Freddy Molina Casusol
Lima, 26 de agosto del 2013
martes, 27 de agosto de 2013
MEMORIAS DE UNA CANTANTE
miércoles, 21 de agosto de 2013
UN LIBRO DESMITIFICADOR
El “Che”, cuenta Franqui, siguiendo su ideario revolucionario consistente en incentivar al trabajador cubano con solo el estímulo moral (intentó suprimir el dinero para las transacciones comerciales), dispuso cuando fue ministro de Industria, por ejemplo, que el pescado capturado en las costas del país fuera a la capital, para de allí redistribuirlo. ¿Las consecuencias? Debido a la falta de un sistema de refrigeración adecuado retornaba en malas condiciones y no podía ser consumido por la población.
Por más que se le dijo que “las leyes de la guerra o de la lucha armada no son las de la paz ni las de la economía posible”, él persistió en el error. Nadie pudo hacerle entender a Guevara que no podía “negar el salario individual, el dinero, la mercancía y las necesidades materiales, y sustituirlos por estímulos morales y anónimos y colectivos”.
Cegado por su anteojera ideológica, anota Franqui, “odiaba el dinero, símbolo del capitalismo”.
Cuando fue retirado de su cargo de ministro, tras su rotundo fracaso como tal, optó por lo que se sentía preparado –hacer la lucha armada en otros países (tomó un avión y se fue al Africa sin despedirse de Fidel)–, en vez de quedarse como burócrata en un puesto del Estado, que era lo que le esperaba.
Desdeñoso con los que se le oponían (los llamaba “pequeños burgueses”), el “Che” Guevara vivía encerrado en sus dogmas ideológicos, que quiso trasladar a la sociedad cubana (militarización de los sindicatos, el hombre nuevo, el retorno a los orígenes del marxismo-leninismo, la necesidad de la revolución mundial, los estímulos morales, provenientes muchos de ellos, afirma Franqui, del troskismo) con resultados desastrosos para la economía de la isla.
Franqui, al escribir este libro, además de dejar un retrato de Guevara y del propio Castro en sus borracheras de poder (describe una escena donde el dictador cubano quiso desaguar el Mar Caribe del sur de Cuba para hacer un lago artificial, idea que quiso vender a unos capitalistas holandeses), ha recordado además sus encuentros con intelectuales como Sartre, a quien –por pedido de Fidel– invitó a La Habana, junto a Simone de Beauvoir, para que viera en la práctica cómo se hacía la Revolución.
Cuenta Franqui que el escritor y ensayista francés se quedó maravillado con lo que vio –su llegada coincidió con un carnaval–, con el reconocimiento popular de su figura –que nunca había sentido en su patria–. Sobre todo se mostraba entusiasta porque se tomaba en cuenta su idea de la “democracia directa”, concepto reflejado en sus escritos.
A pesar de ser advertido por el cubano que esto era momentáneo y se le expusiera muchos peros respecto al proceso cubano, Sartre mantuvo su entusiasmo (que le duro algunos años hasta que rompió con Fidel y Cuba por el caso Padilla).
En fin, el libro de Franqui, Cuba, la revolución: ¿mito o realidad?, que trae entre sus revelaciones lo que pasó con Huber Matos –a quien mandó al encierro por conspirador, cuando en realidad lo que había ocurrido es que Matos estaba en desacuerdo con la infiltración comunista en el Ejército–, es un libro desmitificador. Es un libro que podrá leer con placer quien gusta leer con ojos abiertos la historia: con el placer de los que buscan la verdad en ella.
Freddy Molina Casusol
Lima, 21 de agosto del 2013
jueves, 8 de agosto de 2013
UNA PASIÓN ARROLLADORA, LAS CARTAS DE MANUELITA SÁENZ Y SIMÓN BOLÍVAR
Una mujer brava
Manuelita Sáenz, la quiteña que domesticó el
corazón del Libertador, la amante que traspiraba en la piel de Bolívar, era una
mujer brava. Eso el mismo libertador lo cuenta en un testimonio recogido por su
secretario Perú de Lacroix cuando, en alguna oportunidad, ella halló la prueba
de su infidelidad: «Ella encontró un arete de filigrana debajo de las sábanas,
y fue un verdadero infierno. Me atacó como un ocelote, por todos los flancos;
me arañó el rostro y el pecho, me mordió fieramente las orejas y el pecho, y
casi me mutila. Yo no atinaba cuál era la causa o argumentos de su odio en esos
momentos y, porfiadamente, me laceraba con esos dientes que yo también odiaba
en esa ocasión. Pero tenía ella razón: yo había faltado a la fidelidad jurada,
y merecía castigo. Me calmé y relajé mis ánimos y cuando se dio cuenta de que
yo no oponía resistencia, se levantó pálida, sudorosa, con la boca
ensangrentada y mirándome me dijo: “¡Ninguna, oiga bien eso señor, que para eso
tiene oídos: ninguna perra va a volver a dormir con usted en mi cama
(enseñándome el arete)! No porque usted lo admita, tampoco porque se lo
ofrezcan. Se vistió y se fue.”»
Así era Manuelita de posesiva con el objeto de su
deseo.
La bella y el señor
“Mi bella Manuelita”, “Mi adorada”, “Mi
benevolente y hermosa”, así adornaba el Libertador los encabezados de sus
cartas a la Sáenz. Ella, por su parte, le respondía con un formal “Muy señor
mío” o “Simón, mi hombre amado”.
Se escribían desde distantes lugares. Chuquisaca,
Huamachuco, Huaraz, Huancayo, Pucará, Cusco, Potosí, Lima, Arequipa y Bogotá,
fueron testigos de esa pasión desbordada. Mentalmente vivían encadenados uno al
otro. Y cada sablazo por la liberación de América (Bolívar la nombró Capitán de
Húsares y luego, a pedido de José Antonio de Sucre, Coronel) era, literalmente,
un sablazo de amor que compartían luego ellos en la cama.
Pero, ¿cómo se conocieron? En su diario la propia
Manuelita Sáenz lo evoca. Fue un 16 de junio del año 1822, en la ciudad de
Quito, ciudad en la que el Libertador hizo una entrada triunfal. La Sáenz ese
día, cuenta, que en un arranque de emoción arrojó un ramo de flores, con la
intención de que cayera al frente del caballo de Bolívar; pero la fortuna hizo
que golpeara el pecho de este. Él, en lugar de molestarse, fijó la vista en
ella y la saludó con el sombrero pavonado que tenía en la mano, provocando la
envidia de todos los presentes, entre estos sus familiares y amigos. Esa noche,
en un baile que se dio en su honor, y al cual ella había asistido, él la
reconoció y le dijo: “Mi estimada señora, ¡Si es usted la bella dama que ha
incendiado mi corazón al tocar mi pecho con su corona! Si todos mis soldados
tuvieran su puntería, yo habría ganado todas las batallas”. Toda la galantería
de Bolívar estuvo condensada en ese cumplido.
Por supuesto, Manuela quedó prendada de él y ató
su destino con la causa de América que enarbolaba Bolívar.
Amiga, compañera y amante
Manuelita Sáenz, a partir de entonces, fue su
amiga, su compañera y su amante. Secundaba los más caros proyectos de Bolívar
en tierras americanas y lo protegía de la perfidia de sus adversarios. Uno de
ellos, para la Sáenz, fue Francisco de Paula Santander, a quien señaló como el
jefe de una conspiración para acabar con la vida del Libertador.
Pero, ¿qué fue ella para Bolívar? La propia
Manuelita lo cuenta: “Un amigo muy querido me preguntó qué había sido yo para
el Libertador: ¿una amiga? Lo fui como la que más, con veneración, con mi vida
misma. ¿Una amante? Él lo merecía y yo lo deseaba y con más ardor, ansiedad y
descaro que cualquier mujer adore a un hombre como él. ¿Una compañera? Yo
estaba cerca de él, apoyando sus ideas y decisiones y desvelos, más, mucho más
que sus oficiales y sus raudos lanceros”.
Estas cartas de amor entre Manuelita y Simón nos
develan este misterio. El gobierno de la República Bolivariana de Venezuela y
la Editorial El perro y la rana han tenido a bien lanzar una edición
extraordinaria de medio millón de ejemplares de Las más hermosas cartas de amor entre Manuela y Simón (2010), uno de los cuales ha llegado, viajando de aquí
a allá y yendo, con seguridad, de dueño en dueño, a un puesto de libros viejos
en el centro de Lima, donde lo hemos adquirido. Un feliz acontecimiento que
ahora como devoto lector de este epistolario deseo celebrar.
Freddy
Molina Casusol
Lima, 8 de agosto del 2013
viernes, 28 de junio de 2013
HANNA ARENDT EN JERUSALÉN
ADMIRO a Hanna Arendt porque decía lo que pensaba. Dijo que el teniente coronel de las SS Adolf Eichmann era un individuo mediocre, insignificante, incapaz de percibir lo que era el bien o el mal; un individuo que solo tenía como aspiración el ser reconocido por sus superiores por su diligente participación en la Solución Final, la que llevó a los judíos a las cámaras de gas. Por decir eso, y no seguir la línea de pensamiento que le dictaba que Eichmann era un monstruo, un criminal sin piedad, un ser malévolo en esencia, se echó encima a la sociedad alemana y judía de su tiempo y perdió amigos. Eso es digno de elogio, sobre todo porque lo más fácil para ella hubiera sido seguir la opinión de la mayoría y no complicarse la existencia.
Pero no, Arendt, fiel a sus principios de pensar por sí misma, dejó a un lado los prejuicios y describió de la forma más imparcial posible lo que en su opinión era una especie de juicio montado.
En su “Informe sobre la banalidad del mal” (1963) –publicado en el “New Yorker” y, posteriormente, en forma de libro con el título Eichmann en Jerusalén (De Bolsillo, 2008)– hay cosas increíbles. Relata que los propios judíos no fueron solidarios entre ellos mismos en Holanda cuando la persecución nazi se había intensificado por Europa, distinguiendo entre los nacidos allí y los que venían de otras partes (la diáspora obligó a muchos de ellos fueran a buscar refugio en otros países, lejos de las leyes antisemitas impuestas por el régimen nazi).
Esto se debió, cuenta Arendt, a “la falsa creencia de que los judíos alemanes y extranjeros serían víctimas de las deportaciones, lo cual permitió que las SS gozaran de la ayuda de una fuerza de policía judía, además de la policía regular”. O sea, una vergüenza para el pueblo judío. Cosa muy diferente, repara ella, de lo sucedido en Dinamarca, donde el pueblo danés y su gobierno pusieron una serie de obstáculos para llevárselos a los campos de concentración, y en la que la conducta de los judíos daneses fue muy solidaria. Hanna Arendt en su Informe cuestionó la conducta teatral del fiscal Hausner, así como la orientación de un proceso que tenía ya una sentencia anticipada: la de culpabilidad del encausado (que lo era y Arendt nunca lo negó, pero lo que se resistía a aceptar era lo grotesco del procedimiento). “En Israel –escribió–, como en casi todos los países del mundo, todo los acusados son inocentes mientras no se demuestre lo contrario. Pero en el caso de Eichmann, lo anterior era una evidente ficción jurídica”. Su valiente actitud siguió la tradición de un Emile Zola o un Víctor Hugo, quienes prestigiaron su rol de intelectuales hurgando en el humor de la sociedad que les correspondió vivir. Hanna Arendt, que pidió al “New Yorker” ir a Jerusalén para ver con sus propios ojos a uno de los principales acusados de la matanza de los judíos, forma desde entonces parte de ella.Freddy Molina Casusol
Lima, 27 de junio del 2013
viernes, 31 de mayo de 2013
UCHURACCAY Y UN LIBRO, TREINTA AÑOS DESPUÉS

EL DOMINGO 30 DE ENERO de
1983, la teleaudiencia peruana se vio sacudida en horas de la noche por una
noticia de último minuto. Ocho periodistas de diferentes medios de comunicación
escritos habían sido encontrados muertos en cuatro tumbas dobles en la
comunidad andina de Uchuraccay. Con ellos también había caído asesinado Juan
Argumedo, el guía de la expedición. Días atrás el gobierno de Fernando Belaunde
había informado que miembros de Sendero Luminoso, organización subversiva que
había declarado la guerra al estado peruano, habían sido linchados por los
comuneros en la zona de Huaychao. Eso fue tomado por el gobierno como un
síntoma positivo en su lucha contra la subversión. Los periodistas fueron a
averiguar qué de cierto había en esta noticia. No sabían que iban a su última
comisión. Ese domingo, recuerdo, estaba viendo la televisión con mi padre,
cuando de pronto se conoció la información. Casi en el acto se pudo ver en la
pantalla al reportero del programa Panorama, César Hildebrandt, descender de un
helicóptero. Minutos después la cámara dirigía la mirada del televidente hacia
unos bultos negros. Estos contenían los cuerpos inertes de los periodistas
Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil,
Willy Retto, Octavio Infante, Jorge Sedano y Amador García. Los tres primeros
pertenecían a El Diario de Marka, los dos segundos a El Observador; mientras
que el antepenúltimo y penúltimo pertenecían a Noticias de Ayacucho y La
República, respectivamente. (García, el último de la serie, era de la revista
Oiga). Todos laboraban –a excepción del fotógrafo de Oiga– en diarios de
oposición al gobierno. Todavía recuerdo, en una mezcla de curiosidad y asombro,
cómo ese domingo por la noche, la cámara iba enfocando las tumbas en las que
fueron enterrados los periodistas, y cómo Hildebrandt, peleando con el viento
que insistía en despeinarlo, narraba el descubrimiento. En eso, cuando no
terminaba de digerir mi estupefacción, el camarógrafo enfocó el rostro
cuarteado y los ojos vidriosos, semiabiertos y sin vida, de Willy Retto. Le
habían destapado el cráneo de un hachazo, y sus sesos, según contó luego un
periodista de un canal de la competencia, habían sido devorados por sus
asesinos. Para explotar el morbo y acicatear la imaginación del televidente, se
mostró posteriormente el interior de una choza y la vasija donde esto habría
sucedido.
Días después, acorralado
el gobierno por los medios de comunicación donde laboraban los hombres de
prensa caídos –a quienes ya llamaban “Los mártires de Uchuraccay”–, convocó al
prestigioso escritor Mario Vargas Llosa para que presida una comisión a fin de
esclarecer lo ocurrido y encontrar a los responsables. “La comisión investigadora
de los sucesos de Uchuraccay” –como así se llamó– empezó sus funciones el 4 de
febrero de 1983. Para ello buscó el auxilio de antropólogos, sociólogos,
lingüistas y abogados. Estuvo integrada, aparte del propio Vargas Llosa, por
Mario Castro Arenas, a la sazón Decano del Colegio de Periodistas del Perú, y
el doctor Abraham Guzmán Figueroa, un antiguo penalista. La entrega del informe
de la comisión ocurrió un mes después en Palacio de Gobierno. Allí se pudo ver
al escritor enfundado en un terno impecable dando a conocer al Presidente lo
actuado por la comisión. Para algunos, el Informe, con sus verdades “absolutas”
y “relativas”, no aclaró nada. Para otros añadió confusión. Y para otros, los
más recalcitrantes, sirvió para sustraer la mirada de los verdaderos culpables:
los miembros del ejército que supuestamente alentaron –con fines nunca
aclarados– la matanza de los periodistas hecha por los campesinos, y de cuya
autoría no había la menor duda. Fue, precisamente, a los recalcitrantes, a
quienes más irritó la principal conclusión a la que arribó la comisión: que los
campesinos se confundieron y que todos éramos culpables por haber dejado en el
olvido a estos compatriotas en los Andes, quienes viviendo en el siglo XIX, por
no decir el siglo XVII –en palabras de la comisión–, vivían escindidos del Perú
Oficial, aquel que ya transitaba por entonces el siglo XX.
Los sucesos de Uchuraccay
marcaron mi juventud. Por esos días yo quería ser periodista, quería ser como
Hildebrandt que entrevistaba y dejaba mal parados a sus entrevistados con sus
preguntas acuciosas e inquisidoras. Pero luego de lo de Uchuraccay sentí
algunos reparos; me di cuenta que era muy peligroso serlo. Por esas fechas, El
Diario de Marka establecía como hipótesis que en la muerte de los periodistas
estaban involucrados miembros del ejército –“sinchis”–. Para sostener esto
último esgrimía como prueba las fotos recién descubiertas de Willy Retto, en
las que, al entender de este medio, se podía ver la imagen de un forastero
cubierto con un poncho, que tapaba unos zapatos y pantalones que no
correspondían a la vestimenta habitual de un comunero. La verdad es que por más
que esforcé mis ojos de adolescente en ver lo que me decía El Diario que había,
nunca vi nada que corroborara esa afirmación. Lo que yo creo es que, guiados
por algún fenómeno óptico, los periodistas de El Diario vieron lo que su
imaginación –o el mandato ideológico– los empujaba a ver: un miembro del
ejército detrás de la matanza, para así responsabilizar al gobierno y dejar mal
parada a la Comisión Investigadora. Si, en el supuesto negado, hubiera existido
alguno, entonces por qué un oficial de la marina habría de entregar al fiscal
del caso, Flores Rojas, el rollo –los primeros encontrados habían sido hallados
"vírgenes"– con las imágenes de Retto previas a la matanza y con esto
incriminar a un miembro de las fuerzas armadas. ¿Lo lógico no era, sospechando
esto, desaparecer esta prueba?
Durante años el caso
Uchuraccay vivió en la mente de los peruanos. Quien se encargó de recordarlo en
cada aniversario, fue el antropólogo Rodrigo Montoya. Él, en su columna de La
República, trataba de defender a los campesinos de las acusaciones de
salvajismo que recaían sobre ellos y de paso refutar las conclusiones de la
“Comisión Vargas Llosa” –así bautizada por la prensa la comisión investigadora [1].
Curiosamente por esos días, un arqueólogo, el doctor Luis Guillermo Lumbreras,
de insospechada posición de izquierda, dio algunas declaraciones que,
indirectamente, daban la razón a la Comisión Investigadora: que los campesinos
se habían confundido y habían matado a los periodistas por error. Él dijo que:
“Los campesinos habían actuado bajo condiciones de estímulo que los indujo a
realizar esto [la matanza] con la esperanza de que iban a ser premiados. Ellos esperaban,
es evidente, que como en el caso de Huaychao, se les felicitara, se les
premiara”. Y más adelante añadió: “A mí nadie me quita de la cabeza que los
campesinos, aparte del estímulo sicológico a partir de una descripción de los
presuntos enemigos senderistas, también tuvieron estímulo del alcohol”. Explicó
además: “Creo que hay un factor de temor. Y factor de temor absolutamente
lógico frente a un enemigo desconocido” [2]. Algo similar escribió el
periodista Gustavo Gorriti en la revista Caretas tres días después de los
trágicos sucesos, cuando no existía ninguna comisión investigadora de por
medio: “Es posible, dolorosamente posible, que en esas horas, los ocho
periodistas limeños y ayacuchanos que habían salido un día antes de Huamanga,
para dirigirse a Uchurajay y Huaychau, hayan sido atacados y muertos por la
turba de comuneros que –en un estado frenético de temor– los habrían confundido
con otro grupo incursor de Sendero”[3]. No hay mención, en opinión del
periodista y del investigador social, de personas extrañas ajenas a la
comunidad ni rondas “paramilitares” alentadas por el ejército como se sostuvo
luego.
La tragedia de los periodistas peruanos fue explotada políticamente. El clímax de esa utilización barata de las muertes de quienes intentaron cumplir con su deber periodístico, fue en 1990 cuando en el debate presidencial entre Vargas Llosa y Fujimori, se vio a las viudas de los periodistas vestidas de negro en la primera fila del auditorio del Centro Cívico, lugar donde se realizó este. Fueron llevadas allí para intimidar con su presencia al escritor, como una burda manera de reprocharle el supuesto encubrimiento de los verdaderos responsables de la masacre –el ejército–, en el que él, prestando su figura de escritor famoso, habría sido participe. Luego Vargas Llosa, en sus memorias que daría a conocer tres años después, contó cómo una de las viudas, la de Jorge Sedano, asqueada por lo que las habían obligado a hacer los verdaderos “traficantes de cadáveres”, había ido a su casa para decirle, en presencia de periodistas que cubrieron la información, que iba a votar por él. Pero ese sacrificio de Alicia Sedano no sería suficiente. Como la historia ya consigna, Vargas Llosa perdería esa elección.
Han pasado exactamente
treinta años desde que fueron descubiertas las tumbas que contenían los restos
de los periodistas en Uchuraccay, y hasta ahora no hay un solo libro que arme
las piezas del rompecabezas y desentrañe el misterio que significó sus muertes.
A excepción de uno, el de José María Salcedo, más conocido como “Chema”. El de
Salcedo es una estupenda crónica que reconstruye paso a paso el itinerario de
los periodistas los días previos a la tragedia. Desde su posición privilegiada
de director de El Diario de Marka, “Chema” Salcedo tuvo la oportunidad de
acceder a las primeras informaciones que daban cuenta del destino fatal de los
periodistas peruanos. Su relato palpitante revive la atmósfera de violencia que
vivía el país, con un Sendero Luminoso sembrando bombas por doquier y un clima
de violencia que parecía devorarnos. Aparte de este libro existe un par más, el
de Juan Cristóbal –que es una reunión de artículos sobre el caso– y el de
Guillermo Thorndike –que recoge las fotos de la masacre–, luego nada. Por
tanto, el libro de José “Chema” Salcedo, oportunamente llamado Las tumbas de
Uchuraccay (1984) es una pieza excepcional, es el testimonio de parte de un
periodista metido de lleno en los detalles de la tragedia. Ameno, con una prosa
periodística que hace placentera su lectura, para escribirlo el ex director de
El Diario tuvo el trabajo de recoger cuarenta testimonios y recorrer en
compañía del periodista Luis Morales los mismos lugares donde estuvieron los
ocho periodistas, esto es el Hostal Rosa en Ayacucho y la ruta hecha por ellos
antes de ser asesinados. Ahora el libro –como el Informe de la Comisión
Investigadora– se ha convertido en ineludible referencia para cualquiera que
quiera indagar sobre lo que ocurrió un 30 de enero de 1983, en ese paraje
helado e inhóspito de los Andes llamado Uchuraccay.
Freddy Molina Casusol
Lima, 30 de mayo del 2013
Post Scriptum
Las últimas noticias de
la tragedia las proporcionó este año la hija del guía Juan Argumedo, Rosa Luz
Argumedo. Ella, ahora hecha una profesional en Psicología, reclama que se le
otorgue el mismo status a su padre como el que se la ha dado a los periodistas
muertos: el de ser una víctima más de la masacre.
Caretas
http://www.podestaprensa.com/2010_01_01_archive.html
[1]Ver “Los campesinos no son salvajes”, 5 de febrero de 1983; “Pese a todo sabremos la verdad”, 26 de enero de 1984; “Uchuraccay, dos años después”, 26 de enero de 1985; “Uchuraccay, cuatro años después”, 15 de febrero de 1987.
lunes, 13 de mayo de 2013
ALGUNAS RECOMENDACIONES PARA EL LECTOR QUE QUIERA LEER “OTRAS DISQUISICIONES”
VÍCTOR HURTADO es el mayor prosista peruano, sino el único vigente. Su estilo fino, punzante e irónico, corta figuras con las palabras. (En reciente conversatorio, su autor se definió como un cultor del conceptismo, que es algo así como el uso de la mínima expresión con la mayor potencia figurativa en una frase).
Si tuviera que recomendar Otras disquisiciones de Víctor Hurtado a un lector, le diría que inicie su lectura en la sección “El profesor solecismo es respondón”. Es divertidísima, te hace reír a carcajadas. Hurtado ha creado a dos personajes de ficción, el profesor Solecismo –una especie de alter ego del escritor– y Wármix Méndez Gómez, un tipo que se las ingenia para traer abajo toda la gramática en castellano en las cartas que le envía al primero, quien no desperdicia la oportunidad para hincarle el diente en sus barbaridades ortográficas. Ambos son una especie de Quijote y Sancho Panza de nuestra ciudad iletrada.
Siguiendo con las recomendaciones, si tuviera que decirle al lector que continúe la lectura de Otras disquisiciones, le diría que se prepare porque el escritor no admite ninguna ofensa a Javier Solís, el rey del bolero ranchero, y menos aún una defensa –por lo demás, inútil– de Luis Miguel y sus “gallos” en la sección “¡Música maestro!”. Cualquier infracción de esta ley interna es penada con un cocacho del escritor, seguida de la expulsión ipso facto de su parnaso literario.
No obstante, el lector todavía tiene una tabla de salvación: saltearse esta parte del libro si es demasiado sensible, no sin antes dejar de leer ese maravilloso peregrinaje a la tumba de Javier Solís (¡de quién más!) en “Entre reyes”, que recuerda el realizado por Vargas Llosa a su maestro Faulkner hace muchos años ha. Ahora, si el lector quiere bañarse en erudición, bienvenido sea, puede disfrutar las páginas de la sección “Todos los mundos”. Allí podrá encontrar a Pascal de la mano con los griegos, así como unas cuantas recriminaciones a Platón y Aristóteles por adelantar el fascismo en sus obras.
Para el lector que ama las reseñas y los comentarios de libros –una manera elegante de ahorrarse el trabajo de ir a la librería y comprarlos– Otras disquisiciones tiene “El estante quieto”. En esta sección, el escritor lo espera con los brazos abiertos. Aquí podrá ver relucir joyas como esta: “Así, leyendo por el gusto a los clásicos sin tiempo, aprendemos la gran lección de no estar al día (hoy es la forma más callada y solitaria de la rebelión) y comprendemos la moraleja de que el libro no es moda y de que la literatura no es éxito”. Declaración de principios que suscribimos incondicionalmente, sin temor a que los Bayly y otros posmodernos post scriptum nos excomulguen.
Pero a estas alturas para qué continuar con
estas recomendaciones, que sea el propio lector el que descubra al escritor. En todo caso, si este tras leer estos artículos
y ensayos tiene alguna duda sobre los temas tratados (poesía, lenguaje, música,
literatura o filosofía), puede escribirle a Hurtado. En el libro está su
correo. El profesor Solecismo, a nombre de él, gustoso le contestará: eso sí,
no lo olvide, él es respondón.
Freddy Molina Casusol
Lima, 13 de mayo del 2013
viernes, 5 de abril de 2013
CARTAS A HITLER
Freddy Molina Casusol
Lima, 5 de abril del 2013
viernes, 15 de marzo de 2013
LA ECONOMÍA VISTA POR CASTAÑEDA MUNGI
Este es un buen manual de economía. Escrito desde un punto de vista liberal, se inscribe en la lista de libros de la misma especie que hemos podido detectar y que tratan, con ejemplos sencillos, de llegar al gran público. Nos referimos a los de José Luis Tapia Rocha, Guillermo Vidalón del Pino y Miriam Ortiz –Empresa, Economía y Libertad–; y Alberto Mansueti (con la colaboración de Tapia Rocha) –La salida–. A ellos se suma ahora el de Guillermo Castañeda Mungi. Castañeda es un economista graduado en las universidades de San Marcos (1965) y Cambridge (1967). Ha sido Director Alterno del Fondo Monetario Internacional (1968-1969) y ex funcionario del Banco Mundial y el Banco Central de Reserva del Perú. Entonces, se puede decir con propiedad, que sabe de economía. Su libro ¡Fuera las caretas! De la Teoría y la Práctica en Economía es muy didáctico. Tiene como propósito enseñar paso a paso sus fundamentos. Recuerda su esfuerzo al hecho por otros especialistas como Manuel Moreyra, quien desde una columna del desaparecido diario El Observador trataba, a inicios de los ochenta, de aclarar esos conceptos de la ciencia económica que, para los profanos, resultaban de otro planeta (inflación, tasa de interés, etc.). El propósito de Castañeda Mungi va en ese sentido, pero supera con creces al anterior. Él no solo pone en cuestión aquellas ideas económicas de izquierda impregnadas en el imaginario político, sino en personas de buena fe que se las creen, pero que sobre todo inundan el léxico de la gente de a pie. Castañeda hace una defensa, presentando variados argumentos, de la economía de mercado, la cual, en verdad, favorece a las minorías en desmedro de los que quieren aprovechar su condición de pobreza como bandera política. El libro es importante porque ofrece una visión alternativa a la de otros textos como el ya clásico de Samuelson –Macroeconomía–, que se ha vuelto un manual de consulta para los jóvenes de los primeros ciclos de economía y con el cual se los está formando aún en las supuestas bondades del Estado interventor. El aporte, pues, de Castañeda es fundamental. Desde una mirada liberal desnuda los errores de la izquierda económica a la que se le puede decir –en tono conciliatorio y benevolente– que tiene “buenas intenciones”, pero que, a la larga, sus recomendaciones llevan a la catástrofe económica. ¡Fuera las caretas! es un libro amable, pedagógico, escrito para llegar a las personas de mente abierta que quieren encontrar la verdad en economía sin palabras rebuscadas ni ideas enmarañadas. Un libro para estos tiempos en los que los cantos de sirena del estatismo quieren volver a sonar.Freddy Molina Casusol
Lima, 15 de marzo del 2013
jueves, 14 de marzo de 2013
EL VARGAS LLOSA DE RODRÍGUEZ PASTOR

Freddy Molina Casusol
Lima, 14 de marzo del 2013
lunes, 12 de noviembre de 2012
VÍCTOR HURTADO, OTRA VEZ
Freddy Molina Casusol
Lima, 11 de noviembre del 2012
martes, 30 de octubre de 2012
DIOS, EL AÑO DE LA SERPIENTE Y EL BUDISMO TIBETANO
LA PRIMERA VEZ que contacté con el budismo tibetano fue en el último año de la serpiente (2001). Antes de tomar conciencia de su significado, me la pasé ese año leyendo libros sagrados. La Biblioteca Nacional era mi cuartel. Allí, por las tardes, después del trabajo, y hasta entrada la noche, cuando estaban a punto de cerrar las puertas, me pasaba horas revisando y leyendo textos esotéricos y espirituales. La Biblia, El Corán, el Tao Te King, entre otros, pasaron por mis manos por esas fechas. (La no acción del Tao, las enseñanzas de Confucio y la filosofía oriental terminaron, con los años, atrapándome). Fue en la Biblioteca Nacional, una tarde del año de la serpiente que yo me reencontré con Dios. Durante años, mantenía un militante escepticismo sobre su existencia. Dudaba, no creía viable su presencia. Mi agnosticismo (lo consigno como historia personal) no tenía nada que ver con la universidad donde estudiaba (acusada de atea y revoltosa). Venía de atrás. Una enamorada alguna vez quiso enderezarme, pero no pudo. Mis ironías sobre la manifestación divina en la vida terrestre eran demasiado fuertes para ella. Una tarde, sin embargo, esa postura, se vino abajo. Mirando los anaqueles, como hacía todas las tardes, me topé con un libro. Me llamó la atención el título: Nuevos descubrimientos sobre la reencarnación. Autora: Gina Cerminara. “¿De qué tratará?”, pensaba. Lo saqué, coloqué el señalador en el lugar de donde lo había retirado y me lo llevé a la mesa de lectura. Allí cambió mi vida. Ese libro obró el milagro, me hizo entender, de un modo racional y lógico, la existencia de Dios, desterrando esa idea de Pascal que tenía metida en la cabeza: que no se pierde nada creyendo en Él. Recuerdo cuando leía sus páginas, cómo me impacto la imagen de un gráfico donde se podía apreciar una línea recta partiendo al cielo, y cómo las desviaciones, bruscas, de un lado a otro, indicaban la incorrección de nuestra conducta, la cual nos alejaba de nuestro objetivo final, fundirnos, después de vivir finitas vidas (reencarnación), con Dios. Que ese era el motivo de nuestra existencia; que debíamos seguir un camino de perfección para, luego de un largo aprendizaje, volver, como una gota de agua desprendida, al mar donde el sufrimiento estaba extinguido y alcanzar la vacuidad. Recuerdo que sentí, cuando ya devolví el libro a su lugar, que el vacío espiritual que tenía en el corazón, de pronto se había llenado. Todo era diferente. Tras ir angustiosamente de un lugar a otro, tratando de experimental inútilmente el sentido de la fe, al fin había encontrado un reposo. Ya creía en Dios. Pero casi con la resolución de este problema se presentó otro. ¿Cuál podía ser la mejor senda para acercarme a Él? Fue en ese momento que apareció, en la figura de una amiga, Fanny, el budismo, pero en una de sus versiones más depuradas y avanzadas, la tibetana.Fanny, una compañera de estudios de la universidad, a temprana edad, veinte o un poco más, decidió dejar una vida de fiestas y diversiones, para asumir una actitud mística y contemplativa. Algunos que la conocían se mofaron de ese cambio y la tildaron de extravagante. (Con los años quedó demostrado cuán equivocados estaban). Fanny, a través de un maestro que la introdujo al mundo del budismo tibetano, incorporó en su vida la compasión, la paciencia y la comprensión del sufrimiento entre los seres humanos. De sus labios escuché por primera vez el significado del samsara. Ella fue quien me dijo que vivíamos en la ignorancia y la ilusión y que todo es impermanencia. “Las personas sufren porque tienen apego”, me decía. Me explicaba cómo en las letras de las canciones –cargadas de sufrimiento y dolor– se reproducía el ciclo del apego. “Y eso escucha la gente”, subrayaba. Fanny durante muchos años viajó y aprendió en diferentes comunidades budistas una manera de vivir donde la calma y el toparse con un eventual enemigo eran entendidos como una oportunidad para cultivar la paciencia. En nuestras pocas pero largas conversaciones (de hecho la más larga que tuvimos duró doce horas), aprendí a admirarla porque sabía sintonizar sus enseñanzas con la vida diaria. Yo que vivía angustiado con mis dramas internos encontraba en ella respuestas lógicas y sabias que me daban tranquilidad. Ella fue quien me hizo tomar atención sobre la astrología y el significado de los animales en el horóscopo chino. Recuerdo que en una charla me preguntó el año de mi nacimiento. Le respondí con una fecha y de inmediato buscó en su memoria. “Serpiente; eres serpiente”, dijo. Yo ni sabía. Luego pasó a enumerar las bondades y defectos del animalito en cuestión. Ya en confianza le conté un hecho que marcó una etapa de mi juventud. Recuerdo que me preguntó el año en que había ocurrido este. Se lo di, añadiéndole, además, más detalles que no había proporcionado nunca a nadie más. Ella, de tramo en tramo, tras escuchar mi relato, sonreía y decía: “Ah, la serpiente, pensando en un plan A, B y C”. Luego se puso enumerar las características astrológicas de mi oponente y dijo. “No, tú ibas a vencer. Las serpientes son buenos estrategas”. “Además ése era tu año (de la serpiente)”. El asunto es que con ella aprendí que la astrología podía ser una buena fuente de conocimiento, para comprender a las personas y entenderme a mí mismo como ser humano.
Con Fanny también ingresó el budismo a mi vida. Ella cultivaba una de sus variantes más depuradas, la tibetana. Ella me enseñó que un enemigo era una buena oportunidad para practicar la paciencia, y que éste no era tal sino un maestro; que lo mejor que uno podía hacer cuando se presentaban situaciones conflictivas era salir de ellas haciendo el menor daño posible; que hay que actuar correctamente en palabra y acción para no arrastrar karmas negativos en vidas futuras; y que hay que hacer méritos para disolver ese karma negativo y así detener la rueda de renacimientos. El budismo que yo aprendí a apreciar a través de Fanny difiere en mucho con el pensamiento de Occidente. Mientras –voy a recordar un ejemplo leído sobre el tema– en la psicología y el pensamiento occidentales se preguntan cuando te ha herido una flecha quién pudo haberla disparado, desde qué dirección vino y cómo está hecha, la elección del budismo es arrancarte esa flecha. Es eminentemente práctico. No tiene un dios al cual venerar ni preceptos que coacten tu libertad. Pero eso no significa que un budista esté reñido con el concepto de Dios cristiano. De hecho, puedes ser budista y cristiano al mismo tiempo. Tal es su flexibilidad. Y ése es su atractivo, pues no está sometido a las rigideces de los dogmas religiosos. Pero no hay que equivocarse –y menos confundirse– si bien el budismo te da un amplio radio de acción, también te indica que hay una serie de principios a seguir para alcanzar un estado de paz interior. Estas son las Cuatro Nobles Verdades (el reconocimiento del sufrimiento, el completo abandono del origen del sufrimiento, la completa cesación del sufrimiento y la verdad del camino que conduce a esta cesación), que tienen su correlato en la noble óctuple senda, la cual guía tu accionar en la vida (entendimiento justo, pensamiento justo, palabra justa, sustento justo, etc.). La anulación del “yo” es uno de los puntos esenciales de su filosofía, porque su anulación está asociada a los estados de conciencia impuros. Es, pues, todo lo contrario a lo que se predica en Occidente, en el que la exaltación del deseo es el motor que mueve muchas civilizaciones modernas (Ludwig von Mises, padre de la Escuela Austriaca de Economía, en su obra La acción humana, la tilda de filosofía del “hombre vegetativo”). ¿Entonces cómo conciliar estas dos posiciones extremas? El Dalai Lama nos explica que esto es posible en la vida cotidiana practicando la compasión, ejerciendo el perdón, desterrando el odio, los celos y la cólera en nuestras relaciones humanas; y que a pesar de todos los apremios existentes en la vida diaria, siempre hay un espacio para orar y meditar aunque sea unos minutos. Sobre todo –y he aquí otra vez su practicidad– porque tiene efectos en la mente: ésta se serena. El budismo tiene dos vertientes: la Mahayana (El Gran Vehículo) y Hinayana (El Pequeño Vehículo). Las dos se diferencian porque en la primera se busca la salvación de todos los seres vivientes, siendo el bodhisattva (una persona que detiene su ingreso a la liberación para salvar más personas) uno de sus instrumentos, en tanto que la segunda busca la salvación individual.
Epílogo
Han pasado casi doce años desde el último año de la serpiente. Durante ese tiempo, debo confesarlo, no he sido un practicante religioso del budismo. Es más, muchas veces lo he abandonado y he vuelto a él. Pero en el balance general debo decir que ha sido beneficioso conocerlo. Me ha ayudado a ser más justo con las personas, porque me ha obligado a pensar en el otro antes de obrar, sea de acción o palabra, negativamente. Me ha hecho mejor persona en algunos aspectos (en otros, soy consciente que debo trabajar mucho). Me ha enseñado a acrecentar mi fe en Dios al asociarlo con el tema del karma negativo, además de hacerme actuar lo mejor posible dentro una línea correcta de conducta (mi problema es que me dejo ganar por los placeres sensoriales). Muchas veces lo combino con el cristianismo –desceñido, claro, de las rigideces del dogma–, lo cual me da mucha calma. Me gustaría aprender más sobre él, insertarme en una comunidad budista de lleno para meditar y pacificar la mente, pero eso lo dejo a Dios: estoy seguro obrará a mi favor.
Freddy Molina Casusol
Octubre del 2012
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