martes, 21 de julio de 2009

VARGAS LLOSA Y GARCÍA MÁRQUEZ, historia de una amistad rota


Por
Freddy Molina Casusol

Ha dejado a que sus futuros biógrafos desentrañen el misterio. Ni con Beto Ortiz –en la lejana entrevista televisiva del 2000, la más completa que se ha hecho sobre su vida personal y política– ni con Heidi Grossman
[i], Vargas Llosa ha cedido. Antes ya lo había intentado el periodista Ricardo Setti para el largo libro que éste publicara en idioma portugués allá por 1986[ii]. Con ninguno hablaría sobre el incidente. En los tres casos, una carcajada contenida y juguetona detuvo la curiosidad de los entrevistadores por arrancarle una confesión acerca de los motivos que lo empujaron a endilgarle un fuerte puñetazo hace 33 años a García Márquez, en el Palacio de las Bellas Artes de México.

El incidente

El 12 de febrero de 1976, fecha de la proyección privada del film “Odisea en los Andes”, el novelista peruano Mario Vargas Llosa le propinó un fuerte puñete en la cara a su par colombiano Gabriel García Márquez en un cine de la ciudad de México, en circunstancias en que éste se disponía a abrazar al primero a quien no veía después de una larga temporada.

El colombiano no tuvo tiempo de reaccionar y cayó de bruces. Todavía sorprendido por la actitud del peruano, le contó varios días después al periodista Oscar Alarcón del diario “Correo” de Bogotá, lo siguiente:

“Cuando me vi con Mario, me pareció verlo sonreír y que trataba de abrazarme. A esto se debió que cuando me pegó estaba completamente indefenso y con los brazos abiertos, de lo contrario me hubiera protegido por lo menos la cara. Caí sin conocimiento. Además, Mario tenía un anillo con el que me rompió la nariz”[iii].

García Márquez manifestó igualmente: “La verdad es que ignoro completamente los motivos y sigo sin saber cuál fue la razón que tuvo Mario para pegarme”[iv].

Francisco Igartua, periodista peruano, años después le diría a Juan José Armas, biógrafo español de Vargas Llosa: “Yo estaba presente. Fue terrible. Cuando nos dimos cuenta, Gabriel estaba en el suelo y Mario se había ido. Fui yo quien trajo el bistec para bajarle la hinchazón al ojo del Gabo.”[v]

Sin embargo, en sus memorias, el propio Igartua desmiente haber hecho esto: “luego supe que lo trataron con un trozo de carne, un grueso bistec, que adquirieron en una carnicería vecina y se lo aplicaron al ojo como compota.”
[vi]

Hasta antes del incidente, la amistad que se profesaban ambos novelistas era inmensa. María Pilar Serrano, esposa del desaparecido escritor chileno José Donoso y testigo de excepción del mutuo aprecio que existía entre ellos dos, ha escrito :

“Pero «amistad», verdadera amistad, con profundo cariño, reconocimiento y admiración era la que unía entonces a Mario Vargas Llosa y a Gabriel García Márquez. Vivían a una cuadra de distancia, a la vuelta de la esquina literalmente, en el barrio barcelonés de Sarriá. Se admiraban, disfrutando de su mutua compañía, de sus interminables conversaciones, de los paseos que juntos hacían por las calles de la ciudad y Mario escribía sobre «Gabo». «Le dedicó dos años de su vida, María Pilar», me dijo Patricia (Llosa), al libro-ensayo en el que volcó su admiración por Cien años de soledad, la obra maestra de su amigo. El libro: Historia de un deicidio le sirvió también a Mario a manera de tesis para obtener su doctorado en la Universidad de Madrid........”
[vii]

El testimonio de Serrano –que frecuentó a los Vargas Llosa y García Márquez en la década del 70– es importante para tener una idea de las dimensiones de la ruptura que remeció el ambiente literario por aquel entonces.

Las hipótesis
Son tres las hipótesis que se barajan para explicar la pelea entre Vargas Llosa y García Márquez.

Hipótesis 1: “García Márquez le quiso robar la mujer a Vargas Llosa”.

Esta hipótesis fue la primera que apareció en los cables de las agencias periodísticas que reseñaron el incidente. La agencia de noticias EFE, en su despacho del 13 de febrero de 1976, decía:

“El móvil de la pelea, no podía ser para menos: las faldas. Un asunto de faldas que, al parecer, provocó García Márquez cuando, en Barcelona, intentó una aproximación a la mujer de Vargas Llosa”
[viii].


Esta hipótesis no resiste análisis. No aporta prueba alguna. Es una suposición, una especulación que rondó por la mente de los periodistas, bastante propensos a dejar volar, tanto como el público lector, la imaginación.

Hipótesis 2: “Vargas Llosa estaba ofuscado por las posiciones políticas de izquierda de García Márquez y disimuló su enojo tomando como pretexto lo que supuestamente el Gabo «le había hecho a Patricia en Barcelona»”.

Esto ha sido sostenido por Francisco Igartua. Pero ha sido el propio Vargas Llosa, quien, en la referida entrevista que le hizo Beto Ortiz, ha expresado enfáticamente que: “Lo que ha dicho Igartua es falso”.

Además, para que no queden dudas, ha aclarado que “.... el distanciamiento con él (con García Márquez) se debió a una cuestión personal, fundamentalmente, que no tiene nada que ver con su posición ideológica, de la cual discrepo también profundamente, porque creo que, políticamente, García Márquez no es de ninguna manera el buen escritor que es de literatura.”
[ix]

Queda, pues, para explicar el confuso incidente de 1976, la tercera hipótesis:


Hipótesis 3: “Vargas Llosa se dejó llevar por la ira al enterarse que García Márquez y su mujer le habían aconsejado a su esposa Patricia separarse de él, debido a que éste sostenía un tórrido romance con una modelo norteamericana en Finlandia” (otra versión que circula indica que era una joven sueca).

Esta hipótesis fue expuesta en un artículo por el periodista Juan Gossain del diario “El Heraldo” de Barranquilla[x]. Es verdad que Gossain no señaló cuál era el nombre de la referida modelo y no aportó, como en el primer caso, prueba alguna. Pero pensamos que lo que conjeturó, es lo que más se acerca a la verdad.

La agencia Associated Press (AP) reprodujo parte del artículo de este periodista, quien escribió que la mujer de Vargas Llosa hizo caso a los consejos de los García Márquez y que cuando éste se enteró de todo, “montó en cólera”
[xi].

Eso quiere decir que Vargas Llosa, llevado por el enojo extremo, esperó el momento oportuno, que se le presentó con la exhibición del film “Odisea en los Andes”, para desquitarse de lo que consideró una afrenta a su matrimonio.

Vargas Llosa, asimismo, habría tramado el encuentro entre los dos para vengarse. García Márquez, en conversación telefónica con un redactor del diario “El Espectador”, dijo que “... el director de cine chileno Miguel Littin lo había invitado a sugerencia de Vargas Llosa porque hacía tiempo que no se veían y esa era una buena oportunidad, de lo que se desprende que el peruano lo hizo con premeditación”
[xii].

Esto último es posible. De que Vargas Llosa haya provocado el encuentro deliberadamente, es posible. Hay que recordar que Jaime Bayly, en su columna publicada en el diario “Correo” de Lima, relató que el escritor, molesto por la deserción de su hijo Alvaro de la prestigiosa universidad de Princeton para trabajar como periodista en Lima, pactó una cita con éste en el parque de Miraflores, la cual terminó con el ojo morado del hijo mayor del escritor.

Cuenta Bayly:

“Alvaro terminó asilado en casa de Fernando de Szyslo, amigo de la familia. Cierta tarde, Mario lo citó en el parque de Miraflores para convencerlo de regresar a Princeton. Alvaro volvió a La Prensa con un ojo morado. Mario le había dado un puñete.”
[xiii]

O sea, ya hay un antecedente de las iras del novelista que abonan la tesis de que el escritor se deja a veces ganar por la furia. Esto habría ocurrido en el caso de García Márquez.


Las consecuencias de un puñetazo

Vargas Llosa rompió unilateralmente la amistad con García Márquez. Le dijo a su editor Carlos Barral que no volviera a publicar el ensayo García Márquez. Historia de un deicidio (1971), libro que analizaba la obra del colombiano (por ello esta edición se ha convertido en una pieza de colección para los fanáticos). Barral lo hizo y, lamentándose con el biógrafo Armas Marcelo, confesó: “Sólo pude publicar una primera edición de 20,000 ejemplares, y ahí acabó todo”[xiv]. Tampoco fue traducida a otros idiomas. Así de tajante fue Vargas Llosa.

Posteriormente, la brecha entre los dos escritores se ensanchó al calificar Vargas Llosa, en la polémica con el novelista alemán Günter Grass, a García Márquez como “cortesano de Fidel Castro”[xv].

Colofón

Vargas Llosa ha dicho que ni él ni Gabriel García Márquez hablarán sobre el incidente. Dice que le dejarán el trabajo a sus biógrafos, si es que se lo merecen. Todo conduce a pensar que Vargas Llosa se equivocó, se precipitó. Se dejó llevar por sus impulsos, aquellos que bien canalizados convierte en sus famosos “demonios” literarios. Por eso no quiere hablar del tema. Sabe que está en falta.

Esto explicaría el que Vargas Llosa, no muy recientemente, haya autorizado se publique como prólogo un extracto de Historia de un deicidio para la nueva edición de Cien años de soledad, editada por Alfaguara y la Real Academia Española. Ha tendido el puente para una futura reconciliación. Vargas Llosa habría comprendido, finalmente, que la precipitación no es una buena consejera y que un puñetazo no es suficiente para apagar el recuerdo de una buena amistad.

Lima, 20 de julio de 2009

*Publicado en el diario "La República"(16/08/09) como "Vargas Llosa y García Márquez. Memoria y ruptura".

Créditos de las fotos: (del ojo morado de García Márquez) Rodrigo Moya; (de Patricia Llosa, García Márquez y la poeta Blanca Varela) Carlos "El Chino" Dominguez (¿?) (la copia de esta foto la adquirí en jirón Quilca. En la espalda se podía leer los nombres de éstos y una fecha: 1967. La vendedora me dijo que la hija de "El Chino" le había traído un archivo de fotos donde estaba ésta y otras más); http://www.gentedigital.es/upload/fotos/blogs_entradas/200906/mario_vargas_llosa_1985.jpg .

Notas

[i] Ver “Montesinos es más ladrón”. Entrevista de Heidi Grossman a Mario Vargas Llosa (2000). En Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas. Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila. Fondo Editorial Cultura Peruana, 2004, p. 276.
[ii] Ver Diálogo con Vargas Llosa, por Ricardo Setti. Ensayos y conferencias de Vargas Llosa. Kosmos-Editorial, S.A., 3ra. Edición, 1990.
[iii] Ver “García Márquez. «No sé por qué me pegó Mario»”, en “Correo”, 18 de febrero de 1976. Reproducido en Psicoanálisis de Vargas Llosa, Max Silva Tuesta, Editorial Leo, 2005, p. 231.
[iv] Ibíd., p. 230.
[v] Ver Vargas Llosa. El vicio de escribir, Juan José Armas Marcelo, Grupo Editorial Norma, 1991, p. 121.
[vi] Ver Huellas de un destierro, Francisco Igartua, Editorial Santillana S.A., 1998, p. 106.
[vii] Ver “El «boom» domestico”, María Pilar Serrano. En Historia personal del «boom», José Donoso, Editorial Seix Barral, 1983, p. 107.
[viii] Ver “El novelista Vargas Llosa noqueó a García Márquez”, en “El Comercio”, 14 de febrero de 1976. Reproducido en Psicoanálisis de Vargas Llosa, p. 224.
[ix] Ver Diálogo con Vargas Llosa, p. 30.
[x] Ver “Vargas Llosa fracturó la nariz de García Márquez”, en “La Prensa”, 18 de febrero de 1976. Reproducido en Psicoanálisis de Vargas Llosa, pp. 232-233.
[xi] Ibíd., p. 233.
[xii] Ver “Siguen especulaciones sobre el golpe de Vargas Llosa a García Márquez”, en “La Prensa”, 20 de febrero de 1976. Ibíd., p. 235.
[xiii] Ver “El escritor y el payaso”, Jaime Bayly, 20 de octubre de 2008.
[xiv] Ver Vargas Llosa. El vicio de escribir, p. 124.
[xv] Ver “Respuesta a Günter Grass”, en “El Comercio”, 6 de julio de 1986; y “Günter Grass aclara a Vargas Llosa”, en “Quehacer”, No. 42, agosto-setiembre 1986.





sábado, 30 de mayo de 2009

LA “ÚLTIMA HORA” de Juan Gargurevich

ESTE libro es una prolongación de Mito y verdad de los diarios de Lima (Editorial Gráfica Labor, 1972) –ensayo que no ha sido vuelto a reeditar por razones que no se han hecho conocidas, pero que sospechamos están relacionadas al tono velasquista con que fue concebido– y La prensa sensacionalista en el Perú (Fondo Editorial de la Universidad Católica, 2000).

Juan Gargurevich Regal (Mollendo, 1934), el autor de este y los dos trabajos arriba mencionados, es un periodista que escribe con soltura y fluidez –sus recientes columnas en “La Primera” lo pueden atestiguar–.

Gargurevich no es un Lorenzo Gomis que ha planteado una teoría del periodismo, ni tampoco un Armand Mattelart que revolucionó en su momento la investigación en la comunicación desde la perspectiva crítica marxista, y menos aún una Rosa María Alfaro –quien sí ha hecho investigación de medios–.

Él es un excelente redactor perteneciente a la vieja escuela de periodistas que se hizo en la calle en la década de los cincuenta, y un buen difusor de las ideas de otros.

No es gratuito que lo mejor de su producción –el antes mencionado Mito y verdad y otro dedicado al joven periodista Vargas Llosa en La Crónica– se encuentre precisamente ubicada en ese periodo: es el que mejor conoce.

Sus publicaciones son un esfuerzo de recopilación y almacenamiento de datos, en los que se pueden escuchar las voces de Basadre, Jacques Kayser, Fraser Bond, Porras Barrenechea y otros, a quienes ha leído y presentado bien en sus textos sobre historia del periodismo.

En Última hora. La fundación de un diario popular (Ediciones La Voz, 2005), Gargurevich ha recogido el hilo dejado suspendido en Mito y verdad, cuando cuenta parte de la historia del famoso titular “Chinos como cancha en el paralelo 38”, convertido ahora en leyenda del periodismo peruano.

El autor recorre una serie de episodios y personajes que marcaron época en el país a inicios del siglo pasado: la asunción del Apra en el espectro político, la guerra de Corea de 1950, la vida azarosa de Eudocio Ravines, los apremios de Pedro Beltrán en el lanzamiento de “La Prensa”, la aparición de Dámaso Pérez Prado y los contoneos de las vedettes Betty di Roma, Mara y Anakaona, ilustres desconocidas para la generación actual, pero que por esas fechas despertaban la libido de la juventud limeña.

Gargurevich escribe con una pluma cargada de color y vivacidad y como testigo ocular de estos acontecimientos.

Lo novedoso en Última hora es la propuesta de dividir a los periodistas de antaño en generaciones, partiendo para ello del año 1903 hasta llegar a 1949 y 1950, año de la aparición de “Última hora”.

El autor encuentra hasta cuatro generaciones que ha identificado como: Grupo de La Prensa, Grupo de La Tribuna, Grupo de El Tiempo y Grupo Última hora (que tuvo vigencia hasta 1968, año del golpe militar de Velasco Alvarado).

Este esfuerzo por reagrupar a los hombres de prensa en periodos de tiempo, da cuenta de la preocupación de Gargurevich por sistematizar esta etapa del periodismo nacional.

Cuando, finalmente, toque juzgarse el conjunto de su obra –La historia de la prensa peruanaIntroducción a los medios de Comunicación en el PerúCIA y periodismo y otros títulos que han sido referentes para los estudiantes de periodismo–, se debe recordar lo que dijo García Márquez a Vargas Llosa respecto a los abuelos de la literatura costumbrista: que han removido bien la tierra para que otros, los que vengan, la puedan sembrar más fácilmente. Así se debe evaluar la producción de este buen exponente de la generación periodística de los 50, que es Juan Gargurevich: como perteneciente a la de un abuelo del periodismo peruano.

 


sábado, 9 de mayo de 2009

“EL CADETE VARGAS LLOSA” de Sergio Vilela Galván

LO ENCONTRÉ en un puesto de periódicos entre las avenidas Universitaria y Venezuela, y me fui caminando con él hasta llegar al cruce de las avenidas Perú y Bella Unión. Cuando despegué los ojos de sus líneas, ya tenía avanzado más de dos tercios de su contenido. Así de envolvente resultó su lectura. Hasta ese instante yo pensaba que Beto Ortiz había sido el único en capturar en un artículo esa etapa del escritor. Hasta ese instante, nomás. Al amigo que visitaba en el cruce de esas avenidas de San Martín de Porres donde detuve mi lectura, le dije, en tono, recuerdo, entre extasiado y eufórico, y blandiendo el texto entre mis manos, que ese libro, de un autor para mí, en ese entonces, aún desconocido, había hecho lo que muchos admiradores del escritor Vargas Llosa hubieran querido hacer: descorrer el velo que cubría la identidad de los personajes de sus novelas. Sergio Vilela Galván, un joven estudiante de periodismo, tuvo el honor, en una travesía de investigación que lo llevó hasta Francia, de revelar la historia oculta y secreta del cadete más famoso del Colegio Militar Leoncio Prado y de su novela La ciudad y los perros. Vilela planeó su proeza en el curso de periodismo literario del profesor Julio Villanueva Chang. Desde allí soñó, imaginó y reconstruyó en su mente La Prevención del colegio. Además, fue el primero en rebuscar en los recuerdos de Víctor Flores Fiol, Max Silva Tuesta, Herbert Moebius, Aurelio Landaure, Enrique Morey y Luis Valderrama, es decir de los integrantes de la sétima promoción de la cual egresó Vargas Llosa, para tomar el material que necesitaba y plasmar el borrador inicial de su futuro libro. El joven Vilela, además, en largas entrevistas que le concedió en su casa de Barranco, removió la memoria del escritor, revisó archivos de calificaciones y tomó notas de quienes lo conocieron por esos años. Es decir, fue a fondo, tomándose muy en serio lo que hacía. Y nunca se dio por vencido en su búsqueda de nuevos datos que alimentaran su historia, ni cuando en el Encuentro Internacional de Pau-Tarbes dedicado a la obra de Vargas Llosa, el peruanista Roland Forgues le dijera que por ningún motivo podía entrevistarlo. En otras palabras, tenía la garra del que lucha por hacer un buen reportaje, conseguir una primicia. Como buen discípulo aprovechado de Vargas Llosa, Vilela, tras descubrir las identidades cubiertas por la ficción de El Jaguar, El Esclavo y el Poeta, que crearon un punto de suspenso en su relato por el carácter inédito de la revelación, organiza con destreza el final intercalando el pasado y presente con el escritor –a quien le hacía la última entrevista para el libro–, con el uso de la técnica de las historias paralelas o vasos comunicantes, para dar el efecto de retardo y manejo del tiempo propios del narrador que conoce bien su oficio. He leído y releído El cadete Vargas Llosa (Editorial Planeta, 2003) cuatro veces. La última para escribir estas líneas. Y en todas he disfrutado de principio a fin el relato. He gozado y reído con las historias de Lola Flores y el profesor Mendoza, y he leído con asombro y desconcierto la confesión del cadete escudado en el anonimato quejándose con el joven Vilela de La ciudad y los perros, y exigiendo, casi cuarenta años después de escrita, que Mario Vargas Llosa se rectifique por lo que considera un daño hecho al colegio. Dudo mucho, por último, que el autor de El cadete Vargas Llosa vuelva reeditar una perfomance de tan magníficas proporciones. Pero si el destino y las musas me contradijeran en un futuro cercano, sería un placer perder una apuesta con Toño Angulo, amigo de Vilela, al respecto. Sí, sería sumamente placentero.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 9 de mayo de 2009


martes, 5 de mayo de 2009

LA “MALDITA TERNURA” de BETO ORTIZ

CREO que fue Rosa María Palacios la que dijo que se había tirado un balazo en el pie por la publicación de su libro.

Beto Ortiz escribe de las mil maravillas, mejor que Bayly incluso.

Bukowski y Henry Miller, quienes hicieron de la miseria de sus vidas un arte, han sido sus maestros.

La confesión pública de sus pecados carnales más “el periodismo es una basura”, han sido la fórmula de su éxito.

Esto es un periodismo beat, es decir, un periodismo que dista mucho del que se enseña en las universidades e institutos a los que los sacrificados padres mandan a sus hijos para aprender el oficio.

Una cámara que filma, dizque, a un ahorcado –que no era sino un trabajador del canal que se presta al juego de una periodista, que esa noche tiene que presentar un reportaje y no tiene la imagen del occiso–; un periodista famoso que, en un hotelucho de mala muerte, se mete un hilo de coca para salir de la depresión (en la que se hunde más cuando descubre, por casualidad, que su ex flaca es ahora una actriz porno de un canal de cable); un aprendiz de periodista sodomizado por su maestro y su pareja, un “pirañita” de la calle; y un periodista vejete que muere por hacerle “un oral” a los jovencitos que llegan a practicar a un diario de alcurnia.

Esa es la pobreza del medio. 

Todo esto es lo que nos muestra Beto Ortiz. Todo es “bamba” y al mismo tiempo todo es realidad en Maldita Ternura, su libro.

Si la exhibición de las partes íntimas es una forma de perversión, aquí no lo es. Porque Ortiz ha preferido la presentación generosa de su pudibunda verdad a mantener el orden establecido, el no rompan filas. Su técnica: diálogos cortos, notas de prensa ficticias asesinando a su fiel enemiga, La Cuerva –ergo, Magaly Medina–, intercaladas con párrafos largos y un collage, casi al final, de cartas de ida y vuelta con sus amantes fortuitos –siempre masculinos–, es efectiva. 

Buena, Beto, te pasaste pal Cusco, tu vida con Galletita, El General y Kike Teresa y otras pulgas, funciona, le interesa a la gente. 

El periodismo televisivo peruano es así, no te engañes, calichín: destemplado, deslenguado, cuchillero. Por lo menos, el de la esquina de la televisión, que todos conocen, se edifica de esa manera, sobre los hombros de El Serrano Lara, las miasmas de Johnny Sánchez Sierra y las falsas polleras de La Chola Chabuca –mejor los identificamos, ¿no?, qué más da–. 

Ortiz recoge las interjecciones de la calle, los sonidos de los bajos fondos. Tiene un oído aguzado, súper fino. Es impresionante la cantidad de lenguaje “canero” que colecciona. Se nota que sabe usarla, que forma parte de su léxico bacán y, sobre todo, la “lleca”–calle– le ha enseñado como administrarla, mejor dicho, desenvainarla. Ahora se entiende como saca la chaira con Hildebrandt y lo deja mudo en los dimes y diretes desde el diario donde escribe. (Te vengaste bien de El Enano, lo llamaste el mastín más fiero de la perrera y mostraste un chihuahua a la platea. Bien, Ortiz, lo dejaste chiquito a Ampuero).

Siglos de entrenamiento en los huecos de Cárcamo y los cráteres pástrulos de la avenida Wilson –de donde sacó al Taca Taca y al Sicópata–, le han dado la destreza necesaria para batirse a duelo con el más pintado de la prensa nacional. Prensa que, por devaluada y subdesarrollada, va camino a la extinción ahora en las manos de Genaro Delgado Parker.

Beto Ortiz, al igual que los videos de Montesinos, nos ha hecho el favor de descubrirla, de hurgar en sus miserias, de explorarla en su pobreza de espíritu a través de su propio drama personal.

Hay que agradecerle, luego de leerlo, que el estudiante de periodismo exorcise sus ilusiones por ser un Carl Bernstein o Bob Woodward. Algo bueno nacerá de esta masacre, de esta crucifixión y empalamiento –con visos de tortura– que ha publicado Alfaguara. Excelente libro, hay que aplaudir al autor por su valentía y, en especial, por contarnos su verdad, la obscena verdad que pasea desnuda en las salas de redacción.

Freddy Molina Casusol
Lima, 5 de mayo de 2009

domingo, 3 de mayo de 2009

“LAS MUJERES DE HAYA” de MARÍA LUZ DÍAZ

ME DIJERON que fue publicado como una respuesta política al libro de Toño Angulo, Llámalo amor, si quieres. Pero no creo. Yo creo que intentaron utilizarlo como un boomerang para contrarrestar el efecto que podría haber provocado la idea deslizada por Angulo sobre la supuesta homosexualidad del líder del Apra. Además ya estaba en preparación desde hacía cuatro años atrás y uno de los borradores benefició para una de sus historias, precisamente la de Haya de la Torre, al libro del primero. No termino de leerlo y pienso que a su autora le ha ocurrido lo que a las mujeres de su libro: ha sido silenciada por nuestra república de las letras. Es decir, no se le ha hecho justicia. Porque el libro de María Luz Díaz, Las mujeres de Haya (Editorial Planeta, 2007), es un importante trabajo de investigación periodística que recrea con unas palabras como traídas del viento, la participación abnegada de las feminas que aparecieron en la vida de Haya de la Torre, mientras éste se esforzaba en construir un partido de ascendencia popular como era el Apra. En muchos aspectos superior a Llámalo amor, si quieres –con el cual tiene una conexión temática–, que se deja notar en la profusión de las notas al final de cada capítulo, las cuales advierten de la preocupación de su autora por la búsqueda de información, y, sobre todo, en la prosa que aflora cadenciosa y segura, a diferencia de la de Toño Angulo, a quien, aun reconociéndole sus innegables méritos como narrador, en varios pasajes de su obra transmite a sus lectores la sensación del apuro del cierre de edición. De las ocho historias que ha contado María Luz Díaz la más fascinante es la de María Luisa García Montero. Está al final del texto, y me he salteado las que la anteceden porque su foto y su belleza salvaje son subyugantes. Es como la imaginaba cuando leía el libro de Angulo –a quien Díaz acusa de inexactitud en el retrato–, de una hermosura atrevida y sensual. Así se la puede apreciar en Las mujeres de Haya: con el cabello negro azabache recogido al estilo de la época y unas cejas estilizadas, bastante bien marcadas, que denotan una personalidad libre y decidida. Le sigue una sonrisa coqueta invitando a la aventura, y una tez morena que podría competir con facilidad con la de cualquier rostro femenino de Hollywood. La autora de Las mujeres de Haya, de otro lado, desautoriza en su libro a Guillermo Thorndike, que, cediendo a su característica vena sensacionalista, ha filtrado en su trabajo El año de la barbarie. Perú 1932, la leyenda de un Haya enamorado de las mujeres que conoció. Este fue el caso de Ana Billinghurst. Luz Díaz ha demostrado que no hubo amor entre ambos y pone en evidencia la falta de rigor histórico de Thorndike. 

Tan interesante como el de Sergio Vilela –El cadete Vargas Llosa–, pero con diferentes ritmos de narración (el uno ganado por la pasión de la juventud y la otra atrapada por la tersa calma de una línea trabajosamente elaborada), Las mujeres de Haya comparte el hecho con El cadete Vargas Llosa de haber surgido del taller de periodismo literario de Julio Villanueva Chang, convertido, desde la universidad privada donde enseña, en mentor para sus jóvenes discípulos. 

Un libro, en suma, que ayuda a conocer, a través de su vida íntima y personal, a Víctor Raúl Haya de la Torre, un personaje de la política peruana, odiado en su momento por la clase dirigente que vio un peligro su ascenso al poder y, al mismo tiempo, amado por sus seguidores que veían en él a un redentor.

Freddy Molina Casusol
Lima, 3 de mayo de 2009

martes, 28 de abril de 2009

LA VERDAD DE LOS ROLLOS DEL MAR MUERTO por BAIGENT y LEIGH

La conspiración del Mar Muerto (Ediciones Martínez Roca, 2006) pertenece a la estirpe de libros, como El Código Da Vinci de Dan Brown y ¿Murió Jesús en Cachemira? de Siegfried Obermeier, que han puesto en duda la verdad oficial respecto al origen del Jesús histórico y el nacimiento del cristianismo. Michael Baigent y Richard Leigh, en un trabajo de investigación minucioso, que los ha llevado a revisar y contrastar lo hallado con las fuentes bíblicas, han expuesto los entretelones y el significado del descubrimiento de los “rollos del Mar Muerto” en el desierto de Judea, los cuales informan de la existencia de una secta religiosa que, con sus creencias y rituales, sería la directa predecesora del cristianismo primitivo. El libro pone en cuestión el papel de la Iglesia Católica como directa regente de estos rollos a través de los miembros de una comisión internacional presidida por el sacerdote Roland De Vaux en 1947, quien durante varias décadas se las ingenió para demorar la publicación del contenido de los mismos. Asimismo descubre las coincidencias existentes entre el hombre descrito en los rollos del Mar Muerto como “Maestro de Justicia” y Jesús. Esto último, de trascendental importancia para la cristiandad, pone en entredicho el carácter divino de la figura de Cristo al presentarse en los manuscritos hallados en las cuevas de Qmram a un mesías más bien cercano al mundo terrenal. Basada en las investigaciones de Robert Eisenman, doctor en Lenguas Orientales y Culturas del Medio Oriente de la Columbia University, La conspiración del Mar Muerto es un apasionante relato en el que Baigent y Leigh han seguido la ruta de los rollos desde su descubrimiento por parte de un pastor beduino, pasando por la furias y temores de los miembros católicos de la comisión frente a la disensión (que recuerdan las aprensiones y sobrecogimientos espirituales del sacerdote de la película El cuerpo, interpretada por Antonio Banderas, cada vez que aparecía una prueba confirmando el vínculo de los restos óseos de un cuerpo, hallado en una tumba de Jerusalén, con el de Cristo), el escándalo generado en el mundo académico por el prolongado retraso de su publicación, hasta la posibilidad de que existan otros fragmentos en el mercado negro dominado por anticuarios y coleccionistas, que podrían dar mayor luz sobre el tema. La conspiración del Mar Muerto pone a prueba el dogma y la fe cristianos, los cuales deben recordar como una espada de doble filo, al enfrentar este tipo de desafíos, lo que dijo Jesús: “Sólo la verdad os hará libres”. Una verdad que no parece gustarles mucho.

Freddy Molina Casusol
Lima, 28 de abril de 2009

jueves, 9 de abril de 2009

"LA GENERACIÓN DEL 50" de MIGUEL GUTIÉRREZ

La primera vez que leí el libro de Miguel Gutiérrez –La generación del 50: un mundo dividido– me pareció un libro peligroso. Mucho más peligroso que cualquier panfleto de Marx, Lenin o Engels divulgado con profusión, por aquel entonces, en San Marcos. Gutiérrez, en una curiosa aplicación del marxismo a la literatura, había escrito un ensayo que, por su poder de convicción, podía seducir a cualquier estudiante despistado que creyera que la única salida posible para todos los males del país era la revuelta social. Lo que más me disgustaba del libro era que el autor se las había ingeniado para, en una singular mezcla que combinaba a narradores y poetas con pensadores marxistas (de pronto, cuando uno estaba leyendo de lo más orondo un tópico literario, una especie de salto cualitativo lo hacía a uno tropezar con un análisis clasista del ambiente político o, peor, con un poema de Mao), difundir esta idea subrepticiamente. Recuerdo que por esos años en que salió La generación del 50 –a fines de los ochenta–, el país vivía un ambiente convulsionado: apagones, bombas en las calles, atentados terroristas a lo largo del país. Abimael Guzmán, el jefe inubicuo de Sendero Luminoso, se burlaba de los cercos policiales y sus huestes, aplicando la estrategia maoísta del campo a la ciudad, pretendían capturar el poder. Y San Marcos se había convertido, gracias al descuido de sus autoridades, en refugio de subversivos de todo pelaje que se pasaban la vida pintando la ciudad universitaria con lemas alusivos a la guerra popular y el accionar del MRTA en los vericuetos de la capital. La aparición del libro entonces no hizo sino agitar las aguas ya no de la marea político-social, bastante embravecidas por los conflictos sociales que caracterizaron al primer gobierno de Alan García, sino del ambiente literario-cultural. Recuerdo que un profesor y crítico literario, Luis Fernando Vidal, por esos días me pintó prácticamente a Miguel Gutiérrez como un sedicioso, a quien, en alguna oportunidad, cuando coincidieron en un conversatorio, le había dicho que midiera el tono de sus palabras pues tenían al frente un auditorio infiltrado con elementos de sospechosas simpatías senderistas. De Gutiérrez, por otra parte, decían las malas lenguas que era una especie de comisario cultural de Sendero, asunto que nunca ha sido comprobado y que ha quedado plenamente descartado por las investigaciones a las que ha sido sometido el autor. Han pasado cerca de 20 años desde que vio la luz la primera edición de La generación del 50: un mundo dividido, y Miguel Gutiérrez y sus editores han decidido, acertadamente, lanzar una segunda edición del libro que provocó las iras de la crítica especializada al ver catapultada en sus páginas la figura de Abimael Guzmán como un intelectual de la talla de Ribeyro o Pablo Macera. Esto último puede entenderse como un exceso de Gutiérrez tan parecido –claro está, salvando las distancias ideológicas– como el que tuvo Luis Alberto Sánchez con Haya de la Torre en su Literatura Peruana. Esta nueva edición que suplanta el color azul añil de la anterior por un amarillo ámbar y conserva el diseño de la carátula de Balmes Lozano –quien, curiosamente, no es mencionado esta vez en los créditos–, cuenta además con una nueva introducción del autor. La generación del 50 es, pasada la tempestad que lo censuró, no sólo un libro de imprescindible lectura por ser el testimonio de una época, sino porque Miguel Gutiérrez –quien se ha erigido, debido a la fuerza de su talento creativo, como uno de nuestros escritores mayores– sabe catar y decantar en igual nivel de significación la poesía y narrativa de la generación que ausculta. Un libro, en suma, que da cuenta de la aventura intelectual de un escritor peruano que, por el conjunto de su obra contenida en novelas y ensayos como La violencia del tiempo y La generación del 50, se ha ido convirtiendo con el transcurso de los años en el Victor Hugo de la literatura nacional.

Freddy Molina Casusol

Lima, 9 de abril de 2009

 





lunes, 23 de marzo de 2009

LO QUE NO DIJERON LAS MUSAS: unas líneas sobre un libro de Julia Urquidi

No sabía que Julia Urquidi se había arriesgado a reeditar por tercera vez su libro Lo que Varguitas no dijo (Editorial Khana Cruz, La Paz, 1995), hasta que lo vi a la venta en el puesto de un librero informal. Esta nueva edición –de excelente presentación–, como las otras dos anteriores que la antecedieron, no cuenta con los capítulos IX y XXIII que la autora consideró conveniente no incluir para no romper con el ritmo de la narración. Tampoco hay una nota introductoria remozada que actualice la visión de Urquidi sobre el libro. Eso hubiera sido importante, porque habiendo transcurrido doce años de la primera edición era necesario conocer si Urquidi Illanes había mejorado su opinión respecto a su ex esposo o se reafirmaba en lo publicado en 1983. Por otra parte, Julia Urquidi no es la única esposa de un escritor peruano que ha publicado aspectos concernientes a la vida de su marido. No hace poco, Dora Varona publicó un volumen biográfico sobre Ciro Alegría, de quien fue su segunda esposa. La diferencia con Urquidi es que ella sí escribió su libro, en cambio aquella tuvo que recurrir a un tercero, al parecer, para que se lo escriban. Presento aquí, con un par de retoques necesarios, la impresión que tuve cuando lo leí por primera vez (Marzo de 2009).


Venciendo un prejuicio alimentado por declaraciones del escritor Mario Vargas Llosa respecto a las cualidades literarias de la obra escrita por su ex mujer Julia Urquidi, Lo que Varguitas no dijo
[1]que sirve de continuación y respuesta a La tía julia y el escribidor, resolvimos adquirir la obra para salir de la duda.

El bicho de la curiosidad y unas cuantas horas nos bastaron para recorrer sus trescientas páginas delineadas en una prosa ajena a cualquier pretensión estilística, como bien advierte la autora en el prólogo, jaloneando su lectura sentimientos de ternura, extrañeza y desgarro muchas de las veces.

Mostrada en los ojos de Urquidi los apuros de esta eventual pareja, nos recordó en algún momento su lectura el sentido testimonio de Matilde Urrutia en Mi vida junto a Pablo Neruda (Seix Barral, 1987), libro de memorias que recuerda su vida al lado del afamado poeta chileno.

Aunque con procesos y desenlaces desiguales encontramos puntos de coincidencia y conexión en estas dos mujeres en el sentido del respaldo y la entrega por secundar las carreras literarias de sus esposos en momentos críticos y de aflicción.

Una de las lecciones que nos brinda el libro de Urquidi está relacionada a esa singular especie humana, a ese becerro de oro dotado de la facultad de hacer fuegos artificiales con la palabra y calificado por las musas para cincelar frases, sueños y odios de las gentes, llamado con solemnidad escritor, y que como cualquier imperfecto miembro del género pensante se compone también de egoísmos, iras y neurosis.

Por ello el mérito del libro es el de desmitificar idealizaciones apresuradas y entusiasmos desentonados para presentarnos en su desnudez adanica al creador y al medio en que se encuentra atado en la producción de sus ideas, interpolándolas y fusionándolas en un contexto de vida en común.

Con su carácter intimista el libro nos invita a descorrer un tanto el velo impreso en el inconsciente del novelista y sus famosos “demonios interiores”, los cuales danzan alrededor del fuego atizado por las aprensiones espirituales, oscilantes entre el amor y desamor conyugal.

Urquidi Illanes al final de esta obra consigue en una terapia de liberación catártica desentenderse –no sin resentimientos ni juicios antelados difíciles de esquivar– de su compañero de ruta, para dar salida a sus propios demonios que atropelladamente se proyectaron luego de veintiocho años de encerrona franciscana.

No faltará sin duda quienes acentuarán seguramente en una visión voyeurista y aguzarán el oído para el comadreo subterráneo y dócil del cuchicheo sonrosado; pero, para nosotros, no son sino los recuerdos sinceros y descarnados de una mujer que supo en su marasmo interior desprenderse del joven transformado en adulto para transportar y entregar a las musas un escritor.


Freddy Molina Casusol
Junio de 1992

 

[1] Juan José Armas Marcelo, biografo de Mario Vargas Llosa –no el mejor, se espera uno menos deslumbrado con el aura de su biografiado– ha revelado en Vargas Llosa. El vicio de escribir (Editorial Norma S.A., 1991) que Julia Urquidi habría recibido la ayuda de un tercero –no se sabe quién es– para escribir su libro y de que la versión boliviana que se conoce actualmente no se asemejaría a la que a él se ofreció para ser publicada en el sello editorial de Argos Vergara, del cual era director literario. Según Armas Marcelo, quien recoge el testimonio del agente literario, escritor y periodista Ramón Serrano, esta versión –escrita por el novelista español Enrique Cerdán Tato– no vio la luz porque la Urquidi no se sintió satisfecha con el resultado y ese manuscrito todavía estaría en poder de ella. De ser así existirían dos Lo que Varguitas no dijo. La que comentamos aquí corresponde a la primera versión que, con seguridad, nació con la asistencia de un desconocido (Junio de 1999).

 

*Para ver más sobre Julia Urquidi, leer la nota de Raúl Mendoza Tume: "Adiós a la tía Julia"



lunes, 2 de marzo de 2009

"DIARIO DE UNA NINFÓMANA"

Estéticamente bien lograda. No cae en la vulgaridad ni en la grosera obscenidad. Con ese toque exquisito que le dan los europeos a su cine, estoy seguro que Simone de Beauvoir hubiera aprobado este film. “Diario de una ninfómana”, película de Christian Molina, basada en el best seller de Valerie Tasso, es un manifiesto visual a favor de la liberación femenina. “¿Tú crees que soy ninfómana?”, pregunta la protagonista a su abuela. “Esa es una invención de los hombres cuando las mujeres se salen del limite impuesto por ellos”, le contesta ésta. Esta película que, con seguridad, debe obtener un premio en los festivales de cine erótico, es una apuesta por la vida y que recuerda al final la alegría de vivir y que la condición de prostituta no es un estigma sino una forma de existencia tan sincera y honesta como cualquier otra. Belén Fabra, al interpretar a Valerie Tasso, lo hace con ese toque justo de sensualidad incluso en las escenas más cargadas de erotismo. Por todos los poros de su piel éste fluye como una cosa natural impregnada en su respiración. Una excelente película desde “Lolita” o “Melissa P.” que causará controversia cuando se estrene en el circuito de cines limeño.

lunes, 5 de enero de 2009

LOS LIBERALES (I)

A MEDIADOS DE 1995, en circunstancias que me hallaba caminando por el pabellón de Economía de San Marcos, leí un enorme cartel que invitaba a una conferencia con el siguiente título: “Adam Smith y la mano invisible”. “¡Adam Smith en San Marcos!”, exclamé asombrado pareciéndome esa singular presencia una cosa impensable en una universidad tomada por los militares y el pensamiento socialista afincado en algunas de sus facultades.
A mí esa perturbadora pizarra me pareció, por otra parte, irreverente, pues, la universidad que conocía y había dejado de pisar por un buen tiempo, no permitía el libre tránsito de ideas –como las del liberalismo– que rivalizaran con las del marxismo oficial sin salir ileso.
Yo pensé sinceramente que a los organizadores de la actividad les iban a dar una buena tunda por atrevidos, así que movido por la curiosidad y el morbo, me alisté esa noche, como en mis primeros años de estudiante sanmarquino, a presenciar una trifulca, con rupturas de vidrios, patadas y lluvia de insultos de grueso calibre, en el auditorio Tupac Yupanqui de la Facultad de Economía.
Lamentablemente no ocurrió lo que esperaba. El conversatorio transcurrió con la mayor normalidad y el inefable Federico Salazar –uno de los ponentes– tuvo la ocasión de lucirse en la única intervención incendiaria de la noche, cuando un marxista de catecismo, amenazando la tranquilidad de la velada, discutió sin fundamento las ideas del autor de La riqueza de las naciones.
“¿Usted ha leído a Adam Smith?”, preguntó Salazar a su adversario ideológico. La respuesta fue un “no” liquidador.
Más allá de la frustración que me provocó no contemplar la ansiada riña, esa conferencia me dio la oportunidad de conocer –gracias a una amiga, Rocío, compañera de estudios de varios de ellos– a un grupo de jóvenes liberales sanmarquinos reunidos en torno al círculo de estudios “Ludwig von Mises”.
Por esas fechas, yo era un recién venido al liberalismo. Seducido por el pensamiento de Popper, Hayek, Friedman, Stuart Mill, algo de Proudhon, había dejado a un lado lo mejor de Marx, Mariátegui, Flores Galindo y las atractivas tesis del intelectual orgánico de Gramsci, de modo que Flavio y los integrantes del círculo “Von Mises” cuyos nombres ya no recuerdo, me vieron como uno de los suyos y se apresuraron a invitarme a sus reuniones
Recuerdo que la primera de ellas se efectuó en una sala contigua al Decanato de Derecho. Formando un círculo cerrado como un puño, y con una vista que daba a los grandes ventanales de Economía, una grisácea tarde de sábado de 1995, yo estaba en medio de esos jóvenes que amenazaban con su predica el rojo escarlata de las ideas marxistas en el Perú.
Yo me sentía un poco extraño, porque instintivamente reacio a ser absorbido por colectividades de pensamiento único –cargaba sobre mis hombros la experiencia de haber participado ocasionalmente en algunos círculos marxistas, de los que luego huí como perseguido por una jauría (mis amigos del PUM en la universidad hicieron todos los esfuerzos posibles por captarme y llevarme a las filas de la Revolución que prometían, pero nunca les dije que tenía una alergia congénita a la lucha armada)– prefiriendo mantener mi individualidad de monasterio.
Debo confesar, con soterrada decepción, que en ese cónclave de liberales se impuso la misma perspectiva excluyente de los grupos marxistas (en una aparte se extendieron en sus críticas contra los “rojos” y los “rabanos”, que apenas yo pude matizar con una tibia intervención pidiendo que lean las fuentes que nutren su pensamiento), lo cual me hacía pensar, en mi desazón, cómo los extremos pueden llegar a parecerse.
Aquí, para ilustrar mis impresiones sobre los muchachos liberales que yo conocí, quiero hablar de mi amistad con Flavio, el líder de este grupo de liberales.
Flavio era un muchacho de 24 años cuando yo lo conocí. Admirador a rajatabla de Ludwig von Mises, el fundador de la Escuela Austriaca de Economía, y Friedrich von Hayek, una de las figuras emblemáticas del pensamiento liberal, estudiaba Derecho en San Marcos y era director de una aguerrida revista llamada “Ortodoxia”, en la cual publicaba sesudos artículos tratando de difundir las líneas centrales de la filosofía del mercado.
Yo compartía sus entusiasmos, porque aburrido con el monopolio izquierdista en la universidad, deseaba como él que el liberalismo tomara las riendas del poder en los diferentes niveles de decisión, desplazando las anquilosadas ideas socialistas y a los oportunistas del Apra que durante décadas se habían entronizado en San Marcos, impregnando el campus con una manera de pensar que lo habían conducido a la debacle académica.
Yo pensaba entonces que el liberalismo era la filosofía de nuestros tiempos y que la libertad y el libre mercado eran el norte a seguir. Me parecía que la apertura propugnada por Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos podía tener un terreno fértil entre los jóvenes abiertos a los cambios y que si bien el feo rostro del egoísmo era el motor del capitalismo, se debía aceptar éste como una verdad objetiva para hacer avanzar nuestras sociedades, propensas al subdesarrollo y a los mitos del socialismo realmente existente.
A Flavio yo lo veía con aprecio, con ese aprecio de la persona que ha visto algunas cosas en la vida y que sabe, por experiencia, que mucho de lo que se vive está condenado irremediablemente a repetirse, en una especie de eterno retorno.
Por eso, cuando el trato se hizo más estrecho, no me llamó la atención sus admoniciones y reconvenciones a propósito de ciertos “desvíos” colectivistas míos respecto a asuntos tales como la privatización del petróleo –el debate de la época–, el cual yo pensaba atrevidamente debía ser sometido a un referéndum.
Recuerdo mucho una tarde cuando tras enfrascarnos en una larga discusión sobre este tema, él me hizo notar que podíamos caer en la ineficiencia del democratismo (puso como ejemplo a Suiza, donde hasta para poner una farmacia en la esquina tenía que irse a consulta popular, desnaturalizándose, según él, la idea de democracia) y yo le hice ver que a diferencia de otras empresas del Estado, la privatización del petróleo sí era un tema de afectación pública (éste y sus derivados eran agentes de la economía) y merecía por ello una consulta popular. Flavio por esto se molestó.
Con un pie en una grada de Derecho y otro en el suelo, mi buen amigo ortodoxo levantó su dedo acusador, y antes de despedirse y extenderme la mano, me espetó: “cuidado con las desviaciones estatistas”, arresto que yo adjudiqué a las enseñanzas de su preceptor Federico Salazar años atrás.
A mí eso no me incomodó, porque curado de las aprensiones dialécticas de mis amigos izquierdistas en las cafeterías de la universidad (“ya pues, compañero, defínase, cree o no en la lucha de clases”) o en el “Sky room”, bar preferido de los sanmarquinos de los ochenta, mal que bien le hacía caso. “Ya aprenderá”, decía.
Lo que sí me molestó fue el trato que le dio una noche a una amiga en el Colegio de Abogados de Lima. Resultó que cruzándose Flavio conmigo en una actividad en el local del Colegio esa vez, vio oportuno alcanzarme un material de contenido liberal que tenía a la mano. Esquivando sillas y llegando donde me encontraba ubicado me dio una carpeta a mí y a algunas personas que sabía comulgaban con las ideas liberales, menos a mi amiga Jenny, una desconocida para el mundo de la libertad, a quien con un movimiento de manos obvió olímpicamente.
Ese desplante, cargado de sectarismo y dogmatismo, que me supo a supina descortesía, me hizo reflexionar acerca de los alcances de una línea de pensamiento que daba peso a la iniciativa individual y cómo su implantación podía ser tan estrecha y absolutista como lo habían sido las ideas socialistas que combatían sus adherentes con lucidez en artículos y debates, la cual tuvo en Francis Fukuyama una de sus mejores torres de defensa.
No le interesó a Flavio quedar mal parado con mi amiga Jenny –que con el paso de los años se convirtió en una destacada lideresa universitaria y cuya última imagen, arengando con el micrófono a la masa de jóvenes de diversas universidades, en la época de la dictadura fujimorista, guardo gratamente en mi memoria–, ni dejar averiada la filosofía de vida que defendía muchas de las veces con ardor.
Su reciente adhesión a Ayn Rand –una filósofa rusa liberal, conocida por su exaltación del egoísmo y de un libro preferido por los empresarios, La rebelión de Atlas– se había impregnado como una lapa en su piel, haciéndome pensar en cómo la filosofía liberal podía resultar nociva y hasta contraproducente en la vida diaria cuando es llevada a extremos.
Pero no fue este incidente el que incrementó mis dudas y resquemores respecto a lo que pregonaban mis amigos liberales (un individualismo que a veces relacionaba ingratamente con el manual de psicología de Wyan y Dyer, Tus zonas erróneas, y otro más de triste recordación), sino dos más del mismo corte que me hicieron pensar seriamente si eso era parte de una conducta personal o era la franca asunción de un modo de pensar que elevaba la esfera del individuo a proporciones estratosféricas.

Freddy Molina Casusol
Lima, 9 de noviembre de 2003

Crédito de la imagen: http://www.mises.org/images4/HayekKeynesTaylorFriedman.jpg

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...