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| Foto: Casa de la Literatura |
Lima, 18 de julio de 2011
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Freddy Molina Casusol
Lima, 14 de julio de
2011
FUE PINTADO en
los años ochenta cuando los grupos de izquierda en San Marcos tenían la
hegemonía política en el campus universitario. Exactamente en 1986, si
atendemos la fecha que reza en el interior del recuadro que reproduce una
conocida frase de Vallejo: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Pero,
estrictamente, no se puede saber cuándo. El asunto es que el mural del segundo
piso de la Facultad de Letras fue hecho cuando Educación era huésped en su
pabellón. Sus alumnos, inficionados por la ideología
marxista-leninista-maoísta, con seguridad, alentaron su creación. San Marcos,
hay que recordarlo, fue en los setenta “un templo de Mao Tse Tung”[1]. El mural, aunque consumado en otro período, se
inscribe, dentro de esta concepción. Sin recibir mantenimiento alguno durante
un cuarto de siglo, en febrero de este año ha sido restaurado. Una nueva capa
de pintura ha vuelto a la vida aquellos rostros y escenarios que, ocultos y
sombríos, yacían adormecidos en su interior. Tras las labores de restauración,
el simbolismo que encierra el Mural está de nuevo a la vista de los estudiantes
y curiosos que se detienen a observarlo. Aunque no se puede descartar la
posibilidad de que él o los encargados de la restauración hayan hecho algunas
modificaciones, aprovechando el grado de deterioro en que se encontraba, lo
importante es que, al parecer, la mayoría de trazos originales ha sido
respetado. En las siguientes líneas ofrecemos las apreciaciones surgidas luego
de varios días de observación del mismo.

El mural
El mural, como ya lo hemos expresado líneas arriba, ocupa el
segundo piso de la Facultad de Letras. Representa toda una alegoría del
advenimiento de una sociedad comunista. Se puede apreciar muchas imágenes que
avisan de su llegada. La que representa a una masa de gente en movimiento
mirando la luz de la alborada, y que marca poderosamente la composición del
cuadro, es un ejemplo de lo anterior. En la parte inferior derecha, se puede
ver lo que representaría, para un marxista ortodoxo, la burguesía, la clase
explotadora y el imperialismo expoliador. Allí se puede observar a un personaje
trajeado como el Tío Sam representándolo. Cerca de él está una mujer pelirroja,
vestida con un traje holgado e insinuante. Del cuello de esta mujer pende un
collar de perlas, indicativo de su extracción social: pudiente. La acompaña un
hombre delgado, de tez blanca y con inconfundibles lentes Ray ban. Este hombre
cubierto con una camisa de verano, fumando un cigarro –o quizás opio–,
representa a los ricos, quienes, ignorando las necesidades del pueblo, se
entregan a la diversión y al desenfreno. Al lado de ellos se puede apreciar
también a un hombre mestizo –reconocible por el color mate de la piel–
aferrándose a una botella de licor. Y un poco más allá hay otro que, cual
Sodoma y Gomorra, aparece en los brazos de una mujer blanca, una prostituta, a
quien ha pagado con un dinero que se halla regado cerca. Próximo a este
escenario, al lado izquierdo, se ve una situación de enfrentamiento que más
adelante analizaremos. Estas dos polaridades en conflicto reflejan la sociedad
peruana, el “zorro de arriba” y el “zorro de abajo” de los que hablaba
Arguedas, si es que vale la pena forzar la expresión arguediana. El mural,
pues, es un gran fresco donde se establece la lucha de clases, las cruentas
oposiciones entre la burguesía y el proletariado, donde el amanecer socialista
está a la vista de las masas rebeldes y empobrecidas que no tienen nada que
perder derribando el viejo orden capitalista.

El rostro del intelectual
Entre los múltiples rostros que aparecen en el Mural, hay uno que despierta la atención. Es el que corresponde a un hombre de aspecto intelectual que usa lentes y porta en un brazo dos libros y un rollo de papel. Su apariencia trae el recuerdo de la importancia de la educación para algunas facciones de izquierda, que piensan que a través de ella el pueblo puede superar su estado de ignorancia. El libro de Carlos Iván Degregori, El surgimiento de Sendero Luminoso, precisamente, trata de esto, de la relevancia de educación en los sectores rurales para ascender en la escala social. De esta manera se puede entender por qué ciertas agrupaciones de izquierda como “Patria Roja” –cuyo ascendiente en la Facultad de Educación (donde se gestó el mural) fue evidente–, han procurado tener injerencia en la formación de los maestros. Conocedores del poder de la instrucción pública sobre el conjunto de la sociedad, han buscado siempre ubicar sus “cuadros” políticos e intelectuales en el magisterio. La imagen, por otra parte, guarda un lejano parecido con el historiador peruano Alberto Flores Galindo (recordemos que a mediados de los 80, la ascendencia de Flores Galindo en partidos de izquierda como el PUM –Partido Unificado Mariateguista– era detectable, así que no debe sorprender que el muralista haya dejado trazada esa influencia –si así lo fue– en su trabajo). Inicialmente, conjeturamos, que era Mariátegui, pero el rostro del pensador socialista peruano no calzaba bien con el boceto de la imagen. Este intelectual de rasgos mestizos, asimismo, está acompañado de una mujer –su esposa, al parecer– que envuelve en un abrazo protector a sus dos hijos. La mujer, cuya rudeza se puede reparar en la contextura de sus brazos, rodea maternalmente a sus vástagos con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo en alto denota la grandeza, el logro de alcanzar la ansiada sociedad comunista donde la humanidad conseguirá su plena realización.

La campesina y el desaparecido
La Estela de Chavín
Si se analiza
el mural en forma de composición en cruz (o como un cuadrado semiótico),
tenemos que las representaciones expuestas en el extremo superior izquierdo se
oponen a las que figuran en el extremo inferior derecho. La estela de Chavín,
el microscopio, el sikuri, el charango y el árbol representan sucesivamente la
tradición y la perennidad del conocimiento andino. Estos están en oposición a
la opulencia, el lujo, el desenfreno y el boato de las clases pudientes, cuyos
símbolos, el Regatas y el Sheraton, caminan a la decadencia. La estela
representaría la cultura ancestral, la raíz de los antiguos peruanos. Esta
parte del mural está acompañado de la imagen de un hombre con su hijo, a quien
está enseñando a escribir. Debajo de ésta se puede leer la manida frase de
Vallejo: “Hay hermanos muchísimo que hacer”. Esto reafirma la idea expresada
anteriormente: que es por la vía de la educación que el pueblo encontrará su
liberación. Las clases explotadas (campesinos y trabajadores) no volverán a ser
subyugadas cuando tengan la educación que la clase explotadora les niega. Ese
es el mensaje. Lo colectivo, y no lo individual, tiene un claro predominio en
el mural: son las masas las que hacen la historia y no “los héroes” de un
Carlyle. Para el comunismo, el individuo no puede estar por encima de lo
colectivo. Esto estaría reñido con las enseñanzas de Marx y sus seguidores: la
de una humanidad sin diferencias de clase. El mural, pues,
refleja esa convicción.
Los hijos de Cronos
DESDE 1999,
año en el que asumió el cargo, el presidente Hugo Chávez Frías ha venido
implementado en Venezuela una serie de políticas de estado, que han hecho
pensar a la opinión pública internacional que este país sigue los pasos del
modelo socialista cubano.
La asunción
de Chávez al poder se debe a varios de factores: por un lado, una oligarquía
que olvidó durante decenios al pueblo; y, por el otro, a un pueblo que, harto
de las promesas de los gobiernos sucesivos de Acción Democrática (AD) y el
Copei, quiso darle una oportunidad a aquel militar que buscó derrocar a Carlos
Andrés Pérez en 1992.
Pero doce
años en el poder desgastan. Aparecen opositores en el escenario político.
Rafael Uzcátegui, un sociólogo e intelectual anarquista egresado de la Universidad
Central de Venezuela, es uno de ellos. Él en su libro, Venezuela: La Revolución como espectáculo, plantea que hay un doble discurso en el presidente Chávez. Uno, dirigido a la platea, con el cual pretende congraciarse con el pueblo. Y otro, dirigido a las transnacionales, con las cuales, en teoría, es adversario acérrimo y con las que, en la práctica, gobierna el país.
Uzcátegui
discute dos conceptos que han circulado en el imaginario de América Latina
respecto al régimen chavista: que está realizando una serie de transformaciones
radicales en la sociedad venezolana con el propósito de establecer el
“socialismo del siglo XXI”, y que lo que allí existe es una dictadura comunista
que se está imponiendo por la fuerza. Estas dos percepciones, afirma, son falsas.
El autor
desgrana este doble discurso al mostrar las muy buenas relaciones que, por
debajo de la mesa, mantiene el presidente Chávez con las transnacionales
petroleras como Chevron –que ha llevado adelante el proyecto gasífero con
Colombia–, la cadena Mc Donald, y la aplicación del “capitalismo salvaje” al
estilo chino en las relaciones de trabajo en el caso de VETELCA (Venezolana de
Telecomunicaciones), empresa creada por el Estado para producir el primer
celular hecho por venezolanos, pero que irrespeta las condiciones mínimas de
trabajo de sus empleados.
Uzcategui,
para apuntalar sus afirmaciones, recuerda las palabras del embajador
norteamericano en Venezuela John Maisto, quien ha expresado lo siguiente: “No se
fijen en lo que dice Chávez, sino en lo que hace”.
El libro es,
al mismo tiempo, una crítica y una denuncia por la violación de los derechos
humanos, asesinatos, cometidos por el régimen chavista, que ha tenido entre sus
víctimas al videoactivista Mijail Martínez, un joven de 24 años, muerto a
balazos por dos sicarios en la ciudad de Barquisimeto.
Este
sociólogo venezolano presenta, por otra parte, a Noam Chomsky, el intelectual
norteamericano de izquierda, como un “vulgar propagandista”, “cuyas
afirmaciones acerca de la naturaleza antisistémica del actual gobierno
venezolano, elaboradas a kilómetros de distancia de los acontecimientos, son
absolutamente contradictorias con los señalamientos de diferentes
organizaciones revolucionarias y anticapitalistas locales venezolanas, en un
amplio espectro ideológico que va desde el marxismo-leninismo tradicional, el
guevarismo, el troskismo hasta el anarquismo”.
El autor de Venezuela: La Revolución como espectáculo señala asimismo que el régimen de Hugo Chávez, que tiene como una de sus columnas los círculos bolivarianos y los consejos comunales, no es dictatorial sino militarista. Para sostener esto último, remarca el énfasis que tiene el presidente venezolano en trasladar la concepción militar en sus relaciones con la sociedad.
Las Unidades
de Batalla Electoral (UBE), las milicias bolivarianas y la boina roja, son
puestos como ejemplos de cómo la estructura vertical y los símbolos propios de
los militares son implantados por el chavismo en la población.
Venezuela:
La Revolución como espectáculo de Rafael Uzcátegui puede leerse, finalmente, como una
relación de las iniquidades, engaños y duplicidades del gobierno de Chávez,
pero también como una lectura que sirve para despercudirnos de esa falsa idea
que ha sido propalada por los “socialistas del siglo XXI” en Venezuela: que
allí se está haciendo una revolución por el pueblo y para el pueblo.
Freddy
Molina Casusol
Lima, 30 de mayo de 2011

ES el primer esfuerzo
serio –desde la perspectiva peruana– por biografiar a Vargas Llosa. En la vasta
bibliografía sobre el escritor, el trabajo del español Juan José Armas Marcelo
–Vargas Llosa, el vicio de escribir– es el único que aborda de manera orgánica
su vida en relación a su obra literaria. Existen además los libros de Ricardo
Setti –Diálogo con Vargas Llosa– y el publicado por la UPC –Mario Vargas Llosa.
La vida en movimiento– que, aun siendo preparados como entrevistas, contienen
materiales para delinear una biografía. A estos se suma, por supuesto, la
recopilación de Jorge Coaguila –quien no hace poco ha hecho una nueva entrega
de su Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (Tierra nueva editores, 2010)
ampliándolas a quince más– y el exaltado libro de Sergio Vilela –El cadete
Vargas Llosa –que desde Enero cuenta con una nueva edición en Planeta–. No hay
que olvidar en este apretado recordatorio, el valioso estudio de los profesores
españoles Ángel Esteban y Ana Gallego –De Gabo a Mario– que intenta iluminar
ese aspecto poco claro en la vida del escritor: su abrupta ruptura con el
novelista colombiano Gabriel García Márquez. También, si se trata de armar el
itinerario vital del premio Nobel peruano, tenemos, obviamente, su propia voz
en El pez en el agua o el volumen dedicado a su obra lanzado por Ediciones de
Cultura Hispánica y el Instituto de Cooperación Iberoamericana –Semana de
autor. Mario Vargas Llosa–. Es decir, existen materiales dispersos que nos
pueden ayudar a reconstruir e interpretar la vida de Vargas Llosa, esto sin
contar –nos estábamos olvidando– las cartas del escritor dirigidas a Abelardo
Oquendo, publicadas en Hueso Húmero, cuando estaba en pleno proceso de
escritura de La ciudad y los perros y le asaltaban las dudas sobre la calidad
literaria de su primera novela. Por ello, este esfuerzo de Pamela Cueto y
Mariano Orozco por biografiar al escritor peruano debe ser aplaudido. Caminando
con las puntas de los pies sobre los temas controversiales –como el del primer
matrimonio de Vargas Llosa con Julia Urquidi o el puñetazo propinado a García
Márquez en México– y observando una estricta atención en los tópicos
literarios, MVLL. Biografía de un Nobel, debe entenderse como una primera
aproximación panorámica en la vida del Nobel peruano. Puntual y preciso, sin
pasarse de la raya trazada, se puede decir que este pequeño volumen de 94
páginas cumple con su objetivo: el de llegar, con una prosa no recargada, a la
mayor cantidad de gente interesada en la vida y obra del peruano más notable de
los últimos tiempos. El prólogo de César Silva Santisteban, dotado de la
levedad de la buena poesía que él cultiva, y la magnífica diagramación que
acompaña a los textos realizada por Mauro Zumaeta, confieren a esta edición
–ambiciosa– de treinta mil ejemplares, un carácter único, aquel que otorga el
placer de la lectura. La literatura, pues, otra vez está de fiesta, aquella que
se inició en octubre del año pasado y que gracias a este libro aún continúa
para deleite y felicidad de los admiradores del primer Nobel peruano, Mario
Vargas Llosa.
Freddy Molina Casusol
Lima, 19 de marzo de 2011
Cuando era un niño leí la
historia de Rikki-tikki-tavi, la mangosta que enfrentó a Nag, una cobra que
mataba mangostas como ella. Recuerdo cómo mi mente infantil fantaseaba y se
llenaba de imágenes cuando Rikki-tikki, agazapado en la hierba, con el lomo
arqueado y tenso y los pelos erizados, esperaba a Nag para pelear con ella. En
aquellos memorables combates, yo siempre me ponía de parte de Rikki-tikki
cuando Nag, intentando un golpe letal, quería aniquilarlo. Pero no, allí estaba
Rikki-tikki desafiante, parándose después de caer revolcado en la tierra y otra
vez luchando por su vida.
Este libro es producto de una locura, de una pasión por el mundo amazónico. No hablemos ya de la importancia del texto de Donald W. Lathrap, de por sí ya un clásico, sino de su gestor, Santiago Rivas Panduro, quien invirtiendo dinero y tiempo en esta aventura editorial soñó ver el libro de Lathrap traducido al español, para deleite y goce de los que solo lo podían leer a través de las respectivas ediciones en inglés y portugués. “¿Por qué The Upper Amazonas, se preguntaba hace más de diez años el joven Rivas, estudiante de Arqueología de San Marcos, no era publicado en español?”. Rivas no encontró una respuesta lógica a este enigma. Pensaría él, quizás, que el destino lo había puesto en el camino para emprender esta tarea: la de difundir la palabra escrita de Lathrap a todos los interesados en estudiar la selva amazónica. Casi enseguida se hundió en los papeles de este investigador norteamericano, que lanzó las primeras hipótesis sobre la evolución cultural de la Amazonía a través del estudio de los ceramios, y estableció los primeros contactos entre quienes podían coadyuvar con la edición en español, entre ellos el Dr. Richard Burger, amigo de Lathrap. Luego vinieron las arduas coordinaciones con quienes iban a ser los prologuistas del texto y quien iba a hacer la labor de traducción inicial del inglés, en este caso Lúcia Harumi. Todo esto fue un largo proceso de meses, de encuentros y desencuentros, de largas deliberaciones y consultas Pero los resultados saltan ahora allí a la vista. Una bella edición hecha de papel marfilado –ultra flexible para la comodidad de los lectores–, adornada con el rostro de una nativa sobre un fondo verde limón y naranja –que Donald W. Lathrap hubiera festejado en vida–, ha coronado el esfuerzo de Rivas, quien, arriesgando incluso su propia salud, ha desviado, según nos hemos enterado, dinero destinado para el tratamiento de una enfermedad que lo viene aquejando hace buen tiempo, para la realización de este sueño. Por ello, decíamos que este libro, sin bien es cierto pertenece íntegramente a Lathrap, es, en esta edición en español, el fruto de un apasionado, de alguien que cree en el poder de las palabras para cambiar el mundo, de un loco de esos que nunca faltan y nos recuerdan la emoción de vivir. Por último, no hay mejor homenaje para un escritor –cualquiera fuera la veta que lo alimente– que la de verse reconocido en las sucesivas reediciones de su obra. Este es uno de ellos.
Vargas Llosa ha creado en esta novela, Travesuras de la niña mala, el arquetipo de la mujer desleal y sin escrúpulos. “Lily, la chilenita”, al final, encuentra, después de tantas cabriolas en la vida, redención en los brazos de Ricardo, el único que la amó con desinterés. Empero, Vargas Llosa ya había boceteado una antiheroína de esas características en otra novela. ¿En cuál? En Lituma en los Andes, con Mechita, la chica del cantito piurano que fue ofrecida en prenda jugando a los dados en La Chunga, y que aparece y desaparece –dejándolo loco de amor– en la vida de Tomasito Carreño, el lugarteniente del cabo Lituma, en la mítica Naccos, escenario alejado y pedestre de los andes peruanos, donde se encuentra destacado. En Travesuras, el escritor escruta, como si fuera un tratado sobre el amor, los extraños vericuetos a los que conduce la pasión amorosa. Recuerda en esas fatalidades a las que somete a Ricardito, en su terco amor por la niña mala, las penas y decepciones retratadas en Justine o los infortunios de la virtud de Sade, que, como bien se sabe, recrea las desgracias y tristezas de su protagonista, Justine, quien –cándidamente– trata de enfrentar la vida siguiendo una correcta línea de conducta, pero que, a lo largo de una existencia plagada de contratiempos, crueldades y perversidades, es, a cada instante, desdecida para encumbrar otro modelo de vida en los que el arribismo, el tomar ventaja sobre los demás y la astucia son coronados con el éxito, los cuales, curiosamente, son encarnados por Juliette, su hermana mayor. Por otra parte, Vargas Llosa ha escrito una obra maestra, utilizando todos los artificios de la técnica literaria que él domina bien, para mantener en vilo a su lector. Si de él se dudaba, por ejemplo, que la cuestión erótica no era plenamente satisfactoria en obras como Elogio de la madrastra o Los cuadernos de don Rigoberto, esta vez el escritor demuestra, a través del dato escondido, el retardo del tiempo en el desarrollo de la acción ficticia y las elipsis, su destreza en este terreno. ¿Pero qué más hay en esta novela de Vargas Llosa? Hay el cumplimiento de un sueño, de un deseo. En alguna oportunidad el escritor peruano manifestó su anhelo de escribir una novela tomando como materia sus recuerdos parisinos. Si Travesuras de la niña mala, con el fondo de París, es aquella que imaginó, entonces ha cumplido con creces esa aspiración. Porque en ella se puede respirar las calles, los olores y los restaurantes de una ciudad que lo fue todo para Vargas Llosa cuando era un aprendiz de escritor y no pensaba ganar el premio Nobel. Asimismo, el final de Travesuras de una niña mala, es también un homenaje a la labor de creación de un escritor. Cuando la niña mala –o Lily la chilenita, la camarada Arlette, Mme. Robert Arnoux, Mrs. Richardson, la ex amante del japonés Fukuda y la que le robó el marido a Martine– le dice, al borde de la muerte y hecha un despojo humano, debido a la enfermedad terminal que la consumía lentamente, que la historia de amor de ambos era tema para una novela, el creador de la materia ficticia se engulle a sí mismo y termina descubriendo su raíz más íntima: la de ser un escritor. Una novela hecha, pues, por momentos, con pasión desbordante –y espléndidos toques de humor que desarrollan la línea trazada en Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia...– y que sólo un maestro del idioma como Vargas Llosa podía hacer.
Lima, 11 de enero del 2011
Combinación de “sexo” y “biografía”: Sexografías. Ese es el nombre que escogió Gabriela Wiener para este libro. Ella no aspira a convertirse con éste en una versión criolla de Alessandra Rampolla. Nada de eso. La Wiener aspira, tal vez, a ser nuestra Valérie Tasso –no la del Diario de una ninfómana, sino la de El otro lado del sexo–, desmenuzando los secretos de alcoba de las parejas homosexuales y heterosexuales. En estos reportajes que ha dado forma de libro ha entrevistado a Nacho Vidal, famoso actor porno español que eyaculó a sus pies (luego de mostrarle la mata de su vello púbico); a la temible Lady Monique de Nemours –retratada también por Tasso–, mistress dominadora de hombres, que flageló en público sus nalgas –lo cual pareció gustarle–; a Badani, que le enseñó que si una mujer no se moja allí abajo luego de cimbrear las caderas en una sensual danza árabe, es que no lo ha hecho bien. Y así por el estilo, Gabriela Wiener ha hecho un fresco de algunos personajes y escenarios que forman parte de la farándula del sexo. Ha tenido a unos cuantos centímetros a Rocco Siffredi, toda una autoridad en el arte de hacer gemir a una mujer en la cama; a un prontuariado delincuente en el penal de Lurigancho (que la hizo pasar por su novia y que para simular mejor el asunto la hizo bailar una salsa pegadita a él, en un pub instalado al interior de esta prisión); y el miembro de un gordito detrás de ella –y delante de su novio– en un conocido en un club swinger barcelonés. En todos estos relatos, salvo en alguno donde la sacaron a empellones –de un night club limeño– por quedarse paralizada en la barra al intentar emular a Demi Moore en Striptease, Gabriela Wiener ha caído bien parada. Dueña de un estilo libertino y provocador, procedente del llamado periodismo “gonzo” –aquel que se alimenta de la carroña de la sociedad y privilegia en la mesa de redacción lo subjetivo sobre lo objetivo en una nota periodística– la Wiener ha hecho de Sexografías –reunión de crónicas publicadas por aquí y por allá– un libro encantador; un libro que se lee con cierto placer mórbido y que ya es un referente escrito para cierto tipo de mujeres que viven una sexualidad sin prejuicios. Libro, hecho, pues, por una femina que tiene al diablo entre las piernas y que no tiene ningún temor de mostrar lo que hay debajo de su falda para deleite de algunos hombres que se sienten atraídos, también, por lo prohibido.LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...