Freddy Molina Casusol
Lima, 14 de agosto del 2012
Freddy Molina Casusol
Lima, 14 de agosto del 2012
Por: Freddy Molina Casusol
Vargas Llosa en el Leoncio Prado (1964). Foto: Caretas
LA COMENZÓ en Madrid en el otoño de 1958, en una tasca
de Menéndez y Pelayo llamada El Jute,
que miraba al parque del Retiro, mientras hacia sus estudios de doctorado en
Génesis de una novela
La
ciudad y los perros nació de una
experiencia vital del escritor. Su padre, cuando estaba por cumplir catorce
años, lo inscribió en el Colegio Militar Leoncio Prado. Allí descubrió “que la
realidad peruana no era una realidad de niños bien, de pituquitos miraflorinos,
sino una realidad extremadamente compleja, de blancos, de negros, de indios, de
chinos, que había pobres, que había ricos…”, cargados de “prejuicios,
complejos, animosidades y rencores sociales y raciales”[1], que marcaron profundamente
su vida adolescente.
Para escribirla debió resucitar los tortuosos años de cautiverio en el Leoncio Prado.
En una carta, fechada en Madrid el 11 de diciembre de 1958, dirigida a un amigo de juventud, Abelardo Oquendo, describe ese proceso:
“Pero yo voy a salir loco: frente a la maquina [de escribir] siento malhumor, palpitaciones, odio, impotencia, excitación (…) una inexpresable y espantosa desesperación. Dejo la máquina y me acuesto: sueño despeñarme por abismos larguísimos y siniestros en cuyas simas me aguardan las lucientes bayonetas del Colegio Militar como una anchurosa cama de fakir, o revivo los malditos sábados de consigna, paseándome como una fiera rabiosa dentro de la grisácea cárcel de La Perla, sin poder salir, y las humillaciones matutinas, vespertinas y nocturnas, constantes, ineludibles, bochornosas, de suboficiales, oficiales, brigadieres (…) y, en fin, toda la tragedia y el sufrimiento de dos años, que creía olvidados”[2].
Cuando Vargas Llosa puso fin a este desgarramiento personal, en el invierno parisino de 1961, e hizo una revisión de lo escrito en febrero de 1962, tenía 700 páginas:
“Me deprime su dimensión páginas, su tema, y ya no tengo simpatía por los personajes. Me parece que le he dedicado demasiado tiempo, es mejor que pase a otra cosa. Ojalá se pueda publicar allá [en España], aunque su extensión espantará a los editores. Sería triste que se quedará inédita”[3].
Las dudas de un joven novelista
Sería a fines de 1961, o comienzos de 1962, cuando Vargas Llosa, siguiendo el consejo de un amigo francés, el hispanista Claude Couffon, envió el manuscrito de su novela a la editorial Seix Barral; pero pasaban los meses y el escritor no obtenía respuesta alguna:
“Pasaron muchos meses, y en esos meses yo me había decepcionado de la novela. Había sido rechazada por varios editores: además había trabajado tanto en ella que estaba saturado, harto; ya estaba escribiendo otra [“La casa verde”]. Pensaba que el libro no había salido en absoluto. Pensé que el silencio de Seix Barral era una manera diplomática de rechazarla, de decirme que la novela no les había gustado, pero siempre recordaré una mañana que, al despertarme, me sorprendió la llegada de un telegrama, un telegrama de Carlos Barral. Habían pasado, por lo menos, ocho o diez meses desde que mandara el manuscrito. El telegrama decía: «Paso por París tal día. Búsqueme en el hotel Port-Royal»”, rememoró el escritor años después[4].
¿Qué había pasado? Que Carlos Barral, editor de Seix Barral, revisando los manuscritos de novelas que el novelista Luis Goytisolo –lector profesional de la editorial– había desechado, se topó una tarde con el original de La ciudad y los perros y quedó embelesado con su lectura.
El editor español, entonces, envió un telegrama a Vargas Llosa para verse con él en París. Cuando lo vio, Barral le propuso que presentara La ciudad y los perros –por entonces llamada La morada del héroe[5]– al premio Biblioteca Breve. Vargas Llosa, confundido, dijo que lo iba a pensar.
José Miguel Oviedo, crítico literario y compañero de carpeta de Vargas Llosa en el colegio La Salle, al respecto cuenta:
“Hay testimonios de que Vargas Llosa tomó el consejo [de Barral] con reticencia: le parecía imposible alcanzar el premio o le entraron dudas de su obra o lo alarmaron los precedentes del mismo premio (de cinco convocatorias, cuatro veces habían ganado novelistas españoles; en la otra, el fallo fue desierto). Lo consultó, lo pensó; finalmente presentó su novela al concurso bajo el título de Los impostores. A los veintiséis años hacía su mayor apuesta”[6].
Recepción de la crítica
La ciudad y los perros se impuso en el concurso Biblioteca Breve de 1962 a 81 originales que llegaron a disputarle el premio. El fallo del jurado, compuesto por José María Valverde, José María Castellet, Víctor Seix, Carlos Barral y Juan Petit, fue otorgárselo por unanimidad al novelista peruano.
Con ese fallo, como ha escrito Oviedo, “la vida y la obra de Vargas Llosa dejaron de ser, para siempre, anónimas”[7].
Sin embargo, el escritor tuvo que esperar un año para ver su novela publicada. La censura franquista en España le ponía trabas a la publicación en España. Al final la superó con la ayuda indesmayable de Carlos Barral.
“El libro –ha recordado Vargas Llosa– salió con un tiraje de dos mil ejemplares que se agotó muy rápido, en días. Comenzaron las reediciones y, pasado un tiempo, llegaron las noticias de la quema en Lima [de la novela], lo que le dio al libro una enorme publicidad. De pronto, ante mi gran sorpresa y la de la propia editora, el libro empezó a agotarse una edición tras otra. Lo presentaron al Premio Formentor de editores, que existía en ese tiempo, y quedó segundo; pero los diez editores lo contrataron para ser traducido” [8].
La novela, que salió a la luz en octubre de 1963, tuvo un éxito indiscutible, fue traducida a diez idiomas y ganó el Premio de la Crítica Española de ese año.
En Lima, cuando al fin la novela pudo leerse (sobre todo en la edición de Populibros de Manuel Scorza), críticos como Alberto Escobar –que en el pasado, había escuchado con desdén la lectura pública de un cuento suyo, “La Parda”[9]– se doblegaron ante la variedad de recursos narrativos del joven novelista Vargas Llosa[10].
Y de todos los elogios recibidos, el de José María Valverde fue el que tuvo más recordación con el paso del tiempo: “Es la mejor novela en lengua española desde Don Segundo Sombra”.
Cincuenta años después
La historia del Poeta, el Jaguar y el Esclavo, cincuenta años después, es aún motivo de admiración por la arquitectura de la historia –devota de la técnica de Faulkner y de la teoría del relator invisible de Flaubert–, y por la precocidad literaria de su autor –26 años– que resultó, a juicio de Juan José Armas Marcelo, biógrafo español de Vargas Llosa, “insultante” para la época.
Hace algunas semanas, la Real Academia, en coordinación con la Asociación de Academias de la Lengua Española, ha publicado una edición conmemorativa –revisada por el propio autor–, para celebrar el cincuentenario de su aparición.
Atrás, pues, han quedado los tiempos cuando La ciudad y los perros pugnaba por salir a la luz: ahora todos se disputan el honor de publicarla.
Lima, 28 de julio del 2012
[1] Ver El inconquistable, Beto
Ortiz, Editorial Estruendomudo, 2011, p. 48; y El pez en el agua,
Mario Vargas Llosa, Seix Barral-Biblioteca Breve, 1993, p. 104.
[2] Ver “Cartas del sartrecillo valiente
(1958-1963) / Abelardo Oquendo”, en Hueso Húmero No. 35,
diciembre de 1999, pp. 90-91.
[3] Ibíd., p. 96.
[4] Ver Semana de autor. Mario Vargas
Llosa, Ediciones de Cultura Hispánica. Instituto de Cooperación
Iberoamericana, 1989, p. 14.
[5] El título final, La ciudad y los
perros, es sugerido por Oviedo. Ver “La primera novela de Vargas Llosa”,
José Miguel Oviedo, en La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa,
edición conmemorativa del cincuentenario, Real Academia Española / Asociación
de Academias de la Lengua Española, 2012, p. XXXIV.
[6] Ver Mario Vargas Llosa: la
invención de una realidad, José Miguel Oviedo, Seix Barral-Biblioteca
Breve, 1982, p. 34.
[7] Ibíd., p. 35.
[8] Ver “La total vigencia de los derechos
humanos es central”, entrevista de Federico de Cárdenas a Mario Vargas Llosa (1
de enero de 1984), en Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (Selección,
prólogo y notas de Jorge Coaguila), Tierra Nueva Editores, 2010, p. 182.
[9] El incidente completo se puede leer
en El pez en el agua, pp. 281-282.
[10] Ver “Impostores de sí mismos”, Alberto
Escobar, en Revista Peruana de Cultura, No. 2, Julio de 1964;
también en Mario Vargas Llosa y la crítica peruana, Miguel Ángel
Rodríguez Rea (editor), Universidad Ricardo Palma. Editorial Universitaria,
2011, pp. 43-51.
Publicado en Revista Domingo del diario La República (5
de agosto del 2012) como: "La ciudad y los perros cincuenta años después. Bautizo
real y literario".

ES UN BUEN LIBRO. Descubre el verdadero rostro de Alejandro Toledo y su
mujer Eliane Karp. El autor se ha tomado la molestia de cruzar información y
mostrar pruebas concluyentes. Pero nadie le ha hecho caso; su denuncia no ha
tenido ningún eco. Más bien, por allí se ha recordado, para descalificarlo, su
oscuro pasado con el gobierno de Fujimori, cuando se entendía bien con
Vladimiro Montesinos para coordinar los contenidos de un importante programa
televisivo. No obstante, Historia de dos aventureros (2005)
podría pasar perfectamente como un modelo de periodismo de investigación, al
nivel –tal vez en una versión reducida– de los trabajos de Oppenheimer o de
cualquier otro periodista de prestigio. Para escribirlo Umberto Jara se ha
tomado su tiempo, como debe hacerse en este tipo de investigaciones, sopesando
la información, conteniendo la respiración ante cada nuevo descubrimiento,
pista o hallazgo. Lamentablemente tuvo que conformarse, debido a sus malos
antecedentes o a que el momento no era propicio (el fiscalizado ocupaba el
sillón presidencial), a que ninguna editorial de importancia lo publicara. De
allí que no figure en Historia el nombre de una editorial y sí
el del tiraje: 15.000 ejemplares, como para asegurarse que alguno llegara de
todas maneras a las manos de Toledo. O también se puede pensar sobre esto
último –esta es otra lectura– que quien se encargó de hacerla –quizás un
enemigo del expresidente–, la financió para, utilizando las indagaciones de
Jara, dañar su reputación. De cualquier forma, uno no puede dudar de la buena
pluma del escritor de Historia de dos aventureros. Es un buen
narrador. Si su propósito era llevar de la mano, desde el comienzo hasta el
fin, al lector con su relato, lo ha cumplido con creces. Jara lo entretiene y
mantiene en vilo, pero sobre todo –y eso es lo que más importa– saca a la luz
las mentiras de Toledo, aquellas que, por un mal entendimiento de los peruanos
de lo que es la benevolencia, le han perdonado. Toledo, para empezar, nunca
estudió Economía en Harvard. (Es, sí, doctorado en Stanford, pero en Educación,
desde 1992; antes, en 1972, obtuvo una maestría en esa misma universidad en
Educación y, en 1974, la de Economía de Recursos Humanos.) Pero su mentira
mayor fue presentarse como “profesor” de esta universidad. Esto lo hizo por
primera vez en 1995, cuando fue candidato a la Presidencia de la República, enfrentando a Fujimori, quien ganó esa elección,
quedando muy rezagado con apenas tres puntos porcentuales. “Nunca fue profesor
de Harvard –escribe Jara–. Solo [fue] un investigador visitante que pagó por su
matrícula en un instituto al que podía acceder cualquier profesional para
escuchar clases, leer o investigar los temas de su elección sin el extenuante
rigor académico de los matriculados en las carreras regulares”. “Cuando la
prensa –prosigue el periodista en su descripción del personaje– lo enfrentó con
las evidencias, Toledo afirmó tener los cheques con los pagos hechos por
Harvard y se comprometió a mostrarlos. En el instante de afirmarlo sabía que
nunca los iba a exhibir porque no existían, pero lo dijo con una convicción de
militante y esa audacia llevó la mentira al confuso cajón de las dudas. Había
aprendido que, en política, lo que cuentan son las imágenes, los fulgores, la
confusión del tumulto”. Mejor dicho, los peruanos, si damos credibilidad a lo
indagado por Jara, fuimos víctimas de un embauque. Pero el asunto no queda allí
nomás. Su mujer, Eliane Karp le siguió los pasos en estas malas artes. Apurada
por conseguir financiamiento de una lujosa casa en La Molina, engañó a
Eugenio Bertini, funcionario del Banco de Lima Sudameris, firmando un documento
donde decía que estaba casada con Toledo. Lo hizo porque era la única manera de
conseguir un préstamo de esta entidad bancaria: afirmando en 1997 que todavía
mantenía una sociedad conyugal con su exmarido –de quien se divorció en 1992 y
con quien se volvió a casar, discretamente, en el año 2000–. Es decir, cometió
un delito[1]. Karp y Toledo eran, pues, una pareja de
inescrupulosos que podían valerse de cualquier artimaña para conseguir sus
objetivos, como ocurrió en el caso de las firmas falsas en que se vio
involucrado el partido del expresidente, Perú Posible, que, junto a otras
agrupaciones políticas –entre ellas Perú 2000, que alentaba la re-reelección de
Alberto Fujimori–, sorprendentemente habían superado para su inscripción el
medio millón de firmas, las cuales, en las sumas y restas hechas por Jara ese
año 2000, llegaban en conjunto a los veintidós millones –seis menos que la
totalidad de habitantes del país–, cosa que no hubiera sido posible sin una
“fabrica de firmas” y la participación de Montesinos y el Servicio de
Inteligencia Nacional. “Si se quiere ver desde otro ángulo –advierte Jara–, se presentaron
más firmas que el padrón de electores que suma 14 millones”. Audios, atestados
policiales, conversaciones con un extraño informante, Markus Wolf –reedición de
“Garganta Profunda”–, le sirvieron a Umberto Jara para reconstruir el
itinerario político del hombre que se comprometió con el rescate de la
democracia en tiempos de dictadura y se erigió como el nuevo “Pachacutec”. Un
hombre plagado de falsedades que nos recuerdan que en política no siempre los
más idóneos son los que la ejercen. Quizás, por último, en algunas partes de su
investigación Jara haya cometido inexactitudes –señaladas por el periodista Gustavo
Gorriti como desinformación–, y que no sea la persona más idónea para poner al descubierto la
mascarada de la expareja presidencial, puesto que la verdad en él –como reza un
viejo dicho– suena dudosa; pero lo que ha hecho al escribir este libro, es un
servicio a la sociedad para que, con información en la mano, en una próxima
oportunidad no se deje engañar por la voz engolada de un falso inca y de una
mujer belga “progresista” hablando un quechua improvisado, cuyo propósito en la
vida, tal como se desprende de la lectura del texto, es en realidad alimentar
la vanidad del poder.
Freddy Molina Casusol
Lima, 5 de julio del 2012
[1] Beto Ortiz en su
libro Maldita Ternura (2004) presenta a Eliane Karp con el
nombre cambiado de Julianne Park, pidiendo que le den las respuestas de una
encuesta televisiva sobre cultura nacional. Con ellas, aprendidas de memoria,
apareció en el programa de Ortiz, Beto a saber, engañando al
electorado que la vio y que creyó en la campaña del 2000, que tenía un profundo
conocimiento del país. Ver Maldita Ternura,
Beto Ortiz, Alfaguara, pp.82–85.

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