lunes, 23 de marzo de 2009

LO QUE NO DIJERON LAS MUSAS: unas líneas sobre un libro de Julia Urquidi

No sabía que Julia Urquidi se había arriesgado a reeditar por tercera vez su libro Lo que Varguitas no dijo (Editorial Khana Cruz, La Paz, 1995), hasta que lo vi a la venta en el puesto de un librero informal. Esta nueva edición –de excelente presentación–, como las otras dos anteriores que la antecedieron, no cuenta con los capítulos IX y XXIII que la autora consideró conveniente no incluir para no romper con el ritmo de la narración. Tampoco hay una nota introductoria remozada que actualice la visión de Urquidi sobre el libro. Eso hubiera sido importante, porque habiendo transcurrido doce años de la primera edición era necesario conocer si Urquidi Illanes había mejorado su opinión respecto a su ex esposo o se reafirmaba en lo publicado en 1983. Por otra parte, Julia Urquidi no es la única esposa de un escritor peruano que ha publicado aspectos concernientes a la vida de su marido. No hace poco, Dora Varona publicó un volumen biográfico sobre Ciro Alegría, de quien fue su segunda esposa. La diferencia con Urquidi es que ella sí escribió su libro, en cambio aquella tuvo que recurrir a un tercero, al parecer, para que se lo escriban. Presento aquí, con un par de retoques necesarios, la impresión que tuve cuando lo leí por primera vez (Marzo de 2009).


Venciendo un prejuicio alimentado por declaraciones del escritor Mario Vargas Llosa respecto a las cualidades literarias de la obra escrita por su ex mujer Julia Urquidi, Lo que Varguitas no dijo
[1]que sirve de continuación y respuesta a La tía julia y el escribidor, resolvimos adquirir la obra para salir de la duda.

El bicho de la curiosidad y unas cuantas horas nos bastaron para recorrer sus trescientas páginas delineadas en una prosa ajena a cualquier pretensión estilística, como bien advierte la autora en el prólogo, jaloneando su lectura sentimientos de ternura, extrañeza y desgarro muchas de las veces.

Mostrada en los ojos de Urquidi los apuros de esta eventual pareja, nos recordó en algún momento su lectura el sentido testimonio de Matilde Urrutia en Mi vida junto a Pablo Neruda (Seix Barral, 1987), libro de memorias que recuerda su vida al lado del afamado poeta chileno.

Aunque con procesos y desenlaces desiguales encontramos puntos de coincidencia y conexión en estas dos mujeres en el sentido del respaldo y la entrega por secundar las carreras literarias de sus esposos en momentos críticos y de aflicción.

Una de las lecciones que nos brinda el libro de Urquidi está relacionada a esa singular especie humana, a ese becerro de oro dotado de la facultad de hacer fuegos artificiales con la palabra y calificado por las musas para cincelar frases, sueños y odios de las gentes, llamado con solemnidad escritor, y que como cualquier imperfecto miembro del género pensante se compone también de egoísmos, iras y neurosis.

Por ello el mérito del libro es el de desmitificar idealizaciones apresuradas y entusiasmos desentonados para presentarnos en su desnudez adanica al creador y al medio en que se encuentra atado en la producción de sus ideas, interpolándolas y fusionándolas en un contexto de vida en común.

Con su carácter intimista el libro nos invita a descorrer un tanto el velo impreso en el inconsciente del novelista y sus famosos “demonios interiores”, los cuales danzan alrededor del fuego atizado por las aprensiones espirituales, oscilantes entre el amor y desamor conyugal.

Urquidi Illanes al final de esta obra consigue en una terapia de liberación catártica desentenderse –no sin resentimientos ni juicios antelados difíciles de esquivar– de su compañero de ruta, para dar salida a sus propios demonios que atropelladamente se proyectaron luego de veintiocho años de encerrona franciscana.

No faltará sin duda quienes acentuarán seguramente en una visión voyeurista y aguzarán el oído para el comadreo subterráneo y dócil del cuchicheo sonrosado; pero, para nosotros, no son sino los recuerdos sinceros y descarnados de una mujer que supo en su marasmo interior desprenderse del joven transformado en adulto para transportar y entregar a las musas un escritor.


Freddy Molina Casusol
Junio de 1992

 

[1] Juan José Armas Marcelo, biografo de Mario Vargas Llosa –no el mejor, se espera uno menos deslumbrado con el aura de su biografiado– ha revelado en Vargas Llosa. El vicio de escribir (Editorial Norma S.A., 1991) que Julia Urquidi habría recibido la ayuda de un tercero –no se sabe quién es– para escribir su libro y de que la versión boliviana que se conoce actualmente no se asemejaría a la que a él se ofreció para ser publicada en el sello editorial de Argos Vergara, del cual era director literario. Según Armas Marcelo, quien recoge el testimonio del agente literario, escritor y periodista Ramón Serrano, esta versión –escrita por el novelista español Enrique Cerdán Tato– no vio la luz porque la Urquidi no se sintió satisfecha con el resultado y ese manuscrito todavía estaría en poder de ella. De ser así existirían dos Lo que Varguitas no dijo. La que comentamos aquí corresponde a la primera versión que, con seguridad, nació con la asistencia de un desconocido (Junio de 1999).

 

*Para ver más sobre Julia Urquidi, leer la nota de Raúl Mendoza Tume: "Adiós a la tía Julia"



lunes, 2 de marzo de 2009

"DIARIO DE UNA NINFÓMANA"

Estéticamente bien lograda. No cae en la vulgaridad ni en la grosera obscenidad. Con ese toque exquisito que le dan los europeos a su cine, estoy seguro que Simone de Beauvoir hubiera aprobado este film. “Diario de una ninfómana”, película de Christian Molina, basada en el best seller de Valerie Tasso, es un manifiesto visual a favor de la liberación femenina. “¿Tú crees que soy ninfómana?”, pregunta la protagonista a su abuela. “Esa es una invención de los hombres cuando las mujeres se salen del limite impuesto por ellos”, le contesta ésta. Esta película que, con seguridad, debe obtener un premio en los festivales de cine erótico, es una apuesta por la vida y que recuerda al final la alegría de vivir y que la condición de prostituta no es un estigma sino una forma de existencia tan sincera y honesta como cualquier otra. Belén Fabra, al interpretar a Valerie Tasso, lo hace con ese toque justo de sensualidad incluso en las escenas más cargadas de erotismo. Por todos los poros de su piel éste fluye como una cosa natural impregnada en su respiración. Una excelente película desde “Lolita” o “Melissa P.” que causará controversia cuando se estrene en el circuito de cines limeño.

lunes, 5 de enero de 2009

LOS LIBERALES (I)

A MEDIADOS DE 1995, en circunstancias que me hallaba caminando por el pabellón de Economía de San Marcos, leí un enorme cartel que invitaba a una conferencia con el siguiente título: “Adam Smith y la mano invisible”. “¡Adam Smith en San Marcos!”, exclamé asombrado pareciéndome esa singular presencia una cosa impensable en una universidad tomada por los militares y el pensamiento socialista afincado en algunas de sus facultades.
A mí esa perturbadora pizarra me pareció, por otra parte, irreverente, pues, la universidad que conocía y había dejado de pisar por un buen tiempo, no permitía el libre tránsito de ideas –como las del liberalismo– que rivalizaran con las del marxismo oficial sin salir ileso.
Yo pensé sinceramente que a los organizadores de la actividad les iban a dar una buena tunda por atrevidos, así que movido por la curiosidad y el morbo, me alisté esa noche, como en mis primeros años de estudiante sanmarquino, a presenciar una trifulca, con rupturas de vidrios, patadas y lluvia de insultos de grueso calibre, en el auditorio Tupac Yupanqui de la Facultad de Economía.
Lamentablemente no ocurrió lo que esperaba. El conversatorio transcurrió con la mayor normalidad y el inefable Federico Salazar –uno de los ponentes– tuvo la ocasión de lucirse en la única intervención incendiaria de la noche, cuando un marxista de catecismo, amenazando la tranquilidad de la velada, discutió sin fundamento las ideas del autor de La riqueza de las naciones.
“¿Usted ha leído a Adam Smith?”, preguntó Salazar a su adversario ideológico. La respuesta fue un “no” liquidador.
Más allá de la frustración que me provocó no contemplar la ansiada riña, esa conferencia me dio la oportunidad de conocer –gracias a una amiga, Rocío, compañera de estudios de varios de ellos– a un grupo de jóvenes liberales sanmarquinos reunidos en torno al círculo de estudios “Ludwig von Mises”.
Por esas fechas, yo era un recién venido al liberalismo. Seducido por el pensamiento de Popper, Hayek, Friedman, Stuart Mill, algo de Proudhon, había dejado a un lado lo mejor de Marx, Mariátegui, Flores Galindo y las atractivas tesis del intelectual orgánico de Gramsci, de modo que Flavio y los integrantes del círculo “Von Mises” cuyos nombres ya no recuerdo, me vieron como uno de los suyos y se apresuraron a invitarme a sus reuniones
Recuerdo que la primera de ellas se efectuó en una sala contigua al Decanato de Derecho. Formando un círculo cerrado como un puño, y con una vista que daba a los grandes ventanales de Economía, una grisácea tarde de sábado de 1995, yo estaba en medio de esos jóvenes que amenazaban con su predica el rojo escarlata de las ideas marxistas en el Perú.
Yo me sentía un poco extraño, porque instintivamente reacio a ser absorbido por colectividades de pensamiento único –cargaba sobre mis hombros la experiencia de haber participado ocasionalmente en algunos círculos marxistas, de los que luego huí como perseguido por una jauría (mis amigos del PUM en la universidad hicieron todos los esfuerzos posibles por captarme y llevarme a las filas de la Revolución que prometían, pero nunca les dije que tenía una alergia congénita a la lucha armada)– prefiriendo mantener mi individualidad de monasterio.
Debo confesar, con soterrada decepción, que en ese cónclave de liberales se impuso la misma perspectiva excluyente de los grupos marxistas (en una aparte se extendieron en sus críticas contra los “rojos” y los “rabanos”, que apenas yo pude matizar con una tibia intervención pidiendo que lean las fuentes que nutren su pensamiento), lo cual me hacía pensar, en mi desazón, cómo los extremos pueden llegar a parecerse.
Aquí, para ilustrar mis impresiones sobre los muchachos liberales que yo conocí, quiero hablar de mi amistad con Flavio, el líder de este grupo de liberales.
Flavio era un muchacho de 24 años cuando yo lo conocí. Admirador a rajatabla de Ludwig von Mises, el fundador de la Escuela Austriaca de Economía, y Friedrich von Hayek, una de las figuras emblemáticas del pensamiento liberal, estudiaba Derecho en San Marcos y era director de una aguerrida revista llamada “Ortodoxia”, en la cual publicaba sesudos artículos tratando de difundir las líneas centrales de la filosofía del mercado.
Yo compartía sus entusiasmos, porque aburrido con el monopolio izquierdista en la universidad, deseaba como él que el liberalismo tomara las riendas del poder en los diferentes niveles de decisión, desplazando las anquilosadas ideas socialistas y a los oportunistas del Apra que durante décadas se habían entronizado en San Marcos, impregnando el campus con una manera de pensar que lo habían conducido a la debacle académica.
Yo pensaba entonces que el liberalismo era la filosofía de nuestros tiempos y que la libertad y el libre mercado eran el norte a seguir. Me parecía que la apertura propugnada por Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos podía tener un terreno fértil entre los jóvenes abiertos a los cambios y que si bien el feo rostro del egoísmo era el motor del capitalismo, se debía aceptar éste como una verdad objetiva para hacer avanzar nuestras sociedades, propensas al subdesarrollo y a los mitos del socialismo realmente existente.
A Flavio yo lo veía con aprecio, con ese aprecio de la persona que ha visto algunas cosas en la vida y que sabe, por experiencia, que mucho de lo que se vive está condenado irremediablemente a repetirse, en una especie de eterno retorno.
Por eso, cuando el trato se hizo más estrecho, no me llamó la atención sus admoniciones y reconvenciones a propósito de ciertos “desvíos” colectivistas míos respecto a asuntos tales como la privatización del petróleo –el debate de la época–, el cual yo pensaba atrevidamente debía ser sometido a un referéndum.
Recuerdo mucho una tarde cuando tras enfrascarnos en una larga discusión sobre este tema, él me hizo notar que podíamos caer en la ineficiencia del democratismo (puso como ejemplo a Suiza, donde hasta para poner una farmacia en la esquina tenía que irse a consulta popular, desnaturalizándose, según él, la idea de democracia) y yo le hice ver que a diferencia de otras empresas del Estado, la privatización del petróleo sí era un tema de afectación pública (éste y sus derivados eran agentes de la economía) y merecía por ello una consulta popular. Flavio por esto se molestó.
Con un pie en una grada de Derecho y otro en el suelo, mi buen amigo ortodoxo levantó su dedo acusador, y antes de despedirse y extenderme la mano, me espetó: “cuidado con las desviaciones estatistas”, arresto que yo adjudiqué a las enseñanzas de su preceptor Federico Salazar años atrás.
A mí eso no me incomodó, porque curado de las aprensiones dialécticas de mis amigos izquierdistas en las cafeterías de la universidad (“ya pues, compañero, defínase, cree o no en la lucha de clases”) o en el “Sky room”, bar preferido de los sanmarquinos de los ochenta, mal que bien le hacía caso. “Ya aprenderá”, decía.
Lo que sí me molestó fue el trato que le dio una noche a una amiga en el Colegio de Abogados de Lima. Resultó que cruzándose Flavio conmigo en una actividad en el local del Colegio esa vez, vio oportuno alcanzarme un material de contenido liberal que tenía a la mano. Esquivando sillas y llegando donde me encontraba ubicado me dio una carpeta a mí y a algunas personas que sabía comulgaban con las ideas liberales, menos a mi amiga Jenny, una desconocida para el mundo de la libertad, a quien con un movimiento de manos obvió olímpicamente.
Ese desplante, cargado de sectarismo y dogmatismo, que me supo a supina descortesía, me hizo reflexionar acerca de los alcances de una línea de pensamiento que daba peso a la iniciativa individual y cómo su implantación podía ser tan estrecha y absolutista como lo habían sido las ideas socialistas que combatían sus adherentes con lucidez en artículos y debates, la cual tuvo en Francis Fukuyama una de sus mejores torres de defensa.
No le interesó a Flavio quedar mal parado con mi amiga Jenny –que con el paso de los años se convirtió en una destacada lideresa universitaria y cuya última imagen, arengando con el micrófono a la masa de jóvenes de diversas universidades, en la época de la dictadura fujimorista, guardo gratamente en mi memoria–, ni dejar averiada la filosofía de vida que defendía muchas de las veces con ardor.
Su reciente adhesión a Ayn Rand –una filósofa rusa liberal, conocida por su exaltación del egoísmo y de un libro preferido por los empresarios, La rebelión de Atlas– se había impregnado como una lapa en su piel, haciéndome pensar en cómo la filosofía liberal podía resultar nociva y hasta contraproducente en la vida diaria cuando es llevada a extremos.
Pero no fue este incidente el que incrementó mis dudas y resquemores respecto a lo que pregonaban mis amigos liberales (un individualismo que a veces relacionaba ingratamente con el manual de psicología de Wyan y Dyer, Tus zonas erróneas, y otro más de triste recordación), sino dos más del mismo corte que me hicieron pensar seriamente si eso era parte de una conducta personal o era la franca asunción de un modo de pensar que elevaba la esfera del individuo a proporciones estratosféricas.

Freddy Molina Casusol
Lima, 9 de noviembre de 2003

Crédito de la imagen: http://www.mises.org/images4/HayekKeynesTaylorFriedman.jpg

sábado, 29 de noviembre de 2008

UNA FIESTA NON SANCTA: la corrida de toros

“La Fiesta Brava” le llaman a tamaña cobardía. Pero lo más sorprendente es que en el Perú se lo dediquen al dios cristiano, todos los domingos de octubre. Todos los años, contados desde 1816 –fecha en que un decreto del Virrey Pezuela ordenó que las corridas de toros se realicen en el matadero de Acho[1]–, no hay toro que no sea torturado para satisfacer las inclinaciones sádicas del hombre.

Cada año un rejoneador montado a caballo y provisto de una piqueta, hiere el lomo del animal para iniciar el baño de sangre y circo que tiene, sobre todo, en las señoras y señorones de la alta sociedad limeña sus más enardecidos espectadores.

La corrida de toros podría ser un arte, porque es cierto: las suertes que ejecutan los diestros no carecen de cierto goce estético, de cierto deleite visual. Pero lo que la arranca de plano de esa categoría –para colocarla al nivel de la pelea de gallos o de la otra atrocidad que es la de perros– es el ensañamiento y goce patológico con el cual sus cultores parecen disfrutarla.

Todavía cuesta creer que escritores como Mario Vargas Llosa, cuyo discurso a favor de la modernidad y la civilización es todo lo contrario a este tipo de espectáculos, asistan, desde la comodidad de un asiento de primera fila y la protección de un burladero, a un acto de crueldad contra un animal casi indefenso. Decimos “casi” porque nadie se le va a ocurrir equiparar la cornamenta de un toro, con el filo de la espada de un torero.

“La corrida de toros forma parte de nuestra cultura”, dicen sus defensores. Sí, pero de una cultura primitiva, faltó añadir. Posiblemente sea una extensión de los afanes de sobrevivencia del hombre prehistórico que cazaba un bisonte o un mamut para llevarse algo a la boca. Pero ahora que todo eso ha quedado atrás, y el progreso y los avances en todos los campos de la ciencia suplen esas urgencias, resulta prescindible su práctica, a menos que algún despistado piense por allí que todavía es posible resucitar los tiempos del hacha y el sílex.

Cuando Hemingway escribió su Muerte en la tarde, un bello alegato a la corrida de toros, y nos ocultó con la textura de su prosa el lado oscuro de la tauromaquia, olvidó decir que un sablazo en el corazón –no de amor, sino de barbarie– debe doler mucho. No contó que Manolete y Belmonte murieran atragantados con su sangre o que el gran Joselito haya dejado por descuido sus orejas ante la arremetida de un toro de Miura. Tampoco dijo que Luis Miguel Dominguín fuera arponeado a mansalva por la espalda con una lanceta, ni que Manuel Benites “El Cordobés– a quien no pudo conocer– fuera arrastrado, ya occiso, panza arriba y de las cuatro extremidades. Nada de eso. ¿Por qué lo que habría de ser humillante para estos personajes del mundo taurino, no habría de serlo para el principal actor de semejante encarnizamiento: el toro?

La abolición de la corrida de toros, como viene ocurriendo en algunas ciudades de España y Francia, es un síntoma alentador de que cada vez más son los que deploran, en nombre de la convivencia pacífica y el respeto por todos seres que pueblan el planeta, estos actos desprovistos de humanidad.

En el Perú cuando eso acontezca, las instituciones que ahora bregan para extirpar de nuestra sociedad esta infeliz tradición, ya no tendrán razón de ser. Podrán decir jubilosas que la mejor recompensa fue al fin ver, libre de matarifes y mercaderes de la sangre, la orgullosa estampa de un toro moverse en la amplitud de su querencia. Podrán decir, contrariando a Vallejo, que ay, el cadáver ya no siguió muriendo.

Freddy Molina Casusol
Lima, 27 de noviembre de 2008

Crédito de la fotos: http://cordobaantitaurina.wordpress.com/2008/07/05/pobre-de-mi…ya-llego-el-san-fermin/, http://www.losverdesdeasturias.org/weblog/wordpress/wp-content/mani_oviedo.jpg

[1] Ver De re taurina, Juan Manuel Ugarte Eléspuru, Ediciones Perú Arte, 1992, p. 205.

martes, 25 de noviembre de 2008

HISTORIA DE MAYTA (o el difícil arte de la venganza en Vargas Llosa)

BUENA PARTE
 de la crítica coincide en señalar que el escritor Mario Vargas Llosa zanjó sus diferencias políticas, literarias y personales con sus adversarios en El pez en el agua (1993) Empero, pocos se han fijado que muchos años atrás, en 1984, merodeaba por la mente Vargas Llosa tomarse un desquite con los viejos fantasmas del pasado que giraban alrededor de su anterior vida izquierdista. Historia de Mayta, novela ambientada en torno a un fallido intento de rebelión en Jauja[i], le sirvió para espantar ciertos demonios literarios. Algunos críticos han afirmado que es una novela tendenciosa; es decir que no expresa con autenticidad la atmósfera que pretende reflejar: el drama humano de un revolucionario socialista[ii]. Vargas Llosa, indudablemente, utilizó los personajes de Historia de Mayta, para deslizar sus obsesiones anti-izquierdistas, las cuales salieron con fuerza luego en sus referidas memorias. Con esto no queremos decir que la novela sea “reaccionaria”, como algunos de sus feroces críticos de la izquierda han pretendido presentar. Una novela es una hechura de las filias, fobias y rabias de un escritor. Y eso no es novedad, ya lo han hecho otros. Dante se tomó un desquite de sus enemigos en la Divina Comedia [iii]. Pero en el caso del escritor peruano, este lo ha hecho para ejercer distancia con su pasado “revolucionario”.

Un ejemplo de lo anterior es el ajuste de cuentas contra Julio Ortega, intelectual velasquista de los años setenta, que es mencionado de manera velada en Historia a través del propio Mayta, cuando se hace referencia a “los intelectuales que se venden al Congreso de la Libertad” –institución que se descubrió después recibía financiamiento de la CIA–. El rostro de Ortega aparece iluminado por Vargas Llosa en El Pez en el agua, cuando el escritor recuerda el episodio del Congreso de la Libertad y las bofetadas que Ortega proponía para los diplomáticos que se oponían a la revolución velasquista.

En favor del escritor se puede argüir que por la época en que estaba escribiendo la novela –mediados de los ochenta– se estaba gestando en él una postura liberal[iv], de modo que, para afirmarse, ejerció una acción de violencia consigo mismo y ciertos personajes del espectro intelectual.

Esto es explicable en los intelectuales que se desilusionan y mudan de ropaje ideológico hasta asumir un nuevo aparato de análisis para la comprensión de la sociedad. Vargas Llosa habría ejercido esa violencia con la izquierda y consigo mismo, sumándose ciertos odios y molestias contra socialistas de viejo cuño. Esas molestias se habrían trasladado al personaje central de la novela, Mayta, mezcla de algunas fobias del escritor: izquierdismo y trotskismo, a los que añadió un toque de humor negro: ser homosexual.

A través de la humanidad de Mayta se puede identificar la hartura de Vargas Llosa con el marxismo desde los tiempos que era estudiante de San Marcos. Mayta sería uno de sus mayores ajustes de cuentas[v]. Y nos arriesgamos a decirlo de quién: de Aníbal Quijano, por entonces alumno de Sociología. Alguien que vea con ojos agudos el personaje de Mayta, podrá descubrir tras la pesquisa en artículos y la propia novela que el personaje sin duda está inspirado, en parte, en Quijano y los trostskistas de San Marcos. En Historia… Vargas Llosa hace decir a Mayta:


Mal hecho, Mayta, muy mal hecho. ¿Por qué se dejaba ganar siempre por el mal humor y la impaciencia cuando se hablaba de los intelectuales? ¿Qué otra cosa había sido León Davidovich? Lo había sido, y genial, y Vladimiro Ilich también. (Historia.., p. 28)

que repite con tono irónico el escritor en sus memorias:

Los trotskistas de San Marcos no eran en ese momento más de media docena, congregados en torno a quien creíamos su ideólogo: Aníbal Quijano. El futuro sociólogo peroraba cada mañana en el patio de Letras, con palabra fluida y datos abrumadores, sobre los avances de los partidarios de León Davídovich en la propia Unión Soviética. “Tenemos veintidós mil camaradas trotskistas dentro de las fuerzas armadas soviéticas”, le oí anunciar, con sonrisa triunfante, en una de sus peroratas” (El pez en el agua, p. 243).

Burla que se puede rastrear en un artículo escrito en 1991 sobre los pacifistas británicos:

Fui a curiosear y ahí estaban, redivivas, algunas caras de los sesenta, como la del aristócrata Tony Benn, la de Vanessa Redgrave y la de un irredento amigo trotskista a quien no veía hacía veinte años. Le pregunté qué opinaba de los trastornos en la URSS y los países del Este y me respondió, con un brillo tierno en los ojos cansados: “Que ha llegado la hora de León Davidovich” (“Los pacifistas”, en Desafíos a la Libertad, p. 34).


Pero no solamente en Quijano habría recaído el peso de darle espesor al personaje, sino que Mayta también recogería reminiscencias de un militante de izquierda, a quien Vargas Llosa ha “acusado” de haberle quitado la enamorada: Félix Arias Schreiber. 

Arias Schreiber aparece disfrazado en la novela Conversación en la Catedral como Jacobo, el marxista ortodoxo que planea en la oscuridad la separación del trío de amigos de la célula partidaria, integrada, además de él, por Santiago Zavala (Vargas Llosa) y Aída (Lea Barba). ¿El propósito? Quedarse con la manzana de la discordia, Lea Barba. La imagen de Schreiber “suave y conspirativa, con la misma modestia y abandono en el atuendo y la misma acuciosidad a la hora de preguntar, la siempre excluyente perspectiva política a flor de labios y escribiendo para un periodiquito tan marginal y precario como el que sacábamos en San Marcos”[vi], es equiparable de varias maneras a la descripción que hace el novelista de Mayta en Historia:


De las vagas impresiones que me dejaban de él esas rápidas entrevistas que teníamos a lo largo de los años, una de las más rotundas que guardo es la frugalidad que emanaba de su persona, de su atuendo, de sus gustos. (Historia, p. 24).

Para confirmarla, veamos a Vargas Llosa en El pez en agua, evocando a Lea y Arias Schreiber:

Mientras viví en Europa, apenas supe de ellos. Que se habían casado y tenido hijos, que ambos, o por lo menos Félix, había seguido la fracturada trayectoria de tantos militantes de su generación, yéndose y regresando al partido, liderando o sufriendo las divisiones, fracciones, reconciliaciones y nuevas divisiones de los comunistas peruanos en las décadas de los cincuenta y los sesenta. (El pez…, pp. 248-249).

Imagen que, curiosamente, presenta fuertes semejanzas con el personaje creado por el escritor en Historia:

Mayta era un revolucionario de la sombra. Se había pasado la vida conspirando y peleando en grupitos ínfimos como aquel en el que militó (Historia, p. 77).

Debemos subrayar, por último, que en el caso de Schreiber no hay un deliberado ajuste de cuentas como sí ocurre con Ortega o con Ernesto Cardenal
[vii]. 

Como contrapunto a lo anterior, se puede mencionar además la complacencia del escritor peruano en colocar antiguos amigos como personajes de sus novelas. Este es el caso de Javier Silva Ruete –el “Javier” de La Tía Julia y el escribidor–, antípoda literario de Enrique Chirinos Soto, vivamente retratado en La Fiesta del Chivo en la figura de Henry Chirinos, y suma perfeccionada del difícil arte de la venganza en Vargas Llosa.



Freddy Molina Casusol
Diciembre del 2000



Crédito de la foto de Felix Arias Schereiber y Lea Barba:
http://librosyrecuerdos.blogspot.com/2010/01/historia-de-mayta-o-el-dificil-arte-de.html


[i] Ricardo Letts, legendario dirigente de la izquierda peruana, fue quien presentó a Vargas Llosa al personaje real que inspiró al Mayta de Historia, y uno de los que recibió los mayores espolonazos del escritor en sus memorias. Ver El pez en el agua, Seix Barral-Biblioteca Breve, 1993, p. 419, y "El joven Vargas Llosa", Silvia Rojas, en La República, 9 de mayo de 1997, p. 20.
[ii] Ver La Generación del 50: un mundo dividido, Ediciones sétimo ensayo, 1988, p. 157. Ver también los artículos: "El ande en llamas", Dante Castro, en Suplemento Unicornio de Cambio, 7 de mayo de 1990, pp. 12-13; e "Historia de Mayta: la novela y los críticos", Birger Angvik, en Hueso Húmero No. 25, pp. 111-119.
[iii] Ver el prólogo de La Divina Comedía, introducción y cronología Vintila Horia (Editorial EDAF, Madrid, España), donde se habla del tema de la venganza en Dante.
[iv] Vargas Llosa a mediados de los ochenta reclamaba para sí la calificación de pragmático alabando el sentido común de los británicos, quienes lo elevaron a categoría de filosofía política. Ver "Una cabeza fría en el incendio" en Contra viento y marea (III) (1964-1988), Seix Barral-Biblioteca Breve, 1era. edición, marzo de 1998; y las entrevistas "Ahora soy un pragmático", en El Nacional, 2 de noviembre de 1985, y "Soy pragmático, no ideológico", en El Observador, 23 de octubre de 1981.
[v] Revisando materiales para apuntalar esta tesis encontramos que el crítico peruano Miguel Gutiérrez ya había desarrollado un similar planteamiento: “El más alto ejemplo de la literatura como venganza o arreglo de cuentas con el mundo, su ciudad natal y los hombres de su tiempo es, sin duda, Dante. En parte VLl utiliza la novela como instrumento de venganza o de arreglo de cuentas, aunque esto no le confiera sosiego y liberación, sino gratificaciones sadomasoquistas”. Ver La Generación del 50: un mundo dividido, p. 158.
[vi] El pez en el agua, p. 249.
[vii] Con Cardenal, Vargas Llosa no tuvo ninguna concesión y su retrato va en proporción directa a la animadversión extrema que éste incubó en los años setenta y ochenta respecto a sus colegas de izquierda. Ver la serie de artículos publicados en Caretas bajo el título "El intelectual barato", reeditados en Contra viento y marea (1962-1982), Seix Barral-Biblioteca Breve, 1era. Edición, noviembre de 1983. Y más acerca de Cardenal, en Sobre la vida y la política: Diálogo con Vargas Llosa, Ricardo A. Setti, Editorial Kosmos, mayo de 1989.

sábado, 22 de noviembre de 2008

TE QUIERO DEL TAMAÑO DEL MAR (*): Escritura y racismo en un libro de Jaime Bayly


UNO

Jaime Bayly ha publicado un libro. Más bien, debemos precisar, un hermoso libro de memorias que, con seguridad, resistirá en el tiempo y que junto a Los últimos días de La Prensa, se erigen como las dos mejores piezas literarias salidas de su pluma juguetona. Si de él se ha pensado que su especialidad es el escándalo y la estridencia, aquí nos encontramos con un eximio esgrimista de la palabra que hace y deshace el castellano a su antojo. Tenía razón Martha Hildebrandt, cuando refiriéndose a Bayly decía que “escribía bonito”. En Bayly podemos rastrear, a través de esos largos monólogos que dan forma a su inconsciente, la presencia de Joyce. No sabemos si ese uso de la técnica joyciana forman parte de una aprehensión deliberada del maestro irlandés o si es un acierto intuitivo del autor en su andar novelístico. Lo cierto es que su uso confiere al relato una calidez y un intimismo pocas veces visto en la literatura nacional, solamente visto en Vargas Llosa, quien lo emplea con eficacia en La ciudad y los perros. Se ha dicho, por otra parte, que Yo amo a mi mami, el notable libro de Bayly tiene una afinidad temática con Un mundo para Julius. En parte sí, pues el autor aprovecha los recursos del relato para confesar sentimientos infantiles, dándole un aire de ternura a la narración; y en parte no, porque la novela de Bryce es una especie de canto de cisne de una clase social. En estos primeros capítulos de Yo amo a mi mami, se percibe la madurez de un narrador en ciernes, a menos que las páginas que sigan nos engañen despiadadamente borrándonos la ilusión del rostro, en esa grata sorpresa que nos ha causado la incursión de la tierna y dulce Annie, protagonista de una de las historias del libro, en la literatura peruana.



DOS

Salpicado de frases y párrafos bastante significativos, Yo amo a mi mami es una cruda radiografía del racismo en el país. La madre –ficticia– del autor ayuda a reflejar esa situación. Ella, en varios pasajes del libro, hace gala de un menosprecio supino por los cholos e indios del país. “Qué barbaridad, qué insolencia, esta cholita igualada...”, llega a decir en una oportunidad de una enfermera –chola y mestiza de la selva– de una clínica por parecerle demasiado atrevida y mostrar las piernas. “Esta cholada es demasiado para mi gusto, esto no es para una señora como yo...”, dice otra vez cuando le toca asistir a la kermesse organizada por el párroco de Chaclacayo, a cuya iglesia asiste religiosamente todos los domingos llenándola de propinas. “Eres una india bruta y analfabeta, te he dicho cincuenta mil veces que no se dice la calor, la próxima te despido....”, dice en otra ocasión a su empleada, a quien se dirige en tono amenazador por no expresarse bien en castellano. Pero lo que la desnuda de cuerpo entero en lo que a continuación dice Bayly en una parte del libro: “y yo por supuesto me quedé en silencio y aterrado, pues cuando muriese quería irme al cielo con mi mami, mi papi y mi hermana y también, si los dejaban entrar, con los empleados, aunque ellos, según mi mami, vivirían en una zona aparte del cielo, o sea en un cielo más modesto para ellos.”, pensamiento que nos recuerda, pero en sentido contrario, el relato de Arguedas, El sueño del pongo. El racismo, pues, de Yo amo a mi mami es proverbial y merece un estudio aparte (irónicamente, el hijo del embajador inglés, “un rubiecito engreído que nos miraba a los peruanos como si fuésemos vicuñas”, se cobra la revancha por los connacionales indígenas). Hay mucho más, pero eso lo deben registrar los estudiosos del libro que se dediquen en el futuro a desenhebrar la ideología que alimenta a los seres que pueblan Yo amo a mi mami.


TRES

Espléndidamente escrito, Yo amo a mami es un parricidio y un saludable ejercicio del humor. El narrador, lo ejercita con su progenitor, de quien hace un retrato deliciosamente mordaz para el deleite y goce de los lectores. Lastimosamente la ausencia de redondez, esa a la que apelaba Cortazar para cerrar sus cuentos, no se ve en el capítulo final que queda algo corto. Este defecto formal, que se puede atribuir a una comprensible fatiga del escritor para concluir con el relato, no obstante, queda opacado al ser contrastado con el resultado global. Para el lector deseoso en desentrañar la identidad real de alguno de los personajes de Yo amo a mi mami, podemos satisfacer su curiosidad remitiéndolo a un libro singular, el de Ricardo Letts (La izquierda peruana, Mosca Azul Editores, 1981), cuya nota biográfica bien puede servir de apéndice al capítulo “No me digas tío, dime camarada”, en el que aparece magistralmente dibujado el rudo dirigente de la izquierda peruana. No podemos terminar estos apuntes, sin dejar de pergeñar en las páginas dedicadas a la hermana del autor: “¿Te puedo tocar un ratito el pelo?”. Éste es un capítulo notable por la delicadeza del trazo, la elegancia de la descripción y sensibilidad de la remembranza. No sabemos por qué, pero esa suavidad nos ha recordado la tersura descriptiva de Oscar Wilde en El retrato de Dorián Gray. En suma, Yo amo a mi mami es un temprano libro de memorias, una confesión pública de pecados infantiles y un retrato de familia cargado de una ternura y desenfado que hacen de su lectura un buen motivo para jugar un rato con la imaginación.

Freddy Molina Casusol
Lima, octubre de 2003

Crédito foto: http://www.ultimasnoticias.com.ve/ediciones/2002/08/04/unimg/p66s1g1.jpg
[*] Título tomado del capítulo I del libro de Bayly.

viernes, 21 de noviembre de 2008

EL GRUPO CHASKI : UN CINE JUNTO AL PUEBLO (Entrevista a Fernando Espinoza. Director del Grupo Chaski)

Por: Freddy Molina Casusol

La última vez que lo vi fue a mediados de los noventa. Yo salía embalado de la Facultad de Letras de San Marcos, cuando una voz que no alcanzaba a reconocer me llamaba por mi nombre. Alto, moreno, de casi un metro ochenta, estaba allí en el umbral Fernando Espinoza, con unos cuantos años más en el cuerpo y unos cuantos kilos menos. Había ido a la ciudad universitaria para cumplir con una invitación hecha por los estudiantes y formar parte de un panel sobre un tema que lo apasionaba desde que empezó como sonidista de películas décadas atrás: el cine. Todavía conservaba el acento de su voz esa mezcla de inflexiones afroperuanas y cubanas, éstas últimas reclutadas sin duda luego de sus viajes a Cuba y sus inefables simpatías por la revolución castrista. Después de eso no volvería a saber de él, hasta que, hace unos años atrás, una publicación universitaria –San Marcos al día– me informó de su desaparición. Esta entrevista realizada en 1991 da cuenta de la personalidad de Espinoza –a veces abigarrado y ampuloso en sus respuestas– y de la crisis de una experiencia cinematográfica peruana. He aquí lo que me dijo aquella vez en su oficina del Grupo Chaski, cuando las sombras de la vejez parecían no atenazarlo.

¿Luego de casi nueve años de fundación, podríamos calificar –recordando el título de un libro de Sanjinez y el Grupo Ukamau– que la aventura cinematográfica del Grupo Chaski ha sido de “un cine junto al pueblo” ?
Pues, yo creo que si se podría calificar de alguna manera así. Pero, tal vez, el termino “junto al pueblo” queda distante o menos conveniente para denominar lo que ha sido nuestra experiencia. Muchas veces la actividad artístico-cultural o política ha sido asumida por intelectuales como una forma de hacerlo para el pueblo, por el pueblo, y no desde el pueblo. Yo creo que el éxito del acercamiento a lo popular de Chaski fue que se hizo dentro pueblo.

En esta última etapa de la vida del Grupo Chaski, considerado en algún momento la vanguardia de cine nacional, ha venido sufriendo una inocultable crisis. No hace mucho se han retirado varios de sus miembros (Legaspi, Kaspar, Weber, entre otros). ¿A qué factores atribuyes esta crisis, y qué pasó con lo que ustedes llamaban “el voluntariado militante”?


Yo pienso que tendríamos que ubicarnos en la época en que estamos viviendo. Puede ser que uno de los elementos que signe la época es una crisis de lo colectivo, de una crisis de los elementos que han estado afincando lo colectivo desde un punto de vista socialista.

 Otro de los elementos que tampoco es exacto, creo yo, es que todos se van de Chaski. El caso de Stefan Kaspar. Stefan no se ha ido de Chaski; él ha abandonado la condición de trabajador y su condición de Director, un poco porque no cree él lo mismo que creían los otros, pero también, al mismo tiempo, creo yo, con cierto agotamiento y una necesidad de tomar distancia. Pero no ha abandonado su rol de participar en la defensa de Chaski; en la defensa, además, de la posibilidad de la recreación, más que la reconstrucción del grupo, porque ha pasado a ser un asociado con tareas propias. Es en este momento un asesor del grupo para todo lo que es comercialización y relaciones internacionales. Y aquí, delante mío, tengo notas de él, con esa limpieza, asesoría, y entonces se nota que, inclusive, podemos discrepar desde puntos que son opuestos en mucho, pero que en lo principal seguimos amando al hijo que de alguna manera hemos parido dolorosamente durante estos años y hemos visto crecer.

Abordando la heterogénea filmografía de Chaski resalta el mediometraje Imágenes para una Democracia, una película con un montaje que refleja de una manera un tanto forzada nuestro entorno social. Sin dejar de discutir su contenido crítico, nos puedes decir qué pasó con este film.

Bueno, esta película, es una película en la que hicimos un pequeño team de realización en equipo donde estaba Chiara Varese, a quien le dimos la dirección, Alejandro Legaspi y yo. Esta película representa el trabajo tenaz y las ideas encontradas de los tres. Para empezar, esto es producto de un rodaje y de un antiguo proyecto que venía de los años ochenta, por eso tenía el material registrado y en el que había participado tanto Chiara Varese como Alejandro. Y, solamente después, cuando se deshace el grupo que le dio partida al rodaje, es cuando se encomienda la producción a Chaski y se co-produce con Chiara Varese, que a su vez tenía la post-producción en Cuba. En todo caso son acentos distintos. El acento de hacerle decir a algunos personajes cosas que no son exactamente lo que quisieran lo puse yo, porque creo que eso es de alguna manera expresarían si estuvieran obligados a decir la verdad, como es el caso del personaje que dice en un momento que “por los trabajadores no haría ninguna cosa, ni una sola”. Y el acento digamos en el ritmo y la estructura general hasta cerca de la mitad de la película, creo que lo ha puesto Alejandro, aparte de haber sido la cámara principal de la película. Y todo lo que es la parte final de la película, la edición final y su forma final, con ese descreimiento absoluto a la salida democrática, creo es responsabilidad de Chiara, que al final firma toda la obra. La dirección y reportaje a todos los personajes que están ahí, salvo los reportajes que no están en la película, son de responsabilidad mía.

¿Y es cierto que el historiador Flores Galindo, que aparece en algunas secuencias, solicitó a Chaski se le retire de las escenas donde figuraba?

(El rostro de Espinoza se desencaja). Bueno, compañero, Tito no....., un gran compañero, siempre de grata recordación, era muy tímido, no solamente antes de filmar sino también después. El no tenía una idea de cómo iba a verse, ni tampoco lo pensaba. El suponía que iba a lucir de una forma distinta lo que estaba diciendo en la película. No se suponía enfrentarlo a dialogar, obligado a confrontar con el general Cisneros Vizquerra, por ejemplo, como está en la película. Pero, eso sí, eso es patrimonio de los realizadores. Nosotros le explicamos, le explicábamos a él previamente, qué tipo de cine íbamos a hacer, qué tipo de película íbamos a hacer, y qué tipo de personaje. Lo que sí, estamos seguros, es de que no hemos faltado la verdad a sus ideas ni hemos castrado sus ideas. Creo que están completas. Inclusive esto puede ser en desmedro de la película, ¿no?.

 ¿Cómo convencieron a Tito Flores Galindo para que participe en el film?

Fuimos tantos los que intentamos convencerlo. Era tanto Oswaldo Carpio quien intentó hacerlo; por otro lado otros compañeros habían intentado hablar. Yo sabía que teníamos, al día siguiente que filmar. El día anterior, mediante su compañera, había dicho que no iba a poder estar, que tenía un trabajo pendiente. Fuimos con Chiara a la Católica y él estaba dictando clase. Y entonces nos colocamos al costado. Él nos vio, se volteó, interrumpió la clase y salió. Al salir le dije: “Hermano, cómo es eso que no vamos a filmar mañana. Tenemos todo listo, ¿no ?. No me digas que no...¿no? Ya estamos con todo”. Me dijo: “Pero, yo no sé, eso de salir en una película, eh, ¿cómo es eso ?”. “Bueno, pero yo te explico el detalle hermano. Mañana te lo voy a explicar otra vez, pero no nos hagas quedar mal ahora. No nos revientes el trabajo, porque ya habíamos quedado en que íbamos a filmar”. “Bueno pues, ¿y eso cuánto llevará más o menos?”. “Es rápido hermano, es una cosa que la entrevista es a ti, pero como tú mismo eres, o sea sobre lo que tú mismo manejas. Así que eso no será más de una hora, hora y media”. “Bueno pues, entonces si es así, si no pasa de ese tiempo, estaré a esa hora en el IAA (Instituto de Apoyo Agrario), de acuerdo”. Y ahí quedamos pues, y ya está. Me pareció que no lo habíamos terminado de convencer. Hasta que no lo tuvimos en el rodaje yo no tuve la certidumbre que iba a dar el testimonio para nosotros.

¿Dentro de la producción de Chaski, se podría decir que Juliana representa una ruptura con respecto a su antecesora Gregorio, en cuanto la continuación de una línea de compromiso? Se ha señalado en diversas oportunidades que el final de la película es un tanto idílico, irreal, ¿qué piensas de ello, o es que tal vez la cuestión pecuniaria ha operado de manera inconsciente en la elaboración del guión?

 Esto ha sido sostenido en algún momento, cuando recién la película apareció, por un joven crítico, que escribe más o menos con el hígado que con el cerebro a mi entender. Pero no es verdad, tanto no es verdad que su antípoda, es decir, lo que signa el tráfico de la comunicación, en la relación norte-sur, lo que es el interés básico de Europa para comprar nuestros productos, es el tráfico del desastre, de la guerra, del caos, de la miseria a ultranza, de la desesperanza. O sea de la fatalidad absoluta, de la muerte por la muerte; en fin, es lo más contrario al contenido de la película. Es más, en Europa ha sido más cuestionada la película que en nuestro mundo, América nuestra América. Ahora nosotros creemos que hemos permanecido fieles a nuestro concepto, y fieles a lo que sosteníamos para desarrollar el tema. La principal fidelidad, digamos es, haber sido democráticos en la participación de los niños en la película, expresaran sus testimonios; democráticos en estar sujetos como realizadores a que la propuesta de los chicos primara sobre nuestra propuesta.

 (Espinoza explica que no ha habido tal peso del dinero. Afirma, abundando en detalles, que existe un extracto de una investigación efectuada por Sandro Macassi con niños de Villa El Salvador, publicada en el boletín Chaski, No. 3, interpretando el ideal de los protagonistas del film. Lo que no dice el cineasta es que este estudio fue hecho después del rodaje de Juliana, lo cual indica que éste no tuvo ninguna influencia en la elaboración del guión final, a menos que se crea, como parece entenderlo el cineasta, que esto avalaría su tesis del final feliz de la película con el bus paseando a los niños por la ciudad).

¿Entonces no estás de acuerdo con que es una “películita prodiga en mocos y legañas”, como algún crítico sentenció (lo expresó Fernando Vivas en la revista Quehacer)?

Eso me parece insultante, una falta de respeto del crítico que escribió eso. Parece que él tiene la necesidad de expresarse así. Ojalá fuera igualmente de escéptico y de duro con su propia creación.

 En su última producción, Chaski incursionó subrepticiamente en el género cómico, incluso el corto ¿Jonás dónde estás? obtuvo un notable reconocimiento. ¿En la co-producción, todavía inconclusa, que están realizando con Federico García, se proseguirá con este acercamiento?

 No, no ha sido deliberado. En todo caso, aunque el caso del proyecto de Baladas Musicales, que incluyó a Jonás, todos tenían las mismas características de ser digamos irónicos, de hacer una especie de humorismo sutil. Esto no tiene una relación con la co-producción con Federico García. Nosotros no hemos hecho un condicionamiento, salvo nuestros puntos de vista como co-productores. Respecto a la temática, no es una temática de comedia. Es una historia que está enraizada en la costumbre de los Andes y que representa el choque de dos culturas. La relación frente a un miraflorino que llega a esos lugares. Más bien allí hay una fidelidad de Federico García hacia los temas que siempre ha tratado desde un punto de vista que siempre antes trato, antes de por lo menos de la Manzanita del Diablo.

En una mesa redonda declaraste: “Lo absurdo es que alguien netamente citadino se acerque a buscar en lo andino, su motivación, su tema tiene que estar dentro de él”. ¿Crees que el nuevo enfoque de las películas de temas andinos será con esa visión en el futuro?

Para empezar, yo no sé si realmente estamos entendiendo la connotación de andino en su conjunto. Es decir, andino es nuestro país ¿no?, y es andino el habitante de la costa. Es decir, nuestro país es un país andino y todos somos parte de una nación andina. Ahora, andino es el que típicamente proviene de los Andes. Desde esa perspectiva yo no lo haría, yo no me acercaría sino es con la mayor prudencia, el gran respeto hasta poder hacer un tema de los Andes. De eso nosotros tenemos la experiencia, de haber fracasado en mostrar eso en Gregorio. Es decir, yo digo fracasado, porque evidentemente los espectadores, los compañeros del gremio, probablemente no saben que botamos el 95% del material que filmamos en la sierra, para intentar simplemente un collage que expresara que viene de ese mundo. Se veía muy artificial. Yo pienso que hay algunos realizadores que han logrado acercar con éxito al mundo andino, al mundo selvático, es decir a otros mundos que no son el suyo propio, y que algunos realizadores lo han hecho de una manera muy feliz, como es el caso para mí de Nora de Izcue de Runan Caycu, la historia de Saturnino Huillca. Veo la Nora de Izcue de Guitarra sin cuerdas o Color de Mujer, y me admiro de la capacidad, por la emotividad, de poder ligarse a un tema y de sentirlo suyo y de transmitirlo bien. Pero, sin embargo, a mí, personalmente no me basta como requisito. Y yo creo que eso es lo que nosotros hemos sentido en una época, que para acercarnos a este tipo de cine y a las características de este cine, nosotros estabamos obligados a sentirlo propio, no solamente a saber del tema sino a sentirlo dentro de nosotros mismos. Era un requisito sine qua non para ganar la autoridad de trabajarlo.

Chaski e Inca Films de Francisco Lombardi en algún momento se disputaban la hegemonía del cine peruano, ¿qué opinión tienes de Caídos del Cielo?

Yo no siento que hallamos disputado la hegemonía con nadie. Siento que en un momento tuvimos desde nuestra propia trinchera una mejor contribución que ahora a la construcción de un cine nacional, cosa que ha venido permanentemente haciendo “Inca”, con un poco de más antigüedad que nosotros. Si siento, que no es una disputa por ganar mayor espacio sino más bien un esfuerzo grande, por mejor contribuir a la construcción del cine nacional. En lo que respecta a Caídos del Cielo, la última de Pancho, a mí, confieso que es una película que me produce un conjunto de sentimiento variados y algunos muy encontrados. El primero de todos es.... A mí la película me da la impresión de ser muy fiel a lo que Pancho Lombardi piensa. Yo reconozco que Pancho Lombardi es un hombre honesto. Le he preguntado directamente cuando volvíamos de Cuba, el por qué de esta pulsión tanática, tan acendrada, tan marcada. Él niega que esto esté presente, que más bien está rescatando vida al provocar un rechazo a la muerte. Sin embargo, yo no lo veo así. Desde Muerte de un Magnate, Muerte al Amanecer, en fin Maruja, no una sino muchas muertes (Nota: Espinoza quiso decir, Maruja en el Infierno). En fin, yo pienso que el tema de la muerte ha sido siempre una fijación en Pancho. Creo que en esta película no ha existido el manejo cinematográfico que tuvo en La ciudad y los perros, que para mí sigue siendo la mejor de sus obras. Y pienso que esto se podría llamar, el mundo de Lombardi, y el mundo de un montón de creadores. Inclusive algunos de ellos, cinematográficos jóvenes, están mirando de esa manera al pueblo, de esa manera a la clase media, de esa manera a la burguesía –la antigua aristocracia–: a través de una ventanita.

Para finalizar, Chaski se va recuperar entonces.

Su recuperación es una apuesta fija.


Julio de 1991

 

Crédito de las fotos: http://www.grupochaski.org/chaski/v1.3/menu.php,%20http://www.grupochaski.org/index.php?id=229,0,0,1,0,0http://www.grupochaski.org/index.php?id=229,0,0,1,0,0,, http://reportperu.files.wordpress.com/2009/02/nuevo-121.jpg, http://www.omni-bus.com/n4/imagenes/Caidos%20del%20cielo.jpg, http://www.swissinfo.ch/spa/archive.html?siteSect=883&sid=4472121&ty=st, http://www.andes.missouri.edu/andes/Especiales/TitoFlores.jpg, https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEjye3hc8C493KK6jTF_f9oHyYBsONgXkbJFr9YGHjf212DJs9kgudQAwYLaxOUNGpJ_i7g7UZSOYu3GgS3otNUj7soN7rK_SQJpURuGD_R5gPJ0n5L18DRGzCq7GEqagGsOg1rVDwhrXTs/s320/foto+fernando+vivas.+peru+21.jpg, http://www.alconet.com.ar/varios/mitologia/leyendas/fotofchamin.jpg

miércoles, 19 de noviembre de 2008

DE FANNY HILL AL MARQUÉS DE SADE: cinco acercamientos a la literatura erótica

MI primer acercamiento a la literatura erótica se debió a la pura casualidad. Un día paseando por El paraíso de los libros, esa feria de libros viejos anclada en el centro de Lima, me topé con Fanny, una novela escrita por Erica Young –una americana autora del best seller Miedo a volar, libro de referencia para las feministas– inspirada en la famosa narración erótica de John Cleland, Fanny Hill. Memorias de una cortesana, publicada en el siglo XVIII[1].

La sola mención de Cleland en el prólogo de Young, me abrió el apetito. Dos semanas atrás, recordaba, había tenido Fanny Hill en mis manos pero la había desechado, porque viendo su tapa semi ruinosa y sus hojas amarillentas y maltratadas por la acción del tiempo, no me animé a comprarla.

Pero esta vez apremiado por transitar en el camino de la lujuria, me dispuse a retroceder sobre mis pasos y adquirir ese ejemplar que, solitario y mudo, estaba a la espera de un lector como yo, en el mismo lugar que lo había dejado la última vez: un triste rincón de un puesto de libros viejos.

Fanny Hill narra la historia de una muchacha inglesa, quien tras perder a sus padres a la temprana edad de 14 años decide emigrar de su natal Liverpool, para tentar mejor suerte, a París. Puesta allí por el destino cae en las manos de Miss Febe, quien se aprovecha de su inocencia y la empuja a ofrecer su cuerpo en el burdel que regentaba.

Escrita en bellos trazos, los cuales hacen que el lector la aprecie con admiración y goce estético, incluso en las escenas de mayor contenido sexual, el libro está dividido en dos claros momentos señalados por las cartas que Fanny escribe a su confesora, una mujer velada por la pluma del autor, a quien cuenta sus encuentros sexuales con diferentes hombres desde que fue iniciada en la prostitución por Miss Febe, hasta que decide retirarse de la vida pecaminosa años después, cuando su admirado Carlos la hace madre de dos hermosos niños.


El segundo acercamiento que tuve a la literatura erótica fue con Memorias de una pulga. Este era para mí un libro mítico. Prohibida su lectura por una tía harto mojigata (se refería a este como un libro "vulgar y asqueroso"), lo adquirí venciendo algunas resistencia psicológica, en una galería del centro de Lima, a pocos metros de la revista Caretas.

Publicada en París en 1762 por un autor que prefirió el anonimato, tal vez porque no quería ver relacionado su nombre con un texto harto licencioso, Memorias de una pulga cuenta la historia de Bella, una linda francesita de catorce años que se somete a gusto a las exigencias carnales primero de su joven amante, luego de un sacerdote, a quien le siguió un viejo campesino y su hijo, para continuar posteriormente con su tío, el señor Delmont, el cual cayendo en la trampa tendida por su vecino, el señor Verbouc, y el cura Ambrosio, comete incesto con su hija Julia.

Carente de una depurada técnica literaria, puesta en evidencia a lo largo de sus doce capítulos, Memorias de una pulga es un libro, como dicen los franceses, para leer "con una sola mano".

Escrita en 1930, y dirigida al público americano, Confidencias de una casada fue mi tercer acercamiento a la literatura erótica.

Cuenta la historia de Nelly Rich, una mujer que describe sin pudicia sus peripecias amatorias desde los 18 hasta los 21 años, edad en la que encuentra un marido rico a quien atrae con la vibración de su cuerpo. Libro de bolsillo, que a juzgar por sus editores –quienes lo difunden por nuestras tierras en una edición bastante anónima como su autora– se vendió por millones en Estados Unidos, fue descubierto por el autor de estas líneas un sábado por la noche en un esquina oscura del jirón Cailloma, antiguo habitue de las prostitutas de Lima, en la actualidad regentada por un jovial vendedor de libros usados, de quien luego supe que hacía con su pareja lo que había aprendido durante sus años de lectura –y también venta– de libros y revistas licenciosos para exquisitos pornógrafos de la ciudad que concurren a su negocio.


A pesar de estar en la misma línea de Memorias de una pulga, pero un peldaño más abajo, Confidencias de una casada es un libro condenado al olvido.

La Filosofía en el tocador –el cuarto de mis acercamientos a la literatura de este tipo– es un tema aparte. Para leerlo hay que tener la mente abierta y estar dispuesto a encontrarse con todo tipo de escenarios inesperados.

Leer que Jesucristo era un farsante y que María, su madre, era una “puta judía” puede resultar chocante para los que cultivan el cristianismo como valor supremo[2]. Además, su autor, el Marqués de Sade, hace en esta obra una polémica justificación del robo, el delito y el crimen como normal consecuencia de la sobrevivencia en la tierra[3]. Pone como ejemplo, traído de la naturaleza, la poca o ninguna lástima que tiene un animal sobre su presa para prolongar su existencia.

Sade hace del escándalo, la libertad irrestricta y el gozar hedonista del cuerpo, un templo ante el cual uno debe prosternarse. Las orgías armadas con prostitutas de baja estofa, a quienes flagelaba y ultrajaba, atrajo la animosidad de sus contemporáneos, quienes vieron en él una encarnación del mal[4].

El final de La Filosofía en el tocador si es de mal gusto. Eso de sodomizar a la madre de la protagonista, Eugenia, una adolescente de quince años, con un sifilítico y luego cerrarla con siniestras puntadas para asegurar la infección, me pareció de una exageración desorbitada.

Melissa P. y Los cien golpes fue el quinto de mis acercamientos a la literatura erótica. La bella portada de su edición en español (HarperCollins, 2004), donde se ve a una hermosa joven de blonda cabellera estirando y cubriendo con ella la mitad de su rostro, me sedujo de entrada.


Este libro llegó a mis manos de manera inesperada. A la caza de otros libros para leer, un librero avispado del jirón Camaná, pensando no sé por qué me podía interesar su lectura, me lo ofreció en un tira y afloja de precios por una cantidad que hasta ahora me parece una ganga: ocho soles.

Los cien golpes es una delicada narración en forma de diario, de los encuentros sexuales de su autora, una jovencita italiana de dieciséis años, con Fabrizio, un hombre de treinta y cinco años, a quien conoce a través de la Internet.

Con él –y otros– Melissa llega a conocer el sadomasoquismo, la perversión y la lujuria, sin por esto querer decir que su protagonista se deje arrastrar a este mundo, ya que para ella el sexo es solo curiosidad, exploración y nada más.

Acabo mi travesía por el mundo de la lujuria, pasando revista muy rápidamente por el puñado de relatos clandestinos de la Inglaterra victoriana, La Perla, lanzados por la editorial peruana Antigua, de la apreciada serie Popof, que hizo la delicia de sus lectores en la década del 70 con literatura especializada en el tema; las eróticas confesiones de Bruna Surfistinha, cuyo blog en la Internet contando su vida como prostituta en Sao Paulo, antecedió el éxito de su libro El dulce veneno del Escorpión, y el prodigioso uso de la técnica literaria de José Luis Muñoz, galardonado en 1990 con el Premio La Sonrisa Vertical, cuyo relato "El combate"[5] es una pequeña joya de la literatura erótica y, a nuestro juicio, una buena demostración de cómo la destreza verbal se puede poner al servicio de Eros, sin caer en lo grotesco y simplón como suele suceder en la literatura de este tipo.

Al terminar estas líneas, y dejar en el recuento Paulina. Memorias de una cantante y otras de la colección erótica de Pepe Navarro, estoy a la captura de Los 120 días de Sodoma del Marqués de Sade. No sé por qué, pero el título promete.

Freddy Molina Casusol
Noviembre de 2008



Crédito fotos: http://images-eu.amazon.com/images/P/185242866X.02.LZZZZZZZ.jpg
http://www.aerotica.com.ar/imagenes_semana-27.html


[1] Escrita entre 1747 y 1748 por John Cleland. Existen varias ediciones populares, entre ellas la de la serie peruana Popof, pero la de la editorial mexicana EDASA, que la publicara en 1963, debe superar a muchas que circulan en el mercado. Su bien informado prólogo, así como su muy erudito apéndice, hacen de esta edición una pieza de colección.
[2] Justine, quizás la otra obra más celebrada de Sade, continúa los tópicos expuestos en La Filosofía en el tocador: recusación del cristianismo y alegato del aborto.
[3] En La Filosofía en el tocador está además presente la defensa del robo, la violación, la pederastia, la sodomía y todo lo que el cristianismo reprueba en sus preceptos, los cuales condujeron a que los libros de Sade fueran incluidos en el Index.
[4] Sobre Sade se puede leer la muy completa y reciente biografía escrita por Francine Du Plessix Gray, El Marqués de Sade, una vida (Suma de Letras, S.L., 2002. Colección Punto de Lectura, No. 287).
[5] Publicada dentro del conjunto de relatos Una historia china (Pepe Navarro. La colección. Madrid, 2000).

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...