
Freddy Molina Casusol
Lima, 2 de septiembre de 2007
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Por: Freddy Molina Casusol
I
Carlos Rangel. Su nombre, para ser sinceros, me sonaba esotérico, como el de una figura lejana o de un escritor de moda, quizá. Pero Carlos Rangel, allá por los setenta, había escrito un libro importante, ahora poco mencionado y sólo resucitado por quienes libran una batalla constante contra las ideas conservadoras de izquierda. Del buen salvaje al buen revolucionario, el libro de Rangel, es el equivalente, desde el liberalismo, a Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano, ensayo que ha llenado el imaginario de los socialistas románticos, émulos del “Che” Guevara. ¿Pero qué expone el libro? El libro de Rangel presenta que los males de América Latina se deben a los propios latinoamericanos, quienes se han dedicado a culpabilizar de sus derrotas al fantasma del imperialismo norteamericano, suerte de chivo expiatorio y piñata ocasional para el caso, en vez de encontrar la responsabilidad de sus desdichas en ellos mismos. Rangel hace una especie de exorcismo y revisa la historia de América Latina y EE.UU. con un escalpelo en la mano, y encuentra que somos herederos de la civilización occidental europea, reflejada en nuestras instituciones y códigos, y no hay razón para no tener un destino común. Rangel piensa además que mientras los latinoamericanos han gastado energías demonizando a la CIA por sus males, los norteamericanos –quienes recién fundan su primera universidad en 1630 (la de Boston), mientras Perú y México ya la tenían desde 1551– han fundado su prosperidad y progreso en el trabajo y el comercio, los cuales se forjaron en el rigor y la disciplina del protestantismo, el mismo que fue estudiado por Max Weber en La ética protestante y el espíritu del capitalismo.
II
Una de las mayores sorpresas del libro es el reconocimiento a la figura de
Víctor Raúl Haya de la Torre y su visión de un marxismo original para América
Latina. Para Rangel, Haya sería un verdadero marxista ortodoxo, en la medida
que éste interpretó con autenticidad a Marx, quien pensó que el ingreso del
capitalismo imperial inglés a la India sería beneficioso para transformar una
sociedad tradicional de organización aldeana, capturada por el despotismo
oriental y el hechizo de la superstición. Esta incursión serviría para la
formación de un proletariado moderno, coadyuvando, en teoría, la llegada del
socialismo. Haya, explica Rangel, se desmarca del marxismo soviético al considerar
que el imperialismo en América Latina no es la última, sino la primera del
imperialismo, provocando con ello la iras del Partido Comunista sujetado de las
bridas por Stalin. Este reconocimiento de Rangel a la figura del fundador del
Apra se debe tomar en el contexto general de la época, en la cual todo
pensamiento disidente, como el de Roger Garaudy, era relevado y destacado para
oponerlo a los dictados de Moscú, y a la esfera de pensamiento del propio
autor, quien, inicialmente, tuvo afinidad intelectual con el ideal
socialdemócrata.
III
¿Quién sería el buen revolucionario para Carlos Rangel?
El buen revolucionario sería el prototipo de guerrillero de izquierda, como el “Che”, solidario con los cambios sociales, y que, incontaminado de las taras estalinistas de sus pares del Viejo Mundo, las desecha para engendrar un hombre nuevo –un superhombre– que, continuador de la pureza adánica del buen salvaje, genere con su accionar una sociedad ajena a la ambición y la codicia traídas por la civilización occidental y europea.
Ésta, al mismo tiempo, tendría su origen en el cristianismo primitivo y el segundo advenimiento de Cristo, quien establecería un reino perfecto de mil años.
Ese milenarismo, de transformación súbita del mundo (en el que la propiedad privada, producto de la “caída” del hombre, sería abolida), está conectado íntimamente con los revolucionarismos.
De allí se entiende que sacerdotes como Camilo Torres, amigo del “Che”, se hayan adherido a la Revolución, porque la fe milenarista y la revolución social se han dado la mano para consagrar un mito religioso.
IV
Rangel presenta a los ojos de sus lectores la inocencia arcádica del primer habitante de América Latina –o el “buen salvaje”–, quien habiendo sido sustraído de su estadio de inocencia por manos europeas, es ahora redimido por estos en artículos y libros en la creencia que se debe a ellos, con la llegada de la civilización occidental, que este se haya “corrompido”; por lo tanto todo lo que conduzca a un retorno al estado de pureza original es bien visto por sus redentores.
Esto, para Rangel, sería el origen de la mitología de izquierda que ha penetrado en las capas dirigenciales latinoamericanas para incentivar el odio a EE.UU como proyecto político (al cual, se pregunta, si no se le debe reconocer los efectos benéficos de su influencia, como las doctrinas y aspiraciones políticas y sociales que se expandieron por el continente).
Por eso hay que celebrar la existencia del libro de Carlos Rangel: porque demuestra que las raíces de nuestros males se encuentran en nosotros mismos y no necesariamente en el imperialismo yanqui.
Lástima que Rangel no viviera para ver la caída del
muro de Berlín y la agonía del socialismo realmente existente. Empero, donde él esté debe estar satisfecho de este logro: su libro sirve para no vivir en la equivocación.
UNO
Durante estos días he tenido oportunidad de leer los dos, y
hasta casi tres, primeros capítulos de “La Fiesta del Chivo” y mi primera
impresión es de que la crítica especializada ha exagerado en sus apreciaciones
–negativas, por cierto– y que ésta es una buena novela. Por supuesto que éste
es un análisis todavía parcial y no da una muestra del conjunto, faltando
desglosar lo que sigue. Eso es cierto, eso es exacto. Pero en esos dos primeros
capítulos he podido comprobar que el mejor Vargas Llosa se encuentra allí, y
que éste, Flaubert y Faulkner están yendo de la mano. Eso se dejaba extrañar en
Vargas Llosa, sobre todo en esos intentos fallidos de novelas como “Los
Cuadernos de don Rigoberto”, y en especial “Cartas a un joven novelista” que le
salió muy forzada, como sacando camotes con los pies. En cambio, en “La Fiesta
del Chivo”, Vargas Llosa, demuestra porque es considerado uno de los mejores
exponentes de las letras hispanas y porque está en tal sitial. En esta novela
se puede sentir a través de Urania, una de las protagonistas, la presencia de
los dos maestros anteriormente mencionados. Los cambios de tiempo son sutiles,
leves, y transportan al lector a lo que quiere el novelista, vivir el tiempo de
la realidad ficticia. Quizás lo mejor y lo que causa una grata impresión es la
redondez, el tiempo de circularidad que rodean a esos primeros capítulos que
salen muy bien mondados, con un acabado impecable, terso, apenas lesionado, tal
vez, cuando se aborda al dictador Trujillo y en él al “mariconazo de Betancourt”
y la OEA, pero esto es leve, como una brizna, una pelusa que afea el cuadro,
cosa que no sucedió en “Historia de Mayta” que se le estropeó en diferentes
tramos por su afán de dejar malparada una ideología –la socialista–. Sin
embargo, a lo mejor, esta puntualización sea una exageración, producto de una
mala lectura, un digerimiento apresurado, pues el resto es melodioso, armónico,
bien encajado. Si los siguientes capítulos contienen ese aliento, Vargas Llosa
habrá redondeado una buena faena y se entenderá una vez más el por qué a los
críticos se les debe tomar con pinzas y más bien de las veces fondearlos en el
olvido.
DOS
Luego de la lectura de los cinco primeros capítulos de “La
Fiesta del Chivo”, última novela del escritor Mario Vargas Llosa, uno puede
comprobar cuán errada puede estar cierta crítica. Nos referimos, en este caso,
al señor Garavito de “El Espectador” de Bogotá, quien no muy recientemente ha
publicado unas líneas sobre esta novela (reproducidas en el diario
“Liberación” de Lima), atreviéndose a señalar que “Vargas Llosa se ha olvidado
de escribir” y descalificando al escritor por los errores gramaticales que
comete éste en algunos pasajes de la misma. Es menester recordar que muchos
escritores, comenzando por Cervantes, pasando por Proust, y terminando por
Neruda –quien tenía terror a las comas y tildes–, les ha sido señalado
problemas en su idioma natal. Para enjuiciar una obra literaria no se puede
echar mano sólo de la cuestión lingüística, sino de los tópicos referentes a la
parte artística, estética. Si uno se dedicara a desgajar páginas, líneas o
párrafos, de las mejores obras de la literatura universal, éstas con seguridad
no nos dirían nada. La combinación de las partes, sumadas al talento y el genio
del creador dan la belleza del conjunto. Desacreditar la labor artística
remitiéndose a fallas nimias es un absurdo, una mezquindad. Si hubiera sido ese
el patrón para evaluar lo artístico, entonces en donde quedarían ciertas obras
de arte como la Mona Lisa, de la que no se sabe con certeza si su sonrisa es ex
profesa o un yerro de Leonardo da Vinci. Lo que pasa es que el señor Garavito
en sus ánimos de pontificar no ha entendido las intenciones del novelista, a
pesar de que su especialidad, la de crítico, ha debido darle el entrenamiento
adecuado. Él ha pensado que “La Fiesta del Chivo” iba a darle la imagen
fidedigna de la dictadura de Trujillo, y eso es un error, por no decir una
gaffe, pues lo que recrea ésta es una ficción. Vargas Llosa, fiel a sus
postulados de “deicida” (ver su ensayo “García Márquez, historia de un
deicidio”) es quien mueve los hilos de la trama y es el dios de la novela. Él
ha “creado” su propia dictadura, su propio Trujillo y ha recogido elementos de
la “realidad real” para darle forma, vida. Que algunos críticos, como Garavito,
no comprendan esa intención no es culpa de Vargas Llosa, sino de las
limitaciones del primero, cuyas anteojeras le impiden ver mejor el horizonte.
TRES
Al parecer la crítica no ha comprendido a Vargas Llosa.
Quizás se deba esto a ciertas limitaciones para percibir el uso adecuado de la
técnica narrativa. Hace poco, uno de ellos, el Sr. Planas (de la revista
“Caretas” de Lima) –según me han contado– habría revivido viejas tesis de un
antiguo crítico –Chavez de Paz– consistente en que Vargas Llosa primero escribe
sus novelas, las troza y luego las rearma para dar la sensación de ruptura y
continuidad. Una tesis un tanto incrédula y facilista. Por qué no pensar que
Vargas Llosa, en todo caso, hace uso de la argucia para dar efecto a la trama.
No sería una mala opción. Sin embargo, se repite esta especie para desmerecer
“La Fiesta del Chivo”. Si fuera así, a cualquiera se le ocurriría escribir una
novela de manera lineal y luego rearmarla para generar la sensación de suspenso
y expectativa. ¿Por qué no lo intenta la crítica? Tal vez con el método de la
prueba se le puedan aclarar algunos vacíos y de pasada nos despejarían la duda
a nosotros también. Sería de mucha utilidad que demuestren que una novela se
puede hacer haciendo uso de ese tipo de artificios. Imagino las dificultades
que se les va a presentar y los problemas que van a tener que afrontar para
hacer coincidir las rupturas, que en las novelas de Vargas Llosa aparecen
naturales en los capítulos alternados. Ya veremos uniones de cinta scotch
pegando artesanías de barro y problemas para utilizar la técnica de los vasos
comunicantes y los saltos de tiempo del pasado al presente y viceversa, que en
Vargas Llosa aparecen muy naturales y nada forzados en los cortes. Sería un
buen ejercicio y un buen adiestramiento. Un buen entrenamiento para ser de una
vez por todas verdaderos creadores.
CUATRO
Terminar de leer y releer “La Fiesta del Chivo” es como
saborear un buen vino. Es comprobar que Trujillo y Johnny Abbes, se parecen
tanto a nuestros Fujimori y Montesinos que las diferencias parecen disolverse.
Pero, más allá de ello, esta novela nos da un fresco de las interioridades,
psicologías y atrocidades de las dictaduras latinoamericanas. Aquellas que
introducen sus raíces en la piel y poros de nuestros gobernantes. Nadie que
haya leído esta última novela de Vargas Llosa podrá negar que el oportunismo y
la mala laya se encuentran fielmente retratados en personajes como Henry
Chirinos, El Constitucionalista Beodo; la crueldad y la perfidia en Abbes; y la
sinuosidad y la astucia en la política, en Balaguer. Vargas Llosa ha construido
bien sus personajes y ha realizado al final de esta novela, trenzada en las
historias paralelas de Urania, la hija del senador Agustín Cabral –caído en
desgracia y sometido a prueba por capricho de Trujillo– y los actores del
atentado contra el dictador, un ajuste de cuentas con el género policial, con
aquel que le jugó una mala pasada en “¿Quién mató a Palomino Molero?”, que,
como sabemos, se le cae de las manos en los momentos de resolución de la misma.
En cambio, en “La Fiesta del Chivo”, el novelista ha cogido firmemente las
riendas y ha dejado que las elaboraciones poéticas tomen forma y ganen espacio.
He allí la maestría de Vargas Llosa, la de dosificar el tiempo y no dejarse
avasallar por la ansiedad en contar una historia. No hay duda de que en esta
novela está el mejor Vargas Llosa, el de los destellos técnicos de “La Casa
Verde”, el de la profundidad poética de “La Ciudad y los perros” y el de la
gran visión de conjunto de “La Guerra del Fin del Mundo”. Una novela que, como
lo dicen las líneas de su presentación, “ya es historia”.
Freddy Molina Casusol
Lima, agosto-setiembre del 2000
Por: Freddy Molina Casusol
25 de mayo de 1999
Miguel Ángel Huamán es uno
de los más ponderados críticos y estudiosos peruanos de la obra de José María
Arguedas. Merced a ello, hemos querido recoger sus puntos de vista respecto del
análisis exegético que ha hecho en La Utopía Arcaica el escritor Mario Vargas
Llosa, a quien en esta entrevista cuestiona su mirada romántica del quehacer
literario y sobre todo su visión de Arguedas. A Miguel Angel, de igual modo
como le sucede al escritor confrontado, se le escaparon de hito en hito algunos
“demonios” que tenía guardados franciscanamente. Sería que el tema era picante
o que el clima estuvo propicio, pero él no dejó escapar la oportunidad para
sumarse también a la crítica que otro crítico, Tomás Escajadillo, ha hecho del
abordamiento arguediano de Vargas Llosa. No sabemos si hemos sido una especie
de redivivos “extirpadores de idolatrías”, pero la intención de fondo fue
reavivar el debate en torno a uno de los titanes de la literatura peruana que
todavía sigue siendo José María Arguedas, colocando sobre el tapete del Index
el libro de un hereje y narrador como aquél.
Has dicho en la revista Quehacer, a propósito de La Utopía Arcaica
escrita por Vargas Llosa, de que “se trata de un libro muy bien escrito con una
intención muy seria de trabajo, como todos los grandes escritores sus puntos de
vista son siempre enriquecedores”; hablas enseguida de que se trata de una
crítica hermenéutica y pasas a refutar el texto para luego decir que “a mí
personalmente no me enriquece en nada”. ¿Podrías explicar esta contradicción?
Claro, digamos, cuando yo
digo que está muy bien escrito y que enriquece, lo afinco en el plano
hermenéutico, me refiero al hecho de que cualquiera que participa de la
experiencia artística, en el nivel de la creación o de la interpretación,
fundamentalmente tiene una visión que depende de su grado de identidad y
empatía con el fenómeno artístico en sí, con la obra en sí. Vargas Llosa es
definitivamente un escritor importante y maneja definitivamente niveles de
interpretación que están marcados por esa participación, esa experiencia con el
hecho en sí literario. Pero eso no supone necesariamente que lo que se diga ahí
tenga la calidad de un hecho analítico, confrontable con otras versiones y
otras opciones que es lo que supone los estudios literarios. Los estudios
literarios suponen un nivel de observación y análisis, que van más allá de la
participación e identidad con el objeto de estudio. Es en un segundo nivel
donde Vargas Llosa hace evidente un concepto, un aparato categorial, digamos ya
superado en la perspectiva de los estudios literarios.
Has manifestado también de que Vargas Llosa “no entiende ni ve las estrategias de la cultura andina”, de que basa su análisis en una oposición entre la racionalidad y la modernidad –enmarcándolo con seguridad dentro de lo utópico, una utopía liberal quizás–, y lo andino. ¿No es también utópico, por decir, que en lo andino también está presente como una cuestión bastante utópica –y derrepente idílica e irrealizable– el mito del Inkarri?
Vamos por partes, en
primer lugar, desde el punto de vista de la actividad artística, de la creación
literaria, Vargas Llosa se mueve en un terreno evidentemente de una concepción
moderna de la actividad literaria, entendiendo la obra como una relación
ficcional, una creación ficcional. Pero desde el punto de vista de su
concepción sobre esos fenómenos, él sigue conservando una perspectiva de
carácter evidentemente romántica porque él sigue creyendo que la fundamentación
del hacer del escritor se encuentra en su vivencia, en su talento, entonces esa
es la contradicción cuando evalúa a Arguedas, le critica en cierta medida su
relación referencial, pero él interioriza también en su análisis, Vargas Llosa,
la relación referencial, porque sigue juzgándolo en función de su propio trauma
y sus conflictos vitales, ¿no es cierto?
¿No crees que, por ejemplo, a Vargas Llosa le faltó leer a profundidad, a pesar de que lo menciona en la bibliografía, el libro de Carmen María Pinilla, Arguedas, conocimiento y vida, donde justamente trata ese punto que acabas de mencionar, del carácter de la literatura de Arguedas, de la relación entre su obra y sus vivencias personales?
Te has referido a que “los
términos del debate en relación con el indigenismo han cambiado” Entonces, para
ti, ¿cuáles serían los nuevos términos del debate? ¿Cuáles son las fronteras,
los limites, en todo caso?
Un componente central de
las observaciones que desliza Vargas Llosa en el mundo andino, es esa suerte de
creencia que el polo de lo tradicional y el polo de lo moderno son
irreductibles, que no hay posibilidad de contacto. Tomás Escajadillo lo ha
calificado muy bien, a Vargas Llosa, como “el último de los extirpadores de
idolatrías”. Y cuando yo hablo de un nuevo estado de la cuestión me refiero
precisamente a eso, ver al mundo andino no como un elemento intocado, una
quinta esencia, sino como un proceso de continuas transformaciones, de cambios
e incorporaciones, creaciones nuevas, donde el polo de lo tradicional no está
reñido con el polo de la modernidad, sino al contrario están en permanente
diálogo. Allí radica, tal vez, la utopía de Vargas Llosa, creer digamos que la
modernidad y el proyecto de la razón moderna es todavía un proyecto cerrado y
perfecto.
Ahora que has recordado a Tomás Escajadillo, que con
Vargas Llosa tiene una vieja rencilla, ¿no piensas que, en los términos del
debate, hay detrás de todo, y en cuanto a las apreciaciones de Vargas Llosa
respecto a Arguedas, como telón de fondo, un tinte político, que detrás están
lo andino, o lo indígena, versus lo cosmopolita?
Bueno, tal vez, tu línea
de observación me permite inducir en tus propias palabras una lectura que yo no
había visto. Vargas Llosa, en su lectura del mundo andino a través de Arguedas,
está también exorcizando sus propios demonios del candidato que perdió por el
mundo andino, precisamente. Yo creo que eso es factible de hacer como todo tipo
de comprensión hermenéutica, pero no es mi interés como estudioso de la
literatura. Mi interés va más allá de la simple focalización de determinados
rasgos particulares. Mi pregunta como interesado en el fenómeno literario es,
quizás, por qué es que se producen, en qué condiciones se producen esos
discursos, de qué manera se producen esos discursos y por qué tienen tal
resonancia. Yo no trato de juzgar en términos cognitivos o negativos los
diferentes discursos de la práctica textual, heterogénea que hay en el país. Mi
lectura va para el otro lado, va para la interrogante de las condiciones en que
aparecen y por qué funcionan, no asignándoles verdades o falsedades. En ese
sentido, como te decía, son niveles distintos. Por eso la lectura de Vargas
Llosa sobre Arguedas es una lectura que más o menos se ha repetido varias veces
ya se ha conocido, se ha conocido varias veces y que no aporta nada. Pienso que
hay otras lecturas que están en pleno curso, eventualmente de gente más joven
que ve las cosas de otra manera.
¿Entonces no crees que la sensibilidad de Arguedas,
plasmada en su obra artística, no haya colisionado con ese mundo moderno que
llama Vargas Llosa, y que vio Arguedas como un mundo calculado en el cual no se
sintió demasiado inserto?
Mira, las citas que hace
Vargas Llosa de Arguedas, tendenciosas, mal leídas, mal interpretadas, podrían
ser usadas también en algunos casos, y otras citas también, para demostrar
exactamente lo contrario, la apertura de Arguedas al mundo occidental, a la
modernidad desde las raíces andinas. El mismo texto clásico de Arguedas, No soy aculturado, precisamente habla en
ese sentido, y quizás la expresión más cabal de esa apertura y no contradicción
irreconciliable entre tradición y modernidad lo plantea el poema Llamado a unos
doctores. Entonces yo creo que la lectura de Vargas Llosa es una lectura
marcada por la pasión del escritor, y no es la lectura del que analiza un
discurso, del que trata de explicar las condiciones en que se producen. Es una
crítica y una interpretación bastante autoritaria que surge desde sus propios
criterios que los da como universales. Por eso es que yo decía que no me
enriquece, porque ese tipo de crítica fue rara y más o menos consistente en un
momento dado en la recepción de la obra de Arguedas, y ya se ha superado
largamente.
¿No piensas que Arguedas, así como Vargas Llosa, a
quien criticas con dureza, no ha sido tendencioso? Me viene en este momento a
la memoria la serie de ensayos reunidos en Indios Mestizos y Señores, y en
especial el ensayo principal Razón de ser del Indigenismo, donde éste se
refería a Riva Agüero y Víctor Andrés Belaunde con bastante dureza, cuando
ellos, así como él, relevaban el mestizaje como la, digamos, una nueva
fundación de un nuevo Perú, ¿no? O quizás entre esas dos posiciones haya
existido una diferencia, en el sentido de que unos levantaban lo hispano sobre
lo andino y, del lado de Arguedas, lo andino sobre lo hispano.
Mira la impresión que tengo es que hay que precisar bien los niveles de las lecturas. Yo creo que cuando decía que Vargas Llosa como escritor es extraordinario, que no es lo mismo que cuando él hace el papel de exegeta, interprete de determinados autores, donde lleva agua para su molino, igual podría decir exactamente de Arguedas en sus varias dimensiones. Una cosa es Arguedas el escritor, el autor, pues, de El zorro de arriba y el zorro de abajo, los poemas de Katatay, y otra cosa es el Arguedas político, el Arguedas etnólogo; son diferentes dimensiones. Yo no puedo juzgar solamente por criterios excesivamente ambiguos y lábiles como la sensibilidad o la identidad con determinadas vivencias. La producción textual de un autor es también subsidiaria de su época, es una época marcada tal vez por ese componente. Pero el sentido que yo le doy no es un sentido racista. Precisamente con el devenir de los años esta palabra se entiende, no desde un sentido reduccionista a nivel de vivir todas las razas, sino en el sentido de vivir todas las culturas, todas las voces, todas las expresiones, bajo un criterio simbólico a nivel cultural, que precisamente haga de nuestra diversidad nuestra fuerza y no al revés. Entonces ese tipo de lecturas yo no comparto, me parece que no están ni siquiera textualmente bien sostenidas, porque las mismas citas podría leerlas de otra manera, y que en Arguedas hay infinidad de otras propuestas más valiosas que simplemente marcar las citas para ese lado.
Por último, ¿no crees que a José María Arguedas le
está pasando lo que le ha pasado a Mariátegui en su visión del Perú de los
veinte y treinta, que ha perdido peso, especificidad en las gentes?
Bueno, al José María
Arguedas político, probablemente si le pasó y terminó suicidándose; pero al
José María Arguedas escritor, autor de El zorro de arriba y otros poemas
mencionados sigue vigente. Tu mismo interés por el Arguedas escritor da cuenta
de ello.
MUCHO MEJOR escrito, con registros más
uniformes y homogéneos respecto a la obra que la precedió diez años atrás,
“Manual del perfecto idiota latinoamericano”, El regreso del idiota actualiza el debate en torno al nacionalismo
y el futuro de la corriente liberal en América Latina. Montaner, Plinio Apuleyo
Mendoza y Alvaro Vargas Llosa, han superado las expectativas y presentan en su
trabajo una mirada mucho más minuciosa y mejor elaborada, de la conciencia y
subconciencia de ese animal político llamado “populista” o “nacionalista”, pero
que ellos, con causticidad, prefieren llamar “idiota”.
En su examen, los autores no escatiman esfuerzos para mostrar
al lector la simpleza de argumentos de gobernantes latinoamericanos como Hugo
Chávez, a quien presentan en sus orígenes ideológicos como entusiasta seguidor
del fascista argentino Ceresore y falsificador de la figura política de Simón
Bolívar, quien en vida nunca alentó una lucha de clases y menos de razas.
De igual modo, presentan las
incongruencias del presidente Kirchner, el cual, dependiendo del humor con que
amanezca, puede tocar tierra con el pie izquierdo y cubrir el desliz del mal
paso con la otra pierna, la derecha, para explicar sus desbordes populistas en
las tribunas; y de Evo Morales, cuya fidelidad a Chávez riza con la
genuflexión, cuando se tropieza con las inversiones brasileñas y debe aceptar
que Lula le diga: “la paciencia tiene un límite”.
Pero más allá de lo anecdótico, por lo cual se podría erróneamente
identificar el libro, El regreso del
idiota, demuestra con cifras y hechos que el crecimiento de las naciones,
otrora pobres, se debe a la sapiencia de sus gobernantes por instaurar en sus
sociedades una economía de mercado, libre de sujeciones controlistas y fiebres
tropicales.
El
mejor ejemplo que se presenta es el de Estonia, una sociedad pequeña,
perteneciente en el pasado al desaparecido bloque comunista de la Unión
Soviética, y de apenas un millón y medio de habitantes, cuyo despegue la ha
hecho convertirse en el país de mayor crecimiento económico en la Unión
Europea. Esto sin mencionar China o Vietnam, las cuales aun manteniendo las
envolturas comunistas han desarrollado vigorosamente en los últimos años una
economía capitalista, que ha hecho que, en el caso de la primera, crezca a un
ritmo del 9 por ciento anual y sacado de la pobreza a 250 millones de chinos.
La India, Finlandia e Irlanda van por ese mismo camino.
Para Montaner, Vargas Llosa y Apuleyo
Mendoza, las causas del subdesarrollo en América Latina, se debe a la idiotez
política de los líderes latinoamericanos y el echarle la culpa de todos los
males en esta parte del continente a los EE.UU., sin mirar dentro de ellos
mismos la responsabilidad de las catástrofes económicas. Para ellos la
resurrección del nacionalismo y el populismo, en los rostros de Ollanta Humala
y Evo Morales, se debe a esa suicida reiteración por cometer los mismos errores
del pasado, los cuales encuentran en la Argentina de Kirchner, plagada de
peronismo, uno de sus mejores modelos.
Si un error cabe señalar en los autores de
El regreso es su cegada admiración
por EE.UU. Ese tipo de señalamientos ha sido ya antes observado por un
recusador peruano del “Manual”, Rafael Romero, cuya Respuesta a Vargas Llosa (Editorial Juan Silva Santisteban, 2000)
–cargada de resabios apristas y animosidad contra sus autores– fue el primero
en advertirlo.
No obstante, El regreso del idiota, por la
severidad de sus juicios y por la contundencia de su análisis, en nuestra
opinión, puede competir tranquilamente, en cuanto a difusión y propagación de
ideas, con el libro de Eduardo Galeano, “Las venas abiertas de América Latina”,
texto que sirvió para sujetar en las filas de la izquierda durante decenas de
años a varias generaciones de jóvenes latinoamericanos, desde la oriental
Uruguay, patria del autor, hasta la acalorada Cuba, país de Montaner.
Un aspecto curioso del libro –aunque algo artificial– es la
nueva división que se hace de la izquierda en América Latina. Los autores de El regreso se han cuidado en llamar
“izquierda vegetariana” a todo aquel espécimen socialista que, a pesar de
comprender las bondades de la economía abierta, oscila en las veleidades del
populismo y el sentido común en sus discursos. De esta izquierda no hay que
tener cuidado, pues, racional y comprensiva con la sociedad abierta ha
entendido que la apertura y el libre mercado es la solución para los problemas
sociales. Pero, de la otra, la “izquierda carnívora” hay que estar con los ojos
bien abiertos y la mirada atenta, pues, su desprecio por la democracia y el
modelo económico liberal la convierten en un peligro en ciernes. A esta
izquierda, la primera, la vegetariana, le tiene un fuerte complejo, pues
arropada aquélla de trajes revolucionarios, la hace sentir “pequeño burguesa”,
en el lenguaje de los “carnívoros”.
No quisieron Montaner y compañía dejar solo al “idiota”
descrito en sus páginas, sino que lo ha hecho acompañar de sus pares europeos
como James Petras e Ignacio Ramonet, entre los más insignes.
Petras, reconocido entre la intelectualidad de izquierda como
uno de sus interlocutores, sale mal parado cuando se le presenta en un artículo
contra Chomsky y otros que firmaron un documento censurando el fusilamiento de
tres jóvenes negros en Cuba. Decir que había que castigar a los disidentes porque
estaban al servicio de un país extranjero, le valió la respuesta de una
activista de izquierda, Joanne Landy, quien lo calificó de “inescrupuloso” y
“admirador de los represivos regímenes comunistas”.
Asimismo, Ramonet, que junto con Chomsky –tan apreciado en el
campo de la Lingüística, pero tan discutido cuando se trata de sus ideas
políticas–, publicó el libro “Cómo nos venden la moto”, nos evoca la
exquisiteces de cierta izquierda local –asidua a los bares bohemios de Barranco
y socialista luego de escuchar a Pablo Milanés– lista para cobrar con la
derecha lo que piensa a la izquierda.
A diferencia del “Manual”, que pecaba de ampuloso, áspero y
agresivo en el recuerdo de los diez libros que hicieron al “idiota
latinoamericano”, el trío Montaner, Mendoza y Vargas Llosa, remata la faena con
una guía de diez libros para “desidiotizar” al “idiota” o al prospecto de
idiota. Hayek, Mises, Friedman, entre otros, están bien acompañados de un
Carlos Rangel, a quien se le rinde homenaje de nuevo al incluir uno de sus
libros en la nómina, Del buen salvaje al
buen revolucionario.
Propositivo, sólido, armado de severos juicios bien
distribuidos a lo largo de sus páginas, “El regreso del idiota” lanza un
desafío a la izquierda que se atrinchera ahora en los nacionalismos y los
indigenismos, los cuales reemplazan los integrismos marxistas del pasado. El
prólogo de Mario Vargas Llosa, presentador de la obra, da fe de ello.
Freddy Molina Casusol
Lima, 21 de julio de 2007
Estimado señor Gutiérrez:
Gracias a una amiga, que labora en un medio de comunicación escrito, es que he podido tener acceso a la casi integridad de los artículos periodísticos que han conformado lo que ha sido un debate entre costeños y andinos en la literatura nacional. Déjeme decirle que ha tenido que ser un escritor de su talla y trayectoria quien, con toda la autoridad que le confiere una obra publicada y valorada por especialistas extranjeros, haya puesto en el tapete lo que en las tertulias y sobremesas literarias se comenta: que existe un grupo de amigotes, embutidos en la toga de críticos literarios, pretendiendo regimentar el canon literario peruano, y que puestas más sus narices en las oficinas de las grandes editoriales que en presentar al lector un autor poco conocido, se dedican a favorecer a sus allegados, conformando, como bien ha señalado, una secta, que en honor a la verdad, hubiera pasado desapercibida si no fuera por los excesos que han cometido en los espacios culturales donde ejercen sus malas artes. Para descalificarlo he leído también, con espanto, que uno de sus impugnadores, ha sacado de los anaqueles de su perfumada biblioteca, un ensayo suyo que, por cierto, causó gran polémica en su momento: La generación del 50: un mundo dividido. Qué manera de debatir la del señor Fernando Ampuero, me decía. Un hombre que le queda muy grande el saco de “escritor” –y cuya obra, aupada por los amigos que tiene en la prensa y por aquellos con quienes se pasea en bicicleta por Miraflores o Barranco, es prescindible– y que, con descomunal esfuerzo –como si el lector de sus artículos tuviera miopía literaria, pero peor aún (lo que sería un insulto para quienes lo soportamos en ellos) miopía intelectual–, intenta presentarse como el adalid de las letras nacionales. Déjeme expresarle que mientras leía, con ojos sorprendidos, las penosas líneas de Ampuero, recordaba la polémica entre Vargas Llosa y Gunter Grass, iniciada, después se supo, por una mala traducción de la palabra “cortesana” en los medios, y endilgada supuestamente por el primero a García Márquez. Pensaba, pues, que este calificativo le caería muy bien al autor de Caramelo Verde y Miraflores Melody –título con el que se solaza en presentarse, porque los otros, Bicho raro, El Enano, y sobre todo alguno, que casi nunca menciona y que fue su opera prima, Mamotreto (título profético que tal vez englobe el conjunto de su escritos), son poco atractivos– que, con esforzada coquetería, se exhibe en librerías y cuantos lugares puede (y pronto, parece anunciarse, en supermercados), en una bien calculada labor de mercadeo y venta de sus no tan bien logrados best-sellers. Desviar el debate hacia asuntos ideológicos, a posturas en el pasado, para descalificar y restar méritos a una obra literaria sólo nos indica la carencia de recursos del contendor. Qué dirán entonces Ampuero y Oviedo –descontemos al señor Alegría que utiliza el apellido de su ilustre padre con fines de exposición extraliteraria– de Borges, que consideró como únicos gobiernos posibles los de Pinochet y Videla. ¿Lo habrían acusado de complicidad en las matanzas y genocidios ocurridos en Argentina y Chile en los años setenta? ¿O lo habrían rescatado por su obra literaria? Seguro que la sensatez habría imperado. En ninguna parte de esta polémica, por más que he buscado en los artículos que me han alcanzado, logro leer que usted, bajo la lupa de la lucha de clases, la dialéctica marxista, o algo que se le asemeje, esté evaluando la obra del primero de los mencionados o de Alonso Cueto para señalar a otro interlocutor de ésta –y que sin querer se ha delatado como miembro del grupo que ha denunciado–. ¿De dónde sale la especie? De la imaginación inquisidora de Fernando Ampuero, quien, en este caso, ha hecho uso a raudales de ella –la que por cierto no se ve en su libro de entrevistas, Gato encerrado, libro para el olvido y que pone el trabajo de su oponente César Hildebrandt, Cambio de Palabras, en mejores condiciones, y, de refilón, para su disgusto, como mejor entrevistador en el sector que se disputan durante años: el periodismo–. Lo triste del asunto es que personajes que creíamos ponderados en sus juicios, que parecían inmaculados en sus apreciaciones literarias, tuvieran en un pasado remoto, si nos atenemos a los testimonios de Reynoso y Gregorio Martínez, conductas sinuosas, similares a las que tienen sus actuales herederos en la crítica literaria local. Eso, para nosotros que pertenecemos a la generación de los ochenta, ha sido una ingrata sorpresa. Nos referimos al caso de José Miguel Oviedo. Nunca se nos hubiera ocurrido sospechar de la integridad intelectual del señor Oviedo. A él que lo habíamos leído entrevistando a Luis Alberto Sánchez para un libro de Mosca Azul, analizando a Vargas Llosa en un libro dedicado a la obra de éste, desmenuzando con paciencia de entomólogo la penúltima obra de José María Arguedas, Todas las sangres, en un artículo para El Comercio, no lo habíamos creído capaz de tales despropósitos. Esto nos hace pensar que el doble perfil del doctor Jekyll y Mr. Hyde se había estado paseando impunemente en las redacciones periodísticas, cátedras universitarias, revistas especializadas, de aquí y del exterior, sin que nadie se percatara, hasta ahora, de sus desaguisados. Por ello, esta polémica ha sido instructiva (lastimosamente, no ha alcanzado los ribetes de la protagonizada por Sánchez, Mariátegui y otros, en la década del veinte), porque ha desnudado las miserias en las que puede caer cierta crítica cuando asume comportamientos mafiosos. Respecto al tema de fondo que la ha provocado: la exclusión de los escritores andinos en los espacios mediáticos por un grupo elitista, se puede decir que es verdad lo que dice Ampuero: no hay ningún escritor actual de los Andes que esté a la talla de un Arguedas o Alegría que exija una especial atención, pero tampoco, como bien ha acotado Gustavo Faverón, no hay, por el otro lado, el de los “costeños”, ninguno de la talla de un Mario Vargas Llosa. Ampuero, está demás decirlo, no le hace ni cosquillas. Y para que éste no se moleste comparándolo con usted, si se coloca por un instante la globalidad de su obra (novelas, cuentos, libro de entrevistas) al lado de uno de los principales libros de aquél, La ciudad y los perros, toda ella se encogería tímidamente adquiriendo, además, el tono cenizo del cielo de Lima, o tal vez se decoloraría igual que el título que vio Cueto para un libro suyo, Pálido cielo –que Alonso Alegría comentó con desigual entusiasmo para quedar bien con su amigo e ingresar al clan, y que Dante Castro descubrió, para su infortunio, en un correo electrónico–. Decir, por otra parte, que usted está liderando a los escritores andinos es otro desatino. Quien se haya tomado la molestia de leer La novela en los Andes, encontrará que usted postula una renovación de la literatura producida en esta zona del país. Qué dirían, nos preguntamos, sus oponentes a párrafos como este: “Como cualquier realidad, los Andes están signados por la diversidad. Las novelas de Vargas Llosa, Colchado y Rosas Paravicino narran historias y plantean problemas que remiten a la sociedad andina tradicional, a la sierra arguediana y sería bueno que éstas fueran las últimas novelas de esta temática, pues en el futuro cercano resultarán extemporáneos y epigonales aquellos relatos poblados de wamanis, apachetas y auquis y otros seres de la demonología andina.” (La novela en los Andes, p. 110). Con seguridad dirían los que creen que usted defiende a raja tabla este tipo de literatura, que es un extirpador de idolatrías, un traidor; y, los del otro bando, celebrarían jubilosos su excomunión. No, de lo que se trata, refiriéndose en este mismo trabajo al caso del escritor amazónico Urteaga Cabrera, es de lo siguiente: “lo que confiere autenticidad y legitima su libro de relatos es su valor estético, valor alcanzado por una confluencia de los requerimientos formales y artísticos con una actitud de honesta simpatía frente al mundo relatado en la ficción narrativa.” (Ibíd, p. 106). Ese es el verdadero sentido del debate: la cuestión artística, la validez estética de textos literarios andinos o amazónicos –que, como mal ha pretendido hacernos creer Cueto, usted habría querido obviar–, y no las tontas vanidades encendidas por las ventas de libros, que se parecen a las otras tantas de un periodista conocido, enamorado –como toro de la luna– del rating, y que no nos indican nada acerca de la calidad de una obra. Por último, que un escritor como usted haya puesto pica en Flandes, dice mucho de la buena salud que está gozando la literatura peruana en sus más logrados exponentes. Dice que no todo está perdido, que hay intelectuales decentes y que hay que seguir luchando.
Muy cordialmente,
Freddy Molina Casusol
Lima, 24 de octubre de 2005
I
Un inca de presidente
En la noche del 9 de abril del dos mil, una masa
enfervorizada, rabiosa, que cubría grandes tramos de las primeras cuadras del
Paseo de la República en el centro de la capital, exigía que de una de las
ventanas del Hotel Sheraton, saliera un personaje quien, eludiendo los ardides
y trampas de la maquinaría electoral puesta al servicio del régimen, se había
erigido entre los peruanos como la única esperanza para salir de la dictadura
de Fujimori y Montesinos.
“Queremos un inca y no un japonés”, gritaba la gente mientras
una bandera roja y blanca, que casi cubría una tribuna, pasaba de mano en mano,
esperando la salida del candidato que no pudo ser batido por los ataques de la
prensa adicta al gobierno y los silencios cómplices de la televisión
parametrada. Esa noche, apertrechado entre la multitud, me limitaba a observar
y auscultar a esa masa irascible que abofeteaba en el aire toda clase de
insultos en contra de Fujimori y su hija, de quien decían en tono de sorna: “El
pueblo está en las calles y Keiko está muy gorda”. A pocos metros se podía
observar que improvisados vendedores de recuerdos hacían negocios entre los
asistentes ofreciendo vinchas con el eslogan: “Toledo Presidente”, y que los
suculentos pasteles de choclo, acompañados de una gaseosa, constituían un
manjar entre los más vocingleros para reponer energías. El hotel Sheraton lucía
una serenidad expectante. Sus luces se encendían para unos cuantos cuartos, en
tanto su alerón, repleto de periodistas y miembros de la oposición pugnando por
estar en primera fila, esperaba la salida de Alejandro Toledo, el candidato a
quien horas antes Fujimori había robado una elección. ¿Pero quién era este
personaje de rostro andino y piel cetrina, que amenazaba la estabilidad de un
régimen planeado a quedarse quince años en el poder?
III
“Pachacutec”
“Que salga el Presidente”, rugía la masa de gente, haciendo
añicos el aire que la rodeaba. “Pachacutec, Pachacutec”, gritaban hasta
desgañitarse, jóvenes, mujeres, niños, reclamando la salida de su líder. Con el
tiempo Alejandro Toledo llamó a esto surgido entre él y el pueblo peruano, “una
química, un amor a primera vista”. Por esas fechas, recuerdo, no tenía las
intenciones de votar por Toledo. ¿Por qué habría de votar por alguien que a la
hora de hablar daba un acento anglosajón al castellano y engolaba la voz en
falsete? ¿Qué seguridad me podía dar alguien que no estaba seguro de su propia
identidad? Yo pensaba que Toledo no era sino un oportunista y que se metía entre
los codos de otros candidatos más presentables, como Andrade y Castañeda, que
no pasaría de ser un bluff. Con el transcurrir del tiempo tuve que tragarme mis
propios pensamientos y comenzar a mudar de opinión en la medida que veía como
los candidatos favoritos eran triturados por el aparato mediático de la
dictadura y eran reacios a unificar fuerzas en una plancha de oposición. Unos
meses antes de la elección, un prestigioso diario limeño, “El Comercio”, que
hacía una tibia resistencia al gobierno debido al temor a ser asaltado por las
huestes del régimen, publicó un informe de Ricardo Uceda, donde se daba cuenta
de los pormenores de una secreta reunión entre los representantes de los
candidatos Andrade, Castañeda y Toledo, en un lujoso restaurante. Toledo, según
se informó después por otras fuentes, estaba dispuesto, luego de aquella y
otras citas, a allanar el camino y declinar su candidatura a cambio de una de
las vicepresidencias. Él se sometería a lo que dispusieran tanto Andrade como
Castañeda, para dar viabilidad a una candidatura unificada de la oposición.
Allí fue la primera vez que pensé que si una persona era capaz de ceder en sus
ambiciones, era porque tenía buenas intenciones para con el país. Esa vez,
luego de leer ese informe y entender que las ambiciones de Andrade y Castañeda
eran demasiado grandes como para creer en un milagro unificador, pensé muy
remotamente: ¿Por qué no darle la oportunidad a un “cholo” en el poder?
IV
La mano negra de la dictadura
Cuando el caso Zaraí explotó, Toledo tenía alrededor de
cuarenta por ciento en las encuestas de opinión. A esas alturas cualquier cosa
que se dijera en contra de él, rebotaba y levantaba su candidatura. A esto los
analistas políticos llamaron “efecto teflón”. Nada se le pegaba. Esto provocó
que la mente maquiavélica de Montesinos urdiera un plan para derribarse al
“Cholo” y mantener al “Chino” en el poder. Los esbirros del régimen comenzaron
a hurgar toda clase de papeles y encontraron en la biografía de Toledo una
mancha negra. Hacía muchos años que el candidato de Perú Posible afrontaba un
juicio de paternidad de una niña llamada Zaraí, en Piura. Esa era la
oportunidad que se le presentaba a los agentes de la dictadura para desinflar
la candidatura del principal opositor al régimen. ¿No sería acaso, pensarían,
sensible la opinión pública ante un caso de paternidad negada? ¿Cuántos niños
abandonados existían en el país?, meditaron, calculando los beneficios
políticos que obtendrían si esta vez sí funcionaba una campaña en contra de
Toledo, llevada en esa dirección. Para eso, para cumplir esos despropósitos,
llamaron a una de las fieles defensoras del régimen en la televisión: Laura
Bozzo. La Bozzo, utilizando su aceptación en los niveles C y D de la población,
lanzó un programa donde se denunciaba el caso y llamó al electorado a no
dejarse engatusar y menos votar por un hombre irresponsable que abandonaba a
sus hijos. Así nació el “caso Zarai”, que lamentablemente se desnaturalizó
cuando se supo que tanto la niña y la madre habían llegado a Lima en un avión
fletado por un coronel del ejército peruano. La mano negra de la dictadura las
instrumentalizaba para desprestigiar a Toledo. La maniobra había quedado al
descubierto. Oscuros intereses corrían bajo de la mesa para mantener a Fujimori
en su cargo y tapar la corrupción de su gobierno. La población más convencida
que nunca que algo se cocinaba a sus espaldas, dio la contra al “Chino” y votó
por el “Cholo” esa vez, exigiendo dirimiera fuerzas con su adversario, en una
espectacular segunda vuelta.
V
Un mal cálculo
“Dictadura, dictadura”, no dejaban de gritar los asistentes
al mitin convocado por la resistencia que apoyaba a Toledo. En el alerón del
Sheraton se podía observar entre el enjambre de periodistas, los rostros de
Víctor Andrés García Belaunde, sobrino del ex presidente Belaunde; Máximo San
Román, antiguo colaborador de Fujimori y ahora enrolado en las filas de la
oposición luego del golpe del 5 de abril de 1992 –fecha en la que el régimen
disolvió los poderes del Estado y cerró el Congreso que él presidía–; Jorge del
Castillo, Secretario General del Partido Aprista Peruano y defensor
incondicional del ex presidente Alan García; Javier Diez Cánseco, líder de la
izquierda peruana; y los inefables Luis Castañeda Lossio y Alberto Andrade, quienes
en medio de los reflectores de las luces ámbar que alumbraban sus rostros
demudados y serios, meditaban, seguramente, su dos y cinco por ciento
respectivamente, obtenidos la tarde de ese domingo. De los dos, el más
contrariado parecía ser Castañeda Lossio. Su mirada se paseaba nerviosa y
perdida entre el gentío allí arriba. Lo que había pasado horas antes con su
candidatura, era una catástrofe electoralmente hablando. Mientras lo veía
trasladarse de un lado a otro, recordaba el informe de “El Comercio”. Según se
deducía de éste, la gente de Castañeda había sido quien había puesto más
resistencia en las negociaciones para ir la oposición unida en una sola
plancha. Al parecer, creía que con su 14%, podría remontar vuelo y superar el
porcentaje de Andrade, un 23% en las preferencias ciudadanas, en las últimas
semanas que faltaban para la elección. Argüía, siempre según la misma
información, que él tenía mayores posibilidades de éxito en caso de una segunda
vuelta con Fujimori, pues mientras Andrade estaba de bajada, él estaba de
subida. Lo que en verdad ocurría –y Luis Castañeda no lo evaluaba bien– era que
el régimen repartía equitativamente los palos a uno y otro sector, de acuerdo a
cómo se movieran en el tablero de ajedrez electoral. El asunto era mantenerlos
a raya –aparentando una ilusión de elección transparente– y dar la falsa idea
de que podían aprovecharse de los márgenes democráticos que otorgaba el régimen
para beneficio propio. Castañeda, para remate, se decía por otro lado, no
miraba con buenos ojos a Toledo, mientras éste era recibido con cordialidad por
Andrade. Mal cálculo el del candidato de Solidaridad Nacional –nombre de la
agrupación política que lideraba– que estaría lamentando en ese momento su
error, cuando la gran masa de gente que se aglomeraba a los pies del Sheraton,
hacía retumbar en sus oídos el nombre de su rival como presidente.
VI
Un candidato surgido de la bruma
Cuando Toledo salió al estrado, la masa lucía más exaltada
que nunca. Yo, casi contagiado por las arengas del público, casi me disponía a
saltar junta a ella, aunándome a los gritos de que “el que no salta es un
c...”, pero mi pudor era mucho más fuerte y me conformaba con acompañar
tímidamente los gritos de “y va a caer, y va caer...la dictadura va caer”.
Minutos antes de la presentación de Toledo, hubieron intentos fallidos que la
anunciaban. Los organizadores del improvisado mitin decidieron, para calentar
la plaza, que una serie de oradores debían preceder en la palabra a
“Pachacutec”. Así se pudo ver a Carlos Ferrero, disidente del fujimorismo y
candidato a la segunda vice-presidencia en la plancha de Perú Posible, fustigar
el régimen de Fujimori y Montesinos exigiendo el respeto al voto de la
ciudadanía que había optado por una segunda vuelta entre Alejandro Toledo y
Alberto Fujimori; a Susana Higuchi, ex primera dama, quien saludaba a la
muchedumbre presente y reclamaba también elecciones limpias; a Anel Townsend, hija
del desaparecido líder del Apra, Andrés Towsend Ezcurra, entre otros. Los
flashes de los fotógrafos no cesaban de enviar fogonazos en diversas
direcciones. Esa noche, seguramente, habían tenido harto trabajo los
periodistas nacionales e internacionales que, por arte de birlibirloque, veían
a medida que las horas pasaban como las cifras de la ONPE –jurado electoral
peruano– iban cambiando, acercando al candidato presidente Fujimori, a la
ansiada segunda re-re-elección. Esa tarde, horas antes de que Toledo se
encontrara con sus entusiastas seguidores, una cariacontecida conductora de
televisión, anunciaba a las cuatro en punto una gran sorpresa: el candidato
Alejandro Toledo llevaba ocho puntos de ventaja a Fujimori, en el conteo a boca
de urna. El candidato de la Chakana –símbolo del Perú incaico– se llevaba de
encuentro al “Tsunami” Fujimori. Lo que se asomaba como una leve esperanza para
salir de una dictadura, que había impedido durante la campaña se expresaran con
libertad otras candidaturas, había cristalizado en una agradable realidad.
Toledo a lo largo del país, se murmuraba en la calle, se estaba llevando en
vilo al “Chino”. El traqueteo de las maquinas en las agencias de prensa
internacionales no dejó de cesar. En el Perú, un candidato casi desconocido
había surgido de la bruma y desafiaba la imbatibilidad de Fujimori, vencedor de
Vargas Llosa y Pérez de Cuellar, en las dos últimas justas electorales.
VII
Un acertado análisis
A las cuatro de la tarde del domingo 9 de abril, Carlos
Ferrero no podía dar cuenta de lo escuchaban sus oídos: había pasado a la
segunda vuelta con el “Cholo de Harvard”. Cuando salió en la televisión su
rostro delataba una ansiedad creciente. La saliva se atoraba en su paladar y
sus ojos delatando sus deseos, apenas daban pie a sus palabras. Su mirada, que
revoloteando por todos lados buscaba posesionarse en algún rincón de la
habitación, lucía vivaz y alborotada. Su corazón acelerado y la agitación de
sus pulmones eran casi incontrolables. Apenas podía articular unas cuantas
palabras cuando una periodista se acercó a entrevistarlo. “Hay que esperar con
paciencia los resultados finales, no hay que cantar victoria”, dijo. Pero en el
fondo, él sentía que se había sacado la lotería, que casi ya acariciaba la
vicepresidencia de la nación. En cada pasar de mano alisando su desierto
cráneo, y en cada zancada rectilínea dentro de la habitación, trasladaba su
estado de ánimo, torrentoso y febril. Había hecho bien, entonces, romper con
Fujimori cuando las aguas se volvían turbulentas. Al principio, claro, la
animadversión de sus antiguos correligionarios que lo acusaban de traidor no lo
dejaban en paz, pero él supo capear el temporal. Es que había olfateado en el
ambiente que el régimen se derrumbaba, que los diques de contención se estaban
rajando y que muy pronto ellos no resistirían los embates de los adversarios, y
era mejor irse. Era demasiado: el referéndum anulado, el Tribunal
Constitucional descabezado, la interpretación auténtica de la Constitución, la
re-re-elección del Presidente, lo de Barrios Altos, La Cantuta, las cuentas
secretas del asesor presidencial y la televisión capturada, ya no daba más la
gente. Ya no querían al “Chino”, y era mejor largarse antes que la cosa
continuara deteriorándose. ¿Pero adónde migrar? Su olfato político lo guió y le
dijo que era mejor ubicarse en el centro. Luego, tibia pero estratégicamente se
orientó hacia la ruta de los opositores de Fujimori. Estos que comenzaron a
verlo al principio con recelo, con el tiempo se acostumbraron a su figura y lo
tomaron como uno de los suyos. Lo del arreglo oscuro con el Ecuador, hizo que
se luciera en el Congreso. Había sido uno de los más inteligentes fustigadores
del acuerdo del gobierno con el país del norte, y eso fue bien visto por la
oposición que lo convocó a sus reuniones. Cuando el cambio de camiseta había
quedado definido, Toledo, un día, una tarde o una noche, lo llamó y le
preguntó: ¿No quisieras ser mi vice-presidente? Y él, sin pensar que la suerte
le sonreiría a ese candidato desconocido, porque quizás pensó que lo más
importante era tener vigencia política, aceptó. Ahora, cuando estaba en las
puertas de la gloria, pensó cuán acertado había estado en su análisis ese
momento.
VIII
El hotel era un loquerío
Las puertas del hotel eran un loquerío. La muchedumbre casi
se avalanzaba hacia las primeras filas para estar más cerca de su líder.
“Queremos un inca y no un japonés”, gritaba a voz en cuello la gente, mientras
hacían retumbar el asfalto con sus saltos. “Chino de mierda”, vociferaban con
la rabia encendida, y luego se quedaban en silencio, como para que el eco de
sus voces se escuchen hasta Palacio. Irritados porque ese domingo, cuando
fueron a votar por Toledo, encontraron las cédulas de sufragio untadas con
cera, no cabían en su indignación. Y más tarde, cuando los resultados a boca de
urna lo daban como ganador, se dieron con la sorpresa que ahora perdía por la
misma cantidad con la que se le había dado como ganador: ocho puntos. Eso los
colmó. O sea el “Chino” quería quedarse cinco años más. Entonces comenzaron a
organizarse, a salir casi espontáneamente de sus casas. ¿Pero adónde ir? Se
enteraron que Toledo y los suyos estaban en el Hotel Sheraton y hacia allá se
dirigieron. Primero llegaron en grupos pequeños, de tal modo que la televisión
copada por el régimen se atrevió a dar cuenta de su minúscula presencia, un
poco para minimizar a Toledo; pero eso no les importó, porque a medida que
crecía la indignación con las cifras, luego fueron confluyendo más y más. Las
primeras cuadras del Paseo de la República, se habían convertido en cuestión de
horas en el principal bastión de la resistencia al régimen de Fujimori. Eso no
lo esperaba Montesinos, quien desde algún lugar del SIN, digitaba las cifras a
sus adláteres de la ONPE. Esperaban el momento adecuado para soltar el mazazo y
decir, a través de la televisión, que Fujimori había obtenido el 50% más un
voto y todo había terminado. No habría segunda vuelta. Pero la gente no los
dejó. A medida que pasaban las horas, la presión se hacía cada vez más fuerte.
Los hombres del Fujimori y Montesinos estaban jaqueados. No podían proclamar el
triunfo del dictador, porque afuera la amenaza de una revuelta popular los
asechaba.
IX
Un aroma a insurrección
Ya en el estrado Toledo, ensayó una de las figuras que lo
caracterizaría en cada una de sus presentaciones: tomar la bandera peruana,
besarla y elevarla en el aire, en señal de veneración. Un exceso histriónico
que no le importó a la gente que lo aclamaba y no lo dejaba hablar en cada
rescoldo de sus palabras. Al costado de Toledo se podía ver a los periodistas
que pugnaban por tomar las mejores fotos. Cada uno de ellos, cumpliendo con el
oficio de registrar el mejor momento de la noche, se dedicaba a buscar el mejor
ángulo. Se podía ver pujando entre los asistentes a los camarografos de Canal
N, que desafiando a los mastines del gobierno se dedicó toda la tarde –mientras
los otros canales distraían a la población con una programación fraudulenta,
plagada de dibujos animados y series cómicas–, a transmitir los acontecimientos
en el Hotel Sheraton. Al otro lado, haciéndole guardia se podía distinguir las
cabezas de Ferrero, Anel Towsend. En un momento de su alocución Toledo hizo
mención de varios lideres internacionales que habían expresado su repudio a lo
que pasaba en el Perú, entre ellos Mario Vargas Llosa, quien, desde algún lugar
del mundo, había expresado su solidaridad al candidato de Perú Posible, actitud
que fue muy bien aplaudida por la gente, que se agolpaba en las calles a la
espera de un gesto, una palabra, que les indicara la conducta a seguir. En el
fondo lo que ansiaban oír era que Toledo ordenara, como Belaunde lo hizo el 56,
marchar a Palacio. Pero la gente estaba fogosa, en el ambiente se olía un aroma
a insurrección, y la fatalidad podía siniestramente reinar en esa atmósfera
rodeada de acontecimientos extraños. Luego se supo que, ante esas imágenes
dadas a conocer por la televisión, los comandantes del ejército, se resistieron
a obedecer las órdenes emanadas por Montesinos. “Está loco”, dijeron, cuando se
enteraron que éste pensaba enfrentar el pueblo a los tanques. Mejor sería que
el “Chino” vaya a una segunda vuelta con el “Cholo” y allí vemos que podemos
hacer, dijeron. Mientras tanto, Toledo se encargaba de apaciguar y a veces, a
ratos, exaltar a sus seguidores, quienes llevados por su euforia, le exigían
desde abajo ir a Palacio.
X
La dama de hierro
Toledo, según los cálculos más optimistas, había logrado
reunir esa noche del 9 de abril alrededor de cincuenta mil personas. Pero los
analistas políticos peruanos se encontraban divididos. Unos –Morelli, Trelles–
agrupados en el canal 8, repetían lo que el régimen despedía en las páginas de
los diarios de cincuenta céntimos: que Toledo era un “terruco”. Y para
demostrarlo dedicaron parte de sus presentaciones a mostrar las imágenes donde
el candidato presidencial de Perú Posible, aparecía cargado por la multitud en
la Plaza Mayor y en aparente estado de embriaguez. En cambio, para los otros,
que se agrupaban en el diario “Liberación”, dirigido por el periodista César
Hildebrandt, éste asomaba como el líder de la resistencia democrática. La
cobertura que daba Hildebrandt a Toledo, era la del hombre que logró plasmar
desde abajo la unificación de la oposición atomizada. Sin embargo, en esos
asomos que daban a conocer la personalidad de Toledo, muy poco contaba la
imagen de Eliane Karp. Eliane Karp, era el as debajo de la manga. Ella, gracias
a sus conocimientos del Perú andino, había sido la que había diseñado el logo
de Perú Posible –la chakana– y la que había en el transcurso de la campaña
empujado al candidato Toledo a seguir en la lucha. Se la había visto por
primera vez en un programa de televisión –”Beto a saber”– absolviendo preguntas
de cultura general, acompañada de las esposas de otros candidatos presidenciales.
Se decía de ella que era la que verdaderamente mandaba a Toledo y la real
artífice de su ascenso en primera vuelta. En todo caso, si existieran opiniones
contrarias, el empuje de la esposa de Toledo, le permitió a éste llamar la
atención, sobre otros sectores sociales donde el color de piel es importante:
los sectores A y B. Desde la aparición pública de Eliane Karp, esos sectores se
sintieron identificados con una mujer culta, de origen francés –algo que en su
cursilería aspiran– y sobre todo decidida, cosa que no es nada común en el
promedio de la mujer peruana, acostumbrada a ser sólo la consorte del esposo.
La actitud positivamente agresiva de la Karp, permitió que esos sectores
sociales abrieran sus puertas a quien no era uno de los suyos: Toledo. Su dominio
de idiomas, su postura altiva y desafiante, el manejo del quechua, que
significaba un severo llamado de atención a una sociedad lista a despreciar sus
orígenes andinos, para dar paso a los anglicismos y galicismos, hacían de
Eliane Karp una mujer singular, aguerrida, acondicionada para el momento que se
vivía.
XV
Dos periodistas en medio de la tormenta
Uno de los medios de comunicación que, a pesar de los
dislates y otras perlas del candidato, apoyó a Toledo, fue el diario
“Liberación”. Su director, el periodista César Hildebrandt, enemigo jurado del
régimen, le dedicaba generosos titulares levantando sus expresiones. Hildebrandt,
un sabueso de la prensa peruana, lanzaba dentelladas al gobierno desde su
periódico y no perdía la oportunidad para explotar al máximo el más mínimo
error de Fujimori y su entorno. Él los llamaba “los miembros de la mafia” y a
Fujimori, “El Jefe”. Durante los meses que antecedieron a las elecciones se
dedicó desde su pequeño espacio llamado “Radicales Libres” a decir la “vela
verde” al gobierno. Se la emprendió contra Martha Chávez, Carmen Lozada de
Gamboa, Martha Hildebrandt, Luz Salgado. En realidad contra toda persona que
encarnara las posturas dictatoriales de Fujimori y Montesinos. Para esa
coyuntura fue un periodista valioso, aunque a veces exageraba en sus críticas,
haciendo tambalear su credibilidad. Fiel a sus principios Hildebrandt –seguidor
entusiasta de las catilinarias del ensayista peruano Gonzales Prada– se las
había ingeniado desde “Liberación” –al cual había convertido en su vocero– para
liderar la oposición en los momentos que no había asomo de alguna, de tal modo
que en alguna gresca televisiva con su productor Genaro Delgado Parker, éste le
dijo: “lánzate al Congreso”. Hildebrandt, claro, no se lo tomó a pecho y si
alguna vez lo pensó se tiró atrás y recordó que su deber era ser periodista. En
los meses que precedieron a lo que luego se volvería una franca dictadura,
Hildebrandt cumplió un papel preponderante. Denunció, desde su diario, las
cuentas de Montesinos, la corrupción en la cúpula militar, la falsificación del
millón de firmas –que destapó “El Comercio”–, el pase de los tránsfugas al
partido de gobierno luego de la primera vuelta, los preparativos para el fraude
de la segunda y dio cobertura, como ningún medio lo hizo, a la “Marcha de los
Cuatro Suyos”, con la que Toledo hizo tambalear al régimen. A Hildebrandt y a
otros periodistas como Pedro Salinas, quien desde “Ondas de Libertad”, en radio
1160, era una pulga en los tobillos del gobierno, se les debe que el país
pudiera respirar algo de libertad. A ellos, a Beto Ortiz, desde su programa
“Beto a saber”, y a otros periodistas anónimos, que desde sus trincheras
lucharon por una país libre se les debe también la caída final de Fujimori.
Porque desde sus espacios, casi subterráneos, su voz generó la corriente de
opinión necesaria para sacar a Fujimori y Montesinos del poder y tener la
esperanza de recobrar la libertad. Los dos, Hildebrandt y Ortiz, son un ejemplo
de lo que las convicciones, llevadas a su extremo más alto, pueden significar
para la vida de un país.
XVI
Un país agitado
La tarde del 28 de mayo del dos mil –fecha señalada para la
segunda vuelta–, las calles de Lima lucían vacías y tristes. A esas horas,
cuatro en punto de la tarde, se dieron a conocer los primeros resultados en que
un Fujimori solitario obtenía un holgado “triunfo” y se consolidaba en la
presidencia de la República. Unos días atrás el candidato Toledo informó al
país que, ante la imposibilidad de realizarse elecciones limpias, optaba por
retirarse de la contienda pidiendo a sus electores que escribieran “no al
fraude” en la cédula de votación, como una manera de protestar ante el régimen.
Esa tarde, cuando la televisión daba el primer flash informativo, el ambiente
se sentía sombrío y la gente no quería festejar, pues algo les indicaba que las
elecciones no habían sido limpias y esto les remordía la conciencia. Las cifras
no pudieron ser más escandalosas: el candidato-presidente que iba por su
tercera e ilegal re-re-elección obtenía entre el 75% y 80% de los votos
validamente emitidos. Unos resultados de dictadura que lo emparentaban con
Stroessner, que hasta los locutores intentaron maquillar imprimiendo un tono
susurrante de voz. Como siempre salieron las escuderas del régimen, Luz
Salgado, Carmen Lozada de Gamboa y Martha Chávez a comentar los resultados.
Dijeron que las elecciones habían sido limpias y transparentes, y que había un
solo ganador: el pueblo peruano, la democracia, y el presidente Fujimori, por
supuesto. Mientras tanto, esa noche, Alejandro Toledo, reunía en las calles de
Lima alrededor de cincuenta mil personas, para dar inicio a un período de
resistencia pacífica que tuviera como propósito derrocar la dictadura que se
había implantado en el Perú. Los meses que siguieron a esa manifestación fueron
de profunda agitación. El país vivió con expectativa lo que Toledo podía hacer
desde las calles y plazas, en tanto Fujimori y su régimen se apertrechaban
detrás de las armas. El país vio como varios días después, el 8 de junio, en un
hecho inusual, las Fuerzas Armadas rendían honores a Fujimori como presidente
electo, adelantándose a cualquier tipo de reconocimiento oficial, y como, en un
acto que fue visto como una traición del mandato popular, varios congresistas
electos en las filas de la oposición se iban pasando uno por uno a las filas
del gobierno. Del mismo modo contempló las maniobras dilatorias del gobierno
para aferrarse en el poder y como algunos de los congresistas de “la
oposición”, Manuel Masias y Javier Barrón, hacían el juego al régimen desde el
Parlamento, cuando en el día de la juramentación de Fujimori, el 28 de julio,
el resto de la oposición protestaba en las calles, mientras ellos cantaban el
Himno Nacional, en un tácito reconocimiento de la dictadura. Los
acontecimientos más extraños sucedieron por esas fechas. Nadie sabía cuál era
el rumbo del Perú. Debido a las maromas ocasionadas por la re-re-elección el
país estaba paralizado en sus inversiones. La recesión y el desempleo se
agudizaban y ya se veía, en cada movilización, gente que por los atuendos y
harapos que colgaban de sus cuerpos pasaban muchas estrecheces. Por ello y por
otras razones ocultas, que se pueden asimilar con el hambre, la desesperanza y
la pobreza, la población pedía un cambio de rumbo. Ya no quería saber nada con
Boloña en el gabinete, ni con Federico Salas de Primer Ministro de un gobierno
cuestionado desde su raíz. Y fue en ese clima irrespirable y tenso, con la
comisión de la OEA a un costado y la oposición exigiendo nuevas elecciones, que
Fujimori y Montesinos recibieron la estocada que, finalmente, los sacó de
Palacio de Gobierno.
XVII
La Marcha de los Cuatro Suyos
La “Marcha de los Cuatro Suyos” fue el acontecimiento más
espectacular que había ocurrido en la política peruana de los últimos diez
años, decían los analistas políticos. Gestada a partir de la resistencia civil
en contra de la dictadura, tuvo como punto de inspiración la antigua división
geográfica del Perú incaico. Traídos desde los más remotos lugares, indios,
cholos, mestizos, por la oposición liderada por Alejandro Toledo, inundaron la
capital los días 26, 27, 28, de julio del dos mil. A mí me tocó la suerte de
asistir como espectador de una de las marchas, la del 27. Recuerdo que el
ambiente que se vivía era de incertidumbre. El gobierno, a través de sus
voceras, auscultaba la posibilidad de prohibirla, mediante una ley emitida a último
momento por el Congreso sumiso a las ordenes del Ejecutivo. La atmósfera que se
estaba creando era la de que cualquier acto de alteración del orden público iba
ser tomado por el gobierno como un pretexto para la intervención enérgica del
Estado y acallar la voz de la oposición. “¿Tú crees que “El Chino” se va ir?”,
me dijo una noche un amigo, quien escéptico contemplaba conmigo una de las
innumerables marchas alrededor de la plaza de Armas luego del 28 de mayo, una
vez Fujimori se supo otra vez en el poder. Yo no sabía si Fujimori se iba a ir.
Yo lo que hacía era preguntarme hasta cuándo iban a durar las marchas y
manifestaciones en contra del gobierno. Lo más probable –estrategia por la que
apostaba Montesinos– era que tarde o temprano hubiera un desgaste y la gente se
acostumbrara al estado de cosas. Es más ya se escuchaban voces, pasadas varias
semanas, que alimentaban el desaliento. “Ya, Toledo, debe dejar así las cosas
como están; que deje gobernar al “Chino” cinco años y luego que espere su
turno. ¿Qué le cuesta esperar?”, decía inmutable José, el guardián del edificio
donde trabajaba. Como José había cientos, miles, de personas que creían que ya
nada se podía hacer. Era la política de los hechos consumados que en el Perú se
estila ejercer para no mover un solo músculo, una vez perpetrado un atropello o
legicidio. Durante la década pasada el gobierno de Fujimori había llevado al
extremo esa mala costumbre habituando al peruano a la pasividad. El Programa
Nacional Alimentario (PRONAA) era testimonio de ello. Creado para llevar
alimentación y víveres a la población de menores recursos, el PRONAA se había
convertido en la despensa e instrumento del gobierno para congraciarse con
ésta. Cuando el candidato Toledo se atrevió a cuestionar estos procedimientos,
cantidades de madres de familia, movilizadas por el régimen, salieron a
protestar. Ellas no eran “mendigas” como había hecho creer Alejandro Toledo,
ellas defendían la alimentación de sus hijos. Casi arreadas como reses en buses
alquilados por el gobierno, las madres casi eran obligadas a expresarse así.
Sucesivos gobiernos habían hecho de esto una costumbre inveterada. Le resultaba
más barato al gobierno de turno mantenerlas así, que crear puestos de trabajo y
obligarlas a ganarse el sustento con dignidad. Sin embargo, en las fechas que
antecedieron la “Marcha de los Cuatro Suyos”, surgieron intentos de modificar
esa conducta. Recuerdo que frente a Palacio de Gobierno, madres provenientes de
comedores populares y otros extractos sociales bastante empobrecidos, gritaban
a otras que arengaban en favor del gobierno, que no se dejaran engañar por un
poco de arroz y leche. Para la “Marcha de los Cuatro Suyos” éstas mismas,
armadas de cucharas y ollas, desfilaban, seguidas de nativos, campesinos
huancavélicanos, comuneros de las remotas provincias del Perú profundo, para
decir “basta” al gobierno de Fujimori y Montesinos. Largas fueron las filas de
pobladores, que portando coloridas pancartas, carteles y afiches expresaban su
desacuerdo con el régimen. De Villa María del Triunfo, San Martín de Porres,
Villa El Salvador, San Juan de Lurigancho, Comas, El Agustino, San Juan de
Miraflores, de todos los conos de Lima, venían cantidades de delegaciones para
confluir en el Paseo de la República, escenario principal de la manifestación.
La “Marcha de los Cuatro Suyos” fue un éxito, pero quedó empañada con la muerte
de seis guardianes en el Banco de la Nación el día 28 de julio, designado como
fecha central. La muerte de esos trabajadores fue adjudicada a Toledo y los grupos
de la oposición, pero en realidad –después se supo–, fue el gobierno el que, a
través de Vladimiro Montesinos Torres, había ordenando el incendio de la sede
bancaria. Como también fue de responsabilidad del gobierno la aparición de
decenas de delincuentes, que, aprovisionados de palos y piedras, infiltraron la
marcha y se dedicaron a romper lunas de locales públicos y privados. Pero nada
de esto, al decir de sus promotores, impidió que ésta tuviera el éxito deseado
y que la comunidad nacional e internacional se interrogara hasta cuándo iban a
durar Fujimori y su socio en el poder.
XVIII
La caída del régimen
Nunca se supo con exactitud quién fue la persona que
proporcionó el vídeo que tumbó al régimen. Se dijo que había sido un oficial de
la marina, que harto de los maltratos de su jefe Montesinos el que se vengó.
Otros, pulsados por la prensa, informaron que había sido un grupo de patriotas,
que, cansados de los abusos, había decidido entregar la valiosa información en
imágenes. Lo único que se tuvo en claro es que el famoso vídeo que le costó el
puesto a Montesinos, y la presidencia a Fujimori, fue valorizado en cien mil
dólares. La noche del 14 de setiembre del año dos mil, las pantallas de la
televisión presentaron esas imágenes; las imágenes de Alberto Kouri Bumachar en
el momento de recibir un sobre de dinero con quince mil dólares de las manos
Vladimiro Montesinos Torres. El escándalo que suscitó este caso de soborno,
develado por Fernando Olivera y el Frente Independiente Moralizador, desnudó la
raíz corrupta del gobierno y ocasionó la dimisión de Fujimori dos días después.
En un mensaje a la nación que duró escasamente unos cuantos minutos, un Alberto
Fujimori demudado daba a conocer al país el recorte de su mandato y el adelanto
de elecciones generales en el plazo más corto posible. No tuvo tiempo de
hacerlo porque acorralado por la oposición que había tomado fuerza y la opinión
pública que pedía la captura de su asesor, Fujimori, fingiendo que iba a una
cita de negocios en las Bahamas, decidió dos meses más tarde desviar el curso
del avión presidencial para recalar en la tierra de sus ancestros: el Japón.
Desde allí presentó su renuncia al cargo, dejando con los crespos hechos a sus
ministros y colaboradores que ingenuamente esperaban su retorno. El sabor a
ceniza que había dejado su huida fue evidente. Luego, un gobierno de
transición, encabezado por Valentín Paniagua, daba fin a un régimen corrupto de
pies a cabeza. El daño moral que habían ocasionado Fujimori y Montesinos en las
Fuerzas Armadas y las instituciones del Estado, en la década que les había
tocado gobernar, no tenía precedentes. En la mayoría de ellas la sujeción y el
chantaje reemplazaban el mérito y el honor. Poco tiempo después, en unas
elecciones limpias y transparentes, Toledo, frente a un resurrecto Alan García,
ganaba la presidencia e iniciaba una nueva etapa en la vida del país, que
todavía hoy sigue continuando.
Lima, enero del 2003
Crédito de las fotos: http://www.caretas.com.pe/2000/1622/articulos/toledo.phtml, http://www.tribuneindia.com/2002/20021019/wd1.jpg, http://www.congreso.gob.pe/congresista/2001/lsanchez/fotos/3b.jpg, http://www.infocusco.com/imagenes/varios/toledo%2028%20julio.bmp, http://www.frecuenciaprimera.org/extremos/bortiz.gif, http://pospost.blogspot.com/2008/08/hildebrandt-regresa-la-televisin-va.html, http://www.adonde.com/fotemp/gente/eliane7.jpg, http://www.24horaslibre.com/data/notipix/alejandro-tudela.jpg, http://www.grupoese.com.ni/2000/bn/07/31/fujimori.jpg, http://www.perunotas.com/2008/08/examen-psicolgico-concluye-que-alberto.html
Es un hombre campechano, de palabras sencillas, nada intelectual. Luis Izquierdo Vázquez proviene de una familia numerosa de la selva que vi...