martes, 7 de abril de 2015

UN TIEMPO YA IDO: “AQUELLOS AÑOS DEL BOOM”

Muy superior, en el tratamiento, a la biografía de Vargas Llosa escrita por J.J. Armas Marcelo, Vargas Llosa, el vicio de escribir, en la que de lejos se puede notar que el biógrafo se deja eclipsar por el aura de su biografiado, y en parte emparentado (los dos, por cierto, son periodistas culturales), en el propósito de agotar todas las fuentes posibles, con el de Eligio García Márquez (Las claves de Melquíades. Historia de cien años de soledad), el libro de Xavi Ayén, Aquellos años del boom, cubre, desde la esfera periodística, esos vacíos de información que existían sobre la historia del boom (apenas pergeñado por José Donoso en su Historia personal del boom, libro que le sirve de inspiración). Ayén logra organizar una ingente cantidad de materiales dispersos, a los que suma una serie de testimonios de primera mano de sus protagonistas, ofreciendo una visión de conjunto necesaria, indispensable, para entender esa eclosión literaria que tuvo lugar en Barcelona entre 1967 y 1976, llamada “el boom de la literatura latinoamericana”. La visión del periodista ha apuntado por el lado de la anécdota y la revisión de cartas (en la que ha sido pródigo para felicidad de los lectores), y no por el lado del análisis textual de la obra de los integrantes del boom pues entendió que esa no era su tarea (la cual, de sobra, ha sido cubierta, desde la crítica literaria, por académicos como Luis Harss en Los nuestros o Emir Rodríguez Monegal en El boom de la novela latinoamericana).

Sobre el libro

Carlos Barral
El libro de Ayén es un libro nostálgico, de un tiempo ya ido, de escritores –como Julio Cortázar y Gabriel García Márquez– que ya no están. (La vez pasada le decía a un amigo cuán afortunada había sido nuestra generación que esperaba en un lapso corto de tiempo la publicación de una nueva novela de los monstruos de la literatura latinoamericana. “¿Qué novela nueva ha publicado Vargas Llosa? ¿Y Fuentes? ¿Y Cortázar? ¿Cuál es la última de Gabo o Sabato?”, era el retintín). También es un libro de las incorrecciones de los editores, por decir lo menos, como las de López Llausàs de Sudamericana –que reconoció la diferencia existente entre la liquidación de las regalías y la cifras de ventas consignada en 1973 de las ediciones de García Márquez– o las de Carlos Barral, quien, con todos los méritos que tenía como descubridor de un escritor como Vargas Llosa, establecía, como él mismo confiesa, “contratos leoninos” con los autores que contactaba. (Triquiñuelas y ardides que servían para morder más del bolsillo de los escritores a su cargo). Y también de agentes literarias como Carmen Ballcels que defendía como una leona los intereses de “sus” escritores, colocando en las mejores condiciones económicas las traducciones y reediciones de sus obras en el mercado editorial, obteniendo con ello que estos puedan vivir con cierta holgura de la literatura que producían.


Sobre el boom
“El contexto en que el boom se produce –dice Vargas Llosa en el libro– es el de la mitificación de la Revolución cubana, el endiosamiento del Che Guevara y el descubrimiento del tercer mundo. Por primera vez, la izquierda europea se identifica con la suerte de los países pobres, ve más allá de la clase trabajadora del mundo rico”[1]. El escritor español Juan Benet, entrevistado por Fernando Tola y Patricia Grieve para el libro Los españoles y el boom, expresa que es muy fácil establecer conexiones entre el boom de la literatura latinoamericana y la revolución cubana. De hecho, rechaza tal conexión (no el contexto), acusándola de falta de rigor[2]. Una obra como La ciudad y los perros, pensamos, si bien es cierto no surge fuera de un contexto político y social que la influye, tampoco menos cierto es que ella parte de una razón individual que empuja su nacimiento, y que esta muchas veces emerge de una manera consistente y profunda de la mente de su creador, prescindiendo del entorno o compromiso social que la quiera atenazar. En ese sentido, declaraciones como las de Benet: “De que el Ché Guevara se batiera al cobre en las sierras aquéllas [las cubanas en la época de Batista], no resulta un escritor colombiano, que escribe en Barcelona, que se exiló en México…”[3] en alusión a García Márquez, son atinadas en cuanto a que el proceso de creación, en relación a los puntos de referencia: el boom y la revolución cubana, va por cuerdas separadas respecto al tema de la escritura, por ejemplo, de una novela como Cien años de soledad y lo acontecido en la isla, pero estas convergen perfectamente para la propagación del fenómeno por América Latina.

¿Qué significó el boom para los españoles afincados en la península ibérica? Significó una intromisión en su territorio literario pues, antes de eso, veían, en palabras de Barral, a los latinoamericanos como monos colgados de un cocotero. La aparición primera de un Vargas Llosa y, luego, de un García Márquez significó una revolución lingüística del castellano que fue apreciada por el lector en español que vio en las obras de estos –y en las que siguieron– una superación de la árida novelística española. Esa incursión de escritores como los anteriores –Cortázar, Sabato o Cabrera Infante– fue vista como una conquista a través de las palabras de un mundo que en otro tiempo se había valido de la espada para imponer su lengua y sus costumbres en América. Ahora esa lengua –rechazada, en primera instancia, por Atahualpa– les era devuelta enriquecida, con un uso magistral que convertía a sus otrora maestros en desconcertados discípulos. El español García Hortelano lo dijo: “En broma, yo digo que es la contrainvasión, la contraconquista, y así como hace unos siglos os conquistamos y os fastidiamos, ahora vosotros nos reconquistáis y nos refastidiáis”[4].

García Máquez y Carmen Ballcells
Foto: El Universal (20 de nov. 2011)
¿Fue el boom una operación comercial maquinada por los editores para obtener pingües ganancias con las novelas de los escritores latinoamericanos? Ayén lo ve así: “En el proceso de elaboración de este libro he encontrado a gente convencida de que el boom fue una operación de marketing, una gigantesca manipulación urdida para vender libro. Es un argumento arriesgado. El boom existió porque no hay estrategia de mercado capaz de sostener semejante explosión de ventas en todo el mundo, de autores, además, diversos y con un público internacional no conocido hasta entonces. Por eso nadie habla del boom de los autores eslavos o del boom de la narrativa francesa de la misma época. El de los latinoamericanos fue un estallido imprevisto que alteró la geopolítica de las letras mundiales. En última instancia son los lectores quienes crean el boom”[5]. Carmen Balcells, la agente literaria de Vargas Llosa y García Márquez, en una entrevista admitió sincera: “Aquello [el boom] era un lobby, que tiene que ver con el poder literario. Con vender, ¿comprende? Vender.”[6]

Punto final

El libro de Ayén es un ejemplar trabajo de investigación periodística y, al mismo tiempo, un compendio de confidencias y revelaciones –como las de García Márquez y Vargas Llosa en torno al incidente de 1976–, que tiene puntos de conexión con el libro de los profesores Ángel Esteban y Ana Gallego, De Gabo a Mario, pero superándolo. De reconstrucción de una época y de sus mujeres –como Beatriz de Moura–. Una biografía de conjunto sólida que penetra en la intimidad de los miembros del boom, a los que desacraliza y vuelve más humanos, más cercanos a nosotros los individuos de a pie. Un libro admirable que, por su empeño y perseverancia, todo periodista cultural debería leer.

Freddy Molina Casusol
Lima, 7 de abril del 2015



[1] Ver Aquellos años del boom, Xavi Ayén, RBA, 2014, p.  353.
[2] Ver Los españoles y el boom, Fernando Tola de Habich y Patricia Grieve, Editorial Tiempo Nuevo, 1971, p. 30.
[3] Ibíd.
[4] Entrevista de Federico Campbell a Juan García Hortelano, en Aquellos años del boom, p. 539.
[5] Ver Aquellos años del boom, p. 511.
[6] Ver entrevista de Xavi a Carmen Ballcells, “El boom se inventó para vender, no es un club de amigos”, 22 de abril del 2010.

miércoles, 18 de febrero de 2015

LA TELEVISIÓN “BASURA” Y UNA MARCHA

Convocada por colectivos juveniles –que buscan recoger la oleada exitosa de las jornadas de protesta en contra de la Ley de Reforma del Trabajo Juvenil que condujo a su derogación–, a los que se ha plegado el Colegio de Periodistas de Lima, se está organizando en la capital, para fin de mes, una marcha que, según sus promotores, busca movilizar miles de personas en contra de la denominada “televisión basura”.
Los más enconados opositores a los reality shows al estilo Magaly, programas de competencia como Esto es guerra, Combate y Bienvenida la tarde, reclaman la erradicación de estos por considerar que sus contenidos nocivos alientan el morbo, el chisme, además de atentar contra la moral. Los menos iracundos exigen que solo se cumpla el Horario de Protección al Menor, esto es que entre las 6 a.m. y las 10 p.m. no se propale por la pantalla contenidos violentos, desnudos o imágenes que atenten contra el pudor.
El argumento de los segundos es perfectamente atendible. En cambio, el de los primeros encierra, como en un caballo de Troya, la semilla del autoritarismo y la censura.
“Más cultura en la televisión peruana”, reclaman. Pero olvidan que hay una oferta cultural en el canal del estado. Muy pocos lo ven. ¿Por qué? Debe haber una explicación.
Si hay un sector de la población –identificado objetivamente por jóvenes– que gusta de programas de competencia como Esto es guerra, Combate, Bienvenida la tarde y otro que gusta sintonizar Magaly, ¿se les debe impedir su consumo porque un sector de la población lo considera “basura”? ¿Y cómo queda el otro que los ve como “entretenimiento”?
Si por un momento se cumplieran los mejores deseos de los impugnadores de la llamada “televisión basura” y se dejaran de emitir estos programas, ¿no seguiría subsistiendo el problema, encontrándose sino solo una salida epidérmica al mismo?
Y si tuviera, a rajatabla, que cumplirse la exigencia de una televisión que coadyuve a la formación moral de la familia peruana, ¿cuál enfoque moral se aplicaría como modelo?
¿La moral cristiana o la moral del Che Guevara serían idóneas para nuestros jóvenes peruanos? ¿O quizás la del capitalismo libertario de Ayn Rand (con mucha aceptación en la juventud norteamericana) o la del anarquismo sin dios de Bakunin (muy popular entre los jóvenes del jirón Quilca) sería la mejor?
Por otra parte, ¿no tienen derecho de ciudadanía los programas antes mencionados como lo tuvo Charlie Hebdo en Francia cuyas caricaturas mostrando en situaciones obscenas a Mahoma encendieron la ira de los defensores de la moral musulmana?
¿No se optó en ese caso por la libertad de expresión que la censura?
Particularmente pienso que series como Los Simpsons, por sus contenidos disfuncionales –los cuales reflejan lo enferma que está la sociedad norteamericana–, merecen ser calificadas como “basura”; sin embargo, hace pocos días me sorprendió que un sector de bolivianos marchara por las calles de la Paz reclamando su reposición en la programación ¿Qué hace que lo que para mí sea “basura” para los bolivianos no?
Hay televisión “basura” porque hay televidentes ávidos de estos contenidos, como hay comida “chatarra” porque existe un público con estómago “chatarra”. Ninguna ley venida de arriba lo va a cambiar.
Al propugnar el cierre de este tipo de programas lo que se está haciendo es quitarle un bulto al Estado –que tiene como una de sus funciones principales, aparte de la salud, la educación–. ¿Cuál sería la salida, entonces? Mejorar la calidad educativa de los sectores D y E –que son masivos, porque el A, que también los consume y tiene mejor educación, no le da muchos espectadores –, así se le quitaría la base social a estos programas. Es un trabajo de largo aliento, pero más seguro y confiable.
Es positivo que un sector de la población ejerza su derecho a la protesta frente a programas que consideran perniciosos y de dudosa calidad televisiva. El temor es que esto sea desbordado y conduzca a un recorte de la libertad de expresión o se empuje progresivamente a una intervención estatal en los medios de comunicación.
De ser así, los que hoy permanecemos al margen tendremos que salir a marchar en el futuro para recuperar lo que otros se empecinan en perder.

Freddy Molina Casusol
Lima, 18 de febrero del 2015

miércoles, 11 de febrero de 2015

LA PASIÓN DE ELIGIO

YA NO RECUERDO quién me habló de Eligio García Márquez. Lo que recuerdo fue que me dijeron: “Léelo”. La vez pasada, con la garganta atravesada por el dolor de una gripe veraniega, estuve merodeando en esa maravilla del caos y del azar que es la feria del libro del jirón Amazonas en el centro de Lima, cuando, doblando una esquina y fijando la vista a poca distancia, distinguí un libro colorido, de fondo violeta, en la parte de abajo de un stand y en medio de otros tantos que no capturaron mi atención. Todavía con la garganta que me ardía de dolor lo levanté. Tras las claves de Melquiades. Historia de cien años de soledad, decía. Autor: Eligio García Márquez. De inmediato mi entusiasmo se disparó por dos razones: porque el título prometía y porque lo escribía el autor de quien ya me habían hablado pero no recuerdo quién. Me puse a revisarlo como lo hacen los lectores profesionales: el arranque, las páginas de en medio y el remate final. Luego, no lo pensé dos veces, lo compré casi sin regatear el precio.

Con mi joya en la mano y con la garganta que me ardía como los mil diablos, fui a un lugar para leerlo con calma. Tras descartar varios lugares por considerarlos inadecuados, me metí a un chifa –vaya lugar que escogí–, pedí una infusión y rogué que nadie me molestara con un “cómpreme un caramelo o una barra de chocolate”.


La última vez que me quedé hipnotizado leyendo un libro fue en mi adolescencia. Tendría diecisiete años cuando cayó en mis manos Un mundo para Julius de Alfredo Bryce. Recuerdo que desde el momento que posé los ojos en la primera línea no paré hasta el amanecer. La novela me había hecho olvidar el tiempo, las horas pasaban y ya no distinguía el día de la noche. La acabé en la madrugada con la sensación feliz de haber tenido una experiencia sin igual. Solo interrumpí la lectura para pedirle a mi madre algo para tomar. Ella me instaba a cenar, pero yo no quería. No quería que el momento que estaba viviendo se fuera. Esa misma sensación la sentí cuando estaba leyendo el libro de Eligio García Márquez. De pronto el tiempo desapareció, y los comensales apenas eran percibidos por mí por el ruido sordo que hacían al momento de comer; todo se había extinguido, el único movimiento que percibía era el de mi mano estirada recogiendo los caramelos.

El haz de luz amarilla proyectada sobre la mesa, mi único acompañante, formaba en el vidrio que lo cubría un círculo concéntrico. Lo demás había quedado eclipsado.

Las primeras cien páginas fueron arrolladoras. Entonces, pensé, era verdad lo que me habían dicho, Eligio García Márquez merecía ser leído. Pero quién iba a pensar que el hermano menor de Gabriel García Márquez hubiera sido capaz de auscultar así la obra de su hermano. Lo que me llamaba la atención, mientras devoraba página tras página, era que hubiera estado en la sombra. No había escuchado a ningún crítico nacional o foráneo mencionar que existía un trabajo que pacientemente desmontara las fuentes de creación literaria de Cien años de soledad. El esfuerzo del hermano menor de García Márquez, en cuanto a ambición por abarcar la totalidad del espectro, es equiparable al de Vargas Llosa con su García Márquez. Historia de un deicidio. Es más, me atrevería a decir que para entender a García Márquez, hay que leer obligadamente los estudios de ambos (así como las compilaciones de Juan Gustavo Cobo Borda, El arte de leer a García Márquez y Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra, entre otros). Pues, mientras uno penetra en los entresijos de la ficción, el otro hurga, en forma de un gran reportaje periodístico, en las fuentes orales y escritas, cotejando los datos y enderezando las fechas que forman parte de la novela.

Eligio García Márquez, desde hacía mucho tiempo atrás, tenía el propósito de sino biografiar a su hermano, seguir la pista de su famosa obra, Cien años de soledad. Eso, al parecer, lo obsesionaba. En 1996, para el libro de Silvia Galvis, Los García Márquez, declaró: “Uno de los sueños de mi vida ha sido escribir un libro, no sobre Gabito, sino sobre Cien años de soledad en Colombia y en América Latina. Quiero reconstruir la cantidad de circunstancias que se cruzaron para que se diera ese azar preciso que fue Cien años de soledad. Me llama la atención saber por qué García Márquez empezó a escribir el libro en Barranquilla y no siguió. Por qué luego de muchas vueltas, de repente, lo hizo; quiero reconstruir las condiciones en que lo escribió y las circunstancias que existían en el momento en que la novela apareció, es decir, en el momento exacto del boom (…) mi idea es hacer la génesis de la novela, donde el personaje no sería Gabito, sino el libro.” Y vaya, hizo realidad su sueño cinco años después, el 2001, en Tras las claves de Melquíades. Historia de cien años de soledad. Un libro donde libera a los fantasmas que lo asediaban.

Uno de los aspectos que más me gustó del trabajo de don Eligio, fueron los pormenores del lanzamiento de Cien años de soledad y el papel que le cupo al libro de Luis Haars, Los nuestros, para el conocimiento de la obra iniciática de García Márquez –así como del adelanto de varias partes de la trama–. Eso para mí era una novedad. No lo había leído en ninguna parte. Por lo menos con los detalles y la emoción que imprime el autor en su texto, en ningún lado. Él hace partícipe al lector del acontecimiento. Lo involucra. Resulta emocionante saber que, en una especie de cadena humana que los vinculó, Haars es conducido por Cortázar a Vargas Llosa y García Márquez comparece ante él gracias a Carlos Fuentes. Del mismo modo cómo certifica, anotando las publicaciones, la influencia de Faulkner, Sófocles y Virginia Woolf en Cien años de soledad. Una delicia conocer estos detalles.

Cuando acabé las primeras cien páginas, en una lectura casi ininterrumpida –solo detenida para enviarle un mensaje de texto a una amiga contándole mi entusiasmo por el hallazgo– ya era muy tarde. Casi había consumido todos los caramelos de limón que había puesto en la mesa. Salí del chifa con la garganta todavía adolorida y la vista embotada por el esfuerzo, y con una serie de ideas que orbitaban a mi alrededor, pero estaba contento. Había sido una lectura provechosa. Ya en casa, tumbado en el sofá, degusté el resto. Y como al inicio, cada descubrimiento fue un gozo.

Por último: ¿Y por qué tituló Eligio García Márquez su libro Tras las claves de Melquíades? Eso lo tendrá que descubrir el propio lector leyéndolo. No se defraudará, se lo aseguro: está cargado de pasión.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 11 de febrero del 2015

miércoles, 24 de diciembre de 2014

SENDERO LUMINOSO EN SAN MARCOS DE LOS OCHENTA. Un testimonio personal

EN EL CENTRO: Mirando a César Lévano.
Foto: Ernesto Jiménez

Por:
Freddy Molina Casusol

LOS OCHENTA en San Marcos estuvieron divididos en dos períodos: del 80 al 85 (año en que yo ingresé) y del 86 al 89. Del primer período no puedo decir mucho porque no lo viví; lo que sí puedo decir es que hubo, según algunos estudiantes de la época, intensa actividad política y cultural, en especial en el patio de Letras que recibía grupos de música y teatro o, en su defecto, recitales de poesía, eventos que le daban mucho color y vida a la Facultad. A esos años corresponden esas fotos que de cuando en cuando aparecen por allí para dar cuenta que Javier Diez Canseco tuvo, alguna vez, tribuna para hablar en nombre de IU en San Marcos. Lo que vivimos nosotros fueron rezagos de esos tiempos. Del segundo período puedo decir que fue el momento más difícil para la universidad. Sendero hacía actividad abierta dentro de ella. Tan es así que el vicepresidente de la República, Luis Alberto Sánchez, decía que la universidad era una mata de Sendero, lo cual, viniendo de él, sonaba a una amenaza de intervención –la cual se concretó en febrero del 87–.


Atentado contra García Rada
Visión Peruana, 25 de abril de 1985

Si el 80 fue el inicio de la guerra popular, el 86 fue el inicio de la escalada de violencia senderista en diferentes partes del país. El 18 de junio de ese año, los presos de Sendero se amotinaron en tres penales de la capital –El Frontón, Lurigancho y Santa Bárbara–. Las noticias de la rebelión de los presos senderistas llegaron a San Marcos. Y la verdad, aunque ahora muchos lo quieran negar, era que los querían ver varios metros bajo tierra. Todavía estaba en la memoria de la gente el atentado contra el presidente del Jurado Nacional de Elecciones, Domingo García Rada, el año anterior –le metieron un balazo en la cabeza–.


Libro de la época
denunciando lo ocurrido en los penales

Cuando llegó al patio de Letras la información del bombardeo del penal El Frontón –que nos parecía escuchar a la distancia–, recuerdo haber escuchado por lo menos a uno decir: “Que los maten” (Hubo 248 ejecuciones extrajudiciales, hecho que provocó que el escritor Mario Vargas Llosa dirigiera una carta abierta a Alan García con el título de “Una montaña de cadáveres”). Ese mismo día o al día siguiente, una columna de Sendero, haciendo vivas a las “luminosas trincheras de lucha”, la guerra popular y al “Día de la heroicidad” –nombre con el que bautizaron ese día para recordar a sus compañeros muertos en los penales–, subía por la rampa de la Facultad que conducía a Educación y Psicología. Era impresionante, la columna senderista se desplazaba como una serpiente piso por piso; no terminaba aún de bajar y la cabeza ya se enroscaba con la cola.


Caretas (1987)

No fue la única vez. En 1987, por el Día de la heroicidad, creo, Sendero desplegó a lo ancho y largo de la pared lateral del edificio de Administración, colindante con el Bosquecito de Letras, una inmensa bandera con sus colores, el rojo de fondo y el dorado con la hoz y el martillo. Al pie de la bandera había un estrado. Esa vez habían organizado un acto cultural y, con esos faroles direccionando la luz, el resplandor de esa bandera se veía con más intensidad en la oscuridad de la noche. Alguno de sus militantes había ordenado a los trabajadores que apaguen las luces de la Ciudad y toda ella quedó en tinieblas. Desde la Facultad, en penumbras, muchos nos guiamos a tientas por las escaleras para alcanzar el tercer piso de Psicología y contemplar el espectáculo. Era imponente. Pensamos que en cualquier momento iba a entrar la policía o las Fuerzas Armadas para interrumpirlo, pero no pasó nada. A los pocos días, la revista Caretas publicó en su portada "Show terruco en el proscenio de San Marcos". 


SAN MARCOS da a conocer
su posición frente a intervención

En el análisis de Sendero no cabía la posibilidad de que el gobierno ingresara a los recintos universitarios donde parte de su militancia se encontraba infiltrada. Lo que esperaba es que el gobierno se mantuviera inerte, temeroso de las protestas que le caerían encima en caso que la policía o el ejército osaran violentar la autonomía de los claustros universitarios. Para Sendero la situación era perfecta: las universidades –y los estudiantes– les servían de escudo en sus planes globales de conquistar el poder. Pero los cálculos no le funcionaron la madrugada del 13 de febrero de 1987. Esa noche el gobierno intervino tres universidades donde se sospechaba había presencia subversiva: San Marcos, la UNI y La Cantuta. Hubo 793 detenidos –entre ellos veinte docentes–.


La República, 16 de febrero de 1987

Se cometió abusos, como usualmente ocurre en este tipo de operaciones donde la brutalidad le da una patada a la inteligencia: en San Marcos, mataron a Enrique Pacheco Tenorio, guardián del Centro Médico; a un alumno se le introdujo una “pata de cabra” en el recto; y a un número indeterminado de estudiantes los llevaron al Estadio Olímpico y los vejaron; además hubo una serie de destrozos que dejaron a la universidad más derruida de lo que estaba. Según un testimonio recogido por La Gaceta Sanmarquina de ese mes, un(a) estudiante declaró que “cuando se fueron los policías nos dimos con la sorpresa que no se habían llevado a todos, con algunos compañeros coincidimos en que, primero, habían escogido algunos cuartos y, luego, rompieron todas las puertas; un compañero de otro cuarto dijo que había visto a uno de los oficiales con una lista de nombres y números de cuarto previamente seleccionados”. El rector de San Marcos, Campos Rey de Castro, denunció en el programa conducido por Hildebrandt, “En Persona”, los abusos cometidos por las fuerzas policiales; el rector de La Cantuta, Melciades Hidalgo, curiosamente dijo que si se lo hubiesen consultado, él hubiera autorizado el ingreso; y el rector de la UNI, José Ignacio López Soria, declaró que se había entrado a un proceso de “militarización y fascistización del país” (Caretas, No. 492).


Marcha senderista en San Marcos
Foto: El diario (24/07/88)

¿Era necesaria la intervención? Es una pregunta un poco complicada de responder. De hecho, se había violado la autonomía universitaria (solo podía ingresar la policía con orden expresa del rector). Pero habría que precisar qué se entendía por autonomía: si era para defender el derecho de la universidad para autogobernarse, ejercer la libertad de cátedra y todo lo que implicaba el espectro académico; o si se la entendía como extraterritorialidad, como un Estado dentro de otro Estado o embajada en un país extranjero.


El "Che" caído
Caretas, Febrero de 1987

La intervención del 13 de febrero de 1987 fue muy triste, muy dolorosa para los sanmarquinos de la época. Recuerdo que cuando fui a la Ciudad, un grupo de estudiantes se había congregado alrededor de la estatua del “Che” que yacía caída en el suelo; otros, airados, gritaban contra el gobierno. Y en la vivienda se podía apreciar los estragos que había dejado la policía a su paso. Como era de esperarse, el alumnado salió a las calles los días subsiguientes en movilizaciones de protesta que llegaban al centro de Lima (yo fui detenido, con dos amigos, camino a una de ellas. Dos días estuve en una carceleta de Seguridad de Estado, hasta que fui liberado unos minutos antes de que estallara un coche bomba a espaldas de la Prefectura donde quedaba ella) ¿Los resultados de la intervención? Se encontraron 6 revólveres, bombas caseras, una metralleta policial y abundante folletería y propaganda del MRTA –la del “negro” León Joya se podía apreciar– y banderas de Sendero. Lo discutible de esta requisa es que se mostrara todo esto a las cámaras de televisión al lado de obras de Lenin, Mariátegui y Marx, a los cuales dudosamente se les podía condenar al exilio intelectual. Eso sí –y los rectores de las tres universidades intervenidas debían una explicación–: ¿Qué hacían 50 requisitoriados y “de ellos sólo 6 por causas del terrorismo” en los recintos universitarios (información tomada de las declaraciones del senador Enrique Bernales al diario La República, 16 de febrero de 1987)  ¿Cómo podía justificarse esa presencia? Finalmente, cuál fue la actitud de Sendero tras la intervención? Se replegó, solo por un tiempo.


La "Entrevista del siglo"
El diario, 24 de julio de 1988

1988. Asumo una de las principales representaciones estudiantiles de Letras (Consejo de Facultad). Ese año Sendero rompe su silencio y El diario, su vocero periodístico, publica una larga entrevista a su líder, Abimael Guzmán Reinoso. Lo que dijo allí hizo crujir el aura de intelectual que el escritor Miguel Gutiérrez le había construido en La generación 50: un mundo dividido, libro que apareció publicado el mismo año de la aparición de la entrevista. Gutiérrez escribió: “… si Abimael Guzmán y el camarada Gonzalo son la misma persona, entonces quien viene dirigiendo este gran acontecimiento (la guerra popular) es un hombre de inteligencia superior, de voluntad y disciplina inquebrantables…”. Pues bien, cuando uno terminaba de leer la entrevista, no le quedaba sino asombrarse por la distancia existente entre lo dicho por Gutiérrez y lo que acababa de leer (Guzmán era de una indescriptible simpleza intelectual).


Las mujeres de Sendero
de Robin Kirk

En la Facultad, si bien era cierto que había infiltrados de Sendero, también lo era que había gente ligada al Partido. Recuerdo que un dirigente del Centro de Estudiantes de Comunicación Social terminó en Cantogrande (penal donde eran confinados los presos senderistas); otro, matón y prepotente, terminó ultimado a balazos por la policía en Chorrillos (lo encontraron in fraganti haciendo pintas para Sendero); y otra, bastante conocida, Mónica Feria –que venía de la Católica a estudiar Lingüística en San Marcos–, fue detenida y acusada años después de pertenecer al PCP-SL. ¿Cómo eran enrolados? Poco a poco. Primero en el radicalismo de izquierda y luego, cuando decantaban posiciones, optaban por Sendero o el MRTA (“Beto” León Joya, estudiante de Comunicación muerto en Colombia, integró el Batallón América del M-19, primo hermano ideológico del MRTA).


San Marcos en los 80

¿Dónde estaba guarecido Sendero? En la vivienda universitaria y el comedor (cuyas dirigencias habían sido copadas por sus prosélitos). En el estadio de San Marcos se podía divisar pintada en las graderías una gigantesca hoz y martillo, símbolo del PCP-SL, y en sus astas flameaban banderitas del Partido. Parecía esa parte de la universidad una zona liberada. ¿Y las autoridades? Nada, no decían nada. Es que había temor.

¿Y los profesores? ¿Cuál era la posición de los profesores? Había uno que les hacía el juego. Recuerdo que en una clase de Materialismo Dialéctico el susodicho profesor dividió a los alumnos en dos grupos –“Materialistas” e “Idealistas”– para que debatan entre ellos. Hasta allí todo bien, uno podía aceptar la confrontación dialéctica; pero lo que no pareció aceptable fue que dejara como tarea a todo el salón la siguiente pregunta: “Diga usted, por qué Izquierda Unida es revisionista”. ¿Sospechoso, no?


Hubo otro que declaró, en una entrevista que le hizo El diario (ya en manos de Sendero), que este era “un modelo de comunicación popular”.

Quienes sino ellos eran los que alimentaban la imagen de subversiva de la universidad en aquellos tiempos.

Aula de Letras (1989)
Foto (detalle): Jaime Razuri

¿Cómo era el ambiente? Lamentable. Todo pintarrajeado con consignas de Sendero (las más comunes: “Combatir y resistir”, “Rematar el gran salto con sello de oro”, “Viva el marxismo-leninismo-maoísmo- Pensamiento Gonzalo”). En la entrada de la Biblioteca de Letras había una iconografía de Sendero que visualmente hacía indistinguible la placa de su inauguración. El MRTA tampoco se quedaba atrás. En el frontis de la Facultad, a la mano izquierda, se podía apreciar el símbolo de la organización liderada por Víctor Polay (un fusil y una porra incaica, coronados con la imagen de Túpac Amaru).

Y broncas, en relación a disputas de espacios de poder, no faltaron. En Comunicación, una noche, estudiantes simpatizantes de Sendero rompieron las ánforas en el curso de unas elecciones estudiantiles, tomaron el pabellón de la Escuela y la llenaron de pintas de color rojo (En una de ellas a un amigo y a mí nos acusaron de ser “testaferros del imperialismo”).


San Marcos
Foto: Ernesto Jiménez

En octubre de ese año, a Hernán Pozo Barrientos, un estudiante de Antropología, lo mató una bala en la sien que provino del arma de un policía. Recuerdo que un grupo de estudiantes –entre los que estaba el antropólogo Rodrigo Montoya– estábamos apostados en una columna de la Facultad viendo como la policía –provocada, es verdad, por unos cuantos exaltados– hacía el amago de ingresar. En eso comenzaron a sonar las balas y nos metimos todos adentro para protegernos. No habían pasado sino unos minutos, cuando vi que entre varios –uno de ellos era un amigo mío, militante del PUM– cargaban una pizarra con una persona encima. Era el chico Pozo malherido. “Ayuda, compañeros, ayuda”, decían. Los vi cruzar raudos por el patio de Letras para cortar camino y llegar más rápido al Centro Médico. En esos momentos, todo era confusión en la Facultad. A los pocos minutos nos llegó la noticia de su muerte. Eso nos impactó. Cuando volvimos a la entrada alguien señaló que allí, al pie de la columna donde habíamos estado un rato antes, le había caído la bala a Pozo. Me quedé impresionado. En la noche, la televisión –canal 9– informó lo sucedido.


Pozo no fue el único estudiante muerto en una intervención policial en el campus, lo fueron también Javier Arrasco y Carlos Barnett, este último estudiante de Derecho.

Así eran las cosas en San Marcos de esa época, donde la vida, como decía un cantor de la Nueva Trova, podía no valer nada.


Puntos de vista enfrentados
Debate PUM-Sendero

1989. Los partidos políticos de la izquierda legal fueron un muro de contención en las pretensiones de tomar el poder por la fuerza. En la universidad pasó así. El PUM (Partido Unificado Mariateguista) y su militancia –que, en sus mejores épocas, según me confesó un amigo, tuvo 150 militantes activos en San Marcos– fue por momentos un freno a los intentos de Sendero por hegemonizar el movimiento estudiantil. Pero esta actitud no fue gratuita, ni por amor al arte. Lo que pasaba es que el PUM –como Sendero– sentía la necesidad de enfrentar a un rival que le disputaba los mismos espacios tanto a nivel nacional –el movimiento campesino y obrero– como universitario. Las tesis de ambos se sostenían sobre columnas diferentes. Mientras el PUM hablaba de la Asamblea Nacional (ANP) –como germen de poder– y la autodefensa de masas (rondas campesinas), Sendero sostenía el tema de la guerra popular y la importancia de la comunidad campesina para arribar, previa a una "revolución democrática" (que era así como llamaban a su lucha armada), al comunismo. Sendero tildaba al PUM, con desdén, de revisionista (y al MRTA, de "revisionismo armado").


Semanario Amauta (1987)

Quien confronta, para ser más precisos, a Sendero es el sector llamado "libio" encabezado por Javier Diez Canseco y Eduardo Cáceres, a quienes sus oponentes del otro sector, los "zorros" –liderados por Santiago Pedraglio y Sinesio López (quien estaba a favor de un Acuerdo Nacional con el Apra)–, llamaban "vanguardistas militaristas", pues, por debajo, alentaban la vía insurreccional, al estilo de Cuba y Nicaragua, para entrar al socialismo (y para lo cual, se decía, estaban preparando una milicia). Ambos, Sendero y el PUM, no fueron "partidos de masas". Nunca tuvieron una acogida mayoritaria en San Marcos. Fueron, en todo caso, "partidos de cuadros", porque movían militantes alrededor de sus concepciones marxistas-leninistas. Uno bajo la variante maoísta y el otro bajo la variante guevarista (por el "Che"). Estas diferencias llegaron, en 1989, al plano de la discusión teórica. Amauta, vocero del PUM, y El diario se trabaron en un intercambio de puntos de vista sobre la coyuntura política que tenía como protagonista el accionar del PCP-SL. Para los voceros del PUM –en este caso, Raúl Wiener–, la estrategia y táctica militar de Sendero contradecía en la práctica lo expresado por Mao. Los acusaban de "aventureristas". Por su parte, los de El diario acusaban a Diez Canseco y a los diputados y senadores de IU de "cacarear" y de formar parte del "cretinismo" parlamentario. Las pugnas entre el PUM y Sendero llegaron a las paredes de la universidad. Las consignas de cada uno se podían leer sobre todo en las paredes de Ciencias Sociales donde ya no había un espacio de descanso visual por lo recargadas que estaban.


Facultad de Ciencias Sociales
Foto (detalle): Víctor Bustamante

Una experiencia interesante, en el enfrentamiento de los estudiantes con Sendero, fue la Coordinadora por la Defensa de San Marcos. La Coordinadora fue una réplica a mayor escala de la Coordinadora de Letras formada en la Facultad para las elecciones estudiantiles de 1988. La Coordinadora por la Defensa de San Marcos estaba integrada en parte por estudiantes cristianos identificados, me parece, con las posiciones de la Teología de la Liberación del padre Gutiérrez (por lo menos, conocí a un par de ellos que iban por esa línea). Uno de sus principales animadores, y propulsor, era Zenón De paz, hoy profesor de Filosofía de la Facultad. Su prueba de fuego más importante ocurrió en una fecha que no puedo determinar exactamente, pero que coincidió con un paro convocado por Sendero. Esa vez, recuerdo, la Coordinadora organizó una marcha por la universidad para responder al paro convocado por Sendero. El clímax de esta marcha –en la que participé invitado por Zenón– se suscitó en el momento que la columna de la Coordinadora se cruzó con la de Sendero –que salió también a marchar– en la Facultad de Ciencias Sociales. Fue ése un momento electrizante. Recuerdo que fue saliendo de Sociales cuando las dos se vieron frente a frente. La de Sendero entraba mientras la de la Coordinadora salía. En silencio ambas se miraron. En los alrededores habían estudiantes contemplando la escena. Por un momento se pensó que iba a haber un enfrentamiento con los "sacos" –así se les llama a los de SL–. Pero no, no pasó nada. Todo terminó en paz.


1989 fue un año preelectoral en el país. En mayo, Mario Vargas Llosa oficializó su candidatura a la presidencia por el Fredemo (Frente Democrático) y Sendero convocaría a un paro armado en la capital (3 de noviembre). Esto provocó que Henry Pease, candidato por la alianza electoral IU, llamara a una Marcha por la Paz, iniciativa a la que se sumó el escritor peruano.



A comienzos de año, el 9 de enero exactamente, en la universidad se suscitó un hecho que involucró a toda la comunidad universitaria. A un joven estudiante de Psicología la gente de Sendero lo sorprendió en una clase del decano de Letras, César Krüger, y lo bañó en pintura negra como represalia por haber arrancado una propaganda del Partido de las paredes de la Escuela de Psicología. Esa agresión fue denunciada por nosotros como representantes estudiantiles del Tercio, en un medio de comunicación escrito.


Sendero derrotado en San Marcos
El Nacional, 8 de setiembre de 1989

En Letras se celebraron tardíamente elecciones en Setiembre para el recambio de gobierno en el Consejo de Facultad, pero la lista única que se inscribió lamentablemente no pudo ser reconocida por el Comité Electoral debido a que más de la mitad de la población estudiantil no fue a votar (los “fachos”, combinados con estudiantes pro Sendero y MRTA, derrotados políticamente en uno de sus principales bastiones, Comunicación Social, no pudieron por primera vez, desde que se instauró el sistema de cogobierno en 1985, presentar candidatos en la Facultad). En consecuencia, el Consejo Universitario anuló las elecciones y emitió una resolución en la que ordenaba que, en aquellas facultades donde no se había alcanzado el porcentaje requerido, la representación estudiantil vigente completara el resto del periodo siguiente de gobierno. Es decir, me quedé un año más en el cargo. Como curiosidad debo decir que la lista única tenía como candidato por Comunicación a Toño Ángulo Daneri, quien años después haría una destacada carrera periodística.


Epílogo

Fueron los años correspondientes entre 1986 y 1989, años muy duros, muy difíciles, para la universidad. Fueron años de intervención policial, de bombazos en las calles, apagones, huelgas, muertes en el campus universitario, presencia de Sendero en las aulas, de pintas que perturbaban todo lo que significativa un clima de tranquilidad académica, de violencia inusitada en el país, de renuncia de rectores como Cornejo Polar fatigados por la intolerancia política, de debates infructuosos de los estudiantes más radicalizados que terminaban en roturas de vidrios en las aulas de la Facultad, de disputas entre el PUM y Patria Roja por la captura del local de la Federación de Estudiantes del Perú –que, alguna vez, terminó en pistoletazos–; pero también fueron años que, con ojos de asombro, los de la juventud, uno veía un mundo nuevo, de escarceos amorosos en los salones donde las parejitas se metían por las tardes para hacer el amor, de música primera de Soda Stereo, de cine en la Filmoteca de Lima, de café en los restaurancitos destartalados a la espalda de Letras, de la Semana de Integración Cultural Latinoamericana (SICLA) –en la que la poesía y el arte se confundieron en un hotel de la capital–, de la timidez del primer amor universitario. En otras palabras, de la juventud camino a la madurez. Cierro este testimonio, con estas palabras tomadas del libro de Luis Alberto Sánchez, La universidad no es una isla, que me enseñaron amar a San Marcos y que yo leía sentado por esos años en una esquina de la Facultad, y que desde entonces las tengo presentes cuando la evoco: “He padecido y padezco el mal de la Universidad –si mal fuere– desde hace cuarenta y cuatro años, es decir, desde el primer día de abril del año 1917 en que traspuse, ya como alumno, el umbral del inolvidable patio de los Naranjos del antiguo Noviciado de Jesuitas, donde, a partir de 1771, funcionó el Convictorio de San Carlos y, desde 1861, la Facultad de Letras de la Universidad Mayor de San Marcos. Me he identificado desde entonces, de tal manera, con los triunfos y fracasos de mi Alma Mater, que llevo tatuados en el alma indeleblemente sus luminosos estigmas. Me atrevo a afirmar que toda mi historia, al menos mi historia intelectual, gira en torno del nombre de San Marcos. Mi Alma Mater, lo ha sido de veras y por doble camino: como Alma y como Madre. (…) Llevo su tradición y su ambición metidas tan adentro que a menudo me ha sido imposible distinguir entre lo que yo pensaba de San Marcos y lo que San Marcos me impulsaba a pensar y decir”.

Lima, 24 de diciembre del 2014



lunes, 24 de noviembre de 2014

GLORIA DEL PACÍFICO

NO ES un esperpento como la quiso desmerecer un poeta –de escaso tacto para la crítica cinematográfica–. De patriotera –como lo dijo también este mismo personaje– tampoco tiene mucho. Gloria del Pacífico pudo haber sido, eso sí, mucho mejor. El arranque, documentalista con la voz en off, pudo haber sido tranquilamente suprimido para lanzar, de frente, al espectador al centro de la acción, con los soldados peruanos y chilenos trabados en combate, como se puede apreciar en la escena que le sucede. Las actuaciones son muy disímiles. Mucho más creíble el comandante chileno Baquedano que el coronel peruano Bolognesi. La narración, asimismo, es un poco confusa; no se tiene la precisión, hasta un poco avanzada la película, que el relator es un exsoldado de la guerra (Reynaldo Arenas), cuyo hijo (Pold Gastello) parece no comprender las razones de su progenitor para quedarse, en su momento de agonía –que es cuando evoca el pasado–, en Tacna, los días previos a su reincorporación al Perú. El personaje de Gastello no entiende, sino hasta el final, los motivos de su padre. El film trata de ser fiel con la historia –y he allí la crítica–, pero esa fidelidad no se debe traducir en que el realizador cinematográfico intente desceñirse de sus armas de creador para ponerle imágenes a los pasajes históricos de la guerra. Eso podía percibirse en muchas secuencias en las que había un esfuerzo, por supuesto loable, de contarlo todo; pero en perjuicio de la economía del film (dura dos y media, que pudieron ser menos). El realizador debió tomar como soporte las fuentes documentales y traducirlo a imágenes que sean fieles a su propio arte de composición visual. Partir de ellas para elevarse.


Un punto de inflexión es el oficial Agustín Belaunde (interpretado por el experimentado actor Juan Manuel Ochoa, ducho para los papeles de malo). Él le hace el juego de oposiciones a Bolognesi. Desde el punto de vista militar, el repliegue del Morro de Arica, sostenido por Belaunde, por razones de estrategia, era válido. La inmolación era inútil. Las fuerzas acantonadas podían dejar la plaza libre al enemigo y retroceder para unirse a otras tropas del ejército peruano que venían detrás y luego hacer la retoma. Sin embargo, en el análisis, también válido de Bolognesi (quien, quizá, intuyó las nulas probabilidades de obtener refuerzos), lo correcto era ofrecer resistencia al enemigo y cerrarle el paso en su avance. El problema de Belaunde es que se insubordinó –e intentó sublevar a los oficiales y tropas leales en contra de Bolognesi y los defensores del Morro– y huyó del escenario del conflicto –pesando en él el instinto de sobrevivencia–, quedando inscrita su participación en la historia como la de un desertor y un cobarde.


La película contiene, en muchos pasajes, un aliento didáctico. Eso, por instantes, repercute no muy favorablemente en la puesta en escena, porque la voz sentenciosa y engolada del personaje de Arenas moribundo en la cama, aleccionando a su hijo, en intentos de flash backs no muy bien logrados, suena postiza. El mejor momento llega en la parte final, cuando el film alcanza su clímax, cuando el desenlace es inevitable y las tropas chilenas, en proporción de 6 a 1, van a enfrentar a las peruanas. En ese momento épico, y los previos cuando hay un halito de esperanza en ganar (al incendiar, desde la costa, los cañones peruanos una embarcación chilena) y se cree que minando el Morro se lo podía convertir en inexpugnable, el espectador asiste, con el tronar de los cañones, el zumbido de las balas y el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, a la tragedia nacional expresada en la condiciones de inferioridad en que se encontraban las fuerzas peruanas (los fusiles se trababan con las balas que eran de otro calibre). El desconcierto, entonces, cunde, el enemigo arremete y los peruanos, respondiendo a bayonetazos, caen unos encima de otros atravesados por el fuego enemigo. La lucha, harto desigual, se resuelve, a favor del adversario que no tiene piedad con los vencidos a los que, ya heridos, “repasa”. En ese momento, el espectador peruano reconoce la valentía de Bolognesi y sus hombres de enfrentar una situación adversa. Contempla con el Morro ya tomado, las mujeres secuestradas y los invasores extranjeros desplegándose por las calles de Arica, la tragedia colectiva de un país el 7 de junio de 1880. Se conmueve, aplaude y llora a la vez.


El final es emotivo. Nos transmite la idea de que el sacrificio de Bolognesi y sus hombres no fue en vano. Es verdad que aún debe esperarse una mejor versión cinematográfica peruana de los acontecimientos de 1879 (la versión chilena es, por el momento, superior en realización). Pero hasta que aparezca, esta suple con creces ese vacío. Después de todo, en la historia del cine mundial tenemos filmes como Titanic (1996) de James Cameron, que fueron antecedidos por versiones que abrieron el camino a la que conocemos y alcanzó el reconocimiento general. A una señora que estaba en la sala –para tener una idea de las sensaciones encontradas que produce el film de Juan Carlos Oganes–, descendiente de tacneños, se le caían las lágrimas. “Nos toca ahora llorar derrotas”, decía con los ojos húmedos. Tal vez, una mejor focalización del tronco central de la historia–con una mejor administración de las sub-historias, como la de Ugarte y su novia, la del ingeniero encargado del minado del Morro y la del chileno espía camuflado de francés– hubiera dado mejores resultados. Sin embargo, y con todo, tenemos, por primera vez, una película peruana que toca los acontecimientos de la guerra del 79 y que enfrenta al espectador con la historia de esos hechos, la cual puede ser la de sus propios abuelos durante esos funestos días, y eso es lo que cuenta.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 24 de noviembre del 2014

domingo, 9 de noviembre de 2014

ANA GALLEGO Y EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE VARGAS LLOSA

HACE algunos meses en la Facultad de Letras de San Marcos se presentó –gracias a Agustín Prado– la académica española Ana Gallego –coautora del libro De Gabo a Mario–. Al final de su participación la abordé para hacerle algunas acotaciones sobre el pensamiento político de Vargas Llosa –a propósito de su ponencia sobre La civilización del espectáculo–. Le dije –mientras ella fumaba un cigarrillo– que para poder entender el pensamiento vargasllosiano había que remitirse a los estudios de mass media afincados en la Escuela de Frankfort y que había compartimentos en la mente del escritor que fácilmente podían aparecer como subsidiarios del concepto de Industrias culturales –aparecido por primera vez en el libro de Adorno y Horkeimmer, Dialéctica del Iluminismo–.
Le manifesté que la crítica debía despojarse de ciertas aprensiones ideológicas para auscultar mejor a Vargas Llosa y que había muchas cosas sobre él que pasaban frente a sus narices y no las veían; que había que tener una visión multifactorial y que había que hacer dialogar varias disciplinas, entre ellas la sociología y la comunicación (de donde yo provenía), al respecto.
¿Por qué, por ejemplo, alguna crítica se asombra del enfoque “progresista” de El sueño del celta, novela que cualquier escritor adscrito a esa tendencia hubiera hecho suya con gusto?, le pregunté. "Porque en Vargas Llosa –me respondí arriesgando una hipótesis (en tanto Ana Gallego botaba el cigarrillo a un lado)– hay otras líneas de pensamiento –de izquierda– en puja con su liberalismo”. “En roce con sus ideas cosmopolitas”, comentó, creo, ella e hizo un gesto de evidencia con las manos.
“Recuerde –agregué– que Vargas Llosa aprende el marxismo en San Marcos, escenario de una de sus novelas, Conversación en La Catedral. ¿En dónde? En la célula Cahuide. ¿Quién fue uno de sus instructores? Está en El pez en el agua: Isaac Humala, el padre del actual presidente de la República (y mentor del etnocacerismo de su otro hijo, Antauro). Entonces, hay que empezar por allí.” 
Le dije además –mientras la escoltaba Agustín y un profesor más a la salida de la universidad– que para entender el actual pensamiento político de Vargas Llosa, había que leer a Karl Popper, Ludwig von Mises y, especialmente, Hayek (La fatal arrogancia, los errores del socialismo), que había que analizarlo “desde esa mirada”.
Le señalé que el paso de Vargas Llosa al liberalismo no fue de un momento a otro. Anteriormente, le conté, se definía como un pragmático –imagino influenciado por su amigo de esos años, Richard Webb, aficionado al pragmatismo de James, cuyo libro, ¿Por qué soy optimista? (1985), prologó (y en el que confiesa que Webb era “un pragmático viejo”; en cambio él “está aprendiendo a serlo”; ver “Una cabeza fría en el incendio”, en Contra viento y marea III)–.
Es más, a mediados de los ochenta, cuando no se definía como un liberal –pero sí estaba en coqueteos (fue uno de los ponentes en 1979 de un simposio organizado por Hernando de Soto, que contó con la participación de Milton Friedman)–, entrevistado por Ricardo Uceda, afirmó que resolvía sus tomas de posición en “función de consideraciones más pragmáticas” (“…Ahora soy pragmático”, El Nacional, 2/11/85).
Sin embargo, en su tránsito de un lado al otro, se definía en otra entrevista (con Alfredo Barnechea), como un socialdemócrata (Peregrinos de la lengua, p. 291).
El paso de Vargas Llosa al liberalismo viene con fuerza de la mano de Popper –a quien, para la campaña presidencial del 90, estudió durante tres años y que, para muchos liberales ortodoxos, le advertí a Ana Gallego, quien me miraba con ojos curiosos, es el padre de la socialdemocracia (por lo que hay que examinar esa influencia en los rezagos de pensamiento de izquierda que aún parece mantener)–, luego viene Hayek –a quien, en 1991, le dedica un artículo: “Bienvenido, caos” (vuelto a publicar en Desafíos a la libertad, 1994)– y, por último, von Mises, de la Escuela Austriaca de Economía –al que tal vez menciona por primera vez, al final de la crónica dedicada a su hijo Gonzalo, “Mi hijo, el etíope” (1985)–.
No pudimos continuar porque Agustín se la llevó para cumplir, seguramente, con otras actividades planeadas para ella ese día. Pero la idea que quedó flotando, y no se la pude decir, era que, posiblemente, Vargas Llosa arribó a similares conclusiones que la Escuela (neomarxista) de Frankfurt, respecto a los temas planteados en La civilización del espectáculo –la frivolización de la cultura y la crítica de los mass media–, por caminos diferentes y sin tener, por supuesto, la menor empatía con esa línea de reflexión intelectual. Lo suyo es una aventura del pensamiento, una de las tantas a las que nos tiene acostumbrados.
Finalmente, cuando se fue Ana Gallego –secuestrada por Agustín– me quedó titilando la idea de escribir estas líneas –me pasé meses dándole vueltas–, un arrebato de escritura ha hecho que el día de hoy, por fin, las haya consumado.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 7 de noviembre del 2014

ORÍGENES DEL PERIODISMO RADIAL EN EL PERÚ

MÁS O MENOS hace diez años tuve la oportunidad de leer la tesis de Jacqueline Oyarce, El comentario y los comentaristas en la radiodifusión nacional (1996), en la Biblioteca Central de San Marcos. De entrada, el primer capítulo prometía. Estaba cuidadosamente preparado, con citas a pie de página y referencias de libros como el de Gargurevich sobre la experiencia de la Peruvian Broadcasting –texto poco conocido–, y otras menciones bibliográficas que hablaban de su interés por la investigación en comunicación social. La tesis, recuerdo, arrancó bien; pero, también recuerdo, que los dos siguientes capítulos no igualaban al primero. De cualquier forma, cuando uno evaluaba con frialdad el conjunto –incluyendo la entrevista a Luis Alberto Sánchez acerca de su programa radial en RPP, hecha un poco al paso– teníamos a una investigadora en ciernes. Esa primera impresión no ha sido defraudada. Por el contrario, ha sido confirmada, muchos años después, con la publicación del libro de Oyarce, Orígenes del periodismo radial en el Perú I-SUR (2007), el primero que recoge información dispersa, atomizada, no levantada, sobre el tema. Su autora ha hecho muchos viajes para ubicar a sus protagonistas, a esos héroes culturales que, detrás de un micrófono, daban vida al acontecer local y, cuándo no, exaltaban las fantasías de nuestros abuelos en las radionovelas que eran transmitidas, en algunos casos, por estaciones precarias.
Cusco, Arequipa, Moquegua, Tacna y Puno, han sido los lugares escogidos para hacer un primer mapeo de la radio en el país. El estudio de Oyarce, que la ha llevado a hurgar en fuentes documentales poco concurridas, cuenta los inicios de Humberto Martínez Morosini en Radio Landa de Arequipa; la participación, cuando niño, de Guillermo Ugarte Chamorro, antiguo director del Teatro Universitario de San Marcos, en la misma; el uso de la radio en la transmisión programas culturales –a cargo de catedráticos universitarios– en Radio Universidad; o la movilización solidaria de la población cusqueña para poner al aire de nuevo Radio El Sur, cuando se enteraron que un incendio los había privado de su estación favorita. Jacqueline Oyarce dice, modestamente, que su libro es “solo de consulta”. Seguramente, pero del que gusta de la investigación. Eso se nota.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 9 de noviembre del 2014

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...