Freddy Molina Casusol
Lima, 26 de agosto del 2013
martes, 27 de agosto de 2013
MEMORIAS DE UNA CANTANTE
miércoles, 21 de agosto de 2013
UN LIBRO DESMITIFICADOR
El “Che”, cuenta Franqui, siguiendo su ideario revolucionario consistente en incentivar al trabajador cubano con solo el estímulo moral (intentó suprimir el dinero para las transacciones comerciales), dispuso cuando fue ministro de Industria, por ejemplo, que el pescado capturado en las costas del país fuera a la capital, para de allí redistribuirlo. ¿Las consecuencias? Debido a la falta de un sistema de refrigeración adecuado retornaba en malas condiciones y no podía ser consumido por la población.
Por más que se le dijo que “las leyes de la guerra o de la lucha armada no son las de la paz ni las de la economía posible”, él persistió en el error. Nadie pudo hacerle entender a Guevara que no podía “negar el salario individual, el dinero, la mercancía y las necesidades materiales, y sustituirlos por estímulos morales y anónimos y colectivos”.
Cegado por su anteojera ideológica, anota Franqui, “odiaba el dinero, símbolo del capitalismo”.
Cuando fue retirado de su cargo de ministro, tras su rotundo fracaso como tal, optó por lo que se sentía preparado –hacer la lucha armada en otros países (tomó un avión y se fue al Africa sin despedirse de Fidel)–, en vez de quedarse como burócrata en un puesto del Estado, que era lo que le esperaba.
Desdeñoso con los que se le oponían (los llamaba “pequeños burgueses”), el “Che” Guevara vivía encerrado en sus dogmas ideológicos, que quiso trasladar a la sociedad cubana (militarización de los sindicatos, el hombre nuevo, el retorno a los orígenes del marxismo-leninismo, la necesidad de la revolución mundial, los estímulos morales, provenientes muchos de ellos, afirma Franqui, del troskismo) con resultados desastrosos para la economía de la isla.
Franqui, al escribir este libro, además de dejar un retrato de Guevara y del propio Castro en sus borracheras de poder (describe una escena donde el dictador cubano quiso desaguar el Mar Caribe del sur de Cuba para hacer un lago artificial, idea que quiso vender a unos capitalistas holandeses), ha recordado además sus encuentros con intelectuales como Sartre, a quien –por pedido de Fidel– invitó a La Habana, junto a Simone de Beauvoir, para que viera en la práctica cómo se hacía la Revolución.
Cuenta Franqui que el escritor y ensayista francés se quedó maravillado con lo que vio –su llegada coincidió con un carnaval–, con el reconocimiento popular de su figura –que nunca había sentido en su patria–. Sobre todo se mostraba entusiasta porque se tomaba en cuenta su idea de la “democracia directa”, concepto reflejado en sus escritos.
A pesar de ser advertido por el cubano que esto era momentáneo y se le expusiera muchos peros respecto al proceso cubano, Sartre mantuvo su entusiasmo (que le duro algunos años hasta que rompió con Fidel y Cuba por el caso Padilla).
En fin, el libro de Franqui, Cuba, la revolución: ¿mito o realidad?, que trae entre sus revelaciones lo que pasó con Huber Matos –a quien mandó al encierro por conspirador, cuando en realidad lo que había ocurrido es que Matos estaba en desacuerdo con la infiltración comunista en el Ejército–, es un libro desmitificador. Es un libro que podrá leer con placer quien gusta leer con ojos abiertos la historia: con el placer de los que buscan la verdad en ella.
Freddy Molina Casusol
Lima, 21 de agosto del 2013
jueves, 8 de agosto de 2013
UNA PASIÓN ARROLLADORA, LAS CARTAS DE MANUELITA SÁENZ Y SIMÓN BOLÍVAR
Una mujer brava
Manuelita Sáenz, la quiteña que domesticó el
corazón del Libertador, la amante que traspiraba en la piel de Bolívar, era una
mujer brava. Eso el mismo libertador lo cuenta en un testimonio recogido por su
secretario Perú de Lacroix cuando, en alguna oportunidad, ella halló la prueba
de su infidelidad: «Ella encontró un arete de filigrana debajo de las sábanas,
y fue un verdadero infierno. Me atacó como un ocelote, por todos los flancos;
me arañó el rostro y el pecho, me mordió fieramente las orejas y el pecho, y
casi me mutila. Yo no atinaba cuál era la causa o argumentos de su odio en esos
momentos y, porfiadamente, me laceraba con esos dientes que yo también odiaba
en esa ocasión. Pero tenía ella razón: yo había faltado a la fidelidad jurada,
y merecía castigo. Me calmé y relajé mis ánimos y cuando se dio cuenta de que
yo no oponía resistencia, se levantó pálida, sudorosa, con la boca
ensangrentada y mirándome me dijo: “¡Ninguna, oiga bien eso señor, que para eso
tiene oídos: ninguna perra va a volver a dormir con usted en mi cama
(enseñándome el arete)! No porque usted lo admita, tampoco porque se lo
ofrezcan. Se vistió y se fue.”»
Así era Manuelita de posesiva con el objeto de su
deseo.
La bella y el señor
“Mi bella Manuelita”, “Mi adorada”, “Mi
benevolente y hermosa”, así adornaba el Libertador los encabezados de sus
cartas a la Sáenz. Ella, por su parte, le respondía con un formal “Muy señor
mío” o “Simón, mi hombre amado”.
Se escribían desde distantes lugares. Chuquisaca,
Huamachuco, Huaraz, Huancayo, Pucará, Cusco, Potosí, Lima, Arequipa y Bogotá,
fueron testigos de esa pasión desbordada. Mentalmente vivían encadenados uno al
otro. Y cada sablazo por la liberación de América (Bolívar la nombró Capitán de
Húsares y luego, a pedido de José Antonio de Sucre, Coronel) era, literalmente,
un sablazo de amor que compartían luego ellos en la cama.
Pero, ¿cómo se conocieron? En su diario la propia
Manuelita Sáenz lo evoca. Fue un 16 de junio del año 1822, en la ciudad de
Quito, ciudad en la que el Libertador hizo una entrada triunfal. La Sáenz ese
día, cuenta, que en un arranque de emoción arrojó un ramo de flores, con la
intención de que cayera al frente del caballo de Bolívar; pero la fortuna hizo
que golpeara el pecho de este. Él, en lugar de molestarse, fijó la vista en
ella y la saludó con el sombrero pavonado que tenía en la mano, provocando la
envidia de todos los presentes, entre estos sus familiares y amigos. Esa noche,
en un baile que se dio en su honor, y al cual ella había asistido, él la
reconoció y le dijo: “Mi estimada señora, ¡Si es usted la bella dama que ha
incendiado mi corazón al tocar mi pecho con su corona! Si todos mis soldados
tuvieran su puntería, yo habría ganado todas las batallas”. Toda la galantería
de Bolívar estuvo condensada en ese cumplido.
Por supuesto, Manuela quedó prendada de él y ató
su destino con la causa de América que enarbolaba Bolívar.
Amiga, compañera y amante
Manuelita Sáenz, a partir de entonces, fue su
amiga, su compañera y su amante. Secundaba los más caros proyectos de Bolívar
en tierras americanas y lo protegía de la perfidia de sus adversarios. Uno de
ellos, para la Sáenz, fue Francisco de Paula Santander, a quien señaló como el
jefe de una conspiración para acabar con la vida del Libertador.
Pero, ¿qué fue ella para Bolívar? La propia
Manuelita lo cuenta: “Un amigo muy querido me preguntó qué había sido yo para
el Libertador: ¿una amiga? Lo fui como la que más, con veneración, con mi vida
misma. ¿Una amante? Él lo merecía y yo lo deseaba y con más ardor, ansiedad y
descaro que cualquier mujer adore a un hombre como él. ¿Una compañera? Yo
estaba cerca de él, apoyando sus ideas y decisiones y desvelos, más, mucho más
que sus oficiales y sus raudos lanceros”.
Estas cartas de amor entre Manuelita y Simón nos
develan este misterio. El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y
la Editorial El perro y la rana han tenido a bien lanzar una edición
extraordinaria de medio millón de ejemplares de Las más hermosas cartas de amor entre Manuela y Simón (2010), uno de los cuales ha llegado, viajando de aquí
a allá y yendo, con seguridad, de dueño en dueño, a un puesto de libros viejos
en el centro de Lima, donde lo hemos adquirido. Un feliz acontecimiento que
ahora como devoto lector de este epistolario deseo celebrar.
Freddy
Molina Casusol
Lima, 8 de agosto del 2013
LAS MEMORIAS DE UN RECTOR
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