sábado, 25 de julio de 2015

UNA NOTA SOBRE “YAWAR FIESTA”

EN MUCHOS aspectos Yawar Fiesta es una novela fallida. Ya lo han dicho estudiosos de Arguedas como Sara Castro Klaren (“mustia novelita”, de argumento “pobre y simple”) o Washington Delgado, quien en tono elusivo, como queriendo salvaguardar la imagen de Arguedas frente a sus críticos, expresa: “Yawar Fiesta (1941), desde el punto de vista narrativo no está plenamente lograda...”[1]. La novela, si uno revisa con detenimiento de principio a fin su estructura, los momentos de tensión y distensión (tenues y casi inexistentes), tiene partes añadidas que están sobrando. Esto no sólo lo decimos nosotros, sino que esa sensación de fatiga y modorra que se siente en su lectura, también los notó Castro Klaren quien señaló capítulos intrascendentes [2]. Si uno la compara con el conjunto de cuentos que la antecedió, Agua, encuentra que estos están mucho mejor escritos, que hay una técnica que se pone al servicio del contenido y que define mejor su objetivo. En cambio, Yawar Fiesta da la impresión que, en lo que los críticos han llamado “ensanchamiento del universo arguediano”, flaquea. No imaginamos viendo a Flaubert tratar de describir en dos capítulos artificiosamente añadidos a Madame Bovary la historia del pueblo de Rouen, donde se desarrolla las desventuras de Emma Bovary, para tratar de ubicar al lector en el contexto histórico geográfico de la obra, sin perjudicar, con su inclusión, el efecto de invisibilidad que quiso imprimir en su prosa. Así, pues, sentimos lo mismo con esos primeros capítulos, que, en el balance general, aparecen invasivos, perturbando y perjudicando la economía de la novela. Alberto Escobar ha dicho, en el sentido anterior, que Yawar Fiesta es inferior técnicamente a Warma Kuyay, uno de los cuentos de Agua. Esto lo dijo en el Primer Encuentro de Narradores peruanos de 1965. Sus palabras fueron las siguientes: “Si se compara por ejemplo “Warma Kuyay” con Yawar Fiesta, desde un punto de vista técnico, pese a que “Warma Kuyay”, es intuitivo, es técnicamente mucho más rico que Yawar Fiesta. Yawar Fiesta es completamente lineal, es completamente concepción de espacio y hombre del siglo XIX...”[3]. Escobar en esa oportunidad vio un problema en Arguedas para definir con felicidad, desde el punto de vista técnico, sus novelas (aunque después equilibra su juicio, señalando que el escritor no solamente es técnica sino también intuición). Lo observó, como se puede leer en su intervención en ese encuentro, en otra novela: El Sexto. Porque, retomando lo anterior, si se quería conocer los antecedentes del pueblo de Puquio y las características geográfico-históricas que la rodeaban, allá por los años cuarenta, para eso estaban los documentos antropológicos que informaban de ello; es más, el propio Arguedas dedicó parte de su obra a hacerlo conocido. ¿Para qué, entonces, cargar al lector con información que hace pesada e innecesariamente densa la lectura de Yawar Fiesta? ¿Por qué el escritor no optó por dejar sumergido en los pliegues de la novela la historia de Puquio, en vez de colocarla en un primer plano, desviando el foco de atención del lector de la historia principal? En conclusión, Yawar Fiesta arrastra una deficiencia de orden técnico a la hora de enhebrar su historia, lo cual hace que la novela, a pesar de los méritos que tiene en trasladar en el idioma inventado por el escritor el mundo quechua, se torne aburrida en el balance final.

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[1] Ver Historia de la Literatura Republicana, Washington Delgado, Ediciones Rikchay Perú No. 11, 2da. edición, Lima, junio de 1984, p. 139.
[2] “Por ejemplo, el capítulo que trata sobre la migración de los serranos a la costa no añade nada al argumento, puesto que el argumento bien podría pasar sin esa información. El capítulo que trata sobre el origen legendario del Misitu y la adoración que le profesan los Koñanis tampoco es necesario respecto al argumento... Gran parte del capítulo “La autoridad” tampoco adelanta mucho: endurece las posiciones de las fuerzas contendoras, confirma lo que está sucediendo y las circunstancias en que se encuentra la gente. Este es tal vez el más costumbrista de los capítulos. Muchos episodios son reminiscencias cuyo propósito es explicar la vida de Puquio y su estructura axiomática. Pero, como es sabido, no todo debe contribuir necesariamente al argumento, y así muchos de estos capítulos que no cumplen esa función sirven para otros fines. Tal es el caso de los capítulos que amplían la visión de la psicología colectiva del indio o sirven directamente a la tesis del libro.” Ver El mundo mágico de José María Arguedas, Sara Castro Klaren, 1era. edición, 1973, pp. 75-76.
[3] Ver Primer Encuentro de Narradores Peruanos 1965, Latinoamericana Editores, Segunda edición, Lima, 1986, p. 200.

viernes, 17 de julio de 2015

LAS MEMORIAS DE ABIMAEL

I

ESTAS memorias son un fiasco. Uno esperaba más, quizás revelaciones sobre los miembros de la cúpula senderista, algún hecho fuera de lo común o algún otro inesperado que muestre la personalidad íntima de Guzmán. Pero no. Apenas hay un atisbo de confesión, de abrirse al mundo, al inicio. (Abimael no cedió a la tentación “burguesa” de poner sobre la mesa el perfil de su humanidad). Luego, todo se vuelve plano, lineal. Justifica esa cerrazón a la sujeción que le impone la concepción comunista, aquella que le dice que su vida se diluye en la hechura social, en la lucha de clases. Vaya ardid el que usa el Presidente Gonzalo para sustraerse de su fuego interno. En esa hilacha de apertura que son las primeras páginas, el líder senderista hace gala de humor. Es un instante, pero lo hace. Rasga una página con la pluma y escribe, muy orgulloso de su origen, que nació en “La República Independiente de Arequipa”. Bien, camarada Gonzalo, ex quinta espada del marxismo, ya ve cómo no es difícil sonreírle a la vida. Eso es mucho mejor que lo que mandó a hacer en Lucanamarca y Tarata, ¿no es verdad?

Guzmán el día de su captura
II

En la segunda parte de estas memorias –que hacen brillar de lejos, por lo mal hechas que están, las escritas por Bryce y Vargas Llosa– el lector puede asistir de manera retrospectiva a las viejas discusiones de los sesenta protagonizadas por los bandos moscovitas y pekineses. Guzmán hurga en sus recuerdos y las revive con la intensidad de esos años. Suspendido en el tiempo las evoca.

III

El camarada Gonzalo quiere suplantar el análisis con la hipérbole. Para todo lo que significa destacar las luchas campesinas o movimientos populares, tiene remojada en los labios la expresión “más grande”. Ese tipo de artilugios puede engañar al seguidor obnubilado; pero no así al que está atento a los sofismas con los que mina su prosa. En Guzmán no hay un examen de la realidad del país –al que ha dedicado un fárrago de páginas– que sea la aplicación de un Marx de Miseria de la Filosofía o de un Engels en El papel del trabajo en la transformación del mono al hombre o el Anti-dürhing. Eso sería mucho pedir. En las memorias de Guzmán lo que hay es un calzamiento –con tirador– de citas tomadas de las Obras Completas de Mao. No hay más, y eso es lo único que se le puede criticar a él: ser un vulgar divulgador del Gran Timonel.

IV

Luis de la Puente
Líder de las guerrillas del 65
Si hay un momento interesante en Memorias desde Némesis –así se llama este libro de Guzmán– es cuando enjuicia las guerrillas del 65 y da detalles de sus viajes a Albania y a la China. Salvo esos tres instantes –tapados por una montaña de páginas que dan cuenta de las luchas internas en el Partido con Saturnino Paredes y los afanes, traducidos en las diversas conferencias espaciadas por el tiempo, de organizar o reconstituir una estructura partidaria– lo demás, que se encuentra hacia la mitad del libro, es soberanamente aburrido. Abimael no sabe lo que es hacer unas memorias. Suple ese vacío, y por allí lo confiesa, con documentación partidaria que tranquilamente podría ir en un anexo –comentado por él mismo–. Esta documentación, al margen de servir de una especie de arqueología histórica para un buceador en los orígenes del partido gonzalista, es un estorbo para los fines de lecturabilidad. Interrumpen como una gran digresión, y solo se explican por el afán de Guzmán de llenar su obra con pretendidos análisis de la realidad nacional, los cuales, aparte de estar marcados por el esquematismo –propios del intelectual limitado que es–, salen sobrando por su impertinencia.

V

El libro de Guzmán puede verse desde otro ángulo como un apéndice del libro de Ricardo Letts, La izquierda peruana, o como una corrobación de lo escrito por Carlos Iván Degregori en El surgimiento de Sendero Luminoso. En ese sentido pueda cobrar interés su publicación. (Aparte de intentar nuclear y galvanizar a sus huestes dispersas desde su captura). Con su escritura ha querido dejar constancia de su paso por la historia, una marcada con sangre.

VI

El "luciferino" Saturnino Paredes
Hacia la mitad del libro la lectura ya casi se hace inviable. Los llamados a Lenin y Mao para validar sus desencuentros con la línea “derechista”, “reaccionaria” o “revisionista” del PC del Perú encarnados por el siempre luciferino Saturnino Paredes y el no menos vituperado Jorge del Prado, hacen que uno, al comprobar que la retahíla de denuestos se repite y que otro alud de documentación partidaria, con los mismos esquemas mentales de siempre, espera en las siguientes páginas, desista de leerlo. No provoca sino cerrarlo y olvidar la mala experiencia. Lo otro es autoinfligirse una sesión de tortura.

VII

Unas “memorias” fallidas que, como en el anterior trabajo de Guzmán, De puño y letra, no satisfacen y no hablan del final de la camarada Norah –Augusta La Torre–, esposa del autor, limitándose este a recordarla en su labor de miembro de la Escuela de cuadros en la República Popular China. La firma de Elena Yparraguirre, quien aparece también suscribiéndolas, no se entiende sino desde la inútil figuración.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 17 de julio del 2015

sábado, 4 de julio de 2015

EL CARTERO LLAMA DOS VECES

Escena de "El cartero llama dos veces"
con Jack Nicholson y Jessica Lange
(1981)
UNA OBRA maestra. Por ello, Borges y Bioy Casares la incluyeron en la colección “El Séptimo Círculo”. La trama es sencilla: un hombre de caminos conoce a la mujer de otro. Se seducen, tienen un “affaire” y para librarse de él, que era un estorbo para estar juntos, planean su asesinato.

La lectura de El Cartero llama dos veces de James M. Cain recuerda el minimalismo de Carver; la economía de palabras, también. El manejo de la elipsis y los diálogos cortos denotan un esfuerzo de precisión. La versión cinematográfica –con Jack Nicholson y Jessica Lange– llena lo que la ficción ha omitido –los escarceos amorosos de Chambers y Cora–. La única escena incongruente es aquella en la que Chambers, quien, según el narrador estaba jugando bien, pierde con un novato una partida de billar. No se comprende. En un momento la historia puede intentar predecirse: Cora usa a Chambers para deshacerse del griego grasiento que es su marido. Pero no es así. Después del accidente provocado con el fin de eliminarlo –unas copas de vino hábilmente suministradas para el efecto, un golpe letal en el cráneo con una llave inglesa, oportunos testigos al paso que los ven borrachos y un carro desbarrancado, son parte del plan–, ocurren una serie de hechos inesperados.


Primero, el fiscal encargado del caso, Sackett, somete a un severo interrogatorio a Chambers y lo acorrala. Ya no era entonces el crimen perfecto. Segundo, aparece de pronto Katz, un hábil abogado que se ofrece a ayudarlo a él y a Cora. Tercero, Katz, increíblemente, hace que su representada, Cora, sea condenada por el homicidio de su esposo. Cuarto, Katz – en una hábil maniobra en la que enfrenta los intereses de tres compañías de seguros– consigue absolverla de todos los cargos. Y Quinto, los dos salen en libertad.


Allí todo debía acabar. Con ellos libres. Pero Cain prosigue el relato y lleva, magistralmente, al lector a un segundo gran final donde el griego asesinado es redimido por el destino.


En esta segunda parte, muere Cora en un accidente bastante similar al de la primera vez: el carro se empotra en un árbol, ella sale proyectada por el parabrisas y él pierde el conocimiento.


Chambers es acusado del asesinato de su esposa (un día antes se habían casado). Lo acusan de querer apropiarse de las propiedades de esta. Él es esta vez inocente, pero nadie le cree. Una prueba lo incrimina: una nota cariñosa de Cora haciendo alusión a la muerte del griego. Esta vez Katz no puede hacer nada por él. Sackett consigue su condena. Pocos momentos antes de que esta se ejecute pide al lector –quien sigue el recorrido de su narración– que eleve una oración por él y su desaparecida amante.


El cartero llama dos veces es una pieza literaria excepcional de batalla psicológica y tensión mental de sus protagonistas (las parejas Sackett/Katz y Chambers/Cora, respectivamente). Una que a uno lo deja en vilo hasta el final.


Freddy Molina Casusol 

Lima, 4 de julio del 2015

miércoles, 24 de junio de 2015

CUANDO BORGES FUE ENTREVISTADO POR VARGAS LLOSA

1981. Mario Vargas Llosa entrevista a Jorge Luis Borges para La torre de Babel, programa que dirigía en la televisión peruana. Según contó el novelista esta fue “muy cariñosa, ya que yo no solamente le tenía mucha admiración sino también mucho cariño personal, pues (Borges) me parecía una persona muy encantadora, muy entrañable por esa fragilidad que tenía”.

No fue la primera vez que lo hizo. En realidad, fue la tercera. Dieciocho años antes, en 1963, cuando era traductor de noticias al español y estaba casado con Julia Urquidi, narra en una entrada de El diccionario del amante de América Latina dedicada a Borges, que este en París –adonde había ido el argentino para dar un par de conferencias sobre literatura fantástica y literatura gauchesca–, “se resignó a conceder una entrevista (una de mil) al oscuro periodista de la radiotelevisión francesa que era este escriba”[1]. O sea, él.

Borges y su madre
Borges, quien por esos años sufría los embates de la ceguera, recuerda “era, todavía, un sencillo y tímido intelectual porteño pegado a las faldas de su madre, que no acababa de entender la creciente curiosidad y admiración que despertaba, sinceramente abrumado por el chaparrón de premios, elogios, estudios, homenajes que le caían encima, incómodo con la proliferación de discípulos e imitadores que encontraba por donde iba”[2] .

El peruano, posteriormente, tuvo una segunda oportunidad de tener al frente a su par argentino y hasta, incluso, en una fecha indeterminada, recibirlo por varias horas en una de sus casas repartidas por el mundo. Aunque, advertía, el autor de Historia Universal de la infamia “ya solo tenía oyentes, no interlocutores”.

Pero volvamos al inicio, a la tercera entrevista. Esta se realizó en Buenos Aires, capital a la que se había desplazado Vargas Llosa para entrevistar al maestro argentino. Al final de ella, el escritor peruano le hizo notar “la modestia de su departamento, que tenía incluso las paredes deterioradas, que había visto goteras en el techo…”[3].

Esto habría molestado a Borges, quien fue distante con él la siguiente vez que se vieron. Al parecer, según Vargas Llosa, la alusión a las goteras de su casa “lo ofendió tremendamente”[4].

Hasta aquí la versión del novelista. No se conocía la opinión de Borges al respecto.

Esta se halla desentrañada en Borges, libro de Bioy Casares que reproduce fidedignamente las conversaciones que ambos tuvieron durante cuarenta años de relación amical.

En la entrada del 19 de junio de 1981, Bioy anota el encuentro de Borges con un “periodista peruano, un hombre muy modesto”:

Borges dijo: “Yo notaba que estaba furioso y que protestaba, como si se doliera de la humildad de mi departamento. Cuando se levantó para irse, oí la gota de la gotera que tuvimos durante una o dos semanas (un caño roto en el piso de arriba). Me dijo Fanny [empleada de Borges] que el hombre se iba con la cabeza empapada. De puro modesto no se había atrevido a cambiar de sitio, pero con indignación protestaba porque yo viviera en un departamento tan miserable”[5].

A quien se refería, sin duda, era a Vargas Llosa por dos detalles: el año de la entrevista –1981 (coincidente con la propalada por La torre de Babel)– y la gotera en el techo.

Borges no le concedió ninguna importancia a su interlocutor. Para entender esto hay que recordar que el escritor argentino no leía autores contemporáneos y que no era aficionado a la novela. (Bioy sí conocía la trascendencia de Vargas Llosa, pero como Borges no soltó el nombre del peruano, para él pasaría también inadvertida su presencia aquella vez).

Han pasado treinta y cuatro de este último encuentro que unió a un eterno aspirante al Nobel y a quien después lo sería. Y han pasado casi diez años desde que Bioy Casares publicara parte de su diario con las intimidades de su amigo –Borges–. Los tres, contando a Bioy, obtuvieron el premio Cervantes de Literatura. Y los tres son ahora referentes ineludibles de las letras hispanoamericanas.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 24 de junio del 2015

[1] Ver Diccionario del amante de América Latina, Paidós, 2006, p. 65.
[2] Ibíd.
[3] Diálogo con Vargas Llosa, Ricardo Setti, Kosmos Editorial, 3era. edición, 1990, p. 65.
[4] Ibíd.
[5] Ver Borges, Bioy Casares, Ediciones Destino, 1era. edición, 2006, p. 1551.

martes, 9 de junio de 2015

TRES LIBROS DE MARCO AURELIO

Comentar un libro de Marco Aurelio Denegri es una empresa riesgosa. Pero hay que aventurarse. Es bastante conocida la capacidad de tan notable polígrafo de apabullar a sus inquiridos con su caudal de conocimiento y erudición. Ni Vargas Llosa –a quien ha llenado de atingencias gramaticales observadas en sus novelas– se ha salvado. Y mucho menos la experta lingüista Martha Hildebrandt, a quien le endilgó hace algunos años una sonora llamada de atención sobre el real significado de una nota lexicográfica publicada por ella en El Comercio, “Las papas queman”.
Por ello, comentar un libro de Marco Aurelio es un riesgo. Corro ese riesgo por partida triple pues tengo en mis manos una tríada de libros que llevan su nombre: Miscelánea Humanística, Obscenidad y Pornografía y Poliantea. Tres libros estupendos no solo por la calidad de información proporcionada sino por la pulcritud de su edición –quizás, para ser justos, podríamos decir belleza–.
He “picoteado” los tres por el lado que más me ha interesado: el sexual –tema en lo cual Denegri es una consumada autoridad (han explotado esa vena en él para parodiarlo en algún programa de humor). En ese sentido, “Recuerdos Huatiqueros” es una inmejorable entrada para ingresar a Miscelánea Humanística, el primero de los tres volúmenes antes mencionados.
En esta investigación Denegri lleva al lector de la mano por el jirón Huatica –la calle donde la "Pies dorados" de la novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros, ejercía tan erógeno y lucrativo comercio carnal–, explora sus orígenes, cita testimonios de contertulios recogidos por aquí y por allá de libros que ha leído, y él mismo se vuelve protagonista de una de sus microhistorias al narrar el divertido encuentro con su profesor de Castellano en “la calle de la perdición”, quien, inútilmente, lo instruía en los “inconvenientes y peligros de acostarse con putas”.
En el segundo volumen de los ya citados, Obscenidad y Pornografía, el que destaca de lejos es el que abre el libro: “Cinco inquisiciones obsceno-pornográficas a Marco Aurelio Denegri (Inquisidor: el propio respondiente)” y no por el conocimiento sobre el tema, sino por el ánimo de embestir al ignaro –al mismo estilo de la “Doctora Cachetada”– cuando el autor, para acabar de un solo golpe, y de una vez por todas, con la confusión que cunde cuando se trata de dilucidar el significado de las palabras “obscenidad” y “pornografía”, dice, de sopetón, en la página 31: “La pornografía, y digámoslo pleyebamente, es pura cachería”. Horror de horrores para los moralistas que hundan sus narices en estas páginas.
En el tercero, Poliantea (voz tomada del griego, y que, según el autor, "en sentido figurado quiere decir colección de noticias varias"), al margen de lo altamente erótico de la sobrecubierta (una versión pop del cuadro de Velázquez, “La Venus del Espejo”), la entrada que ha captado nuestra atención es la dedicada al amor. “¿Se puede amar a más de una persona al mismo tiempo?” es una exposición lúcida sobre la relación de pareja y sobre la inutilidad de mantenerla si resulta emocionalmente demasiado costosa. Muy puntual, don Marco Aurelio en esta nota.
Como verán hemos salido más o menos indemnes de tan dura prueba. Sudando un poco hemos llegado hasta aquí, a esta línea de feliz conclusión.

Freddy Molina Casusol
Lima, 9 de junio de 2015

sábado, 23 de mayo de 2015

HILDEBRANDT Y SU “CAMBIO DE PALABRAS”

ESTA es la segunda edición de un libro que, entre nosotros, es un clásico en el género. Fue publicado cuando Hildebrandt era un periodista modélico, cuidadoso con lo que escribía. Ahora es una sombra de sí mismo. Ganado por un periodismo atrabiliario, chavetero, quiere emular a Umbral o Gonzáles Prada, pero le sale el peor Alberto Hidalgo.

Temido por los políticos de turno durante dos décadas –en las que “reinó” tanto en la prensa escrita como en la televisión con sus programas “Testimonio” y “Encuentro”–, Hildebrandt y sus editores –primero en Mosca Azul y luego en Tierra Nueva– han tenido el tino de reunir este puñado de entrevistas hechas a políticos y escritores importantes, entre ellas las hechas a Víctor Raúl Haya de la Torre y Jorge Luis Borges como las más destacadas.

El llamado “estilo Hildebrandt”, punzante, combativo, que traía la carga de la repregunta, nace de estas refriegas. La impronta de la italiana Oriana Fallaci es notoria en estas entrevistas de colección (aunque el propio autor en la introducción se queje de las “groseras manipulaciones” en las que habría incurrido esta en el oficio). Basta cotejar Entrevista con la historia y Cambio de palabras para encontrar las coincidencias: entrevistas a personajes destacados, cuestionario de preguntas a la mano, recopilación de toda clase de información sobre el entrevistado y lo que no podía faltar: rostro inexpresivo o neutro del entrevistador que no refleje sus intenciones al careado de turno.

Es decir toda la técnica de la entrevista mise en scène.

Hay libros del género, como el de Fernando Ampuero –Gato encerrado– o el de Manuel Jesús Orbegozo –MJO. Entrevistas–, pero ninguno como este. Imprescindible.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 23 de mayo del 2015

lunes, 18 de mayo de 2015

UNA NOVELA DE MO YAN

Por: Freddy Molina Casusol 

I-yĪ

LEER a Mo Yan es descubrir un mundo nuevo. Escritores como Miguel Gutiérrez y Oswaldo Reynoso han pisado tierras chinas, pero ninguno ha podido trasladar con felicidad esa experiencia en una novela. Mo Yan, de cuya literatura se ha dicho que es muy popular en su país, expone en La vida y la muerte me están desgastando (Kailas, 2010) el budismo y el sistema comunista vigentes en su sociedad. El primero de ellos forma parte de su antiquísima tradición espiritual; y el segundo, de la estructura política dominante. Mo Yan se mueve entre los límites de la crítica y la transgresión. Muy sutilmente ejerce la primera, pero midiéndose calculadamente para no pasar como disidente. El escritor chino instrumentaliza en esta novela el tema de la reencarnación con el cual reviste a sus personajes. Disfraza al terrateniente Ximen Nao –a quien hace pasar innumerables penurias en sucesivas vidas– como burro, buey, cerdo, perro y mono, para hacer una sátira de la justicia. Mo Yan asimismo, como ha ocurrido en nuestra tradición literaria –con Vargas Llosa de protagonista en alguna de sus novelas–, se incorpora en el relato. Aparece en los pensamientos de uno de sus personajes, Ximen, transmigrado en asno, para juzgar su propia obra. Ironiza, pues, consigo mismo. Mo Yan, con esta obra, nos abre las puertas de un espacio literario inexplorado, virgen, todavía por descubrir para ojos occidentales.

II-èr 

Ingresar a la literatura de Mo Yan es romper ciertas resistencias culturales. La reencarnación, tema de La vida y la muerte, no es parte de la formación cristiana-occidental. Este es un punto a vencer. Otro es el ambiente de la novela, un poco recargado con los referentes de la Revolución China. El escritor cubre una amplia franja del espectro histórico y generacional en el condado de Gaomi –una especie de Macondo–. Inicia su relato con los drásticos cambios en el campo durante la era de Mao y prolonga esa situación hasta la entrada en el escenario político de Deng Xiao Ping, quien, tras la muerte del Gran Timonel, revierte lo hecho por este. Deng abre la posibilidad de que el agricultor se vuelva independiente. Esto es aprovechado por Lan Lian, quien exhibe una terca insistencia por cultivar la tierra al margen de la Comuna del Pueblo. Hong Taiyue, celoso impulsor de los programas de colectivización del Partido, lo hostiliza por ello. Mo Yan, para tener una idea de su narrativa, es como el Ciro Alegría de El mundo es ancho y ajeno, quien insertó en su novela historias populares identificándose de esta forma con un tipo de lector rural y campestre. El escritor chino usa esta estrategia con naturalidad porque pertenece a ese mundo desde su nacimiento.

III-sān

Mo Yan juega con los puntos de vista a la hora de escribir La vida y la muerte… Es un buen seguidor de Faulkner. Astutamente convierte la primera persona de la primera parte de su relato en una segunda persona del singular en el segundo capítulo. Con ese giro demuestra su preocupación por mantener la atención del lector. En esta parte del relato asoma más pronunciado el perfil rebelde de Lan Lian. Lian, un campesino independiente, se resiste a integrar la Comuna del Pueblo; no quiere perder su individualidad. Este personaje, en la ficción, es la voz disidente del escritor. Combate las exigencias de Hong Taiyue y sobrelleva las de su propio hijastro Jinlong –hijo de Ximen Nao–, quien molesto por su obstinada postura lo pinta de rojo y exhibe como un contrarrevolucionario por las calles. Hong Taiyue y Lan Lian son la cara y el sello de la historia. Los dos expresan la solidaridad forzada y el egoísmo capitalista conviviendo con aspereza en la comunitaria sociedad china.

Este momento de la historia es una parábola de la libertad y contraviene aquellas voces –como las de la premio Nobel Herta Müller– que señalan a Mo Yan como un escritor incondicional del régimen comunista chino.

IV-sì

Mo Yan en su novela desmiente el discurso oficial maoísta. La sociedad comunista china no es tan feliz como se cree. Puede ser tan cínica y brutal como lo era antes de que apareciera. Allí está Jin Long, hijo de Ximen Nao y esforzado miembro del Partido Comunista, empeñado en acabar con todo vestigio de agricultura independiente, para recordarla cómo es.

V-wŭ

La novela tiene un cierre circular cuando en su última reencarnación Ximen Nao, dejando los restos de odio que albergaba en su corazón en su migración como mono, retorna al mundo de los humanos convertido en el niño Cabeza Grande y vuelve a contar la historia desde un inicio.

Una gran novela con un remate espiritual donde Mo Yan aparece como narrador, para dar el puntillazo final a su relato, el cual, al lado de otras novelas que lo han hecho un escritor popular en su país, le han abierto las puertas de la Academia Sueca para ser distinguido con el premio Nobel de Literatura. Un premio, por cierto, muy merecido.

Mayo del 2015

lunes, 11 de mayo de 2015

EL GARROTE Y LA ZANAHORIA EN RODRÍGUEZ ELIZONDO

ESPERÓ estar fuera del Perú para descubrir su escondida aspereza en contra del escritor. Una vez en su tierra natal, y a salvo de los posibles detractores que podrían haberle salido al frente en el país que lo acogió durante casi una década, se desató; ensayó un sibilino análisis sobre la personalidad política de Vargas Llosa. Algo había adelantado en nuestro país mientras trabajaba en la revista Caretas, cuando declaró que planeaba hacer una biografía política y literaria del novelista arequipeño. Incluso había conversado con el novelista para poner en marcha el proyecto. Pero le salió esto. José Rodríguez Elizondo, a diferencia de su auscultado (a quien, justamente, le reprocha esa habilidad), fue “político”. Se camufló entre los peruanos, vivió entre ellos y casi, casi, fue visto como un connacional más. Sus dotes de analista político del escenario internacional, le valieron para sobrevivir como periodista. No obstante, vistas estas dotes a la luz de la distancia, y teniendo a mano los vídeos de Youtube en donde se lo ve hablando sobre el Perú para la prensa de su país, uno no puede dejar de pensar que no solo se prodigaba en analizar la coyuntura extranjera, sino que, de pasada, se dedicaba a observarnos.

Rodríguez Elizondo es inteligente, pero no tanto. Las costuras de su texto Vargas Llosa: historia de un parricidio (1993), aparecido primero como artículo en “El Mercurio” de Chile y luego en forma de librito, se notan. Rodríguez Elizondo recuerda un poco al Herbert Morote de Vargas Llosa tal cual. Pero es un poco burdo. Le recuerda al final de un capítulo, en el que arma una vida paralela para enfrentarlo a Jean-Paul Sartre, su maestro de juventud, y ante la falta de mayores argumentos, que era un “dientón”.

 ¿Cuál es el leitmotiv que empuja a Rodríguez Elizondo escribir de esta manera? Ensayemos algunas respuestas. Ellas están en su propio trabajo. Vargas Llosa, dice, es un “ultra impune” y que esto se da desde “su época de adhesión ‘ilimitada e intratable de la revolución cubana” hasta “su época actual de prédica fervorosa del neoliberalismo de Von Hayek y Friedman”.

“Neoliberalismo”, indica. Ese es el santo y seña usado por la izquierda latinoamericana para descalificar a sus adversarios ideológicos. A partir de esto, se puede colegir que a Rodríguez Elizondo lo que le disgusta en el fondo es que Vargas Llosa sea un “neoliberal”. Eso es lo que lo molesta. Apenas lo disimula con alguna elegancia. Para cumplir con su cometido primero lo halaga y, luego, le asesta una estocada. Es así como recuerda cuando Vargas Llosa lo recibió en su casa y que “hizo un gesto complacido cuando le dije que La guerra del fin del mundo era el equivalente literario de cualquier teoría general en el ámbito de las ciencias sociales”. Pero después cambió. El escritor le hizo un desplante en relación al proyecto de hacer su biografía política, entonces le recordó la vez que Belaunde no aceptó sus condiciones para ser Premier. Rencoroso, pues.

Pero, en verdad, ¿Rodríguez Elizondo se creía lo que le dijo a Vargas Llosa o estaba escenificando una pieza de teatro que podría titularse “La zanahoria y el garrote”? La respuesta es que no, no se lo creía. Tan es así que, repitiendo aquella vieja especie lanzada por los enemigos del escritor, anotó: “Las intransigencias, peleas y rabietas de Vargas Llosa (…) serían típicos recursos ‘marqueteros’, usados primero para vender libros y, luego, para comprar votos”, dentro del contexto, escribe, de “la doctrina libremercadista”. En otras palabras, el valor literario de las obras del novelista peruano tiene poco valor en su propósito de ganar la preferencia de los lectores. Allí sí su novelística no “era el equivalente literario a cualquier teoría en el ámbito de las ciencias sociales”. Era una más del montón que consume el demos en medio de escandaletes.

Pero Rodríguez Elizondo, pese a él mismo, no es del todo burdo. Tiene sus aciertos. Sobre todo en el desempeño de Vargas Llosa en la campaña electoral del 90. El escritor, efectivamente, se aisló, no tuvo una comunicación adecuada con su electorado. Se encerró con el núcleo “duro” –compuesto, fundamentalmente, por sus familiares más cercanos– y desoyó los consejos de sus asesores británicos de imagen, como se puede leer en el libro de su hijo Álvaro, El diablo en campaña. Vargas Llosa, pues, no es un político; es un intelectual. Y eso no es un demérito como lo quiere presentar Elizondo. Su estilo franco, abierto, colisiona con el lenguaje de los políticos en el que los grises nunca terminan de ser blancos o negros. Y eso tampoco quiere reconocer su criticado obsesionado en componer una frase ingeniosa para ganar la ovación del respetable.


De otro lado, Elizondo opone a Vargas Llosa la figura de su primer maestro, Sartre. Allí, utilizando sus propias palabras, desbarra. Poco faltó para pedirle en ese capítulo –“Demoliendo padres”– que rechace, como el francés, el premio Nobel de Literatura. Eso hubiera redondeado su análisis. El detalle está que, a posteriori, el autor de La Nausea mandó a preguntar, muy discretamente, a la Academia Sueca si todavía podía cobrar el monto del premio. Aunque esto siempre hubiera sido mucho menos grave que lo que anteriormente le pidieron a Vargas Llosa: fingir que donaba los 25.000 dólares del premio Rómulo Gallegos a la guerrilla del Che Guevara, los cuales, por supuesto, les serían devueltos debajo de la mesa. Este tipo de hechos no ha querido recordar Rodríguez Elizondo en su disección. Vaya uno a saber por qué.

Para finalizar este comentario, uno podría dar por medianamente acertados ciertos cuestionamientos de Elizondo sobre el actuar político de Vargas Llosa. Por ejemplo, el de su adopción de la nacionalidad española (doble nacionalidad, porque no renunció a ser peruano). Pero Rodríguez Elizondo tiene el alma ganada por el rencor. Y eso se nota en todo el texto. Todo el texto exuda ese aroma.

Freddy Molina Casusol

Lima, 11 de mayo del 2015

P.D. Muchos años después Rodríguez Elizondo se expresaría mejor del escritor peruano, así como también escribiría alguna nota elogiosa sobre su obra literaria. Ver Entrevista a Rodríguez Elizondo en La República y "Mario Vargas Llosa para cualquier verano".

martes, 7 de abril de 2015

UN TIEMPO YA IDO: “AQUELLOS AÑOS DEL BOOM”

Muy superior, en el tratamiento, a la biografía de Vargas Llosa escrita por J.J. Armas Marcelo, Vargas Llosa, el vicio de escribir, en la que de lejos se puede notar que el biógrafo se deja eclipsar por el aura de su biografiado, y en parte emparentado (los dos, por cierto, son periodistas culturales), en el propósito de agotar todas las fuentes posibles, con el de Eligio García Márquez (Las claves de Melquíades. Historia de cien años de soledad), el libro de Xavi Ayén, Aquellos años del boom, cubre, desde la esfera periodística, esos vacíos de información que existían sobre la historia del boom (apenas pergeñado por José Donoso en su Historia personal del boom, libro que le sirve de inspiración). Ayén logra organizar una ingente cantidad de materiales dispersos, a los que suma una serie de testimonios de primera mano de sus protagonistas, ofreciendo una visión de conjunto necesaria, indispensable, para entender esa eclosión literaria que tuvo lugar en Barcelona entre 1967 y 1976, llamada “el boom de la literatura latinoamericana”. La visión del periodista ha apuntado por el lado de la anécdota y la revisión de cartas (en la que ha sido pródigo para felicidad de los lectores), y no por el lado del análisis textual de la obra de los integrantes del boom pues entendió que esa no era su tarea (la cual, de sobra, ha sido cubierta, desde la crítica literaria, por académicos como Luis Harss en Los nuestros o Emir Rodríguez Monegal en El boom de la novela latinoamericana).

Sobre el libro

Carlos Barral
El libro de Ayén es un libro nostálgico, de un tiempo ya ido, de escritores –como Julio Cortázar y Gabriel García Márquez– que ya no están. (La vez pasada le decía a un amigo cuán afortunada había sido nuestra generación que esperaba en un lapso corto de tiempo la publicación de una nueva novela de los monstruos de la literatura latinoamericana. “¿Qué novela nueva ha publicado Vargas Llosa? ¿Y Fuentes? ¿Y Cortázar? ¿Cuál es la última de Gabo o Sabato?”, era el retintín). También es un libro de las incorrecciones de los editores, por decir lo menos, como las de López Llausàs de Sudamericana –que reconoció la diferencia existente entre la liquidación de las regalías y la cifras de ventas consignada en 1973 de las ediciones de García Márquez– o las de Carlos Barral, quien, con todos los méritos que tenía como descubridor de un escritor como Vargas Llosa, establecía, como él mismo confiesa, “contratos leoninos” con los autores que contactaba. (Triquiñuelas y ardides que servían para morder más del bolsillo de los escritores a su cargo). Y también de agentes literarias como Carmen Ballcels que defendía como una leona los intereses de “sus” escritores, colocando en las mejores condiciones económicas las traducciones y reediciones de sus obras en el mercado editorial, obteniendo con ello que estos puedan vivir con cierta holgura de la literatura que producían.


Sobre el boom
“El contexto en que el boom se produce –dice Vargas Llosa en el libro– es el de la mitificación de la Revolución cubana, el endiosamiento del Che Guevara y el descubrimiento del tercer mundo. Por primera vez, la izquierda europea se identifica con la suerte de los países pobres, ve más allá de la clase trabajadora del mundo rico”[1]. El escritor español Juan Benet, entrevistado por Fernando Tola y Patricia Grieve para el libro Los españoles y el boom, expresa que es muy fácil establecer conexiones entre el boom de la literatura latinoamericana y la revolución cubana. De hecho, rechaza tal conexión (no el contexto), acusándola de falta de rigor[2]. Una obra como La ciudad y los perros, pensamos, si bien es cierto no surge fuera de un contexto político y social que la influye, tampoco menos cierto es que ella parte de una razón individual que empuja su nacimiento, y que esta muchas veces emerge de una manera consistente y profunda de la mente de su creador, prescindiendo del entorno o compromiso social que la quiera atenazar. En ese sentido, declaraciones como las de Benet: “De que el Ché Guevara se batiera al cobre en las sierras aquéllas [las cubanas en la época de Batista], no resulta un escritor colombiano, que escribe en Barcelona, que se exiló en México…”[3] en alusión a García Márquez, son atinadas en cuanto a que el proceso de creación, en relación a los puntos de referencia: el boom y la revolución cubana, va por cuerdas separadas respecto al tema de la escritura, por ejemplo, de una novela como Cien años de soledad y lo acontecido en la isla, pero estas convergen perfectamente para la propagación del fenómeno por América Latina.

¿Qué significó el boom para los españoles afincados en la península ibérica? Significó una intromisión en su territorio literario pues, antes de eso, veían, en palabras de Barral, a los latinoamericanos como monos colgados de un cocotero. La aparición primera de un Vargas Llosa y, luego, de un García Márquez significó una revolución lingüística del castellano que fue apreciada por el lector en español que vio en las obras de estos –y en las que siguieron– una superación de la árida novelística española. Esa incursión de escritores como los anteriores –Cortázar, Sabato o Cabrera Infante– fue vista como una conquista a través de las palabras de un mundo que en otro tiempo se había valido de la espada para imponer su lengua y sus costumbres en América. Ahora esa lengua –rechazada, en primera instancia, por Atahualpa– les era devuelta enriquecida, con un uso magistral que convertía a sus otrora maestros en desconcertados discípulos. El español García Hortelano lo dijo: “En broma, yo digo que es la contrainvasión, la contraconquista, y así como hace unos siglos os conquistamos y os fastidiamos, ahora vosotros nos reconquistáis y nos refastidiáis”[4].

García Máquez y Carmen Ballcells
Foto: El Universal (20 de nov. 2011)
¿Fue el boom una operación comercial maquinada por los editores para obtener pingües ganancias con las novelas de los escritores latinoamericanos? Ayén lo ve así: “En el proceso de elaboración de este libro he encontrado a gente convencida de que el boom fue una operación de marketing, una gigantesca manipulación urdida para vender libro. Es un argumento arriesgado. El boom existió porque no hay estrategia de mercado capaz de sostener semejante explosión de ventas en todo el mundo, de autores, además, diversos y con un público internacional no conocido hasta entonces. Por eso nadie habla del boom de los autores eslavos o del boom de la narrativa francesa de la misma época. El de los latinoamericanos fue un estallido imprevisto que alteró la geopolítica de las letras mundiales. En última instancia son los lectores quienes crean el boom”[5]. Carmen Balcells, la agente literaria de Vargas Llosa y García Márquez, en una entrevista admitió sincera: “Aquello [el boom] era un lobby, que tiene que ver con el poder literario. Con vender, ¿comprende? Vender.”[6]

Punto final

El libro de Ayén es un ejemplar trabajo de investigación periodística y, al mismo tiempo, un compendio de confidencias y revelaciones –como las de García Márquez y Vargas Llosa en torno al incidente de 1976–, que tiene puntos de conexión con el libro de los profesores Ángel Esteban y Ana Gallego, De Gabo a Mario, pero superándolo. De reconstrucción de una época y de sus mujeres –como Beatriz de Moura–. Una biografía de conjunto sólida que penetra en la intimidad de los miembros del boom, a los que desacraliza y vuelve más humanos, más cercanos a nosotros los individuos de a pie. Un libro admirable que, por su empeño y perseverancia, todo periodista cultural debería leer.

Freddy Molina Casusol
Lima, 7 de abril del 2015



[1] Ver Aquellos años del boom, Xavi Ayén, RBA, 2014, p.  353.
[2] Ver Los españoles y el boom, Fernando Tola de Habich y Patricia Grieve, Editorial Tiempo Nuevo, 1971, p. 30.
[3] Ibíd.
[4] Entrevista de Federico Campbell a Juan García Hortelano, en Aquellos años del boom, p. 539.
[5] Ver Aquellos años del boom, p. 511.
[6] Ver entrevista de Xavi a Carmen Ballcells, “El boom se inventó para vender, no es un club de amigos”, 22 de abril del 2010.

miércoles, 18 de febrero de 2015

LA TELEVISIÓN “BASURA” Y UNA MARCHA

Convocada por colectivos juveniles –que buscan recoger la oleada exitosa de las jornadas de protesta en contra de la Ley de Reforma del Trabajo Juvenil que condujo a su derogación–, a los que se ha plegado el Colegio de Periodistas de Lima, se está organizando en la capital, para fin de mes, una marcha que, según sus promotores, busca movilizar miles de personas en contra de la denominada “televisión basura”.
Los más enconados opositores a los reality shows al estilo Magaly, programas de competencia como Esto es guerra, Combate y Bienvenida la tarde, reclaman la erradicación de estos por considerar que sus contenidos nocivos alientan el morbo, el chisme, además de atentar contra la moral. Los menos iracundos exigen que solo se cumpla el Horario de Protección al Menor, esto es que entre las 6 a.m. y las 10 p.m. no se propale por la pantalla contenidos violentos, desnudos o imágenes que atenten contra el pudor.
El argumento de los segundos es perfectamente atendible. En cambio, el de los primeros encierra, como en un caballo de Troya, la semilla del autoritarismo y la censura.
“Más cultura en la televisión peruana”, reclaman. Pero olvidan que hay una oferta cultural en el canal del estado. Muy pocos lo ven. ¿Por qué? Debe haber una explicación.
Si hay un sector de la población –identificado objetivamente por jóvenes– que gusta de programas de competencia como Esto es guerra, Combate, Bienvenida la tarde y otro que gusta sintonizar Magaly, ¿se les debe impedir su consumo porque un sector de la población lo considera “basura”? ¿Y cómo queda el otro que los ve como “entretenimiento”?
Si por un momento se cumplieran los mejores deseos de los impugnadores de la llamada “televisión basura” y se dejaran de emitir estos programas, ¿no seguiría subsistiendo el problema, encontrándose sino solo una salida epidérmica al mismo?
Y si tuviera, a rajatabla, que cumplirse la exigencia de una televisión que coadyuve a la formación moral de la familia peruana, ¿cuál enfoque moral se aplicaría como modelo?
¿La moral cristiana o la moral del Che Guevara serían idóneas para nuestros jóvenes peruanos? ¿O quizás la del capitalismo libertario de Ayn Rand (con mucha aceptación en la juventud norteamericana) o la del anarquismo sin dios de Bakunin (muy popular entre los jóvenes del jirón Quilca) sería la mejor?
Por otra parte, ¿no tienen derecho de ciudadanía los programas antes mencionados como lo tuvo Charlie Hebdo en Francia cuyas caricaturas mostrando en situaciones obscenas a Mahoma encendieron la ira de los defensores de la moral musulmana?
¿No se optó en ese caso por la libertad de expresión que la censura?
Particularmente pienso que series como Los Simpsons, por sus contenidos disfuncionales –los cuales reflejan lo enferma que está la sociedad norteamericana–, merecen ser calificadas como “basura”; sin embargo, hace pocos días me sorprendió que un sector de bolivianos marchara por las calles de la Paz reclamando su reposición en la programación ¿Qué hace que lo que para mí sea “basura” para los bolivianos no?
Hay televisión “basura” porque hay televidentes ávidos de estos contenidos, como hay comida “chatarra” porque existe un público con estómago “chatarra”. Ninguna ley venida de arriba lo va a cambiar.
Al propugnar el cierre de este tipo de programas lo que se está haciendo es quitarle un bulto al Estado –que tiene como una de sus funciones principales, aparte de la salud, la educación–. ¿Cuál sería la salida, entonces? Mejorar la calidad educativa de los sectores D y E –que son masivos, porque el A, que también los consume y tiene mejor educación, no le da muchos espectadores –, así se le quitaría la base social a estos programas. Es un trabajo de largo aliento, pero más seguro y confiable.
Es positivo que un sector de la población ejerza su derecho a la protesta frente a programas que consideran perniciosos y de dudosa calidad televisiva. El temor es que esto sea desbordado y conduzca a un recorte de la libertad de expresión o se empuje progresivamente a una intervención estatal en los medios de comunicación.
De ser así, los que hoy permanecemos al margen tendremos que salir a marchar en el futuro para recuperar lo que otros se empecinan en perder.

Freddy Molina Casusol
Lima, 18 de febrero del 2015

miércoles, 11 de febrero de 2015

LA PASIÓN DE ELIGIO

YA NO RECUERDO quién me habló de Eligio García Márquez. Lo que recuerdo fue que me dijeron: “Léelo”. La vez pasada, con la garganta atravesada por el dolor de una gripe veraniega, estuve merodeando en esa maravilla del caos y del azar que es la feria del libro del jirón Amazonas en el centro de Lima, cuando, doblando una esquina y fijando la vista a poca distancia, distinguí un libro colorido, de fondo violeta, en la parte de abajo de un stand y en medio de otros tantos que no capturaron mi atención. Todavía con la garganta que me ardía de dolor lo levanté. Tras las claves de Melquiades. Historia de cien años de soledad, decía. Autor: Eligio García Márquez. De inmediato mi entusiasmo se disparó por dos razones: porque el título prometía y porque lo escribía el autor de quien ya me habían hablado pero no recuerdo quién. Me puse a revisarlo como lo hacen los lectores profesionales: el arranque, las páginas de en medio y el remate final. Luego, no lo pensé dos veces, lo compré casi sin regatear el precio.

Con mi joya en la mano y con la garganta que me ardía como los mil diablos, fui a un lugar para leerlo con calma. Tras descartar varios lugares por considerarlos inadecuados, me metí a un chifa –vaya lugar que escogí–, pedí una infusión y rogué que nadie me molestara con un “cómpreme un caramelo o una barra de chocolate”.


La última vez que me quedé hipnotizado leyendo un libro fue en mi adolescencia. Tendría diecisiete años cuando cayó en mis manos Un mundo para Julius de Alfredo Bryce. Recuerdo que desde el momento que posé los ojos en la primera línea no paré hasta el amanecer. La novela me había hecho olvidar el tiempo, las horas pasaban y ya no distinguía el día de la noche. La acabé en la madrugada con la sensación feliz de haber tenido una experiencia sin igual. Solo interrumpí la lectura para pedirle a mi madre algo para tomar. Ella me instaba a cenar, pero yo no quería. No quería que el momento que estaba viviendo se fuera. Esa misma sensación la sentí cuando estaba leyendo el libro de Eligio García Márquez. De pronto el tiempo desapareció, y los comensales apenas eran percibidos por mí por el ruido sordo que hacían al momento de comer; todo se había extinguido, el único movimiento que percibía era el de mi mano estirada recogiendo los caramelos.

El haz de luz amarilla proyectada sobre la mesa, mi único acompañante, formaba en el vidrio que lo cubría un círculo concéntrico. Lo demás había quedado eclipsado.

Las primeras cien páginas fueron arrolladoras. Entonces, pensé, era verdad lo que me habían dicho, Eligio García Márquez merecía ser leído. Pero quién iba a pensar que el hermano menor de Gabriel García Márquez hubiera sido capaz de auscultar así la obra de su hermano. Lo que me llamaba la atención, mientras devoraba página tras página, era que hubiera estado en la sombra. No había escuchado a ningún crítico nacional o foráneo mencionar que existía un trabajo que pacientemente desmontara las fuentes de creación literaria de Cien años de soledad. El esfuerzo del hermano menor de García Márquez, en cuanto a ambición por abarcar la totalidad del espectro, es equiparable al de Vargas Llosa con su García Márquez. Historia de un deicidio. Es más, me atrevería a decir que para entender a García Márquez, hay que leer obligadamente los estudios de ambos (así como las compilaciones de Juan Gustavo Cobo Borda, El arte de leer a García Márquez y Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra, entre otros). Pues, mientras uno penetra en los entresijos de la ficción, el otro hurga, en forma de un gran reportaje periodístico, en las fuentes orales y escritas, cotejando los datos y enderezando las fechas que forman parte de la novela.

Eligio García Márquez, desde hacía mucho tiempo atrás, tenía el propósito de sino biografiar a su hermano, seguir la pista de su famosa obra, Cien años de soledad. Eso, al parecer, lo obsesionaba. En 1996, para el libro de Silvia Galvis, Los García Márquez, declaró: “Uno de los sueños de mi vida ha sido escribir un libro, no sobre Gabito, sino sobre Cien años de soledad en Colombia y en América Latina. Quiero reconstruir la cantidad de circunstancias que se cruzaron para que se diera ese azar preciso que fue Cien años de soledad. Me llama la atención saber por qué García Márquez empezó a escribir el libro en Barranquilla y no siguió. Por qué luego de muchas vueltas, de repente, lo hizo; quiero reconstruir las condiciones en que lo escribió y las circunstancias que existían en el momento en que la novela apareció, es decir, en el momento exacto del boom (…) mi idea es hacer la génesis de la novela, donde el personaje no sería Gabito, sino el libro.” Y vaya, hizo realidad su sueño cinco años después, el 2001, en Tras las claves de Melquíades. Historia de cien años de soledad. Un libro donde libera a los fantasmas que lo asediaban.

Uno de los aspectos que más me gustó del trabajo de don Eligio, fueron los pormenores del lanzamiento de Cien años de soledad y el papel que le cupo al libro de Luis Haars, Los nuestros, para el conocimiento de la obra iniciática de García Márquez –así como del adelanto de varias partes de la trama–. Eso para mí era una novedad. No lo había leído en ninguna parte. Por lo menos con los detalles y la emoción que imprime el autor en su texto, en ningún lado. Él hace partícipe al lector del acontecimiento. Lo involucra. Resulta emocionante saber que, en una especie de cadena humana que los vinculó, Haars es conducido por Cortázar a Vargas Llosa y García Márquez comparece ante él gracias a Carlos Fuentes. Del mismo modo cómo certifica, anotando las publicaciones, la influencia de Faulkner, Sófocles y Virginia Woolf en Cien años de soledad. Una delicia conocer estos detalles.

Cuando acabé las primeras cien páginas, en una lectura casi ininterrumpida –solo detenida para enviarle un mensaje de texto a una amiga contándole mi entusiasmo por el hallazgo– ya era muy tarde. Casi había consumido todos los caramelos de limón que había puesto en la mesa. Salí del chifa con la garganta todavía adolorida y la vista embotada por el esfuerzo, y con una serie de ideas que orbitaban a mi alrededor, pero estaba contento. Había sido una lectura provechosa. Ya en casa, tumbado en el sofá, degusté el resto. Y como al inicio, cada descubrimiento fue un gozo.

Por último: ¿Y por qué tituló Eligio García Márquez su libro Tras las claves de Melquíades? Eso lo tendrá que descubrir el propio lector leyéndolo. No se defraudará, se lo aseguro: está cargado de pasión.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 11 de febrero del 2015

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...