jueves, 28 de agosto de 2025

MECHE

LO escribió muy probablemente pensando en recomponer su imagen, que quedó bastante mellada después de la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski a la presidencia de la República el 21 de marzo del 2018. Martín Vizcarra, quien fue, por orden de sucesión, el encargado de sucederlo la ignoró en su calidad de segunda vicepresidenta durante su mandato. Luego, a Mercedes Aráoz la hicieron juramentar como presidenta del país tras la suspensión de Vizcarra por haber disuelto el Congreso en setiembre del 2019, pero hubo un fuerte cuestionamiento de la oposición que la obligó casi a renunciar en el acto. Posteriormente se salvó de una acusación constitucional apelando a un tecnicismo antes de la juramentación. El libro de Aráoz se inscribe en ese contexto. «Meche», como es conocida cariñosamente en el ambiente político, durante la pandemia volcó el sinsabor de la experiencia vivida en un texto confesional donde se devuelve a sus años de niñez y juventud en Pueblo Libre, al lado de sus padres, muy cerca de la Gran Unidad Escolar Bartolomé Herrera y la calle Cueva (hoy llamada Juan Valer). Por allí vivía ella, como una niña de clase media. 

Meche (2020) es la historia de una política peruana que supo aprovechar las becas para lograrse profesionalmente. Es decir, por mérito propio. Rompiendo al temor al papel en blanco, y la timidez, comparte momentos de su vida, algunos que la marcaron íntimamente como la muerte de sus padres. 

De Meche Aráoz ya teníamos noticias en el libro TLC. Historia de un desafío (2010), de Alfredo Ferrero, como parte del equipo que iba a negociar con EE.UU. el Tratado de Libre Comercio. (El libro, hay que decirlo, es un relato apasionante del equipo negociador, en el que la economista Aráoz tuvo una importante participación, para sacar adelante este tratado comercial con el Gran País del Norte). 

Meche está escrito desde la honestidad y la transparencia, poco común entre los políticos profesionales. Pero también desde la ternura, especialmente en esos pasajes iniciales de confesión adolescente. 

Engreída del expresidente Alan García, a quien le tenía gran estima y la nombró ministra de Economía, Mercedes Aráoz tuvo que aprender a convivir con las serpientes que abundan en el aparato estatal. Una de ellas fue Martín Vizcarra –quien ha sido puesto al descubierto en hechos de corrupción por los periodistas Martín Riepl (Vizcarra. Una historia de traición y lealtad, 2019) y Carlos Paredes (El perfil del lagarto, 2021)– y que Aráoz describe en sus sinuosidades y silencios cuando traicionó a PPK para ceñirse la banda presidencial. 

El libro de Aráoz no es el único de su tipo en el que un personaje público quiere dar su versión de su paso por la política. Allí tenemos el de Pedro Cateriano, Sin anestesia (2021), o uno anterior de Omar Chehade, La gran usurpación (2016).

Empero, El pez en el agua (1993), de Vargas Llosa, aún sigue siendo insuperable en el género de las memorias políticas.

«EL MUNDO ES ANCHO Y AJENO» VISTO POR TOMÁS ESCAJADILLO

ORIGINALMENTE formaba parte del cuerpo de la tesis, pero se desgajó para ser un libro independiente. El trabajo de Escajadillo no solo tuvo este hijo que salió a buscar su propio destino, sino que hubo otras partes que quisieron ser autónomas y encontraron espacio en otros proyectos editoriales que las acogieron. Así fue el caso de la parte correspondiente a López Albújar que la Conup publicó, la de Aves sin nido que una revista recogió, y el copioso y bien nutrido (por la información que procesaba) “Planteamiento General” que llamó sencillamente La narrativa indigenista, siendo la puerta de entrada de la tesis de Tomás Escajadillo: La narrativa indigenista: un planteamiento y ocho incisiones que nunca pudo salir en un solo volumen por lo abultada que era (se puede consultar en San Marcos sus seiscientas páginas). La muy importante “Meditación preliminar sobre José María Arguedas y el indigenismo” salió en el No. 13 de la Revista Peruana de Cultura, y el estudio referido a Ventura García Calderón en Narradores Peruanos del siglo XX (1994). Este hijo de Escajadillo, Alegría y el mundo es ancho y ajeno (1983)es responsabilidad del Instituto de Investigaciones Humanísticas de San Marcos. Destaca su prólogo. Escajadillo era muy meticuloso, exhaustivo, se empapaba con toda la información bibliográfica sobre el tema, la procesaba y exponía su parecer tanto en el texto como en las notas a pie de páginas, enjundiosas, que permitían percibir su vocación de investigador dedicado a la temática indigenista. Este prólogo arremete contra el escritor chileno José Donoso quien, en las líneas introductorias para una edición popular de El astillero, se interroga de cómo su autor, Juan Carlos Onetti, no pudo haber sido reconocido en el lejano 1941 cuando es derrotado por Ciro Alegría y su novela El mundo es ancho y ajeno cuando ambos novelistas midieron sus fuerzas escriturales en el concurso Farrar & Rinehart que premió al peruano. Escajadillo, dando un puntillazo, se encargó de aclararle al novelista chileno, “ya que tanto se escandalizaba”, que Alegría no le había ganado a El Astillero, publicada veinte años después, tampoco a Tierra de nadie (1941), sino a una novela menor, Tiempo de abrazar, que por esas fechas estaba inédita y Onetti se resistía a publicada (luego lo hizo y, realmente, comparándola con la del peruano, se entiende el por qué había perdido). El estudio de Escajadillo revela los mecanismos que estructuran la novela como el efecto de retardamiento del tiempo que el crítico ve como una estrategia del narrador, pero no así los críticos de Alegría quienes ven en esto un defecto. El propósito de esta técnica, entre otras mencionadas por Escajadillo –como el racconto–, es la de prodigar al relato de suspenso. El crítico Escajadillo no solo sale a defender la novela de Alegría, sino ante el acaparamiento de la atención en la figura de Arguedas, hunde la barreta para fundar los estudios sobre la obra del novelista norteño cuyo indio se diferenciaba del mostrado por el autor de Los ríos profundos. Escajadillo falleció hace algunos años, pero dejó un estudio clave para entender a Ciro Alegría, uno que lo va a sobrevivir en el tiempo.


jueves, 21 de agosto de 2025

PLAGIO

ME llamó la atención que la trama de un homicidio tuviera como escenario la Facultad de Letras de San Marcos. Me llamó más la atención que el hecho de que se desarrollara dentro del contexto de la dictadura fujimontesinista (tópico que ha devenido en un lugar común). 

Plagio (2016) tiene como un componente principal la relación homosexual que tiene Ignat, el alter ego del autor, con Murillo, un estudiante de filosofía, que se entrega a juegos sexuales como en Historia de O, y es sodomizado por su ocasional acompañante en un cuartucho misérrimo de un hostal barato y sucio, tras tomarse un vino en un parque cerca de San Marcos o en el Sky Room, bar de los sanmarquinos ubicado en el segundo piso de una tienda de la zona.

La libertad de ejercer la coyunda contranatura, estirando el erotismo de George Bataille, héroe de Ignat, al que apela como un tótem, se establece en un primer plano.

«Ninguna libertad más grande que someterse por completo, la liberación del cuerpo solo era posible en la confusión entre el placer y el dolor…», reflexiona Ignat con los libros de Bataille al lado.

(Luego le pidió Murillo que lo matara para consumar su “obra”, como en la película Seven.)

En Plagio es reconocible como locación el patio y el Bosquecito de Letras, la huaca, donde van a amarse Ignat y Murillo, cerca del estadio donde, a mediados de los noventa, fecha en la que desarrolla la trama, se podían encontrar condones usados como vestigios de la refriega corporal de las parejas.

Esta novela corta tiene cuatro amigos y una chica como protagonistas. Tony, Zeta, Josué, Ignat y Ana forman parte de una sociedad secreta, similar al que aparece en La Sociedad de los Poetas Muertos, y las ideas de Bataille les sirven de guía. 

El más misterioso y elucubrativo es Zeta, un muchacho que alimenta de ideas conspiranoides a Ignat, y le hace imaginar que Ana forma parte de un complot para atraerlo al grupo. Incluso le cuenta cómo la conoció y fueron amantes ocasionales (“tirábamos”) para poner en duda su propósito de casarse con ella (había quedado embarazada de él). Le llega a decir que todo lo referido a ella no se sabe con certeza ni siquiera si su nombre es verdadero, sugiriendo que sea una agente del gobierno. La presenta como un personaje que tiene un objetivo desconocido y que ese embarazo no es tal y que supone que Ignat no ha creído que sea cierto, planteando un juego mental tratando de involucrarlo en él.

Un asesinato planificado, el lugar escogido con cuidado para efectuar el sacrificio humano y pasar de lo profano a lo sagrado, de acuerdo a la antojada lectura de los textos de Bataille considerados casi sagrados en esa sociedad secreta. 

Cuando parecía que el relato de Francisco Ángeles, en flash back, nos iba a ofrecer detalles de la muerte de Murillo, mediante “El viejo”, que es el propio Ignat, y quien cree que nadie había descubierto su crimen, hay una voltereta en la trama, que ya plantea la falta de cordura del protagonista.

Ignat había resultado ser Murillo, que asesina al primero cuando se infiltró como estudiante de San Marcos siguiendo las órdenes de sus superiores en el ejército que buscaban elementos subversivos entre el alumnado. Era, pues, un espía. 

Pero luego resulta que no era ni Murillo ni Ignat, era los dos simultáneamente. Ese giro inesperado, ese trasvasarse de una personalidad a otra, recuerda el thriller psicológico protagonizado por Kevin Costner, Mister Brooks. Y también, por asociación de ideas, con El cartero llama dos veces, de James Cain, por sus dos finales.

Y, a continuación, pasamos a un Murillo/Ignat que mata a Ana.

Plagio es una novela corta de identidades dobles. Tiene algunos escenarios de la ciudad conocidos: el jirón Quilca, Camaná, Petit Thouars, entre otros. Una novela nacida de “descuartizar” otra que fue su génesis. A casi diez años de su publicación se deja leer aún, como lo son las buenas novelas.

sábado, 16 de agosto de 2025

PRENSA Y SUBVERSIÓN

 

EN 1989, cuando fue publicado, Sendero proclamaba que había logrado el “equilibrio estratégico” y desplegaba sus huestes en la capital pensando en instaurar pronto la República Popular de Nueva Democracia. Ese mismo año, en un golpe propagandístico, Abimael Guzmán, el Puka Inti, el inubicuo jefe de Sendero, ofrece una extensa entrevista a Luis Arce Borja, director de El Diario. Por esos días se discutía si medios de prensa como el antes mencionado, convertidos en cajas de resonancia de la subversión, merecían tener un espacio en la democracia (en esa misma situación estaba Cambio, soterrado vocero del MRTA, la organización subversiva liderada por Víctor Polay Campos). El MRTA, el otro actor de este drama, encajaba el serísimo golpe de Los Molinos (Junín), donde cayó una parte importante de sus cuadros militares en un enfrentamiento con el ejército. (“Batalla”, le llamaron.) En Lima, se tenía la percepción de que Sendero podía tomar el poder (aunque, luego se supo, con información a la mano, que estaba lejos de hacerlo). En San Marcos, donde el autor del libro enseñaba, las paredes de la universidad lucían pintarrajeadas con los lemas de Sendero y el MRTA, compartiendo los espacios con los de otras agrupaciones de izquierda como el PUM. En las aulas principales de la Facultad de Letras se podían leer los lemas alusivos a la guerra popular de Sendero, mientras que, en la entrada, al lado izquierdo se podía observar el símbolo del MRTA: un fusil y una macana, coronados con el rostro de Túpac Amaru, dentro de un círculo. Ese mismo año, 1989, Abimael Guzmán, el “Presidente Gonzalo”, convocó a un “paro armado” y sus huestes desfilaron en el campus de San Marcos. Grosso modo, ese es el marco histórico en el cual hizo su aparición Prensa y subversión, el libro de Carlos Oviedo. 

Respecto al libro. El periodista arma bien su estrategia de trabajo para atacar el tema. Antecede a su estudio dos primeros capítulos en los que hace una reflexión sobre el terrorismo (la referencia de Walter Lacqueur, una autoridad muy recurrida en esos años, es acertada), y la violencia (Oviedo la trata de explicar remarcando la violencia estructural, es decir, las condiciones de pobreza de las poblaciones marginales). 

Por otra parte, el autor ya tenía conocimiento sobre lo que iba a analizar en el capítulo 3 (“La propaganda subversiva y medios de comunicación”) desde Manejos de la propaganda política (1982), su anterior libro. Es pertinente recordar lo que decían los entendidos en el tema: al terrorista le interesa que se divulguen y magnifiquen sus acciones pues así publicitan la existencia de su organización. La notoriedad es vital. 

Leer el libro de Oviedo es revisar el pasado de coches bomba y atentados terroristas. Es recordar cómo la propaganda senderista se exhibía colgada en los quioscos bajo el disfraz de periodismo y al amparo de la libertad de expresión, es decir, aprovechando las ventajas que da la democracia para, luego, intentar hacerla detonar por dentro. Es traer a la memoria los perros colgados en una esquina de la capital expresando su rechazo a las reformas de Deng Xiao Ping que contravenían lo hecho por Mao, el Gran Timonel, en China. También rememorar la vesania de Sendero, como la que tuvo con las SAIS de Puno donde masacró a un millón de animales (entre cabezas de ganado ovino, vacuno y alpacas) con el fin de alejar al campesinado de una economía de mercado. Ya habían pasado seis años de la masacre de Lucanamarca en la que Sendero asesinó a mujeres, ancianos y niños. Fueron 69 los asesinados a punta de machetazos y hachazos. Y estábamos a tres largos años de la captura de Abimael Guzmán, responsable de estos hechos de sangre. 

Llama la atención que el estudio de Oviedo haya pasado desapercibido por esos años siendo, quizá, el único sobre la propaganda de los dos principales movimientos subversivos que asolaban el país. (La acaparaba Raúl Gonzales, el senderólogo, que era consultado para analizar las acciones de los seguidores del Presidente Gonzalo.) 

Completa la investigación un análisis del tratamiento periodístico en los diarios de la época (Expreso, Hoy, La Crónica, La República, Actualidad, Cambio y el propio El Diario), en relación a un caso, el de Juanjuí, un poblado de la selva tomado por la fuerza por el MRTA que desplazó una columna de subversivos al mando del Comandante Rolando. 

Prensa y subversión, un libro para recordar un pasado que no debe volver. 

sábado, 9 de agosto de 2025

VARGAS LLOSA PERIODISTA Y EL REPORTAJE A NICARAGUA


EL reportaje salió publicado en The New York Times bajo el título “Nicaragua en la encrucijada” (1985). Aquí El Comercio lo difundió en entregas semanales que el gran lector recogía en su puesto de periódicos favorito. La vocación de Vargas Llosa por el periodismo ya es conocida. Desde los tiempos en La Crónica el escritor peruano lo alternaba con su vocación por la literatura.

Hay tres grandes reportajes reconocibles en su trayectoria. El primero es el de “Nicaragua”, reproducido en Contra viento y marea (III); el segundo, Diario de Irak (2003), y el tercero, Israel-Palestina. Paz o guerra santa (2006), han alcanzado la categoría de libro. Lo ideal sería tener los tres textos en un solo volumen para encontrar las similitudes y diferencias de la escritura periodística vargasllosiana.

La publicación por entregas de “Nicaragua” debe haber complacido al escritor, amante del feuilleton francés, pues es el lector se quedaba con la idea de qué venía después. Eran los tiempos que el periódico de papel te permitía esas licencias, ahora, en esta virtualidad de la inmediatez, sería un anacronismo.

Pero Vargas Llosa no solo haría periodismo escrito, sino también periodismo televisivo (incluso deportivo cuando cubrió las incidencias del Mundial 82). La Torre de Babel (1981) era el nombre del programa que el escritor condujo durante veintiséis domingos en la señal de Panamericana Televisión. Caretas, por otra parte, fue la ventana que escogió para, con su columna Piedra de Toque, conectarse con la realidad peruana y dar su opinión sobre la literatura, el arte y la política, y no siempre bienvenida por los afectados en sus críticas (recordemos la serie de artículos “El intelectual barato”, de 1979).

Cuando el reportaje de Nicaragua fue publicado en abril de 1985, el país estaba conmocionado por el atentado terrorista cometido contra Domingo García Rada, presidente del Jurado Nacional de Elecciones. García Rada recibió el impacto de dos balas en la cabeza y otra en el brazo. Los responsables fueron los militantes de Sendero Luminoso, el movimiento subversivo que cinco años atrás se había levantado en armas contra el Estado peruano.

(Punto aparte: Se ha reconocido en La orgía perpetua y García Márquez. Historia de un deicidio los fundamentos de una teoría de la novela en el escritor. Cabe interrogarse, haciendo un paralelo, si los tres reportajes –“Nicaragua”, Diario de Irak e Israel-Palestina– alcanzan para formular una teoría del periodismo; en todo caso, se desliza la idea como un juego intelectual.)

En el reportaje a Nicaragua, el escritor peruano mantiene un tenso equilibrio. De entrada, se ubica como árbitro entre las fuerzas del régimen sandinista y las de la oposición. Trata de distribuir los méritos y culpas en ambos bandos. Conociendo su posición respecto a Cuba en esos años, se esperaba que, con la Nicaragua sandinista, cercana a Fidel Castro, tuviera el mismo trato, pero no, prefiere optar por una neutralidad suiza. Cuando se pregunta en mayéutica: «¿Es Nicaragua un estado marxista-leninista? ¿Está a punto de ser una segunda Cuba?» El escritor se responde que, a diferencia de la isla donde quedó suprimida, en Nicaragua hay aún propiedad privada y pluralidad informativa (aunque un tanto menguada), dando a entender que no. Cuando se le señalaba en reuniones de la oposición que el gobierno era violador de los derechos humanos, Vargas Llosa respondía que una reunión como la que se estaba llevando a cabo era inconcebible en un estado totalitario.

La posición de Vargas Llosa respecto a la Nicaragua sandinista se resumía en sus propias palabras: «Las versiones que el gobierno y sus adversarios esgrimen sobre casi todo son tan contradictorias que quien trate de ser objetivo se encuentra a menudo aturdido.»

Vargas Llosa trataba de ser cuidadoso. Hay que recordar que venía, dos años atrás, de la experiencia de Uchuraccay, de haber integrado la comisión investigadora para dilucidar la muerte de ocho periodistas en la sierra de Ayacucho. Eso lo debe haber marcado. A eso se debe el tono de escepticismo adoptado en cuanto a lo que le transmitían uno y otro bando.

Lo mismo ocurre cuando aborda el tema de la religiosidad del pueblo nicaragüense en “La Iglesia Popular”, la quinta entrega de su reportaje. El Vargas Llosa periodista le da espacio a las dos posiciones que se disputan la feligresía nicaragüense. Tanto la llamada “Iglesia Popular”, a la que no ve como tal y es representada por el padre Uriel Molina, y la liderada por monseñor Obando y Bravo, más intuitiva, y no intelectualizada como la primera, llena de curas progresistas, y que es a la que se adhiere el grueso de los católicos, como anota el escritor, son las dos vertientes que reconoce.

Asimismo, a diferencia de Cien años de soledad donde se ve a Remedios La Bella ascendiendo a los cielos, el reportaje da cuenta de un hecho milagroso: el de la Virgen María descendiendo de los cielos en una nube para decirle a un sacristán que rechazaba el comunismo y el ateísmo del régimen. Bernardo, el sacristán, se lo contó al escritor con las virtudes de la fe e hizo que se pusiera nervioso.

Vargas Llosa también relata que, como a Jesús cuando fue tentado por el diablo, al sacristán se le apareció la tentación en forma de mujer; empero los fieles que lo protegían descubrieron a los fotógrafos agazapados, listos para hacer click cuando se entregara al pecado de la carne. Esa celada, y quién sabe otras que tenían planeadas, le fue tendida para desacreditar la revelación de María que dejaba malparado a Daniel Ortega y al gobierno sandinista.

La estrella de “Nicaragua”, sin duda, es Tomás Borge. Al encuentro con Borge (y a su ¡Hijueputa!) le dedica completa la novena entrega.

En conclusión, el Vargas Llosa periodista, en medio de la guerra entre los “contras” y los sandinistas, cumple su misión de informar llamando la atención cierta condescendencia con el régimen de Nicaragua al que le otorga el beneficio de la duda.

En todo caso, sucumbe al realismo. Pide que la sociedad reporteada viva con dignidad y mínimamente con libertad.

Finalmente, el periodista Vargas Llosa de “Nicaragua en la encrucijada” es un modelo a seguir ahora que pululan propagandistas políticos disfrazados de periodistas.

Crédito de la foto: Revista de Libros

lunes, 4 de agosto de 2025

LAS COLUMNAS PERIODÍSTICAS

LA gente sin mucha memoria puede olvidarse de una columna periodística bien hecha. Yo recuerdo (me pongo de mal ejemplo) las columnas de Alfonso Tealdo ("El Mirador"), publicadas en El Nacional a mediados de los ochenta. Eran columnas picantes, entretenidas, de párrafos cortos y muy concisas. (Recuerdo una en especial donde Tealdo escribía sobre Genaro Delgado Parker y el Canal 5.) Entonces, no es tan cierto lo que afirma Augusto Álvarez Rodrich en la entrevista que le hacen para este libro: que las columnas periodísticas solo quedan en la mente del lector durante diez minutos, que no van a ser recordadas dentro de un año. La de Tealdo, arriba mencionada, fue escrita hace cuarenta años y la tengo aún fresca en mi memoria. También me acuerdo las de Manuel D’Ornellas, que eran publicadas en la segunda página de Expreso y analizaban la coyuntura nacional. Eran tersas, elaboradas como siguiendo una plantilla que el periodista tenía en la cabeza exprofesamente. Cumplían con su misión y eran muy puntuales, sin excesos verbales. Otras que eran bastante buenas, eran las del periodista César Lévano en su etapa de columnista en el diario La Primera. Con un enfoque de izquierda, pero bien llevadas para que el lector no se aburra. Cortas, eficaces para transmitir el mensaje. Las de Alfredo Barnechea, en el diario Correo eran un ejercicio de la inteligencia. Muy bien trabajadas. Barnechea contó en alguna oportunidad que demoraba horas en hacerlas y que su mujer lo inquiría por su meticulosidad. Eso, muy posiblemente, se debía a que a la hora de redactarlas pensaba en el lector y que no debía aburrirse con ellas. Las escritas por Hildebrandt en el semanario Visión Peruana eran muy cultas; en algunos casos, las publicadas en Liberación, diario que también dirigía, de igual forma. Luego ha publicado otras de corte político (que han sido reunidas en La piedra en el zapato), panfletarias, merecedoras del olvido (mucho peor son las que infringe al lector en Hildebrandt en sus trece, parecen escritas por un sindicalista de la Plaza Dos de Mayo). Existen columnas con mala leche. Una de ellas era El malapalabrero, publicada en La Primera, ingeniosa pero ganada por la insidia. Su autor, egresado de una universidad privada, parecía querer emular en sus textos a un faite de La Parada. “La Ortiga”, la columna de Andrés Bedoya Ugarteche, era muy provocadora. Publicada en Correo, lanzaba sus denuestos contra la izquierda; sus calificativos, en alguna oportunidad, descendieron al nivel de letrina pública. No he vuelto a leer columnas como las de Luis Alberto Sánchez en Visión Peruana. Exquisitas, primorosas, con la mejor prosa literaria de Sánchez. Me viene a la memoria una: «Mi Percy Gibson”, donde trae los recuerdos del padre de Doris Gibson, fundadora de Caretas. Por contraste, las de Mirko Lauer son sosas, aburridas, sin juego de palabras, interesadas en esclarecer el acontecer político pero sin vivacidad (en la entrevista que le hacen a Lauer luce mucho mejor). Sirven para el archivo, para el cotejo de un historiador del futuro que quiera tener el registro de nuestra época. Este libro del chileno Cristián Faúndes, Invertebrados (2022), es una contribución sobre las columnas de opinión en el Perú. Tiene entrevistas muy entretenidas, como las hechas a Álvarez Rodrich y Cecilia Valenzuela. Recomendable.

miércoles, 30 de julio de 2025

UNA PASIÓN CRÓNICA

RESULTA extraño que Una pasión crónica, el libro de Eloy Jáuregui, no sea un manual obligado de consulta para los estudiantes de periodismo. Yo tengo una hipótesis: los profesores de periodismo no leen, y como no leen, o desconocen su existencia, no lo tienen como referencia. Es el mismo caso de Víctor Hurtado, su libro Pago de Letras (1998, 2004), que debería servir de modelo para los que buscan una prosa en la que se funden la literatura y el periodismo, es poco mencionado. (Ya no hablemos de Otras disquisiciones (2023), extensión de Pago y su libro mayor –ahora en dos volúmenes, publicado por Artífice–, parece estar condenado a ser solo abierto por espíritus selectos, cultivados en el Renacimiento.) En la lista del olvido también podemos encontrar a Manuel Jesús Orbegozo, cuyo libro, MJO. Testigo de su tiempo, que muestra los secretos del oficio, goza del poco codiciado privilegio de la inexistencia en la mente de los estudiantes. Claro, si el docente, que es quien debe orientarlos no lee, menos lo va a hacer el pupilo. Y hablamos de los peruanos, cómo será con los extranjeros. ¿Habrán leído, al revés y al derecho, Todos los hombres del presidente? ¿Les suena Jon Lee Anderson y Oppenheimer? ¿Vargas Llosa y García Márquez en sus notas periodísticas? ¿Leila Guerriero? Pregunto, supongo que sí. Volvamos al libro de Jáuregui. Se nota que es un libro diseñado para un iniciado en estas lides. Lo indican las entradas. La mayoría de ellas remiten a las clases de Jáuregui en la universidad (evocan los “Borges vino a casa”, de Bioy). Va soltando los “tips”, las “pepas”, en cada uno de sus capítulos. (Tengo entendido que el editor, muy amigo del periodista, lo empujó a volcar toda su experiencia de profesor de crónicas y entrevistas, para que no se pierda.) En Jáuregui hay un estilo identificable (se le puede detectar en su Usted es la culpable, quizá su mejor libro), uno de la calle, pendenciero, quimboso, zigzagueante y rumboso, como era él mismo en su barrio de Surquillo. Como la escritura de Ribeyro: tiene un sello de agua (aunque la IA urda ahora estragos entre los escritores). Una pasión crónica debería tener además del subtítulo –Tratado de periodismo literario– otro que diga: Memorias de un periodista en un aula de clase. Porque eso es lo que se observa desde el primer capítulo: la subjetividad del hombre de prensa zambullido en la docencia. Del temor inicial se pasa a la destreza del ducho. Asimismo, la lingüística, su primer amor, le tendió la mano al autor en la puja por explicar el significado y los significantes en la redacción de la prosa periodística con gambetas. Saussure, Bailly y Sapir le sirvieron de “punteros mentirosos”. Finalmente, el libro alterna las lecciones del periodista con crónicas que él mismo escribió y fueron publicadas en diferentes medios escritos de la capital. (Quién más que él para ser su propio modelo.) Un libro que debería estar en el estante de un periodista (y de otros que pretendan serlo).

domingo, 27 de julio de 2025

EL SITIO DE LA LITERATURA

 

EL cuarto ensayo es el núcleo del libro. Es la extensión de un artículo de Mirko Lauer publicado en La República que auscultaba la posibilidad de que Vargas Llosa asumiera el premierato durante el gobierno de Fernando Belaunde. El texto es subsidiario de aquellas columnas políticas de los años 90 en las que Lauer analizaba el escenario nacional, y se pueden encontrar compilados en su libro Días divididos (1994). La prosa es periodística, no muy brillante; solo cumple. No es vertiginosa como la de Guillermo Thorndike o muy adornada y de elegante estilo como la de Luis Alberto Sánchez en el semanario Visión Peruana, dirigida por Hildebrandt, y que reunió en Examen de conciencia (1988). Resulta extraño que a lo largo de su carrera no haya sido un referente del periodismo nacional habiendo tenido todo el potencial para serlo. Un hombre culto, sí; con variadas inquietudes intelectuales. Allí tenemos sus libros (hablamos de los más destacados) de crítica a la artesanía, sobre la pintura peruana, de gastronomía y otro dedicado al arte milenario de interpretar el I Ching. Tiene, además, una traducción de El sonido y la furia, de Faulkner. Como poeta es recordado por Sobre vivir, y, como promotor cultural, por Hueso Húmero y la editorial Mosca Azul. Pero, a pesar de ello y de él mismo, Lauer parece un intelectual recluido en el catastro de su producción. No ha sido como Macera que, casi enclaustrado como él, dejó una luminosa producción. Lauer se ha conformado con ser, al final, solo el columnista de La República y el Pedro Rojas de No, mi General, de Thorndike. 

En cuanto al libro, que enjuicia la relación de los escritores y la política peruana en el siglo XX, podemos decir que no alcanza la agudeza de Sobre el 900, de Luis Loayza. Su enfoque se encuentra en el primer párrafo de la introducción cuando precisa, sin equivoco, que su libro “parte de la noción de que la literatura no es solo los textos mismos, sino también la organización que los produce, los distribuye, los consume, i.e. los permite, y en la cual los textos son un momento no un final.”, es decir, del modo de producción, una categoría marxista, usada por críticos como Ángel Rama, para no desceñir el solipsismo del creador de palabras del contexto socio-económico que lo envuelve. La sensación que causa es similar a la que provocó ver cuando la famosa Mesa de Todas las Sangres, que deprimió a Arguedas, fue invadida por sociólogos. Lauer se asienta en el peso de las ciencias sociales, en Flores Galindo y Quijano, para impregnarle un aire de “cientificidad” al contexto en que se mueven los escritores convocados para el análisis. La literatura aparece sometida por ese peso. 

El tercero de sus ensayos ha envejecido: ahora hay literatura de la migración en nuestra narrativa. Incluso, cuando Lauer lo esbozaba, la hubo, sino qué era Arguedas, un migrante de la sierra a la costa, en El zorro de arriba y el zorro de abajo (llamada inicialmente Harina mundo), que miraba con ojos de extrañeza y rechazo el nuevo mundo que lo desbordaba. Es útil (asumiendo la carga ideológica que lo ciñe) para explicar su inexistencia. 

En el cuarto, Lauer es sumamente arbitrario. Exuda su inquina ideológica contra Vargas Llosa. Lo hace parte de una “ofensiva articulada y vigorosa del pensamiento reaccionario”, sin contar que el escritor se topó por el camino con la política como una obligación moral con el país, que tuvo un antecedente cuando integró la Comisión Investigadora por los sucesos de Uchuraccay (1983), y como consecuencia de las críticas al acontecer nacional que desarrollaba en sus columnas de opinión. A Vargas Llosa lo invitó Belaunde para ser primer ministro; él no alardeó haber sido “llamado”, por ejemplo, por la dictadura velasquista para colaborar con ella. Tampoco cuadra que diga de él que “defendió intereses particulares frente a algo que un liberal llamaría el interés general de la sociedad” (refiriéndose indudablemente a la oposición del escritor a la estatización del sistema financiero en 1987) cuando hubo empresarios, como Gianflavio Gerborlini, frente a la radicalidad del plan de gobierno del Fredemo, que preferían “los comunistas a Vargas Llosa” (ver El pez agua, 1993, p. 263). Esta última puntualización de Lauer por “el interés general” habría que traducirla como la pervivencia en el pensamiento del crítico de las nacionalizaciones al estilo de Velasco, un dictador militar al cual respaldó. 

En el segundo de sus ensayos dedicado a Luis Alberto Sánchez y su Literatura Peruana lamenta (mejor dicho, exige) que no se perciba en la citada obra una teoría literaria como marco de las reflexiones acerca de autores y libros, y que se desvíe a lo biográfico. De los cuatro trabajos presentados, este es el más versado y el que tiene una prosa más suelta y menos contaminada por lo sociológico (aunque la apuesta del crítico, hay que recordarlo, fue por ese lado). 


Con todo, 
El sitio de la literatura (1989) suscita variadas reflexiones a partir de cuatro instantáneas de la literatura en el Perú del siglo pasado. Permite, además, contar con el enfoque (marxista, sí; lo cual no es pecado grave) de un intelectual que ha tenido una importante presencia en nuestro quehacer cultural.

martes, 22 de julio de 2025

LA CIUDAD ACORRALADA

HAY tesis que salen de los estantes de las bibliotecas universitarias y se convierten en libros. Este ha sido el caso, en Antropología, de la tesis de Rodrigo Montoya, escrita en Francia y publicada por Mosca Azul Editores como Capitalismo y no capitalismo en el Perú; la de Arguedas, Las Comunidades de España y del Perú; la de Vargas Llosa en la Complutense de Madrid sobre García Márquez, y así otras tantas. Esta tesis, con un aparato teórico lo suficiente solvente para sustentarla, alcanza esa categoría, la del dominio público. Dynnik aborda un tema poco ahondado en los estudios de Sendero Luminoso: el de las motivaciones de los jóvenes de los ochenta y noventa para plegarse a un movimiento subversivo. A diferencia de otros trabajos donde se establecen elaboraciones teóricas de laboratorio para entender el fenómeno, este sustenta sus interrogantes en un trabajo de campo. El autor entrevista a una treintena de jóvenes que fueron de Sendero. Hay que recordar algunos trabajos precursores que anteceden su esfuerzo. Allí tenemos los de Carlos Iván Degregori, Gustavo Gorriti y Víctor Peralta que lo abordan desde distintos ángulos (y los artículos de Raúl Gonzáles, también). El de Dynnik tiene la dimensión de la novedad. El autor de La ciudad acorralada tuvo que pasar una serie de inconvenientes para hacer su investigación: visitar a los presos de SL en las prisiones y esperar su disponibilidad de tiempo, superar las desconfianzas iniciales e ir a otro centro de reclusión para obtener la autorización de una delegada, entre otras. El capítulo 2 tiene interesantes extractos de una entrevista hecha a Elena Iparraguirre sobre los orígenes de Sendero Luminoso. En él nos enteramos que, como buena parte de los partidos de izquierda, SL surge de un fraccionamiento de una rama mayor. Sale de PC-Bandera Roja, el cual a su vez se desgaja del tronco del PC-Unidad, comandado por Jorge del Prado. 

Asimismo, la entrevista a Iparraguirre da cuenta de ese proceso del cual surge la figura de Abimael Guzmán como encargado de la reconstitución del partido fundado por Mariátegui. Saturnino Paredes aparece en el trayecto como el personaje inicuo que tipifica al gobierno de Velasco de “reformista-nacionalista”, mientras el resto de sus camaradas del PC-Bandera lo tildaba de “fascista y corporativo”. La expulsión resolvió esta y otras disensiones ideológicas. 

Este capítulo recuerda una idea errónea de SL: que había encontrado el “equilibrio estratégico” y que estaba cerca de tomar el poder. Eso estaba muy lejos de ser cierto. 

Por esas fechas, finales de los ochenta e inicios de los noventa, si es cierto que alimentaban esa percepción con el incremento de atentados terroristas –que alcanzaron su punto de clímax en la capital con el atentado de Tarata en el centro de Miraflores–, los seguidores militarizados de Guzmán eran duramente golpeados por el accionar de las Fuerzas Armadas en los Andes. Incluso se cree que, debido a esto último, el autodenominado Presidente Gonzalo traslada el escenario de la guerra popular a la capital, lo cual, a la postre, significó su derrota total debido a la desconexión que existía entre la realidad y la ilusión de una victoria revolucionaria.

En cuanto a la metodología empleada podemos notar que el autor emplea la técnica de la entrevista y como instrumento un cuestionario de 41 preguntas de carácter abierto. Eso nos advierte del enfoque cualitativo que opta para su investigación, el cual le permite analizar la subjetividad del entrevistado y encontrar patrones para explicar su ingreso a Sendero. 

El capítulo 3 es el más denso, es el que contiene el núcleo de la investigación con la transcripción comentada de las entrevistas. Abarca casi la mitad del trabajo. 

En las primeras entrevistas se puede leer que Sendero canaliza la rebeldía de los jóvenes y su anhelo de justicia. La idea de pertenecer a un movimiento que buscaba la transformación social los atraía, el propósito de trascender, de formar parte de una historia mayor era seductor. También se puede apreciar que la pertenencia a un entorno familiar donde tíos universitarios había tenido militancia de izquierda y les daban discursos en el sentido de hacer la revolución, los preparó mentalmente para cuando les tocó ingresar a la organización senderista. (El autor habla de adoctrinamiento en una parte cuando comenta un testimonio.) Pero cuando se incorporaron a SL y les informaron a esos familiares, que involuntariamente incidieron en su decisión, estos hicieron reparos.

De otro lado, la tesis demuestra que en los años ochenta y noventa Sendero hacía trabajo político en las universidades públicas (entre ellas, San Marcos), captando estudiantes, quienes escalaban en la organización, primero, como simpatizantes hasta alcanzar la categoría de combatientes. 

Asimismo, Dynnik glosa un curioso artículo publicado por el periodista Gustavo Gorriti en The New York Times, en agosto de 1992, donde se plantea que “el PCP-SL era un fundamentalismo antidemocrático y cuyo crecimiento se gestó bajo el autoritarismo de Fujimori” (Nota 84, p. 147). 

(Gorriti debe referirse a las políticas de mercado implementadas durante el primer gobierno de Fujimori, rechazadas por la izquierda debido a que, a su juicio, habían incrementado las condiciones de pobreza de la población, el caldo de cultivo de la subversión.)

Al siguiente mes, el 12 de setiembre, Abimael Guzmán es capturado. La ciudad acorralada (IEP, 2021) es un libro que genera reflexiones sobre el tema de violencia. Se ha asegurado un lugar en los estudios del fenómeno senderista.

domingo, 29 de junio de 2025

HECHOS Y OPINIONES ACERCA DE LA MUJER

 

LA última vez me quiso dar con un rodillo de cocina porque dije una barbaridad y otras cosas más sobre las mujeres. Por eso, este libro, me la recuerda, me recuerda a Eliana. Pero, si se habla de barbaridades, Marco Aurelio Denegri, las tiene a raudales. ¿Cómo es eso de tetófilo o filotetales (amante de las tetas)? Ignorante del uso tan acertado del prefijo que refiere a las protuberancias que penden en el pecho de una mujer, y que el macho alfa mira con deseo y lujuria cuando las ve pasar generosas por la calle, ahora sé que existe la palabra, gracias al libro de Denegri, Hechos y opiniones acerca de la mujer; antes de eso, desconocimiento total.

Hechos y opiniones me recuerda –en el ensayo dedicado a la madre (“Matrifobia”)– cuando le digo a Eliana que siempre vea a su mamá, porque la sensación de orfandad te invade cuando ella parte.

(Felizmente, su mamá es cordial y dialogante. No como las de los ejemplos de Denegri.)

Pero regresemos a la tetofilia. El neologismo me recuerda un encuentro ocasional con Sami, una colombiana, que invitaba a que besaran sus senos. Eso le producía el máximo de goce. Sus labios carnosos y rojos se encarnaban más cuando lo hacía. Los ofrecía con generosidad, uno por uno. La extasiaba y la dejaba fuera de control.

En cuanto al libro, no es uno planeado exprofeso sobre la mujer, sino uno que reúne apuntes, notas, sobre ella, que recoge de aquí y allá información (eso lo advierte en la contratapa el autor). En otras palabras, el libro se fue armando solo.

Entre esos apuntes hay uno que recuerda a Martha Hildebrandt, no porque el autor la convocara (y bien se sabe su cercanía y diferencias con ella), sino porque evoca la anécdota que la Dra. Hildebrandt contó en alguna oportunidad sobre Juan Velasco Alvarado, el dictador militar que gobernó el Perú a fines de los sesenta e inicios de los setenta.

Velasco, buscando una persona que dirigiera el Instituto Nacional de Cultura, recibió de Augusto Salazar Bondy los nombres de tres personalidades para el puesto, y, sin pensarlo mucho, cuando detectó el de ella exclamó: «¡Este es el hombre que necesitamos!». Ese es el sentido de la entrada “Es mucho hombre esta mujer” donde Denegri recuerda el episodio en el que Juana Manuela Gorriti para reforzar los datos biográficos de Mercedes Cabello de Carbonera convoca a Ricardo Palma, quien se refirió a Cabello en los términos que dan título a su nota.

Otro apunte curioso está relacionado al embadurnamiento del miembro viril masculino con el jugo de una cebolla para, en el momento de la penetración en la vagina, ocasionar una erupción de placer en la mujer. Esa curiosidad la toma Denegri del libro de Gregorio Martínez Canto de sirena y responde a un consejo que el tío Metreque (así lo llama) proporciona al escritor de Coyungo, Ica. Martínez convoca al sazonado tío para aderezar unas líneas sobre cómo sacarle el máximo provecho a la coyunda con una mujer.

Empero, todo ese conocimiento “topográfico” de Marco Aurelio de las tetas e himen femenino, y el miembro viril masculino, que exhibe con erudita destreza, sospecho que sea solo libresco. Quizá haya tenido comercio carnal con prostitutas en el jirón Huática (que conoció como cuenta en Obscenidad y Pornografía, en su juventud), pero no nos lo imaginamos en maromas como Nacho Vidal, el actor porno español.

Denegri es provocador y disruptivo (como lo era en su programa). Le gusta escandalizar a las señoras y señores conservadores, esto es, a los cucufatos. Entradas como “Poto bendito” (o aquel bastante ilustrativo sobre quién, el hombre o la mujer, debe hacer la inserción del pene en la vagina) dan cuenta de su vocación desacralizadora.

Pero Hechos y Opiniones no se reduce a las tetamentas y derrières femeninos, es un trabajo variopinto en los que discurre cierta erudición del autor sobre la sexología humana.

Por ello, merece la mirada del lector que quiere conocer mejor la sexualidad femenina. No con el deleite lujurioso de Memorias de una pulga –de grata recordación posiblemente para Denegri– o de la Serie Rosa, pero sí para aproximarnos a la sensibilidad íntima de ellas.

Crédito de la imagen: La Gata Bajo la Lluvia

domingo, 1 de junio de 2025

PUENTE AÉREO

EL libro de Faverón dignifica lo que debieron ser los blogs cuando proliferaron por el año dos mil: un espacio ideal para discutir ideas, escribir comentarios de libros o analizar hechos resaltantes, y no en lo que se convirtieron: un lugar de chismes, reyertas y golpes bajos. En cambio, Faverón fue uno de los pocos le dio un trato serio, profesional. Él ya venía de una experiencia periodística en Somos de El Comercio. Su blog, Puente Aéreo, la recogió para la blogosfera. Faverón relata que no sabía cómo hacerlo y que su amigo Daniel Salas, paso a paso, lo orientó. En la primera parte de las tres que lo componen, el autor coloca una serie de artículos que tienen como impronta el antifujimorismo. Así tenemos algunos donde se cuestiona a Keiko Fujimori y la opción política que representa en su enfrentamiento a Humala en la segunda vuelta del 2011. El escritor repite un tip de la época que se lanzó contra su padre, Alberto Kenya: que se había robado 6 mil millones de dólares; tip que nunca fue demostrado y que formó parte de la campaña de satanización al fujimorismo. Desde esa perspectiva, se puede ver Puente Aéreo como la fotografía de un momento en el Perú, donde aún se hablaba de la presencia de una reserva moral, que combatía, con desinfectante en la mano (y lavado de bandera en medio), la corrupción fujimorista. Esa parte se puede decir que envejeció, si se toma en cuenta que figuras como Susana Villarán –que integraba dicho conglomerado– protagonizaron hechos de corrupción. Pero con todo, con las discrepancias del caso, el esfuerzo por dar espacio a argumentos en el debate político, en medio de una jungla de repetidores de frases huecas, es loable. En la segunda sección, correlativo a ese antifujimorismo, Faverón lanza sus dardos contra César Hildebrandt –a quien presenta como un hombre que no sabe nada de cine–, Marco Aurelio Denegri –a quien califica solo como un corrector de estilo– y Beto Ortiz –el “peor escritor de Lima” (aquí hay un exceso; sin intentar caer en el magister dixit, Martha Hildebrandt, a la que juzga más por su cercanía al fujimorismo que por su propia obra, le tenía en buena estima por su correcta forma de hablar)–. Pero no se queda allí, sino que lo apabulla en su interpretación del relato de César Vallejo, “Paco Yunque” (“Qué pasa cuando uno no entiende los cuentos para niños”). En este caso tiene la razón porque el cuento de Vallejo refleja aún esa contradicción que existe entre los que están en la cúspide y la base de la pirámide social, y es la del abuso del que está en desventaja. Un cuento ejemplar, sublevante. No se “victimiza a un cholito” como Ortiz mal entiende. En esta segunda sección, casi finalizando, se destaca las líneas que dedica a Gastón Acurio. Sí, es cierto, se consulta a Acurio, como si fuera el oráculo de Delfos, por diversos temas como la política y la economía, cuando su expertise es la cocina. Acurio de jurado de un concurso literario, es como si se viera a Bryce Echenique, el último de nuestros buenos escritores vivos, preparando una pachamanca. En la tercera sección, dedicada a la literatura, se puede apreciar su interés por Borges en varios post. Textos de coyuntura, de toma de posición frente al racismo o lo que considera el autor es necesario defender (por ejemplo, a su amigo Thays de la horda nacionalista gastronómica que lo quiere ejecutar por confesar que no le gusta la comida peruana), al alimón con relatos de gratos descubrimientos bibliográficos, como el del escritor uruguayo Mario Levrero. Faverón no defrauda; puede caer antipático y pedante de entrada, pero resulta provechoso leerlo.


MECHE

LO escribió muy probablemente pensando en recomponer su imagen, que quedó bastante mellada después de la renuncia de Pedro Pablo Kuczynski ...