I
El escritor y la política
CUANDO TERMINÓ DE ESCRIBIRLO, sintió un espasmo de satisfacción y placer. Había pasado un año en Berlín dándole forma y expulsando la mala sensación de las elecciones que lo tuvieron como candidato. Al fin pudo decir lo que sentía en esas páginas, sin pedir permiso a asesores de prensa y a toda la ralea política que se alimentó durante meses de su imagen para llegar al parlamento. ¿Qué nombre le pondría? Se le ocurrieron varios, pero al final se quedó con uno: El pez en el agua. Parecía el más adecuado para reflejar la experiencia vivida hacía poco. ¿Acaso no había estado buceando en las aguas de la política en estos años? Luego de incrustar como epígrafe la cita de Max Weber, expresó: “Ya está”. “Hará las veces de tambor de guerra”, pensó. Antes de enviarlo a su editor, lo dedicó a cuatro amigos (Freddy Cooper, Miguel Cruchaga, Luis Miró Quesada y Fernando de Szyszlo). Todos ellos testigos, en tertulias y desvelos, de los buenos y malos momentos que pasaría en el Perú, cuando en 1987, y en contra de la opinión de su mujer, se lanzó al ruedo político para enfrentar a Alan García y sus intentos por estatizar la Banca. Aquella vez, recordó, en medio de los reflectores que lo alumbraban en el mitin de la plaza San Martín, su primera decepción en estos avatares. Uno de sus seguidores, Hernando de Soto, economista con nombre de conquistador –de quien, luego, se burlaría en su libro por su coqueto “de”–, estaba desertando. La víspera del mitin, De Soto se había entrevistado con García y, luego, fotografiado con él. Rememoró entonces lo que sus amigos le habían dicho: que éste no era un hombre en quien se podía confiar. Lejano había quedado el recuerdo del correcto organizador del Simposio sobre Desarrollo y Dependencia que, allá por 1981, había congregado a lo más graneado del pensamiento liberal. El historiador inglés Hugh Thomas, el economista Milton Friedman y De Soto estuvieron allí, para introducir las ideas de la libertad en la población. En su lugar ahora veía a un hombre ambiguo, dudoso. Se sentía defraudado. “¿Así era la política, entonces?”, meditó recordando a Zavalita, su alter ego en Conversación en la Catedral. Sí, así era Zavalita, ¿recién te das cuenta?
II
El Perú al pie del volcán
Sentado en el sofá de su sala bostoniana, Vargas
Llosa se había pasado varias horas respondiendo a César Hildebrandt. Nadie, a
excepción de él, su esposa y un grupo de amigos, sabía que estaba cobrándose
cuentas con esos políticos y sus formas de hacer política, que hacían del Perú
un país subdesarrollado, muy distante de los países que admiraba y le había
tocado vivir: Francia, Inglaterra, Alemania, Suiza y Estados Unidos. En el
Perú, nadie imaginó las dimensiones de la revancha escrita a la que había
llegado el novelista con su nuevo libro. Apenas se sabía, por retazos de
información que llegaban, que era un libro de memorias; las memorias de un
hombre, al decir del propio escritor, que estaba en la cincuentena. “No creo
que vaya a ser un libro que todos los peruanos aprueben”, le dijo a Hildebrandt
casi al final de la primera parte de la entrevista[1]. Y, en efecto, así ocurrió. El pez en el agua, desde que circuló, generó una oleada de opiniones,
dividiéndose los lectores entre los que estaban de acuerdo con lo expresado en
sus páginas y los que creían que se trataba de un texto salpicado de
resentimiento y odio en contra del Perú. El país todavía vivía la algarabía de
la captura de Abimael Guzmán, jefe de Partido Comunista Peruano Sendero
Luminoso y responsable intelectual de las miles de muertes acontecidas durante
la década anterior. La opinión pública había recuperado la confianza en el
Gobierno, las Fuerzas Armadas y la Policía Nacional. Entonces, ¿a qué venía
Vargas Llosa, desde su comodidad bostoniana, a aguar la fiesta a todos los
peruanos con su libro? Cuando salió a la venta El pez en el agua, con la foto del novelista en la tapa alzando los brazos
llenos de pica-pica, no faltaron los políticos que se apresuraron en pagar los
55 soles que costaban las 541 páginas de la primera edición. Querían saber,
movidos por la curiosidad, cómo Vargas Llosa los había retratado. Dos años
antes ya habían tenido una idea aproximada de lo que podía decir éste, a través
del hijo. Alvaro Vargas Llosa, el hijo mayor del escritor, se había adelantado
y publicado una extensa crónica sobre la campaña del 90, El diablo en campaña. Ya estaban, pues, alertados de lo que podía decir el padre.
Menuda sorpresa tendrían. Las intimidades de Belaunde, los retrasos del “Tucán”
Bedoya, las maquinaciones del tinglado electoral propio y ajeno, los malos
entendidos con los políticos del Fredemo, etc, todo saldría a la luz. Allí
estaban descritos con pelos y señales los malos hábitos de la politiquería criolla.
El escritor, fiel a sus demonios, los había puesto en evidencia frente a la
opinión pública. Había ventilado sus triquiñuelas políticas, sus ardides de
políticos de segunda clase y sus verdades de medio pelo. En suma, los había
desnudado en su pobreza y miseria moral.
III
Los críticos del pez
El primero que salió a replicar al escritor fue
Enrique Chirinos Soto. Tocado por su pluma, publicó un largo artículo en El Comercio, en el que buscó inicialmente coincidir, para
bajar el tono del asunto, con Vargas Llosa, respecto a sus preferencias
literarias por Rubén Darío[2]. Aturdido por la bombarda que le había caído al
leer El pez en el agua –y ver cómo había sido descrito por el escritor en las
reuniones del Fredemo, despertándose de su geológico sopor–, Chirinos se
apresuró en desenfundar lo mejor de su exquisita prosa para desmentir la
especie. Posteriormente aparecieron otras supuestas víctimas de la pluma vargasllosiana,
entre ellas, Héctor Cornejo Chávez, el más bilioso de todos. Retirado de la
política domestica, y casi olvidado por la opinión pública, Cornejo publicó un
par de artículos donde arrojó todo su odio a Vargas Llosa y de paso resaltar
las cualidades políticas de su adversario electoral, el “Chinito” Fujimori,
quien lo había derrotado dos años y medio atrás[3]. Tanta era su ira acumulada que, sin medirse,
repitió el mismo agravió que el general Luis Cisneros Vizquerra difundió contra
el escritor, cuando se publicó La ciudad y los perros: que había sido dado de baja del Colegio Militar Leoncio
Prado por homosexual. “¿Qué cosa tan horrenda debe haberle ocurrido en el
Colegio Militar Leoncio Prado –escribió– donde, según se nos dice, estudió....
o lo estudiaron a fondo, para que odie de esa manera al país que lo vio
nacer....?”[4]. Toda una bajeza, solo superada por Hernando de
Soto cuando en “Panorama”, el programa político más sintonizado de la
televisión peruana de aquel entonces, lanzó un sonoro “hijo de puta”, en
represalia por haberlo retratado en El pez en el agua como un amanerado. El escritor no respondió ni ésta ni
la otra la injuria. Un displicente silencio acompañó sus pensamientos.
IV
Diecisiete años después
Han pasado diecisiete años desde que salió
publicado El pez en el agua de Vargas Llosa y durante ese tiempo le han salido al
frente infinidad de artículos; unos para alabarlo y otros para reprocharlo
acremente. La crítica más frecuente ha sido la de que el escritor era un
resentido y hablaba mal del Perú. Sin embargo, el polvo ha cubierto las líneas
de sus detractores y El Pez en el agua se ha erigido como uno de los libros más importantes
que todo peruano debe leer para entender la idiosincracia de los peruanos, al
nivel –tal vez nos excedemos en la apreciación– de los 7 ensayos de Mariátegui y El Perú, un país adolescente de Luis Alberto Sánchez. Solo ha aparecido un crítico
en estos años que ha tenido una lectura aguda, pero en ciertos pasajes
arbitraria, del libro. Nos referimos a Herbert Morote y su VargasLlosa, tal cual (Jaime Campodónico/Editor, 1998) de lejos el único
trabajo orgánico de respuesta a lo escrito por Vargas Llosa en sus memorias. El
otro es el de Rafael Romero, Respuesta a Vargas Llosa (Editorial Juan Silva Santisteban, 2000), pero, a
diferencia de Morote que ha cuestionado detalles de la vida personal del
escritor, éste ha preferido refutar las ideas políticas de Vargas Llosa,
tomando algunas citas de El Pez. Podría incluirse en esta corta lista el libro de Jeff
Daeschner, La guerra del fin de la
democracia (Peru Reporting, 1993), con la salvedad de
que por aquel entonces este joven periodista utilizó párrafos de las memorias
de Vargas Llosa, publicadas en calidad de adelanto para una revista, para hacer
su análisis político del escritor. De lo anterior, se desprende que hace falta
una lectura desapasionada de El pez en el agua. Una lectura que permita a los peruanos del futuro entender
las claves del por qué un escritor peruano, en el mejor de sus momentos, decide
intervenir en la política nacional, y que, al mismo tiempo, sirva para
comprender mejor esta parte de nuestra historia republicana
Freddy Molina Casusol
Lima, 7 de agosto de 2010
[1] Ver entrevista en dos partes a Vargas Llosa, publicada en Diario uno los días 15 y 16 de noviembre de 1992.
[2] Ver “El pez fuera del agua”, Enrique Chirinos Soto. En El Comercio, martes 11 de mayo de 1993, A2.
[3] Ver “Y el chinito lo derrotó”, Héctor Cornejo Chávez. En La República, domingo 9 de mayo de 1993, p. 10; y “¿Qué hay detrás de la sonrisa...?”, Héctor Cornejo Chávez, en La República, domingo 16 de mayo de 1993, p. 10.
[4] Ver “Y el chinito lo derrotó”, Cornejo.

2 comentarios:
Muy interesante, gracias
Excelente artículo!!!
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