martes, 10 de marzo de 2026

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envueltos y atados su contenido en hojas de plátano, faltaban manos para desatarlos e hincar el diente en esa masa de maíz triturado en un molino de mano y puesto a sancochar para obtener esa textura que, con el pan, combinaba a la perfección. Eran todo un manjar. Mis preferidos eran los de pollo; los de chancho eran una estafa porque solo les colocaban una lonja de pellejo de cerdo y eso, por supuesto, no los convertía en lo que se esperaba de ellos: sustanciosos. Pero mi debilidad son las humitas, una derivación de los tamales, sus primas hermanas. En Breña, allá a mediados de los años noventa, a una cuadra de lo que es el supermercado Metro, al costado de una farmacia, en la puerta de un edificio, había un señor que se apostaba a las 7 p.m. casi indefectiblemente, que las vendía. Ni bien llegaba la gente se abalanzaba a comprarlas. Eran humitas saladas, hechas con maíz tierno, y calientitas. Las había también dulces, pero yo me iba por las primeras. Su esposa las hacía trabajosamente y él se encargaba de la venta. Deliciosas, yo me despachaba cuatro o cinco humitas saladas. Yo era cliente fijo. El señor me decía: «Maestrito, aquí tiene las humitas, recién saliditas. ¿Cuántas quiere?» Y yo no me iba de allí hasta casi empacharme. En La Perla, en el distrito donde vivo, una joven señora ha continuado la tradición que durante años tuvo su mamá, la de hacer humitas y venderlas los domingos. Ella se aposta en la entrada de una panadería de la calle Cahuide, a unos veinte metros del mercado 10 de octubre, y en competencia con una tamalera, vende en un canastito, que las mantiene calientes, humitas verdes y naranjas. Las primeras de espinaca y las segundas condimentadas con achiote para darle el color que coquetea al paladar. Riquísimas, aunque un poco grasosas. Con ellas costea los estudios de su hijo mayor en la universidad. En el Callao, en la primera cuadra de Cochrane, entre las calles Buenos Aires y Colón, se ubica el lugar de venta de tamales. Los exhiben en pilas, cruzados, uno encima del otro, sobre canastas criollas. Si no vas temprano, se acaban rápido y te quedas con las ganas. Hay familias que se dedican al negocio, especialmente una cuyo apellido en este momento no recuerdo.

 

El libro

Quise eludir, por un instante, los trabajos monográficos, muy enjundiosos todos ellos, para zambullirme en las historias de vida tejidas alrededor del tamal. Por ello, empecé la lectura de atrás para adelante, así como algunos leen los periódicos. Humberto Rodríguez Pastor, el compilador de La vida en el entorno del tamal peruano, contribuyó con un ensayo y lo dividió estratégicamente en varios capítulos para rematar con un recetario de tamales y humitas para quienes quieran vivir la aventura de su preparación. La primera sorpresa la tuve al leer el trabajo de Mario Zuñiga (“Tiempos de maíz, leña y sudor”), y saber que el tamal no era peruano (pensé que lo era por ser el maíz el alimento de nuestras poblaciones andinas que lo elaboran) sino mexicano. Por otra parte, son razones económicas las que movilizan a unidades familiares a la venta de tamales. Con ellos, las madres pueden dar de comer a sus hijos y sostener el hogar. Esa es una constante que aparece en los testimonios, también el hecho de continuar una tradición familiar en la que la abuela le enseña a la hija, y la hija a su propia hija, cuyos descendientes a su vez se integran a la cadena de producción compartiendo las tareas de moler el maíz, preparar, cocinar, atar y vender el tamal. Empero, en cada una de las regiones la preparación difiere. En Zaña, por ejemplo, emplean maíz blanco y como relleno la carne de cerdo, mientras que en Cayaltí, maíz amarillo y carne de pollo como relleno. Y así en diferentes partes donde es acogido el suculento tamal.

(Digresión: A estas alturas, el lector se interrogará, quizá saboreando uno de ellos, ¿cuál es la diferencia entre el tamal y la humita? Para responderla está Alfonsina Barrionuevo (“El tamal”). Ella dice en su trabajo “El tamal”: «Las diferencias están dadas por los ingredientes, comenzando por el maíz, tierno para la humita, seco para el tamal; con queso si la humita es salada y con pasas, canela y anís si es dulce; el tamal, entre tanto, lleva carnes que pueden ser diversas, ají seco, cebolla, maní, aceituna y otros…». Más clara, casero, no puede ser.)

Un producto parecido al tamal peruano es la hallaca venezolana. Pero la nuestra es más sencilla, la de ellos está rellena con carne de res, chancho o pollo; parece tamal por fuera, pero por dentro semeja una empanada. En concreto, nuestro tamal es más maíz que carne, y la hallaca más carne que maíz, que sirve para envolverla.

La historia del tamal en Cusco, Huancayo, Supe, Mala Arequipa, Chincha, Zaña y Cayatí, se haya aquí representada en sendas monografías, aderezadas con los testimonios de sus hacedores. Entre las crónicas destacan las de David Hidalgo (entre ellas, “Cuando un tamal reinó sin panetón”). En suma, el libro de Humberto Rodríguez es una especie de cartografía del tamal en el Perú, una en la que el recuerdo de los sabores del tamal y la humita asoman tentadoramente en su lectura.

sábado, 14 de febrero de 2026

CON TODO, CONTRA TODOS

CON la pasión de un hincha, pero con la acuciosidad de un investigador. Del autor, José Carlos Yrigoyen, ya conocíamos un anterior libro, Orgullosamente solos (2016), en el que cuenta la historia de Carlos Miró Quesada, su abuelo materno, un fascista. Yrigoyen, como en Orgullosamente, sabe llevar al lector de la mano. Las cien primeras páginas se leen de un tirón, con holgura. El autor ha hecho un meticuloso trabajo de archivo. Nos lo imaginamos revisando los recortes de la participación de Perú en los mundiales, recreando las jugadas, fauls y goles con la imaginación, sobre la base de las viejas crónicas deportivas de la época. Yrigoyen administra el relato intercalando pequeñas biografías de los futbolistas o entrenadores más destacados que han pasado por nuestro fútbol. Así tenemos las de Cueto y Lajos Baroti entre las más llamativas. Encontramos algunas revelaciones como la protagonizada por Cubillas y Marcos Calderón, en la que el segundo, meditabundo, sin sueño, aparece conversando con el primero de quien recibe un consejo, ante los magros resultados en los partidos preparatorios para el Mundial del 78: el de incorporar a Duarte, Cueto y La Rosa en el equipo titular. Cubillas aparece como un entrenador en la sombra que le dicta al director técnico lo que debe hacer y este le agradece. Con todo, contra todos (2018) no alcanza el preciosismo del libro de Galeano (El fútbol a sol y sombra) o el nostálgico de Osvaldo Soriano (De arqueros, ilusionistas y goleadores). El de Irigoyen es un necesario catastro que se tenía que levantar para tentar una visión panorámica de nuestro fútbol. Si hay un defecto en el libro hay que señalar el título: es pésimo. El diseño de carátula también, es malísimo. Ambos elementos desmerecen el contenido. No juegan en “pared” con él. Aparte de eso, frente a otros esfuerzos que han abordado parcelas de nuestro fútbol (nos viene a la memoria el motivador libro de Freddy Ternero, Sí se puede), este es uno que rescata en un solo volumen su historia desperdigada en periódicos y revistas. Es como ganar el partido con un tiro penal bien ejecutado. Un libro de cabecera para el conocedor y el novato.
 

jueves, 5 de febrero de 2026

ESCRIBIR EN EL AIRE

I

No era como Harold Bloom, el crítico estadounidense que incidía en la belleza de las palabras, en la estética de la prosa; más estaba alineado con los planteamientos de Ángel Rama para examinar el corpus literario peruano. Tampoco, a pesar de compartir la misma matriz de análisis marxista, al igual que Rama, era como Arnold Hausser, el crítico que expresaba con claridad, en el examen de corrientes literarias en paralelo con el contexto histórico y artístico, lo que quería decir en su clásico Historia social de la literatura y el arte. Antonio Cornejo Polar, el crítico peruano, opta en Escribir en el aire por la oscuridad. Ya había algo de eso en su libro Los universos narrativos de José María Arguedas (Losada, 1973) pero se salvaba porque había comprensiones suyas que iluminaban las intenciones del relato arguediano. Empero, en este, que cuenta con el prólogo de Mabel Moraña (otra crítica que se sumerge en fórmulas traídas de la sociología para otorgarle un aire de cientificidad a sus comentarios), cuesta seguirlo en sus disquisiciones. Parece engolosinarse en conceptos intrincados que solo entienden los que manejan la jerga. Lo que decía Ortega y Gasset: «La claridad es la cortesía del filósofo» no va con él. Eso, por lo menos, en la introducción. Cornejo luce mucho mejor en su colaboración para la Historia del Perú (1982), edición a cargo de Juan Mejía Baca, “Historia de la literatura del Perú republicano”. Y mucho más en la introducción de El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, editado por la Biblioteca Ayacucho. Pero en estas primeras líneas de Escribir luce fatal.

 

II

Cornejo mejora su perfomance en el primer capítulo sobre lo oral y lo escrito imbricados en la tradición literaria peruana. Contrasta las diferentes versiones aparecidas en las crónicas españolas sobre el encuentro entre Atahualpa y el padre Valverde, punto de inicio del bilingüismo y la diglosia en Hispanoamérica. Recuerda lo hecho por José Antonio del Busto en su Pizarro para desarmar la leyenda porcina que recaía sobre el conquistador español, y fue diseminada malévolamente por el cronista Francisco López de Gómara. Cornejo esmera su interés en el hecho del libro como artefacto de incomunicación entre españoles e indios. Destaca el hecho que pasa desapercibido en los análisis que, así como Atahualpa desconocía la escritura (y de allí su perplejidad cuando le alcanzan la Biblia que no le “decía” nada), los recién llegados, con Pizarro al mando, tampoco sabían leer. Uno era ágrafo y el otro no podía leer en su propia lengua. Son interesantes las comparaciones que hace de las versiones teatralizadas del encuentro de Atahualpa y Pizarra. La oralidad versus la escritura. La incomprensión inicial de dos culturas, la andina y la española que luego se fundirían en el Inca Garcilaso de la Vega.

 

III

En Escribir en el aire (2003) hay una densidad, cómo llamarla sin ofender demasiado, adormecedora. El crítico por momentos se pierde en lo inextricable. (Tal vez encuentren claridad quienes conozcan su jerga encriptada.) Puede “decirlo en grueso” –como acota por allí– para hacer una economía de palabras, pero prefiere el lenguaje abstruso. Haciendo una revisión de los capítulos siguientes, encontramos más de lo mismo. Eso nos detiene en continuar. Borges sostenía que la lectura debe ser una forma de felicidad y no una obligación.

Le hemos hecho caso.


sábado, 24 de enero de 2026

NUEVO MANUAL DE PERIODISMO

HAY libros que envejecen como el buen vino. A pesar de que las formas de hacer periodismo han cambiado drásticamente con la presencia del Internet y las nuevas tecnologías (y más aún con la IA que amenaza su existencia), aún el libro de Gargurevich puede leerse entre las nuevas generaciones de nóveles periodistas. Porque los géneros, la nota informativa, la crónica, la entrevista y la columna no se han extinguido. Esas formas clásicas todavía subsisten. Y si subsisten es porque tienen vigencia. Todavía no se ha dado de baja a sus cultores, esto es, a Jon Lee Anderson, Leila Guerreiro y Oriana Fallaci, como tampoco a los del nuevo periodismo cuyo precursor, Truman Capote, tiene audiencia asegurada desde que irrumpió con A sangre fría. El libro de Gargurevich, Nuevo Manual de Periodismo (Editorial Causachum, 1987), es la “entrada” que sirve para acometer luego el bufete con los platos mayores. Te enseña lo básico, antes de que asomes a los modos de producción desiguales y combinados de los géneros cuando se funden. Te explica, por ejemplo, el origen histórico de la nota informativa. Y eso es importante porque muchos redactores, en competencia contra el tiempo, la escriben desconociendo la relevancia de lo que pergeñan esforzadamente cuando tienen al frente una carilla en blanco.

Manuel Jesús Orbegozo, maestro del periodismo peruano, recomendaba los párrafos cortos de cuatro líneas. Y esa es la regla que otro maestro, Gargurevich, sigue: es sucinto. Además, cita autores, condensa lecturas y presenta ejemplos, haciendo de su Nuevo Manual un taller de periodismo al paso. Esa estrategia la aplica en los nueve capítulos que componen el libro, colocando, al final de ellos, en algunos casos, un apéndice para complementarlos.

Han pasado casi cuarenta años desde que esta edición peruana de Géneros periodísticos (Ciespal, 1982), salió a la luz gracias a la iniciativa del director de Causachum, Winston Orrillo, con el título de Nuevo Manual de Periodismo, y aún es útil. Porque, como los buenos vinos, libros como este, cuánto más es su veteranía, el bouquet es mucho mejor.

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...