I
No era como
Harold Bloom, el crítico estadounidense que incidía en la belleza de las
palabras, en la estética de la prosa; más estaba alineado con los
planteamientos de Ángel Rama para examinar el corpus literario peruano.
Tampoco, a pesar de compartir la misma matriz de análisis marxista, al igual
que Rama, era como Arnold Hausser, el crítico que expresaba con claridad, en el
examen de corrientes literarias en paralelo con el contexto histórico y
artístico, lo que quería decir en su clásico Historia social de la literatura y el arte. Antonio Cornejo Polar,
el crítico peruano, opta en Escribir en
el aire por la oscuridad. Ya había algo de eso en su libro Los universos narrativos de José María Arguedas
(Losada, 1973) pero se salvaba porque había comprensiones suyas que iluminaban
las intenciones del relato arguediano. Empero, en este, que cuenta con el
prólogo de Mabel Moraña (otra crítica que se sumerge en fórmulas traídas de la
sociología para otorgarle un aire de cientificidad a sus comentarios), cuesta
seguirlo en sus disquisiciones. Parece engolosinarse en conceptos intrincados que
solo entienden los que manejan la jerga. Lo que decía Ortega y Gasset: «La
claridad es la cortesía del filósofo» no va con él. Eso, por lo menos, en la
introducción. Cornejo luce mucho mejor en su colaboración para la Historia del Perú (1982), edición a
cargo de Juan Mejía Baca, “Historia de la literatura del Perú republicano”. Y
mucho más en la introducción de El mundo
es ancho y ajeno, de Ciro Alegría, editado por la Biblioteca Ayacucho. Pero
en estas primeras líneas de Escribir luce
fatal.
II
Cornejo
mejora su perfomance en el primer capítulo sobre lo oral y lo escrito imbricados
en la tradición literaria peruana. Contrasta las diferentes versiones
aparecidas en las crónicas españolas sobre el encuentro entre Atahualpa y el
padre Valverde, punto de inicio del bilingüismo y la diglosia en
Hispanoamérica. Recuerda lo hecho por José Antonio del Busto en su Pizarro para desarmar la leyenda porcina
que recaía sobre el conquistador español, y fue diseminada malévolamente por el
cronista Francisco López de Gómara. Cornejo esmera su interés en el hecho del
libro como artefacto de incomunicación entre españoles e indios. Destaca el
hecho que pasa desapercibido en los análisis que, así como Atahualpa desconocía
la escritura (y de allí su perplejidad cuando le alcanzan la Biblia que no le
“decía” nada), los recién llegados, con Pizarro al mando, tampoco sabían leer. Uno
era ágrafo y el otro no podía leer en su propia lengua. Son interesantes las
comparaciones que hace de las versiones teatralizadas del encuentro de
Atahualpa y Pizarra. La oralidad versus la escritura. La incomprensión inicial
de dos culturas, la andina y la española que luego se fundirían en el Inca
Garcilaso de la Vega.
III
En Escribir en el aire (2003) hay una densidad,
cómo llamarla sin ofender demasiado, adormecedora. El crítico por momentos se
pierde en lo inextricable. (Tal vez encuentren claridad quienes conozcan su
jerga encriptada.) Puede “decirlo en grueso” –como acota por allí– para hacer
una economía de palabras, pero prefiere el lenguaje abstruso. Haciendo una
revisión de los capítulos siguientes, encontramos más de lo mismo. Eso nos
detiene en continuar. Borges sostenía que la lectura debe ser una forma de
felicidad y no una obligación.
Le hemos
hecho caso.