sábado, 27 de julio de 2024
"QUELOIDE", DE CARLA GARCÍA
viernes, 19 de julio de 2024
EL TIEMPO Y LA PLUMA
LO PRIMERO que
me llamó la atención del libro de Miguel Ángel Cavero (hecho en tándem con Víctor
Salazar Yerén) fue el manejo de las fuentes sobre la historia de Chincha. Eran
muy rebuscadas. «Acá hay investigación», pensé. Me preguntaba el tiempo
invertido y la inmersión en documentos, aburridos para otros (pero para quien
ejerce la crítica, no), extraños, inubicables. Me imaginaba a Cavero y Salazar buscando
en las hemerotecas, rescatando los textos, discriminando, pasándolos por un
cernidor, este sí, este no, con el ojo clínico del que cata el valor de lo que
tiene entre sus manos. La selección de los siglos XVI, XIX y XX muy precisas,
como extraída con pinzas. «Por fin, Miguel Ángel –dije en mis adentros– ha
publicado algo de peso». Después, me detuve en el detalle de los dibujos y las
fotos que acompañan cada texto. «Acá hay cierta orfebrería», sopesé. Cavero, en
una anterior oportunidad, había hecho un esfuerzo de recopilar unos relatos inéditos
de Castellanos, amigo de Ribeyro. Empero, era un ejercicio iniciático. Después
de todo, no era su voz la rescatada, sino la de otro. Acá sí se le escucha en
el prólogo, que es la sobremesa que adelanta lo que se viene en las páginas que
siguen. Cavero no es historiador, es un estudioso de la literatura (sabemos de
su cercanía al desaparecido escritor Oswaldo Reynoso, a quien le está dedicando
una tesis); tiene como influencia a Raúl Porras Barrenechea, que le marcó la
Cruz del Sur en su navegación documental. El
Tiempo y la Pluma (Horfanda Ediciones, 2023) ha sido destacada por
historiadores como Augusto Lostaunau, por el rescate de la historia regional de
Chincha. Cavero ha puesto una piedra fundacional. Ya vendrán otros estudios que
se asienten sobre lo que él y Salazar, su compañero de aventuras, han hecho.
sábado, 11 de mayo de 2024
LOS ZARPAZOS DEL PUMA
ESTE es un
libro increíble. Un libro de verdadera investigación periodística. He leído el
primer capítulo y me he quedado maravillado. La periodista chilena Patricia
Verdugo en setiembre de 1989 publica este libro que revela uno de los pasajes
más oscuros que se dieron tras los sucesos del 11 de setiembre de 1973: el de
la llamada Caravana de la muerte. En el capítulo leído figura la extraña muerte
del coronel Renato Cantuarias, encargado de resguardar a la familia de Pinochet
en caso de que fallara el golpe. La periodista Verdugo recuerda al general
Arellano Stark, el hombre del golpe militar, habla con los protagonistas del
asalto a La Moneda, de la incertidumbre que tenían respecto a la posición de
Pinochet y de si se iba a alinear al plan que ya estaba en marcha para retirar
a Allende del poder. Verdugo reconstruye los hechos y conversa con testigos, reivindica
el periodismo de investigación, una modalidad viciada en el Perú debido a
intereses políticos de grupo que lo han invadido. Un libro que se debe leer
como parte de un hecho histórico y que no debe ir en desmedro de la lectura de
otros que proporcionen una visión de conjunto de ese momento.
viernes, 12 de abril de 2024
LA GRAN USURPACIÓN

jueves, 21 de marzo de 2024
UNA TESIS SOBRE YEROVI
HAY tesis que
se convierten en libros como esta de Paulo Piaggi sobre el destacado dramaturgo
Leonidas Yerovi, o como la que no muy recientemente ha llegado a mis manos, de
César Nureña (La argolla peruana,
2021), que, más adelante, será motivo de otra recensión. Tesis como la de
Arguedas y las comunidades de España y el Perú o la juvenil de Vargas Llosa
sobre Rubén Darío, que antecede a la madura sustentada en la Universidad
Complutense (García Márquez. Historia de
un deicidio, 1971), han dado un salto de los claustros a la publicación
masiva.
Piaggi ha
hecho un estudio meticuloso de Yerovi, ha dialogado y observado a los críticos
que, antes que él, lo han auscultado, y ha arriesgado un criterio propio.
(Hay un dato
curioso que suelta el autor: tanto Yerovi como Chocano, estudiado por Luis
Alberto Sánchez, fueron asesinados por chilenos.)
De otro lado,
exhibe en su trabajo un conocimiento de las fuentes que alimentan su
investigación. Las examina y corrige. Llega el autor al punto de discutir la
inclusión de Yerovi en la tradición modernista, señalando con precisión qué
parte responde a ella y cuál, no. Afirma: «…considero que debemos leer a Yerovi
como un modernista menor, ya que la complejidad de su obra así lo requiere».
De igual
forma, replica al crítico Fabio Xammar que inscribe a Yerovi, por simpatías
políticas, dentro de una concepción ideológica, reproduciendo con tino, para su
refutación, un poema donde se lee claramente el rechazo del vate por la forma
como se manifiestan a pedradas los jornaleros socialistas en el Callao, y se
llama, precisamente, “Socialismo”.
Explica, por
otra parte, las razones por las cuales Yerovi ha sido insertado en ciertas
antologías, como la de Tamayo Vargas (por ser en la selección de poemas más
modernista que en otras).
Concluye,
asimismo, que si “Leonidas Yerovi debe posicionarse dentro del canon de la
literatura peruana es en el teatro”.
Piaggi tiene
una notable versación sobre su tema de investigación; navega en las disquisiciones
de los críticos que revisa, hace precisiones y se mete en medio, como una cuña,
en sus argumentos.
En suma, Explicando el chiste. Técnicas de la comedia
de Leonidas Yerovi (Editora Paradiso, 2020) nos habla de un crítico en
ciernes que, en esta su opera prima, se presenta con buen pie en la comunidad
literaria de la cual forma parte.
Por último, muy
acertado el criterio de los editores en publicarla. Han hecho un buen trabajo.
Crédito de la foto (retocada): Librería El Rocinante
domingo, 10 de marzo de 2024
40 MICRORRELATOS COVIDIANOS
“Cuando
despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”, es el cuento más célebre de
Augusto Monterroso. No cabe más que en una sola línea. Raymond Carver es otro
ejemplo, con el minimalismo, de la economía de las palabras. Esas oportunas
afeitadas en sus relatos para que las elipsis hagan efecto, convocan la
participación del lector. El haiku es otro modelo de brevedad. Borges apostaba
por ella. Cuando le preguntaron qué opinaba de Cien años de soledad, respondió sarcásticamente
que le sobraban cincuenta años, ¿no? Arreola es uno de los maestros del relato
corto (ver Confabulario personal). Concisión, precisión e impacto figuran en su
escudo de armas. Separar la paja del trigo, eso es el microrrelato. Becerra ha
hecho suyo este axioma en sus 40 microrrelatos covidianos. Forzado al encierro
por la pandemia se puso manos a la obra y dio forma letrada a ciertos
acontecimientos que hirieron por esas fechas nuestra vida cotidiana. La
impronta poética se deja sentir en sus sentencias. Lo inesperado, lo absurdo y la
existencia cortada por la presencia invisible de un microbicho están allí. El
autor ha tenido el ojo clínico para encapsular esos momentos claves. 40
microrrelatos es fruto de la madurez. La manzana tenía que caer ya para cumplir
con la ley de la gravedad de Newton. Eureka.
40
microrrelatos covidianos
Hernán
Becerra Salazar
Grupo
Editorial Caja Negra
2021
martes, 16 de enero de 2024
UNA REFLEXIÓN SOBRE LA CUMBIA Y SU ACEPTACIÓN EN LA SOCIEDAD PERUANA
Introducción
La cumbia es uno de los fenómenos que
ha revolucionado ciertos espacios de consumo musical en el país. Desde Agua Bella hasta –si nos remontamos a un
par de décadas atrás– Ana Kholer y el grupo Euforia, Rosy War y Ada Chura, la
cumbia ha sabido ingresar a todos los estratos sociales del país. Antes de esto,
las radios nacionales colocaban mayormente en su programación baladas y rock en
inglés. Muchos años atrás el concurso La más
más de Radio Panamericana encumbraba en los primeros lugares música foránea.
La incursión de la cumbia puede considerarse como la valorización de un género
que recoge sonidos nacionales y extranjeros. En la capital, una de sus
variantes, la “chicha”, ha sido vista con desprecio por su asociación con lo
informal y, en muchos casos, lo marginal. Las siguientes líneas tratan
sobre este género musical e intenta explicar el por qué se baila
mayoritariamente en diferentes sectores de nuestra sociedad.
¿Por qué la mayor parte de los peruanos, de acuerdo al sondeo de opinión de GFK (2017) referido al gusto musical de los peruanos, baila la cumbia (aunque su mayor preferencia sea la salsa)? Hay que intentar algunas aproximaciones. Hace algunos años Tongo, el popular músico del distrito limeño de El Agustino fue invitado al exclusivo balneario de Asia, lugar de veraneo de los ricos de la capital. A Tongo lo recibieron auspiciosamente y, hasta incluso, tocaron una de sus canciones que más sonaba en ese momento, “Tengo una pituca”, que aludía, precisamente, a ese estrato social. Esa participación del músico en estos espacios sociales, fue una concesión voluntaria de los sectores A/B quienes, posiblemente, lo veían no en tono de respeto sino de mofa.
Para tratar de dar una idea sobre el punto, quisiéramos recordar la anécdota narrada por Vargas Llosa en Contra Viento y Marea (1962-1982) donde se rememora un relato de la escritora Isak Dinesen, quien decía que “las aristócratas danesas del siglo XVIII solían llevar monos importados del África a sus fiestas, para saciar su sed de exotismo y porque, comparándose con esos peludos saltarines, se sentían más bellas”. Podría alguien exaltarse con esta comparación –que, por supuesto, no tiene la intención de maltratar la imagen de Tongo–, pero puede resultar útil para exponer una percepción: el cantante de “Sufre peruano sufre” hacía sentir hermosos a los concurrentes a Asia.
Por otra parte, uno podría legítimamente interrogarse, si la misma invitación hubiera sido cursada a Tongo para que cante en el Club Nacional, donde solo entran los que ostentan poder económico (las mujeres se exhiben con vestidos largos de lujo hechos en las mejores tiendas de vestir; y los hombres en un terno de marca reconocida). Tongo, evidentemente, no habría ingresado, pues no exhibe ningún blasón de nobleza, ni vestimenta ni estilo de vida suntuoso que lo acompañe. Su estética es otra; es la del pueblo, la cual se ve reflejada en su atuendo –una corbata y un terno de colores chillones, color pastel–. Visto esto así, la razón por la que fue recibido por sus jóvenes anfitriones de Asia, se debe, probablemente, a que los sectores A/B tuvieron curiosidad (sazonado de diversión) por verlo; porque, en el fondo, su sentimiento es semejante al que siente Lorena Tudela Loveday (La China Tudela), personaje de Rafo León que reproduce las costumbres, modas, excentricidades y el inconsciente de los sectores sociales acomodados del país.
Tongo por más que hubiera pisado –y
se ufanaba de ello– un espacio simbólico de los sectores A/B, no estaba en pie
de igualdad con sus jóvenes anfitriones. Las relaciones existentes con ellos son
las que podrían tener un dueño de un bar de Asia y un mozo. Hay estructuras
sociales adheridas al inconsciente de los individuos. Así, Tongo se queda en
Tongo y un Bayly, Brescia o Berckemeyer en lo suyo. Su música –la “chicha”– no
iba a ocupar el centro de una actividad importante; era para distraer a los
‘boys’ y para que conozcan qué se consume en la Lima que nunca pisarán (la de
El Agustino, Comas o Villa El Salvador).
Los Destellos y la
guitarra eléctrica
La cumbia peruana es una fusión de la
cumbia colombiana, el rock psicodélico y los ritmos de la costa, la sierra y la
selva peruanas, de acuerdo al portal Ipe[1].
Fueron Los Destellos los primeros que introdujeron la guitarra eléctrica en sus
presentaciones. Vamos a detenernos un poco en el tema de la guitarra eléctrica,
para descifrar el carácter simbólico entre los músicos peruanos de la cumbia.
La guitarra eléctrica era tocada en los años veinte por los grupos de jazz en
EE.UU. El jazz es una música que tiene como origen la llegada de los esclavos del
África al sur de ese país. Los esclavos eran víctimas de sinnúmero de abusos y explotación.
Eran parte de los bienes de sus dueños. La esclavitud se mantenía porque se
encontraba entretejida en el sistema económico estadounidense. De allí que
fuera el punto central del conflicto en la Guerra de Secesión. Los primeros sonidos
musicales de los esclavos negros –que reflejaban la melancolía y el dolor de su
situación– derivaron en su evolución en el blues y, al final, en el sofisticado
jazz. El jazz parte de abajo y consigue elevación porque los sectores altos de la
sociedad lo incorporan a su repertorio, y en su afán de estilización, inserta
nuevos instrumentos para hacerlo más cercano a sus gustos musicales. La
guitarra eléctrica fue un símbolo de rebeldía en los sectores acomodados de la
juventud norteamericana. Su sonido fuerte sobresalía por encima de otros
instrumentos que acompañaban a las bandas musicales. La guitarra eléctrica era
el instrumento musical que acompañó a Elvis Presley, quien solía interpretar
canciones afroamericanas.
La guitarra eléctrica, que es
incorporada en las perfomances musicales de Los Destellos en sus inicios,
recoge el aire de rebeldía que la caracterizaba; pero, al mismo tiempo,
significa la reapropiación, para el gusto popular peruano, de un instrumento
que, seguramente, consideraban modernizador. La guitarra eléctrica es una
apropiación simbólica de una tradición rupturista, contestataría, en otra
sociedad, a través de su juventud.
Los gustos de A, B, C
y su opuesto
El campo musical en el que, en apariencia, se mueve los sectores A/B es el de ciertos programas de música clásica como Filarmonía, música dirigida para ese sector cultivado en este género. Y el campo musical de los sectores D y E es el de la llamada despectivamente “chicha” (variante pobre de la cumbia). Dos campos que tienen sus propios actores. Mientras una señora de La Molina, formada en una high school de la capital, tiene una formación musical en Brahms o Verdi, la empleada lo tiene en Chacalón y la nueva crema, que escucha a ocultas, y a muy bajo volumen. Los gustos de los sectores acomodados del país están relacionados a los espacios sociales en que se desplazan (El Club Nacional, el Law Tennis o el Club Regatas). Entonces, ¿cómo se debe entender la preferencia mayoritaria de los peruanos por la cumbia y la salsa en los sectores A, B y C (según la encuesta de GFK que no mide el consumo de música clásica)? El gusto del consumidor de “chicha”, derivado de la cumbia, por ejemplo, es distinto. Gusta de ropa que imita los grandes productos de marca y de colores encendidos, hace uso de la replana o jerga para comunicarse y, en algunos casos, en voz alta y chillona para llamar la atención. La procedencia de este consumidor es la de los cerros de El Agustino, San Cosme, Collique y la Pascana, por dar algunos nombres de lugares de manera arbitraria, y sus espacios de socialización, por lo general, son los conciertos de la carretera central. En ellos encuentra la aprobación social que busca.
Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿cómo la cumbia ha podido situarse mayoritariamente en el gusto de los peruanos? La respuesta, tal vez, puede hallarse en la resistencia simbólica que ha hecho la cultura popular desde la cumbia, y esta, en algún momento de su expansión por las ciudades, a través de la radio u otros medios de comunicación como la televisión, fue venciendo las barreras de la discriminación, para, poco a poco, imponerse en el imaginario sonoro de diversos sectores, que antes la postergaban y que fue, sin proponérselo, asimilando los sonidos de los arreglos y fusiones de la cumbia peruana.
Una entrevista
Yuliana H. (hemos cambiado su nombre
para fines de nuestro trabajo) es una mujer de 40 años que vive en San Juan de Miraflores.
Ella es una actriz que ha participado en varias películas nacionales. Vivió
fuera del país por varios años y tiene dos hijos, frutos de una relación con un
noruego. Cuando la interrogo sobre el tipo de música que escucha, me dice que
suele oír música romántica (“Me gusta Leo Dan porque a mi mamá le gustaba y a
mí me ha quedado un poquito”), música europea (Roxeanne Hazes y Marlous, dos cantantes
holandesas), rock en español y a Vicentico, un cantante y compositor argentino,
y ex integrante de la banda Los Fabulosos Cadillacs. “¿Y la cumbia? ¿Qué te
parece la cumbia?”, pregunto. Se ríe y me dice que le gusta escucharla cuando
está en una pollada, o en una fiesta (a las que no va muy seguido porque
prefiere quedarse en casa) o cuando está haciendo la limpieza. Con esta última
respuesta, uno puede deducir que, en el fondo, ella reduce el consumo de
cumbia, a labores domésticas (la casa, donde nadie te ve o escucha) y a
espacios de cierta relevancia social (“polladas”). Pero para su consumo musical
personal opta, largamente, por ritmos extranjeros con los cuales se siente
identificada (“Porque me trae recuerdos”). No obstante, cuando escucha a las
cantantes de su preferencia, Marlous y Hazes, cuyos ritmos recuerdan, por lo
menos en el primer caso, al de Shakira, uno puede darse cuenta que, aunque ella
no lo perciba, se encuentran aún, posiblemente, instalados en su mente los ritmos
que marcan su entorno social; esto es, la cumbia, a la cual no desprecia, pero sí
pone en un segundo orden de su consumo musical.
A modo de colofón
La cumbia peruana, cuya variante “chicha” ha tenido destacados exponentes como Lorenzo Palacios, “Chacalón”, se ha convertido en un elemento de unificación. Los sonidos venidos de la costa norte, la Amazonía y el Valle del Mantaro han hecho un caldo de fusión sonora. Luis Alberto Sánchez, en la polémica del indigenismo con José Carlos Mariátegui, a diferencia de este apostaba por el mestizaje como el futuro de la identidad peruana. Toño Azpilcueta, personaje de la última novela de Vargas Llosa, Le dedico mi silencio, sueña de manera quijotesca con unir a los peruanos en torno al vals. Miguel Laura, un estudioso de los últimos tiempos, describe la cumbia como “unificadora, diversa, vital, bella, desde su nacimiento”. La cumbia parece pues la encargada de hacer esa tarea. Enrique Delgado, Wilindoro Cacique, Agua Marina y otros son los precursores de un ritmo que ha calado hondamente entre los peruanos de diversos sectores sociales a los que le están proporcionando unidad, unidad que nos es negada en otros temas y nos divide.
LAS MEMORIAS DE UN RECTOR
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