sábado, 19 de marzo de 2011

MVLL. BIOGRAFÍA DE UN NOBEL

ES el primer esfuerzo serio –desde la perspectiva peruana– por biografiar a Vargas Llosa. En la vasta bibliografía sobre el escritor, el trabajo del español Juan José Armas Marcelo –Vargas Llosa, el vicio de escribir– es el único que aborda de manera orgánica su vida en relación a su obra literaria. Existen además los libros de Ricardo Setti –Diálogo con Vargas Llosa– y el publicado por la UPC –Mario Vargas Llosa. La vida en movimiento– que, aun siendo preparados como entrevistas, contienen materiales para delinear una biografía. A estos se suma, por supuesto, la recopilación de Jorge Coaguila –quien no hace poco ha hecho una nueva entrega de su Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (Tierra nueva editores, 2010) ampliándolas a quince más– y el exaltado libro de Sergio Vilela –El cadete Vargas Llosa –que desde Enero cuenta con una nueva edición en Planeta–. No hay que olvidar en este apretado recordatorio, el valioso estudio de los profesores españoles Ángel Esteban y Ana Gallego –De Gabo a Mario– que intenta iluminar ese aspecto poco claro en la vida del escritor: su abrupta ruptura con el novelista colombiano Gabriel García Márquez. También, si se trata de armar el itinerario vital del premio Nobel peruano, tenemos, obviamente, su propia voz en El pez en el agua o el volumen dedicado a su obra lanzado por Ediciones de Cultura Hispánica y el Instituto de Cooperación Iberoamericana –Semana de autor. Mario Vargas Llosa–. Es decir, existen materiales dispersos que nos pueden ayudar a reconstruir e interpretar la vida de Vargas Llosa, esto sin contar –nos estábamos olvidando– las cartas del escritor dirigidas a Abelardo Oquendo, publicadas en Hueso Húmero, cuando estaba en pleno proceso de escritura de La ciudad y los perros y le asaltaban las dudas sobre la calidad literaria de su primera novela. Por ello, este esfuerzo de Pamela Cueto y Mariano Orozco por biografiar al escritor peruano debe ser aplaudido. Caminando con las puntas de los pies sobre los temas controversiales –como el del primer matrimonio de Vargas Llosa con Julia Urquidi o el puñetazo propinado a García Márquez en México– y observando una estricta atención en los tópicos literarios, MVLL. Biografía de un Nobel, debe entenderse como una primera aproximación panorámica en la vida del Nobel peruano. Puntual y preciso, sin pasarse de la raya trazada, se puede decir que este pequeño volumen de 94 páginas cumple con su objetivo: el de llegar, con una prosa no recargada, a la mayor cantidad de gente interesada en la vida y obra del peruano más notable de los últimos tiempos. El prólogo de César Silva Santisteban, dotado de la levedad de la buena poesía que él cultiva, y la magnífica diagramación que acompaña a los textos realizada por Mauro Zumaeta, confieren a esta edición –ambiciosa– de treinta mil ejemplares, un carácter único, aquel que otorga el placer de la lectura. La literatura, pues, otra vez está de fiesta, aquella que se inició en octubre del año pasado y que gracias a este libro aún continúa para deleite y felicidad de los admiradores del primer Nobel peruano, Mario Vargas Llosa.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 19 de marzo de 2011


lunes, 14 de marzo de 2011

LA “VERDAD” Y LA “MENTIRA” EN JOSÉ MARÍA ARGUEDAS

NO ES Vargas Llosa quien establece la "verdad de las mentiras" en las ficciones indigenistas de José María Arguedas, sino Sebastián Salazar Bondy en la mesa de debates de 1965, con ocasión del Primer Encuentro de Narradores Peruanos celebrado ese año[1]. Salazar, en esa oportunidad, se enfrascó en una guerra de conceptos con Arguedas sobre la realidad verbal y la realidad real, que éste no supo encajar bien. La tesis de aquél consistente en que la literatura era una gran mentira, colisionó frontalmente con las del autor de Todas las sangres, fundadas en la verosimilitud de sus ficciones amparadas en la realidad india. En realidad, la discusión que se hizo célebre y se prolongó hasta la mesa del siguiente día, que tocaba el tema de las técnicas literarias, se inició con un llamado de Salazar acerca del significado de la realidad. “¿Qué es la realidad?[2]”, se preguntó el autor de Pobre gente de París, para luego esbozar un discurso donde establecía un paralelo entre la parcela de la realidad y la parcela de la verdad. “La realidad puede no ser verdadera, la verdad puede no ser real, entonces cuando nos ponemos a hablar de realidad y novela, ¿nos estamos refiriendo a novela y verdad?”, preguntaba Salazar, para luego concluir: “La novela es una invención, el arte es una invención, es una gran mentira, es la más maravillosa de las mentiras”[3]. Esto alarmó a Arguedas, quien tocado seguramente en su fibra más íntima –la de sus ficciones– se alistó a contradecir a su oponente –su amigo Salazar Bondy–. “Yo creo que la literatura es una gran verdad, no una gran mentira; si fuera una gran mentira estaríamos muy mal”[4], replicó éste, quien tomando como ejemplo el Quijote, se apresuró a señalar que “el Quijote es una gran mentira desde el punto de vista de que no existió, de que es imposible que hubiera existido, pero todos nosotros sabemos que es quizá la más grande verdad en la literatura universal”[5]. Salazar no se quedó atrás e hizo una duplica en lo que más concernía a Arguedas, a la creación de sus personajes: “Yo creo que Rendón Willka es absolutamente real, pero ésa es la maravilla de la creación: que de una mentira haya terminado siendo una realidad, como Don Quijote es una realidad.”[6] Entonces ocurrió algo inesperado, que José María Arguedas, a continuación de la exposición de Salazar, se esforzara en demostrar la veracidad de la representación de sus ficciones indígenas, tomadas de una realidad que él mejor conocía, la andina, de la sierra sur del país. Pero peor aún, en un cuestionamiento ético-moral que revelaba la incomprensión de la función de la mentira en la literatura, hizo un deslinde con la mentira en general. “Yo pues, no quiero aceptar la palabra ésa; no la acepto porque tiene un sentido para mí, yo no soy académico, y no lo voy a ser nunca, para mí la mentira es la mentira, puede ser que en la literatura tenga otro sentido, eso a mí no me importa, que los académicos, que los estudiosos de la literatura tengan otro concepto de la mentira que el del vulgo, me importa un pito, lo que me importa es la opinión de la gente común sobre la palabra mentira. Y en la literatura no hay mentira, hay ficción.”[7]

Arguedas tampoco aceptaba que el Rosendo Maqui de Ciro Alegría y por ende su Rendón Willka de TLS fueran una realidad verbal, una realidad de palabras, como parecía sostener Salazar, sino una verdad palpable en la realidad: “... pero Sebastián –interrogaba Arguedas–, por qué diablos usamos la palabra realidad verbal? Digamos realidad literaria; si se dice “realidad verbal” podemos llevar a un extravío a la gente que no está dentro de la jerga de los estudiosos de la literatura. Yo le decía a Ciro: ¿Cómo diablos va a ser realidad verbal Rosendo Maqui? ¡Es realidad! Que esté dicho en palabras eso no quiere decir que sea solamente realidad verbal.”[8] El crítico José Miguel Oviedo, quien participaba también del debate tomó partido por Salazar e hizo una importante precisión a Arguedas: “Rosendo Maqui, José María, ¿existe en qué contexto? En el contexto llamado El mundo es ancho y ajeno, ¿verdad? Es una realidad de palabras aunque aluda a una realidad histórica, social, política económica, aunque aluda a la experiencia de Ciro; Ciro ha visto muchos indios y de esos indios ha sintetizado un personaje literario...”[9] Arguedas sin embargo insistió en su postura, y en una última intervención puntualizó: “...bueno lo diré en forma arbitraria, me molesta la frase realidad verbal, porque cuando se dice realidad verbal me parece que no se dijera que es realidad objetiva, es decir realidad nacida del hombre y del paisaje”[10]. Ciro Alegría, por su parte, aludido por Arguedas, añadió un poco más de confusión en la mesa y dijo: “Yo creo que Salazar Bondy, al decir eso de realidad verbal, quiere más bien expresar realidad vital, ¿no?”[11]. “Realidad verbal”, “realidad literaria”, “realidad vital”, no son sino términos, creemos, que encierran un drama y/o angustia de José María Arguedas, el de demostrar la veracidad de sus narraciones indigenistas[12]; la que alcanzaría su punto de clímax en la fatídica mesa de 1965, de la que saldría espiritualmente herido tras ser literalmente tasajeado por un selecto grupo de sociólogos. Y ese punto de quiebre, que generaría la discusión entre ambos amigos, fue retomado treinta años después por Vargas Llosa en La utopía arcaica cuando el escritor dice que la obra de Arguedas, “en la medida que es literatura, constituye una negación radical del mundo que la inspira: una hermosa mentira”[13]. Eso que en Salazar Bondy pasaría oscurecido, no le sería perdonado a Vargas Llosa por los admiradores de Arguedas.

NOTAS
[1] Primer encuentro de narradores peruanos, 1965. Para los fines de reproducción del debate utilizamos la segunda edición publicada por Latinoamericana Editores en abril de 1986.
[2] Ibíd., p. 104.
[3] Ibíd.
[4] Ibíd., p. 106.
[5] Ibíd., p. 107.
[6] Ibíd., p. 112.
[7] Ibíd., p. 140.
[8] Ibíd., p. 140-141.
[9] Ibíd., p. 141.
[10] Ibíd., p. 146.
[11] Ibíd., p. 147.
[12] Carmen María Pinilla y Melisa Moore han hecho alusión a este incidente; sobre todo la primera que ha estudiado las intervenciones de Arguedas en la mesa redonda sobre Todas las sangres, organizada por el I.E.P. Ver Arguedas, conocimiento y vida, Carmen María Pinilla, Pontificia Católica del Perú, Lima, 1994, pp. 183-184; y Las ciencias sociales y la novela en el Perú. Lecturas paralelas de Todas las sangres, Melisa Moore, p. 189.
[13] Ver La utopía arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, Mario Vargas Llosa, Fondo de Cultura Económica, 1996, p. 84.

sábado, 12 de marzo de 2011

RIKKI-TIKKI-TAVI Y “EL LIBRO DE LA SELVA”


Cuando era un niño leí la historia de Rikki-tikki-tavi, la mangosta que enfrentó a Nag, una cobra que mataba mangostas como ella. Recuerdo cómo mi mente infantil fantaseaba y se llenaba de imágenes cuando Rikki-tikki, agazapado en la hierba, con el lomo arqueado y tenso y los pelos erizados, esperaba a Nag para pelear con ella. En aquellos memorables combates, yo siempre me ponía de parte de Rikki-tikki cuando Nag, intentando un golpe letal, quería aniquilarlo. Pero no, allí estaba Rikki-tikki desafiante, parándose después de caer revolcado en la tierra y otra vez luchando por su vida. 

Así pasé muchas horas en mi casa leyendo, en mi colección de El tesoro de la juventud (que aún conservo), la historia de Rikki-tikki-tavi. A pesar de haber leído luego, en la adolescencia, otras historias, como la de Los tres mosqueteros (que me hicieron reír mucho con sus locuras), la del capitán Nemo en Veinte mil leguas de viaje submarino, Sandokan y otras tantas, ninguna igualó la del héroe de mi niñez, Rikki-tikki-tavi. 

De Rudyard Kipling, su autor, sabía muy poco, que era considerado –por sus poemas– el cantor del imperialismo británico, que era inglés y que allá, por 1907, había ganado el premio Nobel de Literatura. 

Yo, claro, esas cosas no las sabía y poco me importaban. Porque realmente lo que a mí me importaba a la edad de diez años era que Rikki-tikki-tavi siempre ganara las batallas a Nag, la cobra mala que quería matarlo. 

Cuando ya estuve en la universidad y husmeaba en los libros de las librerías antiguas, siempre acaricié la idea de toparme en cualquier momento con el libro que otra vez me contara la historia de Rikki-tikki-tavi. Pero eso nunca ocurrió. Yo ignoraba que su historia formaba parte de un libro mayor, El libro de la selva, de modo que cuando saltaba este libro a mis manos, yo lo dejaba desdeñoso a un lado, pues, lo que yo quería era encontrar el nombre de la mangosta de mi niñez en la tapa para comprarlo y eso nunca sucedía. 

Eso hasta que el otro día se me ocurrió hacer lo que debí hacer hace muchos años: hojear el texto. Y allí estaba, en medio de Mowgli, Bagheera, Kaa y otros animales de la selva, la historia de Rikki-tikki-tavi esperando para que la lea de nuevo. Mi emoción fue tan grande que ni siquiera regateé el precio. Simplemente lo compré. Y esta vez leí, desde principio a fin, El libro de la selva de Kipling. Y entendí porque éste había ganado el Nobel, porque aunque sus libros no alcanzan la destreza técnica de otros grandes escritores, éstos habían sabido llegar al corazón de los lectores. 

Nunca terminaré de estar agradecido con Rudyard Kipling –de quien dijo Borges que “era después de Shakespeare, el único autor inglés que escribía con todo el diccionario”–, por todos esos momentos maravillosos, sobre todo en la batalla final con la cruel Nag, de la cual emergió, lleno de polvo, victorioso de la contienda. 

Para ti, Rudyard Kipling, estas palabras finales en tu homenaje, impregnadas con el grito de guerra de la mangosta de tu creación, y con la cual coloreaste la imaginación de los niños: ¡Rikki-tikk-tikki-tikki-tchk!

Freddy Molina Casusol
Lima, 12 de marzo de 2011

viernes, 18 de febrero de 2011

EL ALTO AMAZONAS DE LATHRAP

Este libro es producto de una locura, de una pasión por el mundo amazónico. No hablemos ya de la importancia del texto de Donald W. Lathrap, de por sí ya un clásico, sino de su gestor, Santiago Rivas Panduro, quien invirtiendo dinero y tiempo en esta aventura editorial soñó ver el libro de Lathrap traducido al español, para deleite y goce de los que solo lo podían leer a través de las respectivas ediciones en inglés y portugués. “¿Por qué The Upper Amazonas, se preguntaba hace más de diez años el joven Rivas, estudiante de Arqueología de San Marcos, no era publicado en español?”. Rivas no encontró una respuesta lógica a este enigma. Pensaría él, quizás, que el destino lo había puesto en el camino para emprender esta tarea: la de difundir la palabra escrita de Lathrap a todos los interesados en estudiar la selva amazónica. Casi enseguida se hundió en los papeles de este investigador norteamericano, que lanzó las primeras hipótesis sobre la evolución cultural de la Amazonía a través del estudio de los ceramios, y estableció los primeros contactos entre quienes podían coadyuvar con la edición en español, entre ellos el Dr. Richard Burger, amigo de Lathrap. Luego vinieron las arduas coordinaciones con quienes iban a ser los prologuistas del texto y quien iba a hacer la labor de traducción inicial del inglés, en este caso Lúcia Harumi. Todo esto fue un largo proceso de meses, de encuentros y desencuentros, de largas deliberaciones y consultas Pero los resultados saltan ahora allí a la vista. Una bella edición hecha de papel marfilado –ultra flexible para la comodidad de los lectores–, adornada con el rostro de una nativa sobre un fondo verde limón y naranja –que Donald W. Lathrap hubiera festejado en vida–, ha coronado el esfuerzo de Rivas, quien, arriesgando incluso su propia salud, ha desviado, según nos hemos enterado, dinero destinado para el tratamiento de una enfermedad que lo viene aquejando hace buen tiempo, para la realización de este sueño. Por ello, decíamos que este libro, sin bien es cierto pertenece íntegramente a Lathrap, es, en esta edición en español, el fruto de un apasionado, de alguien que cree en el poder de las palabras para cambiar el mundo, de un loco de esos que nunca faltan y nos recuerdan la emoción de vivir. Por último, no hay mejor homenaje para un escritor –cualquiera fuera la veta que lo alimente– que la de verse reconocido en las sucesivas reediciones de su obra. Este es uno de ellos.

Freddy Molina Casusol
Lima, 17 de febrero de 2011

miércoles, 12 de enero de 2011

LA “NIÑA MALA” DE VARGAS LLOSA

Vargas Llosa ha creado en esta novela, Travesuras de la niña mala, el arquetipo de la mujer desleal y sin escrúpulos. “Lily, la chilenita”, al final, encuentra, después de tantas cabriolas en la vida, redención en los brazos de Ricardo, el único que la amó con desinterés. Empero, Vargas Llosa ya había boceteado una antiheroína de esas características en otra novela. ¿En cuál? En Lituma en los Andes, con Mechita, la chica del cantito piurano que fue ofrecida en prenda jugando a los dados en La Chunga, y que aparece y desaparece –dejándolo loco de amor– en la vida de Tomasito Carreño, el lugarteniente del cabo Lituma, en la mítica Naccos, escenario alejado y pedestre de los andes peruanos, donde se encuentra destacado. En Travesuras, el escritor escruta, como si fuera un tratado sobre el amor, los extraños vericuetos a los que conduce la pasión amorosa. Recuerda en esas fatalidades a las que somete a Ricardito, en su terco amor por la niña mala, las penas y decepciones retratadas en Justine o los infortunios de la virtud de Sade, que, como bien se sabe, recrea las desgracias y tristezas de su protagonista, Justine, quien –cándidamente– trata de enfrentar la vida siguiendo una correcta línea de conducta, pero que, a lo largo de una existencia plagada de contratiempos, crueldades y perversidades, es, a cada instante, desdecida para encumbrar otro modelo de vida en los que el arribismo, el tomar ventaja sobre los demás y la astucia son coronados con el éxito, los cuales, curiosamente, son encarnados por Juliette, su hermana mayor. Por otra parte, Vargas Llosa ha escrito una obra maestra, utilizando todos los artificios de la técnica literaria que él domina bien, para mantener en vilo a su lector. Si de él se dudaba, por ejemplo, que la cuestión erótica no era plenamente satisfactoria en obras como Elogio de la madrastra o Los cuadernos de don Rigoberto, esta vez el escritor demuestra, a través del dato escondido, el retardo del tiempo en el desarrollo de la acción ficticia y las elipsis, su destreza en este terreno. ¿Pero qué más hay en esta novela de Vargas Llosa? Hay el cumplimiento de un sueño, de un deseo. En alguna oportunidad el escritor peruano manifestó su anhelo de escribir una novela tomando como materia sus recuerdos parisinos. Si Travesuras de la niña mala, con el fondo de París, es aquella que imaginó, entonces ha cumplido con creces esa aspiración. Porque en ella se puede respirar las calles, los olores y los restaurantes de una ciudad que lo fue todo para Vargas Llosa cuando era un aprendiz de escritor y no pensaba ganar el premio Nobel. Asimismo, el final de Travesuras de una niña mala, es también un homenaje a la labor de creación de un escritor. Cuando la niña mala –o Lily la chilenita, la camarada Arlette, Mme. Robert Arnoux, Mrs. Richardson, la ex amante del japonés Fukuda y la que le robó el marido a Martine– le dice, al borde de la muerte y hecha un despojo humano, debido a la enfermedad terminal que la consumía lentamente, que la historia de amor de ambos era tema para una novela, el creador de la materia ficticia se engulle a sí mismo y termina descubriendo su raíz más íntima: la de ser un escritor. Una novela hecha, pues, por momentos, con pasión desbordante –y espléndidos toques de humor que desarrollan la línea trazada en Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia...– y que sólo un maestro del idioma como Vargas Llosa podía hacer.

Lima, 11 de enero del 2011

lunes, 10 de enero de 2011

LAS “SEXOGRAFÍAS” DE GABRIELA WIENER

Combinación de “sexo” y “biografía”: Sexografías. Ese es el nombre que escogió Gabriela Wiener para este libro. Ella no aspira a convertirse con éste en una versión criolla de Alessandra Rampolla. Nada de eso. La Wiener aspira, tal vez, a ser nuestra Valérie Tasso –no la del Diario de una ninfómana, sino la de El otro lado del sexo–, desmenuzando los secretos de alcoba de las parejas homosexuales y heterosexuales. En estos reportajes que ha dado forma de libro ha entrevistado a Nacho Vidal, famoso actor porno español que eyaculó a sus pies (luego de mostrarle la mata de su vello púbico); a la temible Lady Monique de Nemours –retratada también por Tasso–, mistress dominadora de hombres, que flageló en público sus nalgas –lo cual pareció gustarle–; a Badani, que le enseñó que si una mujer no se moja allí abajo luego de cimbrear las caderas en una sensual danza árabe, es que no lo ha hecho bien. Y así por el estilo, Gabriela Wiener ha hecho un fresco de algunos personajes y escenarios que forman parte de la farándula del sexo. Ha tenido a unos cuantos centímetros a Rocco Siffredi, toda una autoridad en el arte de hacer gemir a una mujer en la cama; a un prontuariado delincuente en el penal de Lurigancho (que la hizo pasar por su novia y que para simular mejor el asunto la hizo bailar una salsa pegadita a él, en un pub instalado al interior de esta prisión); y el miembro de un gordito detrás de ella –y delante de su novio– en un conocido en un club swinger barcelonés. En todos estos relatos, salvo en alguno donde la sacaron a empellones –de un night club limeño– por quedarse paralizada en la barra al intentar emular a Demi Moore en Striptease, Gabriela Wiener ha caído bien parada. Dueña de un estilo libertino y provocador, procedente del llamado periodismo “gonzo” –aquel que se alimenta de la carroña de la sociedad y privilegia en la mesa de redacción lo subjetivo sobre lo objetivo en una nota periodística– la Wiener ha hecho de Sexografías –reunión de crónicas publicadas por aquí y por allá– un libro encantador; un libro que se lee con cierto placer mórbido y que ya es un referente escrito para cierto tipo de mujeres que viven una sexualidad sin prejuicios. Libro, hecho, pues, por una femina que tiene al diablo entre las piernas y que no tiene ningún temor de mostrar lo que hay debajo de su falda para deleite de algunos hombres que se sienten atraídos, también, por lo prohibido.

Freddy Molina Casusol
Lima, 9 de enero de 2011

sábado, 11 de diciembre de 2010

EL COLÓN DE GANDÍA

LO QUE me llamó la atención desde que lo vi en el estante de una librería del jirón Quilca en el centro de Lima, fue comprobar la enorme cantidad de información que el autor, un desconocido para mí, Enrique de Gandía, ofrecía, con mucha erudición y buen manejo de la información, en su análisis de las fuentes colombinas.

 Me interesó esta Historia de Colón de Gandía porque me podía servir de modelo en cuanto al uso de las fuentes en el periodismo de investigación. Pero, ¿quién era Enrique de Gandía?

Gandía, para que tengan una idea del personaje, era una especie de Luis Alberto Sánchez de la historia argentina (con un centenar de publicaciones en su haber), pero a diferencia del nuestro, ejerciendo con mucho rigor su profesión y no dejando resquicios de duda de lo que brindaba al lector como certeza en sus investigaciones.

De esto último puede uno percatarse cuando Gandía, al exponer los estudios sobre la figura de Cristóbal Colón –de los que se tenía conocimiento alrededor de los años cuarenta– que hizo un tal Rómulo D. Carbia, deshace los argumentos de éste, quien, con falta de fundamentos sólidos, intentó desautorizar a un historiador de las indias como Bartolomé de Las Casas o buscó confundir citas y fechas para, vanamente, adjudicarle a De Las Casas la autoría de la obra del hijo de don Cristóbal, Hernando Colón, Historia del almirante Cristóbal Colón.

Por otra parte, el autor, en este estudio hermenéutico de las fuentes colombinas, trató con sumo cuidado a los colegas de su época cuando se trató de juzgar su propia actuación de las fuentes. Este fue el caso del erudito Celso García de la Riega, quien en un exceso de celo, para confirmar su teoría de un Cristóbal Colón gallego –y no genovés, como la mayor parte de los estudiosos sostenía–, se le ocurrió la peregrina idea de retocar con tinta cierta documentación donde figuraba el apellido Colón, ocasionando esto último que se le acusara de falsificador.

Gandía, buscando el equilibrio en el juicio y resaltando la opinión de paleógrafos que analizaron estos documentos y certificaron la honestidad y la buena fe de García de la Riega, rescató la correcta imagen del colega caído y con ello dar una lección de decencia y responsabilidad histórica.

Asimismo, en este trabajo de Gandía encontramos al peruano Luis Ulloa, conocido por sus trabajos sobre límites, quien es discutido por el argentino por sostener una supuesta patria catalana de Colón. Gandía se encarga de desmontar las piezas de la tesis del erudito peruano y demostrar que no existe prueba seria alguna que sostenga esta afirmación.

Con seguridad, si tomamos en cuenta la fecha de publicación de Historia de Colón (1942), ya han aparecido trabajos que han enriquecido, mejorado, corregido y aumentado la visión de Gandía sobre su biografiado, pero lo que no se puede reconocer, sin caer en la mezquindad, es que esta investigación de Enrique de Gandía es digna de leerse en la actualidad como ejemplo para los historiadores y, por qué no, para los periodistas actuales de cómo tratar las fuentes y de cómo ser escrupulosos con la información para no caer en la inexactitud y el facilismo. Gandía, en ese sentido, como lo fue Porras Barrenechea, todavía es un modelo a seguir.

Freddy Molina Casusol
Lima, 11 de diciembre de 2010

jueves, 7 de octubre de 2010

LOS 14 MINUTOS DE MARIO VARGAS LLOSA, Nobel de Literatura

EL TELÉFONO SONÓ en horas de la madrugada. El timbrazo lo despertó mientras estaba trabajando. Cuando contestó pensó que era una broma. Le dijeron que dentro de 14 minutos se conectara a Internet o al televisor, que la Academia Sueca le había otorgado el Premio Nobel de Literatura de este año. Él, en ese instante, pensó en sus hijos, Alvaro, Gonzalo y Morgana, dispersos en diferentes partes del mundo y pensó en llamarlos. Pero su esposa Patricia lo detuvo, que era mejor que esperara y recordó en ese instante que hacía algunos años a un escritor europeo, Alberto Moravia, le habían jugado una broma pesada de ese tipo. Recordaría en esos minutos lo que en alguna oportunidad le había confesado a un periodista: que había conocido escritores que habían organizado sus vidas en función de obtener el premio Nobel y habían empobrecido su literatura, así que decidió esperar con calma. La primera vez que había sonado su nombre como serio aspirante al Nobel de Literatura fue en 1981 cuando publicó La Guerra del Fin del Mundo, pero no sucedió nada. Al año siguiente tuvo que ver a Gabriel García Márquez, a quien años atrás le había tirado un puñete, obtenerlo por Cien Años de Soledad. Pasaban los años y su nombre figuraba en la lista de eternos candidatos. Vio obtenerlo al alemán Gunter Grass, con quien tuvo una fuerte polémica en un Congreso de Escritores por el calificativo de “cortesana” que le endilgó a García Márquez, a Darío Fo, Octavio Paz, entre otros, pero el premio no llegaba para él. Kenzaburo Oe, otro premio Nobel, dijo en alguna oportunidad que Vargas Llosa lo merecía. Pasaban los minutos y cuando llegó el minuto 14, lo supo a través de las agencias de prensa que rebotaron la noticia por todo el mundo, que “el escritor peruano Mario Vargas Llosa había obtenido el premio Nobel”. Por su mente, quizás, pasaron el Zavalita de Conversación en la Catedral, el Poeta y el Esclavo de la Ciudad y los perros, la Mechita de Lituma en los Andes, Fushia de La Casa Verde, personajes que poblaron y dieron vida a sus novelas. Vargas Llosa, horas después, declararía a un periodista peruano que se encontraba muy conmovido y que su casa era un loquerío. No era para menos. Vargas Llosa debió esperar muchos años para obtener tan ansiado galardón y 14 largos minutos que quedarán como registro inolvidable en su prodigiosa memoria.

Freddy Molina Casusol
Lima, 7 de octubre de 2010

Crédito de la foto: http://www.elreferente.es/cultura/vargas-llosa-el-nobel-reconoce-al-idioma-espanol-10283

viernes, 17 de septiembre de 2010

LOS QUIPUS DEL TAHUANTINSUYO

EN EL ANTIGUO IMPERIO DE LOS INCAS, para contabilizar los carneros, corderos y la cantidad de maíz que tenían almacenados, los hombres y mujeres hacían uso de un instrumento de cálculo un poco extraño compuesto de unas pedrezuelas, frijoles o granos de maíz. Los españoles que llegaron al Perú en el siglo XVI, quedaban asombrados cómo los indígenas peruanos hacían sus sumas, restas, divisiones y multiplicaciones con este instrumento. Era, pues, indudable que esos guijarros, frijoles o granos, escondían un secreto, un secreto que esas manos de los indios peruanos, con inusual habilidad, ponían en uso para hacer un mejor reparto de los bienes en el Antiguo Piru. Este conocimiento, que se creía irremediablemente perdido, ha sido redescubierto por un estudioso peruano, quien sumergiéndose en el análisis de las crónicas y los quipus que sobrevivieron a su destrucción tras la llegada de los españoles al Perú, ha rescatado. Andrés Chirinos Rivera, un antropólogo de profesión, a través de su trabajo en las comunidades amazónicas, ha venido aplicando utilizando con singular éxito la yupana, el instrumento de cálculo de los antiguos peruanos. Él, en una investigación minuciosa y ejemplar, Quipus del Tahuantinsuyo, ha develado, o dado a conocer, los valores de una fórmula que se acerca en mucho a la que se usó durante el Imperio de los Incas para el empleo de ésta. Según cuenta Chirinos en la introducción de su libro, para obtenerla tomó base el número cinco “ya que sospechaba que el papel del aymara (donde se nota más la importancia del cinco) debió ser primordial”. Chirinos nos enseña, de otro lado, que ese saber andino, visto con desdén por las miradas de corte occidental, contiene aún una sabiduría que pueden ser en estos tiempos modernos de mucha utilidad. La yupana, en un país, donde la carencia de lápices, libros de texto y cuadernos en lugares de difícil acceso, hace difícil la enseñanza de las matemáticas, compensa con creces esas ausencias. Dividido en dos grandes bloques, el primero versando sobre la historia de los quipus arqueológicos; y el segundo sobre el uso pedagógico de la yupana, Quipus del Tahuantinsuyo es un trabajo prolijo y revelador que merece ser difundido ampliamente para que los peruanos de ahora sientan orgullo por lo hecho por nuestros compatriotas del siglo XVI, cuando no se vislumbraba, ni por asomo, la presencia de la internet y mucho menos de la computadora para facilitarnos la existencia.

Freddy Molina Casusol
Lima, 17 de setiembre de 2010

viernes, 27 de agosto de 2010

EL PERIODISMO DE “EL FRANCOTIRADOR”

PRIMERO FUE CON EL HIJO de Salinas Sedo, Jaime Salinas Jr. Bayly, tratando de demostrar que lo que había afirmado respecto a Lourdes Flores era cierto –en cuanto a que ésta había tenido, por decirlo de alguna manera, una “relación impropia” con el general Salazar Monroe, al fingir defender los intereses de las hijas de éste en contra de aquel–, no tuvo el menor empacho de mostrar el contenido de un correo electrónico que le había dirigido Salinas Jr., en el que éste le expresaba su decepción por la actitud de la lideresa de Unidad Nacional, quien, al interior del comando de campaña, había confesado que en alguna oportunidad había asumido la asesoría legal de las cuñadas de Salazar, el general que había intentado matar a su padre, el general Salinas Sedo, durante el fallido intento de un grupo de militares por recuperar la democracia el año 92.

Bayly, posteriormente, tuvo que retroceder, pues no podía demostrar que Salinas Jr. había escrito ese correo, lo cual le hubiera acarreado serios problemas judiciales. Pero el daño ya estaba hecho.

Luego ha sido Beto Ortiz –con quien tiene una no muy reciente inquina, desde la época en que éste atacó la novela de su amiga/novia Silvia Nuñez del Arco, Lo que otros no ven (incidente que hay que señalar Bayly no provocó, sino el propio Ortiz)–, quien torpemente le cuestionó la adquisición de dos departamentos en una zona exclusiva de San Isidro, cuyo valor bordea el millón de dólares, dinero que, para Ortiz, hubiera sido mejor emplear para “solucionar la pobreza de varias provincias del Perú”.

La defensa de “El Francotirador” en este último punto fue impecable, pues nadie puede indicarle a uno lo que tiene que hacer con su dinero, como tampoco le corresponde a éste resolver los problemas de la pobreza en el país, pues esa es una labor del Estado. Además, Ortiz era el menos indicado para hacerle ese pedido: años atrás había invertido trescientos cincuenta mil dólares en la inauguración de una discoteca gay en Iquitos, suma que tranquilamente, siguiendo su misma lógica, hubiera servido para aliviar la pobreza de otras tantas provincias del Perú.

Pero en lo que está equivocado Bayly es en el haber utilizado el arma del chantaje mediático dirigida en contra de Ernesto Schütz-Freundt, administrador e hijo del dueño del canal, Ernesto Schütz Landazuri, con la exhibición pública de sus bienes –de él y de su padre– en Las Bahamas y Suiza respectivamente, para ocasionar la salida de Ortiz de Panamericana.

El mensaje fue más o menos el siguiente:

“Oye, Ernestito Schütz-Freundt, mi amigo –o ex amigo–, tú que has comido en mi casa lo que te ha servido mi mujer Sandrita, tú que te has comprado uno de los mejores hoteles en las Bahamas y que tienes como padre al prófugo de la justicia peruana, Ernesto Schütz Landazuri, quien a su vez se ha construido un hotel con vista al lago en la zona italiana de Suiza, si no callas a Ortiz, porque habla mal de mí en tu canal, voy a mostrar en “El Francotirador” todos tus bienes y demostrar que no eres tan insolvente como pretendes presentarte para eludir el pago de varios millones de dólares que tiene como deuda Panamericana a la Sunat. ¿Cómo hacemos? ¿Lo callas o continuo?”.

Obviamente, Ernesto Schütz no lo pensó dos veces y, desde las Bahamas, llamó a Federico Anchorena, su representante en Lima, para decirle que Ortiz no va más, cediendo al chantaje de Bayly y así no ver afectados sus intereses empresariales (que de nada le ha servido, pues el gobierno peruano ha autorizado a la Fiscalía suiza que investigue a Schütz Landazuri por recibir dinero de Montesinos).

Esto es, pues, a nuestro juicio, un atentado contra la libertad de expresión, cometido por un periodista contra otro periodista. En EE.UU, país del cual Jaime Bayly es también ciudadano, Ortiz hubiera sido protegido por la Primera Enmienda. ¿Qué dice, básicamente, la Primera Enmienda? Dice que no se puede coartar la libertad de expresión. ¿En qué caso emblemático fue invocada? En el caso Hustler Magazine versus Falwall, cuando éste último –un pastor religioso– acusó al dueño de la revista Hustler de haberle provocado daño emocional al haber publicado en dicho medio una caricatura donde se le presentaba en relaciones incestuosas con su madre. El Tribunal Supremo de los EE.UU. dictaminó que la prensa tenía el derecho de burlarse de los personajes públicos, aun cuando estas burlas fueran ultrajantes y causaran “angustia emocional”. Es decir, se superpuso el derecho a la libertad de expresión al daño psicológico que se podría infligir a una persona pública debido a una información maliciosa. Porque como decía la sentencia, reproducida en la película The People vs Larry Flint (1996): “El alma de la Primera Enmienda recoge el libre flujo de ideas. La libertad de poder expresarse es un aspecto de la libertad. Es esencial para buscar la verdad y la vitalidad de la sociedad. Muchos asuntos no admirables están protegidos por ella”. Pero como estamos en el Perú, el asunto Ortiz ha sido resuelto entre señoritos de narices respingadas que, llamándose entre sí, han puesto orden en sus feudos. Un claro ejemplo de cómo se manejan todavía ciertos problemas en el país.

En conclusión, el periodismo que hace Jaime Bayly es un tipo de periodismo que podría llamarse, sin exagerar un ápice, de “infidencia”. Un tipo de periodismo que de haberse ejercido en el caso Watergate hubiera entregado a la opinión pública los nombres y apellidos de “Garganta Profunda” si lo estimaba conveniente, violando así uno de los preceptos del periodismo: el de mantener en reserva la identidad de la fuente.

Por último, a Jaime Bayly, “El Francotirador”, le calza ya muy bien lo que dijo en alguna oportunidad Mario Vargas Llosa sobre él: que es un “payaso”.

Freddy Molina Casusol
Lima, 27 de agosto de 2010

Crédito de la imagen: Carátula del Suplemento "Domingo" de La República. Lima, 4 de julio de 2010

domingo, 22 de agosto de 2010

EL PARAÍSO DE MORGANA













TODAS LAS FOTOS SON BUENAS. Nuestra preferida es la de la página 25, donde se ve al escritor sentado tomando notas al pie de la tumba del pintor. Se llama “A solas con Gauguin”. El texto de Mauricio Bonnett acompaña perfectamente las imágenes que nos llevan a Tahití, lugar donde se inicia el recorrido para reconstruir el itinerario vital del pintor Paul Gauguin. Vargas Llosa, con seguridad, ha aprobado lo escrito allí, pues recoge con pulcritud lo vivido en el viaje.
Las fotos de Morgana, la de los berrinches en la cuna, como la presenta el escritor en El diario de Irak –otro de sus libros que dejó ilustrar por ella–, tienen, pues, la prudencia de no interrumpir la labor del novelista, sobre todo cuando, abstraído éste en sus pensamientos, se sumergía en sus apuntes para la nueva novela que estaba escribiendo, El paraíso en la otra esquina. (“Tengo una conexión muy fuerte con ese libro”, confesaría la fotógrafa después a un periodista).
Morgana con sus fotos nos empuja a pensar que las teorías de León Pinelo sobre el paraíso en la tierra, tal vez no fueron tan absurdas como creyeron algunos, y que quizás tuvieron su materialización, gracias a la certeza de sus encuadres, en la selva virgen de Hiva Oa, allá en las islas Marquesas (ver foto de la página 37, llamada, precisamente, “El Paraíso”).
En Las fotos del Paraíso, la hija menor de Vargas Llosa ha aprovechado la relación consanguínea con su afamado padre, para afianzar una mirada personal sobre el quehacer fotográfico. Un libro que un lector que sigue la obra del escritor disfrutará porque retrata una de las fases del proceso de creación novelístico, la relacionada a la recopilación de materiales y recuerdos para dar vida a los escenarios y personajes que moldean una ficción.
Por ello debemos sentirnos agradecidos, porque el libro de Morgana Vargas Llosa nos hace partícipes de éste. Algo que ni Faulkner ni Flaubert, los héroes del escritor, pudieron tener en vida.



Crédito de las fotos: Morgana Vargas Llosa

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...