martes, 7 de marzo de 2023

MIMÍ Y LA VIDA CONYUGAL

ESTE libro me recuerda a Mimí. Ella era a los veinte como la musa de Alberto Moravia en La romana: “una verdadera belleza”. Su rostro “tenía un óvalo perfecto, estrecho en las sienes y un poco ancho abajo, los ojos rasgados, grandes y dulces, la nariz recta, en una sola línea con la frente, la boca grande con los labios bellos, rojos y carnosos…” y, si se reía, “mostraba unos dientes regulares y muy blancos”. O como la jovencita de El amante de Marguerite Duras, cuya imagen pálida y juvenil adorna la edición de Tusquets. Su mirada tenía los parpados caídos como los de Marilyn Monroe y sus piernas de gacela, el cabello castaño largo y al viento completaban su figura. También era un poco como Lolita de Nabokov porque sabía muy bien que los hombres se derretían por ella, y ella tomaba ventaja de eso. Alguna vez me preguntó: “¿Y cómo es el matrimonio?”. Y yo le respondí: “Ves a tu papá y a tu mamá”. “Sí”, contestó. “Así es”. Todavía no olvido esa tarde cuando estábamos solos en la oficina y me mostró sus largas piernas de mujer. “Mira“, me dijo, mientras se alzaba casi toda la faldita para enseñarme el tatuaje que se había hecho a la altura de la cadera. Tuve que hacer un esfuerzo para no aprisionar esa pierna tentadora, tersa y contorneada, que se ponía a mi alcance. Eso fue un atentado terrorista. No recuerdo anteriormente haber hecho un esfuerzo de contención como ese. Lo hacía a propósito, yo sé. Con los años la he visto como La Maga de Cortázar, libre, desinhibida, con un toque de cortedad cuando algo no le gusta, y calculadora y manipuladora como es. Una vez en el Monarca –un resto-bar ya desaparecido que quedaba en Guzmán Blanco– le confesé una noche a un amigo, arrastrado por el efecto del vino, el cariño que sentía por ella y que este nunca pudo traducirse en algo mayor porque la sentía fría en el tema amoroso como para aventurarme. Me he enamorado apasionadamente de varias mujeres, pero de ella nunca pude. Ni como amor platónico; aunque algunas veces haya arañado esa posibilidad cuando la tenía cerca, siempre me ganaba la racionalidad. No era para mí. La he visto casarse, descasarse, comprometerse, tener hijas, romances furtivos e imperfectos, y vivir aventuras de alcoba que no me toca contar aquí para no traicionar el secreto de la confesión. Nunca me creí que iba a dejar al padre de una de sus hijas, aunque ella jurara y rejurara que lo iba a dejar, que era insoportable y que, a pesar que la buscaba, no lo iba a aceptar. Yo la desmentía y confrontaba la pared de sus dichos con la realidad. Indefectiblemente regresaba una y otra vez con él. Todo se arreglaba en la intimidad y roce de pieles en su cuarto, al fondo de su casa, fuera de Lima (“Allí se encuentra con el hombre”, me decía su mamá). Nunca la he amado, pero pude haberla amado (creo que he plagiado a Neruda). Ahora ella es preceptora de mocosos traviesos en un colegio, está escribiendo una tesis sobre Gianni Rodari, un escritor de cuentos infantiles, y luce delgada, con una transparente madurez que me recuerda la de Lilly Téllez, una senadora mexicana. Este libro de Sergio Pitol que habla del matrimonio, insatisfacciones, amores y desventuras de su protagonista, Jacqueline Cascorro, ha sido un pretexto para escribir sobre Mimí, como una deuda contraída con ella y conmigo mismo por no abrir un sentimiento que me ha costado muchas noches descorchar.

sábado, 18 de febrero de 2023

CRUCE DE PALABRAS

SE PELEA como Georgette, la viuda de Vallejo, lo solía hacer con todos los que se osaban a tomar un poco de la gloria del poeta. Empero, Alfredo Vanini es una persona valiosa, talentosa, cuando el ying y no el exceso de yang gobierna su vida. Por los años noventa, ese interés –autodidacta– por el cine, el arte y la cultura tuvo un espacio en La República. Era usual encontrarse los domingos en el suplemento del diario con una entrevista suya inteligente, acuciosa y bastante bien informada. Alfredo destacaba en un medio tan reducido como es el cultural. De toda la ráfaga de careos que Alfredo perpetró, él ha escogido un puñado para que alcancen cierta inmortalidad en ese artefacto que se resiste a desaparecer y que un día el buen Gutenberg echó a andar por las calles: el libro. No tenemos una tradición de libros de entrevistas destacados. Tenemos el de Hildebrandt (Cambio de palabras), Lévano (Diálogos con la historia) o Rabi (Animales literarios). El de Vanini tiene cierta consistencia, densidad, solo para conocedores. Por otra parte, toda selección es una arbitrariedad. Y Cruce de palabras (Benvenuto Editores, 2016) no es una excepción. De todas las entrevistas (sin ir en desmedro de las otras) la que recordamos con más nitidez (por un defecto de formación) es la hecha a Ricardo Bedoya (en dos entregas). La más destacada quizás sea la dedicada a Ruggiero Romano (pero la de Nelson Manrique, donde el concepto de indio y el racismo son motivos de reflexión, es muy esclarecedora y vigente para el momento actual), siendo la concertada con el arquitecto Enrique Ciriani bastante interesante. Y la más picante, la planteada a la crítica de arte de Le Nouvel Observateur, Catherine David. Vanini las ha dividido acertadamente en nueve estaciones –el número de los círculos de Dante–. Las preguntas colocadas revelan la preocupación del entrevistador por conocer la trayectoria de su entrevistado para así, si se lo puede llamar de esta forma, “embestirlo” bien. Fotografía, literatura, arte y cultura en un libro de formato pequeño que merece ser (re) leído.

miércoles, 26 de octubre de 2022

CARÁCTER DE LA LITERATURA DEL PERÚ INDEPENDIENTE

LA PRESENTÓ a la precoz edad de 20 años. Ni Vargas Llosa, que fue premio Nobel y se graduó en la misma facultad (a los 22, con una tesis sobre Rubén Darío), lo hizo. La tesis del joven Riva Agüero precedió otra que lo consagró cinco años después (La historia en el Perú, 1910). Un esfuerzo de tal magnitud solo lo hemos visto en la tesis de Tomás Escajadillo (La narrativa indigenista: un planteamiento y ocho incisiones, 1971), publicada de manera incompleta en diversas ediciones (La narrativa indigenista peruana, Editorial Mantaro, 1994; La narrativa de López Albújar, CONUP, 1972), y, quizás, en la de Alberto Tauro del Pino, Presencia y definición del indigenismo literario (1940), de muy grata impresión. En el primer caso, en el de Escajadillo, hay que destacar que es sustentada en la Facultad de Letras de San Marcos a los 32 años, y era una tesis de doctorado; mientras en el segundo, también de doctorado, Tauro tenía 26 años (Vargas Llosa se doctora en 1971 con la famosa tesis sobre García Márquez en la Universidad Complutense, García Márquez: Historia de un deicidio; y tenía 35 años en ese momento). En esta tesis, Riva Agüero plantea que la literatura peruana forma parte de la castellana, una propuesta polémica pues niega la posibilidad de una literatura de raigambre propia y que encuentra un símil, en el sentido de lo desafiante, con lo propuesto por Tomás Escajadillo quien afirma que la literatura indigenista peruana empieza con López Albújar y sus Cuentos andinos (1920), a despecho de lo que indica la crítica, esto es, que Clorinda Matto de Turner y su Aves sin nido (1889) es la iniciadora. Luis Loayza, como bien anota Alberto Varillas en el estudio introductorio de esta tercera edición, recuerda que José Carlos Mariátegui, más por razones políticas que por sensibilidad literaria, atacó a Riva Agüero en su ensayo sobre el proceso de la literatura. Mariátegui le adjudicó un sentimiento de “casta” y estimaba que idealizaba y glorificaba la Colonia (7 ensayos de interpretación de la realidad peruana, Biblioteca Ayacucho, 2007, p. 232). Esta edición publicada por la Universidad Ricardo Palma tiene como novedad reproducir la edición facsimilar de la tesis rivagüeriana de 1905, e incluye en su apéndice los elogios de Miguel de Unamuno y los reconocimientos de un contemporáneo, Francisco García Calderón. El bien informado estudio de Varillas Montenegro y las palabras de presentación de la historiadora Margarita Guerra Martinière, directora del Instituto Riva-Agüero, lo abren, y los comentarios de Unamuno y García Calderón lo cierran.


Carácter de la literatura del Perú independiente

José de la Riva Agüero y Osma

Instituto Riva-Agüero / Universidad Ricardo Palma

2008

viernes, 7 de octubre de 2022

YO Y EL UNIVERSO

MIRABA una foto con la alineación de los planetas desde el África y me hice las preguntas clásicas: ¿Qué somos? ¿Hacia dónde vamos? Me imaginaba a los primeros habitantes de la tierra cuando tuvieron la oportunidad de verla por primera vez y pensaba en el asombro que habrían tenido, en sus temores. ¿Qué pensarían mientras atizaban la fogata o se abrazaban entre ellos? Los antiguos griegos quisieron explicar la mínima unidad que podía tener la materia. Los presocráticos como Demócrito pergeñaron el átomo, después de él, creían, no había división posible de la materia. Qué iban a pensar que luego de dos mil años los físicos, para contradecirlos, encontrarían partículas más pequeñas, subatómicas, que llamarían “cuerdas”. Cuando era niño me imaginaba que podía ser astrónomo (pero también era consciente que era un sueño). Veía encandilado la serie Cosmos y al Voyager que tenía a Carl Sagan como piloto. Me gustaba ver Viaje a las Estrellas con Leonard Nimoy interpretando a Mr. Spock, y me hice fan de La Guerra de las Galaxias. También vi conmovido la ternura de E.T. visitando la Tierra. Me intrigaba el escudo de defensa que los científicos norteamericanos diseñaron para proteger su país de un bombardeo de misiles. Eso fue en el gobierno de Reagan. Por esas fechas se hablaba de la bomba de neutrones que podía desaparecer a poblaciones sin tocar los edificios donde vivían. Simplemente los evaporaban. Todos esos temas de ciencia me atraían. Muchos años después, en la adolescencia, tuve la oportunidad de leer Los sonámbulos de Arthur Koestler. Su lectura disparó mi interés en las estrellas. Me intrigaba el cielo, lo que podía existir en el infinito y recordaba esas historias míticas donde se narraba que en el borde del universo había seres monstruosos que devoraban a quienes caían de él. Todo eso formaba parte de la pre-ciencia cuando la humanidad buscaba respuestas a tantas interrogantes, cuando creía que el universo se encontraba dentro de una caja de esferas o imaginaba que un portentoso Atlas lo cargaba. La imaginación suplía la ignorancia. ¿Qué somos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? Son preguntas que se han hecho los filósofos de la ciencia.

 

Hace algunas semanas hubo un eclipse lunar. La Luna se puso roja, del color de marte. La atención desde diferentes partes del planeta se centró en ese pedazo de queso que hay en el cielo. Las noticias informaban como progresivamente iba adquiriendo un color sanguinoliento. Los que practican la astrología decían que era una Luna en Escorpio en retrogrado con Mercurio. Aseguraban que esa característica conducía a la exaltación de nuestras emociones. Yo soy del signo Escorpio y lo que condujo, casi a postrimerías del eclipse, es que le escribiera a una amiga. Le conté un sueño que había tenido con ella la madrugada de ese día. Creo que el eclipse tuvo algo que ver con esa confesión.

 

¿Qué habrá más allá del infinito? ¿Tendrá un límite? ¿Será verdad lo que dice cierta literatura esotérica que las almas migran de planeta en planeta en su proceso de reencarnación y perfeccionamiento? ¿Que este mundo que vivimos es de tránsito? Como Kepler los humanos comunes y corrientes oteamos el universo, miramos las estrellas, las contabilizamos y encontramos la Estrella del Sur o la Osa Menor. Dicen que desde algún confín del espacio miembros de otras civilizaciones nos visitan. Stephen Hawking advirtió que debíamos evitar el contacto con seres extraterrestres, que ese evento sería como el que tuvieron los indígenas con los españoles en la conquista de América, que por su superioridad tecnológica nos aniquilarían. Pero obstinados como somos hemos enviado una sonda con información de la humanidad. Por allí navega en el confín del universo a la espera que alguien nos descubra.

 

Hay películas como El Día de la Independencia (1996) que recrean una exitosa invasión terrestre –que se convierte en fallida gracias al ingenio humano y el uso de la tecnología elemental a la mano (la implantación de un virus informático en la madre nodriza)– y ¡Marcianos al ataque! (1996) que parodian los filmes de ciencia ficción de los años cincuenta. Incluso durante muchos años se popularizó la letra de una pegajosa canción cubana de Rosendo Ruiz Quevedo que la aludía: “Los marcianos llegaron ya. Y llegaron bailando el cha, cha, cha”. Antes, una humorada de un joven Orson Welles en 1938, hizo entrar en pánico a una nación, cuando anunció en tono dramático la llegada de alienígenas. Lo cierto, al parecer, es que no estamos solos en este vasto universo, sino que hay formas de vida que, si nos atenemos a los avistamientos de objetos voladores no identificados, nos visitan de cuando en cuando. Son una especie de antropólogos del espacio que observan nuestras costumbres. De ser correcta esta afirmación, ¿en qué queda la versión de la Biblia que da cuenta que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza? ¿Qué papel cumple E.T. en la creación divina?

 

El telescopio James Webb da respuesta a Lorenzo, el hijo de Florencia, personaje (que es ella misma) de la novela de la escritora mexicana Elena Poniatowska, La piel del cielo: “¿Por qué el ojo no ve más allá? ¿Por qué no abarca un campo mucho mayor?”. Webb es el ojo de la humanidad que otea ahora en el universo. Es la continuidad, según los científicos, del anterior telescopio Hubble, pero con una notable diferencia: da una visión más nítida de las galaxias y abarca un campo visual mucho mayor. Sus primeras imágenes han puesto sobre el tapete la teoría del Big Bang y ha hecho que los astrónomos duden y revisen el origen de todo. ¿Dónde están los límites del universo? ¿Cómo se originó? ¿Es cierto que un punto que hizo explosión y desató miles de millones de galaxias? Webb acaba de enviar a la tierra unas fotos de los anillos de Neptuno. Los astrónomos han quedado asombrados, como hace un mes les pasó cuando vieron como nunca antes a Júpiter. Lorenzo hubiera quedado impresionado con la existencia de Webb, como le pasó al niño Leo Biederman con el avistamiento de un cometa en la película Impacto Profundo (el arribo del Halley en 1986 generó expectativa en el mundo) o como le sucedió a la Dra. Elli Arroway, interpretada por Jodie Foster, obsesionada en establecer comunicación con vida extraterrestre, en otro film, Contacto. Seguro que sí.

 

Tiempo atrás me encontraba con un conocido y le señalaba lo que nos rodeaba alrededor. «Esto un día va a desaparecer», le decía. Recordaba aquella predicción científica que indica que el Sol iba a absorber a la Tierra. Reforzaba ese pesimismo mío el haber leído las profecías de la vidente húngara Baba Vanga. Ella profetiza que la humanidad va a desaparecer en determinada fecha, pero que antes el hombre iba a llegar a los límites del universo y que lo que iba a encontrar lo iba a horrorizar; que una enfermedad, traída de otro planeta en una nave espacial, iba a minar la especie humana pero que se iba a encontrar el remedio; que el comunismo se iba a imponer en tal fecha y que alcanzaremos la inmortalidad. Borges dictaminaba que, al final, lo que queda es el olvido, la nada. Carl Sagan, apuntando a ese puntito azul pálido fotografiado por el Voyager I, donde se han dado nuestros amores y guerras, que es la Tierra, que está allí inerme, sin visos de que alguna ayuda venga del exterior, decía que flotábamos en una mota de polvo. “Polvo somos y en polvo nos convertiremos”, sentencia un pasaje bíblico. Lo que amamos y odiamos dejará de ser. Por lo pronto, tratemos de vivir una vida plausible y cuando veamos azorados el cielo, como lo hicieron nuestros ancestros, pensemos en los insondables caminos que como humanidad nos queda por recorrer.

lunes, 27 de julio de 2020

VIAJAR EN EL TIEMPO

¿Qué haría si tuviera la posibilidad de viajar en el tiempo? ¿Ayudaría a que Hitler ingresara a la Academia de Artes de Viena en 1908 para que se dedique a la pintura, y así evitar la Segunda Guerra Mundial? ¿Detendría a Arguedas para que no se disparara un balazo en la sien? O, como en el filme Contacto —inspirado en una novela de Carl Sagan—, ¿buscaría a su padre para decirle cuánto lo extrañaba? Viajar en el tiempo ha sido uno de los temas favoritos de la literatura y el cine. Aparece en la novela La máquina del tiempo ( 1895 ) de H. G. Wells, en la que se plantea la idea del tiempo como una cuarta dimensión —que luego Einstein abordaría en su teoría de la relatividad especial en 1905—. Luego, en los filmes Volver al futuro ( 1985 ), El planeta de los simios ( 1968 ) y en Interestelar ( 2014 ), cuando el piloto Joseph Cooper atraviesa un agujero de gusano.

–A la velocidad de la luz–

Pero, ¿es posible viajar en el tiempo? Algunos físicos piensan que sí. El astrofísico de la Universidad de Princeton J. Richard Gott sostiene, en Los viajes en el tiempo y el universo de Einstein ( 2003 ), que “Einstein nos enseñó cómo hacerlo. Solo tenemos que subirnos a una nave espacial, viajar a una estrella que se halle a una distancia algo inferior a quinientos años luz y regresar a nuestro planeta, moviéndonos en ambos trayectos a una velocidad igual al 99,995 % de la luz. Cuando estemos de vuelta, la Tierra será mil años más vieja, pero nosotros habremos envejecido [solo] diez años”.
Para concretar este y otros proyectos similares —advierte Gott—, se debe enfrentar importantes problemas de ingeniería concernientes al diseño de la nave, su propulsión, su blindaje, entre otras contingencias que incluyen el desarrollo de tecnologías para refrigerar los motores y evitar que estos se fundan. En esa misma línea, se encuentra el afamado matemático austriaco Kurt Gödel, quien, citado por Walter Isaacson, en su biografía de Einstein (Einstein: su vida y su universo, 2007), afirmaba que viajar en el tiempo era coherente con la teoría de la relatividad.

–Regresar al pasado–

Sin embargo, físicos como Michio Kaku expresan sus reparos. En su libro Hiperespacio ( 1994 ), Kaku pide que imaginemos el caos que se produciría si todos pudieran viajar al pasado, modificar aspectos sustanciales de su vida y la de los demás, y, con ello, reescribir la historia.
“Consideremos la decisiva victoria de Alejandro Magno sobre los persas, que ayudó a hacer posible el florecimiento de la civilización y la cultura occidental en el mundo durante los mil años siguientes. Pero consideremos lo que sucedería si una pequeña banda de mercenarios armados provistos de pequeños misiles y artillería moderna interviniesen en la batalla (…) Esta intromisión en el pasado paralizaría la expansión de la influencia de Occidente en el mundo”, anota alarmado Kaku.
Viajar en el tiempo implica, pues, connotaciones éticas desconocidas. ¿Y es posible viajar al pasado? Paradójicamente, fue Einstein, comenta Isaacson, quien dio a entender “que por más que los viajes en el tiempo pudieran ser matemáticamente concebibles, puede que no resultaran posibles en la realidad”. Empero, Brian Greene, profesor de Física de la Universidad de Columbia, en El tejido del cosmos ( 2004 ), sostiene que la negativa de los científicos debe ser matizada “porque nadie ha demostrado que las leyes de la física descarten el viaje dirigido al pasado”.
Ron Mallett, un astrofísico de la Universidad de Connecticut, dedica sus esfuerzos en construir una máquina que lo regrese a 1955 para reencontrarse con su padre (muerto por un ataque cardíaco) y quizá salvarle la vida.
Viajar al pasado o al futuro, a través de una curvatura en el espacio-tiempo o una máquina, responde, al parecer, a la tendencia humana de querer manipular los acontecimientos. La curiosidad del hombre es infinita. Tal vez cuando tengamos la oportunidad de explorar el futuro, sepamos realmente si fue conveniente o no. Solo allí lo sabremos.

Publicado en el suplemento Dominical de El Comercio el 18 de febrero del 2020





miércoles, 22 de julio de 2020

INTELIGENCIA EN JUEGO: EL HOMBRE CONTRA LA MÁQUINA

Cuando el árbitro alemán Lothar Schmid le comunicó que su rival, el soviético Boris Spaski, había desistido por teléfono en continuar la partida, Bobby Fischer, el chico terrible de Brooklyn, supo que se había coronado en Reikiavik (Islandia), como el undécimo campeón de ajedrez del mundo.

Era 1972 —tiempos de la Guerra Fría— y la Unión Soviética sostenía que su supremacía en el juego inventado, probablemente, en la India, se debía a la superioridad de su ideología. 

El “duelo del siglo”, como lo llamaron los periodistas de la época, entre Fischer —la esperanza americana para ganar el título— y el ruso Spaski, contó con algunos hechos inusitados: la llamada del secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger, conminando a Fischer a que no abandonara el juego; y las actitudes veleidosas y estridentes del propio retador, que ocasionaron que el Washington Post dijera: “Fischer se ha granjeado la antipatía de millones de entusiastas del ajedrez de todo el mundo”. (Así lo recuerdan los periodistas David Edmonds y John Eidinow en Bobby Fischer se fue a la guerra, de 2006, uno de los pocos libros que describe los pormenores de aquella memorable partida).

El desistimiento de Spaski, el 1 de setiembre de 1972, puso punto final a una era. Sin embargo, el reinado de Fischer duró tan solo tres años. En 1975, ante su renuencia por defender el título, Anatoli Karpov, un joven de 23 años, se erigió como el nuevo rey. Frío y calculador, el juego de Karpov era comparado al de una máquina. Empero, sería su sucesor, Gari Kasparov, quien se enfrentaría a una verdadera. Con Kasparov y Deep Blue empezaría, pues, un nuevo episodio en los duelos del ajedrez.

—El hombre contra la máquina—
Al mundo entero se le erizaron los pelos en 1997, cuando el campeón mundial de ajedrez Gari Kasparov fue derrotado por Deep Blue II, una computadora programada por humanos para enfrentarlo. La derrota de Kasparov encendió las alarmas y retrotrajo los peores pensamientos hacia el recuerdo de Skynet, la inteligencia artificial de la película Terminator 2, que toma el control del arsenal militar estadounidense y somete a la humanidad. ¿Era posible que una máquina superara al hombre? Sí, ya era posible, Deep Blue II lo había demostrado. Aunque Kasparov arguyó que por la calidad de los movimientos de su contendora, era posible que una mano humana estuviera detrás —tópico explorado en su libro Deep thinking (2017)—, eso nunca fue probado. Más bien, quedó la evidencia de que el ser humano podía ser sobrepasado por una máquina. ¿El comienzo del fin?

Deep Blue II, una creación de IBM, era un superordenador de dos metros de alto y media tonelada de peso. Podía procesar la desorbitante cifra de 200 millones de posiciones por segundo. Ese era el rival que Kasparov tuvo al frente. La máquina derrotó al campeón por un dos a uno, siendo la primera partida la que más llamó la atención cuando Deep Blue II realizó una jugada con una torre que desconcertó a Kasparov, y lo obligó a pasar una mala noche. Se creyó, por un instante, que la computadora había generado una jugada creativa que solo la mente humana podía hacer (después se supo que había sido un fallo de programación). Tras esto, el siguiente paso ya estaba trazado: el duelo entre máquinas por la hegemonía en el ajedrez.

—AlphaZero—
El desarrollo seguido desde que Deep Blue II derrotó a su oponente humano ha rebasado todo límite. Máquina que se respete juega ahora con una de su categoría. Desde hace unos años, los mejores exponentes en el mundo artificial se enfrentan por el dominio mundial en un campeonato llamado TCEC (Top Chess Engine Championship). 

Ni el actual campeón Magnus Carlsen —considerado por el gran maestro español Miguel Illescas, un “híbrido entre hombre y maquina”— puede competir con AlphaZero, el nuevo Godzilla del tablero.

AlphaZero es una máquina desarrollada por DeepMind, una dependencia de Google enfocada en la inteligencia artificial. A diferencia de sus antecesoras, a AlphaZero solo le han indicado las reglas para que ella sola, en cuestión de cuatro horas, conociera millones de partidas y, lo más impresionante, jugase contra sí misma para perfeccionar su juego. 

A fines de 2017, enfrentó a Stockfish, un potente motor ajedrecístico y lo apabulló. De cien partidas concertadas, le ganó 28 y las restantes 72 fueron empates. Los humanos quedaron atrás en esta lucha. Pero no tanto. El humano también aprende. Por ejemplo, el nuevo estilo del vigente campeón Magnus Carlsen, de acuerdo a las últimas informaciones, está inspirado en el juego agresivo de AlphaZero. 

Mientras tanto, el mundo ve con ansiedad la posibilidad no tan remota de que una máquina provista de inteligencia artificial le pueda hacer un ‘mate’. Una probabilidad bastante estremecedora.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 25 de agosto del 2019

martes, 21 de julio de 2020

LA COLONIZACIÓN DE MARTE

EN 1865, Julio Verne en su novela De la Tierra a la Luna proyectaba al hombre pisando el suelo lunar. En 1902, Georges Méliès adaptaría la novela de Verne al cine para popularizar la idea. Pero pasarían 104 años para que esa visión del escritor francés fuerarealizada por Neil Armstrong, cuando su nave, el Apolo 11, descendió el 20 de julio de 1969 en el mar de la Tranquilidad. Desde entonces, la humanidad no vería los confines del infinito como algo inalcanzable, sino como un reto a conquistar.
En 1950, el escritor estadounidense Ray Bradbury había visto, como Verne, otra meta para el hombre: Marte. Lo atisbó desde Crónicas marcianas, apasionantes relatos en los que los colonos terrícolas trataban de reproducir las condiciones de vida terrestre en el planeta rojo. Estos terrícolas huían de la destrucción debido a la acción de la mano humana. (Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).

–La continuidad de la especie–
Pero colonizar Marte no es fácil. El físico Michio Kaku anota en su libro El futuro de la humanidad (2018) que tocar la Luna le costó al programa Apolo solo tres días; en cambio, posarse en Marte tomaría nueve largos meses. Esto no incluye lo que viene después, la complicada adaptación al medioambiente marciano: Marte tiene una delgada capa atmosférica que permite el ingreso de la radiación solar y una temperatura de -140 ºC.
La idea, para el físico e inversionista Elon Musk, dueño de la empresa de transporte aeroespacial SpaceX, que ha fabricado los cohetes Falcon y Falcon Heavy —este último reutilizable— es colonizar y hacer habitable de cualquier forma Marte.

Colonizar se ha vuelto una prioridad para la humanidad porque los recursos de la Tierra se agotan y estamos expuestos a contingencias —como la posibilidad de que un asteroide golpee el planeta y seamos arrastrados a un evento ligado a la extinción como en el filme Impacto profundo (1998)—. Ya Stephen Hawking había advertido que el hombre estaba obligado a salir de la órbita terrestre si deseaba sobrevivir. E, incluso, le puso un plazo: dentro de los próximos cien años. Musk ofrece la idea de llegar a Marte, para garantizar —como en los cuentos de Bradbury— la continuación de la humanidad. La colonización del planeta rojo, para el dueño de SpaceX, deberá concretarse alrededor de 2050, con la primera ciudad humana autosuficiente en suelo marciano. ¿El propósito? Crear un asentamiento permanente.

–Reto multiplanetario–
El plan es alcanzar de nuevo la Luna, y desde allí propulsarse a Marte, planeta que reúne las condiciones mínimas (agua, por ejemplo) para ser el nuevo hogar de la humanidad. ¿Qué gobiernos están involucrados en esto? Estados Unidos, Rusia, China y en menor proporción Japón. Elon Musk –un empresario privado– les hace la competencia.

El costo del viaje a Marte bordearía los 10.000 millones de dólares. Toda una ganga si se trata de escapar de la extinción. Pero Musk ha prometido que podría bajar con el tiempo el precio a 200.000 dólares por persona (ida y vuelta).

Aquí es importante recordar las palabras del científico ruso Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la cosmonáutica: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede permanecer en la cuna para siempre”. Con ella avisó que debíamos ir más allá de nuestros horizontes.

Ahora el reto es multiplanetario. Ya no se trata solo de alcanzar Marte, sino de extenderse por el sistema solar. Para el doctor en Ciencias Físicas Fernando J. Ballesteros, en La colonización espacial (2017), “queda por evaluar las posibilidades de establecerse en los gigantes gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno)”.

Por el momento, hay que quemar etapas. La conquista de las montañas y arenas rojas de Marte está en camino (Rusia anuncia los preparativos de su nave Argo y Elon Musk habla de Starship, una nave que, según él, será capaz de transportar a cien personas hasta el planeta rojo). Allí, si no media ningún obstáculo insalvable, estaremos pronto.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 01 de diciembre del 2019



EL GEN INMORTAL

EL MISMO Richard Dawkins consideró que el título podría ocasionar malos entendidos. El gen egoísta no es egoísta, al menos no totalmente. Dawkins es un etólogo inglés, biólogo y divulgador científico que, en 1976, publicó una de sus obras más populares. La tituló El gen egoísta, aunque después se arrepentiría, como advirtió en el prólogo de la segunda edición, pues la hubiera preferido llamar ‘El gen inmortal’, descripción más ajustada a lo que había querido decir. 
El libro propone que somos máquinas vivientes de transportar genes que buscan perpetuarse. Es una aplicación de la teoría de la evolución darwiniana en la biología. Dawkins lo dice en su prefacio para la edición de 1989: “La teoría del gen egoísta es la teoría de Darwin, expresada de una manera que Darwin no eligió pero que me gustaría pensar que él habría aprobado y le habría encantado”. Su foco de estudio —en el que concentró sus esfuerzos y se hizo original— fue el gen que puede hacer copias de sí mismo, replicarse.

—El replicador—
Retrocedamos, para explicar esto, tres o cuatro mil millones de años, cuando todo era un ‘caldo de cultivo’ compuesto de agua, dióxido de carbono, metano y amoniaco. En algún punto del proceso, se formó —según Dawkins— “una molécula especialmente notable”. La llamó el ‘replicador’. Esta se multiplicó, se asoció con otras moléculas afines, compitió y eliminó otras. Para preservarse, termina de explicar Dawkins, “los replicadores empezaron no solamente a existir, sino también a construirse, para ser utilizados por ellos mismos, verdaderos recipientes, vehículos para continuar existiendo. Los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas”. Es decir, nosotros y las demás especies vivientes.

Para discutir estas ideas, le salió al frente Stephen Jay Gould, biólogo evolucionista, además de paleontólogo. Gould consideraba, a diferencia de Dawkins, que los organismos —las máquinas vivientes—, más que los genes, eran los que importaban. O sea, al revés de lo que sostenía Dawkins.

Ambos, Dawkins y Jay Gould, tenían diferencias respecto a su comprensión de la evolución: el segundo creía en la teoría que había concebido, la del equilibrio interrumpido; esto es, en la ramificación de las especies luego de un periodo de estabilidad y extinción. El primero, en cambio, más propenso a la adaptación y continuidad de estas, la negaba. Este duelo entre los seguidores de Darwin daría forma, posteriormente, al libro de Kim Sterelny, Dawkins vs. Gould (2007).

—El altruismo—
Dawkins deja en El gen egoísta poco margen de maniobra al altruismo. Entiende el sacrificio de unos pocos por los más, como un acto en sí de egoísmo para que los genes se sigan perpetuando. No obstante, desliza un hálito de esperanza. Al final del capítulo 11 dice: “Tenemos la capacidad de desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento… Incluso podemos discurrir medios para cultivar y fomentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado: algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que no ha existido en toda la historia del mundo”.

Han pasado 43 años de su publicación y su impacto todavía se siente entre los iniciados. Uno de ellos, la psicóloga británica Susan Blackmore, en La máquina de los memes (1999), desarrolla el concepto de meme, que lanzó Dawkins en su libro.

—El meme de Dawkins—
Sí, este término tan popular hoy fue un aporte de Dawkins. Apareció en El gen egoísta para explicar la transferencia de información que reside en el cerebro de un individuo a otro. Esto es, la cultura, la cual sigue el proceso de evolución como los genes, pero con muchas más variaciones. 

“Necesitamos un nombre para el nuevo replicador, un sustantivo que conlleve la idea de unidad de transmisión cultural, o una unidad de imitación. Mimeme se deriva de una apropiada raíz griega, pero deseo un monosílabo que suene algo parecido a gen. Espero que mis amigos clasicistas me perdonen si abrevio mimeme y dejo meme”, escribió. 

Dawkins publicó otros libros como El fenotipo extendido (1982), El relojero ciego (1986) —en el que discute la teoría evolucionista de Gould y la del diseño inteligente planteada por los creacionistas— y El espejismo de Dios (2006); pero ninguno tuvo la trascendencia de El gen egoísta. Es de esos libros que marcan la conciencia. Inolvidable.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 7 de julio del 2019

viernes, 22 de febrero de 2019

DOS ENFOQUES SOBRE LIMA A PARTIR DE DOS TEXTOS CANÓNICOS

«El criollismo es más aún. Es viveza criolla. Hay una palabra que expresa mejor, más gráficamente, este “valor”, inscrito en la singular tabla axiológica del criollo. ¿Qué es esa viveza? Un mixtión, en principio, de inescrupulosidad, y cinismo. Por eso es en la política donde se aprecia mejor este atributo». La contundencia de este enunciado condice con el contenido general de un texto que opta por la franca denuncia sin ambages, decididamente confrontacional, provocador desde su mismo título: Lima la horrible (1964).

Sebastián Salazar Bondy realizó en este ensayo un ajuste de cuentas con el pasado colonial de Lima. No pocos limeños antiguos tenían una nostalgia de esa Lima del puente a la alameda, que surgía irreductible en las letras de las canciones, en sus tapadas y en los balcones que la adornaban (y que alcanzó con Aldo Brunelli, personaje de El loco de los balcones, una obra teatral de Vargas Llosa, el punto más alto de exaltación). Con este tipo de perspectiva se impedía observar la nueva configuración social que iba adquiriendo la ciudad con la irrupción de los migrantes llegados de los Andes. Salazar lo veía muy claramente: Lima no era el Perú, y menos el jirón de la Unión. Así, con elegante prosa, se abocó a la tarea de desmoronar la visión de la Arcadia Colonial, añorada a partir del criollismo al que reprocha como reproductor de un pasado que se resiste a ver el presente.

 Al respecto señaló: «El mito colonial se esconde en el criollismo y por medio de sus valores negativos excita el sueño vano de la edad dorada de reyes, santos, tapadas, fantasmas, donjuanes y pícaros». Todo eso correspondía al siglo XVIII, a los tiempos de cuando la Perricholi se metía a la cama con el Virrey Amat y los limeños eran estremecidos por los terremotos que despertaban su devoción religiosa. De una Lima que, efectivamente, se había ido.

En contraste con lo expuesto por Salazar Bondy, consta otro texto igual de esencial a los limeños, el de Raúl Porras Barrenechea y su Pequeña Antología de Lima (1935). A Porras no le incomodaba citar a Ricardo Palma, a diferencia del anterior que lo hace para condenarlo –«Su fórmula (para componer sus Tradiciones Peruanas), tal cual él mismo la reveló fue: mezclar lo trágico y lo cómico, la historia con la mentira»–. Salazar Bondy hacía participe a Palma de la continuación del mito arcádico de la Colonia. Porras recoge la prosa elogiosa del chileno Vicuña Mackenna hacia la Lima colonial («la segunda ciudad de España, si no era más todavía»), rescatando una visión positiva de ella. Rescata igualmente el arrobado verso de Luis Fernán Cisneros acerca de la limeña coqueta y los piropos que esta recibía en las calles (inadmisibles hoy con las sanciones sociales y jurídicas vigentes). Esto implicaba, bajo ningún supuesto, que el maestro Porras terminara suscribiendo visión pasadista alguna. El conspicuo historiador peruano tendía a desceñir los elementos negativos de ese periodo para ofrecer una mirada matizada, amable, conciliadora si se quiere, ajena a toda visión excluyente.

La selección de Porras (ampliada el 2002 en la edición de la Fundación M.J. Bustamante de la Fuente) se ve beneficiada por su oficio de historiador, el cual le permitió escoger con vista aguda de águila los textos más significativos sobre el rostro de la ciudad, desde su fundación hasta su etapa republicana.

El ensayo de Salazar, a su vez, está alimentado por la rebeldía del escritor. Salazar quería fustigar, incitar conciencias, llamar la atención, entre otras cosas, sobre la cruda realidad de las barriadas, a las que la frivolidad limeña, simplemente, no prestaba un enfoque crítico.

Lima ya no es reconocida, como apuntó Porras, por los dos accidentes geográficos más visibles entonces: el Cerro San Cristóbal y el río Rímac. Tal vez el primero lo siga siendo en parte (los cerros El Pino y El Agustino rivalizan con él), pero el segundo ha sido reemplazado por el Metro de Lima, convirtiéndose ambos en símbolos de una capital conquistada por los hijos o bisnietos de la migración, esto es de los nuevos limeños.

Esta nueva Lima es la de la edificación inconclusa en sus fachadas, y de expresiones musicales como las de la cumbia andina y amazónica, acompañadas por otras menos nobles como el reggaetón.

Salazar registró la presencia del cholo, el serrano y el chino, como trabajadores que perfilaban con su esfuerzo el presente de la ciudad. Tal vez valga hacer una observación anacrónica: con la presencia masiva migración de los venezolanos, ¿podremos decir más adelante que el limeño del futuro será la fusión de los hijos de los venezolanos con los hijos de Gamarra?

Cabe anotar en esta parte  que, entre el trabajo de Porras (1935) y el de Salazar Bondy (1964), median cerca de treinta años. Los cambios dramáticos de la ciudad de décadas más tarde, no han sido condensados en un ensayo globalizador de envergadura. Quizá el libro de Rolando Arellano y David Burgos, La ciudad de los reyes, de los Chávez, de los Quispe (2004), cubra esforzadamente ese vacío.

Porras y Salazar Bondy, finalmente, registraron una realidad. Corresponde hacer un reconocimiento de lo que se viene. Por lo pronto, aunque les cueste a algunos admitirlo, Lima ya dejó de ser la del puente a la alameda.


jueves, 21 de febrero de 2019

EL UNIVERSO DISTÓPICO DE RAY BRADBURY EN CRÓNICAS MARCIANAS


Jorge Luis Borges le dedicó una enjundiosa recensión en 1955, posteriormente reproducida en su Prólogos con un prólogo de prólogos (1975). Ray Bradbury, autor de estas Crónicas Marcianas (1950) y de Farenheit 451(1953) –llevada al celuloide por François Truffaut en 1966–, es uno de los cuatro o cinco maestros de ese género considerado menor entre los lectores más enterados –Isaac Asimov (la trilogía Fundación), Arthur C. Clarke (“El centinela”, famoso cuento que da pie al film de culto2001: Odisea del espacio) y Phillip K. Dick (Sueñan los androides con ovejas eléctricas, adaptada al cine por Ridley Scott con el nombre de Blade Runner) forman parte de esa reducida constelación–: la literatura de ciencia ficción, que tuvo su edad de oro en los años cincuenta del siglo pasado.

A veces emparentada con la literatura fantástica, pero con vida propia, la literatura de ciencia ficción tiene en los libros de Julio Verne, De la tierra a la Luna, y H.G. Wells, La guerra de los mundos, connotados precursores.

Respecto al autor que nos convoca, Ray Bradbury, este en sus Crónicas Marcianas nos confronta con la incertidumbre del universo. ¿Qué hay más allá de nosotros mismos? Bradbury apela a nuestros temores, angustias, instinto de conservación y mecanismos de defensa, a la hora de colocar al hombre en un escenario desconocido para él: el planeta Marte.

Los relatos de Bradbury, por otra parte, se inscriben dentro del contexto que sigue al concluir la Segunda Guerra Mundial, el avance de la tecnología militar y la aparición de la bomba atómica como arma de destrucción masiva. La humanidad se planteó por aquellos días la posibilidad de migrar a otro planeta para perpetuar la especie humana. (Luego vino el aterrizaje del Apolo 11 en la Luna, para confirmar su propósito). Lo dice el personaje de su quinta historia (“El contribuyente”), Pritchard: “… todas las gentes con sentido común querían irse de la tierra. Antes que pasaran dos años iba a estallar una guerra atómica, y él no quería estar en la tierra en ese entonces.”

Borges consideraba la sexta historia de las Crónicas Marcianas –“La tercera expedición”– como la más inquietante. En nuestro caso, nos ha llamado la atención la cuarta, “Los hombres de la tierra”. De ella, creemos, se ha tomado la idea del desquiciamiento aplicado a la madre de John Connors, protagonista del film Terminator 2, a quien los psiquiatras toman como una demente cuando afirmaba venir del futuro para salvar a la humanidad de su destrucción. De este capítulo, lindante con el absurdo kafkiano, recordamos a la expedición terrícola en su llegada a Marte cuando es encerrada en un manicomio y sometida a diversos exámenes por los psiquiatras marcianos que no creen en la posibilidad de vida en la tierra (“La tierra es un sitio de mares y nada más que mares”, dice uno. “La tierra es un sitio de selvas”, añade otra).

La aventura culmina con el exterminio de los expedicionarios, así como el de sus captores quienes, a diferencia de sus víctimas, sí estaban ganados por la locura.
Bradbury compila sus veintisiete relatos abarcando un periodo que se inicia en Enero de 1999 y culmina en Octubre del 2026 con la colonización de Marte. Sobre esto último, el autor de El Aleph nos dice: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar sobre la arena–”.

La sociedad que construye Bradbury en sus Crónicas Marcianas es de corte distópico, una en la que se reproducen negativamente los modos de vida de la tierra y en la que una tal “señora K” (conocida en nuestros lares por razones poco encomiásticas) habita sorpresivamente la segunda historia (“Ylla”).
Se cierra el círculo de Crónicas con la presentación de los “nuevos marcianos”, simbolizados en una familia de colonos terrestre que se observa en las aguas de un cauce:

“–Siempre quise ver un marciano -dijo Michael -. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
–Ahí están– dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal. Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
 Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.”

Con una escritura sencilla, sin mucho artificio, Ray Bradbury nos instala con sus Crónicas Marcianas en un universo fantástico para discutir, aún ahora, la condición humana de nuestro tiempo.








DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...