, como dice Oriana Fallaci? Sí, es cierto, como tan cierto es que Hussein mantuvo en el pasado relaciones con Washington, para perpetuarse en el poder. ¿Inmoral? Sí. ¿Poco o nada ético? También.
Lo que pasa es que cualquier motivo es valido para la primera potencia mundial, en su despropósito de invadir Irak y hacerse de sus riquezas petrolíferas.
Para sostener su posición poco dudosa a favor de la guerra, la periodista italiana se pregunta también, a propósito de la presencia de armas químicas en Irak, lo siguiente: “Hitler les habría mostrado Peenemoend, donde Von Braun fabricaba los V1 y los V2 para pulverizar Londres? ¿Seguro que les hubiese mostrado los campos de concentración de Dachau y Mathausen, Auschwitz y Buchenwald?”
O sea la ecuación: Hitler=Hussein, es la conveniente para justificar una agresión y despedazar los alegatos pacifistas de ciudadanos de Londres, París y Berlín. ¿No son ellos también, señora Oriana Fallaci, los descendientes de los soldados aliados muertos en la Segunda Guerra Mundial, que usted bien recuerda en su artículo, y en cuyas tumbas regadas en Europa se postra en gesto de agradecimiento?
¿No da eso autoridad moral para detener un conflicto innecesario, que puede extenderse a escala planetaria, más tarde que nunca?
En todo caso, si piensa lo contrario, ¿no fueron acaso los Estados Unidos, quienes proporcionaron a Irak armas bacteriológicas en la década de los setenta? ¿No es Estados Unidos el responsable de la propagandización de una guerra biológica? ¿No hubiera sido mejor inspeccionar a los Estados Unidos por atentar contra la seguridad mundial?
Usted dice que “Europa es una provincia del Islam”. Posiblemente. Las constantes migraciones a suelos germanos, galos, británicos, han hecho de la variedad un mosaico de nacionalidades esos países. Y en muchos casos, como son los turcos en Alemania, la fuerza, el motor que los empuja. ¿O es que detrás de todo eso hay un racismo soterrado, hábilmente cubierto en sus líneas?
Pero de todos los argumentos a favor del enfrentamiento armado, incluso que pueden comprender el temor por la difusión de las ideas teocrático-autoritarias del Corán en Occidente, hay uno que no se puede dejar pasar a Oriana Fallaci porque es una falacia: que esta no es una guerra por el petróleo.
Ella afirma, descontando motivos humanitarios y libertarios que hayan impulsado esta guerra unilateral, que “contrariamente a los franceses, los americanos no necesitan el petróleo iraquí”. Esto es una mentira, una falacia.
Claro que es una guerra por el petróleo, señora Fallaci. Sucede que a EE.UU. se le están acabando las reservas energéticas y necesita renovarlas para mantener su estilo de vida. Entonces Irak es el surtidor que necesitan y el hecho que tenga un dictadura como régimen es un buen pretexto, para en nombre de la libertad americana, someter a un pueblo que no ha pedido su intervención.
Pero sí hay una cosa en que darle la razón a la periodista italiana: que luego de la guerra y la invasión esté consumada, los americanos no deben esperar ser recibidos con los brazos abiertos como ocurrió en Roma, Florencia y París, tras el triunfo de los aliados en la última conflagración mundial. Cuesta creer que luego del sufrimiento y el dolor traídos, el pueblo de Irak guarde en su memoria agradecimiento y gratitud para sus supuestos libertadores.
Los restos humeantes de sus muertos y desaparecidos, serán el recordatorio para que en ciudades como la de las mil una noches, se tenga presente que un día desde el cielo llovieron miles de lenguas de fuego llevando muerte y destrucción en barrios y palacios de Bagdag y Basora.
Que Bush y Rumsfeld y los que lo acompañan en esta aventura bélica, como Tony Blair, sean secundados por plumas como la de Oriana Fallaci, hace pensar con melancolía si el Siglo de las Luces pasó, como una ilusión óptica, en la historia de la civilización occidental.

Freddy Molina Casusol
Lima, 9 de abril del 2003

martes, 12 de junio de 2007

LA UNIVERSIDAD, EL PROFESOR LEAVIS Y UN INESPERADO DISCÍPULO

Hace algunos años estudiantes de San Marcos me invitaron a formar parte de un panel cuyo tema giraría en torno al rumbo de la Universidad. Dicha invitación se concretó debido a que creían, no sé si para bien, de que una lejana experiencia como delegado estudiantil de Letras sería de alguna utilidad en el conversatorio que pensaban armar y que formaba parte de un curso de pre-grado de su especialidad.

Por aquel entonces, preocupado por la perfomance que iba a tener frente a un pelotón de francotiradores, aspirantes para remate a periodistas, en una cabina de radio sanmarquina, tuve que dejar de lado algunos apremios para prepararme a la eventualidad de responder algunas preguntas espinosas, que con seguridad tenían listas mis inquisidores con el malhadado propósito de dejarme mal parado ante un exigido pero pequeño auditorio de estudiantes.

Abordar después de muchos años a mis héroes de años juveniles –hoy ya no lo son– como Luis Alberto Sánchez en La Universidad no es una isla y a Gabriel del Mazo en un texto sobre la Reforma Universitaria de Córdoba fue gratificante, por no decir exultante; sin embargo, al margen de la sorpresa que me tenían preparada mis anfitriones sanmarquinos –me colocaron en compañía del Presidente de la Federación de Estudiantes del Perú, cuyas paporretas de corte socialista y sus posturas demagógicas en cuanto al incremento a un medio de la proporción estudiantil en los órganos de gobierno, que ignoraban las razones históricas de la distribución por tercios del gobierno en la Universidad, son prescindibles– ha venido de nuevo a mi memoria el recuerdo de la pregunta que quedó flotando en el ambiente y que tenía como tenor la dirección a seguir por la Universidad.

“¿Cuál es el rumbo de la Universidad?”, preguntaban mis inquisidores. Salvando la situación aquella noche respondí, que para el caso sanmarquino ésta se encaminaba hacia un tipo de universidad norteamericana de orientación técnica y pragmática. Mi respuesta estaba enmarcada entonces en lo que creía y que consistía en que la Universidad debería responder a los requerimientos de la sociedad orientando sus recursos y potencialidades forjando profesionales que una vez egresados de sus crisoles la sirvieran.

Pasados varios años de esa respuesta, me han venido unas dudas terribles. Esas dudas se han alimentado luego de releer los ensayos “Cambridge y la irrealidad” (Contra viento y marea 1962-1982) y “Las dos culturas” (Desafíos a la Libertad), escritos con una diferencia de casi quince años por la fina pluma de Vargas Llosa, en los que justamente se toca los puntos básicos de una vieja discusión: los peligros de que la Universidad se convierta en una fabrica de títulos y que sus flamantes egresados devengan en automatas reñidos con el humanismo, so pretexto de que la ciencia y tecnología debieran imperar en sus paredes, o, por el contrario, que, como en la añeja Universidad de Cambridge, ésta devenga en una institución alejada de los conflictos sociales y alimente su quehacer aspirando bocanadas de saber en desconexión con la realidad.

A Vargas Llosa, del mismo modo como antaño le daba razón a Sartre en desmedro de Camus y Borges para luego virar en sentido contrario, le ha ocurrido en estos dos ensayos confrontados de que si antes inclinaba ligeramente la balanza hacía el viejo profesor F.R. Leavis de la Universidad de Cambridge, que abogaba por la segunda de las tesis mencionadas, hoy la inclina abiertamente del lado del profesor C.P. Snow, defensor de la primera, en una polémica que, según reseña en Vargas Llosa en Desafios a la Libertad, fue muy agria, sobre todo de parte del profesor Leavis que vio amenazado su pedestal de influencia intelectual en ese centro de estudios.

Particularmente, en este combate por las ideas, me he sentido atraído, por las viejas tesis del profesor Leavis; es decir la de crear en la Universidad un enclave donde el saber y la cultura, se erijan por encima de la temporalidad, un lugar que aunque suene anacrónico y se parezca a las imágenes que nos trajo el film El Nombre de la Rosa el espíritu tenga predominio para bien de la humanidad, y que para satisfacer las necesidades de la sociedad de mercado se creen institutos, politécnicos, que recojan a las mentalidades inclinadas por los saberes técnicos, tan indispensables como la ciencias humanas, en el desarrollo de una colectividad.

Quizás esa resistencia, que marcha a contracorriente con la idea moderna de Universidad, se deba al hecho de haber sido testigo en una universidad nacional de la amenaza que significa que instituciones cuya misión es la de preservar lo mejor de la cultura y conocimiento de una nación, se vean asaltadas desde afuera por la turbamulta de la politización y la estridencia de ideas fofas, y que revestidas con el ropaje de última ciencia universal casi las dejen, antes de irse, postradas y heridas de muerte.

Octavio Paz decía en un magnifico testimonio titulado Itinerario, que nos movemos en una sociedad de mercado –a la que describe en una brillante metáfora como una inmensa trilladora que nos persigue lista a triturarnos si no escapamos con celeridad de sus acerados dientes–, donde los libros como los cuadros son artículos de comercio; pero que éstas son más que eso: son obras. En ese sentido, el distinguía lo que era el negocio editorial y la literatura para los fines de la cultura.

De igual modo, se puede hacer extensiva esta idea para las humanidades con el fin de poder distinguirla de la ciencia y tecnología en el caso de la Universidad, ya que sus esencias y fines son distintos y casi encontrados.

Por ello, quizás sea la Universidad, alejada de los valores mercantiles, la encomendada para, en nombre del espíritu, resguardar el saber y otros conocimientos que amenazan con extinguirse irremisiblemente de nuestro horizonte cultural, a despecho de lo que puedan pensar los defensores del profesor C.P. Snow, quien vería de mal grado estas líneas que estoy acabando, y que peor, vería con malos ojos, si pudiera, al desaparecido profesor Leavis que, sonriendo risueñamente, contemplaría a este inesperado discipulo que le ha salido desde las lejanas orillas del Perú, y que sin su talento y genio intenta malamente defenderlo.

Freddy Molina Casusol
Lima, 18 de junio de 1999

Crédito de la foto: http://france-for-visitors.com/images/large/cathedrale-bayonne-from-cloister.jpg

sábado, 20 de septiembre de 1997

IMAGINE AMIGO LECTOR

Imagine amigo lector que un día en Estados Unidos constituye una empresa previo un estudio de mercado, siguiendo las pautas de calidad total, servicio y dedicación al cliente, reingeniería, y todo lo que significa asegurar el éxito de su negocio. Imagine que Ud. es felizmente ciudadano en el país del tío Sam, luego de haber dejado su país natal pasando mil penurias y sacrificios, escondiéndose quizás de los agentes de migración, prestos a coger al intruso, que pudo ser Ud. recién llegado de los países tercermundistas y ansioso de abrirse camino en la maraña de la vida. Pero Ud. es afortunado, la suerte le sonrió y ahora es un ciudadano legalmente constituido en su país adoptivo, sin por eso dejar de añorar a su querido Perú, por ejemplo, llorando a mares cuando escucha una marinera, un tondero, y recordando con ojos nostálgicos de becerro norteño los días felices que pasó allá antes de su partida al primer país que llegó a la Luna -que no es de Paita por si acaso-. Todo marcha a las mil maravillas hasta que un día a Ud. se le ocurre criticar el gobierno federal, al gobierno dirigido por Clinton, por la discriminación cometida contra los hispanos y los de piel oscura. Ud., indignado, es entrevistado por la CNN, CBS, y las cadenas informativas, pasando a ser de la noche a la mañana en el vocero de la oposición que hace temblar a los demócratas. "Un hispano", piensan ellos y buscan la manera de acallarlo, de que su voz no sea oída. Se crean una serie de artilugios, primero cuestionando su procedencia, que Ud. no es un producto netamente yanqui, que es un inmigrante, que se está aprovechando de la generosidad de este hermoso país de las cincuenta y tantas estrellas, que es un ingrato de miércoles. Luego, para desmoronar su imagen se le dice, o peor se le inventa papeles donde se intenta demostrar que Ud. ha tenido una subterránea relación comercial, mediante su empresa, con los japoneses, adversarios del gobierno por su política comercial proteccionista respecto a los productos norteamericanos, y que eso es negativo y se le cataloga como enemigo o quizás espía. Otro día, desafortunado para Ud., aparece con que el gobierno, solamente a Ud. le ha quitado el derecho a la visa de residencia, porque ha descubierto por casualidad, y después de muchos años de vivir allí, que hay un problema con su documentación y que en realidad no le corresponde ser dueño de su negocio, y que de ahora en adelante el juego de la oferta y la demanda es exclusividad para ciudadanos de origen américano o naturalizados conforme a las normas - las que dicte el gobierno-. De pronto, en un triz, sus sueños en el país de la libertad se hicieron leña. Ud. ya no es dueño de nada en el país donde lo dio todo, al que escogió para sudar la gota gorda. Ud. ha devenido un "sudaca" tercermundista, un paria, que el gobierno le ha quitado la posibilidad de hacer empresa, ocasionando esa infortunada decisión –producto de su legitimo derecho de alzar su voz y asentar sus criticas en los medios informativos–, que las personas que empleaba, quizás compatriotas que vivían como Ud. arando una ilusión de prosperidad, se queden sin empleo. O peor mucho más maquiavélico el asunto, el tribunal, adonde Ud. apeló para detener el abuso, le ha dado su negocio a su socio –en quien Ud. confió parte de sus finanzas y que por cosas del destino es amigo del gobierno–, para que administre la empresa que tanto le costó formar. Amigo lector, esta metáfora de lo absurdo, que aparenta una ficción, es una realidad palpable y concreta en el Perú, donde al dueño de un canal, Baruch Ivcher –peruano de origen judío–, que en palabras de un congresista "no es santo de devoción", le han quitado la nacionalidad y el legítimo derecho de manejar sus acciones, llegando al extremo de sugerir un oficialista xenofóbico, que los extranjeros no sean dueños de un medio de comunicación –luego serán los teléfonos, la luz, los de América Televisión, manejados por divisas internacionales–, todo por propagar su canal informes críticos al gobierno de Fujimori, cuyo origen también es harto sospechoso. El Perú, amigo lector, está siendo conducido a un desembocadero, donde el único imperio será, sino lo es ya, la del mandato dictatorial del militarismo detrás de Fujimori, que vía decreto ley, o resoluciones de rango inferior con la que quitaron la nacionalidad a Ivcher, administre nuestro destino. Imagine amigo lector que Ud. un día con sus hijos regresa a su patria a hacer empresa porque ama su país con toda su alma, porque tiene enterrada sus raíces en las faldas de los nevados del Huascarán y del Misti, en las doradas arenas de Sechura, en las orillas pedregosas del mar del Callao, en la ceja de selva de Tingo María, en la comunidades cuzqueñas y de la sierra alto andina, y le dicen que ya no es compatriota por un bendito decreto. Que sus hijos tampoco pueden radicar ni hacer negocios porque no son peruanos y porque al final de cuentas Ud. y ellos están más inclinados al gran país del norte que a los intereses del Perú. No cree que eso sería un acto de barbarie, digno de una república con mentalidad subdesarrollada. Por el contrario, ahora imagine que en el país que Ud. recuerda con todo su colorido, se respete la libertad de empresa, se respete la constitución, las leyes, el derecho de opinar, donde pueda decir, sacando lustre con orgullo, un "Vale un Perú", y en donde sea posible todo lo que realizó en otras tierras tan extrañas a la suya. Imagine amigo lector que en el futuro podamos decir en las reuniones sociales, codeándonos con todas las razas y nacionalidades latinoamericanas: "en mi país, con todos los problemas que existan, se hace justicia, se cumple con la ley". Imagine el porvenir amigo lector, y desde nuestra soledad latinoamericana en versión peruana, diga que se niega al atropello y a la barbarie. Finalmente, imagine, quizás ya no para nosotros sino para nuestros hijos y los hijos de ellos, un país digno, a la altura de nuestros sueños, que son, en última instancia, más grandes que las mezquindades de los totalitarismos de cualquier estirpe, amigo lector.

Freddy Molina Casusol
Lima, 20 de setiembre de 1997

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...