jueves, 5 de febrero de 2026

ESCRIBIR EN EL AIRE

I

No era como Harold Bloom, el crítico estadounidense que incidía en la belleza de las palabras, en la estética de la prosa; más estaba alineado con los planteamientos de Ángel Rama para examinar el corpus literario peruano. Tampoco, a pesar de compartir la misma matriz de análisis marxista, al igual que Rama, era como Arnold Hausser, el crítico que expresaba con claridad, en el examen de corrientes literarias en paralelo con el contexto histórico y artístico, lo que quería decir en su clásico Historia social de la literatura y el arte. Antonio Cornejo Polar, el crítico peruano, opta en Escribir en el aire por la oscuridad. Ya había algo de eso en su libro Los universos narrativos de José María Arguedas (Losada, 1973) pero se salvaba porque había comprensiones suyas que iluminaban las intenciones del relato arguediano. Empero, en este, que cuenta con el prólogo de Mabel Moraña (otra crítica que se sumerge en fórmulas traídas de la sociología para otorgarle un aire de cientificidad a sus comentarios), cuesta seguirlo en sus disquisiciones. Parece engolosinarse en conceptos intrincados que solo entienden los que manejan la jerga. Lo que decía Ortega y Gasset: «La claridad es la cortesía del filósofo» no va con él. Eso, por lo menos, en la introducción. Cornejo luce mucho mejor en su colaboración para la Historia del Perú (1982), edición a cargo de Juan Mejía Baca, “Historia de la literatura del Perú republicano”. Y mucho más en la introducción de El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, editado por la Biblioteca Ayacucho. Pero en estas primeras líneas de Escribir luce fatal.

 

II

Cornejo mejora su perfomance en el primer capítulo sobre lo oral y lo escrito imbricados en la tradición literaria peruana. Contrasta las diferentes versiones aparecidas en las crónicas españolas sobre el encuentro entre Atahualpa y el padre Valverde, punto de inicio del bilingüismo y la diglosia en Hispanoamérica. Recuerda lo hecho por José Antonio del Busto en su Pizarro para desarmar la leyenda porcina que recaía sobre el conquistador español, y fue diseminada malévolamente por el cronista Francisco López de Gómara. Cornejo esmera su interés en el hecho del libro como artefacto de incomunicación entre españoles e indios. Destaca el hecho que pasa desapercibido en los análisis que, así como Atahualpa desconocía la escritura (y de allí su perplejidad cuando le alcanzan la Biblia que no le “decía” nada), los recién llegados, con Pizarro al mando, tampoco sabían leer. Uno era ágrafo y el otro no podía leer en su propia lengua. Son interesantes las comparaciones que hace de las versiones teatralizadas del encuentro de Atahualpa y Pizarra. La oralidad versus la escritura. La incomprensión inicial de dos culturas, la andina y la española que luego se fundirían en el Inca Garcilaso de la Vega.

 

III

En Escribir en el aire (2003) hay una densidad, cómo llamarla sin ofender demasiado, adormecedora. El crítico por momentos se pierde en lo inextricable. (Tal vez encuentren claridad quienes conozcan su jerga encriptada.) Puede “decirlo en grueso” –como acota por allí– para hacer una economía de palabras, pero prefiere el lenguaje abstruso. Haciendo una revisión de los capítulos siguientes, encontramos más de lo mismo. Eso nos detiene en continuar. Borges sostenía que la lectura debe ser una forma de felicidad y no una obligación.

Le hemos hecho caso.


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