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jueves, 29 de mayo de 2014

POLÍTICA Y ESTRATEGIA EN LA GUERRA CON CHILE

ESTA, suponemos, tercera edición del libro de Mercado Jarrín (la segunda, que tenemos en nuestras manos, data de 1979, año del centenario de la guerra) difiere de la anterior en tres cosas: 

1. Es una versión resumida dirigida exprofesamente a los profesionales que visten uniforme del ejército con fines de capacitación. 

2. Carece de los mapas que permitían tener una visión espacial y geográfica de los escenarios de la guerra; y

3. Cuenta con un apéndice que enriquece la discusión sobre lo que ocurrió en 1879, visto desde la mirada de un historiador como Alberto Tauro del Pino. 

El libro, desde su aparición, pasó a convertirse en un clásico en la bibliografía sobre el tema. Es que su autor, el reconocido geopolítico Edgardo Mercado Jarrín fue un maestro de la estrategia militar. Y eso se nota en la lectura de su Política y Estrategia en la Guerra de 1879. Mercado Jarrín fue ministro de Guerra del general Velasco, de quien se puede criticar duramente su manejo de las finanzas públicas; pero no su interés por la defensa del territorio nacional, interés que lo llevó a modernizar a las Fuerzas Armadas recordando las lecciones de la guerra con Chile. Ese celo de Velasco por los temas de defensa obligó a su par chileno, Augusto Pinochet, a preguntar al Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, cuál iba a ser la posición de su país ante la posibilidad de un conflicto con el Perú, en vista que el país se estaba armando –era vox populi que Velasco quería recuperar los territorios perdidos durante la guerra, es decir Arica y Tarapacá–. Pinochet, quien había heredado un país socialmente fracturado luego del golpe de 1973 que lo llevó al poder, y en franco proceso de recuperación económica, veía con resquemor la disparidad de fuerzas entre su país y el nuestro (situación que lo empujó a embarcarse en una carrera armamentística para ponerse a la par y luego superarnos). El libro repasa los hechos dolorosos de la guerra y los errores de estrategia militar cometidos en el transcurso de esta (como, por ejemplo, el desastroso desempeño militar de Nicolás de Piérola, quien, en la Campaña de Lima, dividió el ejército peruano en dos, facilitando al invasor, que se movilizaba en bloque, diezmar las líneas de defensa, y agregado al hecho de estar en situación de desventaja por no contar con los pertrechos adecuados). Mercado Jarrín recuerda, siguiendo a Clausewitz, que la acción militar está uncida a la decisión política, y que esta es antes y no después. Dice: “La política decide y la estrategia militar obedece”. Máxima que no fue cumplida a cabalidad por el lado peruano en el transcurso del conflicto.

 

En 1879 no teníamos frontera con Chile. Nos separaba una amplia franja que era la provincia boliviana de Antofagasta. Bolivia tenía conflictos limítrofes con Chile en el paralelo 23, que, posteriormente, por acción del Tratado de 1874, se definen en el paralelo 24. Entre Perú y Bolivia se celebró un tratado defensivo. Un tratado que, desde el punto de vista peruano, era correcto porque Chile alentaba, como luego se supo, las ambiciones territoriales de Bolivia (Ofrecía, en caso de conflicto bélico con el Perú, Tarapacá a cambio de Antofagasta. Ofrecimiento que fue trocado por el de Moquegua y Tacna, para finalmente ser desechado en el transcurso de la guerra, dejándola, como viene aconteciendo, anclada sin salida al mar). Su propósito fue sustraer a Bolivia de la influencia chilena para que esta no se vuelva en contra nuestra en el caso de un conflicto armado. El problema era que la acción poco previsora de los gobiernos de Balta, Pardo y Prado, hizo que el Perú llegara a la guerra en estado de evidente desarme. En el colmo, como está consignado en la historia, el presidente Pardo, interrogado por esta situación de indefensión respecto a Chile (que ya contaba con el blindado Cochrane), respondió: “Qué me va a hacer la guerra mi compadre Pinto”. Aníbal Pinto, presidente chileno, años después, desmentiría a su compadre en la figura de Prado, firmando la declaratoria de guerra, porque en política los intereses de Estado están por encima de los intereses particulares, y mucho más si son familiares.



Ocupación de Lima - 1881

Hasta antes de 1879, las relaciones entre Perú y Chile eran óptimas. Existían lazos de amistad que parecían irrompibles. Tan es así, como consigna el historiador peruano Jorge Paredes Muñante, que existían relaciones cruzadas de tipo familiar entre personalidades peruanas y chilenas –como era el caso del presidente Pardo, cuyo tío Manuel Pardo y Aliaga estaba casado con la ciudadana chilena Josefa Correa y Toro; y que, según Guillermo Thorndike, consideraba a Chile como su segundo país– . Todo esto se eclipsó tras la declaratoria de guerra de abril del 79 y empeoró con la ocupación de Lima por tropas chilenas en 1881, de tal forma que, como alguna historia cuenta, el ensayista Manuel Gonzales Prada habiéndose cruzado en la calle con un soldado chileno que había sido su alumno, y este quiso saludarlo porque reconoció en él a su antiguo maestro, le dio la espalda sin remilgo. Luego Gonzales Prada escribiría una serie de textos responsabilizando a la oligarquía peruana por la debacle de la guerra. Los efectos psicológicos del conflicto se sintieron cien años después en la mente de los peruanos, cuando en la campaña electoral de 1980, a uno de los candidatos, Armando Villanueva del Campo, del Partido Aprista Peruano, le cerraron con los votos el acceso a la casa de Pizarro, al sacar a relucir sus oponentes que estaba casado con una chilena. Esto lo inhabilitó frente a un sector de la población que prefirió encumbrar en la presidencia a Fernando Belaunde, a tener que ver durante un quinquenio como Primera Dama a una mujer que ostentaba la nacionalidad del adversario invasor, el cual, una centuria atrás, había cometido desmanes en Chorrillos y Lima mancillando el territorio patrio.



El Perú en 1879 enfrentó una guerra en medio de una serie de situaciones adversas que, al final, lo llevaron a la derrota. Enumeremos algunas de ellas: La baja temprana de uno de los blindados más importantes, el Independencia, en circunstancias harto desafortunadas (encalló, en una mala maniobra, persiguiendo a una embarcación enemiga de menor envergadura); pérdida del monitor Huáscar y de su comandante el Almirante Miguel Grau, quien detuvo durante siete largos meses las acciones de desembarco terrestre de las tropas chilenas en las costas peruanas; la salida subrepticia del país del presidente Mariano Ignacio Prado, salida que aunque justificada para comprar un blindado, tuvo sabor a deserción; la poca colaboración en el campo de batalla del presidente boliviano Hilarión Daza, aliado estratégico sobre el papel, pero con sus marchas y contramarchas en la zona sur del frente de batalla, dejó toda la responsabilidad de la guerra al Perú; y, para coronar la cereza, la mala conducción del ejército por parte del dictador Piérola, quien haciendo las veces de estratega militar (función para la que no estaba preparado) aceleró con sus desaciertos –y con el ejército enemigo ad portas de entrar a la capital– la debacle. No sabemos cuál de ellas fue la más dolorosa y determinante; pero sí sabemos que todas ellas combinadas en una confusa amalgama condujeron a la pérdida de Tarapacá y la retención de las provincias hermanas de Tacna y Arica, de las que solo la primera (sufriendo los abusos de las autoridades del país del sur que intentaron su chilenización, como cuentan José Jiménez Borja y Jorge Basadre en El Alma de Tacna) pudo volver, cincuenta años después, en 1929, a la heredad nacional.


El libro de Mercado Jarrín cuenta cómo fue el descalabro de las tropas peruanas por tierra y mar, y de cómo las campañas de Tarapacá, Tacna y Lima tuvieron contratiempos, fueron mal planteadas y sufrieron los maquiavelismos del pésimo director estratégico de la guerra que fue Nicolás de Piérola –quien le negó, de acuerdo a los historiadores que han estudiado esa época, las municiones necesarias al Ejército del sur, al que dividió, comandado por Lizardo Montero, por temor que se levantara en su contra–. Disecciona cada momento de la guerra y analiza en función de los objetivos políticos y la estrategia militar cada aspecto del conflicto desde la mirada de ambos bandos en contienda. Sentencia los aciertos y desaciertos cometidos en el teatro de operaciones y permite al lector contemplar paso a paso la caída del ejército peruano, por ejemplo, en la Batalla de San Juan, así como espectar cómo se desaprovechó oportunidades cuando el ejército chileno, al decir de Mercado, embriagado por la “orgía en Chorrillos” (que habían invadido, destruido y violado sus mujeres), estaba fuera de sus posiciones de combate, inerme; pero por la falta de decisión de Piérola –y a decir verdad por la carencia de información que diera cuenta de la cantidad de fuerzas con las que contaba el enemigo– no se le contraatacó. Mención aparte merece Andrés A. Cáceres, quien con su pertinaz resistencia en la sierra hizo creer a la nación durante dos años y medio en la posibilidad lejanísima de dar vuelta a la derrota. Un libro muy útil para los peruanos de ahora que aman la paz, recordando que esta se logra en el largo plazo cuando se sientan sólidamente las bases de la seguridad nacional en su cimiente.

Freddy Molina Casusol
Lima, Mayo del 2014


lunes, 30 de septiembre de 2013

EL RIVA AGÜERO DE SÁNCHEZ

SON CUATRO los trabajos que me han impresionado sobre la vida y obra de José de la Riva Agüero y Osma. El primero es el de Luis Loayza, Sobre el 900, quien lo estudia en función de la generación novecentista, apuntando a su tesis Carácter de la literatura del Perú independiente; el segundo, es la introducción que el desaparecido historiador César Pacheco Vélez hace para las Obras completas de Riva Agüero, publicadas por la Universidad Católica (en las que curiosamente, si la memoria no me es ingrata, casi ha desparecido toda mención del paso de Riva Agüero por San Marcos); el tercero, es el estudio bastante informado del filósofo Víctor Samuel Rivera publicado en una revista local; y el cuarto es éste, el de Luis Alberto Sánchez, Conservador no; reaccionario, sí, publicado en 1985 y que, hasta hace poco, era inhallable para mí (aunque creo haber leído y atisbado algunas de sus páginas en un ejemplar que encontré en la Biblioteca Nacional, allá por el año dos mil). El opúsculo de Sánchez, a diferencia de los tres anteriores, tiene una ventaja: ser el testimonio directo de una persona que conoció en vida al ilustre aristócrata que fue Riva Agüero. Sánchez en esta su remembranza muy personal, presenta a tres Riva Agüero: el primero, el joven que, con apenas veinte años, deslumbró a sus contemporáneos y presentó en la Universidad de San Marcos su tesis Carácter de la literatura del Perú independiente (1905), que le sirvió para obtener su bachillerato, y que, varios años, después volvió a deslumbrar con su tesis La historia en el Perú (1910) para obtener el doctorado; el segundo, el político implacable que, como ministro de Estado, a cargo de la cartera de Justicia, Instrucción y Culto, durante el gobierno de Benavides, emitió documentos oficiales que, de acuerdo a Sánchez, tenían como propósito extinguir a apristas y comunistas; y el tercero, camino a su prematura vejez política, afincado en la cátedra universitaria primero, y por poco tiempo, en San Marcos, como Presidente de su Instituto de Historia (del que renunció, luego de escribir una carta de protesta por el atropello que habían inferido alumnos apristas y comunistas a Víctor Andrés Belaunde, al impedirle dictar clases en aulas sanmarquinas), y después como profesor en la naciente Universidad Católica (a la cual legó sus bienes, luego de romper con su Alma Mater, San Marcos).

 

Sánchez pinta a un Riva Agüero dentro del contexto de la época: el asesinato de Sánchez Cerro (por quien Riva Agüero apostó como el “mal menor” en las elecciones de 1931, mientras Víctor Andrés Belaunde votaba por José de la María de la Jara, que lo defendió cuando fue atacado por Luis Fernán Cisneros), el retorno de Leguía al poder (que lo obligó a exiliarse en Europa) y la presidencia del general Oscar R. Benavides –a la que arriba, luego del asesinato del primero–. Para Sánchez hay un claro distingo entre el joven intelectual Riva Agüero, el joven liberal de abolengo, investigador incansable, descriptivo en sus obras (en especial Paisajes peruanos) y el político Riva Agüero, autoritario y soberbio, que ya empezaba a abrazar el fascismo y se oponía a todo lo que oliera a izquierdismo y aprismo (a los que, según él, quería desaparecer), y lucía reconciliado con el catolicismo.

 

Con esa viveza a la hora de escribir (fruto de su frondosa formación literaria), L.A.S. asimismo hace un retrato, una versión de parte hay que decirlo, salpicado con algunas anécdotas, de Riva Agüero. La primera de ellas es la frustrada cita que no pudo tener el ilustre aristócrata con Víctor Raúl Haya de la Torre, debido a una tardanza del segundo; la segunda, más condimentada, está relacionada al pedido que le hace Riva Agüero a Sánchez para que remita a un pie de página la referencia que hacía éste de la abuela del historiador en un trabajo juvenil (a quien, supuestamente, había agraviado), a cambio de entregarle la Libreta de Servicios de Juan Dávalos, un ilustre antepasado suyo, a quien Miguel de Cervantes Saavedra elogia en su Viaje al Parnaso. Sánchez aceptó el intercambio y fondeó, a lo que Riva Agüero casi llamó “curiosidad de eruditos”, la referencia a la abuela a un pie de página.

 

Libro de lectura de obligatoria para lo que estén interesados en la vida de este ilustre –y controvertido– intelectual peruano, Conservador, no; reaccionario, sí, es una lectura que no defraudará a quienes paseen por sus páginas y una vieja deuda que, por fin, luego de veintisiete años, he podido saldar en los dos últimos días.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 30 de agosto del 2013

 

 

sábado, 11 de diciembre de 2010

EL COLÓN DE GANDÍA

LO QUE me llamó la atención desde que lo vi en el estante de una librería del jirón Quilca en el centro de Lima, fue comprobar la enorme cantidad de información que el autor, un desconocido para mí, Enrique de Gandía, ofrecía, con mucha erudición y buen manejo de la información, en su análisis de las fuentes colombinas.

 Me interesó esta Historia de Colón de Gandía porque me podía servir de modelo en cuanto al uso de las fuentes en el periodismo de investigación. Pero, ¿quién era Enrique de Gandía?

Gandía, para que tengan una idea del personaje, era una especie de Luis Alberto Sánchez de la historia argentina (con un centenar de publicaciones en su haber), pero a diferencia del nuestro, ejerciendo con mucho rigor su profesión y no dejando resquicios de duda de lo que brindaba al lector como certeza en sus investigaciones.

De esto último puede uno percatarse cuando Gandía, al exponer los estudios sobre la figura de Cristóbal Colón –de los que se tenía conocimiento alrededor de los años cuarenta– que hizo un tal Rómulo D. Carbia, deshace los argumentos de éste, quien, con falta de fundamentos sólidos, intentó desautorizar a un historiador de las indias como Bartolomé de Las Casas o buscó confundir citas y fechas para, vanamente, adjudicarle a De Las Casas la autoría de la obra del hijo de don Cristóbal, Hernando Colón, Historia del almirante Cristóbal Colón.

Por otra parte, el autor, en este estudio hermenéutico de las fuentes colombinas, trató con sumo cuidado a los colegas de su época cuando se trató de juzgar su propia actuación de las fuentes. Este fue el caso del erudito Celso García de la Riega, quien en un exceso de celo, para confirmar su teoría de un Cristóbal Colón gallego –y no genovés, como la mayor parte de los estudiosos sostenía–, se le ocurrió la peregrina idea de retocar con tinta cierta documentación donde figuraba el apellido Colón, ocasionando esto último que se le acusara de falsificador.

Gandía, buscando el equilibrio en el juicio y resaltando la opinión de paleógrafos que analizaron estos documentos y certificaron la honestidad y la buena fe de García de la Riega, rescató la correcta imagen del colega caído y con ello dar una lección de decencia y responsabilidad histórica.

Asimismo, en este trabajo de Gandía encontramos al peruano Luis Ulloa, conocido por sus trabajos sobre límites, quien es discutido por el argentino por sostener una supuesta patria catalana de Colón. Gandía se encarga de desmontar las piezas de la tesis del erudito peruano y demostrar que no existe prueba seria alguna que sostenga esta afirmación.

Con seguridad, si tomamos en cuenta la fecha de publicación de Historia de Colón (1942), ya han aparecido trabajos que han enriquecido, mejorado, corregido y aumentado la visión de Gandía sobre su biografiado, pero lo que no se puede reconocer, sin caer en la mezquindad, es que esta investigación de Enrique de Gandía es digna de leerse en la actualidad como ejemplo para los historiadores y, por qué no, para los periodistas actuales de cómo tratar las fuentes y de cómo ser escrupulosos con la información para no caer en la inexactitud y el facilismo. Gandía, en ese sentido, como lo fue Porras Barrenechea, todavía es un modelo a seguir.

Freddy Molina Casusol
Lima, 11 de diciembre de 2010

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...