miércoles, 10 de septiembre de 2014

PERIODISTAS Y GUERRA

EL EJERCICIO del periodismo es arriesgado. En especial si se trata de periodismo escrito. Son conocidos los casos a nivel internacional de periodistas caídos cumpliendo su deber informativo en zonas de conflicto. Los corresponsales de guerra, destacados por las empresas informativas a los lugares más alejados del planeta, son víctimas no solo de las bombas sino del estrés y la incomprensión de su labor. Hay periodistas como Ryczard Kapucinski que han reporteado en diferentes lugares del globo y han convertido posteriormente sus textos –como La guerra del fútbol– en registros de los conflictos que ocurren en la historia contemporánea. En el medio periodístico peruano hemos tenido un magnífico reportero, Manuel Jesús Orbegozo, quien tuvo la oportunidad de estar en el frente de batalla y cubrir las atrocidades ocurridas en la Kampuchea de Pol Pot. Pero no solo ha habido periodistas que han hecho de corresponsales de guerra, tenemos también escritores como Ernest Hemingway, quien, a partir de su experiencia en la segunda guerra mundial, ha escrito libros como Adiós a las armas; o Mario Vargas Llosa, que en su Diario de Irak ha atestiguado lo vivido por los iraquíes durante la invasión estadounidense a sus tierras. No se queda atrás en esta breve enumeración el periodista gráfico Robert Capa. Él perdió la vida –una mina se la arrebató– mientras intentaba captar imágenes durante la guerra que se libraba en Indochina.
El periodismo, pues, es una carrera riesgosa. Eso lo hubieran podido atestiguar, si hubieran continuado con vida, los mártires peruanos de Uchuraccay. Como corresponsales en una zona de conflicto –Ayacucho– sintieron la obligación de perseguir la información, obsesión que, a la postre, los llevó a la muerte cuando, en la década de los ochenta, buena parte del país se estremecía con el ruido de las bombas estalladas por los insurrectos de Abimael Guzmán.
La guerra, asimismo, es el escenario donde se tiemplan los nervios de los periodistas. Allí tenemos las largas y espléndidas crónicas de William Shirer, corresponsal extranjero en Berlín, sobre el colapso del régimen nazi y el final de Hitler, las que, redactadas casi respirando la pólvora de los disparos, dieron forma al libro Auge y caída del Tercer Reich. O las de John Reed, que, dentro del marco de la revolución bolchevique, dieron forma a Los diez días que estremecieron al mundo.
También hay los que, como en el poema de Alejandro Romualdo, vuelan en mil pedazos. Eso pasó con la periodista norteamericana Marie Colvin en el 2012 cuando pereció en el bombardeo de una ciudad rebelde, Homs, en Siria. Y también hay los que sin tener nada que ver con un conflicto son asesinados por mentes trastornadas. Allí está lo que pasó en 1989 con la periodista lituana Barbara D’Achille, muerta por el fanatismo de Sendero. ¿Su crimen? No aceptar que sus captores le impongan una entrevista. Detenida en una zona controlada por la guerrilla senderista en Huancavelica, la ultimaron a pedradas. El vacío que dejó en la sección de Ecología del diario El Comercio de Lima, hasta ahora se siente.
El dolor. El dolor es uno de los sentimientos que los periodistas de guerra tienen que aprender a manejar. Frente a la conexión psicológica con el sufrimiento de otros seres, el periodista, muy a su pesar, recuerda que su principal deber, a pesar de la desdicha, es con la sociedad que le exige saber lo que ocurre en aquellos continentes donde se ha encendido la mecha de la guerra. Esto último lo puede atestiguar periodistas como Oriana Fallaci cuando cubrió la guerra de Vietnam y abordó al Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger sobre el curso de la misma, en una entrevista muy famosa.
Así, pues, en este apretado resumen hemos querido recordar a esa rara estirpe de periodistas de guerra, cuyo oficio tiene viejos e insignes antecesores como Homero en la guerra de Troya o el periodista miope de La guerra del fin del mundo. Un oficio que corre por sus venas.

Freddy Molina Casusol
Lima, 10 de setiembre del 2014

miércoles, 6 de agosto de 2014

EL PATO DONALD Y LA INCREDULIDAD DE LOS TONTOS

HAY QUE SER UN TONTO para no darse cuenta que los contenidos de las historietas de Walt Disney y, en especial, las del Pato Donald esconden una carga ideológica que sus creadores saben de sobra existe.

Gruñón, holgazán, un bon à rien como dirían los franceses, Donald ha competido, a mediados de la década pasada, con Axterix, el dibujo animado por antonomasia de los galos, en su objetivo de ganarse los favores de los niños europeos.

Su incursión –a través de Eurodisney– en la tierra de Camus y Sartre estuvo amenazada por el nacionalismo francés listo a combatirlo, y que vio en el foráneo un intruso que, con su carga de costumbres importadas del país de la comida al paso y el Kentucky Fried Chicken, irrumpía groseramente en una cultura caracterizada por la lectura cuidadosa, la sofisticación y la elegancia.

Los incrédulos pensaron cuán torpes debían ser estos nacionalismos para defender su terruño de los graznidos del pato de Disney. Creyeron que la tozudez y las anteojeras ideológicas cegaban a sus detractores, y que estas conductas anticuadas estaban años luz del buen saber europeo, llano a la tolerancia y a las formas civilizadas de confrontar posiciones.

Para ellos Donald era un maravilloso artificio de la imaginación y era inconcebible que alguien advirtiera que detrás de su nívea figura existiera un maquiavélico complot para malograr la mente de los niños franceses.

Pero aquellos franceses no debían ser tan tontos. En sus mentes debían orbitar los globos con los diálogos de las historias de Donald, Rico Mc Pato, Tribilín y sus amigos.

Porque si no lo saben, o lo quieren esconder –o en el peor de los casos ignorar–, los que lo quieren defender, todo estos feos asuntos, que discuten la resemantización de los discursos de Donald, se reducen a una cuestión de poder.

Sí, de poder, porque, para los que detentan el poder en su forma imperial, es imprescindible resguardar, difundir y propagar un modo de pensar para perpetuar su dominio.

Lo hizo, en los tiempos pretéritos, la Unión Soviética con sus celebres colecciones de Marx y Lenin, cuyos contenidos subversivos inundaron las librerías de América Latina en los años setenta; lo hizo la China de Mao y la Banda de los Cuatro por esas mismas fechas con su boletín Pekin Informa; y lo hace ahora los Estados Unidos con Los Simpsons cuando difunden, a través del despistado Burt, el modo de vida americano.

Por ello es que no entendemos el erizamiento de Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Alvaro Vargas Llosa cuando en ese libro que escribieron a varias manos hace algunos años, y llamaron el Manual del Perfecto Idiota Latinoamericano, enfilan sus baterías contra Ariel Dorfman y Armand Mattelart y su Para leer el pato Donald, incluyéndolo, para sancionarlo, en la lista de “Los diez libros que conmovieron al idiota latinoamericano”.

Las denuncias de Dorfman y Mattelart son legítimas –mucho más que las esgrimidas por los EE.UU para justificar la invasión a Irak–; y es verdad lo que escriben sobre el inocente pato americano, son bastante certeros.

Como ha ocurrido durante décadas se los ha querido caricaturizar señalando que es imposible que la cándida figura de Donald sea capaz de derribar gobiernos y menos aún que la lectura de sus aventuras o desventuras, sea nociva en las mentes de los niños latinoamericanos.

No se trata de eso –como se ha querido hacer desviando el foco de atención–; tampoco hay un afán tonto por dinamitar el icono del pato más mediático del mundo, sino de enfocar los reflectores hacia lo que los guionistas de la serie de Disney hacen decir a Donald y sus amigos, Mickey, Pluto y Tribilín.

Basta echar una mirada en las tiras cómicas, reproducidas en Para leer el pato Donald, para comprobar que existe un discurso adecuadamente sopesado y dirigido para afirmar una posición americana.

Lo de Vietnam y los afanes imperiales de una nación –vista ahora como la nueva Roma– están allí presentes, muy bien disfrazados, para convencer de una manera natural a los lectores ocasionales que los malos de la película –trazados con sagaz pincel anti viet-cong– son los comunistas.

(Hay que recordar que la propaganda y las técnicas de persuasión son una vieja herramienta utilizada por las fuerzas en conflicto. En la Segunda Guerra Mundial se lanzaron millares de volantes de uno y otro bando con información falsa para bajar la moral del enemigo e instarlo a deponer las armas y rendirse. Una apelación de este tipo hay en este comic de Disney).

Cuando Oliver Stone en JFK desnuda las miserias del sistema americano y demuestra en un cruce rápido de escenas y planos que la muerte de John F. Kennedy forma sospechosamente parte de un complot de fuerzas poderosas para derrocarlo (Stone presenta al informante del fiscal Garrison haciendo coincidir a una misma hora los tiempos de aparición de los principales matutinos a nivel mundial informando del atentado. Todo estaba sincronizado, cuando eso, por esos días, era técnicamente imposible) y que los contenidos de los mensajes están controlados para mantener el status quo, hay razones para escucharlo.

Recuerdo por mi parte que hace algunos años, observando un comic con la cara de un inca –difundida a todo color por una bebida nacional para un concurso–, lo estúpido que se veía este con su sonrisa perlada y boba; e imaginaba lo ofendidos que debieron sentirse los indios americanos cuando se vieron retratados como enajenados mentales en los dibujos animados del gran país del Norte.

Entonces, pues, hay que ser un tonto para no sospechar que detrás de las historias de Disney no hay una cuestión de poder y de desinformación, como quieren hacernos creer Apuleyo, Montaner y Vargas Llosa hijo. Las hay, a pesar que, repitiendo las condenas del pasado, se resistan a creerlo.

Freddy Molina Casusol
Lima, Junio del 2004


lunes, 2 de junio de 2014

DE CRÓNICAS, CRONISTAS Y OTROS ASUNTOS

¿CUÁL ES la primera regla que debe cumplir un periodista “croniquero”? Seducir, señores, seducir. Si no lo hace está irremisiblemente perdido. ¿En qué momento surge ese chispazo, ese instante mágico, que lo empuja, como el escritor de novelas, para lanzarse a escribir una historia? Surge de la idea anterior, porque el periodista croniquero tiene la obligación casi moral de cautivar al lector. Tiene que recoger de los lugares más inhóspitos, más extraños, de submundos e inframundos, un relato para envolverlo. Tiene que salirse de las fronteras de lo estrictamente periodístico y coquetear con la literatura para llenar de metáforas y piruetas verbales sus líneas. Así lo han hecho Martín Caparros, Leila Guerreiro, Toño Angulo, Pedro Lemebel, Juan Manuel Robles, Cristóbal Peña, esa nueva raza de semidioses que han renovado el entusiasmo por la crónica periodística, la cual es mirada de costado por los literatos quienes sienten que han invadido sus territorios.
¿Es la crónica periodística, como dice Angulo, "una hija incestuosa de la historia y la literatura"? ¿Es verdad lo que casi implícitamente afirma Guerreiro, que para escribir una crónica no es necesario estudiar una carrera de comunicaciones en la universidad? Veamos esto último, seamos sinceros, puede ser como no puede ser. García Márquez estudió derecho en su natal Colombia, para luego abandonarlo sin mucho pesar y dedicarse al periodismo. Escribió crónicas, incluso publicó un libro: Crónicas y reportajes. ¿Le ayudó su paso por la academia? Parece que no mucho, aunque no tenemos conocimiento de una declaración de Gabo al respecto. Vargas Llosa ha escrito dos libros de reportajes –Diario de Irak e Israel-Palestina–, ¿le sirvió la universidad? Quizás, tal vez más que a Gabo, pues si hay una cosa que caracteriza al escritor peruano es su meticulosidad, y eso se lo dio los claustros, los trabajos, precisamente, de fichar cronistas en la casa del historiador Raúl Porras Barrenechea, quien lo contrató para hacer esta tarea cuando era jovencito y vivía enamorado de Julia Urquidi. Tenemos, entonces, que el aserto de Guerreiro es una verdad a medias, confirmada y desmentida por dos notables escritores metidos a periodistas.
Despachada esta interrogante, tenemos la que la antecede, la de Angulo: ¿es la crónica una hija incestuosa de la historia y la literatura? Touché, tal vez ese concepto es el que se acerque a lo que ella es, un híbrido de ambas, con el peligro de verla convertirse en noticia de ayer, como canta algún salsero; pero con el inmejorable privilegio de ser rescatada para su estudio por los seguidores de Marc Bloch.
¿Son nuestros actuales cronistas latinoamericanos, por otra parte, continuadores de la tradición instaurada en nuestras tierras morenas por Cieza de León y Agustín de Zarate? Tal vez sí, porque sus historias refieren acontecimientos desconocidos, hechos increíbles, listos para ser consumidos por los lectores ávidos de aventuras. Así tenemos a Alejandro Almazán colocándote en el mismísimo centro de la prostitución de niños y niñas en “Acapulco kids”; a Toño Angulo pasando el filo de su pluma por el perfil de “Veguita”, en “Librero de viejo andante”; o a Pedro Lemebel acariciando con el terciopelo de las palabras el cuello de la chilena Mimí Barrenechea, en “Las joyas del dictador” ; todos ellos descubridores de nuevos mundos y todos ellos redivivos en Antología de crónica latinoamericana, magnífica compilación del periodista colombiano Darío Jaramillo, publicada hace algo de dos años atrás.
Para acabar y no aburrirlos –y así no contravenir la primera regla aquí enunciada (la segunda se las cuento otro día)–, el periodista literario –más conocido como “croniquero”– es una hechura de caballero andante, rescatista de la historia y malabarista de las palabras; y, en su más alta expresión, un semidios cuya hechicería verbal sirve no solo para desfacer entuertos sino para cautivar e insuflar de vitalidad nuestras letras periodísticas.
Así, y no de otra forma, se les puede entender, señores, hasta que alguien, con mejores lanzas, diga lo contrario y debamos, como el Quijote, tentar suerte con otros molinos de viento.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 02 de junio del 2014

jueves, 29 de mayo de 2014

POLÍTICA Y ESTRATEGIA EN LA GUERRA CON CHILE

ESTA, suponemos, tercera edición del libro de Mercado Jarrín (la segunda, que tenemos en nuestras manos, data de 1979, año del centenario de la guerra) difiere de la anterior en tres cosas: 

1. Es una versión resumida dirigida exprofesamente a los profesionales que visten uniforme del ejército con fines de capacitación. 

2. Carece de los mapas que permitían tener una visión espacial y geográfica de los escenarios de la guerra; y

3. Cuenta con un apéndice que enriquece la discusión sobre lo que ocurrió en 1879, visto desde la mirada de un historiador como Alberto Tauro del Pino. 

El libro, desde su aparición, pasó a convertirse en un clásico en la bibliografía sobre el tema. Es que su autor, el reconocido geopolítico Edgardo Mercado Jarrín fue un maestro de la estrategia militar. Y eso se nota en la lectura de su Política y Estrategia en la Guerra de 1879. Mercado Jarrín fue ministro de Guerra del general Velasco, de quien se puede criticar duramente su manejo de las finanzas públicas; pero no su interés por la defensa del territorio nacional, interés que lo llevó a modernizar a las Fuerzas Armadas recordando las lecciones de la guerra con Chile. Ese celo de Velasco por los temas de defensa obligó a su par chileno, Augusto Pinochet, a preguntar al Secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, cuál iba a ser la posición de su país ante la posibilidad de un conflicto con el Perú, en vista que el país se estaba armando –era vox populi que Velasco quería recuperar los territorios perdidos durante la guerra, es decir Arica y Tarapacá–. Pinochet, quien había heredado un país socialmente fracturado luego del golpe de 1973 que lo llevó al poder, y en franco proceso de recuperación económica, veía con resquemor la disparidad de fuerzas entre su país y el nuestro (situación que lo empujó a embarcarse en una carrera armamentística para ponerse a la par y luego superarnos). El libro repasa los hechos dolorosos de la guerra y los errores de estrategia militar cometidos en el transcurso de esta (como, por ejemplo, el desastroso desempeño militar de Nicolás de Piérola, quien, en la Campaña de Lima, dividió el ejército peruano en dos, facilitando al invasor, que se movilizaba en bloque, diezmar las líneas de defensa, y agregado al hecho de estar en situación de desventaja por no contar con los pertrechos adecuados). Mercado Jarrín recuerda, siguiendo a Clausewitz, que la acción militar está uncida a la decisión política, y que esta es antes y no después. Dice: “La política decide y la estrategia militar obedece”. Máxima que no fue cumplida a cabalidad por el lado peruano en el transcurso del conflicto.

 

En 1879 no teníamos frontera con Chile. Nos separaba una amplia franja que era la provincia boliviana de Antofagasta. Bolivia tenía conflictos limítrofes con Chile en el paralelo 23, que, posteriormente, por acción del Tratado de 1874, se definen en el paralelo 24. Entre Perú y Bolivia se celebró un tratado defensivo. Un tratado que, desde el punto de vista peruano, era correcto porque Chile alentaba, como luego se supo, las ambiciones territoriales de Bolivia (Ofrecía, en caso de conflicto bélico con el Perú, Tarapacá a cambio de Antofagasta. Ofrecimiento que fue trocado por el de Moquegua y Tacna, para finalmente ser desechado en el transcurso de la guerra, dejándola, como viene aconteciendo, anclada sin salida al mar). Su propósito fue sustraer a Bolivia de la influencia chilena para que esta no se vuelva en contra nuestra en el caso de un conflicto armado. El problema era que la acción poco previsora de los gobiernos de Balta, Pardo y Prado, hizo que el Perú llegara a la guerra en estado de evidente desarme. En el colmo, como está consignado en la historia, el presidente Pardo, interrogado por esta situación de indefensión respecto a Chile (que ya contaba con el blindado Cochrane), respondió: “Qué me va a hacer la guerra mi compadre Pinto”. Aníbal Pinto, presidente chileno, años después, desmentiría a su compadre en la figura de Prado, firmando la declaratoria de guerra, porque en política los intereses de Estado están por encima de los intereses particulares, y mucho más si son familiares.



Ocupación de Lima - 1881

Hasta antes de 1879, las relaciones entre Perú y Chile eran óptimas. Existían lazos de amistad que parecían irrompibles. Tan es así, como consigna el historiador peruano Jorge Paredes Muñante, que existían relaciones cruzadas de tipo familiar entre personalidades peruanas y chilenas –como era el caso del presidente Pardo, cuyo tío Manuel Pardo y Aliaga estaba casado con la ciudadana chilena Josefa Correa y Toro; y que, según Guillermo Thorndike, consideraba a Chile como su segundo país– . Todo esto se eclipsó tras la declaratoria de guerra de abril del 79 y empeoró con la ocupación de Lima por tropas chilenas en 1881, de tal forma que, como alguna historia cuenta, el ensayista Manuel Gonzales Prada habiéndose cruzado en la calle con un soldado chileno que había sido su alumno, y este quiso saludarlo porque reconoció en él a su antiguo maestro, le dio la espalda sin remilgo. Luego Gonzales Prada escribiría una serie de textos responsabilizando a la oligarquía peruana por la debacle de la guerra. Los efectos psicológicos del conflicto se sintieron cien años después en la mente de los peruanos, cuando en la campaña electoral de 1980, a uno de los candidatos, Armando Villanueva del Campo, del Partido Aprista Peruano, le cerraron con los votos el acceso a la casa de Pizarro, al sacar a relucir sus oponentes que estaba casado con una chilena. Esto lo inhabilitó frente a un sector de la población que prefirió encumbrar en la presidencia a Fernando Belaunde, a tener que ver durante un quinquenio como Primera Dama a una mujer que ostentaba la nacionalidad del adversario invasor, el cual, una centuria atrás, había cometido desmanes en Chorrillos y Lima mancillando el territorio patrio.



El Perú en 1879 enfrentó una guerra en medio de una serie de situaciones adversas que, al final, lo llevaron a la derrota. Enumeremos algunas de ellas: La baja temprana de uno de los blindados más importantes, el Independencia, en circunstancias harto desafortunadas (encalló, en una mala maniobra, persiguiendo a una embarcación enemiga de menor envergadura); pérdida del monitor Huáscar y de su comandante el Almirante Miguel Grau, quien detuvo durante siete largos meses las acciones de desembarco terrestre de las tropas chilenas en las costas peruanas; la salida subrepticia del país del presidente Mariano Ignacio Prado, salida que aunque justificada para comprar un blindado, tuvo sabor a deserción; la poca colaboración en el campo de batalla del presidente boliviano Hilarión Daza, aliado estratégico sobre el papel, pero con sus marchas y contramarchas en la zona sur del frente de batalla, dejó toda la responsabilidad de la guerra al Perú; y, para coronar la cereza, la mala conducción del ejército por parte del dictador Piérola, quien haciendo las veces de estratega militar (función para la que no estaba preparado) aceleró con sus desaciertos –y con el ejército enemigo ad portas de entrar a la capital– la debacle. No sabemos cuál de ellas fue la más dolorosa y determinante; pero sí sabemos que todas ellas combinadas en una confusa amalgama condujeron a la pérdida de Tarapacá y la retención de las provincias hermanas de Tacna y Arica, de las que solo la primera (sufriendo los abusos de las autoridades del país del sur que intentaron su chilenización, como cuentan José Jiménez Borja y Jorge Basadre en El Alma de Tacna) pudo volver, cincuenta años después, en 1929, a la heredad nacional.


El libro de Mercado Jarrín cuenta cómo fue el descalabro de las tropas peruanas por tierra y mar, y de cómo las campañas de Tarapacá, Tacna y Lima tuvieron contratiempos, fueron mal planteadas y sufrieron los maquiavelismos del pésimo director estratégico de la guerra que fue Nicolás de Piérola –quien le negó, de acuerdo a los historiadores que han estudiado esa época, las municiones necesarias al Ejército del sur, al que dividió, comandado por Lizardo Montero, por temor que se levantara en su contra–. Disecciona cada momento de la guerra y analiza en función de los objetivos políticos y la estrategia militar cada aspecto del conflicto desde la mirada de ambos bandos en contienda. Sentencia los aciertos y desaciertos cometidos en el teatro de operaciones y permite al lector contemplar paso a paso la caída del ejército peruano, por ejemplo, en la Batalla de San Juan, así como espectar cómo se desaprovechó oportunidades cuando el ejército chileno, al decir de Mercado, embriagado por la “orgía en Chorrillos” (que habían invadido, destruido y violado sus mujeres), estaba fuera de sus posiciones de combate, inerme; pero por la falta de decisión de Piérola –y a decir verdad por la carencia de información que diera cuenta de la cantidad de fuerzas con las que contaba el enemigo– no se le contraatacó. Mención aparte merece Andrés A. Cáceres, quien con su pertinaz resistencia en la sierra hizo creer a la nación durante dos años y medio en la posibilidad lejanísima de dar vuelta a la derrota. Un libro muy útil para los peruanos de ahora que aman la paz, recordando que esta se logra en el largo plazo cuando se sientan sólidamente las bases de la seguridad nacional en su cimiente.

Freddy Molina Casusol
Lima, Mayo del 2014


miércoles, 26 de marzo de 2014

LOS FALSOS LIBERALES

I 

EL OTRO día un amigo hizo un comentario sobre un tema de actualidad en la red. Lo que me llamó la atención fue su apreciación final. Dijo: “para que aprendan los falsos liberales. “Falsos liberales”, musité. Mi amigo es socialista y su opinión tenía esa carga negativa con la que los socialistas descalifican a los llamados “neoliberales”. Pero más allá de esto, me pregunté: ¿si hay “falsos liberales”, entonces cuáles eran los “verdaderos”? Sospecho que para mi amigo deben ser aquellos que contemporizan con los lugares comunes del socialismo: regulación del mercado; mayor participación del Estado en el manejo de los asuntos públicos (hasta asfixiarlo); cuestionamiento de la televisión “basura”; demonización del empresariado capitalista (por usurero y egoísta); promoción de una ley de medios en el Perú, etc. A la lista anterior hay que añadir también: llevarse bien con esa rara especie política denominada “caviar” –por sus enemigos; no por quien escribe estas líneas–, para así calificar como un “verdadero liberal”.

II

Mi amigo estudió en San Marcos, en la década de los ochenta, una carrera de Letras –no digo cuál para que no lo identifiquen y le hagan bullying–. Siempre lo veía pasear con un morralcito incaico por el patio de la Facultad; así pasaba como una persona “progresista” identificada con las causas sociales. Eso sí, nunca lo vi en una protesta estudiantil, en una marcha reclamando por un aumento del presupuesto de la universidad, porque esas cosas, desdeñosamente, se las dejaba a los estudiantes contestatarios; no veía que él no iba a perder su tiempo en esas maromas; él tenía muchas cosas más importantes que hacer, como, por ejemplo, preparar una “perfomance” poética para sus amigos del jirón Quilca, hundir sus narices en un sesudo libro de Derrida –quién como él que podía entenderlo– y escuchar la música de Pink Floyd, que lo proyectaba directo al cielo. O sea, manyas, la trifulca se la dejo al “demos” (al pueblo), entiendes; yo no me voy a ensuciar las manos y mucho menos tengo las intenciones de meter los pies en una comisaría del centro de Lima –la del jirón Cochabamba, que “agasajaba” por esos años a los sanmarquinos revoltosos–. Así pensaba, ése era su pensamiento, y lo siguió siendo hasta muchos años después de mudar su cómodo asiento en la universidad privada –que pagaba el generoso de su papi, mientras alternaba en la “subversiva” San Marcos– por uno más mullido en la CVR, desde donde, haciendo uso de su intelecto virado a la izquierda, creía que podía ayudar mejor al pueblo (al “demos”), sin pasar por el penoso suplicio de enfrentar a un guardia civil armado al mando de la represión.

III 

Foto: Agencia ISO
Pero volvamos a la pregunta inicial: ¿a quiénes se refería mi amigo cuando hablaba de “falsos liberales”. ¿Acaso aludía a Toledo? Tal vez, porque en su confusión a lo mejor creía que un partidario de la “tercera vía” es lo que debe ser un “verdadero liberal”: o sea, un “iluminado” que diga que la economía de libre mercado debe estar atada como una humita (de libre mercado). ¿O, a lo mejor, se refería a Fujimori? Quién sabe, si durante años se ha confundido el pragmatismo del “chino” con el liberalismo, no sería nada raro pensar que a mi amigo le hubieran hecho pasar gato por liebre. Pero, si no eran los dos anteriores, ¿no sería, acaso, Lourdes Flores la aludida? Difícil, hay que recordar que ella es socialcristiana y su doctrina –oleada por el Vaticano– cuestiona severamente el capitalismo. ¿Entonces, si ninguno de los tres antes mencionados eran “los falsos liberales”, quiénes efectivamente lo eran?

IV 

Ninguno, amable lector. Simplemente son aquellos que mi amigo y sus amigos socialistas no quieren reconocer como liberales. Son aquellos que creen en la libertad del individuo; en un Estado pequeño pero fuerte; en una economía de libre mercado; en la democracia “burguesa” (esa que desdeñan sus amigos muy underground para echarle flores a la pantomima de democracia erigida en Cuba y Venezuela por Fidel Castro y ahora Maduro); y que no forman parte de esa andrógina corriente llamada “social-liberalismo”, representada por Norberto Bobbio –a quien el liberalismo no reconoce en su línea de pensamiento, pero que los Nelson Manrique y Guillermo Nuggent de este mundo se han encargado de insertarlo arbitrariamente–. Esos son los liberales, los que, en sus diferentes presentaciones, preconizan por que el hombre disfrute del dinero ganado con su esfuerzo y no con los subsidios que le eche el Estado benefactor; no los que cree identificar mi amigo, quien, a estas alturas, es capaz de confundir a un partidario de Ayn Rand con un falangista.

Colofón
(varios días después...)

Leonard Cohen
Ya no he vuelto a leer un comentario de mi amigo por la red. Quizás esté ocupado descifrando un ensayo literario de Julio Ortega (no lo envidio); o, tal vez, esté derrumbado en el cómodo sofá de su “depa” sanisidrino escuchando a Leonard Cohen. Imagino que desde allí, alejado de las Paisanas Jacinta y Negros Mama que afean el paisaje, debe estar tramando alguna idea para congraciarse con los desposeídos, con los olvidados de la tierra; pero eso sí, sin aparecer mucho, solo de vez en cuando para prestar su firma en un manifiesto antisistema y no quedar excluido del circuito de la gente “nice” de Lima.

Particularmente, ya no creo que lo vuelva a ver; me sería muy difícil escuchar sus monsergas. Sobre todo si un día de estos, en medio de sus confusiones, me tome como un “falso liberal” o un falangista. Allí sí no sabría qué responderle.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 26 de marzo del 2014

sábado, 4 de enero de 2014

KUKULI: EL OSO RAPTOR O EL ORIGEN DE UN FILM ANDINO

EL MITO DEL OSO raptor o Ukuku, recopilado por el folklorista Efraín Morote Best[1], es tomado para dar origen a la primera película peruana de corte andino. Morote Best, que ha dedicado su vida a recoger en diferentes zonas del país las diversas versiones de cuentos sobre el cóndor, el zorro, el ratón, da la idea primigenia con su estudio del oso para que Hernán Velarde, César Villanueva y Luis Figueroa desarrollen la historia de Kukuli. La película gira alrededor de una joven pastora –encarnada por la hermana de Figueroa, Judith– que va a la fiesta de la Mamacha Carmen, en el pueblo de Paucartambo, y es en el trayecto seducida por Alako, un campesino de la zona, con quien entra en convivencia, y luego es tomada a la fuerza por el Ukuku, oso raptor de jóvenes bonitas, el que posteriormente es muerto tras el trágico fin de la protagonista. Cuenta Figueroa que introdujeron el personaje del Ukuku como parte de la festividad de Paucartambo; licencia que se tomaron porque –según sostuvo el cineasta– en el cine “no vamos a ser tan rígidos”[2]. Expresión que trae a colación las relaciones entre el cine y la literatura, aunque en este caso se trate de la adaptación de un mito recogido de la tradición oral andina.
Kukuli (1960) que fue considerada casi fundadora del cine peruano[3]y de lo que nosotros podríamos llamar cine indigenista[4], tuvo como principal mérito tomar por primera vez la voz quechua e intentar expresar el mundo andino desde adentro. Supo, según un crítico, “explotar sin pausa las virtudes fotogénicas del cielo serrano”[5]. Y como demérito, según otros –Desiderio Blanco, I. León Frías, Pablo Guevara[6]–, una cierta visión limpia e ingenua donde “lo folklórico no supera el nivel de lo pintoresco”[7].
De cualquier forma, Figueroa, Nishiyama y Villanueva en este primer film andino –del que se dijo días antes de su estreno en el cine Le París del centro de Lima, que no soportaría “más de tres días, eso está bien para serranos”[8]– dieron mayoría de edad a un cine que pujaba por hacerse conocer y que vio en sus iniciadores, los epígonos de la Escuela Cuzqueña, una vía de escape inicial para exponer sus paisajes, presentar sus fiestas y mostrar su referente a un amplio público que por aquellos años comenzaba a invadir la capital con sus chullos, ojotas, polleras multicolores, en lo que llamó un connotado sociólogo “el desborde popular”.

Notas


[1] Se pueden confrontar las múltiples versiones de este mito de los andes peruanos en Efraín Morote Best, Aldeas sumergidas. Cultura popular y sociedad en los Andes, Cusco, Centro de Estudios Rurales Andinos Bartolomé de las Casas, diciembre de 1988, pp. 179-240.
[2] Ver entrevista de Irela Nuñez del Pozo a Luis Figueroa, en Giancarlo Carbone, El cine en el Perú: 1950-1972. Testimonios, Lima, Universidad de Lima, 1993, p. 122.
[3] Pablo Guevara no piensa lo mismo. Él ha expresado: “Kukuli, que es una película que siempre me ha gustado mucho (...) no puede fundar una cinematografía”. Ibíd., p. 209.
[4] El crítico Isaac León Frías, en su momento escribió que tanto Kukuli como Jarawi no llegaron “a configurar un movimiento indigenista en el cine, similar al que existió en los campos de la literatura, la música y la pintura en las primeras décadas de este siglo”, añadiendo, sin embargo, que las dos “dieron su aporte a esa tradición.” Ver “Hacia una historia del cine peruano”, en El cine peruano visto por críticos y realizadores, Balmes Lozano (compilador), Cinemateca de Lima, noviembre de 1989, p. 30.
[5] Ver Ricardo Bedoya, 100 años de cine en el Perú, Lima, Universidad de Lima-Instituto de Cooperación Iberoamericana, 1992, p. 150.
[6] Blanco, León Frías, Guevara, “El realizador frente a su obra”, en “Hacia una historia…”, p. 50.
[7] César Lévano, un admirador del cine cuzqueño, ha expresado sobre Kukuli lo siguiente: “En su día, los críticos de “Hablemos de cine” le reprocharon exceso de folklorismo. Quienes hemos tenido el privilegio de verla en Europa, no podemos coincidir con este dictamen estetizante”. Ver César Lévano, “De Kukuli a Túpac Amaru”, en La República, Lima, 1 de julio de 1984.
[8] Ver entrevista de Irela Nuñez a Luis Figueroa, en El cine en el Perú: 1950-1972, p. 126.

Crédito de la imagen

martes, 31 de diciembre de 2013

SUCESOS DE ESCRITURA

ESTE ES el tipo de investigación que luego de ocupar un lugar en los anaqueles de una facultad, adquiere derecho de ciudadanía asumiendo la forma de un libro. En principio le sirvió a su autora como tesis para obtener su licenciatura y, posteriormente, no bastándole ese estatus, ganó la calle para buscar reconocimiento. No conocemos trabajos que hayan dedicado un estudio a la obra de Mario Bellatin, siendo este, para muchos, un autor de culto. Judith Paredes Morales tal vez sea la primera en esta empresa. Ella, usando una curiosa teoría, traída de los estudios de género, llamada Queer, atraviesa la obra del escritor peruano-mexicano. La perfomance de Paredes es bastante aceptable. Cumple –tal como exige Umberto Eco en su famoso libro Cómo se hace una tesis– con revisar críticamente la mayor parte de la literatura existente sobre el tema escogido, exponiendo en el texto claramente sus ideas. Paredes ha sabido circunscribir su campo de acción a dos novelas –Efecto invernadero y Salón de Belleza–. Alrededor de estas versa su exposición. Cuando, por otra parte, uno revisa su libro Sucesos de escritura. Cuerpo y representación homoerótica en la narrativa de Mario Bellatin, uno puede notar que ha habido una buena distribución del material estudiado, un bien cuidado cálculo. Finalmente, su redacción ágil, sin pecar en los excesos de la crítica, asegura una buena lectura introductoria a quienes están interesados –o lo comiencen a estar– en la obra de Bellatin.

Lima, 31 de diciembre del 2013

jueves, 26 de diciembre de 2013

UN LIBRO SOBRE VARGAS LLOSA

DE LOS CUATRO trabajos aquí publicados sobre Vargas Llosa, el más controvertido es el referido al Diario de Irak. Lo que ha querido decir su autor, Jorge Valenzuela Garcés, sin mala leche, es que el liberalismo entra con balas. Para los desprevenidos hay que recordar que el Diario de Irak es un reportaje del escritor peruano en el que luego de censurar la incursión norteamericana en Bagdad, y ya en el campo de batalla, varía de posición para justificarla. Valenzuela presenta ejemplos de cómo el periodista Vargas Llosa, para defender su nuevo punto de vista, emplea las falacias argumentum ad misericordiam y non causa pro causa con las que intenta convencer de la corrección de sus posiciones. La lectura de Valenzuela es inteligente, fundamentada. No hay el propósito de malquistar al escritor con sus lectores, como sucede con los que le tienen inquina por razones ideológicas. Valenzuela para construir su crítica se vale de un marco teórico que tiene como eje al Max Weber de El político y el científico, de quien toma dos conceptos: la “ética de la convicción” y la “ética de la responsabilidad”[1] Bajo ese esquema de trabajo, que denota rigor en el análisis, aborda el discurso vargallosiano del Diario de Irak y pone en aprietos a quienes desde las veredas del liberalismo siguen las tomas de posición del escritor peruano sobre la política nacional e internacional. Sin embargo, hay que hacer una precisión al autor, las “dinámicas del liberalismo” no tienen nada que ver con “la sincera creencia ideológica en que el destino de los Estados Unidos como el abanderado en llevar la democracia a sangre y fuego en Medio Oriente”, citando a Zizek. Ese rol autoimpuesto de los EE.UU. está aparejado con una visión imperial del mundo. Y una mirada así (como la tuvo el Imperio Romano y el Incaico cuando sometieron a otras naciones) está reñida con el liberalismo que preconiza la coexistencia en medio de las diferencias y la resolución de conflictos dejando a un lado la violencia.
Por último, las otras tres entradas sobre el universo vargallosiano –como la relacionada al escritor en tanto lector de Cien años soledad–, son bastante interesantes. Pero mejor dejo al lector para que saque sus propias conclusiones acerca de este libro –presentado hace poco en el Instituto Raúl Porras Barrenechea– que, desde ya, forma parte de los estudios que analizan la obra y el pensamiento del premio Nobel peruano.

Freddy Molina Casusol 
Lima, 26 de diciembre del 2013



[1] Sobre el asunto de la responsabilidad del escritor en Vargas Llosa, el crítico José Miguel Oviedo escribió “Vargas Llosa entre Sartre y Camus”, en http://ruc.udc.es/dspace/bitstream/2183/8575/1/CC-05art6ocr.pdf.

sábado, 21 de diciembre de 2013

EL LEÓN VIEJO Y UN JOVEN CRÍTICO

EN 1989 fue presentada para su aprobación en la Facultad de Letras de San Marcos, la tesis de bachiller de Carlos García - Bedoya Maguiña, Para una periodización de la literatura peruana. La tesis fue precedida de sendos elogios del crítico literario Tomás Escajadillo, quien había oficiado de asesor del joven García Bedoya. Escajadillo –que por lo general era circunspecto y de muy poco hablar en las sesiones de Facultad– aquella vez fue muy locuaz, no escatimó elogios para su asesorado, a quien presentó como una joven promesa en los estudios críticos de la literatura peruana. En su alocución destacó que esta durante años había estado bajo el influjo de Luis Alberto Sánchez, cuyo libro La Literatura Peruana estaba plagado de errores, y que trabajos como el del joven García Bedoya eran un aporte para su mejor comprensión. García Bedoya era hijo del distinguido embajador Carlos García Bedoya Zapata. Venía, pues, acompañado del prestigio del padre (los profesores de literatura de San Marcos decían: “el hijo del embajador García Bedoya estudia en la Escuela”).

Luego de las formalidades del caso y las palabras elogiosas del asesor, la tesis fue aprobada sin mayor trámite. El joven García Bedoya ya era Bachiller (en una época cuando para ello era indispensable presentar una tesis). Pasado el tiempo, un año más o menos, encontré en una librería del centro de Lima, la afamada tesis en forma de libro. Había sido publicada en el sello de Antonio Cornejo Polar, crítico de renombre y exrector de San Marcos, Latinoamericana Editores. El joven tesista había recibido un espaldarazo. Cornejo no era cualquier crítico, su nombre se codeaba con el de Ángel Rama, crítico uruguayo que cuestionó a Vargas Llosa en el tema de los demonios literarios cuando este publicó García Márquez. Historia de un deicidio.

Después de pujar el precio con el vendedor, me llevé el susodicho ejemplar. Ya en mi casa, y acomodado en el sofá, me dispuse a leer la tesis que un año atrás había aprobado (ya que era miembro, en calidad de estudiante, del Consejo de Facultad). La primera impresión fue, sin exagerar, de fiasco. Me parecía que esa artificiosa propuesta de periodización de la literatura peruana de García Bedoya no era lo que Escajadillo había dicho en el Consejo: un desarrollo de las ideas literarias de Mariátegui expresadas en sus 7 ensayos, sino que era deudora de la división hecha por Macera en sus Trabajos de Historia (volumen I), que tiempo atrás había leído en la edición especial de la Facultad de Ciencias Sociales. Bueno, me dije, no era la primera vez que se exageraba las bondades de un libro por obra de un apologista, así que lo dejé pasar. La sorpresa vino después. Me llamó mucho la atención la extensa nota final con la que el joven García Bedoya dejaba malparado a Luis Alberto Sánchez, en especial las fechas y datos de nacimiento de ciertos poetas (los de Lauer y Marco Martos, por ejemplo). Algo había adelantado Escajadillo en sus elogios a García - Bedoya Maguiña, de que este había hecho una serie de enmiendos a Sánchez, los cuales habían sido detectados en las sucesivas ediciones de su Literatura Peruana.

Luego de leer la nota y tener la sensación de que se había ensañado –con afanes de lucimiento intelectual, creo– con Sánchez, tuve una inquietud. Echado como estaba en el sofá, me incorporé y fui a mi pequeña biblioteca. Mi padre hacía muchos años atrás había comprado cuando era adolescente, y a instancias mías, La Literatura Peruana de Luis Alberto Sánchez. La abrí, y una por una comencé a cerciorarme si las rectificaciones de García Bedoya concordaban con las que había publicado en su libro. Y con no poco sobresalto descubrí que buena parte de ellas habían sido corregidas por el viejo maestro. ¿Qué había pasado? Cuando veo la fecha de edición, compruebo que era la de 1981 y las correcciones del joven tesista se habían hecho tomando como base la de 1975 (como él mismo lo indicó en su nota). Exaltado por el hallazgo llamé por teléfono a Marco Gutiérrez, profesor de literatura de San Marcos. Al notar mi tono de voz ansioso por el fono, me preguntó: “¿Qué pasa, Freddy”? “He descubierto algo, profesor”, le dije. Y le conté. Luego lo inquirí: ¿Tiene usted La Literatura Peruana de Sánchez”. “Sí”, me dijo. “¿La de 1975?”, volví a interrogar. “No recuerdo”, contestó. ¿Lo puedo visitar en este momento?”, me atreví a decirle. “Ven”, me respondió. Ya en su oficina, me llevó a su estudio y sacó los ejemplares de La Literatura Peruana de Sánchez. Eran los de la edición de 1975. Luego comencé a verificar, una por una, las rectificaciones hechas por el joven García Bedoya en su nota final. Todo estaba bien; pero había un problema. Si él había sido presentado como una joven promesa que iba a enderezar los errores del viejo maestro, ¿cómo podía explicar que para redactar sus puntillosas correcciones a Sánchez, se hubiera basado en la penúltima edición de La Literatura Peruana, la de 1975, y no en la última, la de 1981, donde aquél había corregido buena parte de sus errores? La falta era tan elemental que hubiera hecho sonrojar a cualquier estudiante de los primeros años de Estudios Generales de Letras. Lo peor de todo es que había arrastrado en su error a Cornejo Polar, en cuyo sello, Latinoamericana Editores, había sido publicada la tesis; a Tomás Escajadillo, quien fue asesor de la misma; y a Miguel Ángel Huamán, futuro crítico literario, a quien agradecía la lectura del trabajo (“cuyas incisivas críticas –decía– han ayudado a hacer más riguroso este modesto esfuerzo”). Ninguno se percató de esta “gaffe”.

Tras tomar un café con Marco Gutiérrez y escucharlo lamentarse del carácter sociologizante en el que habían incurrido los estudios literarios[1], me puse a escribir un artículo sobre el asunto, pero me salió tan malo que desistí en publicarlo. Muchos años después –2004–, visitando la librería de San Marcos, me topé con la segunda edición de la tesis del no tan joven García Bedoya. No revisé su contenido porque lo conocía de sobra. Curioso, me fui a la parte final. Para sorpresa mía ya no figuraba la nota que había originado el juicio severo del joven crítico con el viejo maestro. En su lugar los editores habían puesto otra cosa. Advertidos, con seguridad, de que no era conveniente republicarla, la habían suprimido. Eso es lo que imagino.

Todavía tengo en mi casa esa primera edición, esa en la que el entonces joven crítico parecía rectificar al viejo maestro. Cada vez que la veo evoco lo que me dijo alguna vez un amigo: “Freddy, la historia siempre se repite: el león joven quiere derribar al león viejo”.

Siempre, hasta que el león viejo le recuerda, de un zarpazo, cuál es su lugar.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 18 de diciembre de 2013



[1] En 1991, Carlos Arámbulo López, en una nota en la que recuerda a T.S. Eliot y la necesidad de revisar el aparato crítico, escribió: “Decimos esto porque notamos cómo los estudios críticos sobre literatura peruana han sido copados por una vertiente historicista con nombre propio: la de las literaturas heterogéneas propuesta por Antonio Cornejo Polar. A este respecto notamos cómo una ‘nueva’ generación de críticos o aprendices de críticos suscriben, sin mayores aportes personales las tesis (homogéneas) de Cornejo. Citamos como ejemplo el trabajo de Carlos García Bedoya, joven egresado de la UNMSM, seguidor fiel de Cornejo, quien anunciaba en el título de su libro Para una periodización de la literatura peruana un aporte ordenador o que pusiese de manifiesto la imbricación entre las dos secuencias pertinentes con respecto a este tema: la secuencia histórica y la literaria. Finalmente, y como resultado de una fugaz lectura de las tesis de Jauss, la preminencia de lo histórico sobre lo literario es notoria. Su trabajo resulta periodizando más la historia del Perú que la de su propia literatura, no obstante el estudio, forzado, de los trabajos de Ángel Rama, claramente rastreables cuando García Bedoya enfoca el tema de la coexistencia temporal de diversas corrientes literarias”. Y luego de saludar la publicación de la tesis de Camilo Fernández, Las ínsulas extrañas de E.A. Westphalen, remató con lo siguiente: “Desde aquí abogamos por un resurgimiento del ambiente polémico que deseche el compadrismo y la sobonería mutua imperantes en los estudios literarios, lo cual solamente nos conduce por el sendero del abotargamiento mental, la inanez y la repetición simiesca.”. Ver “Nueva crítica y nueva novela”, Carlos Arámbulo López, en Revista, suplemento cultural de El Peruano, 7 de marzo de 1991, C/22.

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...