miércoles, 12 de abril de 2023

VIAJE A EL TROCADERO

EN LAS noches de mi primera adolescencia, “Juana Peña”, un pintor de brocha gorda de mi barrio, se quedaba conversando en la ventana de mi casa. Yo estaba impedido de salir. Pero no lo estaba para escuchar las conversaciones lúbricas que “Peña”, sus hermanos y amigos tenían por las noches. Ellos contaban sus incursiones a lupanares del Callao. Los más conocidos: El Trocadero y La Nene. Hablaban de las “gevitas” que entregaban sus cuerpos a los parroquianos, de cómo algunos se “quemaban”* cuando no se ponían un “jebe” (condón). “Peña” se deshacía en descripciones, dramatizaba más su voz cuando explicaba que a los hombres que las mujeres “quemaban” tenían que ponerles penicilina en la “pichula” y que eso era muy doloroso porque lo hacían con una aguja “así de grandota” introducida en el miembro viril masculino. Eso me asustaba. Y “Peña” con cada detalle se mostraba más sádico con sus oyentes (ahora pienso que debe haber sufrido esos trances). Su hermano, “Gordillo”, por su lado, se relamía con las descripciones de las mujeres del “Troca”. Decían que eran unas mamacitas, que tenían una cinturita y que había muchos hombres que hacían fila para cachárselas (perdonen la palabrota). A mí todas esas conversaciones donde se hablaba de la legendaria “yombina”, pastillita que supuestamente servía para estimular sexualmente a una mujer y tirársela fácil, tenían la propiedad de encender mi deseo. Se me llenaba la cabeza de imágenes obscenas. Una noche, no sé cómo, “Juana Peña” y “Gordillo”, me llevaron a El Trocadero. Yo era aún menor de edad, pero pude entrar. Recuerdo que el colectivo, casi a escondidas, y al vuelo, lo tomamos al frente de mi casa, incursionó por la avenida Centenario y luego entró a una boca de túnel toda oscura. “¿Dónde me he metido?”, me preguntaba. En el carro, la gente, puro hombre, por supuesto, estaba apretujada, ansiosa como yo en llegar al paraíso del sexo en el Callao. Luego de atravesar ese largo túnel y doblar una curva, por fin se vio una especie de explanada en la que se podía apreciar carros estacionados y dos edificaciones a los costados. La más grande El Trocadero y la más pequeña El Botecito. Entramos al primero. Creo que fue “Gordillo” quien pagó la entrada (“Viene conmigo” le dijo al guardián que pareció percatarse que era menor de edad). Adentro era como se puede ver en la portada del libro de Shimabukuru, Viaje a las Cucardas, revestido de luces rojas no tan intensas. Precaución que posiblemente se tomó para cubrir la identidad de las prostitutas y los clientes. Las mujeres que ofrecían sus servicios estaban en la entrada de las puertas. No vi mamacitas como el relato de “Gordillo” prometía. Vi mujeres semidesnudas cuyos rostros y cuerpos me informaban de una vida trajinada en el oficio y hasta avezadas por la mirada que tenían. No me animé con ninguna por temor (las palabras de “Peña” tuvieron un efecto paralizante sobre mí) y porque me sentía intimidado con ellas. Además, con lo ansioso que estaba ya que me había escapado de casa, ninguna erección hizo acto de presencia. Ni Peña ni Gordillo se atendieron con las féminas. Fueron a “sapear”. Nos quedamos un largo rato recorriendo los pasadizos. Luego salimos. Recuerdo, como una especie de alivio, el regreso, atravesando otra vez la boca oscura de ese túnel, para volver a casa. Nunca más me aventuré por la zona. Después, ya de adulto, fui a Las Cucardas, y una noche de sábado recorrí todos los lupanares del Centro de Lima ubicados en los jirones Rufino Torrico, Cailloma y La Colmena (incluido el Grill Tabaris donde una prostituta me alcanzaba una y otra copa de licor cuyo contenido botaba al suelo porque sospechaba que tenía la intención de drogarme). Pero esas impresiones de mi viaje a El Trocadero jamás las olvidé. Fueron parte de mis primeros ardores adolescentes.

 

*Se llama así al contagio por una enfermedad venérea cuya huella quedaba en la punta del pene.

miércoles, 29 de marzo de 2023

MARÍA KODAMA

HA partido María Kodama, la viuda de Borges. Se ha ido no sin dejar testimonios que informan sobre el carácter difícil que ostentó en vida. Uno de ellos es el de Epifanía Uveda, Fanny, la ama de llaves de Borges. Ella ha contado en El señor Borges (2004), libro en coautoría con Alejandro Vaccaro, detalles respecto a su discutible conducta. Vaccaro, biógrafo de Borges, por su parte, anota en Borges. Vida y Literatura (2006) que su matrimonio con el autor de El Aleph fue irregular (se casó con él, a pesar de no haberse divorciado de Elsa Astete, su primera mujer). María Esther Vásquez, amiga entrañable del escritor, relata en Borges. Esplendor y derrota (1996) que la dedicatoria que le hizo Borges en el “Poema de los dones”, incluido en El Hacedor (1960), fue borrada, luego de su muerte, por orden expresa de Kodama, ya en posesión de sus derechos de autor. Lo mismo pasó con la dedicatoria a una jovencita llamada Viviana Aguilar en el poema “Olvidar un sueño”. A Bioy Casares, amigo de toda la vida del escritor argentino, lo llamó “traidor” por haber revelado en su voluminoso Borges (2006) –una transcripción minuciosa de cuarenta años de conversaciones– aspectos personales e íntimos, y otros de apreciación literaria, que ahora sirven a los estudiosos para entenderlo mejor. Del mismo modo, María Kodama detuvo la reedición en francés de las obras completas de Borges en la prestigiosa colección La Pléiade de la Editorial Gallimard. Inmersa en juicios y declaraciones controvertidas, la viuda de Borges se granjeó odios en vida. Y ese celo por el cuidado de su obra hay que entenderlo bajo ese marco: el de la apropiación de la memoria de un escritor del que fue una ocasional discípula. El único biógrafo conocido que la trató con guantes de seda fue Marcos-Ricardo Barnatán en Borges (1995). El escritor Volodia Teitelboim le dedicó un capítulo en Los dos Borges. Vida, sueños y enigmas (2003), en el que consigna los cuidados al escritor en sus últimos momentos de existencia. Emir Rodríguez Monegal le lanza elogios en Borges. Una biografía literaria” (1978). Dice de ella: “Ahora parece inconcebible que Borges pudiera haber viajado alguna vez sin estar custodiado por la sonrisa pálida, la finísima atención, el amor de Antígona que le ofrece en su ancianidad…”. Pero Rodríguez Monegal vivió hasta 1985, poco menos de un año antes de que Borges falleciera y no pudo verla para juzgar su conducta posterior. Miguel de Torre, sobrino de Borges, ni siquiera la menciona en Apuntes de familia. Mis padres, mi tío, mi abuela (2004) (“No me hablen de esa mujer”, le dijo a Ana Prieto de la revista Orsai). Por lo demás, Kodama fue muy criticada y señalada de vivir del brillo borgiano que ella no alcanzó por mérito propio. Ha partido la mujer que en una entrevista interrogada por lo que pasaría con el legado de Borges cuando ella no esté, contestó sonriendo: «Yo pienso vivir doscientos años». Vivió 86, los mismos que Borges, y ha dejado como obra una fundación en la que perenniza el legado literario de su marido. Sera el tiempo, y solo él, el que dicte un veredicto sobre su paso en este plano.

 


viernes, 24 de marzo de 2023

REBELDE SIN PAUSA, UN LIBRO VIAJERO

 

ESTE es el libro de un discípulo y un escritor que selecciona y talla las palabras cuidadosamente. Es una larga entrevista en forma de viaje que cabalga entre la crónica y la biografía, pero, de pronto, en un salto imprevisto, se transforma en un perfil del personaje. Pudo haberse llamado Viaje al mundo interior de Lévano recordando el épico Veinte mil leguas de viaje submarino de Verne, pero el autor prefirió darle un nombre acorde a la vida de su maestro, a lo James Dean, Rebelde sin pausa. Leerlo evoca el libro de memorias de Octavio Paz, Itinerario; El amor posible de Juan Arias, una entrevista a Saramago; y el de Ricardo Setti, Diálogo con Vargas Llosa. Libros hay que recorren la trayectoria vital de un periodista como los de Domingo Tamariz (Memorias de una pasión) o el de Manuel Jesús Orbegozo (Testigo de su tiempo). Este se suma a ellos. Con el escrito por el historiador Porras Barrenechea, El periodismo en el Perú, pueden ser parte de una cartografía mayor. El libro de Moreno alcanza la meseta con los detalles de la entrevista a Haya, contada en otros lugares, por ejemplo, en Cambio de Palabras de César Hildebrandt, y en el del propio Lévano, Diálogos desde la historia. (Lévano allí se hace justicia al remarcar que la entrevista fue hecha al alimón.) De otro lado, la edición. Es una edición muy bien cuidada, a semejanza de las del Fondo Editorial de la Universidad Garcilaso de la Vega, con sobrecubierta e intercalada con fotos al inicio de cada capítulo como si fuera un film. El autor no ha escatimado esfuerzos para estar a la altura del reto que se había echado al hombro durante los dos años que le tomó esbozarlo. Asimismo, el libro del maestro (Diálogos) y el discípulo (Rebelde) forman una compacta unidad, el uno remite al otro. Rebelde sin pausa es un libro trajinado desde un taxi que hace las veces de embarcación recorriendo las estaciones de vida del periodista Lévano. Como el poeta romano Virgilio, Lévano (otro poeta) guía a Moreno (y no al revés) por una ruta donde se topa con periodistas, literatos y compositores como Manuel Acosta Ojeda, su compadre, cuyas anécdotas arrancan carcajadas al lector. Por ello, siendo serio, Rebelde sin pausa no está exento de humor, a menos que se crea, como el Burgos de El nombre de la rosa, que la risa es profana y deba censurarse. Rebelde sin pausa, un libro escrito por un periodista sobre otro periodista y para periodistas.

 

Rebelde sin pausa

Paco Moreno

Ediciones Altazor, 2016

martes, 7 de marzo de 2023

MIMÍ Y LA VIDA CONYUGAL

ESTE libro me recuerda a Mimí. Ella era a los veinte como la musa de Alberto Moravia en La romana: “una verdadera belleza”. Su rostro “tenía un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos rasgados, grandes y dulces, la nariz recta, en una sola línea con la frente, la boca grande con los labios bellos, rojos y carnosos…” y, si se reía, “mostraba unos dientes regulares y muy blancos”. O como la jovencita de El amante de Marguerite Duras, cuya imagen pálida y juvenil adorna la edición de Tusquets. Su mirada tenía los parpados caídos como los de Marilyn Monroe y sus piernas de gacela, el cabello castaño largo y al viento completaban su figura. También era un poco como Lolita de Nabokov porque sabía muy bien que los hombres se derretían por ella, y ella tomaba ventaja de eso. Alguna vez me preguntó: “¿Y cómo es el matrimonio?”. Y yo le respondí: “Ves a tu papá y a tu mamá”. “Sí”, contestó. “Así es”. Todavía no olvido esa tarde cuando estábamos solos en la oficina y me mostró sus largas piernas de mujer. “Mira“, me dijo, mientras se alzaba casi toda la faldita para enseñarme el tatuaje que se había hecho a la altura de la cadera. Tuve que hacer un esfuerzo para no aprisionar esa pierna tentadora, tersa y contorneada, que se ponía a mi alcance. Eso fue un atentado terrorista. No recuerdo anteriormente haber hecho un esfuerzo de contención como ese. Lo hacía a propósito, yo sé. Con los años la he visto como La Maga de Cortázar, libre, desinhibida, con un toque de cortedad cuando algo no le gusta, y calculadora y manipuladora como es. Una vez en el Monarca –un resto-bar ya desaparecido que quedaba en Guzmán Blanco– le confesé una noche a un amigo, arrastrado por el efecto del vino, el cariño que sentía por ella y que este nunca pudo traducirse en algo mayor porque la sentía fría en el tema amoroso como para aventurarme. Me he enamorado apasionadamente de varias mujeres, pero de ella nunca pude. Ni como amor platónico; aunque algunas veces haya arañado esa posibilidad cuando la tenía cerca, siempre me ganaba la racionalidad. No era para mí. La he visto casarse, descasarse, comprometerse, tener hijas, romances furtivos e imperfectos, y vivir aventuras de alcoba que no me toca contar aquí para no traicionar el secreto de la confesión. Nunca me creí que iba a dejar al padre de una de sus hijas, aunque ella jurara y rejurara que lo iba a dejar, que era insoportable y que, a pesar que la buscaba, no lo iba a aceptar. Yo la desmentía y confrontaba la pared de sus dichos con la realidad. Indefectiblemente regresaba una y otra vez con él. Todo se arreglaba en la intimidad y roce de pieles en su cuarto, al fondo de su casa, fuera de Lima (“Allí se encuentra con el hombre”, me decía su mamá). Nunca la he amado, pero pude haberla amado (creo que he plagiado a Neruda). Ahora ella es preceptora de mocosos traviesos en un colegio, está escribiendo una tesis sobre Gianni Rodari, un escritor de cuentos infantiles, y luce delgada, con una transparente madurez que me recuerda la de Lilly Téllez, una senadora mexicana. Este libro de Sergio Pitol que habla del matrimonio, insatisfacciones, amores y desventuras de su protagonista, Jacqueline Cascorro, ha sido un pretexto para escribir sobre Mimí, como una deuda contraída con ella y conmigo mismo por no abrir un sentimiento que me ha costado muchas noches descorchar.

sábado, 18 de febrero de 2023

CRUCE DE PALABRAS

SE PELEA como Georgette, la viuda de Vallejo, lo solía hacer con todos los que se osaban a tomar un poco de la gloria del poeta. Empero, Alfredo Vanini es una persona valiosa, talentosa, cuando el ying y no el exceso de yang gobierna su vida. Por los años noventa, ese interés –autodidacta– por el cine, el arte y la cultura tuvo un espacio en La República. Era usual encontrarse los domingos en el suplemento del diario con una entrevista suya inteligente, acuciosa y bastante bien informada. Alfredo destacaba en un medio tan reducido como es el cultural. De toda la ráfaga de careos que Alfredo perpetró, él ha escogido un puñado para que alcancen cierta inmortalidad en ese artefacto que se resiste a desaparecer y que un día el buen Gutenberg echó a andar por las calles: el libro. No tenemos una tradición de libros de entrevistas destacados. Tenemos el de Hildebrandt (Cambio de palabras), Lévano (Diálogos con la historia) o Rabi (Animales literarios). El de Vanini tiene cierta consistencia, densidad, solo para conocedores. Por otra parte, toda selección es una arbitrariedad. Y Cruce de palabras (Benvenuto Editores, 2016) no es una excepción. De todas las entrevistas (sin ir en desmedro de las otras) la que recordamos con más nitidez (por un defecto de formación) es la hecha a Ricardo Bedoya (en dos entregas). La más destacada quizás sea la dedicada a Ruggiero Romano (pero la de Nelson Manrique, donde el concepto de indio y el racismo son motivos de reflexión, es muy esclarecedora y vigente para el momento actual), siendo la concertada con el arquitecto Enrique Ciriani bastante interesante. Y la más picante, la planteada a la crítica de arte de Le Nouvel Observateur, Catherine David. Vanini las ha dividido acertadamente en nueve estaciones –el número de los círculos de Dante–. Las preguntas colocadas revelan la preocupación del entrevistador por conocer la trayectoria de su entrevistado para así, si se lo puede llamar de esta forma, “embestirlo” bien. Fotografía, literatura, arte y cultura en un libro de formato pequeño que merece ser (re) leído.

miércoles, 26 de octubre de 2022

CARÁCTER DE LA LITERATURA DEL PERÚ INDEPENDIENTE

LA PRESENTÓ a la precoz edad de 20 años. Ni Vargas Llosa, que fue premio Nobel y se graduó en la misma facultad (a los 22, con una tesis sobre Rubén Darío), lo hizo. La tesis del joven Riva Agüero precedió otra que lo consagró cinco años después (La historia en el Perú, 1910). Un esfuerzo de tal magnitud solo lo hemos visto en la tesis de Tomás Escajadillo (La narrativa indigenista: un planteamiento y ocho incisiones, 1971), publicada de manera incompleta en diversas ediciones (La narrativa indigenista peruana, Editorial Mantaro, 1994; La narrativa de López Albújar, CONUP, 1972), y, quizás, en la de Alberto Tauro del Pino, Presencia y definición del indigenismo literario (1940), de muy grata impresión. En el primer caso, en el de Escajadillo, hay que destacar que es sustentada en la Facultad de Letras de San Marcos a los 32 años, y era una tesis de doctorado; mientras en el segundo, también de doctorado, Tauro tenía 26 años (Vargas Llosa se doctora en 1971 con la famosa tesis sobre García Márquez en la Universidad Complutense, García Márquez: Historia de un deicidio; y tenía 35 años en ese momento). En esta tesis, Riva Agüero plantea que la literatura peruana forma parte de la castellana, una propuesta polémica pues niega la posibilidad de una literatura de raigambre propia y que encuentra un símil, en el sentido de lo desafiante, con lo propuesto por Tomás Escajadillo quien afirma que la literatura indigenista peruana empieza con López Albújar y sus Cuentos andinos (1920), a despecho de lo que indica la crítica, esto es, que Clorinda Matto de Turner y su Aves sin nido (1889) es la iniciadora. Luis Loayza, como bien anota Alberto Varillas en el estudio introductorio de esta tercera edición, recuerda que José Carlos Mariátegui, más por razones políticas que por sensibilidad literaria, atacó a Riva Agüero en su ensayo sobre el proceso de la literatura. Mariátegui le adjudicó un sentimiento de “casta” y estimaba que idealizaba y glorificaba la Colonia (7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, Biblioteca Ayacucho, 2007, p. 232). Esta edición publicada por la Universidad Ricardo Palma tiene como novedad reproducir la edición facsimilar de la tesis rivagüeriana de 1905, e incluye en su apéndice los elogios de Miguel de Unamuno y los reconocimientos de un contemporáneo, Francisco García Calderón. El bien informado estudio de Varillas Montenegro y las palabras de presentación de la historiadora Margarita Guerra Martinière, directora del Instituto Riva-Agüero, lo abren, y los comentarios de Unamuno y García Calderón lo cierran.


Carácter de la literatura del Perú independiente

José de la Riva Agüero y Osma

Instituto Riva-Agüero / Universidad Ricardo Palma

2008

viernes, 7 de octubre de 2022

YO Y EL UNIVERSO

MIRABA una foto con la alineación de los planetas desde el África y me hice las preguntas clásicas: ¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos? Me imaginaba a los primeros habitantes de la tierra cuando tuvieron la oportunidad de verla por primera vez y pensaba en el asombro que habrían tenido, en sus temores. ¿Qué pensarían mientras atizaban la fogata o se abrazaban entre ellos? Los antiguos griegos quisieron explicar la mínima unidad que podía tener la materia. Los presocráticos como Demócrito pergeñaron el átomo, después de él, creían, no había división posible de la materia. Qué iban a pensar que luego de dos mil años los físicos, para contradecirlos, encontrarían partículas más pequeñas, subatómicas, que llamarían “cuerdas”. Cuando era niño me imaginaba que podía ser astrónomo (pero también era consciente que era un sueño). Veía encandilado la serie Cosmos y al Voyager que tenía a Carl Sagan como piloto. Me gustaba ver Viaje a las Estrellas con Leonard Nimoy interpretando a Mr. Spock, y me hice fan de La Guerra de las Galaxias. También vi conmovido la ternura de E.T. visitando la Tierra. Me intrigaba el escudo de defensa que los científicos norteamericanos diseñaron para proteger su país de un bombardeo de misiles. Eso fue en el gobierno de Reagan. Por esas fechas se hablaba de la bomba de neutrones que podía desaparecer a poblaciones sin tocar los edificios donde vivían. Simplemente los evaporaban. Todos esos temas de ciencia me atraían. Muchos años después, en la adolescencia, tuve la oportunidad de leer Los sonámbulos de Arthur Koestler. Su lectura disparó mi interés en las estrellas. Me intrigaba el cielo, lo que podía existir en el infinito y recordaba esas historias míticas donde se narraba que en el borde del universo había seres monstruosos que devoraban a quienes caían de él. Todo eso formaba parte de la pre-ciencia cuando la humanidad buscaba respuestas a tantas interrogantes, cuando creía que el universo se encontraba dentro de una caja de esferas o imaginaba que un portentoso Atlas lo cargaba. La imaginación suplía la ignorancia. ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? Son preguntas que se han hecho los filósofos de la ciencia.

 

Hace algunas semanas hubo un eclipse lunar. La Luna se puso roja, del color de marte. La atención desde diferentes partes del planeta se centró en ese pedazo de queso que hay en el cielo. Las noticias informaban como progresivamente iba adquiriendo un color sanguinoliento. Los que practican la astrología decían que era una Luna en Escorpio en retrogrado con Mercurio. Aseguraban que esa característica conducía a la exaltación de nuestras emociones. Yo soy del signo Escorpio y lo que condujo, casi a postrimerías del eclipse, es que le escribiera a una amiga. Le conté un sueño que había tenido con ella la madrugada de ese día. Creo que el eclipse tuvo algo que ver con esa confesión.

 

¿Qué habrá más allá del infinito? ¿Tendrá un límite? ¿Será verdad lo que dice cierta literatura esotérica que las almas migran de planeta en planeta en su proceso de reencarnación y perfeccionamiento? ¿Que este mundo que vivimos es de tránsito? Como Kepler los humanos comunes y corrientes oteamos el universo, miramos las estrellas, las contabilizamos y encontramos la Estrella del Sur o la Osa Menor. Dicen que desde algún confín del espacio miembros de otras civilizaciones nos visitan. Stephen Hawking advirtió que debíamos evitar el contacto con seres extraterrestres, que ese evento sería como el que tuvieron los indígenas con los españoles en la conquista de América, que por su superioridad tecnológica nos aniquilarían. Pero obstinados como somos hemos enviado una sonda con información de la humanidad. Por allí navega en el confín del universo a la espera que alguien nos descubra.

 

Hay películas como El Día de la Independencia (1996) que recrean una exitosa invasión terrestre –que se convierte en fallida gracias al ingenio humano y el uso de la tecnología elemental a la mano (la implantación de un virus informático en la madre nodriza)– y ¡Marcianos al ataque! (1996) que parodian los filmes de ciencia ficción de los años cincuenta. Incluso durante muchos años se popularizó la letra de una pegajosa canción cubana de Rosendo Ruiz Quevedo que la aludía: “Los marcianos llegaron ya. Y llegaron bailando el cha, cha, cha”. Antes, una humorada de un joven Orson Welles en 1938, hizo entrar en pánico a una nación, cuando anunció en tono dramático la llegada de alienígenas. Lo cierto, al parecer, es que no estamos solos en este vasto universo, sino que hay formas de vida que, si nos atenemos a los avistamientos de objetos voladores no identificados, nos visitan de cuando en cuando. Son una especie de antropólogos del espacio que observan nuestras costumbres. De ser correcta esta afirmación, ¿en qué queda la versión de la Biblia que da cuenta que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza? ¿Qué papel cumple E.T. en la creación divina?

 

El telescopio James Webb da respuesta a Lorenzo, el hijo de Florencia, personaje (que es ella misma) de la novela de la escritora mexicana Elena Poniatowska, La piel del cielo: “¿Por qué el ojo no ve más allá? ¿Por qué no abarca un campo mucho mayor?”. Webb es el ojo de la humanidad que otea ahora en el universo. Es la continuidad, según los científicos, del anterior telescopio Hubble, pero con una notable diferencia: da una visión más nítida de las galaxias y abarca un campo visual mucho mayor. Sus primeras imágenes han puesto sobre el tapete la teoría del Big Bang y ha hecho que los astrónomos duden y revisen el origen de todo. ¿Dónde están los límites del universo? ¿Cómo se originó? ¿Es cierto que un punto que hizo explosión y desató miles de millones de galaxias? Webb acaba de enviar a la tierra unas fotos de los anillos de Neptuno. Los astrónomos han quedado asombrados, como hace un mes les pasó cuando vieron como nunca antes a Júpiter. Lorenzo hubiera quedado impresionado con la existencia de Webb, como le pasó al niño Leo Biederman con el avistamiento de un cometa en la película Impacto Profundo (el arribo del Halley en 1986 generó expectativa en el mundo) o como le sucedió a la Dra. Elli Arroway, interpretada por Jodie Foster, obsesionada en establecer comunicación con vida extraterrestre, en otro film, Contacto. Seguro que sí.

 

Tiempo atrás me encontraba con un conocido y le señalaba lo que nos rodeaba alrededor. «Esto un día va a desaparecer», le decía. Recordaba aquella predicción científica que indica que el Sol iba a absorber a la Tierra. Reforzaba ese pesimismo mío el haber leído las profecías de la vidente húngara Baba Vanga. Ella profetiza que la humanidad va a desaparecer en determinada fecha, pero que antes el hombre iba a llegar a los límites del universo y que lo que iba a encontrar lo iba a horrorizar; que una enfermedad, traída de otro planeta en una nave espacial, iba a minar la especie humana pero que se iba a encontrar el remedio; que el comunismo se iba a imponer en tal fecha y que alcanzaremos la inmortalidad. Borges dictaminaba que, al final, lo que queda es el olvido, la nada. Carl Sagan, apuntando a ese puntito azul pálido fotografiado por el Voyager I, donde se han dado nuestros amores y guerras, que es la Tierra, que está allí inerme, sin visos de que alguna ayuda venga del exterior, decía que flotábamos en una mota de polvo. “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”, sentencia un pasaje bíblico. Lo que amamos y odiamos dejará de ser. Por lo pronto, tratemos de vivir una vida plausible y cuando veamos azorados el cielo, como lo hicieron nuestros ancestros, pensemos en los insondables caminos que como humanidad nos queda por recorrer.

lunes, 27 de julio de 2020

VIAJAR EN EL TIEMPO

¿Qué haría si tuviera la posibilidad de viajar en el tiempo? ¿Ayudaría a que Hitler ingresara a la Academia de Artes de Viena en 1908 para que se dedique a la pintura, y así evitar la Segunda Guerra Mundial? ¿Detendría a Arguedas para que no se disparara un balazo en la sien? O, como en el filme Contacto —inspirado en una novela de Carl Sagan—, ¿buscaría a su padre para decirle cuánto lo extrañaba? Viajar en el tiempo ha sido uno de los temas favoritos de la literatura y el cine. Aparece en la novela La máquina del tiempo (1895) de H. G. Wells, en la que se plantea la idea del tiempo como una cuarta dimensión —que luego Einstein abordaría en su teoría de la relatividad especial en 1905—. Luego, en los filmes Volver al futuro (1985), El planeta de los simios (1968) y en Interestelar (2014), cuando el piloto Joseph Cooper atraviesa un agujero de gusano.

–A la velocidad de la luz–

Pero, ¿es posible viajar en el tiempo? Algunos físicos piensan que sí. El astrofísico de la Universidad de Princeton J. Richard Gott sostiene, en Los viajes en el tiempo y el universo de Einstein (2003), que “Einstein nos enseñó cómo hacerlo. Solo tenemos que subirnos a una nave espacial, viajar a una estrella que se halle a una distancia algo inferior a quinientos años luz y regresar a nuestro planeta, moviéndonos en ambos trayectos a una velocidad igual al 99,995 % de la luz. Cuando estemos de vuelta, la Tierra será mil años más vieja, pero nosotros habremos envejecido [solo] diez años”.
Para concretar este y otros proyectos similares —advierte Gott—, se debe enfrentar importantes problemas de ingeniería concernientes al diseño de la nave, su propulsión, su blindaje, entre otras contingencias que incluyen el desarrollo de tecnologías para refrigerar los motores y evitar que estos se fundan. En esa misma línea, se encuentra el afamado matemático austriaco Kurt Gödel, quien, citado por Walter Isaacson, en su biografía de Einstein (Einstein: su vida y su universo, 2007), afirmaba que viajar en el tiempo era coherente con la teoría de la relatividad.

–Regresar al pasado–

Sin embargo, físicos como Michio Kaku expresan sus reparos. En su libro Hiperespacio (1994), Kaku pide que imaginemos el caos que se produciría si todos pudieran viajar al pasado, modificar aspectos sustanciales de su vida y la de los demás, y, con ello, reescribir la historia.
“Consideremos la decisiva victoria de Alejandro Magno sobre los persas, que ayudó a hacer posible el florecimiento de la civilización y la cultura occidental en el mundo durante los mil años siguientes. Pero consideremos lo que sucedería si una pequeña banda de mercenarios armados provistos de pequeños misiles y artillería moderna interviniesen en la batalla (…) Esta intromisión en el pasado paralizaría la expansión de la influencia de Occidente en el mundo”, anota alarmado Kaku.
Viajar en el tiempo implica, pues, connotaciones éticas desconocidas. ¿Y es posible viajar al pasado? Paradójicamente, fue Einstein, comenta Isaacson, quien dio a entender “que por más que los viajes en el tiempo pudieran ser matemáticamente concebibles, puede que no resultaran posibles en la realidad”. Empero, Brian Greene, profesor de Física de la Universidad de Columbia, en El tejido del cosmos (2004), sostiene que la negativa de los científicos debe ser matizada “porque nadie ha demostrado que las leyes de la física descarten el viaje dirigido al pasado”.
Ron Mallett, un astrofísico de la Universidad de Connecticut, dedica sus esfuerzos en construir una máquina que lo regrese a 1955 para reencontrarse con su padre (muerto por un ataque cardíaco) y quizá salvarle la vida.
Viajar al pasado o al futuro, a través de una curvatura en el espacio-tiempo o una máquina, responde, al parecer, a la tendencia humana de querer manipular los acontecimientos. La curiosidad del hombre es infinita. Tal vez cuando tengamos la oportunidad de explorar el futuro, sepamos realmente si fue conveniente o no. Solo allí lo sabremos.

Publicado en el suplemento Dominical de El Comercio el 18 de febrero del 2020





miércoles, 22 de julio de 2020

INTELIGENCIA EN JUEGO: EL HOMBRE CONTRA LA MÁQUINA

Cuando el árbitro alemán Lothar Schmid le comunicó que su rival, el soviético Boris Spaski, había desistido por teléfono en continuar la partida, Bobby Fischer, el chico terrible de Brooklyn, supo que se había coronado en Reikiavik (Islandia), como el undécimo campeón de ajedrez del mundo.

Era 1972 —tiempos de la Guerra Fría— y la Unión Soviética sostenía que su supremacía en el juego inventado, probablemente, en la India, se debía a la superioridad de su ideología. 

El “duelo del siglo”, como lo llamaron los periodistas de la época, entre Fischer —la esperanza americana para ganar el título— y el ruso Spaski, contó con algunos hechos inusitados: la llamada del secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, conminando a Fischer a que no abandonara el juego; y las actitudes veleidosas y estridentes del propio retador, que ocasionaron que el Washington Post dijera: “Fischer se ha granjeado la antipatía de millones de entusiastas del ajedrez de todo el mundo”. (Así lo recuerdan los periodistas David Edmonds y John Eidinow en Bobby Fischer se fue a la guerra, de 2006, uno de los pocos libros que describe los pormenores de aquella memorable partida).

El desistimiento de Spaski, el 1 de setiembre de 1972, puso punto final a una era. Sin embargo, el reinado de Fischer duró tan solo tres años. En 1975, ante su renuencia por defender el título, Anatoli Karpov, un joven de 23 años, se erigió como el nuevo rey. Frío y calculador, el juego de Karpov era comparado al de una máquina. Empero, sería su sucesor, Gari Kasparov, quien se enfrentaría a una verdadera. Con Kasparov y Deep Blue empezaría, pues, un nuevo episodio en los duelos del ajedrez.

—El hombre contra la máquina—
Al mundo entero se le erizaron los pelos en 1997, cuando el campeón mundial de ajedrez Gari Kasparov fue derrotado por Deep Blue II, una computadora programada por humanos para enfrentarlo. La derrota de Kasparov encendió las alarmas y retrotrajo los peores pensamientos hacia el recuerdo de Skynet, la inteligencia artificial de la película Terminator 2, que toma el control del arsenal militar estadounidense y somete a la humanidad. ¿Era posible que una máquina superara al hombre? Sí, ya era posible, Deep Blue II lo había demostrado. Aunque Kasparov arguyó que por la calidad de los movimientos de su contendora, era posible que una mano humana estuviera detrás —tópico explorado en su libro Deep thinking (2017)—, eso nunca fue probado. Más bien, quedó la evidencia de que el ser humano podía ser sobrepasado por una máquina. ¿El comienzo del fin?

Deep Blue II, una creación de IBM, era un superordenador de dos metros de alto y media tonelada de peso. Podía procesar la desorbitante cifra de 200 millones de posiciones por segundo. Ese era el rival que Kasparov tuvo al frente. La máquina derrotó al campeón por un dos a uno, siendo la primera partida la que más llamó la atención cuando Deep Blue II realizó una jugada con una torre que desconcertó a Kasparov, y lo obligó a pasar una mala noche. Se creyó, por un instante, que la computadora había generado una jugada creativa que solo la mente humana podía hacer (después se supo que había sido un fallo de programación). Tras esto, el siguiente paso ya estaba trazado: el duelo entre máquinas por la hegemonía en el ajedrez.

—AlphaZero—
El desarrollo seguido desde que Deep Blue II derrotó a su oponente humano ha rebasado todo límite. Máquina que se respete juega ahora con una de su categoría. Desde hace unos años, los mejores exponentes en el mundo artificial se enfrentan por el dominio mundial en un campeonato llamado TCEC (Top Chess Engine Championship). 

Ni el actual campeón Magnus Carlsen —considerado por el gran maestro español Miguel Illescas, un “híbrido entre hombre y maquina”— puede competir con AlphaZero, el nuevo Godzilla del tablero.

AlphaZero es una máquina desarrollada por DeepMind, una dependencia de Google enfocada en la inteligencia artificial. A diferencia de sus antecesoras, a AlphaZero solo le han indicado las reglas para que ella sola, en cuestión de cuatro horas, conociera millones de partidas y, lo más impresionante, jugase contra sí misma para perfeccionar su juego. 

A fines de 2017, enfrentó a Stockfish, un potente motor ajedrecístico y lo apabulló. De cien partidas concertadas, le ganó 28 y las restantes 72 fueron empates. Los humanos quedaron atrás en esta lucha. Pero no tanto. El humano también aprende. Por ejemplo, el nuevo estilo del vigente campeón Magnus Carlsen, de acuerdo a las últimas informaciones, está inspirado en el juego agresivo de AlphaZero. 

Mientras tanto, el mundo ve con ansiedad la posibilidad no tan remota de que una máquina provista de inteligencia artificial le pueda hacer un ‘mate’. Una probabilidad bastante estremecedora.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 25 de agosto del 2019

martes, 21 de julio de 2020

LA COLONIZACIÓN DE MARTE

EN 1865, Julio Verne en su novela De la Tierra a la Luna proyectaba al hombre pisando el suelo lunar. En 1902, Georges Méliès adaptaría la novela de Verne al cine para popularizar la idea. Pero pasarían 104 años para que esa visión del escritor francés fuerarealizada por Neil Armstrong, cuando su nave, el Apolo 11, descendió el 20 de julio de 1969 en el mar de la Tranquilidad. Desde entonces, la humanidad no vería los confines del infinito como algo inalcanzable, sino como un reto a conquistar.
En 1950, el escritor estadounidense Ray Bradbury había visto, como Verne, otra meta para el hombre: Marte. Lo atisbó desde Crónicas marcianas, apasionantes relatos en los que los colonos terrícolas trataban de reproducir las condiciones de vida terrestre en el planeta rojo. Estos terrícolas huían de la destrucción debido a la acción de la mano humana. (Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).

–La continuidad de la especie–
Pero colonizar Marte no es fácil. El físico Michio Kaku anota en su libro El futuro de la humanidad (2018) que tocar la Luna le costó al programa Apolo solo tres días; en cambio, posarse en Marte tomaría nueve largos meses. Esto no incluye lo que viene después, la complicada adaptación al medioambiente marciano: Marte tiene una delgada capa atmosférica que permite el ingreso de la radiación solar y una temperatura de -140 ºC.
La idea, para el físico e inversionista Elon Musk, dueño de la empresa de transporte aeroespacial SpaceX, que ha fabricado los cohetes Falcon y Falcon Heavy —este último reutilizable— es colonizar y hacer habitable de cualquier forma Marte.

Colonizar se ha vuelto una prioridad para la humanidad porque los recursos de la Tierra se agotan y estamos expuestos a contingencias —como la posibilidad de que un asteroide golpee el planeta y seamos arrastrados a un evento ligado a la extinción como en el filme Impacto profundo (1998)—. Ya Stephen Hawking había advertido que el hombre estaba obligado a salir de la órbita terrestre si deseaba sobrevivir. E, incluso, le puso un plazo: dentro de los próximos cien años. Musk ofrece la idea de llegar a Marte, para garantizar —como en los cuentos de Bradbury— la continuación de la humanidad. La colonización del planeta rojo, para el dueño de SpaceX, deberá concretarse alrededor de 2050, con la primera ciudad humana autosuficiente en suelo marciano. ¿El propósito? Crear un asentamiento permanente.

–Reto multiplanetario–
El plan es alcanzar de nuevo la Luna, y desde allí propulsarse a Marte, planeta que reúne las condiciones mínimas (agua, por ejemplo) para ser el nuevo hogar de la humanidad. ¿Qué gobiernos están involucrados en esto? Estados Unidos, Rusia, China y en menor proporción Japón. Elon Musk –un empresario privado– les hace la competencia.

El costo del viaje a Marte bordearía los 10.000 millones de dólares. Toda una ganga si se trata de escapar de la extinción. Pero Musk ha prometido que podría bajar con el tiempo el precio a 200.000 dólares por persona (ida y vuelta).

Aquí es importante recordar las palabras del científico ruso Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la cosmonáutica: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede permanecer en la cuna para siempre”. Con ella avisó que debíamos ir más allá de nuestros horizontes.

Ahora el reto es multiplanetario. Ya no se trata solo de alcanzar Marte, sino de extenderse por el sistema solar. Para el doctor en Ciencias Físicas Fernando J. Ballesteros, en La colonización espacial (2017), “queda por evaluar las posibilidades de establecerse en los gigantes gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno)”.

Por el momento, hay que quemar etapas. La conquista de las montañas y arenas rojas de Marte está en camino (Rusia anuncia los preparativos de su nave Argo y Elon Musk habla de Starship, una nave que, según él, será capaz de transportar a cien personas hasta el planeta rojo). Allí, si no media ningún obstáculo insalvable, estaremos pronto.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 01 de diciembre del 2019



EL GEN INMORTAL

EL MISMO Richard Dawkins consideró que el título podría ocasionar malos entendidos. El gen egoísta no es egoísta, al menos no totalmente. Dawkins es un etólogo inglés, biólogo y divulgador científico que, en 1976, publicó una de sus obras más populares. La tituló El gen egoísta, aunque después se arrepentiría, como advirtió en el prólogo de la segunda edición, pues la hubiera preferido llamar ‘El gen inmortal’, descripción más ajustada a lo que había querido decir. 
El libro propone que somos máquinas vivientes de transportar genes que buscan perpetuarse. Es una aplicación de la teoría de la evolución darwiniana en la biología. Dawkins lo dice en su prefacio para la edición de 1989: “La teoría del gen egoísta es la teoría de Darwin, expresada de una manera que Darwin no eligió pero que me gustaría pensar que él habría aprobado y le habría encantado”. Su foco de estudio —en el que concentró sus esfuerzos y se hizo original— fue el gen que puede hacer copias de sí mismo, replicarse.

—El replicador—
Retrocedamos, para explicar esto, tres o cuatro mil millones de años, cuando todo era un ‘caldo de cultivo’ compuesto de agua, dióxido de carbono, metano y amoniaco. En algún punto del proceso, se formó —según Dawkins— “una molécula especialmente notable”. La llamó el ‘replicador’. Esta se multiplicó, se asoció con otras moléculas afines, compitió y eliminó otras. Para preservarse, termina de explicar Dawkins, “los replicadores empezaron no solamente a existir, sino también a construirse, para ser utilizados por ellos mismos, verdaderos recipientes, vehículos para continuar existiendo. Los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas”. Es decir, nosotros y las demás especies vivientes.

Para discutir estas ideas, le salió al frente Stephen Jay Gould, biólogo evolucionista, además de paleontólogo. Gould consideraba, a diferencia de Dawkins, que los organismos —las máquinas vivientes—, más que los genes, eran los que importaban. O sea, al revés de lo que sostenía Dawkins.

Ambos, Dawkins y Jay Gould, tenían diferencias respecto a su comprensión de la evolución: el segundo creía en la teoría que había concebido, la del equilibrio interrumpido; esto es, en la ramificación de las especies luego de un periodo de estabilidad y extinción. El primero, en cambio, más propenso a la adaptación y continuidad de estas, la negaba. Este duelo entre los seguidores de Darwin daría forma, posteriormente, al libro de Kim Sterelny, Dawkins vs. Gould (2007).

—El altruismo—
Dawkins deja en El gen egoísta poco margen de maniobra al altruismo. Entiende el sacrificio de unos pocos por los más, como un acto en sí de egoísmo para que los genes se sigan perpetuando. No obstante, desliza un hálito de esperanza. Al final del capítulo 11 dice: “Tenemos la capacidad de desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento… Incluso podemos discurrir medios para cultivar y fomentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado: algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que no ha existido en toda la historia del mundo”.

Han pasado 43 años de su publicación y su impacto todavía se siente entre los iniciados. Uno de ellos, la psicóloga británica Susan Blackmore, en La máquina de los memes (1999), desarrolla el concepto de meme, que lanzó Dawkins en su libro.

—El meme de Dawkins—
Sí, este término tan popular hoy fue un aporte de Dawkins. Apareció en El gen egoísta para explicar la transferencia de información que reside en el cerebro de un individuo a otro. Esto es, la cultura, la cual sigue el proceso de evolución como los genes, pero con muchas más variaciones. 

“Necesitamos un nombre para el nuevo replicador, un sustantivo que conlleve la idea de unidad de transmisión cultural, o una unidad de imitación. Mimeme se deriva de una apropiada raíz griega, pero deseo un monosílabo que suene algo parecido a gen. Espero que mis amigos clasicistas me perdonen si abrevio mimeme y dejo meme”, escribió. 

Dawkins publicó otros libros como El fenotipo extendido (1982), El relojero ciego (1986) —en el que discute la teoría evolucionista de Gould y la del diseño inteligente planteada por los creacionistas— y El espejismo de Dios (2006); pero ninguno tuvo la trascendencia de El gen egoísta. Es de esos libros que marcan la conciencia. Inolvidable.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 7 de julio del 2019

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...