domingo, 9 de noviembre de 2014

ANA GALLEGO Y EL PENSAMIENTO POLÍTICO DE VARGAS LLOSA

HACE algunos meses en la Facultad de Letras de San Marcos se presentó –gracias a Agustín Prado– la académica española Ana Gallego –coautora del libro De Gabo a Mario–. Al final de su participación la abordé para hacerle algunas acotaciones sobre el pensamiento político de Vargas Llosa –a propósito de su ponencia sobre La civilización del espectáculo–. Le dije –mientras ella fumaba un cigarrillo– que para poder entender el pensamiento vargasllosiano había que remitirse a los estudios de mass media afincados en la Escuela de Frankfort y que había compartimentos en la mente del escritor que fácilmente podían aparecer como subsidiarios del concepto de Industrias culturales –aparecido por primera vez en el libro de Adorno y Horkeimmer, Dialéctica del Iluminismo–.
Le manifesté que la crítica debía despojarse de ciertas aprensiones ideológicas para auscultar mejor a Vargas Llosa y que había muchas cosas sobre él que pasaban frente a sus narices y no las veían; que había que tener una visión multifactorial y que había que hacer dialogar varias disciplinas, entre ellas la sociología y la comunicación (de donde yo provenía), al respecto.
¿Por qué, por ejemplo, alguna crítica se asombra del enfoque “progresista” de El sueño del celta, novela que cualquier escritor adscrito a esa tendencia hubiera hecho suya con gusto?, le pregunté. "Porque en Vargas Llosa –me respondí arriesgando una hipótesis (en tanto Ana Gallego botaba el cigarrillo a un lado)– hay otras líneas de pensamiento –de izquierda– en puja con su liberalismo”. “En roce con sus ideas cosmopolitas”, comentó, creo, ella e hizo un gesto de evidencia con las manos.
“Recuerde –agregué– que Vargas Llosa aprende el marxismo en San Marcos, escenario de una de sus novelas, Conversación en La Catedral. ¿En dónde? En la célula Cahuide. ¿Quién fue uno de sus instructores? Está en El pez en el agua: Isaac Humala, el padre del actual presidente de la República (y mentor del etnocacerismo de su otro hijo, Antauro). Entonces, hay que empezar por allí.” 
Le dije además –mientras la escoltaba Agustín y un profesor más a la salida de la universidad– que para entender el actual pensamiento político de Vargas Llosa, había que leer a Karl Popper, Ludwig von Mises y, especialmente, Hayek (La fatal arrogancia, los errores del socialismo), que había que analizarlo “desde esa mirada”.
Le señalé que el paso de Vargas Llosa al liberalismo no fue de un momento a otro. Anteriormente, le conté, se definía como un pragmático –imagino influenciado por su amigo de esos años, Richard Webb, aficionado al pragmatismo de James, cuyo libro, ¿Por qué soy optimista? (1985), prologó (y en el que confiesa que Webb era “un pragmático viejo”; en cambio él “está aprendiendo a serlo”; ver “Una cabeza fría en el incendio”, en Contra viento y marea III)–.
Es más, a mediados de los ochenta, cuando no se definía como un liberal –pero sí estaba en coqueteos (fue uno de los ponentes en 1979 de un simposio organizado por Hernando de Soto, que contó con la participación de Milton Friedman)–, entrevistado por Ricardo Uceda, afirmó que resolvía sus tomas de posición en “función de consideraciones más pragmáticas” (“…Ahora soy pragmático”, El Nacional, 2/11/85).
Sin embargo, en su tránsito de un lado al otro, se definía en otra entrevista (con Alfredo Barnechea), como un socialdemócrata (Peregrinos de la lengua, p. 291).
El paso de Vargas Llosa al liberalismo viene con fuerza de la mano de Popper –a quien, para la campaña presidencial del 90, estudió durante tres años y que, para muchos liberales ortodoxos, le advertí a Ana Gallego, quien me miraba con ojos curiosos, es el padre de la socialdemocracia (por lo que hay que examinar esa influencia en los rezagos de pensamiento de izquierda que aún parece mantener)–, luego viene Hayek –a quien, en 1991, le dedica un artículo: “Bienvenido, caos” (vuelto a publicar en Desafíos a la libertad, 1994)– y, por último, von Mises, de la Escuela Austriaca de Economía –al que tal vez menciona por primera vez, al final de la crónica dedicada a su hijo Gonzalo, “Mi hijo, el etíope” (1985)–.
No pudimos continuar porque Agustín se la llevó para cumplir, seguramente, con otras actividades planeadas para ella ese día. Pero la idea que quedó flotando, y no se la pude decir, era que, posiblemente, Vargas Llosa arribó a similares conclusiones que la Escuela (neomarxista) de Frankfurt, respecto a los temas planteados en La civilización del espectáculo –la frivolización de la cultura y la crítica de los mass media–, por caminos diferentes y sin tener, por supuesto, la menor empatía con esa línea de reflexión intelectual. Lo suyo es una aventura del pensamiento, una de las tantas a las que nos tiene acostumbrados.
Finalmente, cuando se fue Ana Gallego –secuestrada por Agustín– me quedó titilando la idea de escribir estas líneas –me pasé meses dándole vueltas–, un arrebato de escritura ha hecho que el día de hoy, por fin, las haya consumado.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 7 de noviembre del 2014

ORÍGENES DEL PERIODISMO RADIAL EN EL PERÚ

MÁS O MENOS hace diez años tuve la oportunidad de leer la tesis de Jacqueline Oyarce, El comentario y los comentaristas en la radiodifusión nacional (1996), en la Biblioteca Central de San Marcos. De entrada, el primer capítulo prometía. Estaba cuidadosamente preparado, con citas a pie de página y referencias de libros como el de Gargurevich sobre la experiencia de la Peruvian Broadcasting –texto poco conocido–, y otras menciones bibliográficas que hablaban de su interés por la investigación en comunicación social. La tesis, recuerdo, arrancó bien; pero, también recuerdo, que los dos siguientes capítulos no igualaban al primero. De cualquier forma, cuando uno evaluaba con frialdad el conjunto –incluyendo la entrevista a Luis Alberto Sánchez acerca de su programa radial en RPP, hecha un poco al paso– teníamos a una investigadora en ciernes. Esa primera impresión no ha sido defraudada. Por el contrario, ha sido confirmada, muchos años después, con la publicación del libro de Oyarce, Orígenes del periodismo radial en el Perú I-SUR (2007), el primero que recoge información dispersa, atomizada, no levantada, sobre el tema. Su autora ha hecho muchos viajes para ubicar a sus protagonistas, a esos héroes culturales que, detrás de un micrófono, daban vida al acontecer local y, cuándo no, exaltaban las fantasías de nuestros abuelos en las radionovelas que eran transmitidas, en algunos casos, por estaciones precarias.
Cusco, Arequipa, Moquegua, Tacna y Puno, han sido los lugares escogidos para hacer un primer mapeo de la radio en el país. El estudio de Oyarce, que la ha llevado a hurgar en fuentes documentales poco concurridas, cuenta los inicios de Humberto Martínez Morosini en Radio Landa de Arequipa; la participación, cuando niño, de Guillermo Ugarte Chamorro, antiguo director del Teatro Universitario de San Marcos, en la misma; el uso de la radio en la transmisión programas culturales –a cargo de catedráticos universitarios– en Radio Universidad; o la movilización solidaria de la población cusqueña para poner al aire de nuevo Radio El Sur, cuando se enteraron que un incendio los había privado de su estación favorita. Jacqueline Oyarce dice, modestamente, que su libro es “solo de consulta”. Seguramente, pero del que gusta de la investigación. Eso se nota.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 9 de noviembre del 2014

martes, 28 de octubre de 2014

LA PROSA PERIODÍSTICA DE JON LEE ANDERSON

COMPRÉ el libro con desgano, sin estar plenamente convencido de sus bondades. Es que yo no me guío en mis lecturas por las modas, yo sigo mis propios juicios. Tenía noticias de Jon Lee Anderson por un periodista en las redes sociales. Me había topado con algunos de sus artículos en revistas del medio, pero no le había hecho mayor caso. (Anteriormente, Kapuscinsky, no me había convencido.) Pero, peor, ver publicado El dictador, los demonios y otras crónicas, de Lee Anderson, en el sello de Anagrama, me parecía un poco frívolo. Debía ser que Herralde, su director y editor, me recordaba el premio del mismo nombre que le dieron a Bayly, un escritor más inclinado al escándalo que al ejercicio serio de la escritura.
El asunto es que, hasta el otro día, yo me quedaba, en cuanto a crónicas y reportajes, con García Márquez, Vargas Llosa y Tomás Eloy Martínez. Pero luego de leer a Lee Anderson mi percepción cambió.
¿Cómo calificar su prosa periodística? Cuando empecé a desmenuzar el primer perfil de su libro, el muy celebrado de Pinochet, me “enganchó” la entrada (“Sólo he sido un aspirante a dictador”). “Bien –pensé–, buen lead”. Luego, el efecto de retardo de la acción en el relato –un recurso literario que se encuentra en los novelistas– hecho sin apuro. El manejo en paralelo de la historia y sus escenarios evoca levemente la técnica de escritores como John Dos Passos y Vargas Llosa –que lo llama “la técnica de los vasos comunicantes”–, bien logrado.
Anderson se sabe no solo poseedor de un talento natural, sino que se preocupa por esmerilarlo. En las descripciones de sus “perfilados”, además, balancea la información (ítem que ciertos periodistas, ganados por compromisos políticos, parecen haber descuidado) y recoge el testimonio de los bandos en conflicto. Luego deja que el lector saque sus propias conclusiones. Como debiera ser.
Lee Anderson ha planeado este libro con la intención de proyectar un halo de luz en la oscuridad de la vida de sus biografiados (desde Hugo Chávez hasta el rey Juan Carlos I de España).
¿Cómo calificar, entonces, su prosa periodística? De brillante, forjada en el fragor de la búsqueda de la verdad. Qué diferente sería el periodismo si los que viven de él, tuvieran como Anderson el escrúpulo de la honestidad a la hora de escribir y publicar. Otro sería su destino y otros sus lectores.

Freddy Molina Casusol 

Lima, 28 de octubre del 2014


miércoles, 15 de octubre de 2014

LA PRENSA ESCRITA O EL ARTE DE ENVOLVER PESCADO

LOS MEDIOS ESCRITOS tal como los conocemos desaparecerán. Cuando se tenga que escribir la historia de los medios de comunicación en el país, un capítulo importante lo tendrán aquellos surgidos de la internet. De hecho, esto ya está sucediendo. Allí está para atestiguarlo el libro de Lyudmila Yezers’ka, Ciberperiodismo en Perú. Quedarán en la prehistoria, en el catastro, textos precursores como el de Raúl Porras Barrenechea, El periodismo en el Perú; Historia de la prensa peruana de Juan Gargurevich; y, el más reciente, el de María Mendoza Michilot, 100 años de periodismo en el Perú. Todos ellos se consultarán para saber cómo era la prensa de nuestros tiempos. El futuro del periodismo está en la plataforma global. La competencia será feroz en el propósito de fidelizar a los lectores. Blogs, páginas web y espacios hiperactivos se los disputarán.
En el futuro virtual veremos hologramas con las noticias en tiempo real reemplazando el aroma de la prensa de papel de los nostálgicos.
Desaparecerán los colegios de periodistas; en su lugar se instalarán las asociaciones de comunicadores o infografistas, quienes reclamarán un lugar de dominio en las comunicaciones del mañana.
La prensa de papel quizás tenga un espacio, pero uno muy reducido, focalizado en el mercado de lectores. Este será, no obstante, como el de los que compran discos de vinilo: una exquisitez para los conocedores. “¿Y la percepción de los lectores de la aldea global se modificará?”, preguntará alguien. No, porque el lector, como ahora, exigirá contenidos de calidad.
Por tanto, los periodistas tienen asegurada su existencia (por supuesto, nos referimos a los buenos periodistas). El llamado periodismo ciudadano no podrá cantar, por ende, victoria.
La batalla por retener a los lectores será dura. Ya vemos un adelanto de esto. Por ejemplo, un “like” en una página de facebook te abre un abanico de posibilidades informativas. Pero si sospechas que te están dando gato por liebre, entonces, fácil, retiras la preferencia y el medio pierde.
Por ello, ya se puede vaticinar el fin de la era de la aguja hipodérmica; en su puesto se enseñoreará la de los usos y gratificaciones. La audiencia gana y la llamada concentración de medios se integrará, quién sabe, a la arqueología mediática.
La prensa escrita quedará en el recuerdo; hará honor al título de aquel libro del poeta Antonio Cisneros: “El arte de envolver pescado”.
Pero no hay que apresurarse. Hasta que eso ocurra, hay que seguir gozándola. Y gozarla bien, para que en un futuro no muy lejano, cuando tengamos un ejemplar de un diario raído por el tiempo, podamos decir con una no reprimida añoranza: “Recordar es volver a vivir”.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 15 de octubre del 2014

lunes, 29 de septiembre de 2014

MARIO VARGAS LLOSA Y RAÚL PORRAS, HISTORIA Y LITERATURA ENTRELAZADAS

¿QUÉ HUBIERA PASADO si Vargas Llosa, seducido por las enseñanzas de Raúl Porras, dejaba la literatura y optaba por la historia? Hay que recordar que entre los años 1954 y 1958 –un año antes que se diera la revolución cubana– el joven Vargas Llosa trabajaba con el historiador fichando crónicas y mitos prehispánicos (Fue reclutado por Porras como asistente, junto a Carlos Araníbar). Vargas Llosa por esos años sanmarquinos, en los que tímidamente estaba enamorado de Lea Barba, prestó atención a un solo curso de la universidad, el de “Fuentes Históricas”, dictado justamente por Porras, en el que presentó un trabajo que le valió el llamado de este. El influjo de esos años sumergido en la historia –los que le hicieron dudar de su vocación literaria, como él mismo ha admitido–, se puede rastrear al menos en un artículo: “El nacimiento del Perú” (1985). Allí están las reminiscencias del historiador que, tal vez, íntimamente quiso ser Vargas Llosa, pero que luego la pasión por la literatura terminó por difuminar y colocar en un segundo lugar.

SI HAY ALGO que hay que reconocer, en su condición de maestro, a Raúl Porras, es que formó a un premio Nobel. Porque no hay que pensar demasiado para observar que esa manera con la que Vargas Llosa traza el destino de los personajes de sus ficciones, tiene como modelo el método con el que Porras acometía sus trabajos de investigación: fichando y siguiendo a los personajes de la historia. Método que el joven Vargas Llosa heredó de su viejo maestro sanmarquino para estudiar, por ejemplo, a Faulkner con lápiz y papel en mano en sus inicios, y que le sirvió ya en su madurez literaria para delinear el Diario de Irak, un reportaje de la historia contemporánea. Porras fue, pues, para Vargas Llosa lo que el preceptor de Simón Bolívar (Simón Rodríguez) fue para él: un ejemplo de trabajador intelectual y un forjador de su pensamiento.


FUE, cuando trabajaba con Porras, que Vargas Llosa publica su primer cuento: Los jefes (1957). Un año antes, 1956, su maestro había ganado el Premio Nacional de Historia con su obra Fuentes Históricas Peruanas. Y dos años antes se había casado con su primera esposa, Julia Urquidi. Fue por este matrimonio atropellado y rocambolesco, al decir del futuro escritor, que Porras, para que pueda subsistir con alguna decencia, le consigue varios trabajos, entre ellos el de asistente de bibliotecario en el Club Nacional, cargo que ejercería entre 1955 y 1958, el cual le permitiría leer literatura erótica, como la de Restif de la Bretonne, Sade, Aretino, la que en el futuro impactaría en sus novelas Elogio de la madrastra y Cuadernos de don Rigoberto. Porras, indirectamente, lo llevaría a explorar esa veta literaria que enriquecería su futura novelística. Pero es con Los jefes, inspirado en una huelga escolar protagonizada por el autor y algunos de sus amigos en el colegio San Miguel de Piura, que el joven Vargas Llosa, en los tiempos que frecuentaba la casa de Raúl Porras, iniciaría su descollante carrera literaria.

NO ES casual que Vargas Llosa y Raúl Porras hayan congeniado. Porras fue un cultor de la palabra. Sus inicios están relacionados a la literatura, especialidad en la que su discípulo, el joven Vargas Llosa, alcanzaría pleno dominio. Porras fue en 1928 catedrático de Literatura Castellana en la Facultad de Letras de San Marcos. Ese amor por las letras es refrendado por Jorge Guillermo Llosa, quien, en un estudio, afirmó que “la vocación primera y espontánea de Porras fue la literatura”, la que encuentra eco, como catador de esta, en su “Reseña de la Historia Cultural del Perú” (1945), convertida luego en libro por el Instituto que ahora lleva su nombre, con el título de El sentido tradicional en la literatura peruana (1969). Por tanto, esa atracción por la historia que tuvo Vargas Llosa cuando era joven, se debió a que, muy probablemente, vio en los trabajos de Porras a un artesano de las palabras, un maestro digno de emular, con esa hechicería que él emplearía para cautivar a los lectores de sus novelas, y que condujeron a que se dijera de él en la ceremonia de premiación del Nobel: “Usted ha encapsulado la historia de la sociedad del siglo XXI en una burbuja de imaginación”. Palabras que Porras, con orgullo, hubiera hecho suyas también.



Raúl Porras Barrenechea
Foto:"El Comercio"
¿CÓMO LLEGÓ Vargas Llosa a trabajar con Porras? Fue de carambola. Porras, necesitado de un asistente, recordó al alumno que había encontrado un error histórico del arqueólogo Tschudi en un trabajo que le había presentado. Ese era Vargas Llosa. Tenía tan solo 17 años. Por esas fechas, su padre le había conseguido un trabajo en un banco, trabajo que detestaba y que le recordaba, de alguna forma, su paso por el Leoncio Prado. Presentada la inmejorable oportunidad de dejarlo por algo que era más cercano a sus inquietudes intelectuales, y con el disgusto de su padre que lo acusaba de falta de ambición, el joven Vargas Llosa inició un periodo de cuatro años y medio como asistente del historiador en la casa de la calle Colina. Su horario era de lunes a viernes de 2 a 5 de la tarde, y su labor era leer crónicas y hacer fichas sobre los mitos y leyendas del Perú, como el propio escritor ha precisado en sus memorias de El pez en el agua. Por esos días de 1954, el joven Vargas Llosa colaboraba en la revista Turismo y abandonaba la célula comunista “Cahuide”, mientras su maestro Porras Barrenechea, empujado por docentes y estudiantes que lo admiraban, era tentado a ocupar el rectorado de San Marcos.

TAL VEZ cuando estaba escribiendo sus ensayos García Márquez: Historia de un deicidio (1971), La orgía perpetua: Flaubert y “Madame Bovary” (1975) y La Utopía Arcaica (1996), Vargas Llosa tenía en mente la meticulosidad y el rigor de los trabajos de Porras, Fuentes Históricas Peruanas (1954) y Los Cronistas del Perú (1986), por su afán totalizador y el propósito de abrazar todo el conocimiento existente sobre el tema estudiado. Por otra parte, se podría arriesgar un paralelo entre García Márquez: Historia… y Los Cronistas, en ese sentido. En ambas, el manejo de las fuentes, el afán documentalista y la intención velada de novelar el (o los) personaje(s) descrito (s), hace que estas obras, en sus respectivos géneros, alcancen un grado de excelencia único. Monumentales, piezas bibliográficas indispensables en sus respectivas disciplinas, la literatura y la historia, estos dos trabajos que demandaron de sus autores considerable tiempo y esfuerzo, reflejan la tenacidad de dos vocaciones entregadas a la pasión por la investigación. Esto, una noche, lo reconoció Vargas Llosa cuando, recibiendo el honoris causa de una universidad privada, dedicó parte de su discurso a su viejo maestro. Era una manera de pagar la deuda contraída con él: la de su formación.    

INMORTALIZADO por Vargas Llosa, Porras aparece con nombre propio en una novela del escritor, El hablador, como uno de los personajes que se mueven dentro de ella. Esto forma parte de la propensión, confesada por el novelista, de simular la realidad en sus ficciones. Ocurre también en la no menos celebrada La tía Julia y el escribidor, en la que el personaje llamado Javier, inspirado en su amigo de juventud Javier Silva Ruete, participa y se hace cómplice de las aventuras de Marito, el alter ego del narrador, quien no es sino el propio Vargas Llosa. En El hablador, el escritor hace dialogar a Porras con el sociólogo Matos Mar, a propósito del otorgamiento de una beca a Francia a Saúl Zuratas –que, al final, rechaza–, protagonista de la ficción. Pero no solo aquí late el recuerdo de Vargas Llosa sobre su viejo maestro sanmarquino, esa evocación continúa en el discurso del novelista – publicado como “Elogio de los claustros” en el diario El Sol– cuando la Universidad de Lima le otorga un doctorado Honoris Causa en 1997, y en la dedicatoria de su ensayo La Utopía Arcaica con las siguientes palabras: “A la memoria de Raúl Porras Barrenechea, en cuya biblioteca de la calle Colina aprendí la historia del Perú”. Tenemos, pues, que Vargas Llosa reconoce las enseñanzas impartidas por el historiador en su etapa formativa cuando era tan solo un aspirante a escritor y sentía que el mundo venía cuesta arriba para él.


LA LECTURA de cronistas como López de Gómara, Cieza de León y el contador Agustín de Zárate, debe haber excitado la imaginación del joven Vargas Llosa cuando frecuentaba la biblioteca de Raúl Porras, allá en la calle Colina. Las noticias sobre el Perú, sus riquezas y leyendas, sobre sus tierras, habitantes y costumbres debe haber sido una experiencia estimulante para un joven como él habido de aventura, esa que siempre lo acompañó desde niño cuando secretamente alimentaba ser marinero y así, quizás, emular a Sandokán o el Capitán Nemo, sus héroes literarios de aquel entonces. Experiencia que volvió a revivir años después en Madrid, en circunstancias que hacía el doctorado, cuando en estado de exaltación descubrió las novelas de caballería de Tirant lo Blanc. ¿Pero por qué ocurrió ello? Porque existía ya un terreno abonado en el que ambas sensaciones, la aventura y lo épico –que, posteriormente, alimentaron la materia ficcional del novelista en obras como La guerra del fin del mundo– se fundieron para ser parte del soporte artístico del hacedor de ficciones en que se convirtió el joven Vargas Llosa. En todo esto, sin duda, colaboró Raúl Porras Barrenechea, quien, muy acertadamente, lo llevó de la mano a trabajar con él.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, setiembre del 2014

miércoles, 10 de septiembre de 2014

PERIODISTAS Y GUERRA

EL EJERCICIO del periodismo es arriesgado. En especial si se trata de periodismo escrito. Son conocidos los casos a nivel internacional de periodistas caídos cumpliendo su deber informativo en zonas de conflicto. Los corresponsales de guerra, destacados por las empresas informativas a los lugares más alejados del planeta, son víctimas no solo de las bombas sino del estrés y la incomprensión de su labor. Hay periodistas como Ryczard Kapucinski que han reporteado en diferentes lugares del globo y han convertido posteriormente sus textos –como La guerra del fútbol– en registros de los conflictos que ocurren en la historia contemporánea. En el medio periodístico peruano hemos tenido un magnífico reportero, Manuel Jesús Orbegozo, quien tuvo la oportunidad de estar en el frente de batalla y cubrir las atrocidades ocurridas en la Kampuchea de Pol Pot. Pero no solo ha habido periodistas que han hecho de corresponsales de guerra, tenemos también escritores como Ernest Hemingway, quien, a partir de su experiencia en la segunda guerra mundial, ha escrito libros como Adiós a las armas; o Mario Vargas Llosa, que en su Diario de Irak ha atestiguado lo vivido por los iraquíes durante la invasión estadounidense a sus tierras. No se queda atrás en esta breve enumeración el periodista gráfico Robert Capa. Él perdió la vida –una mina se la arrebató– mientras intentaba captar imágenes durante la guerra que se libraba en Indochina.
El periodismo, pues, es una carrera riesgosa. Eso lo hubieran podido atestiguar, si hubieran continuado con vida, los mártires peruanos de Uchuraccay. Como corresponsales en una zona de conflicto –Ayacucho– sintieron la obligación de perseguir la información, obsesión que, a la postre, los llevó a la muerte cuando, en la década de los ochenta, buena parte del país se estremecía con el ruido de las bombas estalladas por los insurrectos de Abimael Guzmán.
La guerra, asimismo, es el escenario donde se tiemplan los nervios de los periodistas. Allí tenemos las largas y espléndidas crónicas de William Shirer, corresponsal extranjero en Berlín, sobre el colapso del régimen nazi y el final de Hitler, las que, redactadas casi respirando la pólvora de los disparos, dieron forma al libro Auge y caída del Tercer Reich. O las de John Reed, que, dentro del marco de la revolución bolchevique, dieron forma a Los diez días que estremecieron al mundo.
También hay los que, como en el poema de Alejandro Romualdo, vuelan en mil pedazos. Eso pasó con la periodista norteamericana Marie Colvin en el 2012 cuando pereció en el bombardeo de una ciudad rebelde, Homs, en Siria. Y también hay los que sin tener nada que ver con un conflicto son asesinados por mentes trastornadas. Allí está lo que pasó en 1989 con la periodista lituana Barbara D’Achille, muerta por el fanatismo de Sendero. ¿Su crimen? No aceptar que sus captores le impongan una entrevista. Detenida en una zona controlada por la guerrilla senderista en Huancavelica, la ultimaron a pedradas. El vacío que dejó en la sección de Ecología del diario El Comercio de Lima, hasta ahora se siente.
El dolor. El dolor es uno de los sentimientos que los periodistas de guerra tienen que aprender a manejar. Frente a la conexión psicológica con el sufrimiento de otros seres, el periodista, muy a su pesar, recuerda que su principal deber, a pesar de la desdicha, es con la sociedad que le exige saber lo que ocurre en aquellos continentes donde se ha encendido la mecha de la guerra. Esto último lo puede atestiguar periodistas como Oriana Fallaci cuando cubrió la guerra de Vietnam y abordó al Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger sobre el curso de la misma, en una entrevista muy famosa.
Así, pues, en este apretado resumen hemos querido recordar a esa rara estirpe de periodistas de guerra, cuyo oficio tiene viejos e insignes antecesores como Homero en la guerra de Troya o el periodista miope de La guerra del fin del mundo. Un oficio que corre por sus venas.

Freddy Molina Casusol
Lima, 10 de setiembre del 2014

miércoles, 6 de agosto de 2014

EL PATO DONALD Y LA INCREDULIDAD DE LOS TONTOS

HAY QUE SER UN TONTO para no darse cuenta que los contenidos de las historietas de Walt Disney y, en especial, las del Pato Donald esconden una carga ideológica que sus creadores saben de sobra existe.

Gruñón, holgazán, un bon à rien como dirían los franceses, Donald ha competido, a mediados de la década pasada, con Axterix, el dibujo animado por antonomasia de los galos, en su objetivo de ganarse los favores de los niños europeos.

Su incursión –a través de Eurodisney– en la tierra de Camus y Sartre estuvo amenazada por el nacionalismo francés listo a combatirlo, y que vio en el foráneo un intruso que, con su carga de costumbres importadas del país de la comida al paso y el Kentucky Fried Chicken, irrumpía groseramente en una cultura caracterizada por la lectura cuidadosa, la sofisticación y la elegancia.

Los incrédulos pensaron cuán torpes debían ser estos nacionalismos para defender su terruño de los graznidos del pato de Disney. Creyeron que la tozudez y las anteojeras ideológicas cegaban a sus detractores, y que estas conductas anticuadas estaban años luz del buen saber europeo, llano a la tolerancia y a las formas civilizadas de confrontar posiciones.

Para ellos Donald era un maravilloso artificio de la imaginación y era inconcebible que alguien advirtiera que detrás de su nívea figura existiera un maquiavélico complot para malograr la mente de los niños franceses.

Pero aquellos franceses no debían ser tan tontos. En sus mentes debían orbitar los globos con los diálogos de las historias de Donald, Rico Mc Pato, Tribilín y sus amigos.

Porque si no lo saben, o lo quieren esconder –o en el peor de los casos ignorar–, los que lo quieren defender, todo estos feos asuntos, que discuten la resemantización de los discursos de Donald, se reducen a una cuestión de poder.

Sí, de poder, porque, para los que detentan el poder en su forma imperial, es imprescindible resguardar, difundir y propagar un modo de pensar para perpetuar su dominio.

Lo hizo, en los tiempos pretéritos, la Unión Soviética con sus celebres colecciones de Marx y Lenin, cuyos contenidos subversivos inundaron las librerías de América Latina en los años setenta; lo hizo la China de Mao y la Banda de los Cuatro por esas mismas fechas con su boletín Pekin Informa; y lo hace ahora los Estados Unidos con Los Simpsons cuando difunden, a través del despistado Burt, el modo de vida americano.

Por ello es que no entendemos el erizamiento de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa cuando en ese libro que escribieron a varias manos hace algunos años, y llamaron el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, enfilan sus baterías contra Ariel Dorfman y Armand Mattelart y su Para leer el pato Donald, incluyéndolo, para sancionarlo, en la lista de “Los diez libros que conmovieron al idiota latinoamericano”.

Las denuncias de Dorfman y Mattelart son legítimas –mucho más que las esgrimidas por los EE.UU para justificar la invasión a Irak–; y es verdad lo que escriben sobre el inocente pato americano, son bastante certeros.

Como ha ocurrido durante décadas se los ha querido caricaturizar señalando que es imposible que la cándida figura de Donald sea capaz de derribar gobiernos y menos aún que la lectura de sus aventuras o desventuras, sea nociva en las mentes de los niños latinoamericanos.

No se trata de eso –como se ha querido hacer desviando el foco de atención–; tampoco hay un afán tonto por dinamitar el icono del pato más mediático del mundo, sino de enfocar los reflectores hacia lo que los guionistas de la serie de Disney hacen decir a Donald y sus amigos, Mickey, Pluto y Tribilín.

Basta echar una mirada en las tiras cómicas, reproducidas en Para leer el pato Donald, para comprobar que existe un discurso adecuadamente sopesado y dirigido para afirmar una posición americana.

Lo de Vietnam y los afanes imperiales de una nación –vista ahora como la nueva Roma– están allí presentes, muy bien disfrazados, para convencer de una manera natural a los lectores ocasionales que los malos de la película –trazados con sagaz pincel anti viet-cong– son los comunistas.

(Hay que recordar que la propaganda y las técnicas de persuasión son una vieja herramienta utilizada por las fuerzas en conflicto. En la Segunda Guerra Mundial se lanzaron millares de volantes de uno y otro bando con información falsa para bajar la moral del enemigo e instarlo a deponer las armas y rendirse. Una apelación de este tipo hay en este comic de Disney).

Cuando Oliver Stone en JFK desnuda las miserias del sistema americano y demuestra en un cruce rápido de escenas y planos que la muerte de John F. Kennedy forma sospechosamente parte de un complot de fuerzas poderosas para derrocarlo (Stone presenta al informante del fiscal Garrison haciendo coincidir a una misma hora los tiempos de aparición de los principales matutinos a nivel mundial informando del atentado. Todo estaba sincronizado, cuando eso, por esos días, era técnicamente imposible) y que los contenidos de los mensajes están controlados para mantener el status quo, hay razones para escucharlo.

Recuerdo por mi parte que hace algunos años, observando un comic con la cara de un inca –difundida a todo color por una bebida nacional para un concurso–, lo estúpido que se veía este con su sonrisa perlada y boba; e imaginaba lo ofendidos que debieron sentirse los indios americanos cuando se vieron retratados como enajenados mentales en los dibujos animados del gran país del Norte.

Entonces, pues, hay que ser un tonto para no sospechar que detrás de las historias de Disney no hay una cuestión de poder y de desinformación, como quieren hacernos creer Apuleyo, Montaner y Vargas Llosa hijo. Las hay, a pesar que, repitiendo las condenas del pasado, se resistan a creerlo.

Freddy Molina Casusol
Lima, Junio del 2004


lunes, 2 de junio de 2014

DE CRÓNICAS, CRONISTAS Y OTROS ASUNTOS

¿CUÁL ES la primera regla que debe cumplir un periodista “croniquero”? Seducir, señores, seducir. Si no lo hace está irremisiblemente perdido. ¿En qué momento surge ese chispazo, ese instante mágico, que lo empuja, como el escritor de novelas, para lanzarse a escribir una historia? Surge de la idea anterior, porque el periodista croniquero tiene la obligación casi moral de cautivar al lector. Tiene que recoger de los lugares más inhóspitos, más extraños, de submundos e inframundos, un relato para envolverlo. Tiene que salirse de las fronteras de lo estrictamente periodístico y coquetear con la literatura para llenar de metáforas y piruetas verbales sus líneas. Así lo han hecho Martín Caparros, Leila Guerreiro, Toño Angulo, Pedro Lemebel, Juan Manuel Robles, Cristóbal Peña, esa nueva raza de semidioses que han renovado el entusiasmo por la crónica periodística, la cual es mirada de costado por los literatos quienes sienten que han invadido sus territorios.
¿Es la crónica periodística, como dice Angulo, "una hija incestuosa de la historia y la literatura"? ¿Es verdad lo que casi implícitamente afirma Guerreiro, que para escribir una crónica no es necesario estudiar una carrera de comunicaciones en la universidad? Veamos esto último, seamos sinceros, puede ser como no puede ser. García Márquez estudió derecho en su natal Colombia, para luego abandonarlo sin mucho pesar y dedicarse al periodismo. Escribió crónicas, incluso publicó un libro: Crónicas y reportajes. ¿Le ayudó su paso por la academia? Parece que no mucho, aunque no tenemos conocimiento de una declaración de Gabo al respecto. Vargas Llosa ha escrito dos libros de reportajes –Diario de Irak e Israel-Palestina–, ¿le sirvió la universidad? Quizás, tal vez más que a Gabo, pues si hay una cosa que caracteriza al escritor peruano es su meticulosidad, y eso se lo dio los claustros, los trabajos, precisamente, de fichar cronistas en la casa del historiador Raúl Porras Barrenechea, quien lo contrató para hacer esta tarea cuando era jovencito y vivía enamorado de Julia Urquidi. Tenemos, entonces, que el aserto de Guerreiro es una verdad a medias, confirmada y desmentida por dos notables escritores metidos a periodistas.
Despachada esta interrogante, tenemos la que la antecede, la de Angulo: ¿es la crónica una hija incestuosa de la historia y la literatura? Touché, tal vez ese concepto es el que se acerque a lo que ella es, un híbrido de ambas, con el peligro de verla convertirse en noticia de ayer, como canta algún salsero; pero con el inmejorable privilegio de ser rescatada para su estudio por los seguidores de Marc Bloch.
¿Son nuestros actuales cronistas latinoamericanos, por otra parte, continuadores de la tradición instaurada en nuestras tierras morenas por Cieza de León y Agustín de Zarate? Tal vez sí, porque sus historias refieren acontecimientos desconocidos, hechos increíbles, listos para ser consumidos por los lectores ávidos de aventuras. Así tenemos a Alejandro Almazán colocándote en el mismísimo centro de la prostitución de niños y niñas en “Acapulco kids”; a Toño Angulo pasando el filo de su pluma por el perfil de “Veguita”, en “Librero de viejo andante”; o a Pedro Lemebel acariciando con el terciopelo de las palabras el cuello de la chilena Mimí Barrenechea, en “Las joyas del dictador” ; todos ellos descubridores de nuevos mundos y todos ellos redivivos en Antología de crónica latinoamericana, magnífica compilación del periodista colombiano Darío Jaramillo, publicada hace algo de dos años atrás.
Para acabar y no aburrirlos –y así no contravenir la primera regla aquí enunciada (la segunda se las cuento otro día)–, el periodista literario –más conocido como “croniquero”– es una hechura de caballero andante, rescatista de la historia y malabarista de las palabras; y, en su más alta expresión, un semidios cuya hechicería verbal sirve no solo para desfacer entuertos sino para cautivar e insuflar de vitalidad nuestras letras periodísticas.
Así, y no de otra forma, se les puede entender, señores, hasta que alguien, con mejores lanzas, diga lo contrario y debamos, como el Quijote, tentar suerte con otros molinos de viento.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 02 de junio del 2014

jueves, 29 de mayo de 2014

POLÍTICA Y ESTRATEGIA EN LA GUERRA CON CHILE

ESTA, suponemos, tercera edición del libro de Mercado Jarrín (la segunda, que tenemos en nuestras manos, data de 1979, año del centenario de la guerra) difiere de la anterior en tres cosas: 

1. Es una versión resumida dirigida exprofesamente a los profesionales que visten uniforme del ejército con fines de capacitación. 

2. Carece de los mapas que permitían tener una visión espacial y geográfica de los escenarios de la guerra; y

3. Cuenta con un apéndice que enriquece la discusión sobre lo que ocurrió en 1879, visto desde la mirada de un historiador como Alberto Tauro del Pino. 

El libro, desde su aparición, pasó a convertirse en un clásico en la bibliografía sobre el tema. Es que su autor, el reconocido geopolítico Edgardo Mercado Jarrín fue un maestro de la estrategia militar. Y eso se nota en la lectura de su Política y Estrategia en la Guerra de 1879. Mercado Jarrín fue ministro de Guerra del general Velasco, de quien se puede criticar duramente su manejo de las finanzas públicas; pero no su interés por la defensa del territorio nacional, interés que lo llevó a modernizar a las Fuerzas Armadas recordando las lecciones de la guerra con Chile. Ese celo de Velasco por los temas de defensa obligó a su par chileno, Augusto Pinochet, a preguntar al Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, cuál iba a ser la posición de su país ante la posibilidad de un conflicto con el Perú, en vista que el país se estaba armando –era vox populi que Velasco quería recuperar los territorios perdidos durante la guerra, es decir Arica y Tarapacá–. Pinochet, quien había heredado un país socialmente fracturado luego del golpe de 1973 que lo llevó al poder, y en franco proceso de recuperación económica, veía con resquemor la disparidad de fuerzas entre su país y el nuestro (situación que lo empujó a embarcarse en una carrera armamentística para ponerse a la par y luego superarnos). El libro repasa los hechos dolorosos de la guerra y los errores de estrategia militar cometidos en el transcurso de esta (como, por ejemplo, el desastroso desempeño militar de Nicolás de Piérola, quien, en la Campaña de Lima, dividió el ejército peruano en dos, facilitando al invasor, que se movilizaba en bloque, diezmar las líneas de defensa, y agregado al hecho de estar en situación de desventaja por no contar con los pertrechos adecuados). Mercado Jarrín recuerda, siguiendo a Clausewitz, que la acción militar está uncida a la decisión política, y que esta es antes y no después. Dice: “La política decide y la estrategia militar obedece”. Máxima que no fue cumplida a cabalidad por el lado peruano en el transcurso del conflicto.

 

En 1879 no teníamos frontera con Chile. Nos separaba una amplia franja que era la provincia boliviana de Antofagasta. Bolivia tenía conflictos limítrofes con Chile en el paralelo 23, que, posteriormente, por acción del Tratado de 1874, se definen en el paralelo 24. Entre Perú y Bolivia se celebró un tratado defensivo. Un tratado que, desde el punto de vista peruano, era correcto porque Chile alentaba, como luego se supo, las ambiciones territoriales de Bolivia (Ofrecía, en caso de conflicto bélico con el Perú, Tarapacá a cambio de Antofagasta. Ofrecimiento que fue trocado por el de Moquegua y Tacna, para finalmente ser desechado en el transcurso de la guerra, dejándola, como viene aconteciendo, anclada sin salida al mar). Su propósito fue sustraer a Bolivia de la influencia chilena para que esta no se vuelva en contra nuestra en el caso de un conflicto armado. El problema era que la acción poco previsora de los gobiernos de Balta, Pardo y Prado, hizo que el Perú llegara a la guerra en estado de evidente desarme. En el colmo, como está consignado en la historia, el presidente Pardo, interrogado por esta situación de indefensión respecto a Chile (que ya contaba con el blindado Cochrane), respondió: “Qué me va a hacer la guerra mi compadre Pinto”. Aníbal Pinto, presidente chileno, años después, desmentiría a su compadre en la figura de Prado, firmando la declaratoria de guerra, porque en política los intereses de Estado están por encima de los intereses particulares, y mucho más si son familiares.



Ocupación de Lima - 1881

Hasta antes de 1879, las relaciones entre Perú y Chile eran óptimas. Existían lazos de amistad que parecían irrompibles. Tan es así, como consigna el historiador peruano Jorge Paredes Muñante, que existían relaciones cruzadas de tipo familiar entre personalidades peruanas y chilenas –como era el caso del presidente Pardo, cuyo tío Manuel Pardo y Aliaga estaba casado con la ciudadana chilena Josefa Correa y Toro; y que, según Guillermo Thorndike, consideraba a Chile como su segundo país– . Todo esto se eclipsó tras la declaratoria de guerra de abril del 79 y empeoró con la ocupación de Lima por tropas chilenas en 1881, de tal forma que, como alguna historia cuenta, el ensayista Manuel Gonzales Prada habiéndose cruzado en la calle con un soldado chileno que había sido su alumno, y este quiso saludarlo porque reconoció en él a su antiguo maestro, le dio la espalda sin remilgo. Luego Gonzales Prada escribiría una serie de textos responsabilizando a la oligarquía peruana por la debacle de la guerra. Los efectos psicológicos del conflicto se sintieron cien años después en la mente de los peruanos, cuando en la campaña electoral de 1980, a uno de los candidatos, Armando Villanueva del Campo, del Partido Aprista Peruano, le cerraron con los votos el acceso a la casa de Pizarro, al sacar a relucir sus oponentes que estaba casado con una chilena. Esto lo inhabilitó frente a un sector de la población que prefirió encumbrar en la presidencia a Fernando Belaunde, a tener que ver durante un quinquenio como Primera Dama a una mujer que ostentaba la nacionalidad del adversario invasor, el cual, una centuria atrás, había cometido desmanes en Chorrillos y Lima mancillando el territorio patrio.



El Perú en 1879 enfrentó una guerra en medio de una serie de situaciones adversas que, al final, lo llevaron a la derrota. Enumeremos algunas de ellas: La baja temprana de uno de los blindados más importantes, el Independencia, en circunstancias harto desafortunadas (encalló, en una mala maniobra, persiguiendo a una embarcación enemiga de menor envergadura); pérdida del monitor Huáscar y de su comandante el Almirante Miguel Grau, quien detuvo durante siete largos meses las acciones de desembarco terrestre de las tropas chilenas en las costas peruanas; la salida subrepticia del país del presidente Mariano Ignacio Prado, salida que aunque justificada para comprar un blindado, tuvo sabor a deserción; la poca colaboración en el campo de batalla del presidente boliviano Hilarión Daza, aliado estratégico sobre el papel, pero con sus marchas y contramarchas en la zona sur del frente de batalla, dejó toda la responsabilidad de la guerra al Perú; y, para coronar la cereza, la mala conducción del ejército por parte del dictador Piérola, quien haciendo las veces de estratega militar (función para la que no estaba preparado) aceleró con sus desaciertos –y con el ejército enemigo ad portas de entrar a la capital– la debacle. No sabemos cuál de ellas fue la más dolorosa y determinante; pero sí sabemos que todas ellas combinadas en una confusa amalgama condujeron a la pérdida de Tarapacá y la retención de las provincias hermanas de Tacna y Arica, de las que solo la primera (sufriendo los abusos de las autoridades del país del sur que intentaron su chilenización, como cuentan José Jiménez Borja y Jorge Basadre en El Alma de Tacna) pudo volver, cincuenta años después, en 1929, a la heredad nacional.


El libro de Mercado Jarrín cuenta cómo fue el descalabro de las tropas peruanas por tierra y mar, y de cómo las campañas de Tarapacá, Tacna y Lima tuvieron contratiempos, fueron mal planteadas y sufrieron los maquiavelismos del pésimo director estratégico de la guerra que fue Nicolás de Piérola –quien le negó, de acuerdo a los historiadores que han estudiado esa época, las municiones necesarias al Ejército del sur, al que dividió, comandado por Lizardo Montero, por temor que se levantara en su contra–. Disecciona cada momento de la guerra y analiza en función de los objetivos políticos y la estrategia militar cada aspecto del conflicto desde la mirada de ambos bandos en contienda. Sentencia los aciertos y desaciertos cometidos en el teatro de operaciones y permite al lector contemplar paso a paso la caída del ejército peruano, por ejemplo, en la Batalla de San Juan, así como espectar cómo se desaprovechó oportunidades cuando el ejército chileno, al decir de Mercado, embriagado por la “orgía en Chorrillos” (que habían invadido, destruido y violado sus mujeres), estaba fuera de sus posiciones de combate, inerme; pero por la falta de decisión de Piérola –y a decir verdad por la carencia de información que diera cuenta de la cantidad de fuerzas con las que contaba el enemigo– no se le contraatacó. Mención aparte merece Andrés A. Cáceres, quien con su pertinaz resistencia en la sierra hizo creer a la nación durante dos años y medio en la posibilidad lejanísima de dar vuelta a la derrota. Un libro muy útil para los peruanos de ahora que aman la paz, recordando que esta se logra en el largo plazo cuando se sientan sólidamente las bases de la seguridad nacional en su cimiente.

Freddy Molina Casusol
Lima, Mayo del 2014


DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...