
Freddy Molina Casusol
Lima, 5 de noviembre de 2009
CADA VEZ que leo La Primera tengo la impresión que el país está al borde del caos, que todo marcha mal y que en cualquier momento el gobierno va a ser derribado. Para La Primera, diario que ocupa el espectro político que décadas atrás dejara El diario de marka, nada funciona bien, todo es un desastre y los TLC que firma el Perú con el resto de países del mundo, merecen ser observados de antemano por ser sospechosos de lesionar los intereses nacionales. La Primera, un diario que sigue los lineamientos de César Lévano, periodista de filiación marxista-leninista, quien en el invierno de su vida ha encontrado el lugar adecuado para expresar su descontento con el sistema económico liberal, apuesta por una oposición dura. Sus editoriales, cargados de críticas y denuncias en contra del Estado, disfrazan esa vieja consigna leninista de agudizar las contradicciones punzando en el descontento de la gente, para así encarrilarla sutilmente hacía un terreno peligroso –que no aclara bien, pero que se parece mucho a uno que cruzó alguna vez la Rusia bolchevique en 1917 y la Cuba de Fidel Castro en 1959–.
En las páginas de La Primera uno puede encontrar como columnistas a Ricardo Letts, fervoroso creyente de la insurgencia y la lucha armada para tomar el poder; a Tomás Borge, actual embajador de Nicaragua en el Perú y ex guerrillero sandinista; y a César Hildebrandt, un periodista antes ponderado y ahora ganado por sus excesos verbales que le han hecho perder audiencia en la opinión pública.
La línea de La Primera, antagónica a la del gobierno socialdemócrata del Apra, es nacionalista, izquierdista y defensora de las causas sociales. Así se la podría definir a partir de la lectura de sus diferentes secciones.
En el conflicto ocurrido en la zona amazónica de Bagua, La Primera destacó en sus titulares y páginas interiores todo lo relacionado a los levantamientos, paralizaciones y toma de carreteras, presentando al Ejecutivo como incapaz de solucionar y escuchar el punto de vista de la población en relación a dos decretos supremos que supuestamente lesionaban los intereses de la Amazonía Peruana. El diario se las arregló para mostrar una sola cara de la moneda, disminuyendo o devaluando todo tipo de información que condujera a un tipo de solución pacífica. Un ejemplo de ello es el suplemento publicado el 29 de junio (“Bagua: la otra verdad). En éste se consigna sólo la versión de uno de los bandos en contienda: la de los nativos Awajún. La de los compañeros de los policías degollados –cuyos cuerpos sanguinolientos llenaron de horror las pantallas de televisión– no existió en la mente del redactor, limitándose éste a presentar el hecho desde el ángulo que mejor podía explotar el medio: el del minar la credibilidad del gobierno.
Por la ruta de Chávez
Para La Primera, el país debería seguir –no lo dice abiertamente, pero es allí por donde apunta– la ruta de una Asamblea Constituyente, tal como lo han hecho Venezuela, Ecuador y Bolivia. El periódico se las ingenia para filtrar esta idea en la mente de los lectores a través del sesgo que le da a las noticias. La Primera alienta el proyecto liderado por el presidente venezolano Hugo Chávez, consistente en crear un bloque “bolivariano” para poner freno al “Imperio” –entiéndase los Estados Unidos– en América Latina. Para ello cada nación debe refundarse mediante la dación de una nueva Carta Magna aprobada en una Asamblea Constituyente, la cual debe eliminar todo residuo de iniciativa privada y libre mercado. Lo peligroso del asunto es que detrás de este modelo peligran las libertades de expresión e información, como ha quedado demostrado en Venezuela donde la disidencia es perseguida y la voluntad de Chávez convertida en ley debido a un poder judicial sometido a sus arrebatos.
Periodismo de denuncia, antisistema
Las denuncias de Raúl Wiener sobre los manejos turbios y negociados en el gobierno o los artículos de Zenón de Paz invitando, desde temas educativos, a la discusión de ideas, son dignos de atención. Pero todo aquel como Gonzalo García Nuñez, Sinesio López y Héctor Béjar –el otrora autor de Las guerrillas de 1965–, que diga que por las medidas del gobierno “nos estamos yendo al fondo del pozo”, es inmediatamente bien recibido.
El país necesita diarios de oposición que tengan una clara línea política, que fiscalicen y que ejerzan un tipo de crítica al sistema; pero no para destruirlo desde adentro como parece ser la intención de La Primera. Para eso existieron semanarios como Cambio –vocero encubierto del MRTA– o periódicos como El Diario –dirigido en su segunda etapa por el tristemente célebre Luis Arce Borja y portavoz de "Sendero Luminoso"–. Y ya sabemos cómo acabaron: en el descrédito y la más completa orfandad de lectores.
Freddy Molina Casusol
Lima, 05 de agosto de 2009
Hipótesis 1: “García Márquez le quiso
robar la mujer a Vargas Llosa”.
Esta hipótesis fue la primera que apareció en los cables de
las agencias periodísticas que reseñaron el incidente. La agencia de noticias
EFE, en su despacho del 13 de febrero de 1976, decía:
“El móvil de la pelea, no podía ser para menos: las faldas.
Un asunto de faldas que, al parecer, provocó García Márquez cuando, en
Barcelona, intentó una aproximación a la mujer de Vargas Llosa”[viii].
Esta hipótesis no resiste análisis. No aporta prueba alguna.
Es una suposición, una especulación que rondó por la mente de los periodistas,
bastante propensos a dejar volar, tanto como el público lector, la imaginación.
Hipótesis 2: “Vargas Llosa estaba ofuscado por las posiciones
políticas de izquierda de García Márquez y disimuló su enojo tomando como
pretexto lo que supuestamente el Gabo «le había hecho a Patricia en Barcelona»”.
Esto ha sido sostenido por Francisco Igartua. Pero ha sido el
propio Vargas Llosa, quien, en la referida entrevista que le hizo Beto Ortiz,
ha expresado enfáticamente que: “Lo que ha dicho Igartua es falso”.
Además, para que no queden dudas, ha aclarado que “.... el
distanciamiento con él (con García Márquez) se debió a una cuestión personal,
fundamentalmente, que no tiene nada que ver con su posición ideológica, de la
cual discrepo también profundamente, porque creo que, políticamente, García
Márquez no es de ninguna manera el buen escritor que es de literatura.”[ix]
Queda, pues, para explicar el confuso incidente de 1976, la tercera hipótesis:
Hipótesis 3: “Vargas
Llosa se dejó llevar por la ira al enterarse que García Márquez y su mujer le
habían aconsejado a su esposa Patricia separarse de él, debido a que éste
sostenía un tórrido romance con una modelo norteamericana en Finlandia” (otra
versión que circula indica que era una joven sueca).
Esta hipótesis fue expuesta en un artículo por el periodista
Juan Gossain del diario “El Heraldo” de Barranquilla[x]. Es verdad que Gossain no señaló cuál era el
nombre de la referida modelo y no aportó, como en el primer caso, prueba
alguna. Pero pensamos que lo que conjeturó, es lo que más se acerca a la verdad.
La agencia Associated Press (AP) reprodujo parte del artículo
de este periodista, quien escribió que la mujer de Vargas Llosa hizo caso a los
consejos de los García Márquez y que cuando éste se enteró de todo, “montó en
cólera”[xi].
Eso quiere decir que Vargas Llosa, llevado por el enojo
extremo, esperó el momento oportuno, que se le presentó con la exhibición del
film “Odisea en los Andes”, para desquitarse de lo que consideró una afrenta a
su matrimonio.
Vargas Llosa, asimismo, habría tramado el encuentro entre los
dos para vengarse. García Márquez, en conversación telefónica con un redactor
del diario “El Espectador”, dijo que “... el director de cine chileno Miguel
Littin lo había invitado a sugerencia de Vargas Llosa porque hacía tiempo que
no se veían y esa era una buena oportunidad, de lo que se desprende que el
peruano lo hizo con premeditación”[xii].
Esto último es posible. De que Vargas Llosa haya provocado el
encuentro deliberadamente, es posible. Hay que recordar que Jaime Bayly, en su
columna publicada en el diario “Correo” de Lima, relató que el escritor,
molesto por la deserción de su hijo Alvaro de la prestigiosa universidad de
Princeton para trabajar como periodista en Lima, pactó una cita con éste en el
parque de Miraflores, la cual terminó con el ojo morado del hijo mayor del
escritor.
Cuenta Bayly:
“Alvaro terminó asilado en casa de Fernando de Szyslo, amigo
de la familia. Cierta tarde, Mario lo citó en el parque de Miraflores para
convencerlo de regresar a Princeton. Alvaro volvió a La Prensa con un ojo
morado. Mario le había dado un puñete.”[xiii]
O sea, ya hay un antecedente de las iras del novelista que
abonan la tesis de que el escritor se deja a veces ganar por la furia. Esto habría ocurrido en el caso de García Márquez.
Las consecuencias de un
puñetazo
ESTE libro es una prolongación de Mito y verdad de los
diarios de Lima (Editorial Gráfica Labor, 1972) –ensayo que no ha sido vuelto a
reeditar por razones que no se han hecho conocidas, pero que sospechamos están
relacionadas al tono velasquista con que fue concebido– y La prensa sensacionalista
en el Perú (Fondo Editorial de la Universidad Católica, 2000).
Juan Gargurevich Regal (Mollendo, 1934), el autor de
éste y los otros trabajos arriba mencionados, es un periodista que escribe con
soltura y fluidez –sus recientes columnas en “La Primera” lo pueden
atestiguar–.
Gargurevich no es un Lorenzo Gomis que ha planteado
una teoría del periodismo, ni tampoco un Armand Mattelart que revolucionó en su
momento la investigación en la comunicación desde la perspectiva crítica
marxista, y menos aún una Rosa María Alfaro –quien sí ha hecho investigación de
medios–.
Él es un excelente redactor perteneciente a la vieja
escuela de periodistas que se hizo en la calle en la década de los cincuenta, y
un buen difusor de las ideas de otros.
No es gratuito que lo mejor de su producción –el antes
mencionado Mito y verdad y otro dedicado al joven periodista Vargas Llosa en
“La Crónica”– se encuentre precisamente ubicada en ese periodo: es el que mejor
conoce.
Sus publicaciones son un esfuerzo de recopilación y almacenamiento
de datos, en los que se pueden escuchar las voces de Basadre, Jacques Kayser,
Fraser Bond, Porras Barrenechea y otros, a quienes ha leído y presentado bien
en sus textos sobre historia del periodismo.
En Última hora. La fundación de un diario popular
(Ediciones La Voz, 2005), Gargurevich ha recogido el hilo dejado suspendido en
Mito y verdad, cuando cuenta parte de la historia del famoso titular “Chinos
como cancha en el paralelo 38”, convertido ahora en leyenda del periodismo
peruano.
El autor recorre una serie de episodios y personajes
que marcaron época en el país a inicios del siglo pasado: la asunción del Apra
en el espectro político, la guerra de Corea de 1950, la vida azarosa de Eudocio
Ravines, los apremios de Pedro Beltrán en el lanzamiento de “La Prensa”, la
aparición de Dámaso Pérez Prado y los contoneos de las vedettes Betty di Roma,
Mara y Anakaona, ilustres desconocidas para la generación actual, pero que por
esas fechas despertaban la libido de la juventud limeña.
Gargurevich escribe con una pluma cargada de color y
vivacidad y como testigo ocular de estos acontecimientos.
Lo novedoso en Última hora es la propuesta de dividir
a los periodistas de antaño en generaciones, partiendo para ello del año 1903
hasta llegar a 1949 y 1950, año de la aparición de “Última hora”.
El autor encuentra hasta cuatro generaciones que ha
identificado como: Grupo de La Prensa, Grupo de La Tribuna, Grupo de El Tiempo
y Grupo Última hora (que tuvo vigencia hasta 1968, año del golpe militar de
Velasco Alvarado).
Este esfuerzo por reagrupar a los hombres de prensa en
periodos de tiempo, da cuenta de la preocupación de Gargurevich por
sistematizar esta etapa del periodismo nacional.
Cuando, finalmente, toque juzgarse el conjunto de su
obra –La historia de la prensa peruana, Introducción a los medios de
Comunicación en el Perú, CIA y periodismo y otros títulos que han sido
referentes para los estudiantes de periodismo–, se debe recordar lo que dijo
García Márquez a Vargas Llosa respecto a los abuelos de la literatura
costumbrista: que han removido bien la tierra para que otros, los que vengan,
la puedan sembrar más fácilmente. Así se debe evaluar la producción de este
buen exponente de la generación periodística de los 50, que es Juan
Gargurevich: como perteneciente a la de un abuelo del periodismo peruano.
LO ENCONTRÉ en un puesto
de periódicos entre las avenidas Universitaria y Venezuela, y me fui caminando
con él hasta llegar al cruce de las avenidas Perú y Bella Unión. Cuando
despegué los ojos de sus líneas, ya tenía avanzado más de dos tercios de su
contenido. Así de envolvente resultó su lectura. Hasta ese instante yo pensaba
que Beto Ortiz había sido el único en capturar en un artículo esa etapa del escritor.
Hasta ese instante, nomás. Al amigo que visitaba en el cruce de esas avenidas
de San Martín de Porres donde detuve mi lectura, le dije, en tono, recuerdo,
entre extasiado y eufórico, y blandiendo el texto entre mis manos, que ese
libro, de un autor para mí, en ese entonces, aún desconocido, había hecho lo
que muchos admiradores del escritor Vargas Llosa hubieran querido hacer:
descorrer el velo que cubría la identidad de los personajes de sus novelas.
Sergio Vilela Galván, un joven estudiante de periodismo, tuvo el honor, en una
travesía de investigación que lo llevó hasta Francia, de revelar la historia
oculta y secreta del cadete más famoso del Colegio Militar Leoncio Prado y de
su novela La ciudad y los perros.
Vilela planeó su proeza en el curso de periodismo literario del profesor Julio
Villanueva Chang. Desde allí soñó, imaginó y reconstruyó en su mente La
Prevención del colegio. Además, fue el primero en rebuscar en los recuerdos de
Víctor Flores Fiol, Max Silva Tuesta, Herbert Moebius, Aurelio Landaure,
Enrique Morey y Luis Valderrama, es decir de los integrantes de la sétima
promoción de la cual egresó Vargas Llosa, para tomar el material que necesitaba
y plasmar el borrador inicial de su futuro libro. El joven Vilela, además, en
largas entrevistas que le concedió en su casa de Barranco, removió la memoria
del escritor, revisó archivos de calificaciones y tomó notas de quienes lo
conocieron por esos años. Es decir, fue a fondo, tomándose muy en serio lo que
hacía. Y nunca se dio por vencido en su búsqueda de nuevos datos que
alimentaran su historia, ni cuando en el Encuentro Internacional de Pau-Tarbes
dedicado a la obra de Vargas Llosa, el peruanista Roland Forgues le dijera que
por ningún motivo podía entrevistarlo. En otras palabras, tenía la garra del
que lucha por hacer un buen reportaje, conseguir una primicia. Como buen
discípulo aprovechado de Vargas Llosa, Vilela, tras descubrir las identidades
cubiertas por la ficción de El Jaguar, El Esclavo y el Poeta, que crearon un
punto de suspenso en su relato por el carácter inédito de la revelación,
organiza con destreza el final intercalando el pasado y presente con el
escritor –a quien le hacía la última entrevista para el libro–, con el uso de
la técnica de las historias paralelas o vasos comunicantes, para dar el efecto
de retardo y manejo del tiempo propios del narrador que conoce bien su oficio.
He leído y releído El cadete Vargas Llosa
(Editorial Planeta, 2003) cuatro veces. La última para escribir estas líneas. Y
en todas he disfrutado de principio a fin el relato. He gozado y reído con las
historias de Lola Flores y el profesor Mendoza, y he leído con asombro y
desconcierto la confesión del cadete escudado en el anonimato quejándose con el
joven Vilela de La ciudad y los perros, y exigiendo, casi cuarenta años después
de escrita, que Mario Vargas Llosa se rectifique por lo que considera un daño
hecho al colegio. Dudo mucho, por último, que el autor de El cadete Vargas Llosa vuelva reeditar una perfomance de tan
magníficas proporciones. Pero si el destino y las musas me contradijeran en un
futuro cercano, sería un placer perder una apuesta con Toño Angulo, amigo de
Vilela, al respecto. Sí, sería sumamente placentero.
Freddy Molina Casusol
Lima, 9 de mayo de 2009
CREO que fue Rosa María Palacios la que dijo que se había tirado un balazo en el pie por la publicación de su libro.
Beto
Ortiz escribe de las mil maravillas, mejor que Bayly incluso.
Bukowski
y Henry Miller, quienes hicieron de la miseria de sus vidas un arte, han sido
sus maestros.
La
confesión pública de sus pecados carnales más “el periodismo es una basura”, han
sido la fórmula de su éxito.
Esto
es un periodismo beat; es decir, un periodismo que dista mucho del que se enseña en
las universidades e institutos a los que los sacrificados padres mandan a sus
hijos para aprender el oficio.
Una cámara que filma, dizque, a un ahorcado –que no era sino un trabajador del canal que se presta al juego de una periodista, que esa noche tiene que presentar un reportaje y no tiene la imagen del occiso–; un periodista famoso que, en un hotelucho de mala muerte, se mete en un hilo de coca para salir de la depresión (en la que se hunde más cuando descubre, por casualidad, que su ex flaca es ahora una actriz porno de un canal de cable); un aprendiz de periodista sodomizado por su maestro y su pareja, un “pirañita” de la calle; y un periodista vejete que muere por hacerle “un oral” a los jovencitos que llegan a practicar a un diario de alcurnia.
Esa es la pobreza del medio.
Todo esto es lo que nos muestra Beto Ortiz. Todo es “bamba” y al mismo tiempo todo es realidad en Maldita Ternura, su libro.
Si la exhibición de las partes íntimas es una forma de perversión, aquí no lo es. Porque Ortiz ha preferido la presentación generosa de su pudibunda verdad a mantener el orden establecido, el no rompan filas. Su técnica: diálogos cortos, notas de prensa ficticias asesinando a su fiel enemiga, La Cuerva –ergo, Magaly Medina–, intercaladas con párrafos largos y un collage, casi al final, de cartas de ida y vuelta con sus amantes fortuitos –siempre masculinos–, es efectiva.
Buena, Beto, te pasaste pal Cusco, tu vida con Galletita, El General y Kike Teresa y otras pulgas, funciona, le interesa a la gente.
El periodismo televisivo peruano es así, no te engañes, calichín: destemplado, deslenguado, cuchillero. Por lo menos, el de la esquina de la televisión, que todos conocen, se edifica de esa manera, sobre los hombros de El Serrano Lara, las miasmas de Johnny Sánchez Sierra y las falsas polleras de La Chola Chabuca –mejor los identificamos, ¿no?, qué más da–.
Ortiz recoge las interjecciones de la calle,
los sonidos de los bajos fondos. Tiene un oído aguzado, súper fino. Es
impresionante la cantidad de lenguaje “canero” que colecciona. Se nota que sabe
usarla, que forma parte de su léxico bacán y, sobre todo, la “lleca”–calle– le ha
enseñado como administrarla, mejor dicho, desenvainarla. Ahora se entiende como
saca la chaira con Hildebrandt y lo deja mudo en los dimes y diretes desde el
diario donde escribe. (Te vengaste bien de El Enano, lo llamaste el mastín más
fiero de la perrera y mostraste un chihuahua a la platea. Bien, Ortiz, lo
dejaste chiquito a Ampuero).
Siglos
de entrenamiento en los huecos de Cárcamo y los cráteres pástrulos de la
avenida Wilson –de donde sacó al Taca Taca y al Sicópata–, le han dado la
destreza necesaria para batirse a duelo con el más pintado de la prensa
nacional. Prensa que, por devaluada y subdesarrollada, va camino a la extinción
ahora en las manos de Genaro Delgado Parker.
Beto
Ortiz, al igual que los videos de Montesinos, nos ha hecho el favor de
descubrirla, de hurgar en sus miserias, de explorarla en su pobreza de espíritu
a través de su propio drama personal.
Hay
que agradecerle, luego de leerlo, que el estudiante de periodismo exorcise sus
ilusiones por ser un Carl Bernstein o Bob Woodward. Algo bueno nacerá de esta
masacre, de esta crucifixión y empalamiento –con visos de tortura– que ha
publicado Alfaguara. Excelente libro, hay que aplaudir al autor por su valentía
y, en especial, por contarnos su verdad, la obscena verdad que pasea desnuda en
las salas de redacción.
Freddy Molina Casusol
Lima, 5 de mayo de 2009
ME DIJERON que fue publicado como una respuesta política al libro de Toño Angulo, Llámalo amor, si quieres. Pero no creo. Yo creo que intentaron utilizarlo como un boomerang para contrarrestar el efecto que podría haber provocado la idea deslizada por Angulo sobre la supuesta homosexualidad del líder del Apra. Además ya estaba en preparación desde hacía cuatro años atrás y uno de los borradores benefició para una de sus historias, precisamente la de Haya de la Torre, al libro del primero. No termino de leerlo y pienso que a su autora le ha ocurrido lo que a las mujeres de su libro: ha sido silenciada por nuestra república de las letras. Es decir, no se le ha hecho justicia. Porque el libro de María Luz Díaz, Las mujeres de Haya (Editorial Planeta, 2007), es un importante trabajo de investigación periodística que recrea con unas palabras como traídas del viento, la participación abnegada de las feminas que aparecieron en la vida de Haya de la Torre, mientras éste se esforzaba en construir un partido de ascendencia popular como era el Apra. En muchos aspectos superior a Llámalo amor, si quieres –con el cual tiene una conexión temática–, que se deja notar en la profusión de las notas al final de cada capítulo, las cuales advierten de la preocupación de su autora por la búsqueda de información, y, sobre todo, en la prosa que aflora cadenciosa y segura, a diferencia de la de Toño Angulo, a quien, aun reconociéndole sus innegables méritos como narrador, en varios pasajes de su obra transmite a sus lectores la sensación del apuro del cierre de edición. De las ocho historias que ha contado María Luz Díaz la más fascinante es la de María Luisa García Montero. Está al final del texto, y me he salteado las que la anteceden porque su foto y su belleza salvaje son subyugantes. Es como la imaginaba cuando leía el libro de Angulo –a quien Díaz acusa de inexactitud en el retrato–, de una hermosura atrevida y sensual. Así se la puede apreciar en Las mujeres de Haya: con el cabello negro azabache recogido al estilo de la época y unas cejas estilizadas, bastante bien marcadas, que denotan una personalidad libre y decidida. Le sigue una sonrisa coqueta invitando a la aventura, y una tez morena que podría competir con facilidad con la de cualquier rostro femenino de Hollywood. La autora de Las mujeres de Haya, de otro lado, desautoriza en su libro a Guillermo Thorndike, que, cediendo a su característica vena sensacionalista, ha filtrado en su trabajo El año de la barbarie. Perú 1932, la leyenda de un Haya enamorado de las mujeres que conoció. Este fue el caso de Ana Billinghurst. Luz Díaz ha demostrado que no hubo amor entre ambos y pone en evidencia la falta de rigor histórico de Thorndike.
Tan interesante como el de Sergio Vilela –El cadete Vargas Llosa–, pero con diferentes ritmos de narración (el uno ganado por la pasión de la juventud y la otra atrapada por la tersa calma de una línea trabajosamente elaborada), Las mujeres de Haya comparte el hecho con El cadete Vargas Llosa de haber surgido del taller de periodismo literario de Julio Villanueva Chang, convertido, desde la universidad privada donde enseña, en mentor para sus jóvenes discípulos.
Un libro, en
suma, que ayuda a conocer, a través de su vida íntima y personal, a Víctor Raúl
Haya de la Torre, un personaje de la política peruana, odiado en su momento por
la clase dirigente que vio un peligro su ascenso al poder y, al mismo tiempo,
amado por sus seguidores que veían en él a un redentor.
Freddy Molina Casusol
Lima, 3 de mayo de 2009
Venciendo un prejuicio alimentado por
declaraciones del escritor Mario Vargas Llosa respecto a las cualidades
literarias de la obra escrita por su ex mujer Julia Urquidi, Lo
que Varguitas no dijo[1]que sirve de continuación y respuesta a La tía julia y el escribidor,
resolvimos adquirir la obra para salir de la duda.
El bicho de la curiosidad y unas cuantas horas
nos bastaron para recorrer sus trescientas páginas delineadas en una prosa
ajena a cualquier pretensión estilística, como bien advierte la autora en el
prólogo, jaloneando su lectura sentimientos de ternura, extrañeza y desgarro
muchas de las veces.
Mostrada en los ojos de Urquidi los apuros de
esta eventual pareja, nos recordó en algún momento su lectura el sentido
testimonio de Matilde Urrutia en Mi vida junto a Pablo Neruda (Seix Barral, 1987), libro de memorias que recuerda su
vida al lado del afamado poeta chileno.
Aunque con procesos y desenlaces desiguales
encontramos puntos de coincidencia y conexión en estas dos mujeres en el
sentido del respaldo y la entrega por secundar las carreras literarias de sus
esposos en momentos críticos y de aflicción.
Una de las lecciones que nos brinda el libro de
Urquidi está relacionada a esa singular especie humana, a ese becerro de oro
dotado de la facultad de hacer fuegos artificiales con la palabra y calificado
por las musas para cincelar frases, sueños y odios de las gentes, llamado con
solemnidad escritor, y que como cualquier imperfecto miembro del género
pensante se compone también de egoísmos, iras y neurosis.
Por ello el mérito del libro es el de
desmitificar idealizaciones apresuradas y entusiasmos desentonados para
presentarnos en su desnudez adanica al creador y al medio en que se encuentra
atado en la producción de sus ideas, interpolándolas y fusionándolas en un
contexto de vida en común.
Con su carácter intimista el libro nos invita a
descorrer un tanto el velo impreso en el inconsciente del novelista y sus
famosos “demonios interiores”, los cuales danzan alrededor del fuego atizado
por las aprensiones espirituales, oscilantes entre el amor y desamor conyugal.
Urquidi Illanes al final de esta obra consigue
en una terapia de liberación catártica desentenderse –no sin resentimientos ni
juicios antelados difíciles de esquivar– de su compañero de ruta, para dar salida
a sus propios demonios que atropelladamente se proyectaron luego de veintiocho
años de encerrona franciscana.
No faltará sin duda quienes acentuarán
seguramente en una visión voyeurista y aguzarán el oído para el comadreo
subterráneo y dócil del cuchicheo sonrosado; pero, para nosotros, no son sino
los recuerdos sinceros y descarnados de una mujer que supo en su marasmo
interior desprenderse del joven transformado en adulto para transportar y
entregar a las musas un escritor.
Freddy Molina
Casusol
Junio de 1992
[1] Juan José Armas Marcelo, biografo de Mario Vargas Llosa –no el
mejor, se espera uno menos deslumbrado con el aura de su biografiado– ha
revelado en Vargas Llosa. El vicio de escribir (Editorial
Norma S.A., 1991) que Julia Urquidi habría recibido la ayuda de un tercero –no
se sabe quién es– para escribir su libro y de que la versión boliviana que se
conoce actualmente no se asemejaría a la que a él se ofreció para ser publicada
en el sello editorial de Argos Vergara, del cual era director literario. Según
Armas Marcelo, quien recoge el testimonio del agente literario, escritor y
periodista Ramón Serrano, esta versión –escrita por el novelista español
Enrique Cerdán Tato– no vio la luz porque la Urquidi no se sintió satisfecha
con el resultado y ese manuscrito todavía estaría en poder de ella. De ser así
existirían dos Lo que Varguitas no dijo. La que comentamos aquí
corresponde a la primera versión que, con seguridad, nació con la asistencia de
un desconocido (Junio de 1999).
*Para ver más sobre Julia Urquidi, leer la nota de Raúl Mendoza Tume: "Adiós a la tía Julia"
Es un hombre campechano, de palabras sencillas, nada intelectual. Luis Izquierdo Vázquez proviene de una familia numerosa de la selva que vi...