
EL DOMINGO 30 DE ENERO de
1983, la teleaudiencia peruana se vio sacudida en horas de la noche por una
noticia de último minuto. Ocho periodistas de diferentes medios de comunicación
escritos habían sido encontrados muertos en cuatro tumbas dobles en la
comunidad andina de Uchuraccay. Con ellos también había caído asesinado Juan
Argumedo, el guía de la expedición. Días atrás el gobierno de Fernando Belaunde
había informado que miembros de Sendero Luminoso, organización subversiva que
había declarado la guerra al estado peruano, habían sido linchados por los
comuneros en la zona de Huaychao. Eso fue tomado por el gobierno como un
síntoma positivo en su lucha contra la subversión. Los periodistas fueron a
averiguar qué de cierto había en esta noticia. No sabían que iban a su última
comisión. Ese domingo, recuerdo, estaba viendo la televisión con mi padre,
cuando de pronto se conoció la información. Casi en el acto se pudo ver en la
pantalla al reportero del programa Panorama, César Hildebrandt, descender de un
helicóptero. Minutos después la cámara dirigía la mirada del televidente hacia
unos bultos negros. Estos contenían los cuerpos inertes de los periodistas
Eduardo de la Piniella, Pedro Sánchez, Félix Gavilán, Jorge Luis Mendívil,
Willy Retto, Octavio Infante, Jorge Sedano y Amador García. Los tres primeros
pertenecían a El Diario de Marka, los dos segundos a El Observador; mientras
que el antepenúltimo y penúltimo pertenecían a Noticias de Ayacucho y La
República, respectivamente. (García, el último de la serie, era de la revista
Oiga). Todos laboraban –a excepción del fotógrafo de Oiga– en diarios de
oposición al gobierno. Todavía recuerdo, en una mezcla de curiosidad y asombro,
cómo ese domingo por la noche, la cámara iba enfocando las tumbas en las que
fueron enterrados los periodistas, y cómo Hildebrandt, peleando con el viento
que insistía en despeinarlo, narraba el descubrimiento. En eso, cuando no
terminaba de digerir mi estupefacción, el camarógrafo enfocó el rostro
cuarteado y los ojos vidriosos, semiabiertos y sin vida, de Willy Retto. Le
habían destapado el cráneo de un hachazo, y sus sesos, según contó luego un
periodista de un canal de la competencia, habían sido devorados por sus
asesinos. Para explotar el morbo y acicatear la imaginación del televidente, se
mostró posteriormente el interior de una choza y la vasija donde esto habría
sucedido.

Días después, acorralado
el gobierno por los medios de comunicación donde laboraban los hombres de
prensa caídos –a quienes ya llamaban “Los mártires de Uchuraccay”–, convocó al
prestigioso escritor Mario Vargas Llosa para que presida una comisión a fin de
esclarecer lo ocurrido y encontrar a los responsables. “La comisión investigadora
de los sucesos de Uchuraccay” –como así se llamó– empezó sus funciones el 4 de
febrero de 1983. Para ello buscó el auxilio de antropólogos, sociólogos,
lingüistas y abogados. Estuvo integrada, aparte del propio Vargas Llosa, por
Mario Castro Arenas, a la sazón Decano del Colegio de Periodistas del Perú, y
el doctor Abraham Guzmán Figueroa, un antiguo penalista. La entrega del informe
de la comisión ocurrió un mes después en Palacio de Gobierno. Allí se pudo ver
al escritor enfundado en un terno impecable dando a conocer al Presidente lo
actuado por la comisión. Para algunos, el Informe, con sus verdades “absolutas”
y “relativas”, no aclaró nada. Para otros añadió confusión. Y para otros, los
más recalcitrantes, sirvió para sustraer la mirada de los verdaderos culpables:
los miembros del ejército que supuestamente alentaron –con fines nunca
aclarados– la matanza de los periodistas hecha por los campesinos, y de cuya
autoría no había la menor duda. Fue, precisamente, a los recalcitrantes, a
quienes más irritó la principal conclusión a la que arribó la comisión: que los
campesinos se confundieron y que todos éramos culpables por haber dejado en el
olvido a estos compatriotas en los Andes, quienes viviendo en el siglo XIX, por
no decir el siglo XVII –en palabras de la comisión–, vivían escindidos del Perú
Oficial, aquel que ya transitaba por entonces el siglo XX.

Los sucesos de Uchuraccay
marcaron mi juventud. Por esos días yo quería ser periodista, quería ser como
Hildebrandt que entrevistaba y dejaba mal parados a sus entrevistados con sus
preguntas acuciosas e inquisidoras. Pero luego de lo de Uchuraccay sentí
algunos reparos; me di cuenta que era muy peligroso serlo. Por esas fechas, El
Diario de Marka establecía como hipótesis que en la muerte de los periodistas
estaban involucrados miembros del ejército –“sinchis”–. Para sostener esto
último esgrimía como prueba las fotos recién descubiertas de Willy Retto, en
las que, al entender de este medio, se podía ver la imagen de un forastero
cubierto con un poncho, que tapaba unos zapatos y pantalones que no
correspondían a la vestimenta habitual de un comunero. La verdad es que por más
que esforcé mis ojos de adolescente en ver lo que me decía El Diario que había,
nunca vi nada que corroborara esa afirmación. Lo que yo creo es que, guiados
por algún fenómeno óptico, los periodistas de El Diario vieron lo que su
imaginación –o el mandato ideológico– los empujaba a ver: un miembro del
ejército detrás de la matanza, para así responsabilizar al gobierno y dejar mal
parada a la Comisión Investigadora. Si, en el supuesto negado, hubiera existido
alguno, entonces por qué un oficial de la marina habría de entregar al fiscal
del caso, Flores Rojas, el rollo –los primeros encontrados habían sido hallados
"vírgenes"– con las imágenes de Retto previas a la matanza y con esto
incriminar a un miembro de las fuerzas armadas. ¿Lo lógico no era, sospechando
esto, desaparecer esta prueba?

Durante años el caso
Uchuraccay vivió en la mente de los peruanos. Quien se encargó de recordarlo en
cada aniversario, fue el antropólogo Rodrigo Montoya. Él, en su columna de La
República, trataba de defender a los campesinos de las acusaciones de
salvajismo que recaían sobre ellos y de paso refutar las conclusiones de la
“Comisión Vargas Llosa” –así bautizada por la prensa la comisión investigadora [1].
Curiosamente por esos días, un arqueólogo, el doctor Luis Guillermo Lumbreras,
de insospechada posición de izquierda, dio algunas declaraciones que,
indirectamente, daban la razón a la Comisión Investigadora: que los campesinos
se habían confundido y habían matado a los periodistas por error. Él dijo que:
“Los campesinos habían actuado bajo condiciones de estímulo que los indujo a
realizar esto [la matanza] con la esperanza de que iban a ser premiados. Ellos esperaban,
es evidente, que como en el caso de Huaychao, se les felicitara, se les
premiara”. Y más adelante añadió: “A mí nadie me quita de la cabeza que los
campesinos, aparte del estímulo sicológico a partir de una descripción de los
presuntos enemigos senderistas, también tuvieron estímulo del alcohol”. Explicó
además: “Creo que hay un factor de temor. Y factor de temor absolutamente
lógico frente a un enemigo desconocido” [2]. Algo similar escribió el
periodista Gustavo Gorriti en la revista Caretas tres días después de los
trágicos sucesos, cuando no existía ninguna comisión investigadora de por
medio: “Es posible, dolorosamente posible, que en esas horas, los ocho
periodistas limeños y ayacuchanos que habían salido un día antes de Huamanga,
para dirigirse a Uchurajay y Huaychau, hayan sido atacados y muertos por la
turba de comuneros que –en un estado frenético de temor– los habrían confundido
con otro grupo incursor de Sendero”[3]. No hay mención, en opinión del
periodista y del investigador social, de personas extrañas ajenas a la
comunidad ni rondas “paramilitares” alentadas por el ejército como se sostuvo
luego.
La tragedia de los
periodistas peruanos fue explotada políticamente. El clímax de esa utilización
barata de las muertes de quienes intentaron cumplir con su deber periodístico,
fue en 1990 cuando en el debate presidencial entre Vargas Llosa y Fujimori, se
vio a las viudas de los periodistas vestidas de negro en la primera fila del
auditorio del Centro Cívico, lugar donde se realizó este. Fueron llevadas allí
para intimidar con su presencia al escritor, como una burda manera de
reprocharle el supuesto encubrimiento de los verdaderos responsables de la
masacre –el ejército–, en el que él, prestando su figura de escritor famoso,
habría sido participe. Luego Vargas Llosa, en sus memorias que daría a conocer
tres años después, contó cómo una de las viudas, la de Jorge Sedano, asqueada
por lo que las habían obligado a hacer los verdaderos “traficantes de
cadáveres”, había ido a su casa para decirle, en presencia de periodistas que
cubrieron la información, que iba a votar por él. Pero ese sacrificio de Alicia
Sedano no sería suficiente. Como la historia ya consigna, Vargas Llosa perdería
esa elección.

Han pasado exactamente
treinta años desde que fueron descubiertas las tumbas que contenían los restos
de los periodistas en Uchuraccay, y hasta ahora no hay un solo libro que arme
las piezas del rompecabezas y desentrañe el misterio que significó sus muertes.
A excepción de uno, el de José María Salcedo, más conocido como “Chema”. El de
Salcedo es una estupenda crónica que reconstruye paso a paso el itinerario de
los periodistas los días previos a la tragedia. Desde su posición privilegiada
de director de El Diario de Marka, “Chema” Salcedo tuvo la oportunidad de
acceder a las primeras informaciones que daban cuenta del destino fatal de los
periodistas peruanos. Su relato palpitante revive la atmósfera de violencia que
vivía el país, con un Sendero Luminoso sembrando bombas por doquier y un clima
de violencia que parecía devorarnos. Aparte de este libro existe un par más, el
de Juan Cristóbal –que es una reunión de artículos sobre el caso– y el de
Guillermo Thorndike –que recoge las fotos de la masacre–, luego nada. Por
tanto, el libro de José “Chema” Salcedo, oportunamente llamado Las tumbas de
Uchuraccay (1984) es una pieza excepcional, es el testimonio de parte de un
periodista metido de lleno en los detalles de la tragedia. Ameno, con una prosa
periodística que hace placentera su lectura, para escribirlo el ex director de
El Diario tuvo el trabajo de recoger cuarenta testimonios y recorrer en
compañía del periodista Luis Morales los mismos lugares donde estuvieron los
ocho periodistas, esto es el Hostal Rosa en Ayacucho y la ruta hecha por ellos
antes de ser asesinados. Ahora el libro –como el Informe de la Comisión
Investigadora– se ha convertido en ineludible referencia para cualquiera que
quiera indagar sobre lo que ocurrió un 30 de enero de 1983, en ese paraje
helado e inhóspito de los Andes llamado Uchuraccay.
Freddy Molina Casusol
Lima, 30 de mayo del 2013
Post Scriptum
Las últimas noticias de
la tragedia las proporcionó este año la hija del guía Juan Argumedo, Rosa Luz
Argumedo. Ella, ahora hecha una profesional en Psicología, reclama que se le
otorgue el mismo status a su padre como el que se la ha dado a los periodistas
muertos: el de ser una víctima más de la masacre.