EL reportaje salió
publicado en The New York Times bajo
el título “Nicaragua en la encrucijada” (1985). Aquí El Comercio lo difundió en entregas semanales que el gran lector
recogía en su puesto de periódicos favorito. La vocación de Vargas Llosa por el
periodismo ya es conocida. Desde los tiempos en La Crónica el escritor peruano lo alternaba con su vocación por la
literatura. Hay tres
grandes reportajes reconocibles en su trayectoria. El primero es el de “Nicaragua”,
reproducido en Contra viento y marea
(III); el segundo, Diario de Irak
(2003), y el tercero, Israel-Palestina.
Paz o guerra santa (2006), han alcanzado la categoría de libro. Lo ideal
sería tener los tres textos en un solo volumen para encontrar las similitudes y
diferencias de la escritura periodística vargasllosiana.
La
publicación por entregas de “Nicaragua” debe haber complacido al escritor,
amante del feuilleton francés, pues es el lector se quedaba con la idea de qué
venía después. Eran los tiempos que el periódico de papel te permitía esas licencias,
ahora, en esta virtualidad de la inmediatez, sería un anacronismo.
Pero Vargas
Llosa no solo haría periodismo escrito, sino también periodismo televisivo
(incluso deportivo cuando cubrió las incidencias del Mundial 82). La Torre de Babel (1981) era el nombre
del programa que el escritor condujo durante veintiséis domingos en la señal de
Panamericana Televisión. Caretas, por
otra parte, fue la ventana que escogió para, con su columna Piedra de Toque, conectarse con la
realidad peruana y dar su opinión sobre la literatura, el arte y la política, y
no siempre bienvenida por los afectados en sus críticas (recordemos la serie de
artículos “El intelectual barato”, de 1979).
Cuando el
reportaje de Nicaragua fue publicado en abril de 1985, el país estaba
conmocionado por el atentado terrorista cometido contra Domingo García Rada,
presidente del Jurado Nacional de Elecciones. García Rada recibió el impacto de
dos balas en la cabeza y otra en el brazo. Los responsables fueron los
militantes de Sendero Luminoso, el movimiento subversivo que cinco años atrás
se había levantado en armas contra el Estado peruano.
(Punto aparte: Se ha reconocido en La orgía perpetua y García Márquez. Historia de un deicidio los fundamentos de una
teoría de la novela en el escritor. Cabe interrogarse, haciendo un paralelo, si
los tres reportajes –“Nicaragua”, Diario
de Irak e Israel-Palestina– alcanzan
para formular una teoría del periodismo; en todo caso, se desliza la idea como
un juego intelectual.)
En el
reportaje a Nicaragua, el escritor peruano mantiene un tenso equilibrio. De
entrada, se ubica como árbitro entre las fuerzas del régimen sandinista y las
de la oposición. Trata de distribuir los méritos y culpas en ambos bandos. Conociendo
su posición respecto a Cuba en esos años, se esperaba que, con la Nicaragua
sandinista, cercana a Fidel Castro, tuviera el mismo trato, pero no, prefiere
optar por una neutralidad suiza. Cuando se pregunta en mayéutica: «¿Es
Nicaragua un estado marxista-leninista? ¿Está a punto de ser una segunda Cuba?»
El escritor se responde que, a diferencia de la isla donde quedó suprimida, en
Nicaragua hay aún propiedad privada y pluralidad informativa (aunque un tanto
menguada), dando a entender que no. Cuando se le señalaba en reuniones de la
oposición que el gobierno era violador de los derechos humanos, Vargas Llosa respondía
que una reunión como la que se estaba llevando a cabo era inconcebible en un
estado totalitario.
La posición
de Vargas Llosa respecto a la Nicaragua sandinista se resumía en sus propias
palabras: «Las versiones que el gobierno y sus adversarios esgrimen sobre casi
todo son tan contradictorias que quien trate de ser objetivo se encuentra a
menudo aturdido.»
Vargas Llosa trataba de ser cuidadoso. Hay que
recordar que venía, dos años atrás, de la experiencia de Uchuraccay, de haber
integrado la comisión investigadora para dilucidar la muerte de ocho
periodistas en la sierra de Ayacucho. Eso lo debe haber marcado. A eso se debe
el tono de escepticismo adoptado en cuanto a lo que le transmitían uno y otro
bando.
Lo mismo
ocurre cuando aborda el tema de la religiosidad del pueblo nicaragüense en “La
Iglesia Popular”, la quinta entrega de su reportaje. El Vargas Llosa periodista
le da espacio a las dos posiciones que se disputan la feligresía nicaragüense.
Tanto la llamada “Iglesia Popular”, a la que no ve como tal y es representada
por el padre Uriel Molina, y la liderada por monseñor Obando y Bravo, más intuitiva,
y no intelectualizada como la primera, llena de curas progresistas, y que es a
la que se adhiere el grueso de los católicos, como anota el escritor, son las
dos vertientes que reconoce.
Asimismo, a diferencia
de Cien años de soledad donde se ve a
Remedios La Bella ascendiendo a los cielos, el reportaje da cuenta de un hecho
milagroso: el de la Virgen María descendiendo de los cielos en una nube para
decirle a un sacristán que rechazaba el comunismo y el ateísmo del régimen. Bernardo,
el sacristán, se lo contó al escritor con las virtudes de la fe e hizo que se
pusiera nervioso.
Vargas Llosa
también relata que, como a Jesús cuando fue tentado por el diablo, al sacristán
se le apareció la tentación en forma de mujer; empero los fieles que lo protegían
descubrieron a los fotógrafos agazapados, listos para hacer click cuando se
entregara al pecado de la carne. Esa celada, y quién sabe otras que tenían
planeadas, le fue tendida para desacreditar la revelación de María que dejaba malparado
a Daniel Ortega y al gobierno sandinista.
La estrella
de “Nicaragua”, sin duda, es Tomás Borge. Al encuentro con Borge (y a su ¡Hijueputa!) le dedica completa la
novena entrega.
En conclusión,
el Vargas Llosa periodista, en medio de la guerra entre los “contras” y los
sandinistas, cumple su misión de informar llamando la atención cierta
condescendencia con el régimen de Nicaragua al que le otorga el beneficio de la
duda.
En todo caso,
sucumbe al realismo. Pide que la sociedad reporteada viva con dignidad y
mínimamente con libertad.
Finalmente, el periodista Vargas Llosa de “Nicaragua
en la encrucijada” es un modelo a seguir ahora que pululan propagandistas
políticos disfrazados de periodistas.
Crédito de la foto: Revista de Libros