MUY BUENOS, los cuentos de Juan
Carlos Bondy son muy buenos, son de clara estirpe ribeyriana. Especialmente
destacables son “Ayuda por teléfono” (que da nombre a la colección) y “Torres”,
cuyas hilarantes escenas evocan las guerrillas literarias de nuestros
narradores limeños. Bondy escribe bien, es pausado, tranquilo, no apura el
ritmo de la prosa, se toma su tiempo, fuma su cigarrillo, deja que las frases
se acomoden solas, reposa un momento y continúa el hilo del relato hasta darle
la puntada final. Es una grata sorpresa en medio de una fauna de cuentistas
insípidos y sosos. (Hasta el momento no surge un digno sucesor de Luis Loayza,
o del propio Ribeyro). Llama la atención, por otra parte, que en los tres
primeros cuentos de Bondy haya puesto como uno de los escenarios un diario, al
cual dirigen sus cartas el profesor Mendoza, Carlos Torres y el protagonista de
“Ayuda”, cuyo nombre tiene claras reminiscencias chilenas: El Mercurio. ¿Por qué? ¿Es que el autor de estos textos vivió
en el país del sur y tuvo una grata estadía que ha querido inmortalizar ese
recuerdo? ¿O es por puro afán lúdico? Del buen trato que tiene Bondy con el
idioma, ya se tenía conocimiento en las páginas del desaparecido suplemento
cultural de La Primera. Allí Bondy aparece como un buen redactor de
notas culturales, provisto de un lenguaje cuidadoso que piensa en el lector y
lo respeta. En Ayuda por teléfono y otros
cuentos (Tierra nueva editores, 2009), ratifica esa
impresión.
Flaco, silencioso, y hasta un poco enigmático, la
figura de Bondy aparece replegada entre los no tan jóvenes narradores nacidos
en la década del setenta –entre los que se encuentra Enrique Planas con Orquídeas
en el Paraíso.
Finalmente, con Ayuda por teléfono, Juan Carlos Bondy no tiene motivos para
mantenerse más en el anonimato. Es un buen narrador, con la salvedad de que
debe desprenderse del aura de Ribeyro para expresar una voz propia, so pena de
confundirse con su maestro. Eso creemos.
Freddy Molina Casusol
Lima, 16 de octubre de 2011
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