domingo, 19 de agosto de 2012

PEQUEÑOS ESCRITORES DEL CALLAO

UN DÍA DE HACE muchos años la hija del periodista Pedro Escribano le preguntó muy inocentemente al escritor Mario Vargas Llosa: “¿Por qué no ha escrito libros para niños?”. A lo que él contestó: “Porque es lo más difícil del mundo”. Eso es cierto. No todos los días uno puede ver aparecer a un Lewis Carrol o a un Francisco Izquierdo Ríos contando relatos tiernos como “El Bagrecico”. Sin embargo, como todo en la vida siempre hay una excepción, aquí tenemos Érase una vez en el Reino del Callao (2007). Ochenta y ocho pequeños escritores nos sorprenden con historias de sapitos, gatos, perros, pajaritos, ratones, jirafas, loros, cocodrilos y todo lo que ha podido entrar en su imaginación infantil. La profesora Marianella Huamán Ramos, con mucho amor y devoción, y la Dirección Regional del Callao han hecho posible esta publicación que, de inmediato, al hojear sus páginas, nos ha devuelto a ese estado irreal de la niñez cuando PinochoHansel y GretelLa bella durmienteEl gato con botas, eran parte de nuestras vidas. Son ciento siete relatos, todos llenos de ensueño, que la elección de uno para comentarlo se hace difícil. De ellos, arbitrario yo, quiero escoger uno al azar: “La cometa” de Sofía D. V. porque a mí, como a esta pequeña, un día, cuando yo era niño –de eso hace mucho, pero muchos años–, vi cómo se fue volando mi cometa y se rompió mi corazón. 

Érase una vez en el Reino del Callao, una iniciativa editorial cuyo ejemplo merece ser replicado por otros gobiernos regionales del país.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 14 de agosto del 2012

 


sábado, 28 de julio de 2012

CINCUENTA AÑOS DE “LA CIUDAD Y LOS PERROS”

Vargas Llosa en el Leoncio Prado (1964). Foto: Caretas
Por: Freddy Molina Casusol

LA COMENZÓ en Madrid en el otoño de 1958, en una tasca de Menéndez y Pelayo llamada El Jute, que miraba al parque del Retiro, mientras hacia sus estudios de doctorado en la Universidad de Madrid –hoy Complutense–; y la terminó en un departamento de la rue de Tournon, en París, tres años después, fatigado y sin saber que había escrito una de las obras fundacionales del “boom” de la novela latinoamericana.


Vargas Llosa (1961)

Génesis de una novela

La ciudad y los perros nació de una experiencia vital del escritor. Su padre, cuando estaba por cumplir catorce años, lo inscribió en el Colegio Militar Leoncio Prado. Allí descubrió “que la realidad peruana no era una realidad de niños bien, de pituquitos miraflorinos, sino una realidad extremadamente compleja, de blancos, de negros, de indios, de chinos, que había pobres, que había ricos…”, cargados de “prejuicios, complejos, animosidades y rencores sociales y raciales”[1], que marcaron profundamente su vida adolescente.

Para escribirla debió resucitar los tortuosos años de cautiverio en el Leoncio Prado.

 En una carta, fechada en Madrid el 11 de diciembre de 1958, dirigida a un amigo de juventud, Abelardo Oquendo, describe ese proceso:

“Pero yo voy a salir loco: frente a la maquina [de escribir] siento malhumor, palpitaciones, odio, impotencia, excitación (…) una inexpresable y espantosa desesperación. Dejo la máquina y me acuesto: sueño despeñarme por abismos larguísimos y siniestros en cuyas simas me aguardan las lucientes bayonetas del Colegio Militar como una anchurosa cama de fakir, o revivo los malditos sábados de consigna, paseándome como una fiera rabiosa dentro de la grisácea cárcel de La Perla, sin poder salir, y las humillaciones matutinas, vespertinas y nocturnas, constantes, ineludibles, bochornosas, de suboficiales, oficiales, brigadieres (…) y, en fin, toda la tragedia y el sufrimiento de dos años, que creía olvidados”[2].

 Cuando Vargas Llosa puso fin a este desgarramiento personal, en el invierno parisino de 1961, e hizo una revisión de lo escrito en febrero de 1962, tenía 700 páginas:

“Me deprime su dimensión páginas, su tema, y ya no tengo simpatía por los personajes. Me parece que le he dedicado demasiado tiempo, es mejor que pase a otra cosa. Ojalá se pueda publicar allá [en España], aunque su extensión espantará a los editores. Sería triste que se quedará inédita”[3].



Las dudas de un joven novelista

Sería a fines de 1961, o comienzos de 1962, cuando Vargas Llosa, siguiendo el consejo de un amigo francés, el hispanista Claude Couffon, envió el manuscrito de su novela a la editorial Seix Barral; pero pasaban los meses y el escritor no obtenía respuesta alguna:

“Pasaron muchos meses, y en esos meses yo me había decepcionado de la novela. Había sido rechazada por varios editores: además había trabajado tanto en ella que estaba saturado, harto; ya estaba escribiendo otra [“La casa verde”]. Pensaba que el libro no había salido en absoluto. Pensé que el silencio de Seix Barral era una manera diplomática de rechazarla, de decirme que la novela no les había gustado, pero siempre recordaré una mañana que, al despertarme, me sorprendió la llegada de un telegrama, un telegrama de Carlos Barral. Habían pasado, por lo menos, ocho o diez meses desde que mandara el manuscrito. El telegrama decía: «Paso por París tal día. Búsqueme en el hotel Port-Royal»”, rememoró el escritor años después[4].

¿Qué había pasado? Que Carlos Barral, editor de Seix Barral, revisando los manuscritos de novelas que el novelista Luis Goytisolo –lector profesional de la editorial– había desechado, se topó una tarde con el original de La ciudad y los perros y quedó embelesado con su lectura.

El editor español, entonces, envió un telegrama a Vargas Llosa para verse con él en París. Cuando lo vio, Barral le propuso que presentara La ciudad y los perros –por entonces llamada La morada del héroe[5]– al premio Biblioteca Breve. Vargas Llosa, confundido, dijo que lo iba a pensar.

José Miguel Oviedo, crítico literario y compañero de carpeta de Vargas Llosa en el colegio La Salle, al respecto cuenta:

“Hay testimonios de que Vargas Llosa tomó el consejo [de Barral] con reticencia: le parecía imposible alcanzar el premio o le entraron dudas de su obra o lo alarmaron los precedentes del mismo premio (de cinco convocatorias, cuatro veces habían ganado novelistas españoles; en la otra, el fallo fue desierto). Lo consultó, lo pensó; finalmente presentó su novela al concurso bajo el título de Los impostores. A los veintiséis años hacía su mayor apuesta”[6].



Cable informando sobre el fallo del jurado

Recepción de la crítica

La ciudad y los perros se impuso en el concurso Biblioteca Breve de 1962 a 81 originales que llegaron a disputarle el premio. El fallo del jurado, compuesto por José María Valverde, José María Castellet, Víctor Seix, Carlos Barral y Juan Petit, fue otorgárselo por unanimidad al novelista peruano.

Con ese fallo, como ha escrito Oviedo, “la vida y la obra de Vargas Llosa dejaron de ser, para siempre, anónimas”[7].

Sin embargo, el escritor tuvo que esperar un año para ver su novela publicada. La censura franquista en España le ponía trabas a la publicación en España. Al final la superó con la ayuda indesmayable de Carlos Barral.

“El libro –ha recordado Vargas Llosa– salió con un tiraje de dos mil ejemplares que se agotó muy rápido, en días. Comenzaron las reediciones y, pasado un tiempo, llegaron las noticias de la quema en Lima [de la novela], lo que le dio al libro una enorme publicidad. De pronto, ante mi gran sorpresa y la de la propia editora, el libro empezó a agotarse una edición tras otra. Lo presentaron al Premio Formentor de editores, que existía en ese tiempo, y quedó segundo; pero los diez editores lo contrataron para ser traducido” [8].

La novela, que salió a la luz en octubre de 1963, tuvo un éxito indiscutible, fue traducida a diez idiomas y ganó el Premio de la Crítica Española de ese año.

En Lima, cuando al fin la novela pudo leerse (sobre todo en la edición de Populibros de Manuel Scorza), críticos como Alberto Escobar –que en el pasado, había escuchado con desdén la lectura pública de un cuento suyo, “La Parda”[9]– se doblegaron ante la variedad de recursos narrativos del joven novelista Vargas Llosa[10].

Y de todos los elogios recibidos, el de José María Valverde fue el que tuvo más recordación con el paso del tiempo: “Es la mejor novela en lengua española desde Don Segundo Sombra”.



Primera edición en Populibros

Cincuenta años después

La historia del Poeta, el Jaguar y el Esclavo, cincuenta años después, es aún motivo de admiración por la arquitectura de la historia –devota de la técnica de Faulkner y de la teoría del relator invisible de Flaubert–, y por la precocidad literaria de su autor –26 años– que resultó, a juicio de Juan José Armas Marcelo, biógrafo español de Vargas Llosa, “insultante” para la época.

Hace algunas semanas, la Real Academia, en coordinación con la Asociación de Academias de la Lengua Española, ha publicado una edición conmemorativa –revisada por el propio autor–, para celebrar el cincuentenario de su aparición.

Atrás, pues, han quedado los tiempos cuando La ciudad y los perros pugnaba por salir a la luz: ahora todos se disputan el honor de publicarla.

Lima, 28 de julio del 2012



[1] Ver El inconquistable, Beto Ortiz, Editorial Estruendomudo, 2011, p. 48; y El pez en el agua, Mario Vargas Llosa, Seix Barral-Biblioteca Breve, 1993, p. 104.

[2] Ver “Cartas del sartrecillo valiente (1958-1963) / Abelardo Oquendo”, en Hueso Húmero No. 35, diciembre de 1999, pp. 90-91.

[3] Ibíd., p. 96.

[4] Ver Semana de autor. Mario Vargas Llosa, Ediciones de Cultura Hispánica. Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1989, p. 14.

[5] El título final, La ciudad y los perros, es sugerido por Oviedo. Ver “La primera novela de Vargas Llosa”, José Miguel Oviedo, en La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa, edición conmemorativa del cincuentenario, Real Academia Española / Asociación de Academias de la Lengua Española, 2012, p. XXXIV.

[6] Ver Mario Vargas Llosa: la invención de una realidad, José Miguel Oviedo, Seix Barral-Biblioteca Breve, 1982, p. 34.

[7] Ibíd., p. 35.

[8] Ver “La total vigencia de los derechos humanos es central”, entrevista de Federico de Cárdenas a Mario Vargas Llosa (1 de enero de 1984), en Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila), Tierra Nueva Editores, 2010, p. 182.

[9] El incidente completo se puede leer en El pez en el agua, pp. 281-282.

[10] Ver “Impostores de sí mismos”, Alberto Escobar, en Revista Peruana de Cultura, No. 2, Julio de 1964; también en Mario Vargas Llosa y la crítica peruana, Miguel Ángel Rodríguez Rea (editor), Universidad Ricardo Palma. Editorial Universitaria, 2011, pp. 43-51.

Publicado en Revista Domingo del diario La República (5 de agosto del 2012) como: "La ciudad y los perros cincuenta años después. Bautizo real y literario"
.





miércoles, 25 de julio de 2012

“ESCÁNDALO DE MIEL”


La única vez que la vi fue en Junio de 1986. Había sido invitada a la Semana de Integración Cultural Latinoamericana (SICLA). Larga, delgada, blanca como un amanecer, bellísima como una madonna, allí estaba Gioconda Belli en una mesa del Hotel Crillón, acompañada por dos o tres poetas, cuyos nombres ya no recuerdo. Tiempo atrás había leído algunos poemas suyos, sobre todo el impactante «Reglas del juego para hombres que quieran amar mujeres mujeres». Lo había leído completo en un suplemento cultural ahora desaparecido, y desde ese momento quedé seducido por su vigorosa personalidad femenina.

Porque Gioconda Belli no sólo es intensa, sino que, también, contraría esas leyes no escritas de la dialéctica de la poesía, aquellas que indisponen y someten la forma al contenido para obedecer al compromiso social.

Expresión viviente de lo que cierta versificación poética es capaz de hacer: transformar la materia más espuria en poesía pura, la Belli es la personificación de lo que Simone de Beauvoir avizoraba en El segundo sexo, una mujer libre, fuerte y emancipada; pero, al mismo tiempo, tierna, dulce y maternal, capaz de vencer la resistencia de cualquier hombre escurridizo al amor de una hembra, sobre todo de una hembra transgresora de la sociedad patriarcal.

En esta su personalísima antología, Escándalo de miel (2009), Gioconda Belli invierte el signo de eso que Patricia Kaas titulaba en una canción: “This is a man’s world” –“Este es un mundo de hombres”–. De entrada lo marca con su “Y Dios me hizo mujer”, que recuerda, por el título, la película de Roger Vadim, “Y Dios creó la mujer”, protagonizada por Brigitte Bardot –quien como la Belli erotiza con su cuerpo hecho metáfora la audiencia masculina–.

En esta muestra, por otra parte, hay dos momentos con los que esta poetisa –aunque no se lo proponga– estimula la lubricidad del otro sexo.

El primero se encuentra en el poema “Recorriéndote”. Ella declama en la mitad del poema: «[quiero] irte besando, mordiendo/ hasta llegar allí/ a ese lugarcito –apretado y secreto– que se alegra ante mi presencia/ que se adelanta a recibirme/ y viene a mí/ en todo su dureza de macho enardecido».

 Como hemos podido apreciar son pocas mujeres que se atreven a evidenciar ese tipo de confesiones. Quizás la peruana Marita Troiano en Extrasístole o Almudena Grandes en La edades de Lulú se acerquen a esa intencionalidad (en realidad, esta última hace algo mucho más atrevido al describir el sabor de un falo en la novela).

El segundo está en “Anoche”: «[Abría los ojos/y todavía estabas como herrero/ martillando el yunque de la chispa/ hasta que mi sexo explotó como granada».

Gioconda Belli sabe ser, pues, una hembra lujuriosa, capaz de gritar sus orgasmos a medio mundo.

Pero de todos sus poemas, el más bello es «Reglas del juego…» (poema que, en mi opinión, alcanza las cimas alcanzadas por el poema veinte de Neruda)–: “El hombre que me ame/ reconocerá mi rostro en la trinchera/rodilla en tierra me amará/mientras los dos disparamos juntos/contra el enemigo”.

Aquí la poetisa demuestra que su compromiso político va de la mano del hombre que ha escogido para amar. Un compromiso que no la ha atado de manos para escribir en el aire un canto a la libertad.

En fin, el lector se puede deleitar con la poesía de Gioconda Belli en este volumen envuelto en fragancia de mujer, una fragancia embriagadora que ni la misma alquimia de Circe hubiera podido lograr.

Freddy Molina Casusol
Lima, 25 de julio de 2012

jueves, 5 de julio de 2012

HISTORIA DE UN EMBAUQUE

ES UN BUEN LIBRO. Descubre el verdadero rostro de Alejandro Toledo y su mujer Eliane Karp. El autor se ha tomado la molestia de cruzar información y mostrar pruebas concluyentes. Pero nadie le ha hecho caso; su denuncia no ha tenido ningún eco. Más bien, por allí se ha recordado, para descalificarlo, su oscuro pasado con el gobierno de Fujimori, cuando se entendía bien con Vladimiro Montesinos para coordinar los contenidos de un importante programa televisivo. No obstante, Historia de dos aventureros (2005) podría pasar perfectamente como un modelo de periodismo de investigación, al nivel –tal vez en una versión reducida– de los trabajos de Oppenheimer o de cualquier otro periodista de prestigio. Para escribirlo Umberto Jara se ha tomado su tiempo, como debe hacerse en este tipo de investigaciones, sopesando la información, conteniendo la respiración ante cada nuevo descubrimiento, pista o hallazgo. Lamentablemente tuvo que conformarse, debido a sus malos antecedentes o a que el momento no era propicio (el fiscalizado ocupaba el sillón presidencial), a que ninguna editorial de importancia lo publicara. De allí que no figure en Historia el nombre de una editorial y sí el del tiraje: 15.000 ejemplares, como para asegurarse que alguno llegara de todas maneras a las manos de Toledo. O también se puede pensar sobre esto último –esta es otra lectura– que quien se encargó de hacerla –quizás un enemigo del expresidente–, la financió para, utilizando las indagaciones de Jara, dañar su reputación. De cualquier forma, uno no puede dudar de la buena pluma del escritor de Historia de dos aventureros. Es un buen narrador. Si su propósito era llevar de la mano, desde el comienzo hasta el fin, al lector con su relato, lo ha cumplido con creces. Jara lo entretiene y mantiene en vilo, pero sobre todo –y eso es lo que más importa– saca a la luz las mentiras de Toledo, aquellas que, por un mal entendimiento de los peruanos de lo que es la benevolencia, le han perdonado. Toledo, para empezar, nunca estudió Economía en Harvard. (Es, sí, doctorado en Stanford, pero en Educación, desde 1992; antes, en 1972, obtuvo una maestría en esa misma universidad en Educación y, en 1974, la de Economía de Recursos Humanos.) Pero su mentira mayor fue presentarse como “profesor” de esta universidad. Esto lo hizo por primera vez en 1995, cuando fue candidato a la Presidencia de la República, enfrentando a Fujimori, quien ganó esa elección, quedando muy rezagado con apenas tres puntos porcentuales. “Nunca fue profesor de Harvard –escribe Jara–. Solo [fue] un investigador visitante que pagó por su matrícula en un instituto al que podía acceder cualquier profesional para escuchar clases, leer o investigar los temas de su elección sin el extenuante rigor académico de los matriculados en las carreras regulares”. “Cuando la prensa –prosigue el periodista en su descripción del personaje– lo enfrentó con las evidencias, Toledo afirmó tener los cheques con los pagos hechos por Harvard y se comprometió a mostrarlos. En el instante de afirmarlo sabía que nunca los iba a exhibir porque no existían, pero lo dijo con una convicción de militante y esa audacia llevó la mentira al confuso cajón de las dudas. Había aprendido que, en política, lo que cuentan son las imágenes, los fulgores, la confusión del tumulto”. Mejor dicho, los peruanos, si damos credibilidad a lo indagado por Jara, fuimos víctimas de un embauque. Pero el asunto no queda allí nomás. Su mujer, Eliane Karp le siguió los pasos en estas malas artes. Apurada por conseguir financiamiento de una lujosa casa en La Molina, engañó a Eugenio Bertini, funcionario del Banco de Lima Sudameris, firmando un documento donde decía que estaba casada con Toledo. Lo hizo porque era la única manera de conseguir un préstamo de esta entidad bancaria: afirmando en 1997 que todavía mantenía una sociedad conyugal con su exmarido –de quien se divorció en 1992 y con quien se volvió a casar, discretamente, en el año 2000–. Es decir, cometió un delito[1]. Karp y Toledo eran, pues, una pareja de inescrupulosos que podían valerse de cualquier artimaña para conseguir sus objetivos, como ocurrió en el caso de las firmas falsas en que se vio involucrado el partido del expresidente, Perú Posible, que, junto a otras agrupaciones políticas –entre ellas Perú 2000, que alentaba la re-reelección de Alberto Fujimori–, sorprendentemente habían superado para su inscripción el medio millón de firmas, las cuales, en las sumas y restas hechas por Jara ese año 2000, llegaban en conjunto a los veintidós millones –seis menos que la totalidad de habitantes del país–, cosa que no hubiera sido posible sin una “fabrica de firmas” y la participación de Montesinos y el Servicio de Inteligencia Nacional. “Si se quiere ver desde otro ángulo –advierte Jara–, se presentaron más firmas que el padrón de electores que suma 14 millones”. Audios, atestados policiales, conversaciones con un extraño informante, Markus Wolf –reedición de “Garganta Profunda”–, le sirvieron a Umberto Jara para reconstruir el itinerario político del hombre que se comprometió con el rescate de la democracia en tiempos de dictadura y se erigió como el nuevo “Pachacutec”. Un hombre plagado de falsedades que nos recuerdan que en política no siempre los más idóneos son los que la ejercen. Quizás, por último, en algunas partes de su investigación Jara haya cometido inexactitudes –señaladas por el periodista Gustavo Gorriti como desinformación–, y que no sea la persona más idónea para poner al descubierto la mascarada de la expareja presidencial, puesto que la verdad en él –como reza un viejo dicho– suena dudosa; pero lo que ha hecho al escribir este libro, es un servicio a la sociedad para que, con información en la mano, en una próxima oportunidad no se deje engañar por la voz engolada de un falso inca y de una mujer belga “progresista” hablando un quechua improvisado, cuyo propósito en la vida, tal como se desprende de la lectura del texto, es en realidad alimentar la vanidad del poder.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 5 de julio del 2012

 


[1] Beto Ortiz en su libro Maldita Ternura (2004) presenta a Eliane Karp con el nombre cambiado de Julianne Park, pidiendo que le den las respuestas de una encuesta televisiva sobre cultura nacional. Con ellas, aprendidas de memoria, apareció en el programa de Ortiz, Beto a saber, engañando al electorado que la vio y que creyó en la campaña del 2000, que tenía un profundo conocimiento del país. Ver Maldita Ternura, Beto Ortiz, Alfaguara, pp.82–85.

 

lunes, 25 de junio de 2012

NUEVO LIBRO SOBRE “SENDERO”


Gonzalo Portocarrero ha hecho una larga reflexión sobre Sendero en Profetas del odio, pero hay algo que no encaja. Ha comparado el papel que tuvo Abimael Guzmán con el de Adolf Eichamnn, el teniente coronel de las SS hitlerianas. Y allí hay un error, pues mientras Guzmán dio su visto bueno a matanzas como la de Lucanamarca, Eichmann se limitó a cumplir órdenes  –según repitió éste una y otra vez en el juicio que le abrieron, luego de ser capturado, en 1961–, cuando la Alemania Nazi aplicó la Solución Final en la Segunda Guerra Mundial. Entonces, el papel de ambos fue diferente.

Uno, Abimael Guzmán, emitía directivas y era consciente de lo que mandaba a hacer; y el otro, Eichmann, se conformaba, con ejecutarlas. Por lo tanto, no cabe la menor similitud posible en el desempeño que tuvieron estos dos personajes en los contextos históricos donde tuvieron ocasión de intervenir. (Esto, es decir la responsabilidad moral que le cupo a Eichmann en la matanza de los judíos, ha sido suficientemente estudiado en el libro de Hanna Arendt, Eichmann en Jerusalén).

Portocarrero articula o prefigura, de otro lado, su estrategia de análisis en dos momentos. El primero tiene como marco una pintura que recrea el requerimiento del padre Valverde a Atahualpa y el martirio de Cristo en relación al sufrimiento del indio, del pongo, apreciados en una obra de Arguedas, Los ríos profundos. El segundo está implicado en la iconografía de la pasión de Cristo, tomando como modelo el Señor Nazareno de Huamanga.

El autor, a través de ellos, nos quiere mostrar todo el cuadro de sometimiento y aflicción que padeció la población indígena de los Andes en los años de la insurrección senderista, bajo la imagen del sufrimiento de Jesucristo. Pero, al mismo tiempo, y por oposición, el carácter mesiánico de su fundador, Abimael Guzmán, quien se creyó el ungido para cambiar los destinos del Perú.

Profetas del odio, asimismo, se vertebra alrededor de un examen de la producción discursiva de Guzmán, Elena Iparraguirre –compañera del primero–, Óscar Ramírez Durand –“Feliciano”– y Víctor Zavala Cataño, líderes de Sendero Luminoso. El autor examina sus conductas, teniendo en la mente el recuerdo de la antes mencionada Arendt y su teoría sobre la “banalidad del mal”.

Especialmente interesante en el libro, es el análisis de la obra de teatro de Zavala Cataño, a quien el autor entrevistó en su celda del penal de Castro Castro, donde se encuentra recluido. Es interesante  porque hay escasa información de aquel teatro que sitúa sus raíces en la violencia política que vivió el país en la década de los ochenta.

A excepción del texto de Hugo Salazar del Alcazar, Teatro y violencia (1990), casi no existen estudios –que sepamos– que hundan el espéculo en este género y las formas culturales que Sendero utilizó –y llamó pomposamente “Arte de nuevo tipo”– para acercarse a las “masas”.

El libro de Portocarrero, por último, debe entenderse como una singular lectura del fenómeno senderista basada en una revisión de documentos ya existentes (discursos, fotos, dibujos y vídeos), recopilados durante todos estos años o “bajados” de la internet.

No tiene el halo de novedad, como lo tuvieron en su momento los libros de Gustavo Gorriti, Sendero. Historia de la guerra milenaria en el Perú (1990), Carlos Iván Degregori, El surgimiento de Sendero Luminoso (1990), y Simon Strong, Sendero Luminoso. El movimiento más letal del mundo (1992) (a menos que se considere que la inclusión del cuento “El viaje hacia el mar” de Elena Iparraguirre, y las propias opiniones de Víctor Zavala sobre su obra, arrojen nuevas luces sobre el estallido de la violencia acontecido hace más de tres décadas).

Más bien se suma a estos, formando una buena sinergia para tratar de entender lo que ocurrió en el Perú en la década de los ochenta e inicios de los noventa. Ese es su aporte y esa es su limitación.

Freddy Molina Casusol
Lima, 25 de junio de 2012

domingo, 17 de junio de 2012

LA IMPORTANCIA DEL PERIODISMO EN LA LITERATURA

A TRUMAN CAPOTE LE PASÓ una cosa maravillosa: leyó en una nota periodística la idea que le daría su primera novela de no ficción, A sangre fría. Sí, en las dos versiones cinematográficas –la que tuvo como una de sus protagonistas a Sandra Bullock y en la otra al actor Philip Seymour Hoffman, que ganó el Oscar con la interpretación del escritor–, se puede ver a Capote exaltado, brincando de felicidad por el hallazgo. Un brillo en sus ojos se instaló cuando observó que allí, en esa aparentemente insignificante nota que daba cuenta de la muerte de una familia de granjeros en Kansas, estaba el germen de una obra literaria que iba a revolucionar el género novelístico. Y pensar que, posiblemente, fue vista como un simple “suelto” para llenar espacio, como uno de los tantos que mandan a hacer a los periodistas para cumplir con su misión informativa. Un hecho de sangre que tranquilamente pudo haber sido explotado por el amarillismo periodístico, pero que en las manos de un novelista en ciernes, como era Capote, fue transformado en materia artística. ¿Qué podemos deducir de todo ello? Que la labor del periodismo es importantísima, que sin proponérselo puede influenciar vidas, trastocar universos personales, que su tarea es de primer orden, que tiene una responsabilidad social ineludible. ¿Qué hubiera pasado si el periodista encargado de la nota no la hubiese hecho? Aparte de faltar a su misión informativa, nos hubiera a privado a los lectores de una obra de primera magnitud. Otro ejemplo de lo mismo: Vargas Llosa. Vargas Llosa, cuenta por allí, que la idea de escribir Los cachorros vino a su mente cuando leyó un recorte periodístico acerca del percance que había sufrido un recién nacido. Éste había sido emasculado por un perro. Eso lo hizo pensar en lo trágico que iba a ser en el futuro para este niño la pérdida de su miembro viril; eso lo hizo fantasear hasta trasladar ese conjunto de imágenes en una narración de corto aliento, que ha tenido sus replicas en el teatro y en el cine. Como podemos apreciar, otra vez tenemos la ubicua presencia del periodismo en la literatura, cumpliendo su rol de surtidor de historias para alimentar la imaginación de nuestros escritores. Otro ejemplo más, si lo anterior quedó corto, con el mismo Vargas Llosa. Esto ocurrió con Historia de Mayta, novela que cuenta la historia del guerrillero que quiso articular una revolución en los Andes. ¿Cómo se apropió de la mente del novelista esta idea? Por una ínfima nota periodística que había leído en Le Monde. Leyéndola le vino la idea de recrear esa vida apática de Mayta, transformándola, convirtiendo, cual alquimista de las palabras, el hecho noticioso en materia ficticia y creando un personaje inolvidable en la galería de personajes vargallosianos. ¿Qué hubiera, pues, sucedido si esa nota no hubiera sido escrita, si no hubiera traspasado el filtro informativo? Eso; no nos hubiéramos sorprendido con el argumento de la novela, que al explayarse descubre que revolucionario troskista de la trama era homosexual. Una crueldad del escritor sí, pero válida para el hacer literario, el cual no hubiéramos podido paladear si el rol del periodismo, de informar, comunicar, de hacer el traslado de los hechos noticiosos a los consumidores del medio, no hubiera tenido cabida en la sociedad. Así, con estos tres ejemplos, tomados al azar y forzando la memoria, hemos querido honrar la tarea del periodista. Una tarea que no es menos que la de un escritor profesional, una tarea que, aunque aparentemente modesta, sirve, como hemos visto, para alimentar vocaciones, crear nuevos mundos y así saciar la imaginación de los lectores con nuevas historias que les ayuden a soportar sus vidas, muchas de ellas carentes de emociones.

Freddy Molina Casusol
Lima, 16 de junio del 2012


lunes, 4 de junio de 2012

LOS MINUTOS QUE NO SE PERDIERON en la entrevista de Beto Ortiz a Mario Vargas Llosa (10 de mayo del 2000)

El final de las líneas introductorias a El inconquistable de Beto Ortiz es un poco triste. El periodista estaba apesadumbrado, creía que la entrevista completa que le había hecho al escritor Mario Vargas Llosa, se había perdido para siempre. Dice: “Lamento tener que revelarles esto pero es la verdad: toda la primera batería de preguntas, aquella que se inicia con los balbuceos que he citado líneas arriba, se perdió para siempre”. Ortiz pensó que tendría que conformarse con la versión incompleta de la entrevista hasta el final de sus días. Nada más equivocado, señor Ortiz. Hubo alguien en la ciudad que grabó el extenso diálogo que tuvo con Vargas Llosa: el que suscribe estas líneas. Mejor dicho, se lo pedí a un amigo, Juan Carlos Saito Villacorta –hoy en el Japón y con quien comparto los créditos del hallazgo–. ¿Usted cree que alguien podría haberse perdido la oportunidad de registrar en un vídeo el año 2000, la imagen y la voz disidente de nuestro más ilustre escritor? Imposible. Hace un par de días desempolvé el vídeo que tenía guardado en un espacio de mi biblioteca. La última vez que lo visioné fue a propósito de una nota que el diario La República“Vargas Llosa y García Márquez, memoria y ruptura”– me publicó en agosto del 2009. Todavía temeroso porque el hongo hubiera hecho presa de él, lo llevé a un lugar donde hacen conversiones de VHS a DVD. No sabe la alegría que sentí cuando observé en el monitor las imágenes intactas de la entrevista. El estuche y la bolsa con el que lo cubrí en los últimos doce años, habían cumplido su tarea: protegerlo de la agresividad del medio ambiente. Le pedí al encargado de la conversión que me hiciera dos copias. Anoche, trabajando a la antigua –de oídas, y no con un programa computarizado de esos que a uno le ahorran la tarea–, transcribí los minutos que faltaban –en total 4 minutos y 10 segundos– de la entrevista entre usted y Vargas Llosa que, en la versión –completa– que manejo, y sin cortes comerciales, dura 1 hora y 15 minutos. Entonces, no se preocupe, aleluya, existe una copia completa de su entrevista.

Aquí, sin mayores preámbulos, para los lectores de este blog, van los minutos que no se perdieron en la entrevista de Beto Ortiz a Mario Vargas Llosa –acompañados de un comentario final–, realizada el 10 de mayo del año 2000.


Buenas noches. Una de las cosas maravillosas que tiene el periodismo es que nos permite a quienes lo ejercemos estar cerca y conversar aunque sea por breves minutos con nuestros ídolos, con las personas que admiramos desde siempre. Eso es una falta de objetividad absoluta, deplorable en un periodista, pero yo no puedo sino confesarlo de antemano. Hoy me desperté muy temprano en la mañana y estoy más nervioso que el día que di examen de admisión a la universidad, así que perdonarán los televidentes que sude a chorros, que tartamudee, que me equivoque porque es una entrevista realmente importante para mí como periodista, para el programa, para el canal. Quiero darle la bienvenida, en nombre de canal A, a un gran invitado: Mario Vargas Llosa.

Mario Vargas Llosa: Muchas gracias, Beto, por esa presentación. El que se ha puesto nervioso con esa presentación y va a empezar a sudar a chorros ahora soy yo, no tú.

Beto Ortiz: He estado viendo su presentación en varios canales y para los lectores que lloramos de risa con Pantaleón, que lloramos de risa con La Tía Julia, nos parece un poco extraño este Vargas Llosa que se ríe menos. Me da la sensación de que usted se está riendo menos que antes, ¿me equivoco?

MVLL: No, en la vida yo creo que si me río siempre. Soy una persona alegre, nada sombría. Bueno, me han hecho muchas preguntas sobre la novela que acabo de publicar, y esa novela sí, desde luego, no es una de humor, cómica. Tiene que ver con una experiencia terrible, que es una experiencia de una dictadura, brutal, muy corrompida. Y después me han hecho preguntas políticas sobre la situación en mi país. La situación política en el Perú tampoco es para reírse, aunque tiene aspectos cómicos.

B.O.: Algunos de sus más cercanos colaboradores en el 90, en el Fredemo, se han pasado a las filas del fujimorismo: Chirinos Soto, Delgado Aparicio, Trelles –la inteligencia en acción [risas de VLL]–, Larrabure, ahora están colaborando con el régimen. ¿Qué sabor le deja esto?

MVLL: De tristeza, de pena. De algunos lo esperaba por su trayectoria.

B.O.: ¿De quiénes, por ejemplo?

MVLL: Para qué vamos a singularizar. Está absolutamente en la memoria de todos; de otros no. De otros, para mí, ha sido sí una gran sorpresa, los creía más puros, los creía más idealistas, más íntegros. Si quieres que te diga un nombre, te digo un nombre: Rafael Rey. Lo conocí muy muchachito, y a mí me pareció que el encanto mayor que tenía era la pureza, el idealismo, y que resultara un politicastro corrompido, no me lo hubiera imaginado jamás. Y me da mucha pena, pero que ése haya sido el caso de muchos, desde luego, no de la mayoría. Anoche en la presentación del libro[1], en la Universidad de Lima, había cientos –dicen que más de mil personas–, y la inmensa mayoría de ellos estuvieron conmigo en el 90; y ninguno de ellos se alquiló, se vendió; han resistido con mucha coherencia, mucha dignidad, estos años tan difíciles en que era tan difícil mantener la independencia, y eso a mí me emociona tremendamente porque creo que es el caso de una inmensa mayoría de peruanos que no se ha dejado ni alquilar, ni intimidar, ni corromper, y eso, creo, que es lo más importante. Allí tenemos una reserva moral para que cuando nuestro país salga de la dictadura, hacia una legalidad, una libertad, contemos con esa buena gente, ¿no es verdad? Creo que es mucha gente.


COMENTARIO

Hasta aquí el extracto de la entrevista que faltaba en El inconquistable. El resto se puede leer en el propio libro. La ausencia de este segmento obligó al editor Luis Rodríguez Pastor a alterar el orden inicial del diálogo –dividido en cinco bloques– entre el escritor y el periodista, obligándolo a empezar por el bloque 4 –que tituló a ritmo de bolero: 1. “El Perú, ese amor imposible”–, y corriendo el bloque 1 –etiquetado como “Coyuntura y recuerdo de la campaña del noventa”– como segundo capítulo del libro. Y así sucesivamente, como se puede comprobar revisando la entrevista completa. El editor tuvo que hacer una serie de malabarismos para sortear la ausencia de los minutos inaugurales y reconfigurarla para hacerla asequible al lector. Esta parte es importante porque habla de Rafael Rey, en quien Vargas Llosa, quizás, veía un continuador de las ideas liberales que sembró en 1987, en la plaza San Martín. Los duros calificativos a Rey están en función del apoyo de éste a Fujimori desde Renovación –partido que fundó luego de apartarse del Movimiento Libertad–. Sin embargo, esa desazón y molestia de Vargas Llosa hacia Rey, están ya prefiguradas en la entrevista que le hizo el periodista César Hildebrandt en noviembre de 1992 –a pocos meses de lanzar El pez en el agua, libro donde hace un ajuste de cuentas con los políticos que trató en la campaña del 90–. Dijo de él en aquella oportunidad, ante una pregunta de Hildebrandt: “Bueno, pero él no pertenece ya a Libertad. Estuvo en sus filas por equivocación, no por un compromiso profundo con la democracia como es el que tenemos los que nos hemos quedado en el movimiento. Me parece muy bien que se haya ido[2]. Así se evitan confusiones”[3]. (Este fastidio no se diluiría con los años: en una reunión pública, Vargas Llosa se cruzaría con Rey dejándolo con la mano extendida cuando éste intentó saludarlo, manteniendo así su desaprobación con su actuación política). Rafael Rey, el 2011, integraría la plancha presidencial de Keiko Fujimori, hija del expresidente Fujimori, quien sería derrotada en la segunda vuelta por Ollanta Humala, que contó con el apoyo de Vargas Llosa.


[1] Se refiere a su novela La Fiesta del chivo (2000).
[2] Rey hizo pública su carta de renuncia al Movimiento Libertad. Ver  “Rafael Rey fundamenta su renuncia irrevocable al Movimiento Libertad”, en El Comercio, 19 de agosto de 1992, p. A-5.
[3] Ver “El Perú ha dado un salto atrás en la historia”, entrevista de César Hildebrandt a Mario Vargas Llosa, diario Uno, 16 de noviembre de 1992, p. 3.

domingo, 20 de mayo de 2012

RECHAZO A SENDERO EN SAN MARCOS (1989)


ENTRARON en el aula y se dividieron rápidamente en varias columnas. Los alumnos y el propio Krüger –que en ese momento dictaba una clase–  pensaron, tal vez, que era una de esas tantas incursiones que Sendero hacía en los salones para denunciar al gobierno “genocida y hambreador de Alan García” y lanzar unos cuantos estribillos a favor de la guerra popular; pero no, esta vez la cosa era distinta. Ni bien entraron comenzaron a buscar entre los estudiantes un rostro que les fuera familiar. Cuando lo ubicaron, lo rodearon y sin darle tiempo a nada, lo bañaron en pintura negra. Así sancionaban a la “negra reacción”, así castigaban el atrevimiento de quien había tenido la mala idea de desafiarlos unos días antes. Dos o tres días atrás, la víctima había cometido la osadía de arrancar, en el pabellón de Psicología, un afiche senderista. Entre los que presenciaron la acción, muy probablemente, se encontraba algún militante del PCP-SL, quien, luego, informaría a sus camaradas la afrenta que había sufrido la propaganda del Partido. Ahora se lo estaban haciendo pagar. Poco faltó para que le colgaran un cartelito con la expresión: “enemigo del pueblo”, y así consumar mejor la humillación. El decano y los estudiantes que presenciaron el acto, temerosos de ser las próximas víctimas de este escuadrón de encapuchados, nada pudieron hacer. En la Ciudad Universitaria pronto corrió la voz que en la clase del decano de Letras, a un alumno, los de Sendero, lo habían bañado con pintura negra. La alarma se instaló entre sus habitantes. Si esto hacía Sendero a la luz del día, en presencia de una autoridad universitaria, podía hacerlo con cualquiera. Cuando esto llegó a nuestros oídos prendió la indignación. Mery Castillo y yo fuimos donde Krüger para manifestar nuestro enojo. Le pedimos que la Facultad publicara un comunicado a nombre del Tercio condenando la agresión senderista al estudiante de Psicología (que formaba parte, por entonces, de Letras). El decano se negó. No contentos con la negativa le pedimos hablar con Campos Rey de Castro, rector de la universidad. Tomamos un taxi y nos dirigimos, con Krüger a bordo, al edificio Kennedy, donde se encontraban los locales del Rectorado. Campos Rey de Castro nos recibió. Usando las artes de los políticos para darnos largas, alegó, finalmente, razones de seguridad –la nuestra– para no publicarlo. Fastidiados por estas negativas que sonaban a cobardía, me acordé que César Lévano, editor de la revista Sí y profesor de Comunicación, estaba dictando el curso de Historia de los medios. Le dije a  Mery: “Vamos de nuevo a la Ciudad, creo que Lévano puede publicar esto”. “¿Estás seguro?”. “Sí, le dije, vamos”. Y nos fuimos de regreso a la Ciudad. Ya en San Marcos, entré corriendo a la Facultad y subí a grandes trancos la escalera que conducía al pabellón de la Escuela. Busqué a Lévano y lo encontré en un aula finalizando su clase. Toqué la puerta y pedí permiso para ingresar. Me acerqué y le expliqué la situación. “¿Del Tercio Estudiantil?”, interrogó. “Sí”, le respondí. Y se metió el comunicado al bolsillo. Una semana después, en la siguiente edición de Sí, pudimos leer nuestro comunicado a página y media adjunto a una nota (“Rechazo a Sendero en San Marcos”), el único comunicado de esos años que, desde el interior de la universidad, condenó abiertamente a Sendero y sus prácticas de amedrentamiento en el campus universitario.

A continuación damos a conocer el texto de la nota, publicada en el No.100 de (del 23 al 30 de enero de 1989, pp. 24-25):
------------------------------------------

RECHAZO A SENDERO EN SAN MARCOS


La bárbara golpiza aplicada en San Marcos por senderistas a un estudiante de Sicología, a quien además embadurnaron con pintura negra, ha tenido la virtud de juntar voluntades en el campus universitario. En la Ciudad Universitaria circula, desde el jueves último, un documento que condena a Sendero y que ha encontrado respaldo en el tercio estudiantil de Letras y entre numerosos alumnos y dirigentes de otras facultades.

El documento refleja asimismo, la condena estudiantil a la quema de la Bandera Nacional realizada el martes 10, a las 8 de la noche, por una veintena de senderistas armados, ante la consternación y la cólera estudiantil.

He aquí párrafos del texto, que abre una etapa en la opinión sanmarquina, que muchos órganos de prensa tildan injustamente de propicia a la organización sanguinaria dirigida por Abimael Guzmán.

“Así como repudiamos y rechazamos la brutal agresión policial que ha cobrado el doloroso saldo de compañeros asesinados impunemente, rechazamos también la creciente práctica de amedrentamiento, amenazas y atropellos del senderismo dentro del campus universitario, con métodos ajenos a la tradición del movimiento estudiantil y que nada tienen que envidiar a los enemigos de clase”.

El documento, que circula mimeografiado, expresa también “honda preocupación ante una nueva paralización de
labores que, convocada en estas circunstancias, significaría un virtual autorreceso y un caro favor a la reacción”.


Otros links sobre el tema: Sendero se pasea en San Marcos y San Marcos en los ochenta de Mario Munive

sábado, 5 de mayo de 2012

MJO, TESTIGO DE SU TIEMPO

Durante las noches lo leo como quien busca a un abuelito para que le cuente una historia. Con él recorro el Africa, Cuba, Praga, Bagdad, Singapur, China e innumerables países y no me canso. Lo leo con curiosidad. Me gusta ver sus correrías, detectar cómo arma sus reportajes, los trucos que emplea para conseguir una primicia. Noto en cada párrafo el respeto único que tenía por el que se cumpla la convención: “tres o cuatro líneas, no más jóvenes periodistas”.

Maestro indiscutible del reporterismo peruano, Manuel Jesús Orbegozo ha dejado en estos dos preciados volúmenes los secretos del oficio. En su hechura, Orbegozo, no agota, como recomendaba Hemingway, el material periodístico de un solo golpe. El periodista debe descansar y dejar una frase “colgada”, y al día siguiente retomar la idea a partir de esta y así todo se vuelve más fácil de redactar.

Esa es la técnica que utilizó el escritor norteamericano en Muerte al atardecer, libro que le dio fama y éxito internacional.

No es difícil detectar en Orbegozo el uso de este artificio. El periodista peruano, como buen admirador de Hemingway –a quien alguna vez entrevistó– lo ha seguido y allí están los resultados: un libro admirable, que se deja leer bien. Como le decía, entusiasmado, a su nuera Paola Jerí, este es su mejor trabajo. Los demás –Tiannamen y MJO. Entrevistas–, son satelitales, giran alrededor de éste.

Este es el libro principal al cual deben acudir los jóvenes estudiantes de periodismo.

Recuerdo, cuando asistía a sus clases, que Orbegozo contaba las veces que era inquirido por un trabajo de largo aliento que reflejara sus experiencias en los medios escritos, que estaba escribiendo sus memorias. Por esas fechas, 1986 o 1987, confesaba que tenía alrededor de quinientas páginas.

El libro, con los años, y a medida que numerosas promociones de estudiantes egresaba de las aulas de San Marcos, se había vuelto mítico. Se hablaba de él en los cafetines, en los reencuentros de ex alumnos, en los diálogos de sobremesa. Se comentaba que ahora tenía mil páginas y que no encontraba editor.

La verdad, yo no le hice caso al libro del maestro. Aún no tan bien impresionado por la lectura de sus libros de entrevistas –que me parecieron de menor envergadura, en comparación con el de Hildebrandt, Cambio de Palabras (que ahora circula por allí en una segunda edición)–, no se me ocurrió buscarlo cuando fue publicado.

Fue en una feria del libro, de casualidad, que lo encontré. “El libro de Orbegozo”, pensé, apenas lo vi.

Lo primero que hice cuando lo tuve en mis manos fue notar que había sido impreso por el Fondo de Cultura Económica. Todo un lujo si recordamos que no hay un periodista peruano –por lo menos de la generación de Orbegozo– que haya publicado en ese prestigioso sello editorial.

Luego me bastó posar la mirada en algunos párrafos del primer volumen, para darme cuenta que estaba frente a un libro escrito con una envidiable prosa periodística. 

Tras comprobar en la noche que mi primera impresión de este volumen no era engañosa, regresé a la feria y me llevé el segundo al día siguiente. Desde entonces, los tengo como libros de referencia y de obligada lectura.

El crítico y novelista estadounidense Waldo Frank decía de Luis Alberto Sánchez que era un “escritor de raza”, si se parafraseara lo mismo para Orbegozo, se podría decir de éste que fue un “periodista de raza”.

Manuel Jesús Orbegozo partió de este mundo en setiembre del año pasado. En su velatorio, que fue muy concurrido, aparecieron muchos de sus ex alumnos que lloraron en silencio su partida.

El día de su entierro recibió el homenaje de la Facultad de Letras de San Marcos que lo vio consagrarse como uno de sus mejores maestros en la antigua Escuela de Periodismo, hoy Escuela de Comunicación Social. Y el arpista Máximo Damián, antes de irse, le tocó una sentida melodía andina.

Dicen, finalmente, que un hombre en la vida debe hacer tres cosas: tener un hijo, sembrar un árbol y escribir un libro. Orbegozo hizo las tres, y por partida doble. Porque bien puede decirse que Testigo de su tiempo, es las tres cosas a la vez: un hijo, un árbol y un libro.

Así lo creo por las noches, cuando me trepo en sus páginas y leo, disimulando una sonrisa, y con ojos de curiosidad y asombro, que el maestro me dice: “tres o cuatro líneas, no más joven periodista”.

Ya no tanto, maestro. Ya no tanto.

Freddy Molina Casusol
Lima, 5 de mayo de 2012

lunes, 30 de abril de 2012

RECORDANDO EL CÓDIGO DA VINCI

CUANDO terminé de leer El Código Da Vinci sentí algo de pena. Sentí que socavaba los cimientos de la Iglesia Católica. Después de todo, pensaba, el cristianismo –como otras grandes religiones– era un factor de unificación en la humanidad. Le daba al ser humano, en especial al hombre desesperanzado, un conjunto de preceptos por los cuales orientar su existencia. Que un libro como el de Dan Brown, trajera abajo eso que durante dos mil años había costado edificar no me parecía bueno.

Pero tampoco, pensaba, se podía vivir en la mentira. No se podía mantener atada en el arnés a una feligresía cuando existían serias dudas sobre los fundamentos de una fe. 

Cuando era adolescente leí un artículo que hablaba de la existencia de un profeta llamado “Issa” en Cachemira y que, según las investigaciones, no era otro sino Jesús, quien habría sobrevivido a la crucifixión[1]. Ese artículo me fascinó, porque comencé a indagar sobre el tema. 

Durante años llegaron a mis manos artículos periodísticos –algunos sensacionalistas– y documentales que contaban sobre los años perdidos de Jesús entre los 13 y 30 años. En ninguno se podía tener la certeza de lo que había ocurrido en eso años. 

Luego, cuando el tema se estaba apagando y me resignaba a ya no saber nada, estando en la universidad, apareció, para despercudir mi modorra, la película La última tentación de Cristo de Martín Scorsese, que provocó una levantisca entre curas y monjas porque su director había mostrado a María Magdalena en amores con Cristo. 

Eso ocasionó que volviera a las andadas y me preguntara qué había de cierto en eso, más allá de la libertad que se había tomado el realizador de recrear la vida de Jesús. 

Por esos años, a finales de los ochenta, era muy difícil encontrar información. No había Internet que ahora permite encontrar toda clase de información, incluso la prohibida. Recuerdo que dejé que todo se diluyera. 

La revancha vino a finales de los noventa, en la Biblioteca Nacional. Allí encontré el libro ¿Murió Jesús en Cachemira? de Andrea Faber-Kaiser que devoré de principio a fin, el del padre Eduardo Arens sobre la Biblia  y otros que hablaban de los evangelios “apócrifos” –como el de Enoch, por ejemplo–, que habían sufrido la criba de la Iglesia Católica para organizar el canon bíblico. 

Y así, buscando por allí y por allá, en negocios de venta de libros esotéricos, uno podía encontrar material acerca de los orígenes del cristianismo primitivo– y reconstruir esa parte de la historia religiosa que nos habían vedado de niños.

Hasta que llegó El Código Da Vinci. Ese libro tuvo la virtud de reunir en una novela, una serie de lecturas que hablaban sobre el asunto. Mostró con más aciertos que errores, que la Iglesia nos estaba ocultando algo[2]. Que no era tan cierto que María Magdalena fuera una prostituta –tal como investigadores independientes habían refrendado–[3]; que fue ella, y no Pedro, quien debía ser continuadora de la Iglesia de Jesús; que todo conducía a pensar que había sido la compañera de Cristo. (Para colmo, por esos años, y para reforzar la idea de que existía una verdad alternativa, hizo su aparición el llamado Evangelio de Judas)[4]

Pero lo peor era que decía que en el Concilio de Nicea –organizado por el emperador Constantino, quien en el 325 d.C. decide unificar Roma en una sola religión– fue donde se votó para considerar a Jesús como hijo de Dios. O sea, todo arreglado. Todo un escándalo. Desde entonces, los doctores de la Iglesia ya no podían sentirse tan seguros porque en ese libro también se contaba que hubo una componenda, orquestada por el mismo Constantino, para fusionar elementos de una religión pagana y el propio cristianismo, para crear este. 

Por supuesto, han aparecido libros para contrarrestar lo dicho por Brown. Uno de ellos es Rechazando El Código Da Vinci. Cómo una novela blasfema ataca brutalmente a Nuestro Señor y a la Iglesia Católica, escrito por la Comisión de Estudios de The American Society for the Defense of Tradition, Family and Property, cuya defensa de Jesús se basa en el escondido gnosticismo –una herejía cristiana– que subyace en las páginas de El Código Da Vinci

Con todo, la doctrina cristiana –sometida en el pasado a los remezones de Lutero, Calvino, Swinglio y las amenazas de cisma del Cardenal Lefebvre– debe aceptar el escrutinio público del dogma que la articula.

El Código Da Vinci no es más que un pretexto para poner a prueba su fe. Y así se debe entender. Porque como había dicho Jesucristo: “La verdad os hará libres”. 

Freddy Molina Casusol
Lima, 29 de abril de 2012


[1] Mientras redactaba esta nota encontré los artículos que encendieron la curiosidad de mi juventud. Los artículos “El Mesías, ¿realmente murió en la cruz?” y “¿Murió a los 120 años?”, fueron publicados en el suplemento especial Sábado del diario La República, el 2 de abril de 1983.
[2] Un ejemplo de este tipo son los retrasos deliberados en la traducción de los rollos del Mar Muerto –descubiertos entre 1947 y 1956– por parte del padre Roland de Vaux de la École Biblique. En ellos se podían encontrar las notables coincidencias entre un denominado “Maestro de Justicia” y Jesús, y la presencia de doctrina cristiana antes del nacimiento de Cristo. Para más información, ver La conspiración del Mar Muerto, Michael Baigent y Richard Leigh, Ediciones Martínez Roca S.A., 2006.
[3] El lector interesado en el tema puede consultar Los secretos del código, editado por Dan Burstein (Planeta, 2004), que reúne una serie de estudios tomados de Internet y otras partes, de investigadores que han dedicado sus esfuerzos para aclarar, entre otros temas, el papel de María Magdalena en la Biblia.
[4] Una de las mejores ediciones –bastante recomendable–, es la de la National Geografhic Society (2006), que incluye notas al pie y comentarios de diversos estudiosos al final para interpretarlo mejor.

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...