lunes, 27 de julio de 2020

VIAJAR EN EL TIEMPO

¿Qué haría si tuviera la posibilidad de viajar en el tiempo? ¿Ayudaría a que Hitler ingresara a la Academia de Artes de Viena en 1908 para que se dedique a la pintura, y así evitar la Segunda Guerra Mundial? ¿Detendría a Arguedas para que no se disparara un balazo en la sien? O, como en el filme Contacto —inspirado en una novela de Carl Sagan—, ¿buscaría a su padre para decirle cuánto lo extrañaba? Viajar en el tiempo ha sido uno de los temas favoritos de la literatura y el cine. Aparece en la novela La máquina del tiempo (1895) de H. G. Wells, en la que se plantea la idea del tiempo como una cuarta dimensión —que luego Einstein abordaría en su teoría de la relatividad especial en 1905—. Luego, en los filmes Volver al futuro (1985), El planeta de los simios (1968) y en Interestelar (2014), cuando el piloto Joseph Cooper atraviesa un agujero de gusano.

–A la velocidad de la luz–

Pero, ¿es posible viajar en el tiempo? Algunos físicos piensan que sí. El astrofísico de la Universidad de Princeton J. Richard Gott sostiene, en Los viajes en el tiempo y el universo de Einstein (2003), que “Einstein nos enseñó cómo hacerlo. Solo tenemos que subirnos a una nave espacial, viajar a una estrella que se halle a una distancia algo inferior a quinientos años luz y regresar a nuestro planeta, moviéndonos en ambos trayectos a una velocidad igual al 99,995 % de la luz. Cuando estemos de vuelta, la Tierra será mil años más vieja, pero nosotros habremos envejecido [solo] diez años”.
Para concretar este y otros proyectos similares —advierte Gott—, se debe enfrentar importantes problemas de ingeniería concernientes al diseño de la nave, su propulsión, su blindaje, entre otras contingencias que incluyen el desarrollo de tecnologías para refrigerar los motores y evitar que estos se fundan. En esa misma línea, se encuentra el afamado matemático austriaco Kurt Gödel, quien, citado por Walter Isaacson, en su biografía de Einstein (Einstein: su vida y su universo, 2007), afirmaba que viajar en el tiempo era coherente con la teoría de la relatividad.

–Regresar al pasado–

Sin embargo, físicos como Michio Kaku expresan sus reparos. En su libro Hiperespacio (1994), Kaku pide que imaginemos el caos que se produciría si todos pudieran viajar al pasado, modificar aspectos sustanciales de su vida y la de los demás, y, con ello, reescribir la historia.
“Consideremos la decisiva victoria de Alejandro Magno sobre los persas, que ayudó a hacer posible el florecimiento de la civilización y la cultura occidental en el mundo durante los mil años siguientes. Pero consideremos lo que sucedería si una pequeña banda de mercenarios armados provistos de pequeños misiles y artillería moderna interviniesen en la batalla (…) Esta intromisión en el pasado paralizaría la expansión de la influencia de Occidente en el mundo”, anota alarmado Kaku.
Viajar en el tiempo implica, pues, connotaciones éticas desconocidas. ¿Y es posible viajar al pasado? Paradójicamente, fue Einstein, comenta Isaacson, quien dio a entender “que por más que los viajes en el tiempo pudieran ser matemáticamente concebibles, puede que no resultaran posibles en la realidad”. Empero, Brian Greene, profesor de Física de la Universidad de Columbia, en El tejido del cosmos (2004), sostiene que la negativa de los científicos debe ser matizada “porque nadie ha demostrado que las leyes de la física descarten el viaje dirigido al pasado”.
Ron Mallett, un astrofísico de la Universidad de Connecticut, dedica sus esfuerzos en construir una máquina que lo regrese a 1955 para reencontrarse con su padre (muerto por un ataque cardíaco) y quizá salvarle la vida.
Viajar al pasado o al futuro, a través de una curvatura en el espacio-tiempo o una máquina, responde, al parecer, a la tendencia humana de querer manipular los acontecimientos. La curiosidad del hombre es infinita. Tal vez cuando tengamos la oportunidad de explorar el futuro, sepamos realmente si fue conveniente o no. Solo allí lo sabremos.

Publicado en el suplemento Dominical de El Comercio el 18 de febrero del 2020





miércoles, 22 de julio de 2020

INTELIGENCIA EN JUEGO: EL HOMBRE CONTRA LA MÁQUINA

Cuando el árbitro alemán Lothar Schmid le comunicó que su rival, el soviético Boris Spaski, había desistido por teléfono en continuar la partida, Bobby Fischer, el chico terrible de Brooklyn, supo que se había coronado en Reikiavik (Islandia), como el undécimo campeón de ajedrez del mundo.

Era 1972 —tiempos de la Guerra Fría— y la Unión Soviética sostenía que su supremacía en el juego inventado, probablemente, en la India, se debía a la superioridad de su ideología. 

El “duelo del siglo”, como lo llamaron los periodistas de la época, entre Fischer —la esperanza americana para ganar el título— y el ruso Spaski, contó con algunos hechos inusitados: la llamada del secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, conminando a Fischer a que no abandonara el juego; y las actitudes veleidosas y estridentes del propio retador, que ocasionaron que el Washington Post dijera: “Fischer se ha granjeado la antipatía de millones de entusiastas del ajedrez de todo el mundo”. (Así lo recuerdan los periodistas David Edmonds y John Eidinow en Bobby Fischer se fue a la guerra, de 2006, uno de los pocos libros que describe los pormenores de aquella memorable partida).

El desistimiento de Spaski, el 1 de setiembre de 1972, puso punto final a una era. Sin embargo, el reinado de Fischer duró tan solo tres años. En 1975, ante su renuencia por defender el título, Anatoli Karpov, un joven de 23 años, se erigió como el nuevo rey. Frío y calculador, el juego de Karpov era comparado al de una máquina. Empero, sería su sucesor, Gari Kasparov, quien se enfrentaría a una verdadera. Con Kasparov y Deep Blue empezaría, pues, un nuevo episodio en los duelos del ajedrez.

—El hombre contra la máquina—
Al mundo entero se le erizaron los pelos en 1997, cuando el campeón mundial de ajedrez Gari Kasparov fue derrotado por Deep Blue II, una computadora programada por humanos para enfrentarlo. La derrota de Kasparov encendió las alarmas y retrotrajo los peores pensamientos hacia el recuerdo de Skynet, la inteligencia artificial de la película Terminator 2, que toma el control del arsenal militar estadounidense y somete a la humanidad. ¿Era posible que una máquina superara al hombre? Sí, ya era posible, Deep Blue II lo había demostrado. Aunque Kasparov arguyó que por la calidad de los movimientos de su contendora, era posible que una mano humana estuviera detrás —tópico explorado en su libro Deep thinking (2017)—, eso nunca fue probado. Más bien, quedó la evidencia de que el ser humano podía ser sobrepasado por una máquina. ¿El comienzo del fin?

Deep Blue II, una creación de IBM, era un superordenador de dos metros de alto y media tonelada de peso. Podía procesar la desorbitante cifra de 200 millones de posiciones por segundo. Ese era el rival que Kasparov tuvo al frente. La máquina derrotó al campeón por un dos a uno, siendo la primera partida la que más llamó la atención cuando Deep Blue II realizó una jugada con una torre que desconcertó a Kasparov, y lo obligó a pasar una mala noche. Se creyó, por un instante, que la computadora había generado una jugada creativa que solo la mente humana podía hacer (después se supo que había sido un fallo de programación). Tras esto, el siguiente paso ya estaba trazado: el duelo entre máquinas por la hegemonía en el ajedrez.

—AlphaZero—
El desarrollo seguido desde que Deep Blue II derrotó a su oponente humano ha rebasado todo límite. Máquina que se respete juega ahora con una de su categoría. Desde hace unos años, los mejores exponentes en el mundo artificial se enfrentan por el dominio mundial en un campeonato llamado TCEC (Top Chess Engine Championship). 

Ni el actual campeón Magnus Carlsen —considerado por el gran maestro español Miguel Illescas, un “híbrido entre hombre y maquina”— puede competir con AlphaZero, el nuevo Godzilla del tablero.

AlphaZero es una máquina desarrollada por DeepMind, una dependencia de Google enfocada en la inteligencia artificial. A diferencia de sus antecesoras, a AlphaZero solo le han indicado las reglas para que ella sola, en cuestión de cuatro horas, conociera millones de partidas y, lo más impresionante, jugase contra sí misma para perfeccionar su juego. 

A fines de 2017, enfrentó a Stockfish, un potente motor ajedrecístico y lo apabulló. De cien partidas concertadas, le ganó 28 y las restantes 72 fueron empates. Los humanos quedaron atrás en esta lucha. Pero no tanto. El humano también aprende. Por ejemplo, el nuevo estilo del vigente campeón Magnus Carlsen, de acuerdo a las últimas informaciones, está inspirado en el juego agresivo de AlphaZero. 

Mientras tanto, el mundo ve con ansiedad la posibilidad no tan remota de que una máquina provista de inteligencia artificial le pueda hacer un ‘mate’. Una probabilidad bastante estremecedora.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 25 de agosto del 2019

martes, 21 de julio de 2020

LA COLONIZACIÓN DE MARTE

EN 1865, Julio Verne en su novela De la Tierra a la Luna proyectaba al hombre pisando el suelo lunar. En 1902, Georges Méliès adaptaría la novela de Verne al cine para popularizar la idea. Pero pasarían 104 años para que esa visión del escritor francés fuerarealizada por Neil Armstrong, cuando su nave, el Apolo 11, descendió el 20 de julio de 1969 en el mar de la Tranquilidad. Desde entonces, la humanidad no vería los confines del infinito como algo inalcanzable, sino como un reto a conquistar.
En 1950, el escritor estadounidense Ray Bradbury había visto, como Verne, otra meta para el hombre: Marte. Lo atisbó desde Crónicas marcianas, apasionantes relatos en los que los colonos terrícolas trataban de reproducir las condiciones de vida terrestre en el planeta rojo. Estos terrícolas huían de la destrucción debido a la acción de la mano humana. (Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).

–La continuidad de la especie–
Pero colonizar Marte no es fácil. El físico Michio Kaku anota en su libro El futuro de la humanidad (2018) que tocar la Luna le costó al programa Apolo solo tres días; en cambio, posarse en Marte tomaría nueve largos meses. Esto no incluye lo que viene después, la complicada adaptación al medioambiente marciano: Marte tiene una delgada capa atmosférica que permite el ingreso de la radiación solar y una temperatura de -140 ºC.
La idea, para el físico e inversionista Elon Musk, dueño de la empresa de transporte aeroespacial SpaceX, que ha fabricado los cohetes Falcon y Falcon Heavy —este último reutilizable— es colonizar y hacer habitable de cualquier forma Marte.

Colonizar se ha vuelto una prioridad para la humanidad porque los recursos de la Tierra se agotan y estamos expuestos a contingencias —como la posibilidad de que un asteroide golpee el planeta y seamos arrastrados a un evento ligado a la extinción como en el filme Impacto profundo (1998)—. Ya Stephen Hawking había advertido que el hombre estaba obligado a salir de la órbita terrestre si deseaba sobrevivir. E, incluso, le puso un plazo: dentro de los próximos cien años. Musk ofrece la idea de llegar a Marte, para garantizar —como en los cuentos de Bradbury— la continuación de la humanidad. La colonización del planeta rojo, para el dueño de SpaceX, deberá concretarse alrededor de 2050, con la primera ciudad humana autosuficiente en suelo marciano. ¿El propósito? Crear un asentamiento permanente.

–Reto multiplanetario–
El plan es alcanzar de nuevo la Luna, y desde allí propulsarse a Marte, planeta que reúne las condiciones mínimas (agua, por ejemplo) para ser el nuevo hogar de la humanidad. ¿Qué gobiernos están involucrados en esto? Estados Unidos, Rusia, China y en menor proporción Japón. Elon Musk –un empresario privado– les hace la competencia.

El costo del viaje a Marte bordearía los 10.000 millones de dólares. Toda una ganga si se trata de escapar de la extinción. Pero Musk ha prometido que podría bajar con el tiempo el precio a 200.000 dólares por persona (ida y vuelta).

Aquí es importante recordar las palabras del científico ruso Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la cosmonáutica: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede permanecer en la cuna para siempre”. Con ella avisó que debíamos ir más allá de nuestros horizontes.

Ahora el reto es multiplanetario. Ya no se trata solo de alcanzar Marte, sino de extenderse por el sistema solar. Para el doctor en Ciencias Físicas Fernando J. Ballesteros, en La colonización espacial (2017), “queda por evaluar las posibilidades de establecerse en los gigantes gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno)”.

Por el momento, hay que quemar etapas. La conquista de las montañas y arenas rojas de Marte está en camino (Rusia anuncia los preparativos de su nave Argo y Elon Musk habla de Starship, una nave que, según él, será capaz de transportar a cien personas hasta el planeta rojo). Allí, si no media ningún obstáculo insalvable, estaremos pronto.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 01 de diciembre del 2019



EL GEN INMORTAL

EL MISMO Richard Dawkins consideró que el título podría ocasionar malos entendidos. El gen egoísta no es egoísta, al menos no totalmente. Dawkins es un etólogo inglés, biólogo y divulgador científico que, en 1976, publicó una de sus obras más populares. La tituló El gen egoísta, aunque después se arrepentiría, como advirtió en el prólogo de la segunda edición, pues la hubiera preferido llamar ‘El gen inmortal’, descripción más ajustada a lo que había querido decir. 
El libro propone que somos máquinas vivientes de transportar genes que buscan perpetuarse. Es una aplicación de la teoría de la evolución darwiniana en la biología. Dawkins lo dice en su prefacio para la edición de 1989: “La teoría del gen egoísta es la teoría de Darwin, expresada de una manera que Darwin no eligió pero que me gustaría pensar que él habría aprobado y le habría encantado”. Su foco de estudio —en el que concentró sus esfuerzos y se hizo original— fue el gen que puede hacer copias de sí mismo, replicarse.

—El replicador—
Retrocedamos, para explicar esto, tres o cuatro mil millones de años, cuando todo era un ‘caldo de cultivo’ compuesto de agua, dióxido de carbono, metano y amoniaco. En algún punto del proceso, se formó —según Dawkins— “una molécula especialmente notable”. La llamó el ‘replicador’. Esta se multiplicó, se asoció con otras moléculas afines, compitió y eliminó otras. Para preservarse, termina de explicar Dawkins, “los replicadores empezaron no solamente a existir, sino también a construirse, para ser utilizados por ellos mismos, verdaderos recipientes, vehículos para continuar existiendo. Los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas”. Es decir, nosotros y las demás especies vivientes.

Para discutir estas ideas, le salió al frente Stephen Jay Gould, biólogo evolucionista, además de paleontólogo. Gould consideraba, a diferencia de Dawkins, que los organismos —las máquinas vivientes—, más que los genes, eran los que importaban. O sea, al revés de lo que sostenía Dawkins.

Ambos, Dawkins y Jay Gould, tenían diferencias respecto a su comprensión de la evolución: el segundo creía en la teoría que había concebido, la del equilibrio interrumpido; esto es, en la ramificación de las especies luego de un periodo de estabilidad y extinción. El primero, en cambio, más propenso a la adaptación y continuidad de estas, la negaba. Este duelo entre los seguidores de Darwin daría forma, posteriormente, al libro de Kim Sterelny, Dawkins vs. Gould (2007).

—El altruismo—
Dawkins deja en El gen egoísta poco margen de maniobra al altruismo. Entiende el sacrificio de unos pocos por los más, como un acto en sí de egoísmo para que los genes se sigan perpetuando. No obstante, desliza un hálito de esperanza. Al final del capítulo 11 dice: “Tenemos la capacidad de desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento… Incluso podemos discurrir medios para cultivar y fomentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado: algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que no ha existido en toda la historia del mundo”.

Han pasado 43 años de su publicación y su impacto todavía se siente entre los iniciados. Uno de ellos, la psicóloga británica Susan Blackmore, en La máquina de los memes (1999), desarrolla el concepto de meme, que lanzó Dawkins en su libro.

—El meme de Dawkins—
Sí, este término tan popular hoy fue un aporte de Dawkins. Apareció en El gen egoísta para explicar la transferencia de información que reside en el cerebro de un individuo a otro. Esto es, la cultura, la cual sigue el proceso de evolución como los genes, pero con muchas más variaciones. 

“Necesitamos un nombre para el nuevo replicador, un sustantivo que conlleve la idea de unidad de transmisión cultural, o una unidad de imitación. Mimeme se deriva de una apropiada raíz griega, pero deseo un monosílabo que suene algo parecido a gen. Espero que mis amigos clasicistas me perdonen si abrevio mimeme y dejo meme”, escribió. 

Dawkins publicó otros libros como El fenotipo extendido (1982), El relojero ciego (1986) —en el que discute la teoría evolucionista de Gould y la del diseño inteligente planteada por los creacionistas— y El espejismo de Dios (2006); pero ninguno tuvo la trascendencia de El gen egoísta. Es de esos libros que marcan la conciencia. Inolvidable.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 7 de julio del 2019

viernes, 22 de febrero de 2019

DOS ENFOQUES SOBRE LIMA A PARTIR DE DOS TEXTOS CANÓNICOS

«El criollismo es más aún. Es viveza criolla. Hay una palabra que expresa mejor, más gráficamente, este “valor”, inscrito en la singular tabla axiológica del criollo. ¿Qué es esa viveza? Un mixtión, en principio, de inescrupulosidad, y cinismo. Por eso es en la política donde se aprecia mejor este atributo». La contundencia de este enunciado condice con el contenido general de un texto que opta por la franca denuncia sin ambages, decididamente confrontacional, provocador desde su mismo título: Lima la horrible (1964).

Sebastián Salazar Bondy realizó en este ensayo un ajuste de cuentas con el pasado colonial de Lima. No pocos limeños antiguos tenían una nostalgia de esa Lima del puente a la alameda, que surgía irreductible en las letras de las canciones, en sus tapadas y en los balcones que la adornaban (y que alcanzó con Aldo Brunelli, personaje de El loco de los balcones, una obra teatral de Vargas Llosa, el punto más alto de exaltación). Con este tipo de perspectiva se impedía observar la nueva configuración social que iba adquiriendo la ciudad con la irrupción de los migrantes llegados de los Andes. Salazar lo veía muy claramente: Lima no era el Perú, y menos el jirón de la Unión. Así, con elegante prosa, se abocó a la tarea de desmoronar la visión de la Arcadia Colonial, añorada a partir del criollismo al que reprocha como reproductor de un pasado que se resiste a ver el presente.

 Al respecto señaló: «El mito colonial se esconde en el criollismo y por medio de sus valores negativos excita el sueño vano de la edad dorada de reyes, santos, tapadas, fantasmas, donjuanes y pícaros». Todo eso correspondía al siglo XVIII, a los tiempos de cuando la Perricholi se metía a la cama con el Virrey Amat y los limeños eran estremecidos por los terremotos que despertaban su devoción religiosa. De una Lima que, efectivamente, se había ido.

En contraste con lo expuesto por Salazar Bondy, consta otro texto igual de esencial a los limeños, el de Raúl Porras Barrenechea y su Pequeña Antología de Lima (1935). A Porras no le incomodaba citar a Ricardo Palma, a diferencia del anterior que lo hace para condenarlo –«Su fórmula (para componer sus Tradiciones Peruanas), tal cual él mismo la reveló fue: mezclar lo trágico y lo cómico, la historia con la mentira»–. Salazar Bondy hacía participe a Palma de la continuación del mito arcádico de la Colonia. Porras recoge la prosa elogiosa del chileno Vicuña Mackenna hacia la Lima colonial («la segunda ciudad de España, si no era más todavía»), rescatando una visión positiva de ella. Rescata igualmente el arrobado verso de Luis Fernán Cisneros acerca de la limeña coqueta y los piropos que esta recibía en las calles (inadmisibles hoy con las sanciones sociales y jurídicas vigentes). Esto implicaba, bajo ningún supuesto, que el maestro Porras terminara suscribiendo visión pasadista alguna. El conspicuo historiador peruano tendía a desceñir los elementos negativos de ese periodo para ofrecer una mirada matizada, amable, conciliadora si se quiere, ajena a toda visión excluyente.

La selección de Porras (ampliada el 2002 en la edición de la Fundación M.J. Bustamante de la Fuente) se ve beneficiada por su oficio de historiador, el cual le permitió escoger con vista aguda de águila los textos más significativos sobre el rostro de la ciudad, desde su fundación hasta su etapa republicana.

El ensayo de Salazar, a su vez, está alimentado por la rebeldía del escritor. Salazar quería fustigar, incitar conciencias, llamar la atención, entre otras cosas, sobre la cruda realidad de las barriadas, a las que la frivolidad limeña, simplemente, no prestaba un enfoque crítico.

Lima ya no es reconocida, como apuntó Porras, por los dos accidentes geográficos más visibles entonces: el Cerro San Cristóbal y el río Rímac. Tal vez el primero lo siga siendo en parte (los cerros El Pino y El Agustino rivalizan con él), pero el segundo ha sido reemplazado por el Metro de Lima, convirtiéndose ambos en símbolos de una capital conquistada por los hijos o bisnietos de la migración, esto es de los nuevos limeños.

Esta nueva Lima es la de la edificación inconclusa en sus fachadas, y de expresiones musicales como las de la cumbia andina y amazónica, acompañadas por otras menos nobles como el reggaetón.

Salazar registró la presencia del cholo, el serrano y el chino, como trabajadores que perfilaban con su esfuerzo el presente de la ciudad. Tal vez valga hacer una observación anacrónica: con la presencia masiva migración de los venezolanos, ¿podremos decir más adelante que el limeño del futuro será la fusión de los hijos de los venezolanos con los hijos de Gamarra?

Cabe anotar en esta parte  que, entre el trabajo de Porras (1935) y el de Salazar Bondy (1964), median cerca de treinta años. Los cambios dramáticos de la ciudad de décadas más tarde, no han sido condensados en un ensayo globalizador de envergadura. Quizá el libro de Rolando Arellano y David Burgos, La ciudad de los reyes, de los Chávez, de los Quispe (2004), cubra esforzadamente ese vacío.

Porras y Salazar Bondy, finalmente, registraron una realidad. Corresponde hacer un reconocimiento de lo que se viene. Por lo pronto, aunque les cueste a algunos admitirlo, Lima ya dejó de ser la del puente a la alameda.


jueves, 21 de febrero de 2019

EL UNIVERSO DISTÓPICO DE RAY BRADBURY EN CRÓNICAS MARCIANAS


Jorge Luis Borges le dedicó una enjundiosa recensión en 1955, posteriormente reproducida en su Prólogos con un prólogo de prólogos (1975). Ray Bradbury, autor de estas Crónicas Marcianas (1950) y de Farenheit 451(1953) –llevada al celuloide por François Truffaut en 1966–, es uno de los cuatro o cinco maestros de ese género considerado menor entre los lectores más enterados –Isaac Asimov (la trilogía Fundación), Arthur C. Clarke (“El centinela”, famoso cuento que da pie al film de culto2001: Odisea del espacio) y Phillip K. Dick (Sueñan los androides con ovejas eléctricas, adaptada al cine por Ridley Scott con el nombre de Blade Runner) forman parte de esa reducida constelación–: la literatura de ciencia ficción, que tuvo su edad de oro en los años cincuenta del siglo pasado.

A veces emparentada con la literatura fantástica, pero con vida propia, la literatura de ciencia ficción tiene en los libros de Julio Verne, De la tierra a la Luna, y H.G. Wells, La guerra de los mundos, connotados precursores.

Respecto al autor que nos convoca, Ray Bradbury, este en sus Crónicas Marcianas nos confronta con la incertidumbre del universo. ¿Qué hay más allá de nosotros mismos? Bradbury apela a nuestros temores, angustias, instinto de conservación y mecanismos de defensa, a la hora de colocar al hombre en un escenario desconocido para él: el planeta Marte.

Los relatos de Bradbury, por otra parte, se inscriben dentro del contexto que sigue al concluir la Segunda Guerra Mundial, el avance de la tecnología militar y la aparición de la bomba atómica como arma de destrucción masiva. La humanidad se planteó por aquellos días la posibilidad de migrar a otro planeta para perpetuar la especie humana. (Luego vino el aterrizaje del Apolo 11 en la Luna, para confirmar su propósito). Lo dice el personaje de su quinta historia (“El contribuyente”), Pritchard: “… todas las gentes con sentido común querían irse de la tierra. Antes que pasaran dos años iba a estallar una guerra atómica, y él no quería estar en la tierra en ese entonces.”

Borges consideraba la sexta historia de las Crónicas Marcianas –“La tercera expedición”– como la más inquietante. En nuestro caso, nos ha llamado la atención la cuarta, “Los hombres de la tierra”. De ella, creemos, se ha tomado la idea del desquiciamiento aplicado a la madre de John Connors, protagonista del film Terminator 2, a quien los psiquiatras toman como una demente cuando afirmaba venir del futuro para salvar a la humanidad de su destrucción. De este capítulo, lindante con el absurdo kafkiano, recordamos a la expedición terrícola en su llegada a Marte cuando es encerrada en un manicomio y sometida a diversos exámenes por los psiquiatras marcianos que no creen en la posibilidad de vida en la tierra (“La tierra es un sitio de mares y nada más que mares”, dice uno. “La tierra es un sitio de selvas”, añade otra).

La aventura culmina con el exterminio de los expedicionarios, así como el de sus captores quienes, a diferencia de sus víctimas, sí estaban ganados por la locura.
Bradbury compila sus veintisiete relatos abarcando un periodo que se inicia en Enero de 1999 y culmina en Octubre del 2026 con la colonización de Marte. Sobre esto último, el autor de El Aleph nos dice: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar sobre la arena–”.

La sociedad que construye Bradbury en sus Crónicas Marcianas es de corte distópico, una en la que se reproducen negativamente los modos de vida de la tierra y en la que una tal “señora K” (conocida en nuestros lares por razones poco encomiásticas) habita sorpresivamente la segunda historia (“Ylla”).
Se cierra el círculo de Crónicas con la presentación de los “nuevos marcianos”, simbolizados en una familia de colonos terrestre que se observa en las aguas de un cauce:

“–Siempre quise ver un marciano -dijo Michael -. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
–Ahí están– dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal. Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
 Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.”

Con una escritura sencilla, sin mucho artificio, Ray Bradbury nos instala con sus Crónicas Marcianas en un universo fantástico para discutir, aún ahora, la condición humana de nuestro tiempo.








BERTOLUCCI, EL ÚLTIMO EMPERADOR DEL CINE



Ni bien exhaló el último suspiro y sus detractores se le vinieron encima. El último tango en París (1972), que tuvo como protagonistas a María Schneider y Marlon Brando, fue el motivo de la discordia. Bernardo Bertolucci ha pasado al recuerdo por esa secuencia, entre erótica y transgresora, en la que se fuerza a una casi púber Schneider –Mónica Belluci tuvo una escena más cruda en Irreversible (2002)–. Empero, Bertolucci ha dejado una huella que está más allá de esa provocación convertida en fotograma. Fue uno de los grandes directores de la cinematografía mundial. Para erigirse en ese pedestal ha dejado varias obras maestras, entre las que destacan nítidamente El conformista (1970), Novecento (1976) y El último emperador (1987).

Bertolucci, admirador en su juventud de Jean-Luc Godard, quien le escribió despectivamente en la parte posterior de una foto de Mao, luego de ver El conformista: «Debes combatir el individualismo y el capitalismo», tuvo en Pier Paolo Pasolini al maestro que guió sus inicios en el cine –fue su asistente de dirección en la película Accatone (1961)–.

El cine de Bertolucci, un cine profundamente político, se cimentó apoyándose en las obras literarias de escritores famosos como Borges o Alberto Moravia.











El conformista, adaptación de la obra literaria del mismo nombre de Moravia, y ambientada en la Italia de Mussolini, es un film, en el fondo, sutilmente antifascista, muy acorde al espíritu del cineasta. Cuenta la historia de Marcelo Clerici, un hombre cuya máxima aspiración era la de cultivar el aurea mediocritas griego, esto es, la de llevar una existencia como la de cualquier individuo común y corriente. El ideal de Clerici –a la sazón, un agente fascista– se ve interrumpido cuando se le encarga la tarea de eliminar a su profesor de filosofía francés. Godard, vio en esta puesta en escena, una concesión con el enemigo político, lo que provocó un debate sobre el uso que debe tener el cine.

La escena del baile de Julia, la mujer de Clerici, y Ana, la esposa del profesor Quadri, sugiriendo una relación prohibida, ha pasado como una de las escenas más sensuales en la historia del cine –superada largamente por la protagonizada por Emmanuelle Seigner y Kristin Scott Thomas en el film dirigido por Polanski, Luna de Hiel (1992)–.

Novecento, en cambio, es un fresco de la Italia campesina, en la época del fascismo. La película tiene como eje central la vida de dos personajes que nacen el mismo día y casi en la misma hora: Olmo y Alfredo. El primero es hijo de padres jornaleros y el segundo es hijo del hacendado. Esas dos vidas paralelas –que Plutarco habría reclamado para una semblanza– se confrontan desde la niñez hasta el final de su vejez, representando la colisión de dos clases antagónicas.

Bertolucci busca claramente esa oposición ya que responde a un modo de ver el mundo de su tiempo (incluso aún ahora): socialismo versus capitalismo. El director italiano estratégicamente divide los momentos históricos del film de acuerdo a las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. El de la caída del fascismo, significativamente corresponde al de la última estación.

El último emperador constituye indudablemente la obra cumbre de Bertolucci, la que resume su largo recorrido en el cine. Para su realización le fue concedido el acceso a la Ciudad Prohibida, lugar de residencia de los emperadores chinos. La autobiografía de Puyi, Yo fui emperador, le ayudó en la tarea de recrear la mentalidad y el escenario fastuoso de la China premaoísta.

El film gira alrededor de la vida de Puyi, el último emperador. Y es a través de su transformación de un hijo del Cielo a jardinero en la nueva sociedad construida, que se observa la caída de la dinastía imperial Qing, la invasión japonesa en Manchuria y el arribo al poder del Partido Comunista en China.

La Revolución Cultural, uno de los fondos históricos del film, no es motivo de condena por parte del cineasta (ya se conocían los abusos de la Banda de los Cuatro, liderada por la viuda de Mao, Jian Qing). Simplemente la presenta y deja que el espectador forme su propio juicio.

Antes de desaparecer, Bertolucci dejó dos filmes, Soñadores (2003) y Tú y yo (2013), que no hicieron sino ratificar sus dotes para hacer del cine un espectáculo cargado de una dura y turbadora belleza.



martes, 19 de febrero de 2019

RIBEYRO Y SU PASIÓN POR EL CINE

HACE cinco años, en una entrevista que concedió al diario Gestión (12/04/14), “Julito”, el hijo de Julio Ramón Ribeyro, reveló que en el caso de su padre “nadie hace mención de su pasión por el cine y (que esta) era una pasión muy clara”. El poeta Paco Bendezú, para confirmar lo dicho por “Julito”, evocó para el libro de Ángel Esteban, El flaco Julio y el escribidor (Lima, 2016), los tiempos en que compartía con Ribeyro caminatas en París: “Íbamos mucho al cine y al teatro, la cinemateca tenía cine de todos los países, a Julio le interesaba más el (cine) europeo que el americano. Vimos todo Buñuel, por ejemplo…” (p. 349). Ribeyro, de acuerdo a Bendezú, se habría, pues, interesado en filmes de Luis Buñuel como El perro andaluz (1929).

“Julito” contaba también en una entrevista que le hizo Jorge Coaguila en la Casa de la Literatura el 14 de diciembre pasado, que su padre lo llevaba al cine de barrio y que mucha de la afición que tiene él por el séptimo arte, se debe a “esos momentos que pasábamos viendo películas viejas en esos cines”, corroborando lo señalado anteriormente en Gestión cuando confesó que Ribeyro le hizo conocer el cine de Fellini, así como el cine francés e italiano.

Como se sabe el hijo de Ribeyro es realizador cinematográfico en Europa. Para fortalecer esa vocación su padre, Julio Ramón, tuvo la intención de hacerlo estudiar en Cuba, pero su madre se opuso y lo mandó a estudiar a Londres, como recordó en esa conversación con Coaguila.

Por otra parte, cuatro años de morir, en 1990, Julio Ramón Ribeyro tuvo la satisfacción de ver uno de sus cuentos más reconocidos, “Los gallinazos sin plumas”, trasladado al cine por Francisco Lombardi, quien lo incluyó dentro de uno de los capítulos de su film Caídos del cielo. Un año antes, en 1989, el cineasta cusqueño Federico García Hurtado estrena en las salas de la capital La manzanita del diablo, que tuvo en su reparto a actores como Tania Helfgott y Antonio Arrue, tomando una idea suya de base. Tres años después, en 1992, y dos antes de que partiera Ribeyro, el cortometraje de Gerardo Herrera, Ni contigo ni sin ti, adaptado de un cuento de Ribeyro, “Tristes querellas en la vieja quinta”, tuvo el honor de ser nominado al prestigioso premio cinematográfico Goya de ese año en España.

Ribeyro no ha tenido la suerte que han tenido Arguedas (Luis Figueroa) y Vargas Llosa (Lombardi) de tener un cineasta que lleve al ecran lo mejor de su mundo cuentístico. Esta es aún una deuda pendiente por saldar entre nuestros cineastas nacionales. Esperemos que lo hagan pronto.

sábado, 22 de septiembre de 2018

ALGUNAS IDEAS A PROPÓSITO DE LA PRESENTACIÓN DE UN LIBRO SOBRE VARGAS LLOSA


Por: Freddy Molina Casusol

El 7 de agosto, el crítico literario Efraín Kristal presentó la última versión de su libro Tentación de la palabra en el local de Fondo de Cultura Económica de Miraflores. Kristal acompañado de otros dos críticos, Agustín Prado (UNMSM) y Cecilia Esparza (PUCP), desbrozó parte de su trabajo dedicado a la obra de Vargas Llosa, que aparece ahora sumamente ampliado respecto a su primera versión de 1998. Dirigiéndose al público que se hizo presente en la sala del FCE, reseñó algunas de sus ideas principales, de las que, a partir de su exposición, surgieron de nuestro lado algunas otras en voz alta que compartimos con ustedes a continuación.

El gran dictador que no fue

Yo creí que el sargento Lituma, personaje que salta en varias novelas de Vargas Llosa, La casa verde, La tía julia y el escribidor, La chunga (obra de teatro), Lituma en los andes y en El héroe discreto, iba a llegar a ser general de división y dar un golpe de estado, y así convertirse en el gran dictador que rivalizara con la saga de dictadores que aparecen en Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos, Señor Presidente de Asturias, El recurso del método de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca de García Márquez;  y La fiesta del chivo del propio Vargas Llosa. Lituma es, para mí, un personaje trunco, una oportunidad perdida en la narrativa vargasllosiana.

La misteriosa dedicatoria

La misteriosa dedicatoria a “X, por los tiempos heroicos” en Travesuras de la niña mala, es un enigma. ¿A quién dedicó Vargas Llosa esta novela? Vargas Llosa ha dedicado sus libros a sus amigos de juventud –a Luis Loayza y Abelardo Oquendo en Conversación en la catedral–, a sus ex mujeres –a Patricia Llosa (La casa verde) y Julia Urquidi (La tía julia y el escribidor)–, a sus nietas (El sueño del celta), y a amigas entrañables como la novelista brasileña Nelida Piñón en La guerra del fin del mundo.

En cambio, en Travesuras de la niña mala la dedicatoria está sellada por el hermetismo. ¿Por qué? ¿Qué quería esconder? Sospecho que a quien pudo haberle dedicado la novela, es a Lea Barba, amor platónico del escritor e hija del sindicalista y dueño del Negro-Negro, boîte de los años cincuenta cuando Vargas Llosa era estudiante de San Marcos.

¿A qué tiempos heroicos se refería el escritor? ¿A los que vivió en el Leoncio Prado? ¿A los que pasó durante una temporada en Piura, o a los que disfrutó en su barrio Diego Ferré de Miraflores? ¿O,tal vez, a los que pasó en San Marcos?

Quizás sean estos últimos, pues la novela está ambientada en la época en que conoció al guerrillero Guillermo Lobatón(en Francia, escenario de Travesuras), a Felix Arias Schereiber y Lea Barba, con quienes formó un incondicional triunvirato. Esto es, a fines de los cincuenta.

De Barba se enamoró secretamente en esos “tiempos heroicos”, que eran los de la dictadura de Odría. Eso lo revela en sus memorias El pez en el agua, que antes presenta en Conversación en la Catedral, lo que motivó que Lea Barba le dijera al reencontrarse con él en una recepción en la embajada de Nicaragua: “Tú y tus demonios”. Por tanto, me animo a decir que la X de la dedicatoria podría ser Lea Barba.

¿Saludo a Cien años o a El tambor
de hojalata?

Efraín Kristal ha anotado que Travesuras de la niña mala, es un saludo a Cien años de soledad porque el personaje central –la niña mala–se reinventa en un contexto diferente. En todo caso pienso que esta es un saludo a una novela de Gunter Grass, El tambor de hojalata.

La propuesta de Grass en El tambor es cíclica y, como me decía una amiga comentando un película alemana Corre, Lola, corre (1998), un distintivo de su cultura. El protagonista de Grass en esta novela vuelve a vivir lo que pasó pero narrado de otro modo. La historia se repite como una espiral: pasa por un mismo punto pero desde otro plano de observación. Por allí, me parece, se recrea el personaje de la chilenita, la camarada Arlette, Madame Arnoux, Mrs. Richardson, que, con sus requiebres amorosos, hace sufrir a Ricardito, el alter ego de Vargas Llosa.

Tres etapas que marcan la novelística de Vargas Llosa

El crítico Kristal afirma que hubo hasta tres etapas que marcan las novelas de Vargas Llosa, una cuando era socialista, otra cuando era liberal, y una última, que tiene a El héroe discreto y Cinco esquinas cuando el escritor empieza a ver el mundo positivamente. Habría que precisar que entre su pase del socialismo al liberalismo, existió una etapa intermedia donde se reclamaba pragmático. Esa influencia se debe a Richard Webb, muy amigo suyo a mediados de los ochenta (a quien le prologó un libro), depositario del pensamiento pragmático de William James. Ese estadio tuvo una duración breve hasta que apareció el influjo de Isaih Berlin, y los pensadores liberales como Popper y Hayek. De allí en adelante, Vargas Llosa sigue una línea política que hasta ahora mantiene invariable y que ha sido blanco de sus detractores.

Lima, setiembre del 2018

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...