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sábado, 9 de agosto de 2025

VARGAS LLOSA PERIODISTA Y EL REPORTAJE A NICARAGUA


EL reportaje salió publicado en The New York Times bajo el título “Nicaragua en la encrucijada” (1985). Aquí El Comercio lo difundió en entregas semanales que el gran lector recogía en su puesto de periódicos favorito. La vocación de Vargas Llosa por el periodismo ya es conocida. Desde los tiempos en La Crónica el escritor peruano lo alternaba con su vocación por la literatura.

Hay tres grandes reportajes reconocibles en su trayectoria. El primero es el de “Nicaragua”, reproducido en Contra viento y marea (III); el segundo, Diario de Irak (2003), y el tercero, Israel-Palestina. Paz o guerra santa (2006), han alcanzado la categoría de libro. Lo ideal sería tener los tres textos en un solo volumen para encontrar las similitudes y diferencias de la escritura periodística vargasllosiana.

La publicación por entregas de “Nicaragua” debe haber complacido al escritor, amante del feuilleton francés, pues es el lector se quedaba con la idea de qué venía después. Eran los tiempos que el periódico de papel te permitía esas licencias, ahora, en esta virtualidad de la inmediatez, sería un anacronismo.

Pero Vargas Llosa no solo haría periodismo escrito, sino también periodismo televisivo (incluso deportivo cuando cubrió las incidencias del Mundial 82). La Torre de Babel (1981) era el nombre del programa que el escritor condujo durante veintiséis domingos en la señal de Panamericana Televisión. Caretas, por otra parte, fue la ventana que escogió para, con su columna Piedra de Toque, conectarse con la realidad peruana y dar su opinión sobre la literatura, el arte y la política, y no siempre bienvenida por los afectados en sus críticas (recordemos la serie de artículos “El intelectual barato”, de 1979).

Cuando el reportaje de Nicaragua fue publicado en abril de 1985, el país estaba conmocionado por el atentado terrorista cometido contra Domingo García Rada, presidente del Jurado Nacional de Elecciones. García Rada recibió el impacto de dos balas en la cabeza y otra en el brazo. Los responsables fueron los militantes de Sendero Luminoso, el movimiento subversivo que cinco años atrás se había levantado en armas contra el Estado peruano.

(Punto aparte: Se ha reconocido en La orgía perpetua y García Márquez. Historia de un deicidio los fundamentos de una teoría de la novela en el escritor. Cabe interrogarse, haciendo un paralelo, si los tres reportajes –“Nicaragua”, Diario de Irak e Israel-Palestina– alcanzan para formular una teoría del periodismo; en todo caso, se desliza la idea como un juego intelectual.)

En el reportaje a Nicaragua, el escritor peruano mantiene un tenso equilibrio. De entrada, se ubica como árbitro entre las fuerzas del régimen sandinista y las de la oposición. Trata de distribuir los méritos y culpas en ambos bandos. Conociendo su posición respecto a Cuba en esos años, se esperaba que, con la Nicaragua sandinista, cercana a Fidel Castro, tuviera el mismo trato, pero no, prefiere optar por una neutralidad suiza. Cuando se pregunta en mayéutica: «¿Es Nicaragua un estado marxista-leninista? ¿Está a punto de ser una segunda Cuba?» El escritor se responde que, a diferencia de la isla donde quedó suprimida, en Nicaragua hay aún propiedad privada y pluralidad informativa (aunque un tanto menguada), dando a entender que no. Cuando se le señalaba en reuniones de la oposición que el gobierno era violador de los derechos humanos, Vargas Llosa respondía que una reunión como la que se estaba llevando a cabo era inconcebible en un estado totalitario.

La posición de Vargas Llosa respecto a la Nicaragua sandinista se resumía en sus propias palabras: «Las versiones que el gobierno y sus adversarios esgrimen sobre casi todo son tan contradictorias que quien trate de ser objetivo se encuentra a menudo aturdido.»

Vargas Llosa trataba de ser cuidadoso. Hay que recordar que venía, dos años atrás, de la experiencia de Uchuraccay, de haber integrado la comisión investigadora para dilucidar la muerte de ocho periodistas en la sierra de Ayacucho. Eso lo debe haber marcado. A eso se debe el tono de escepticismo adoptado en cuanto a lo que le transmitían uno y otro bando.

Lo mismo ocurre cuando aborda el tema de la religiosidad del pueblo nicaragüense en “La Iglesia Popular”, la quinta entrega de su reportaje. El Vargas Llosa periodista le da espacio a las dos posiciones que se disputan la feligresía nicaragüense. Tanto la llamada “Iglesia Popular”, a la que no ve como tal y es representada por el padre Uriel Molina, y la liderada por monseñor Obando y Bravo, más intuitiva, y no intelectualizada como la primera, llena de curas progresistas, y que es a la que se adhiere el grueso de los católicos, como anota el escritor, son las dos vertientes que reconoce.

Asimismo, a diferencia de Cien años de soledad donde se ve a Remedios La Bella ascendiendo a los cielos, el reportaje da cuenta de un hecho milagroso: el de la Virgen María descendiendo de los cielos en una nube para decirle a un sacristán que rechazaba el comunismo y el ateísmo del régimen. Bernardo, el sacristán, se lo contó al escritor con las virtudes de la fe e hizo que se pusiera nervioso.

Vargas Llosa también relata que, como a Jesús cuando fue tentado por el diablo, al sacristán se le apareció la tentación en forma de mujer; empero los fieles que lo protegían descubrieron a los fotógrafos agazapados, listos para hacer click cuando se entregara al pecado de la carne. Esa celada, y quién sabe otras que tenían planeadas, le fue tendida para desacreditar la revelación de María que dejaba malparado a Daniel Ortega y al gobierno sandinista.

La estrella de “Nicaragua”, sin duda, es Tomás Borge. Al encuentro con Borge (y a su ¡Hijueputa!) le dedica completa la novena entrega.

En conclusión, el Vargas Llosa periodista, en medio de la guerra entre los “contras” y los sandinistas, cumple su misión de informar llamando la atención cierta condescendencia con el régimen de Nicaragua al que le otorga el beneficio de la duda.

En todo caso, sucumbe al realismo. Pide que la sociedad reporteada viva con dignidad y mínimamente con libertad.

Finalmente, el periodista Vargas Llosa de “Nicaragua en la encrucijada” es un modelo a seguir ahora que pululan propagandistas políticos disfrazados de periodistas.

Crédito de la foto: Revista de Libros

jueves, 15 de junio de 2023

UN TRIUNVIRATO IRROMPIBLE O LA AMISTAD DE VARGAS LLOSA, ABELARDO OQUENDO Y LUIS LOAYZA

MEDIADOS de los 50. Un muchacho de la Universidad Católica se acerca a colaborar con un grupo de entusiastas sanmarquinos quienes, deseosos en desagraviar la figura de Raúl Porras Barrenechea, injustamente atacado en una publicación del régimen odriísta, redactaron un manifiesto y organizaron una recolección de firmas de solidaridad a favor del vejado maestro [1]. ¿Quién era ese desconocido muchacho? Era Luis Loayza y Elías, un joven estudiante de Derecho[2]

Vargas Llosa, estudiante de Letras de San Marcos y discípulo de Porras[3], avisado que un estudiante de la Católica deseaba echar una mano juntando algunas firmas, se encontró con él y le entregó el manifiesto. No se desilusionaría mucho al recabar luego la solitaria firma de Loayza, porque si la hubo esta se diluyó cuando Lucho en la primera conversación que tuvieron en el “Cream Rica” de Miraflores, le amplió su horizonte literario plagado de provincianismos y telurismos llevándolo por los terrenos fantásticos de Borges, Juan José Arreola, Bioy Casares y Rulfo. Y no solo eso, sino sería quien lo conduciría, para su buena suerte, a conocer a otro de sus mejores amigos de juventud, el que después se convertiría también en íntimo, tanto como lo era para Loayza: Abelardo Oquendo[4]. Oquendo gran conocedor de la poesía del Siglo de Oro español [5], a quien luego llamarían “el Delfín”, se confabularía con Lucho para apodarlo con el sobrenombre de “el sartrecillo valiente” [6]por su desmedida pleitesía a Sartre –a papá Sartre[7]– y sus tesis de compromiso social, las que Loayza despachaba con “sibilina ironía”.

Sería ese “triunvirato irrompible”, como lo llamaba Vargas Llosa, “nacido a la sombra de unos ficus de Miraflores”[8], el que emprendería la aventura de publicar la revista Literatura, cuyo segundo número caería en manos de Albert Camus. Eran los años en que se vislumbraban los estertores del “ochenio” y relucían latientes los sentimientos de una buena amistad, años que Oquendo llamaba “los buenos tiempos”[9] y en donde estaban presentes “los viajes imaginarios a Europa, a París o al Principado de Mónaco”, adonde irían para hacer realidad sus sueños de convertirse de una vez por todas en escritores, no a tiempo parcial sino a tiempo completo.

¿Qué fue de ese trío, de esa entrañable amistad, como alguna vez la recordó Vargas Llosa en un artículo, cuarenta años después de haberse formado?

Según Julia Urquidi, en el libro Lo que Varguitas no dijo –que Vargas Llosa no ha leído ni piensa leer porque está lleno de “chismes”[10]–, este “los olvidó a medida que aumentaba su prestigio”[11]. Pero esto no debe ser tan cierto, porque si llevamos el testimonio de Urquidi a las fechas en que se remiten estos hechos, es decir desde 1963-1966 –época en la que sale a publicación La Ciudad y los Perros y la consagratoria La Casa Verde– hasta 1969, año en que sale a la luz Conversación en la Catedral, no tendría ningún sentido la dedicatoria de Vargas Llosa a Oquendo, el “Delfín” (“su hermano de entonces y de todavía”) y Loayza (“el borgiano de Petit Thouars”), ni tampoco la referencia a esa amistad de la que épicamente dijo “solo morirá con nosotros”, en un artículo que escribió en diciembre de 1964 en París[12],  a propósito de la novela de Loayza, Una piel de serpiente –que Miguel Gutiérrez malvadamente calificó como “una de las novelas más aburridas de la literatura  peruana”[13]–. En todo caso, presumimos que, si existe un olvido u alejamiento, este se encontraría en dos de sus protagonistas: Vargas Llosa y Abelardo Oquendo, en quienes mediaría ya un alejamiento que se remonta a los cambios ideológicos del primero, quien vira del socialismo procubano, con el que se le conoció en sus años iniciales como escritor, a un liberalismo radical, con el que ahora se le identifica.

Con Oquendo intuimos que el distanciamiento es ideológico, pues Vargas Llosa es alérgico a las posturas socialistas y colectivistas, que aquel, muy suavemente, no duda en deslizar y –por supuesto, mantener– en artículos. Allí tenemos las entrevistas, publicadas en el diario La República en 1983, bajo el título de Conversaciones en la Habana, a escritores de izquierda como Mario Benedetti y Omar Cabezas –comandante del Frente Sandinista de Liberación Nacional y autor del revolucionario y palpitante libro La montaña es algo más que una inmensa estepa verde–; su participación como moderador de una mesa redonda dedicada a la vigencia de Marx; y su columna Inquisiciones, publicada en el mismo diario, y en la cual, en alguna oportunidad, ha destacado, manteniendo una aparente neutralidad, la obra literaria de José María Arguedas[14], la cual Vargas Llosa estudió en La Utopía Arcaica, discutiendo en ella el indigenismo narrativo.

Oquendo convergería pues en un ideal socialista, que su antiguo amigo Vargas Llosa ha abandonado, y sus posturas literarias serían similares a las del desaparecido crítico Antonio Cornejo Polar (con quien participó, junto a Mirko Lauer, Washington Delgado, Marco Martos, en una mesa redonda sobre Literatura y Sociedad [15]), cuya filiación socialista y neoindigenista es reconocible.

El enfriamiento de la relación amical se debería entonces a esta insalvable diferencia, pues Oquendo no toleraría las ideas liberales de Vargas Llosa y habría preferido el silencio para no estropear lo que quede de ella. Así, teniendo el marco anterior, es que se ilumina la referencia de novelista peruano en El Pez en el agua cuando se refiere a “Abelardo Oquendo, uno de mis mejores amigos de juventud, de quien nunca pude entender qué hacía allí, rodeado de escribidores resentidos e intrigantes como Mirko Lauer, Raúl Vargas, Tomás Escajadillo, y aún cosas peores”, en los años de la dictadura socializante de Velasco Alvarado. Sucedía que Oquendo, como Lauer y Escajadillo, dos de los principales denostadores de Vargas Llosa[16], mantenía así su fidelidad al socialismo y por qué no, quizás, al indigenismo[17].

En cambio, Luis Loayza, que nunca demostró interés por la literatura de la tierra y la política –si no se toma en cuenta una incursión suya en una manifestación en contra de Odría donde perdió un zapato–[18], se llevaría, aparentemente, bien con Oquendo. Eso no sería nada raro pues la amistad entre ellos se remonta mucho antes de que ambos la tuvieran con Vargas Llosa. A pesar que siempre llamaría la atención que respondiera tan secamente a una encuesta que Oquendo le alcanzara para una antología en preparación, la relación amical andaría en buen pie[19]. Hay que recordar que Loayza ha publicado la casi totalidad de su producción cuentística en la revista Hueso Húmero, codirigida por Oquendo y Lauer, y que esta y su producción ensayística se encuentran reunidas bajo el sello de Mosca Azul –Otras Tardes y El Sol de Lima– y Hueso Húmero –Sobre el 900–, los cuales están bajo la égida de los mismos; y que Oquendo hizo la nota preliminar a El Avaro. Loayza, en esencia un esteta, un orfebre de la palabra y admirador de Borges, ejercería el papel de diplomático entre las posiciones antagónicas de sus amigos Oquendo y Vargas Llosa, y por ello se explicaría que no tuviera ningún inconveniente ni resquemor de saludar a aquel en medio del fragor de la campaña electoral de 1990, pues la política no tiene un lugar de privilegio en su vida. “Un abrazo, sartrecillo valiente”, le escribió Loayza, desde Ginebra, a Vargas Llosa, quien recordaría, probablemente, al inesperado Lucho que constituía un peligro llevar a una exposición, pues si esta desaprobaba aparecían en su rostro arcadas de descalificación, y al Lucho Loayza que lo defendió en sus inicios periodísticos cuando descargó baterías contra la literatura telúrica y los escritores nativos. En resumen, al amigo que festejó como si fuera suyo su triunfo en el concurso de cuentos de la Revue Française de 1958, que lo transportaría al mítico París y a conocer a Geneviève, un flirt parisino.

Finalmente, ¿qué se sabe de esta amistad nacida a la sombra de unos ficus miraflorinos? En verdad, muy poco, porque sus protagonistas se han encargado con sus silencios de dejar pocas pistas para intentar reconstruirla y sólo contamos con indicios. Ha sido Vargas Llosa quien más ha despejado el velo del misterio[20] contando en el Pez en el agua la felicidad que le provocaba ver por aquellos años llegar a su altillo de Panamericana a Lucho y a Abelardo para abominar de sus tareas domesticas y mecánicas del día, y fantasear con ellos proyectos literarios y viajes imaginarios a Europa. Entonces, ¿qué queda de ella? Queda sólo el recuerdo de que alguna vez los tres fueron muy buenos amigos y la esperanza de que, quién sabe, algún día no tan lejano se juntarán para repetir una nueva hazaña literaria.

Freddy Molina Casusol

Lima, 18 de febrero del 2000


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[1]. La mayor parte de este artículo ha sido elaborado tomando como fuente principal las memorias de Mario Vargas Llosa en El pez en el agua, Seix Barral-Biblioteca Breve, 1era edición, Marzo de 1993.

[2]. Probablemente, ya desde esas fechas, Loayza cultivaba una admiración por Porras, la que se vería plasmada, cuatro décadas después, en una antología y una nota introductoria a su cargo. Ver Raúl Porras Barrenechea. La marca de un escritor. Antología, Luis Loayza, Fondo de Cultura Económica, 1997.

[3]. Vargas Llosa le rendiría homenaje dedicándole su libro La Utopía Arcaica, y luego recordándolo en su discurso leído la noche del 7 mayo de 1997, cuando la Universidad de Lima le otorgó el doctorado Honoris Causa por su trayectoria literaria. Ver diario El Sol, 9 mayo de 1997.

[4]. Leyendo la versión de Oquendo sobre esta amistad, este habría conocido a Vargas Llosa sin mediar la presencia de Loayza. VerEl joven Vargas Llosa”, entrevista de Silvia Rojas, diario La República, 9 de mayo de 1997.

[5]. Eso no le impidió a Oquendo por esos años tomar el local de la ANEA y embadurnar unos malos lienzos, en una protesta surrealista que contó con la presencia de Carlos Germán Belli. Ver La Generación del 50: un mundo dividido, Miguel Gutiérrez, Ediciones sétimo ensayo, 1988, pp. 177-178.

[6]. Vargas Llosa en sus memorias cuenta: “Fue seguramente Loayza –o tal vez Abelardo, nunca lo supe– quien me puso el apodo con el que me tomaban el pelo: el sartrecillo valiente”, El pez en el agua, p. 295. Oquendo desentrañaría el misterio: fue Loayza. Ver «Abelardo Oquendo: “Aquí todo buen poeta es un ‘gran poeta’. Y no es así”», entrevista de Dante Trujillo a Abelardo Oquendo, El Comercio, 5 de agosto del 2018 (Nota del 15 de junio del 2023).

[7]. Ver la nota preliminar de Oquendo al libro de Luis Loayza, El Avaro (INC, 1974), donde en una bella prosa poética recuerda a “Mario” y aquellos años de amistad.

[8]. Ver “En torno a una dictadura y al libro de un amigo” en Contra viento y marea 1962-1982, Mario Vargas Llosa, Seix-Barral, 1983, pág. 64.

[9]. Ver la nota preliminar a El Avaro.

[10]. Ver la entrevista de Lola Díaz a Vargas Llosa que la revista peruana Gente reproduce de la española Cambio 16. Gente, No. 630, Febrero de 1988.

[11]. Lo que Varguitas no dijo, Julia Urquidi Illanes. Editorial Khana Cruz S.R.L., Bolivia, 1981, pág.42.

[12]. En este mismo artículo Vargas Llosa evoca con nostalgia a sus amigos –“uno en Nueva York -Loayza- y otro en Lima –Oquendo-–”. Ver “En torno a una dictadura...”

[13]. En contraste a este juicio mordaz de Gutiérrez (La generación del 50: ..., pág.110), ver la crítica “Los héroes fatigados de Luis Loayza”, que otro amigo del grupo, José Miguel Oviedo, dedica a esta primera novela de Loayza. El Comercio, Suplemento Dominical, 28-VI-1964.

[14]. Arguedas, 30 años después. Diario La República, 20 de julio de 1999

[15]. Ver Literatura y Sociedad, vol. I (1981) y II (1982), Antonio Cornejo Polar, Marco Martos, Mirko Lauer, Abelardo Oquendo, Ediciones Hueso Húmero.

[16]. Ver el último capítulo –versión ampliada de su artículo: “MVLL: los límites de la imaginación liberal”– del libro de Lauer –El sitio de la literatura, Mosca Azul Editores, 1a. edic. 1989– donde su autor hace un juicio político-literario de Vargas Llosa, y el artículo de Escajadillo –“Vargas Llosa: de incendiario a bombero”. Revista Primera Línea, diario El Nacional, 23 de agosto de 1987, pp. 8-9– de similar corte.  

[17]. La influencia del indigenismo en Oquendo vendría de su admiración a ese gran autor indigenista que fue José María Arguedas, cuando aquel en los 60 ejerció la Dirección de la Casa de la Cultura y éste la Sub-Dirección.

[18]. Leer la anécdota completa en El pez en el agua, pág. 294.

[19]. Narrativa Peruana 1950/1970. Alianza Editorial, Prólogo y Selección de Abelardo Oquendo, Madrid, 1973.

[20]. Cuando terminé la redacción de este artículo llegó a mis manos el último número de la revista Hueso Húmero en la que Abelardo Oquendo, descubriendo el cofre de sus recuerdos, publica una selección de cartas del joven Vargas Llosa donde éste revela, en el calor de la amistad, sus desalientos, desconfianzas y dudas en sus inicios como escritor en París. Ver “Cartas del sartrecillo valiente (1958-1963)”, Abelardo Oquendo, Revista Hueso Húmero No. 35, Diciembre de 1999.

lunes, 5 de junio de 2023

HISTORIA Y CONFIRMACIÓN. La Casa Verde, cincuenta y siete años después

LA EMPEZÓ a escribir veinte días después de haber publicado La ciudad y los perros[1]. La Casa Verde, la segunda gran novela de Vargas Llosa, tiene una deuda contraída con el escritor norteamericano William Faulkner, de cuya técnica literaria –estudiada por críticos como Efraín Kristal[2]– recibe un potente influjo.

Sobre el origen de La Casa Verde, Vargas Llosa ha testimoniado:

“Me llevaron a inventar esta historia los recuerdos de una choza prostibularia, pintada de verde, que coloreaba el arenal de Piura el año 1946, y la deslumbrante Amazonía de aventureros, soldados, aguarunas, huambisas y shapras, misioneros y traficantes de caucho y pieles que conocí en 1958, en un viaje de unas semanas por el Alto Marañón”[3].

Al crítico literario Francisco Bendezú le confesaría: “Ha sido el tormento de mis días y mis noches. Solamente el ‘magma’ –como le llamo al borrador monumental de cada una de mis obras– fluctúa entre las 4 mil y 5 mil páginas”[4].

La novela competiría el año 1967 por el premio Rómulo Gallegos con la del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, Juntacadáveres, ganándole apenas por un solo voto (Onetti, con buen sentido del humor, explicaría su derrota al hecho que “el burdel de Mario en La casa verde era mejor que el mío en Juntacadáveres. El mío no tenía orquesta”).

Cuarenta y un años después, curiosamente, el ganador de aquella competencia homenajearía al derrotado con un libro: El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti (2008).

El escritor argentino Julio Cortázar, uno de los primeros en leer el manuscrito de La Casa Verde, muy impresionado, le escribe una carta a Vargas Llosa en la que le dice:

“Has escrito una gran novela, un libro extraordinariamente difícil y arriesgado, y has salido adelante por todo lo alto… Me río perversamente al pensar en nuestras discusiones sobre Alejo Carpentier, a quien defiendes con tanto encarnizamiento. Pero hombre, cuando salga tu libro El siglo de las luces quedará automáticamente situado en eso que yo te dije para tu escándalo, en el rincón de los trastos anacrónicos, de los brillantes ejercicios de estilo.”[5]

La Casa Verde se inscribe en un periodo histórico bastante particular: el de la revolución cubana y los acontecimientos del Mayo Francés del 68, y generaría el discurso “La literatura es fuego” donde el joven Vargas Llosa rompe lanzas por un futuro socialista para América Latina (del cual se desencantaría décadas después).

La novela ha encajado críticas. Una de ellas muy curiosa. La de que Vargas Llosa, en realidad, había escrito una historia lineal que luego dividiría y revolvería para dar la impresión de fragmentación y juego con el tiempo y el espacio. El autor de dicha tesis es el crítico Darío Chávez de Paz. Dice:

“… en La Casa Verde se revela, mediante un análisis detenido, que lo que hizo el autor fue en principio moldear una gran historia con un gran acontecimiento cuyo desarrollo era diacrónico y posteriormente fragmentó dicha historia mediante cortes en el texto sin modificar ninguna escena ni ninguna palabra para luego reordenar los fragmentos a fin de lograr los efectos que se revelan.”[6]

Vargas Llosa ha admitido, por su parte, que la única historia que se narra de forma lineal es la del burdel en Piura que da título a la novela y que reposa en sus recuerdos de cuando cursaba el quinto año de primaria[7].

También la novela estuvo inserta en medio de polémicas políticas. Enterado Vargas Llosa que, por La Casa Verde, su nombre se voceaba para recibir el premio literario Rómulo Gallegos consulta al agregado de cultura de Cuba en París, Alejo Carpentier, la opinión del gobierno de Fidel Castro sobre el premio. Sintió un deber hacerla debido a su cercanía con la revolución cubana. Las acusaciones de represión que recibía el gobierno venezolano que lo iba a conceder, el de Raúl Leoni, lo empujaron a ello. Pero el problema vino cuando Vargas Llosa no quiso donar el monto del premio, 25.000 dólares (100.000 bolívares), a la guerrilla del Che Guevara en Bolivia. Haydée Santa María, directora de La Casa de las Américas, da a conocer en una carta la versión cubana:

“Cuando en abril de 1967 usted quiso saber la opinión que tendríamos sobre la aceptación del premio venezolano Rómulo Gallegos, otorgado por el gobierno de Leoni, que significaba asesinatos, represión, traición a nuestros pueblos, nosotros le propusimos ‘un acto audaz, difícil y sin precedentes en la historia de nuestra América’: le propusimos que aceptara ese premio y entregara su importe al Che Guevara, a la lucha de los pueblos. Usted no aceptó esa sugerencia: usted se guardó el dinero para sí; usted rechazó el extraordinario honor de haber contribuido, aunque fuera simbólicamente, a ayudar al Che Guevara.”[8]

Vargas Llosa, por su lado, hizo su descargo y acusó al escritor Alejo Carpentier de hacerle una propuesta deshonesta: de que públicamente done el monto del premio, pero que no se preocupara porque, por debajo de la mesa, el gobierno cubano se lo iba a devolver. Eso fue tomado por el escritor como una ofensa. Carpentier le leyó una supuesta carta de Santamaría donde ella habría formulado esa proposición[9].

La Casa Verde (1966) confirma la vocación literaria del joven Vargas Llosa. Forma parte, con La ciudad y los perros (1963) y Conversación en la Catedral (1969), de la trilogía que lo coloca en primera línea de la literatura internacional.

Aunque por momentos la técnica literaria desplegada parece devorar a los personajes que se abren paso por los arenales de Piura y el follaje espeso de la selva de Santa María de Nieva, la historia de Don Anselmo, Fushía, el Sargento Lituma y La Selvática se impone y emerge envolvente, como una espiral, en la mente del lector.

La Biblioteca Nacional del Perú ha anunciado hace algunos días que La Casa Verde será declarada Patrimonio Cultural de la Nación. Esa es otra forma –como la convenida por la Academia Francesa– de quedar inmortalizado.

Lima, 29 de mayo del 2023

 

domingo, 9 de noviembre de 2014

ANA GALLEGO Y EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE VARGAS LLOSA

HACE algunos meses en la Facultad de Letras de San Marcos se presentó –gracias a Agustín Prado– la académica española Ana Gallego –coautora del libro De Gabo a Mario–. Al final de su participación la abordé para hacerle algunas acotaciones sobre el pensamiento político de Vargas Llosa –a propósito de su ponencia sobre La civilización del espectáculo–. Le dije –mientras ella fumaba un cigarrillo– que para poder entender el pensamiento vargasllosiano había que remitirse a los estudios de mass media afincados en la Escuela de Frankfort y que había compartimentos en la mente del escritor que fácilmente podían aparecer como subsidiarios del concepto de Industrias culturales –aparecido por primera vez en el libro de Adorno y Horkeimmer, Dialéctica del Iluminismo–.
Le manifesté que la crítica debía despojarse de ciertas aprensiones ideológicas para auscultar mejor a Vargas Llosa y que había muchas cosas sobre él que pasaban frente a sus narices y no las veían; que había que tener una visión multifactorial y que había que hacer dialogar varias disciplinas, entre ellas la sociología y la comunicación (de donde yo provenía), al respecto.
¿Por qué, por ejemplo, alguna crítica se asombra del enfoque “progresista” de El sueño del celta, novela que cualquier escritor adscrito a esa tendencia hubiera hecho suya con gusto?, le pregunté. "Porque en Vargas Llosa –me respondí arriesgando una hipótesis (en tanto Ana Gallego botaba el cigarrillo a un lado)– hay otras líneas de pensamiento –de izquierda– en puja con su liberalismo”. “En roce con sus ideas cosmopolitas”, comentó, creo, ella e hizo un gesto de evidencia con las manos.
“Recuerde –agregué– que Vargas Llosa aprende el marxismo en San Marcos, escenario de una de sus novelas, Conversación en La Catedral. ¿En dónde? En la célula Cahuide. ¿Quién fue uno de sus instructores? Está en El pez en el agua: Isaac Humala, el padre del actual presidente de la República (y mentor del etnocacerismo de su otro hijo, Antauro). Entonces, hay que empezar por allí.” 
Le dije además –mientras la escoltaba Agustín y un profesor más a la salida de la universidad– que para entender el actual pensamiento político de Vargas Llosa, había que leer a Karl Popper, Ludwig von Mises y, especialmente, Hayek (La fatal arrogancia, los errores del socialismo), que había que analizarlo “desde esa mirada”.
Le señalé que el paso de Vargas Llosa al liberalismo no fue de un momento a otro. Anteriormente, le conté, se definía como un pragmático –imagino influenciado por su amigo de esos años, Richard Webb, aficionado al pragmatismo de James, cuyo libro, ¿Por qué soy optimista? (1985), prologó (y en el que confiesa que Webb era “un pragmático viejo”; en cambio él “está aprendiendo a serlo”; ver “Una cabeza fría en el incendio”, en Contra viento y marea III)–.
Es más, a mediados de los ochenta, cuando no se definía como un liberal –pero sí estaba en coqueteos (fue uno de los ponentes en 1979 de un simposio organizado por Hernando de Soto, que contó con la participación de Milton Friedman)–, entrevistado por Ricardo Uceda, afirmó que resolvía sus tomas de posición en “función de consideraciones más pragmáticas” (“…Ahora soy pragmático”, El Nacional, 2/11/85).
Sin embargo, en su tránsito de un lado al otro, se definía en otra entrevista (con Alfredo Barnechea), como un socialdemócrata (Peregrinos de la lengua, p. 291).
El paso de Vargas Llosa al liberalismo viene con fuerza de la mano de Popper –a quien, para la campaña presidencial del 90, estudió durante tres años y que, para muchos liberales ortodoxos, le advertí a Ana Gallego, quien me miraba con ojos curiosos, es el padre de la socialdemocracia (por lo que hay que examinar esa influencia en los rezagos de pensamiento de izquierda que aún parece mantener)–, luego viene Hayek –a quien, en 1991, le dedica un artículo: “Bienvenido, caos” (vuelto a publicar en Desafíos a la libertad, 1994)– y, por último, von Mises, de la Escuela Austriaca de Economía –al que tal vez menciona por primera vez, al final de la crónica dedicada a su hijo Gonzalo, “Mi hijo, el etíope” (1985)–.
No pudimos continuar porque Agustín se la llevó para cumplir, seguramente, con otras actividades planeadas para ella ese día. Pero la idea que quedó flotando, y no se la pude decir, era que, posiblemente, Vargas Llosa arribó a similares conclusiones que la Escuela (neomarxista) de Frankfurt, respecto a los temas planteados en La civilización del espectáculo –la frivolización de la cultura y la crítica de los mass media–, por caminos diferentes y sin tener, por supuesto, la menor empatía con esa línea de reflexión intelectual. Lo suyo es una aventura del pensamiento, una de las tantas a las que nos tiene acostumbrados.
Finalmente, cuando se fue Ana Gallego –secuestrada por Agustín– me quedó titilando la idea de escribir estas líneas –me pasé meses dándole vueltas–, un arrebato de escritura ha hecho que el día de hoy, por fin, las haya consumado.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 7 de noviembre del 2014

lunes, 29 de septiembre de 2014

MARIO VARGAS LLOSA Y RAÚL PORRAS, HISTORIA Y LITERATURA ENTRELAZADAS

¿QUÉ HUBIERA PASADO si Vargas Llosa, seducido por las enseñanzas de Raúl Porras, dejaba la literatura y optaba por la historia? Hay que recordar que entre los años 1954 y 1958 –un año antes que se diera la revolución cubana– el joven Vargas Llosa trabajaba con el historiador fichando crónicas y mitos prehispánicos (Fue reclutado por Porras como asistente, junto a Carlos Araníbar). Vargas Llosa por esos años sanmarquinos, en los que tímidamente estaba enamorado de Lea Barba, prestó atención a un solo curso de la universidad, el de “Fuentes Históricas”, dictado justamente por Porras, en el que presentó un trabajo que le valió el llamado de este. El influjo de esos años sumergido en la historia –los que le hicieron dudar de su vocación literaria, como él mismo ha admitido–, se puede rastrear al menos en un artículo: “El nacimiento del Perú” (1985). Allí están las reminiscencias del historiador que, tal vez, íntimamente quiso ser Vargas Llosa, pero que luego la pasión por la literatura terminó por difuminar y colocar en un segundo lugar.

SI HAY ALGO que hay que reconocer, en su condición de maestro, a Raúl Porras, es que formó a un premio Nobel. Porque no hay que pensar demasiado para observar que esa manera con la que Vargas Llosa traza el destino de los personajes de sus ficciones, tiene como modelo el método con el que Porras acometía sus trabajos de investigación: fichando y siguiendo a los personajes de la historia. Método que el joven Vargas Llosa heredó de su viejo maestro sanmarquino para estudiar, por ejemplo, a Faulkner con lápiz y papel en mano en sus inicios, y que le sirvió ya en su madurez literaria para delinear el Diario de Irak, un reportaje de la historia contemporánea. Porras fue, pues, para Vargas Llosa lo que el preceptor de Simón Bolívar (Simón Rodríguez) fue para él: un ejemplo de trabajador intelectual y un forjador de su pensamiento.


FUE, cuando trabajaba con Porras, que Vargas Llosa publica su primer cuento: Los jefes (1957). Un año antes, 1956, su maestro había ganado el Premio Nacional de Historia con su obra Fuentes Históricas Peruanas. Y dos años antes se había casado con su primera esposa, Julia Urquidi. Fue por este matrimonio atropellado y rocambolesco, al decir del futuro escritor, que Porras, para que pueda subsistir con alguna decencia, le consigue varios trabajos, entre ellos el de asistente de bibliotecario en el Club Nacional, cargo que ejercería entre 1955 y 1958, el cual le permitiría leer literatura erótica, como la de Restif de la Bretonne, Sade, Aretino, la que en el futuro impactaría en sus novelas Elogio de la madrastra y Cuadernos de don Rigoberto. Porras, indirectamente, lo llevaría a explorar esa veta literaria que enriquecería su futura novelística. Pero es con Los jefes, inspirado en una huelga escolar protagonizada por el autor y algunos de sus amigos en el colegio San Miguel de Piura, que el joven Vargas Llosa, en los tiempos que frecuentaba la casa de Raúl Porras, iniciaría su descollante carrera literaria.

NO ES casual que Vargas Llosa y Raúl Porras hayan congeniado. Porras fue un cultor de la palabra. Sus inicios están relacionados a la literatura, especialidad en la que su discípulo, el joven Vargas Llosa, alcanzaría pleno dominio. Porras fue en 1928 catedrático de Literatura Castellana en la Facultad de Letras de San Marcos. Ese amor por las letras es refrendado por Jorge Guillermo Llosa, quien, en un estudio, afirmó que “la vocación primera y espontánea de Porras fue la literatura”, la que encuentra eco, como catador de esta, en su “Reseña de la Historia Cultural del Perú” (1945), convertida luego en libro por el Instituto que ahora lleva su nombre, con el título de El sentido tradicional en la literatura peruana (1969). Por tanto, esa atracción por la historia que tuvo Vargas Llosa cuando era joven, se debió a que, muy probablemente, vio en los trabajos de Porras a un artesano de las palabras, un maestro digno de emular, con esa hechicería que él emplearía para cautivar a los lectores de sus novelas, y que condujeron a que se dijera de él en la ceremonia de premiación del Nobel: “Usted ha encapsulado la historia de la sociedad del siglo XXI en una burbuja de imaginación”. Palabras que Porras, con orgullo, hubiera hecho suyas también.



Raúl Porras Barrenechea
Foto:"El Comercio"
¿CÓMO LLEGÓ Vargas Llosa a trabajar con Porras? Fue de carambola. Porras, necesitado de un asistente, recordó al alumno que había encontrado un error histórico del arqueólogo Tschudi en un trabajo que le había presentado. Ese era Vargas Llosa. Tenía tan solo 17 años. Por esas fechas, su padre le había conseguido un trabajo en un banco, trabajo que detestaba y que le recordaba, de alguna forma, su paso por el Leoncio Prado. Presentada la inmejorable oportunidad de dejarlo por algo que era más cercano a sus inquietudes intelectuales, y con el disgusto de su padre que lo acusaba de falta de ambición, el joven Vargas Llosa inició un periodo de cuatro años y medio como asistente del historiador en la casa de la calle Colina. Su horario era de lunes a viernes de 2 a 5 de la tarde, y su labor era leer crónicas y hacer fichas sobre los mitos y leyendas del Perú, como el propio escritor ha precisado en sus memorias de El pez en el agua. Por esos días de 1954, el joven Vargas Llosa colaboraba en la revista Turismo y abandonaba la célula comunista “Cahuide”, mientras su maestro Porras Barrenechea, empujado por docentes y estudiantes que lo admiraban, era tentado a ocupar el rectorado de San Marcos.

TAL VEZ cuando estaba escribiendo sus ensayos García Márquez: Historia de un deicidio (1971), La orgía perpetua: Flaubert y “Madame Bovary” (1975) y La Utopía Arcaica (1996), Vargas Llosa tenía en mente la meticulosidad y el rigor de los trabajos de Porras, Fuentes Históricas Peruanas (1954) y Los Cronistas del Perú (1986), por su afán totalizador y el propósito de abrazar todo el conocimiento existente sobre el tema estudiado. Por otra parte, se podría arriesgar un paralelo entre García Márquez: Historia… y Los Cronistas, en ese sentido. En ambas, el manejo de las fuentes, el afán documentalista y la intención velada de novelar el (o los) personaje(s) descrito (s), hace que estas obras, en sus respectivos géneros, alcancen un grado de excelencia único. Monumentales, piezas bibliográficas indispensables en sus respectivas disciplinas, la literatura y la historia, estos dos trabajos que demandaron de sus autores considerable tiempo y esfuerzo, reflejan la tenacidad de dos vocaciones entregadas a la pasión por la investigación. Esto, una noche, lo reconoció Vargas Llosa cuando, recibiendo el honoris causa de una universidad privada, dedicó parte de su discurso a su viejo maestro. Era una manera de pagar la deuda contraída con él: la de su formación.    

INMORTALIZADO por Vargas Llosa, Porras aparece con nombre propio en una novela del escritor, El hablador, como uno de los personajes que se mueven dentro de ella. Esto forma parte de la propensión, confesada por el novelista, de simular la realidad en sus ficciones. Ocurre también en la no menos celebrada La tía Julia y el escribidor, en la que el personaje llamado Javier, inspirado en su amigo de juventud Javier Silva Ruete, participa y se hace cómplice de las aventuras de Marito, el alter ego del narrador, quien no es sino el propio Vargas Llosa. En El hablador, el escritor hace dialogar a Porras con el sociólogo Matos Mar, a propósito del otorgamiento de una beca a Francia a Saúl Zuratas –que, al final, rechaza–, protagonista de la ficción. Pero no solo aquí late el recuerdo de Vargas Llosa sobre su viejo maestro sanmarquino, esa evocación continúa en el discurso del novelista – publicado como “Elogio de los claustros” en el diario El Sol– cuando la Universidad de Lima le otorga un doctorado Honoris Causa en 1997, y en la dedicatoria de su ensayo La Utopía Arcaica con las siguientes palabras: “A la memoria de Raúl Porras Barrenechea, en cuya biblioteca de la calle Colina aprendí la historia del Perú”. Tenemos, pues, que Vargas Llosa reconoce las enseñanzas impartidas por el historiador en su etapa formativa cuando era tan solo un aspirante a escritor y sentía que el mundo venía cuesta arriba para él.


LA LECTURA de cronistas como López de Gómara, Cieza de León y el contador Agustín de Zárate, debe haber excitado la imaginación del joven Vargas Llosa cuando frecuentaba la biblioteca de Raúl Porras, allá en la calle Colina. Las noticias sobre el Perú, sus riquezas y leyendas, sobre sus tierras, habitantes y costumbres debe haber sido una experiencia estimulante para un joven como él habido de aventura, esa que siempre lo acompañó desde niño cuando secretamente alimentaba ser marinero y así, quizás, emular a Sandokán o el Capitán Nemo, sus héroes literarios de aquel entonces. Experiencia que volvió a revivir años después en Madrid, en circunstancias que hacía el doctorado, cuando en estado de exaltación descubrió las novelas de caballería de Tirant lo Blanc. ¿Pero por qué ocurrió ello? Porque existía ya un terreno abonado en el que ambas sensaciones, la aventura y lo épico –que, posteriormente, alimentaron la materia ficcional del novelista en obras como La guerra del fin del mundo– se fundieron para ser parte del soporte artístico del hacedor de ficciones en que se convirtió el joven Vargas Llosa. En todo esto, sin duda, colaboró Raúl Porras Barrenechea, quien, muy acertadamente, lo llevó de la mano a trabajar con él.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, setiembre del 2014

sábado, 28 de julio de 2012

CINCUENTA AÑOS DE “LA CIUDAD Y LOS PERROS”

Vargas Llosa en el Leoncio Prado (1964). Foto: Caretas
Por: Freddy Molina Casusol

LA COMENZÓ en Madrid en el otoño de 1958, en una tasca de Menéndez y Pelayo llamada El Jute, que miraba al parque del Retiro, mientras hacia sus estudios de doctorado en la Universidad de Madrid –hoy Complutense–; y la terminó en un departamento de la rue de Tournon, en París, tres años después, fatigado y sin saber que había escrito una de las obras fundacionales del “boom” de la novela latinoamericana.


Vargas Llosa (1961)

Génesis de una novela

La ciudad y los perros nació de una experiencia vital del escritor. Su padre, cuando estaba por cumplir catorce años, lo inscribió en el Colegio Militar Leoncio Prado. Allí descubrió “que la realidad peruana no era una realidad de niños bien, de pituquitos miraflorinos, sino una realidad extremadamente compleja, de blancos, de negros, de indios, de chinos, que había pobres, que había ricos…”, cargados de “prejuicios, complejos, animosidades y rencores sociales y raciales”[1], que marcaron profundamente su vida adolescente.

Para escribirla debió resucitar los tortuosos años de cautiverio en el Leoncio Prado.

 En una carta, fechada en Madrid el 11 de diciembre de 1958, dirigida a un amigo de juventud, Abelardo Oquendo, describe ese proceso:

“Pero yo voy a salir loco: frente a la maquina [de escribir] siento malhumor, palpitaciones, odio, impotencia, excitación (…) una inexpresable y espantosa desesperación. Dejo la máquina y me acuesto: sueño despeñarme por abismos larguísimos y siniestros en cuyas simas me aguardan las lucientes bayonetas del Colegio Militar como una anchurosa cama de fakir, o revivo los malditos sábados de consigna, paseándome como una fiera rabiosa dentro de la grisácea cárcel de La Perla, sin poder salir, y las humillaciones matutinas, vespertinas y nocturnas, constantes, ineludibles, bochornosas, de suboficiales, oficiales, brigadieres (…) y, en fin, toda la tragedia y el sufrimiento de dos años, que creía olvidados”[2].

 Cuando Vargas Llosa puso fin a este desgarramiento personal, en el invierno parisino de 1961, e hizo una revisión de lo escrito en febrero de 1962, tenía 700 páginas:

“Me deprime su dimensión páginas, su tema, y ya no tengo simpatía por los personajes. Me parece que le he dedicado demasiado tiempo, es mejor que pase a otra cosa. Ojalá se pueda publicar allá [en España], aunque su extensión espantará a los editores. Sería triste que se quedará inédita”[3].



Las dudas de un joven novelista

Sería a fines de 1961, o comienzos de 1962, cuando Vargas Llosa, siguiendo el consejo de un amigo francés, el hispanista Claude Couffon, envió el manuscrito de su novela a la editorial Seix Barral; pero pasaban los meses y el escritor no obtenía respuesta alguna:

“Pasaron muchos meses, y en esos meses yo me había decepcionado de la novela. Había sido rechazada por varios editores: además había trabajado tanto en ella que estaba saturado, harto; ya estaba escribiendo otra [“La casa verde”]. Pensaba que el libro no había salido en absoluto. Pensé que el silencio de Seix Barral era una manera diplomática de rechazarla, de decirme que la novela no les había gustado, pero siempre recordaré una mañana que, al despertarme, me sorprendió la llegada de un telegrama, un telegrama de Carlos Barral. Habían pasado, por lo menos, ocho o diez meses desde que mandara el manuscrito. El telegrama decía: «Paso por París tal día. Búsqueme en el hotel Port-Royal»”, rememoró el escritor años después[4].

¿Qué había pasado? Que Carlos Barral, editor de Seix Barral, revisando los manuscritos de novelas que el novelista Luis Goytisolo –lector profesional de la editorial– había desechado, se topó una tarde con el original de La ciudad y los perros y quedó embelesado con su lectura.

El editor español, entonces, envió un telegrama a Vargas Llosa para verse con él en París. Cuando lo vio, Barral le propuso que presentara La ciudad y los perros –por entonces llamada La morada del héroe[5]– al premio Biblioteca Breve. Vargas Llosa, confundido, dijo que lo iba a pensar.

José Miguel Oviedo, crítico literario y compañero de carpeta de Vargas Llosa en el colegio La Salle, al respecto cuenta:

“Hay testimonios de que Vargas Llosa tomó el consejo [de Barral] con reticencia: le parecía imposible alcanzar el premio o le entraron dudas de su obra o lo alarmaron los precedentes del mismo premio (de cinco convocatorias, cuatro veces habían ganado novelistas españoles; en la otra, el fallo fue desierto). Lo consultó, lo pensó; finalmente presentó su novela al concurso bajo el título de Los impostores. A los veintiséis años hacía su mayor apuesta”[6].



Cable informando sobre el fallo del jurado

Recepción de la crítica

La ciudad y los perros se impuso en el concurso Biblioteca Breve de 1962 a 81 originales que llegaron a disputarle el premio. El fallo del jurado, compuesto por José María Valverde, José María Castellet, Víctor Seix, Carlos Barral y Juan Petit, fue otorgárselo por unanimidad al novelista peruano.

Con ese fallo, como ha escrito Oviedo, “la vida y la obra de Vargas Llosa dejaron de ser, para siempre, anónimas”[7].

Sin embargo, el escritor tuvo que esperar un año para ver su novela publicada. La censura franquista en España le ponía trabas a la publicación en España. Al final la superó con la ayuda indesmayable de Carlos Barral.

“El libro –ha recordado Vargas Llosa– salió con un tiraje de dos mil ejemplares que se agotó muy rápido, en días. Comenzaron las reediciones y, pasado un tiempo, llegaron las noticias de la quema en Lima [de la novela], lo que le dio al libro una enorme publicidad. De pronto, ante mi gran sorpresa y la de la propia editora, el libro empezó a agotarse una edición tras otra. Lo presentaron al Premio Formentor de editores, que existía en ese tiempo, y quedó segundo; pero los diez editores lo contrataron para ser traducido” [8].

La novela, que salió a la luz en octubre de 1963, tuvo un éxito indiscutible, fue traducida a diez idiomas y ganó el Premio de la Crítica Española de ese año.

En Lima, cuando al fin la novela pudo leerse (sobre todo en la edición de Populibros de Manuel Scorza), críticos como Alberto Escobar –que en el pasado, había escuchado con desdén la lectura pública de un cuento suyo, “La Parda”[9]– se doblegaron ante la variedad de recursos narrativos del joven novelista Vargas Llosa[10].

Y de todos los elogios recibidos, el de José María Valverde fue el que tuvo más recordación con el paso del tiempo: “Es la mejor novela en lengua española desde Don Segundo Sombra”.



Primera edición en Populibros

Cincuenta años después

La historia del Poeta, el Jaguar y el Esclavo, cincuenta años después, es aún motivo de admiración por la arquitectura de la historia –devota de la técnica de Faulkner y de la teoría del relator invisible de Flaubert–, y por la precocidad literaria de su autor –26 años– que resultó, a juicio de Juan José Armas Marcelo, biógrafo español de Vargas Llosa, “insultante” para la época.

Hace algunas semanas, la Real Academia, en coordinación con la Asociación de Academias de la Lengua Española, ha publicado una edición conmemorativa –revisada por el propio autor–, para celebrar el cincuentenario de su aparición.

Atrás, pues, han quedado los tiempos cuando La ciudad y los perros pugnaba por salir a la luz: ahora todos se disputan el honor de publicarla.

Lima, 28 de julio del 2012



[1] Ver El inconquistable, Beto Ortiz, Editorial Estruendomudo, 2011, p. 48; y El pez en el agua, Mario Vargas Llosa, Seix Barral-Biblioteca Breve, 1993, p. 104.

[2] Ver “Cartas del sartrecillo valiente (1958-1963) / Abelardo Oquendo”, en Hueso Húmero No. 35, diciembre de 1999, pp. 90-91.

[3] Ibíd., p. 96.

[4] Ver Semana de autor. Mario Vargas Llosa, Ediciones de Cultura Hispánica. Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1989, p. 14.

[5] El título final, La ciudad y los perros, es sugerido por Oviedo. Ver “La primera novela de Vargas Llosa”, José Miguel Oviedo, en La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa, edición conmemorativa del cincuentenario, Real Academia Española / Asociación de Academias de la Lengua Española, 2012, p. XXXIV.

[6] Ver Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad, José Miguel Oviedo, Seix Barral-Biblioteca Breve, 1982, p. 34.

[7] Ibíd., p. 35.

[8] Ver “La total vigencia de los derechos humanos es central”, entrevista de Federico de Cárdenas a Mario Vargas Llosa (1 de enero de 1984), en Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila), Tierra Nueva Editores, 2010, p. 182.

[9] El incidente completo se puede leer en El pez en el agua, pp. 281-282.

[10] Ver “Impostores de sí mismos”, Alberto Escobar, en Revista Peruana de Cultura, No. 2, Julio de 1964; también en Mario Vargas Llosa y la crítica peruana, Miguel Ángel Rodríguez Rea (editor), Universidad Ricardo Palma. Editorial Universitaria, 2011, pp. 43-51.

Publicado en Revista Domingo del diario La República (5 de agosto del 2012) como: "La ciudad y los perros cincuenta años después. Bautizo real y literario"
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