
ESPERÓ estar fuera del Perú para descubrir su escondida
aspereza en contra del escritor. Una vez en su tierra natal, y a salvo de los
posibles detractores que podrían haberle salido al frente en el país que lo
acogió durante casi una década, se desató; ensayó un sibilino análisis sobre la
personalidad política de Vargas Llosa. Algo había adelantado en nuestro país
mientras trabajaba en la revista Caretas,
cuando declaró que planeaba hacer una biografía política y literaria del
novelista arequipeño. Incluso había conversado con el novelista para poner en
marcha el proyecto. Pero le salió esto. José Rodríguez Elizondo, a diferencia
de su auscultado (a quien, justamente, le reprocha esa habilidad), fue
“político”. Se camufló entre los peruanos, vivió entre ellos y casi, casi, fue
visto como un connacional más. Sus dotes de analista político del escenario
internacional, le valieron para sobrevivir como periodista. No obstante, vistas
estas dotes a la luz de la distancia, y teniendo a mano los vídeos de Youtube
en donde se lo ve hablando sobre el Perú para la prensa de su país, uno no
puede dejar de pensar que no solo se prodigaba en analizar la coyuntura
extranjera, sino que, de pasada, se dedicaba a observarnos.

Rodríguez Elizondo es inteligente, pero no tanto. Las
costuras de su texto Vargas Llosa:
historia de un parricidio (1993), aparecido primero como artículo en “El
Mercurio” de Chile y luego en forma de librito, se notan. Rodríguez Elizondo
recuerda un poco al Herbert Morote de Vargas
Llosa tal cual. Pero es un poco burdo. Le recuerda al final de un capítulo,
en el que arma una vida paralela para enfrentarlo a Jean-Paul Sartre, su
maestro de juventud, y ante la falta de mayores argumentos, que era un
“dientón”.
¿Cuál es el leitmotiv que empuja a Rodríguez
Elizondo escribir de esta manera? Ensayemos algunas respuestas. Ellas están en
su propio trabajo. Vargas Llosa, dice, es un “ultra impune” y que esto se da
desde “su época de adhesión ‘ilimitada e intratable de la revolución cubana”
hasta “su época actual de prédica fervorosa del neoliberalismo de Von Hayek y
Friedman”.

“Neoliberalismo”, indica. Ese es el santo y seña usado
por la izquierda latinoamericana para descalificar a sus adversarios
ideológicos. A partir de esto, se puede colegir que a Rodríguez Elizondo lo que
le disgusta en el fondo es que Vargas Llosa sea un “neoliberal”. Eso es lo que
lo molesta. Apenas lo disimula con alguna elegancia. Para cumplir con su
cometido primero lo halaga y, luego, le asesta una estocada. Es así como
recuerda cuando Vargas Llosa lo recibió en su casa y que “hizo un gesto
complacido cuando le dije que La guerra del fin del mundo era el equivalente
literario de cualquier teoría general en el ámbito de las ciencias sociales”.
Pero después cambió. El escritor le hizo un desplante en relación al proyecto
de hacer su biografía política, entonces le recordó la vez que Belaunde no
aceptó sus condiciones para ser Premier. Rencoroso, pues.
Pero, en verdad, ¿Rodríguez
Elizondo se creía lo que le dijo a Vargas Llosa o estaba escenificando una
pieza de teatro que podría titularse “La zanahoria y el garrote”? La respuesta
es que no, no se lo creía. Tan es así que, repitiendo aquella vieja especie
lanzada por los enemigos del escritor, anotó: “Las intransigencias, peleas y
rabietas de Vargas Llosa (…) serían típicos recursos ‘marqueteros’, usados
primero para vender libros y, luego, para comprar votos”, dentro del contexto,
escribe, de “la doctrina libremercadista”. En otras palabras, el valor literario
de las obras del novelista peruano tiene poco valor en su propósito de ganar la
preferencia de los lectores. Allí sí su novelística no “era el equivalente
literario a cualquier teoría en el ámbito de las ciencias sociales”. Era una
más del montón que consume el demos en medio de escandaletes.

Pero Rodríguez Elizondo, pese a él mismo, no es del
todo burdo. Tiene sus aciertos. Sobre todo en el desempeño de Vargas Llosa en
la campaña electoral del 90. El escritor, efectivamente, se aisló, no tuvo una
comunicación adecuada con su electorado. Se encerró con el núcleo “duro”
–compuesto, fundamentalmente, por sus familiares más cercanos– y desoyó los
consejos de sus asesores británicos de imagen, como se puede leer en el libro
de su hijo Álvaro, El diablo en campaña. Vargas Llosa, pues, no es un político;
es un intelectual. Y eso no es un demérito como lo quiere presentar Elizondo.
Su estilo franco, abierto, colisiona con el lenguaje de los políticos en el que
los grises nunca terminan de ser blancos o negros. Y eso tampoco quiere
reconocer su criticado obsesionado en componer una frase ingeniosa para ganar
la ovación del respetable.

De otro lado, Elizondo opone a Vargas Llosa la figura
de su primer maestro, Sartre. Allí, utilizando sus propias palabras, desbarra.
Poco faltó para pedirle en ese capítulo –“Demoliendo padres”– que rechace, como
el francés, el premio Nobel de Literatura. Eso hubiera redondeado su análisis.
El detalle está que, a posteriori, el autor de La Nausea mandó a preguntar, muy discretamente, a la Academia Sueca
si todavía podía cobrar el monto del premio. Aunque esto siempre hubiera sido
mucho menos grave que lo que anteriormente le pidieron a Vargas Llosa: fingir
que donaba los 25.000 dólares del premio Rómulo Gallegos a la guerrilla del Che
Guevara, los cuales, por supuesto, les serían devueltos debajo de la mesa. Este
tipo de hechos no ha querido recordar Rodríguez Elizondo en su disección. Vaya
uno a saber por qué.
Para finalizar este comentario, uno podría dar por
medianamente acertados ciertos cuestionamientos de Elizondo sobre el actuar
político de Vargas Llosa. Por ejemplo, el de su adopción de la nacionalidad
española (doble nacionalidad, porque no renunció a ser peruano). Pero Rodríguez
Elizondo tiene el alma ganada por el rencor. Y eso se nota en todo el texto.
Todo el texto exuda ese aroma.
Freddy Molina Casusol
Lima, 11 de mayo del 2015
P.D. Muchos años después Rodríguez Elizondo se expresaría mejor del escritor peruano, así como también escribiría alguna nota elogiosa sobre su obra literaria. Ver
Entrevista a Rodríguez Elizondo en La República y
"Mario Vargas Llosa para cualquier verano".