
La
‘mismisidad’ (opuesta a la otredad, desde el lugar del otro), nos dice Fernández Retamar, no significa empezar de cero. Es
reconocer que formamos parte de una tradición occidental, “que es también nuestra tradición, pero en
relación con la cual debemos señalar nuestras diferencias específicas”[1]. Y
para lo cual, anota el cubano, ya existen aportes como los de Mariátegui, Pedro
Henríquez Ureña y el chileno Felix Martínez Bonati (cuyo libro, La estructura de la obra literaria,
destaca, sea “probablemente la única teoría literaria completa escrita en
Hispanoamerica”), entre otros. El escritor uruguayo Benedetti, citado por
Fernández, lo dice de otra forma: “¿Debe la literatura latinoamericana, en su
momento de mayor eclosión someterse mansamente a los canones de una literatura
de formidable eclosión [la de la Europa occidental], pero que hoy pasa por un
período de fatiga y de crisis… ¿Debe considerarse la crítica estructuralista
como el dictamen inapelable de nuestras
letras? ¿O, por el contrario, junto a nuestros poetas y narradores, debemos
crear también nuestro propio enfoque crítico, nuestros propios modos de
investigación, nuestra valoración con signo particular, salidos de nuestras
condiciones, de nuestras necesidades, de nuestro interés?”[2].
Lo
que nos dicen Fernández Retamar y Benedetti, es que debemos tener nuestros
propios Saussure, Jakobson, Bally o sus epígonos más actuales. Que el
eurocentrismo en el cual aún orbitamos en nuestras artes (en las llamadas perfomances, por ejemplo) y los estudios
literarios, debe ser superado con un corpus crítico propio. Se vive
espiritualmente sometido y tenemos, como diría Fromm, miedo a la libertad.
De
allí la valoración al crítico cubano Fernández Retamar en estas líneas: la de
pensar por sí mismo y no con la cabeza de otro. Tal vez eso nos falte todavía para
alcanzar la mayoría de edad en el estudio de nuestras letras.
Freddy
Molina Casusol
Lima, 26 de febrero del 2017