viernes, 31 de mayo de 2013

UCHURACCAY Y UN LIBRO, TREINTA AÑOS DESPUÉS














EL DOMINGO 30 DE ENERO de 1983, la teleaudiencia peruana se vio sacudida en horas de la noche por una noticia de último minuto. Ocho periodistas de diferentes medios de comunicación escritos habían sido encontrados muertos en cuatro tumbas dobles en la comunidad andina de Uchuraccay. Con ellos también había caído asesinado Juan Argumedo, el guía de la expedición. Días atrás el gobierno de Fernando Belaunde había informado que miembros de Sendero Luminoso, organización subversiva que había declarado la guerra al estado peruano, habían sido linchados por los comuneros en la zona de Huaychao. Eso fue tomado por el gobierno como un síntoma positivo en su lucha contra la subversión. Los periodistas fueron a averiguar qué de cierto había en esta noticia. No sabían que iban a su última comisión. Ese domingo, recuerdo, estaba viendo la televisión con mi padre, cuando de pronto se conoció la información. Casi en el acto se pudo ver en la pantalla al reportero del programa Panorama, César Hildebrandt, descender de un helicóptero. Minutos después la cámara dirigía la mirada del televidente hacia unos bultos negros. Estos contenían los cuerpos inertes de los periodistas Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil, Willy Retto, Octavio Infante, Jorge Sedano y Amador García. Los tres primeros pertenecían a El Diario de Marka, los dos segundos a El Observador; mientras que el antepenúltimo y penúltimo pertenecían a Noticias de Ayacucho y La República, respectivamente. (García, el último de la serie, era de la revista Oiga). Todos laboraban –a excepción del fotógrafo de Oiga– en diarios de oposición al gobierno. Todavía recuerdo, en una mezcla de curiosidad y asombro, cómo ese domingo por la noche, la cámara iba enfocando las tumbas en las que fueron enterrados los periodistas, y cómo Hildebrandt, peleando con el viento que insistía en despeinarlo, narraba el descubrimiento. En eso, cuando no terminaba de digerir mi estupefacción, el camarógrafo enfocó el rostro cuarteado y los ojos vidriosos, semiabiertos y sin vida, de Willy Retto. Le habían destapado el cráneo de un hachazo, y sus sesos, según contó luego un periodista de un canal de la competencia, habían sido devorados por sus asesinos. Para explotar el morbo y acicatear la imaginación del televidente, se mostró posteriormente el interior de una choza y la vasija donde esto habría sucedido.


Días después, acorralado el gobierno por los medios de comunicación donde laboraban los hombres de prensa caídos –a quienes ya llamaban “Los mártires de Uchuraccay”–, convocó al prestigioso escritor Mario Vargas Llosa para que presida una comisión a fin de esclarecer lo ocurrido y encontrar a los responsables. “La comisión investigadora de los sucesos de Uchuraccay” –como así se llamó– empezó sus funciones el 4 de febrero de 1983. Para ello buscó el auxilio de antropólogos, sociólogos, lingüistas y abogados. Estuvo integrada, aparte del propio Vargas Llosa, por Mario Castro Arenas, a la sazón Decano del Colegio de Periodistas del Perú, y el doctor Abraham Guzmán Figueroa, un antiguo penalista. La entrega del informe de la comisión ocurrió un mes después en Palacio de Gobierno. Allí se pudo ver al escritor enfundado en un terno impecable dando a conocer al Presidente lo actuado por la comisión. Para algunos, el Informe, con sus verdades “absolutas” y “relativas”, no aclaró nada. Para otros añadió confusión. Y para otros, los más recalcitrantes, sirvió para sustraer la mirada de los verdaderos culpables: los miembros del ejército que supuestamente alentaron –con fines nunca aclarados– la matanza de los periodistas hecha por los campesinos, y de cuya autoría no había la menor duda. Fue, precisamente, a los recalcitrantes, a quienes más irritó la principal conclusión a la que arribó la comisión: que los campesinos se confundieron y que todos éramos culpables por haber dejado en el olvido a estos compatriotas en los Andes, quienes viviendo en el siglo XIX, por no decir el siglo XVII –en palabras de la comisión–, vivían escindidos del Perú Oficial, aquel que ya transitaba por entonces el siglo XX.





Los sucesos de Uchuraccay marcaron mi juventud. Por esos días yo quería ser periodista, quería ser como Hildebrandt que entrevistaba y dejaba mal parados a sus entrevistados con sus preguntas acuciosas e inquisidoras. Pero luego de lo de Uchuraccay sentí algunos reparos; me di cuenta que era muy peligroso serlo. Por esas fechas, El Diario de Marka establecía como hipótesis que en la muerte de los periodistas estaban involucrados miembros del ejército –“sinchis”–. Para sostener esto último esgrimía como prueba las fotos recién descubiertas de Willy Retto, en las que, al entender de este medio, se podía ver la imagen de un forastero cubierto con un poncho, que tapaba unos zapatos y pantalones que no correspondían a la vestimenta habitual de un comunero. La verdad es que por más que esforcé mis ojos de adolescente en ver lo que me decía El Diario que había, nunca vi nada que corroborara esa afirmación. Lo que yo creo es que, guiados por algún fenómeno óptico, los periodistas de El Diario vieron lo que su imaginación –o el mandato ideológico– los empujaba a ver: un miembro del ejército detrás de la matanza, para así responsabilizar al gobierno y dejar mal parada a la Comisión Investigadora. Si, en el supuesto negado, hubiera existido alguno, entonces por qué un oficial de la marina habría de entregar al fiscal del caso, Flores Rojas, el rollo –los primeros encontrados habían sido hallados "vírgenes"– con las imágenes de Retto previas a la matanza y con esto incriminar a un miembro de las fuerzas armadas. ¿Lo lógico no era, sospechando esto, desaparecer esta prueba?



Durante años el caso Uchuraccay vivió en la mente de los peruanos. Quien se encargó de recordarlo en cada aniversario, fue el antropólogo Rodrigo Montoya. Él, en su columna de La República, trataba de defender a los campesinos de las acusaciones de salvajismo que recaían sobre ellos y de paso refutar las conclusiones de la “Comisión Vargas Llosa” –así bautizada por la prensa la comisión investigadora [1]. Curiosamente por esos días, un arqueólogo, el doctor Luis Guillermo Lumbreras, de insospechada posición de izquierda, dio algunas declaraciones que, indirectamente, daban la razón a la Comisión Investigadora: que los campesinos se habían confundido y habían matado a los periodistas por error. Él dijo que: “Los campesinos habían actuado bajo condiciones de estímulo que los indujo a realizar esto [la matanza] con la esperanza de que iban a ser premiados. Ellos esperaban, es evidente, que como en el caso de Huaychao, se les felicitara, se les premiara”. Y más adelante añadió: “A mí nadie me quita de la cabeza que los campesinos, aparte del estímulo sicológico a partir de una descripción de los presuntos enemigos senderistas, también tuvieron estímulo del alcohol”. Explicó además: “Creo que hay un factor de temor. Y factor de temor absolutamente lógico frente a un enemigo desconocido” [2]. Algo similar escribió el periodista Gustavo Gorriti en la revista Caretas tres días después de los trágicos sucesos, cuando no existía ninguna comisión investigadora de por medio: “Es posible, dolorosamente posible, que en esas horas, los ocho periodistas limeños y ayacuchanos que habían salido un día antes de Huamanga, para dirigirse a Uchurajay y Huaychau, hayan sido atacados y muertos por la turba de comuneros que –en un estado frenético de temor– los habrían confundido con otro grupo incursor de Sendero”[3]. No hay mención, en opinión del periodista y del investigador social, de personas extrañas ajenas a la comunidad ni rondas “paramilitares” alentadas por el ejército como se sostuvo luego.

 

La tragedia de los periodistas peruanos fue explotada políticamente. El clímax de esa utilización barata de las muertes de quienes intentaron cumplir con su deber periodístico, fue en 1990 cuando en el debate presidencial entre Vargas Llosa y Fujimori, se vio a las viudas de los periodistas vestidas de negro en la primera fila del auditorio del Centro Cívico, lugar donde se realizó este. Fueron llevadas allí para intimidar con su presencia al escritor, como una burda manera de reprocharle el supuesto encubrimiento de los verdaderos responsables de la masacre –el ejército–, en el que él, prestando su figura de escritor famoso, habría sido participe. Luego Vargas Llosa, en sus memorias que daría a conocer tres años después, contó cómo una de las viudas, la de Jorge Sedano, asqueada por lo que las habían obligado a hacer los verdaderos “traficantes de cadáveres”, había ido a su casa para decirle, en presencia de periodistas que cubrieron la información, que iba a votar por él. Pero ese sacrificio de Alicia Sedano no sería suficiente. Como la historia ya consigna, Vargas Llosa perdería esa elección.



Han pasado exactamente treinta años desde que fueron descubiertas las tumbas que contenían los restos de los periodistas en Uchuraccay, y hasta ahora no hay un solo libro que arme las piezas del rompecabezas y desentrañe el misterio que significó sus muertes. A excepción de uno, el de José María Salcedo, más conocido como “Chema”. El de Salcedo es una estupenda crónica que reconstruye paso a paso el itinerario de los periodistas los días previos a la tragedia. Desde su posición privilegiada de director de El Diario de Marka, “Chema” Salcedo tuvo la oportunidad de acceder a las primeras informaciones que daban cuenta del destino fatal de los periodistas peruanos. Su relato palpitante revive la atmósfera de violencia que vivía el país, con un Sendero Luminoso sembrando bombas por doquier y un clima de violencia que parecía devorarnos. Aparte de este libro existe un par más, el de Juan Cristóbal –que es una reunión de artículos sobre el caso– y el de Guillermo Thorndike –que recoge las fotos de la masacre–, luego nada. Por tanto, el libro de José “Chema” Salcedo, oportunamente llamado Las tumbas de Uchuraccay (1984) es una pieza excepcional, es el testimonio de parte de un periodista metido de lleno en los detalles de la tragedia. Ameno, con una prosa periodística que hace placentera su lectura, para escribirlo el ex director de El Diario tuvo el trabajo de recoger cuarenta testimonios y recorrer en compañía del periodista Luis Morales los mismos lugares donde estuvieron los ocho periodistas, esto es el Hostal Rosa en Ayacucho y la ruta hecha por ellos antes de ser asesinados. Ahora el libro –como el Informe de la Comisión Investigadora– se ha convertido en ineludible referencia para cualquiera que quiera indagar sobre lo que ocurrió un 30 de enero de 1983, en ese paraje helado e inhóspito de los Andes llamado Uchuraccay.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 30 de mayo del 2013

 

Post Scriptum

 

Las últimas noticias de la tragedia las proporcionó este año la hija del guía Juan Argumedo, Rosa Luz Argumedo. Ella, ahora hecha una profesional en Psicología, reclama que se le otorgue el mismo status a su padre como el que se la ha dado a los periodistas muertos: el de ser una víctima más de la masacre.


Crédito de las imágenes:

Caretas

http://www.podestaprensa.com/2010_01_01_archive.html


[1]Ver “Los campesinos no son salvajes”,  5 de febrero de 1983; “Pese a todo sabremos la verdad”, 26 de enero de 1984; “Uchuraccay, dos años después”,  26 de enero de 1985; “Uchuraccay, cuatro años después”,  15 de febrero de 1987.

[2] Ver entrevista de Mario Campos a Luis Guillermo Lumbreras, en “Domingo” (Informe exclusivo) de La República, 6 de marzo de 1983, p. 7.

[3] Ver "Trágicos linchamientos", Gustavo Gorriti, en Caretas, 31 de enero de 1983, p. 23.

lunes, 13 de mayo de 2013

ALGUNAS RECOMENDACIONES PARA EL LECTOR QUE QUIERA LEER “OTRAS DISQUISICIONES”

VÍCTOR HURTADO es el mayor prosista peruano, sino el único vigente. Su estilo fino, punzante e irónico, corta figuras con las palabras. (En reciente conversatorio, su autor se definió como un cultor del conceptismo, que es algo así como el uso de la mínima expresión con la mayor potencia figurativa en una frase). 

Si tuviera que recomendar Otras disquisiciones de Víctor Hurtado a un lector, le diría que inicie su lectura en la sección “El profesor solecismo es respondón”. Es divertidísima, te hace reír a carcajadas. Hurtado ha creado a dos personajes de ficción, el profesor Solecismo –una especie de alter ego del escritor– y Wármix Méndez Gómez, un tipo que se las ingenia para traer abajo toda la gramática en castellano en las cartas que le envía al primero, quien no desperdicia la oportunidad para hincarle el diente en sus barbaridades ortográficas. Ambos son una especie de Quijote y Sancho Panza de nuestra ciudad iletrada.

Siguiendo con las recomendaciones, si tuviera que decirle al lector que continúe la lectura de Otras disquisiciones, le diría que se prepare porque el escritor no admite ninguna ofensa a Javier Solís, el rey del bolero ranchero, y menos aún una defensa –por lo demás, inútil– de Luis Miguel y sus “gallos” en la sección “¡Música maestro!”. Cualquier infracción de esta ley interna es penada con un cocacho del escritor, seguida de la expulsión ipso facto de su parnaso literario.

No obstante, el lector todavía tiene una tabla de salvación: saltearse esta parte del libro si es demasiado sensible, no sin antes dejar de leer ese maravilloso peregrinaje a la tumba de Javier Solís (¡de quién más!) en “Entre reyes”, que recuerda el realizado por Vargas Llosa a su maestro Faulkner hace muchos años ha. Ahora, si el lector quiere bañarse en erudición, bienvenido sea, puede disfrutar las páginas de la sección “Todos los mundos”. Allí podrá encontrar a Pascal de la mano con los griegos, así como unas cuantas recriminaciones a Platón y Aristóteles por adelantar el fascismo en sus obras.

Para el lector que ama las reseñas y los comentarios de libros –una manera elegante de ahorrarse el trabajo de ir a la librería y comprarlos– Otras disquisiciones tiene “El estante quieto”. En esta sección, el escritor lo espera con los brazos abiertos. Aquí podrá ver relucir joyas como esta: “Así, leyendo por el gusto a los clásicos sin tiempo, aprendemos la gran lección de no estar al día (hoy es la forma más callada y solitaria de la rebelión) y comprendemos la moraleja de que el libro no es moda y de que la literatura no es éxito”. Declaración de principios que suscribimos incondicionalmente, sin temor a que los Bayly y otros posmodernos post scriptum nos excomulguen.

Pero a estas alturas para qué continuar con estas recomendaciones, que sea el propio lector el que descubra al escritor. En todo caso, si este tras leer estos artículos y ensayos tiene alguna duda sobre los temas tratados (poesía, lenguaje, música, literatura o filosofía), puede escribirle a Hurtado. En el libro está su correo. El profesor Solecismo, a nombre de él, gustoso le contestará: eso sí, no lo olvide, él es respondón.


 Freddy Molina Casusol 

 Lima, 13 de mayo del 2013


viernes, 5 de abril de 2013

CARTAS A HITLER

¿Qué hizo que los alemanes apoyaran durante la segunda guerra mundial a Adolf Hitler? ¿Qué tan cierto es que el líder alemán los sedujo tan solo con el poder de su oratoria hasta arrastrarlos a una conflagración bélica por toda Europa? Este libro del historiador Henrik Eberle, Cartas a Hitler (Tempus, 2009), nos da algunas respuestas. Nos permite penetrar en la conciencia de los alemanes de a pie. En los campesinos, estudiantes, amas de casa y fervorosos simpatizantes del nacionalsocialismo. Cuando uno recorre sus páginas, causa asombro saber cómo la semilla del antisemitismo estuvo sembrada en el pueblo alemán. Uno puede entender al examinarla que lo ocurrido en esos años fue consecuencia de una manera de pensar instalada en la conciencia del demos germano. Hitler sería simplemente una expresión de ese ideal. Una parte de las cartas reproducidas en este libro refleja un odio al judío. Delación, pedido de exterminio, denuncias, aparecen indistintamente en contra de ellos. Estas misivas, rescatadas de los archivos soviéticos donde yacían guardadas, eran respondidas en algunos casos por Rudolf Hess –el segundo hombre de importancia del partido nazi– y Alberto Bormann, director de la cancillería privada. En ellas, se puede ver la relación –tantas veces negada– de Hitler con el esoterismo y la astrología, y que investigadores como Trevor Ravenscroft (Hitler: La conspiración de las tinieblas), han estudiado con detenimiento. Aparecen cosas curiosas como, por ejemplo, los pedidos hechos al jerarca nazi para autorizar el uso comercial de su nombre en marcas de cigarrillos, autorización que, por supuesto, el Führer negó. Frascos de miel –para aliviar “su enorme gasto de energía física y mental– y huevos de Pascua con notas de agradecimiento, le eran enviados también por sus más fervorosos devotos. Sin embargo, el autor del libro señala que si bien es cierto había “calcetines, tartas, cuadros, maquetas de barcos”, “lo más valioso que podían obsequiarle sus seguidores era un poema”. El libro reproduce varios de ellos donde la sujeción a su figura era incondicional. Pero no sólo estos se manifestaban, sino que organizaciones religiosas como los Testigos de Jehová expresaban al mismo tiempo su protesta por el recorte de las libertades religiosas en la Alemania Nazi. Cuenta Eberle que fueron mil doscientos miembros de esa congregación que murieron en un campo de concentración o bajo el filo de una guillotina. En conclusión, este libro nos permite echar una ojeada en la conciencia alemana de la época, en las mujeres, niños, hombres, que siguieron a Hitler hasta ver a su país en ruinas, y que a pesar de la catástrofe que se avecinaba en abril de 1945 todavía seguían confiando en él. Tal vez una explicación –a modo de colofón de esta reseña– sea intentar una explicación de su ascenso en el poder. Quizás esto tenga que ver, como tantas veces se ha dicho, con lo injusto que significó para el pueblo alemán el Tratado de Versalles. El rechazo a este tratado es, sin duda, uno de los elementos que permiten entender el apoyo multitudinario que Hitler tuvo en vida (retratado por la documentalista Leni Riefenstahl en “El triunfo de la voluntad”). Él encarnaba el resurgimiento de una nación herida en su orgullo, pero un orgullo cargado de un odio visceral en contra del judío –a quien vieron como el responsable de sus males– que al final se fue en contra suya. Estas Cartas a Hitler nos recuerdan esa parte negra de la historia contemporánea que debemos evitar: la de la guerra y el racismo más feroz.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 5 de abril del 2013

viernes, 15 de marzo de 2013

LA ECONOMÍA VISTA POR CASTAÑEDA MUNGI

Este es un buen manual de economía. Escrito desde un punto de vista liberal, se inscribe en la lista de libros de la misma especie que hemos podido detectar y que tratan, con ejemplos sencillos, de llegar al gran público. Nos referimos a los de José Luis Tapia Rocha, Guillermo Vidalón del Pino y Miriam Ortiz –Empresa, Economía y Libertad–; y Alberto Mansueti (con la colaboración de Tapia Rocha) –La salida–. A ellos se suma ahora el de Guillermo Castañeda Mungi. Castañeda es un economista graduado en las universidades de San Marcos (1965) y Cambridge (1967). Ha sido Director Alterno del Fondo Monetario Internacional (1968-1969) y ex funcionario del Banco Mundial y el Banco Central de Reserva del Perú. Entonces, se puede decir con propiedad, que sabe de economía. Su libro ¡Fuera las caretas! De la Teoría y la Práctica en Economía es muy didáctico. Tiene como propósito enseñar paso a paso sus fundamentos. Recuerda su esfuerzo al hecho por otros especialistas como Manuel Moreyra, quien desde una columna del desaparecido diario El Observador trataba, a inicios de los ochenta, de aclarar esos conceptos de la ciencia económica que, para los profanos, resultaban de otro planeta (inflación, tasa de interés, etc.). El propósito de Castañeda Mungi va en ese sentido, pero supera con creces al anterior. Él no solo pone en cuestión aquellas ideas económicas de izquierda impregnadas en el imaginario político, sino en personas de buena fe que se las creen, pero que sobre todo inundan el léxico de la gente de a pie. Castañeda hace una defensa, presentando variados argumentos, de la economía de mercado, la cual, en verdad, favorece a las minorías en desmedro de los que quieren aprovechar su condición de pobreza como bandera política. El libro es importante porque ofrece una visión alternativa a la de otros textos como el ya clásico de Samuelson –Macroeconomía–, que se ha vuelto un manual de consulta para los jóvenes de los primeros ciclos de economía y con el cual se los está formando aún en las supuestas bondades del Estado interventor. El aporte, pues, de Castañeda es fundamental. Desde una mirada liberal desnuda los errores de la izquierda económica a la que se le puede decir –en tono conciliatorio y benevolente– que tiene “buenas intenciones”, pero que, a la larga, sus recomendaciones llevan a la catástrofe económica. ¡Fuera las caretas! es un libro amable, pedagógico, escrito para llegar a las personas de mente abierta que quieren encontrar la verdad en economía sin palabras rebuscadas ni ideas enmarañadas. Un libro para estos tiempos en los que los cantos de sirena del estatismo quieren volver a sonar.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 15 de marzo del 2013

jueves, 14 de marzo de 2013

EL VARGAS LLOSA DE RODRÍGUEZ PASTOR


LUIS RODRÍGUEZ PASTOR encontró en este libro un nicho como antes lo había encontrado Sergio Vilela con El cadete Vargas Llosa. Tiempo atrás ya había tentado la temática vargallosiana cuando estuvo a cargo de la edición y las notas del libro El inconquistable de Beto Ortiz. Rodríguez Pastor vio esta vez la oportunidad en los jóvenes. No había en el mercado un libro que explorara ese espacio virgen. No existía –aparte de los muy aburridos textos escolares– un trabajo que presentara la vasta obra de Vargas Llosa de una manera ágil y novedosa. El autor de este manual se vio beneficiado –como él mismo ha confesado– con los artículos almacenados durante años por su abuelo Humberto. Eso le dio una buena base para comenzar su investigación. A esto se suma un auténtico interés por la vida y obra del escritor, ocasionando que Rodríguez Pastor entregue al lector una buena guía para conocer mejor al Nobel peruano. No alcanza su esfuerzo las cotas biográficas –a pesar que haya una intención de soslayo– de otro libro peruano que las aborda directamente: MVLL. Biografía de un Nobel, escrito por Pamela Cueto y Mariano Orosco y difundido por “La República”. Ese no ha sido su propósito –como lo cuenta en la introducción “Carta al lector”–. Rodríguez Pastor ha hecho un gran trabajo. Ha pensado su texto desde dos frentes: desde el aspecto del contenido y el aspecto visual. Hay que remarcar esto último, pues la forma del libro es deudora de las nuevas lecturas en Internet –con fotos desbordando la pantalla y contenidos fáciles de digerir– que tiene en los jóvenes a sus mayores consumidores. (Una propuesta de diseño similar se puede encontrar en el guión hecho libro de la película Las malas intenciones). No sería mala idea que esta experiencia editorial se replicara con un Bryce o un “Ribeyro para jóvenes” (Coaguila está llamado a hacerlo). Luis Rodríguez Pastor es joven, leído, tiene un largo camino por recorrer. Este libro es solo un primer paso. Quién sabe si en un futuro no muy lejano sea la persona indicada para escribir una biografía sobre el mayor escritor peruano vivo. Mario Vargas Llosa para jóvenes tal vez sea el derrotero hacia ese destino.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 14 de marzo del 2013 

Sobre Rodríguez Pastor, el lector puede consultar "El Nobel a Mario Vargas Llosa: un testimonio personal"

lunes, 12 de noviembre de 2012

VÍCTOR HURTADO, OTRA VEZ

LA ÚNICA VEZ QUE VI a Víctor Hurtado fue en 1987, más o menos. Yo estaba al fondo, en la última fila, en Salón de Grados de la Casona de San Marcos. ¿El motivo? Hurtado exponía ante un auditorio abarrotado de alumnos y curiosos su peregrina tesis sobre el hayismo-leninismo, con la cual había descolocado a los ideólogos del Apra y de la izquierda más dogmática. ¿Cómo era eso, se preguntaban ambos bandos enfrentados, de meter a Haya y Lenin en un mismo saco? ¿Cómo era eso de conciliar la revolución leninista con el peor de los reformismos representado por Haya? ¿Cómo explicar ese desaguisado? Para eso estaba allí Hurtado, desfasedor de entuertos. Días, o semanas atrás, se la había pasado tratando de explicar el tema. Debatiendo, desde las páginas del semanario Amauta –órgano de prensa del Partido Unificado Mariateguista (PUM)–, se enfrentó en un duelo de ideas con Sinesio López, Carlos Iván Degregori y otros intelectuales de izquierda relacionados con el sector “zorro” (acusado de reformista) de ese partido. Brillante, Hurtado los dejaba fuera de juego con su buen manejo de fuentes. Pero, peor –para ellos–, parecía tener la razón; al parecer Haya había sido un buen discípulo de Lenin –a pesar que la ortodoxia de izquierda lo negara– y Fidel Castro –sí, el barbudo que hizo la revolución en Cuba–, había concretado las ideas del joven Haya que el viejo había traicionado. La izquierda, pues, se sublevaba ante esa posibilidad teórica. Pero Hurtado allí estaba para demostrarlo, para demostrar que el joven Haya proponía un estado antiimperialista camino al socialismo y un frente único de trabajadores manuales e intelectuales, el cual fue traducido por Castro en un partido de masas –que incluía la burguesía– para asaltar el poder. Hurtado, sobre el primer gobierno aprista, escribió: “Sesenta años de espera merecen, al menos, un premio consuelo. Durante décadas, miles de apristas aguardaron que su partido llegase al poder, para que empezara, así la «gran transformación» [cualquier parecido con nuestra actual realidad, es solo eso: parecido]. Pero la historia se entretiene haciendo paradojas. No hay ni habrá revolución aprista en el Perú, antes de 1990. Y, sin embargo, esa revolución ya se produjo. Con éxito brillante, las tesis revolucionarias de Haya de la Torre han pasado la prueba final, definitiva, de la realidad, por lo menos una vez en nuestra América: en Cuba. La Revolución cubana es el homenaje que la historia ha rendido al genio político de Víctor Raúl. Y los apristas tienen en la isla profética, el premio de su espera. «Premio consuelo» tal vez, pero no poco. El joven Haya escribió El antimperialismo y el Apra sobre papeles; el joven Castro, sobre la realidad. Y, en su tiempo, a cada uno le toca mérito igual”. Una herejía que no le perdonaban ni la izquierda ni el Apra a Hurtado. Por eso Hurtado a calzón quitao –y pecho descubierto– había aceptado la invitación para exponer sus ideas en la Casona. Recuerdo que cuando terminó su presentación –tan amena como la de Aníbal Quijano, también conferencista en la velada–, Hurtado pasó a defender con uñas y dientes –y capa en mano– esa nueva piedra de Rosetta llamada “hayismo-leninismo”. En la rueda de preguntas algunos estudiantes sanmarquinos de izquierda lo quisieron hacer resbalar con intervenciones cargadas de dogmatismo y citas fuera de contexto de Marx, Lenin y Mariátegui –destacó en especial uno que era reconocido por el estalinismo de su agrupación, Vanguardia Estudiantil, de la cual, creo, era el único militante–. Hurtado los despachó con facilidad. Luego, con el tiempo, se tomó la molestia de publicar estas ideas en un volumen titulado –como era de esperar– Hayismo-leninismo (Bahía ediciones, 1987), que reunía casi la totalidad de artículos sobre el debate con la izquierda y el Apra. En esas páginas está el joven Hurtado, el hayista-leninista, el seguro seguidor de Marx en Miseria de la Filosofía –del que, creemos, tomó el estilo para escribir sus artículos y sacarles “roncha” a sus adversarios–. En otras palabras, el mejor Hurtado que hemos podido disfrutar en nuestra juventud.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 11 de noviembre del 2012

martes, 30 de octubre de 2012

DIOS, EL AÑO DE LA SERPIENTE Y EL BUDISMO TIBETANO

LA PRIMERA VEZ que contacté con el budismo tibetano fue en el último año de la serpiente (2001). Antes de tomar conciencia de su significado, me la pasé ese año leyendo libros sagrados. La Biblioteca Nacional era mi cuartel. Allí, por las tardes, después del trabajo, y hasta entrada la noche, cuando estaban a punto de cerrar las puertas, me pasaba horas revisando y leyendo textos esotéricos y espirituales. La Biblia, El Corán, el Tao Te King, entre otros, pasaron por mis manos por esas fechas. (La no acción del Tao, las enseñanzas de Confucio y la filosofía oriental terminaron, con los años, atrapándome). Fue en la Biblioteca Nacional, una tarde del año de la serpiente que yo me reencontré con Dios. Durante años, mantenía un militante escepticismo sobre su existencia. Dudaba, no creía viable su presencia. Mi agnosticismo (lo consigno como historia personal) no tenía nada que ver con la universidad donde estudiaba (acusada de atea y revoltosa). Venía de atrás. Una enamorada alguna vez quiso enderezarme, pero no pudo. Mis ironías sobre la manifestación divina en la vida terrestre eran demasiado fuertes para ella. Una tarde, sin embargo, esa postura, se vino abajo. Mirando los anaqueles, como hacía todas las tardes, me topé con un libro. Me llamó la atención el título: Nuevos descubrimientos sobre la reencarnación. Autora: Gina Cerminara. “¿De qué tratará?”, pensaba. Lo saqué, coloqué el señalador en el lugar de donde lo había retirado y me lo llevé a la mesa de lectura. Allí cambió mi vida. Ese libro obró el milagro, me hizo entender, de un modo racional y lógico, la existencia de Dios, desterrando esa idea de Pascal que tenía metida en la cabeza: que no se pierde nada creyendo en Él. Recuerdo cuando leía sus páginas, cómo me impacto la imagen de un gráfico donde se podía apreciar una línea recta partiendo al cielo, y cómo las desviaciones, bruscas, de un lado a otro, indicaban la incorrección de nuestra conducta, la cual nos alejaba de nuestro objetivo final, fundirnos, después de vivir finitas vidas (reencarnación), con Dios. Que ese era el motivo de nuestra existencia; que debíamos seguir un camino de perfección para, luego de un largo aprendizaje, volver, como una gota de agua desprendida, al mar donde el sufrimiento estaba extinguido y alcanzar la vacuidad. Recuerdo que sentí, cuando ya devolví el libro a su lugar, que el vacío espiritual que tenía en el corazón, de pronto se había llenado. Todo era diferente. Tras ir angustiosamente de un lugar a otro, tratando de experimental inútilmente el sentido de la fe, al fin había encontrado un reposo. Ya creía en Dios. Pero casi con la resolución de este problema se presentó otro. ¿Cuál podía ser la mejor senda para acercarme a Él? Fue en ese momento que apareció, en la figura de una amiga, Fanny, el budismo, pero en una de sus versiones más depuradas y avanzadas, la tibetana.

Fanny, una compañera de estudios de la universidad, a temprana edad, veinte o un poco más, decidió dejar una vida de fiestas y diversiones, para asumir una actitud mística y contemplativa. Algunos que la conocían se mofaron de ese cambio y la tildaron de extravagante. (Con los años quedó demostrado cuán equivocados estaban). Fanny, a través de un maestro que la introdujo al mundo del budismo tibetano, incorporó en su vida la compasión, la paciencia y la comprensión del sufrimiento entre los seres humanos. De sus labios escuché por primera vez el significado del samsara. Ella fue quien me dijo que vivíamos en la ignorancia y la ilusión y que todo es impermanencia. “Las personas sufren porque tienen apego”, me decía. Me explicaba cómo en las letras de las canciones –cargadas de sufrimiento y dolor– se reproducía el ciclo del apego. “Y eso escucha la gente”, subrayaba. Fanny durante muchos años viajó y aprendió en diferentes comunidades budistas una manera de vivir donde la calma y el toparse con un eventual enemigo eran entendidos como una oportunidad para cultivar la paciencia. En nuestras pocas pero largas conversaciones (de hecho la más larga que tuvimos duró doce horas), aprendí a admirarla porque sabía sintonizar sus enseñanzas con la vida diaria. Yo que vivía angustiado con mis dramas internos encontraba en ella respuestas lógicas y sabias que me daban tranquilidad. Ella fue quien me hizo tomar atención sobre la astrología y el significado de los animales en el horóscopo chino. Recuerdo que en una charla me preguntó el año de mi nacimiento. Le respondí con una fecha y de inmediato buscó en su memoria. “Serpiente; eres serpiente”, dijo. Yo ni sabía. Luego pasó a enumerar las bondades y defectos del animalito en cuestión. Ya en confianza le conté un hecho que marcó una etapa de mi juventud. Recuerdo que me preguntó el año en que había ocurrido este. Se lo di, añadiéndole, además, más detalles que no había proporcionado nunca a nadie más. Ella, de tramo en tramo, tras escuchar mi relato, sonreía y decía: “Ah, la serpiente, pensando en un plan A, B y C”. Luego se puso enumerar las características astrológicas de mi oponente y dijo. “No, tú ibas a vencer. Las serpientes son buenos estrategas”. “Además ése era tu año (de la serpiente)”. El asunto es que con ella aprendí que la astrología podía ser una buena fuente de conocimiento, para comprender a las personas y entenderme a mí mismo como ser humano.

Con Fanny también ingresó el budismo a mi vida. Ella cultivaba una de sus variantes más depuradas, la tibetana. Ella me enseñó que un enemigo era una buena oportunidad para practicar la paciencia, y que éste no era tal sino un maestro; que lo mejor que uno podía hacer cuando se presentaban situaciones conflictivas era salir de ellas haciendo el menor daño posible; que hay que actuar correctamente en palabra y acción para no arrastrar karmas negativos en vidas futuras; y que hay que hacer méritos para disolver ese karma negativo y así detener la rueda de renacimientos. El budismo que yo aprendí a apreciar a través de Fanny difiere en mucho con el pensamiento de Occidente. Mientras –voy a recordar un ejemplo leído sobre el tema– en la psicología y el pensamiento occidentales se preguntan cuando te ha herido una flecha quién pudo haberla disparado, desde qué dirección vino y cómo está hecha, la elección del budismo es arrancarte esa flecha. Es eminentemente práctico. No tiene un dios al cual venerar ni preceptos que coacten tu libertad. Pero eso no significa que un budista esté reñido con el concepto de Dios cristiano. De hecho, puedes ser budista y cristiano al mismo tiempo. Tal es su flexibilidad. Y ése es su atractivo, pues no está sometido a las rigideces de los dogmas religiosos. Pero no hay que equivocarse –y menos confundirse– si bien el budismo te da un amplio radio de acción, también te indica que hay una serie de principios a seguir para alcanzar un estado de paz interior. Estas son las Cuatro Nobles Verdades (el reconocimiento del sufrimiento, el completo abandono del origen del sufrimiento, la completa cesación del sufrimiento y la verdad del camino que conduce a esta cesación), que tienen su correlato en la noble óctuple senda, la cual guía tu accionar en la vida (entendimiento justo, pensamiento justo, palabra justa, sustento justo, etc.). La anulación del “yo” es uno de los puntos esenciales de su filosofía, porque su anulación está asociada a los estados de conciencia impuros. Es, pues, todo lo contrario a lo que se predica en Occidente, en el que la exaltación del deseo es el motor que mueve muchas civilizaciones modernas (Ludwig von Mises, padre de la Escuela Austriaca de Economía, en su obra La acción humana, la tilda de filosofía del “hombre vegetativo”). ¿Entonces cómo conciliar estas dos posiciones extremas? El Dalai Lama nos explica que esto es posible en la vida cotidiana practicando la compasión, ejerciendo el perdón, desterrando el odio, los celos y la cólera en nuestras relaciones humanas; y que a pesar de todos los apremios existentes en la vida diaria, siempre hay un espacio para orar y meditar aunque sea unos minutos. Sobre todo –y he aquí otra vez su practicidad– porque tiene efectos en la mente: ésta se serena. El budismo tiene dos vertientes: la Mahayana (El Gran Vehículo) y Hinayana (El Pequeño Vehículo). Las dos se diferencian porque en la primera se busca la salvación de todos los seres vivientes, siendo el bodhisattva (una persona que detiene su ingreso a la liberación para salvar más personas) uno de sus instrumentos, en tanto que la segunda busca la salvación individual.

Epílogo

Han pasado casi doce años desde el último año de la serpiente. Durante ese tiempo, debo confesarlo, no he sido un practicante religioso del budismo. Es más, muchas veces lo he abandonado y he vuelto a él. Pero en el balance general debo decir que ha sido beneficioso conocerlo. Me ha ayudado a ser más justo con las personas, porque me ha obligado a pensar en el otro antes de obrar, sea de acción o palabra, negativamente. Me ha hecho mejor persona en algunos aspectos (en otros, soy consciente que debo trabajar mucho). Me ha enseñado a acrecentar mi fe en Dios al asociarlo con el tema del karma negativo, además de hacerme actuar lo mejor posible dentro una línea correcta de conducta (mi problema es que me dejo ganar por los placeres sensoriales). Muchas veces lo combino con el cristianismo –desceñido, claro, de las rigideces del dogma–, lo cual me da mucha calma. Me gustaría aprender más sobre él, insertarme en una comunidad budista de lleno para meditar y pacificar la mente, pero eso lo dejo a Dios: estoy seguro obrará a mi favor.

Freddy Molina Casusol 
Octubre del 2012

viernes, 31 de agosto de 2012

GABO Y FIDEL, UNA AMISTAD INTERESADA

CUANDO EL CRÍTICO peruano Tomás Escajadillo recordó –para rebajarlo– en un artículo (“Vargas Llosa: de incendiario a bombero”. El Nacional, suplemento Primera Línea de 23/8/87) que Vargas Llosa había sido entrevistado por la “muy intelectual” revista ¡Hola!, no pensó que muchos años después García Márquez –con quien comulga ideológicamente– iba a pasarle lo mismo: ser entrevistado por una revista “tan literaria y cultural” como Playboy, como redescubrió el crítico español Ángel Esteban para su libro, escrito al alimón con Stéphanie Panichelli, Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad.

La tesis del libro es muy sencilla: trata de demostrar que Gabriel García Márquez tiene una fascinación por el poder; que el escritor colombiano tiene una predilección por los dictadores y que en el caso de uno de ellos –el más longevo de todos–, Fidel Castro, ha ejercido el papel de secretario –ad honorem– para asuntos de Estado.

Esteban y Panichelli desmoronan en sus páginas la imagen de García Márquez. Lo presentan como un hombre que, olvidándose de sus orígenes modestos en Aracataca, busca –buscaba, porque ahora está enfermo– la cercanía o amistad de presidentes como Torrijos o Felipe Gonzales –a quien recordaba, con no disimulada vanidad, por su nombre–, o personas ligadas al poder.

Es más, siembran dudas de su honestidad, en el sentido de maquillar sus verdaderas intenciones de obtener el premio Nobel, al reproducir fragmentos de un artículo de García Márquez de 1980 –“El fantasma del Premio Nobel”–, escrito dos años antes de la concesión del premio, en cuyo final éste hace oportunos elogios a Artur Lundviskt, entonces secretario permanente de la Academia Sueca –encargado de proponer candidaturas en lengua española, y personaje que le cerró el paso a Borges para obtener tan preciado galardón–, a quien visitó en su casa, regalándole en el citado artículo una remembranza de su persona teñida con el mismo cariño sospechoso que se puede tener hacia un corredor de bolsa.

Pero el libro no sólo trata de Gabo, sino de las miserias de la Revolución Cubana, del caso Padilla, que provocó la ruptura irremediable entre los intelectuales que todavía mantenían una fidelidad al régimen de Castro y aquellos, como Jean Paul Sartre, Susan Sontag y Vargas Llosa, que trataron de salvar su permanencia para luego romper indefectiblemente al comprobar la incompatibilidad entre socialismo y libertad de conciencia (En el 2003, lo hizo el Nobel portugués José Saramago, en el caso de los tres cubanos fusilados tras un fallido intento de escapar de la isla secuestrando varios aviones y una embarcación).

Lo de Heberto Padilla fue espantoso, lo sometieron a una autocrítica pública digna de cualquier tribunal ya no estalinista, sino maoísta de la Revolución Cultural. Una humillación que cualquier intelectual que se haga respetar no podría aceptar, pero que Padilla hizo para salvar el pellejo. Tuvo que desdecirse de sus críticas –de orden literario– a Lisandro Otero –escritor identificado con el proceso revolucionario cubano– y acusarse a sí mismo de introducir la contrarrevolución a través de la literatura. Una barbaridad descrita con pelos y señales en el libro, que a uno le hace preguntarse: ¿Y así todavía hay gentes ligadas a las artes y las letras que, a más de cuarenta años de acontecidos estos hechos, apoya la Revolución Cubana?

El libro de Esteban y Panichelli hace, además, una revisión de la Cuba de Castro, del importante papel que le cupo a García Márquez en la fundación de la Escuela de Cine de San Antonio de los Baños –que contó con una partida del Estado, pero que a pesar de esto ha tenido dificultades para sobrevivir–, así como la participación del escritor en la liberación de Armando Valladares –preso político cubano– y la salida discreta de muchos disidentes cubanos de la isla.

Todo este último papel humanitario del escritor colombiano es puesto cuestión, cuando se hace notar sus silencios en la violación de derechos humanos en la isla; o se hace ver su lealtad incondicional al régimen en el caso del general Arnaldo Ochoa, condecorado con el grado de Héroe de la Revolución, cuyo único pecado fue mantener independencia de criterio frente a Castro, y que fuera fusilado junto a Tony de la Guardia –a quien García Márquez había dedicado El general en su laberinto–, tras ser involucrado sospechosamente en una operación de tráfico ilícito de drogas.

Fidel no se salva tampoco en el libro. Recuerdan su participación oportuna e interesada en el caso del niño balsero Elián González. Fingiendo una identidad de propósitos con el bienestar del niño –que no se notó en el caso del remolcador Trece de Marzo, al que mandó hundir en 1993 con una docena de niños a bordo– Castro manejó el tema como una cuestión de Estado.

En resumen, Gabo y Fidel. El paisaje de una amistad es un libro desmitificador, un libro que deshuesa a dos figuras importantes del espectro político y literario latinoamericano, y que a pesar de los años transcurridos desde su publicación (2004), merece aún leerse.

Freddy Molina Casusol
Lima, 31 de agosto de 2012

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...