ESTE libro me recuerda a Mimí. Ella era a los veinte como la musa de Alberto Moravia en La romana: “una verdadera belleza”. Su rostro “tenía un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos rasgados, grandes y dulces, la nariz recta, en una sola línea con la frente, la boca grande con los labios bellos, rojos y carnosos…” y, si se reía, “mostraba unos dientes regulares y muy blancos”. O como la jovencita de El amante de Marguerite Duras, cuya imagen pálida y juvenil adorna la edición de Tusquets. Su mirada tenía los parpados caídos como los de Marilyn Monroe y sus piernas de gacela, el cabello castaño largo y al viento completaban su figura. También era un poco como Lolita de Nabokov porque sabía muy bien que los hombres se derretían por ella, y ella tomaba ventaja de eso. Alguna vez me preguntó: “¿Y cómo es el matrimonio?”. Y yo le respondí: “Ves a tu papá y a tu mamá”. “Sí”, contestó. “Así es”. Todavía no olvido esa tarde cuando estábamos solos en la oficina y me mostró sus largas piernas de mujer. “Mira“, me dijo, mientras se alzaba casi toda la faldita para enseñarme el tatuaje que se había hecho a la altura de la cadera. Tuve que hacer un esfuerzo para no aprisionar esa pierna tentadora, tersa y contorneada, que se ponía a mi alcance. Eso fue un atentado terrorista. No recuerdo anteriormente haber hecho un esfuerzo de contención como ese. Lo hacía a propósito, yo sé. Con los años la he visto como La Maga de Cortázar, libre, desinhibida, con un toque de cortedad cuando algo no le gusta, y calculadora y manipuladora como es. Una vez en el Monarca –un resto-bar ya desaparecido que quedaba en Guzmán Blanco– le confesé una noche a un amigo, arrastrado por el efecto del vino, el cariño que sentía por ella y que este nunca pudo traducirse en algo mayor porque la sentía fría en el tema amoroso como para aventurarme. Me he enamorado apasionadamente de varias mujeres, pero de ella nunca pude. Ni como amor platónico; aunque algunas veces haya arañado esa posibilidad cuando la tenía cerca, siempre me ganaba la racionalidad. No era para mí. La he visto casarse, descasarse, comprometerse, tener hijas, romances furtivos e imperfectos, y vivir aventuras de alcoba que no me toca contar aquí para no traicionar el secreto de la confesión. Nunca me creí que iba a dejar al padre de una de sus hijas, aunque ella jurara y rejurara que lo iba a dejar, que era insoportable y que, a pesar que la buscaba, no lo iba a aceptar. Yo la desmentía y confrontaba la pared de sus dichos con la realidad. Indefectiblemente regresaba una y otra vez con él. Todo se arreglaba en la intimidad y roce de pieles en su cuarto, al fondo de su casa, fuera de Lima (“Allí se encuentra con el hombre”, me decía su mamá). Nunca la he amado, pero pude haberla amado (creo que he plagiado a Neruda). Ahora ella es preceptora de mocosos traviesos en un colegio, está escribiendo una tesis sobre Gianni Rodari, un escritor de cuentos infantiles, y luce delgada, con una transparente madurez que me recuerda la de Lilly Téllez, una senadora mexicana. Este libro de Sergio Pitol que habla del matrimonio, insatisfacciones, amores y desventuras de su protagonista, Jacqueline Cascorro, ha sido un pretexto para escribir sobre Mimí, como una deuda contraída con ella y conmigo mismo por no abrir un sentimiento que me ha costado muchas noches descorchar.
martes, 7 de marzo de 2023
sábado, 18 de febrero de 2023
CRUCE DE PALABRAS
SE PELEA como Georgette, la viuda de Vallejo, lo solía hacer con todos los que se osaban a tomar un poco de la gloria del poeta. Empero, Alfredo Vanini es una persona valiosa, talentosa, cuando el ying y no el exceso de yang gobierna su vida. Por los años noventa, ese interés –autodidacta– por el cine, el arte y la cultura tuvo un espacio en La República. Era usual encontrarse los domingos en el suplemento del diario con una entrevista suya inteligente, acuciosa y bastante bien informada. Alfredo destacaba en un medio tan reducido como es el cultural. De toda la ráfaga de careos que Alfredo perpetró, él ha escogido un puñado para que alcancen cierta inmortalidad en ese artefacto que se resiste a desaparecer y que un día el buen Gutenberg echó a andar por las calles: el libro. No tenemos una tradición de libros de entrevistas destacados. Tenemos el de Hildebrandt (Cambio de palabras), Lévano (Diálogos con la historia) o Rabi (Animales literarios). El de Vanini tiene cierta consistencia, densidad, solo para conocedores. Por otra parte, toda selección es una arbitrariedad. Y Cruce de palabras (Benvenuto Editores, 2016) no es una excepción. De todas las entrevistas (sin ir en desmedro de las otras) la que recordamos con más nitidez (por un defecto de formación) es la hecha a Ricardo Bedoya (en dos entregas). La más destacada quizás sea la dedicada a Ruggiero Romano (pero la de Nelson Manrique, donde el concepto de indio y el racismo son motivos de reflexión, es muy esclarecedora y vigente para el momento actual), siendo la concertada con el arquitecto Enrique Ciriani bastante interesante. Y la más picante, la planteada a la crítica de arte de Le Nouvel Observateur, Catherine David. Vanini las ha dividido acertadamente en nueve estaciones –el número de los círculos de Dante–. Las preguntas colocadas revelan la preocupación del entrevistador por conocer la trayectoria de su entrevistado para así, si se lo puede llamar de esta forma, “embestirlo” bien. Fotografía, literatura, arte y cultura en un libro de formato pequeño que merece ser (re) leído.
miércoles, 26 de octubre de 2022
CARÁCTER DE LA LITERATURA DEL PERÚ INDEPENDIENTE
LA PRESENTÓ a la precoz edad de 20
años. Ni Vargas Llosa, que fue premio Nobel y se graduó en la misma facultad (a
los 22, con una tesis sobre Rubén Darío), lo hizo. La tesis del joven Riva
Agüero precedió otra que lo consagró cinco años después (La historia en el Perú, 1910). Un esfuerzo de tal magnitud solo lo
hemos visto en la tesis de Tomás Escajadillo (La narrativa indigenista: un planteamiento y ocho incisiones,
1971), publicada de manera incompleta en diversas ediciones (La narrativa indigenista peruana,
Editorial Mantaro, 1994; La narrativa de
López Albújar, CONUP, 1972), y, quizás, en la de Alberto Tauro del Pino, Presencia y definición del indigenismo
literario (1940), de muy grata impresión. En el primer caso, en el de
Escajadillo, hay que destacar que es sustentada en la Facultad de Letras de San
Marcos a los 32 años, y era una tesis de doctorado; mientras en el segundo,
también de doctorado, Tauro tenía 26 años (Vargas Llosa se doctora en 1971 con
la famosa tesis sobre García Márquez en la Universidad Complutense, García Márquez: Historia de un deicidio;
y tenía 35 años en ese momento). En esta tesis, Riva Agüero plantea que la
literatura peruana forma parte de la castellana, una propuesta polémica pues
niega la posibilidad de una literatura de raigambre propia y que encuentra un
símil, en el sentido de lo desafiante, con lo propuesto por Tomás Escajadillo
quien afirma que la literatura indigenista peruana empieza con López Albújar y
sus Cuentos andinos (1920), a
despecho de lo que indica la crítica, esto es, que Clorinda Matto de Turner y
su Aves sin nido (1889) es la iniciadora. Luis Loayza, como bien anota Alberto
Varillas en el estudio introductorio de esta tercera edición, recuerda que José
Carlos Mariátegui, más por razones políticas que por sensibilidad literaria,
atacó a Riva Agüero en su ensayo sobre el proceso de la literatura. Mariátegui
le adjudicó un sentimiento de “casta” y estimaba que idealizaba y glorificaba
la Colonia (7 ensayos de interpretación
de la realidad peruana, Biblioteca Ayacucho, 2007, p. 232). Esta edición publicada
por la Universidad Ricardo Palma tiene como novedad reproducir la edición
facsimilar de la tesis rivagüeriana de 1905, e incluye en su apéndice los
elogios de Miguel de Unamuno y los reconocimientos de un contemporáneo,
Francisco García Calderón. El bien informado estudio de Varillas Montenegro y
las palabras de presentación de la historiadora Margarita Guerra Martinière,
directora del Instituto Riva-Agüero, lo abren, y los comentarios de Unamuno y
García Calderón lo cierran.
Carácter de la literatura del Perú independiente
José de la Riva Agüero y Osma
Instituto Riva-Agüero / Universidad Ricardo Palma
2008
viernes, 7 de octubre de 2022
YO Y EL UNIVERSO
MIRABA una foto con la alineación de los planetas desde el África y me hice las preguntas clásicas: ¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos? Me imaginaba a los primeros habitantes de la tierra cuando tuvieron la oportunidad de verla por primera vez y pensaba en el asombro que habrían tenido, en sus temores. ¿Qué pensarían mientras atizaban la fogata o se abrazaban entre ellos? Los antiguos griegos quisieron explicar la mínima unidad que podía tener la materia. Los presocráticos como Demócrito pergeñaron el átomo, después de él, creían, no había división posible de la materia. Qué iban a pensar que luego de dos mil años los físicos, para contradecirlos, encontrarían partículas más pequeñas, subatómicas, que llamarían “cuerdas”. Cuando era niño me imaginaba que podía ser astrónomo (pero también era consciente que era un sueño). Veía encandilado la serie Cosmos y al Voyager que tenía a Carl Sagan como piloto. Me gustaba ver Viaje a las Estrellas con Leonard Nimoy interpretando a Mr. Spock, y me hice fan de La Guerra de las Galaxias. También vi conmovido la ternura de E.T. visitando la Tierra. Me intrigaba el escudo de defensa que los científicos norteamericanos diseñaron para proteger su país de un bombardeo de misiles. Eso fue en el gobierno de Reagan. Por esas fechas se hablaba de la bomba de neutrones que podía desaparecer a poblaciones sin tocar los edificios donde vivían. Simplemente los evaporaban. Todos esos temas de ciencia me atraían. Muchos años después, en la adolescencia, tuve la oportunidad de leer Los sonámbulos de Arthur Koestler. Su lectura disparó mi interés en las estrellas. Me intrigaba el cielo, lo que podía existir en el infinito y recordaba esas historias míticas donde se narraba que en el borde del universo había seres monstruosos que devoraban a quienes caían de él. Todo eso formaba parte de la pre-ciencia cuando la humanidad buscaba respuestas a tantas interrogantes, cuando creía que el universo se encontraba dentro de una caja de esferas o imaginaba que un portentoso Atlas lo cargaba. La imaginación suplía la ignorancia. ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? Son preguntas que se han hecho los filósofos de la ciencia.
Hace algunas semanas hubo un eclipse lunar. La Luna se
puso roja, del color de marte. La atención desde diferentes partes del planeta
se centró en ese pedazo de queso que hay en el cielo. Las noticias informaban
como progresivamente iba adquiriendo un color sanguinoliento. Los que practican
la astrología decían que era una Luna en Escorpio en retrogrado con Mercurio. Aseguraban
que esa característica conducía a la exaltación de nuestras emociones. Yo soy
del signo Escorpio y lo que condujo, casi a postrimerías del eclipse, es que le
escribiera a una amiga. Le conté un sueño que había tenido con ella la
madrugada de ese día. Creo que el eclipse tuvo algo que ver con esa confesión.
¿Qué habrá más allá del infinito? ¿Tendrá un límite? ¿Será
verdad lo que dice cierta literatura esotérica que las almas migran de planeta
en planeta en su proceso de reencarnación y perfeccionamiento? ¿Que este mundo
que vivimos es de tránsito? Como Kepler los humanos comunes y corrientes
oteamos el universo, miramos las estrellas, las contabilizamos y encontramos la
Estrella del Sur o la Osa Menor. Dicen que desde algún confín del espacio miembros
de otras civilizaciones nos visitan. Stephen Hawking advirtió que debíamos
evitar el contacto con seres extraterrestres, que ese evento sería como el que
tuvieron los indígenas con los españoles en la conquista de América, que por su
superioridad tecnológica nos aniquilarían. Pero obstinados como somos hemos
enviado una sonda con información de la humanidad. Por allí navega en el confín
del universo a la espera que alguien nos descubra.
Hay películas como El
Día de la Independencia (1996) que recrean una exitosa invasión terrestre –que se convierte en fallida gracias al ingenio humano y el uso de la tecnología
elemental a la mano (la implantación de un virus informático en la madre
nodriza)– y ¡Marcianos al ataque!
(1996) que parodian los filmes de ciencia ficción de los años cincuenta.
Incluso durante muchos años se popularizó la letra de una pegajosa canción cubana
de Rosendo Ruiz Quevedo que la aludía: “Los marcianos llegaron ya. Y llegaron
bailando el cha, cha, cha”. Antes, una humorada de un joven Orson Welles en
1938, hizo entrar en pánico a una nación, cuando anunció en tono dramático la
llegada de alienígenas. Lo cierto, al parecer, es que no estamos solos en este vasto
universo, sino que hay formas de vida que, si nos atenemos a los avistamientos
de objetos voladores no identificados, nos visitan de cuando en cuando. Son una
especie de antropólogos del espacio que observan nuestras costumbres. De ser
correcta esta afirmación, ¿en qué queda la versión de la Biblia que da cuenta
que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza? ¿Qué papel cumple E.T. en la
creación divina?
El telescopio James Webb da respuesta a Lorenzo, el
hijo de Florencia, personaje (que es ella misma) de la novela de la escritora
mexicana Elena Poniatowska, La piel del
cielo: “¿Por qué el ojo no ve más allá? ¿Por qué no abarca un campo mucho
mayor?”. Webb es el ojo de la humanidad que otea ahora en el universo. Es la
continuidad, según los científicos, del anterior telescopio Hubble, pero con
una notable diferencia: da una visión más nítida de las galaxias y abarca un
campo visual mucho mayor. Sus primeras imágenes han puesto sobre el tapete la
teoría del Big Bang y ha hecho que los astrónomos duden y revisen el origen de
todo. ¿Dónde están los límites del universo? ¿Cómo se originó? ¿Es cierto que
un punto que hizo explosión y desató miles de millones de galaxias? Webb acaba
de enviar a la tierra unas fotos de los anillos de Neptuno. Los astrónomos han
quedado asombrados, como hace un mes les pasó cuando vieron como nunca antes a
Júpiter. Lorenzo hubiera quedado impresionado con la existencia de Webb, como
le pasó al niño Leo Biederman con el avistamiento de un cometa en la película Impacto Profundo (el arribo del Halley
en 1986 generó expectativa en el mundo) o como le sucedió a la Dra. Elli
Arroway, interpretada por Jodie Foster, obsesionada en establecer comunicación
con vida extraterrestre, en otro film, Contacto.
Seguro que sí.
Tiempo atrás me encontraba con un conocido y le señalaba lo que nos rodeaba alrededor. «Esto un día va a desaparecer», le decía. Recordaba aquella predicción científica que indica que el Sol iba a absorber a la Tierra. Reforzaba ese pesimismo mío el haber leído las profecías de la vidente húngara Baba Vanga. Ella profetiza que la humanidad va a desaparecer en determinada fecha, pero que antes el hombre iba a llegar a los límites del universo y que lo que iba a encontrar lo iba a horrorizar; que una enfermedad, traída de otro planeta en una nave espacial, iba a minar la especie humana pero que se iba a encontrar el remedio; que el comunismo se iba a imponer en tal fecha y que alcanzaremos la inmortalidad. Borges dictaminaba que, al final, lo que queda es el olvido, la nada. Carl Sagan, apuntando a ese puntito azul pálido fotografiado por el Voyager I, donde se han dado nuestros amores y guerras, que es la Tierra, que está allí inerme, sin visos de que alguna ayuda venga del exterior, decía que flotábamos en una mota de polvo. “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”, sentencia un pasaje bíblico. Lo que amamos y odiamos dejará de ser. Por lo pronto, tratemos de vivir una vida plausible y cuando veamos azorados el cielo, como lo hicieron nuestros ancestros, pensemos en los insondables caminos que como humanidad nos queda por recorrer.
lunes, 27 de julio de 2020
VIAJAR EN EL TIEMPO
miércoles, 22 de julio de 2020
INTELIGENCIA EN JUEGO: EL HOMBRE CONTRA LA MÁQUINA
Cuando
el árbitro alemán Lothar Schmid le comunicó que
su rival, el soviético Boris Spaski, había
desistido por teléfono en continuar la partida, Bobby
Fischer, el chico terrible de Brooklyn, supo que se había coronado
en Reikiavik (Islandia), como el undécimo campeón de ajedrez del mundo.Al mundo entero se le erizaron los pelos en 1997, cuando el campeón mundial de ajedrez Gari Kasparov fue derrotado por Deep Blue II, una computadora programada por humanos para enfrentarlo. La derrota de Kasparov encendió las alarmas y retrotrajo los peores pensamientos hacia el recuerdo de Skynet, la inteligencia artificial de la película Terminator 2, que toma el control del arsenal militar estadounidense y somete a la humanidad. ¿Era posible que una máquina superara al hombre? Sí, ya era posible, Deep Blue II lo había demostrado. Aunque Kasparov arguyó que por la calidad de los movimientos de su contendora, era posible que una mano humana estuviera detrás —tópico explorado en su libro Deep thinking (2017)—, eso nunca fue probado. Más bien, quedó la evidencia de que el ser humano podía ser sobrepasado por una máquina. ¿El comienzo del fin?
El desarrollo seguido desde que Deep Blue II derrotó a su oponente humano ha rebasado todo límite. Máquina que se respete juega ahora con una de su categoría. Desde hace unos años, los mejores exponentes en el mundo artificial se enfrentan por el dominio mundial en un campeonato llamado TCEC (Top Chess Engine Championship).
martes, 21 de julio de 2020
LA COLONIZACIÓN DE MARTE
EN 1865, Julio Verne en su novela De la Tierra a la Luna
proyectaba al hombre pisando el suelo lunar. En 1902, Georges Méliès adaptaría
la novela de Verne al cine para popularizar la idea. Pero pasarían 104 años
para que esa visión del escritor francés fuerarealizada por Neil Armstrong,
cuando su nave, el Apolo 11, descendió el 20 de julio de 1969 en el mar de la
Tranquilidad. Desde entonces, la humanidad no vería los confines del infinito
como algo inalcanzable, sino como un reto a conquistar.Publicado en El Dominical de El Comercio el 01 de diciembre del 2019

EL GEN INMORTAL
Retrocedamos, para explicar esto, tres o cuatro mil millones de años, cuando todo era un ‘caldo de cultivo’ compuesto de agua, dióxido de carbono, metano y amoniaco. En algún punto del proceso, se formó —según Dawkins— “una molécula especialmente notable”. La llamó el ‘replicador’. Esta se multiplicó, se asoció con otras moléculas afines, compitió y eliminó otras. Para preservarse, termina de explicar Dawkins, “los replicadores empezaron no solamente a existir, sino también a construirse, para ser utilizados por ellos mismos, verdaderos recipientes, vehículos para continuar existiendo. Los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas”. Es decir, nosotros y las demás especies vivientes.
Dawkins deja en El gen egoísta poco margen de maniobra al altruismo. Entiende el sacrificio de unos pocos por los más, como un acto en sí de egoísmo para que los genes se sigan perpetuando. No obstante, desliza un hálito de esperanza. Al final del capítulo 11 dice: “Tenemos la capacidad de desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento… Incluso podemos discurrir medios para cultivar y fomentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado: algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que no ha existido en toda la historia del mundo”.
Sí, este término tan popular hoy fue un aporte de Dawkins. Apareció en El gen egoísta para explicar la transferencia de información que reside en el cerebro de un individuo a otro. Esto es, la cultura, la cual sigue el proceso de evolución como los genes, pero con muchas más variaciones.
viernes, 22 de febrero de 2019
DOS ENFOQUES SOBRE LIMA A PARTIR DE DOS TEXTOS CANÓNICOS
«El criollismo es más aún. Es viveza
criolla. Hay una palabra que expresa mejor, más gráficamente, este “valor”,
inscrito en la singular tabla axiológica del criollo. ¿Qué es esa viveza? Un
mixtión, en principio, de inescrupulosidad, y cinismo. Por eso es en la
política donde se aprecia mejor este atributo». La contundencia de este
enunciado condice con el contenido general de un texto que opta por la franca
denuncia sin ambages, decididamente confrontacional, provocador desde su mismo
título: Lima la horrible (1964).jueves, 21 de febrero de 2019
EL UNIVERSO DISTÓPICO DE RAY BRADBURY EN CRÓNICAS MARCIANAS
DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO
LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...
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FUE PINTADO en los años ochenta cuando los grupos de izquierda en San Marcos tenían la hegemonía política en el campus universitario. Exacta...
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