jueves, 27 de octubre de 2011

UNA NOTA SOBRE “AVES SIN NIDO” Y LA NOVELA INDIGENISTA

TODAVÍA NO SE CONOCE el motivo por el cual José Carlos Mariátegui omitió a Clorinda Matto de Turner y su novela Aves sin nido (1889) en su análisis sobre la literatura peruana. Diversas hipótesis se han presentado al respecto para interpretar esta ausencia. Según Fernando Arribas García la novela no calificaba en el rubro indigenista, pues no se acercaba ésta al alma del indio[1]. Tomás Escajadillo, por su parte, piensa que hizo bien el autor de los 7 ensayos en silenciarla “ya que no hubiese podido elogiar su novela: su tipo de enfoque de nuestra literatura no se lo hubiera permitido”. Luego, agrega: “pienso, personalmente, que Mariátegui optó por un cortés silencio”[2]. (Posteriormente, en una labor de salvataje, Escajadillo trata de explicar la actitud de Mariátegui subrayando que si bien es cierto que no la cita, sí le rinde homenaje con motivo de un Congreso en el Cuzco[3]. Pero Francisco Carrillo, uno de los estudiosos más ponderados de la obra de la Matto, como contradiciendo este último aserto, escribe: “Los homenajes de la instituciones femeninas de Lima y del Cuzco, son más bien de carácter humano. El movimiento indigenista, que cobra vigor después de 1920, olvida su labor de iniciadora”[4]. En realidad, la omisión mariateguiana, ha quedado en un misterio apenas descifrable[5]). De otro lado, Julio Rodríguez-Luis, entrando al terreno del análisis de la novela, establece una comparación entre Aves sin nido y la novela costumbrista de Fernán Caballero, aportando datos y señales que podrían orientar ese sentido[6]. Sin embargo, Antonio Cornejo Polar encuentra –sin dejar de lado el influjo costumbrista– que el sistema narrativo de las novelas de Clorinda Matto está inscrito en la novela francesa del siglo XIX, vale decir –glosa Cornejo recordando a Hugo Friedrich– en “la incorporación al universo novelesco del «dominio de la realidad social» (...) y la acción de un «doble proceso de interpretación del mundo», que el novelista escoge para su representación verbal”[7]. Alberto Tauro –“antiguo y fiel comentarista de Clorinda Matto de Turner”[8], al decir de Escajadillo– a su turno alega que Aves sin nido “denuncia la transición hacia el realismo”, sin por ello dejar de consignar el espíritu romántico que envolvía a su autora[9]. Carrillo, terciando en la discusión, en cambio manifiesta la dificultad de clasificarla como naturalista o costumbrista[10]. La propia Matto, para cerrar el debate, dijo de esta su primera novela que era una novela de costumbres[11].

“Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contemplar la imagen de las generaciones que fueron, la novela tiene que ser la fotografía que estereotipe los vicios y las virtudes de un pueblo, con la consiguiente moraleja correctiva para aquéllos y el homenaje de admiración para éstas”[12], dice Clorinda Matto en el prefacio de su novela. Aquí hay una tesis, una manera de encarar la literatura que, a nuestro juicio, colisiona con otra manera de verla como es la de Vargas Llosa. Precisamente es éste quien dedica, en un libro polémico donde hace un balance del indigenismo, unas líneas a la autora de Aves sin nido. “El primer escritor indigenista fue una mujer, enérgica hacendada[13]ella misma y lectora de Émile Zola y de los filósofos positivistas: Clorinda Matto de Turner (1854-1899). Su novela Aves sin nido inauguró una larga sucesión de libros comprometidos en los que se retrata, desde diversos ángulos, la vida campesina, denunciando las injusticias y reivindicando las costumbres y tradiciones indígenas hasta entonces ignoradas por la cultura oficial”[14]. Vargas Llosa dice esto luego de sostener que la literatura en los países de América Latina durante larga data pasaron a ser un sucedáneo de las ciencias sociales, de una visión correcta de la sociedad, de lo moral y éticamente aceptable. Para Vargas Llosa esa es una mirada inapropiada del hacer literario en el que la imaginación y el hechizo –entiéndase como el arte de seducir al lector con las palabras– tienen un lugar preponderante, casi aséptica de su entorno social. En sus ensayos La orgía perpetua. Flaubert y “Madame Bovary”; García Márquez: historia de un deicidio; y La verdad de las mentiras. Ensayos sobre la novela moderna, ha explicado su posición. Su visión de la literatura se acopla a la de Flaubert, Faulkner, a quienes él considera sus maestros. No tiene un anclaje en la tradición literaria nacional. Es el tipo de escritor –como lo ha demostrado con gran talento– que se encierra en su torre de marfil para dar rienda suelta a lo que él suele llamar placenteramente “sus demonios literarios”, recogiendo materiales y perfiles de la realidad; pero que no le significan en modo alguno compromiso con la sociedad. Por lo tanto, el hecho de leer en una novela –aunque sea del siglo pasado– tal declaración de principios, tuvo que haberle provocado algún tipo de reparo. Mario Castro Arenas, al respecto, con buen ojo, ha escrito: “No admite ambigüedades la decisión de Clorinda Matto de Turner en el sentido de emplear la novela, al igual que Aréstegui Cisneros, el mismo Cásos y Mercedes Cabello de Carbonera, como un instrumento al servicio de las reformas sociales”[15]. La Matto, pues, instrumentaliza la novela para hacer un alegato a favor de los indios, tal como lo hubiera esperado de ella su maestro: González Prada[16].

Notas
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[1] "Aves sin nido: ¿novela indigenista?", Fernando Arribas García, en Revista de crítica literaria latinoamericana, Año XVIII, Lima, 2do. semestre de 1991, pp. 63-64.

[2] Ver cita 9b, en La narrativa indigenista peruana, Tomás G. Escajadillo, Amaru Editores, Lima, 1994, pp. 43-44.

[3] Ver Aves sin nido ¿novela indigenista?, Tomás G. Escajadillo, en Socialismo y Participación, Lima, abril de 2003, p. 95.

[4] Clorinda Matto de Turner y su indigenismo literario, Francisco Carrillo, Ediciones de la Biblioteca Universitaria, Lima, 1967, p. 42.

[5] Escajadillo, en un libro de reciente publicación, dice –reiterando su primigenia opinión– que fue una “omisión consciente; no un olvido”. Ver Mariátegui y la literatura peruana, Tomás G. Escajadillo, Amaru Editores, Lima, 2004, p. 178.

[6] Hermenéutica y praxis del indigenismo. La novela indigenista de Clorinda Matto a José María Arguedas, Julio Rodríguez-Luis, Fondo de Cultura Económica, México, 1980, p. 19.

[7] Ver Clorinda Matto de Turner: para una imagen de la novela peruana del siglo XIX, en Clorinda Matto de Turner, novelista. Estudios sobre Aves sin nido, Indole y Herencia, Antonio Cornejo Polar, Lluvia Editores, Lima, 1992, p. 15.

[8] "Aves sin nido ¿novela indigenista?", Tomás G. Escajadillo, p. 80.

[9] Clorinda Matto de Turner y la novela indigenista, Alberto Tauro del Pino, Universidad Nacional Mayor de San Marcos, Lima, 1976, p. 38.

[10] Clorinda Matto de Turner y su indigenismo literario, Francisco Carrillo, p. 55.

[11] Ver Proemio, en Aves sin nido, Clorinda Matto de Turner, Peisa, Lima, edición noviembre 1986, p. 9.

[12] Ibíd., p. 9.

[13] Clorinda Matto no fue hacendada (la hacienda donde pasó sus primeros años fue legada por su padre a los hijos de su segundo matrimonio) y menos terrateniente como lo ha demostrado Nelson Manrique. Fue acopiadora de lana primero y tras la muerte de su esposo, José Turner, una eficaz empresaria. Ver "Clorinda Matto de Turner y el nacimiento del indigenismo literario (Aves sin nido, cien años después)", Nelson Manrique, en Debate Agrario No. 6, Lima, abril-junio 1989.

[14] Ver La Utopía Arcaica. José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, Mario Vargas Llosa, Fondo de Cultura Económica, México, 1996, p. 21.

[15] Ver La novela peruana y la evolución social, Mario Castro Arenas, José Godard Editor, 2da. edición, Lima, s/f, p. 108.

[16] Clorinda Matto de Turner primero fue discípula de Ricardo Palma y luego de González Prada, cuyas posiciones estético-literarias estaban enfrentadas. “Los miembros del Círculo Literario (presidido por González Prada) rechazaban la estética de Palma. Desde su punto de vista literario la literatura debía reflejar acontecimientos históricos en vez de embellecerlos. Los escritores debían volcarse al realismo para atender problemas históricos o políticos concretos.”, anota Kristal. Resulta curioso reconocer en la definición de tradición de Ricardo Palma una identidad de propósitos con Vargas Llosa, y que casi un siglo después desarrollaría éste en su libro de ensayos La verdad de las mentiras. Dice Palma: “La tradición es la fina urdimbre que dio vida a las bellísimas mentiras de la novela histórica cultivada por Walter Scott en Inglaterra, por Alejandro Dumas en Francia y por Fernández González en España.” Posición que a más no poder se asemeja, como dos gotas de agua lo pueden ser, a las de Vargas Llosa, admirador de Tirant lo Blanc y las novelas de caballería. Ver Una visión urbana de los Andes, Génesis y desarrollo del indigenismo en el Perú 1848-1930, Efraín Kristal, Instituto de Apoyo Agrario, Lima, 1991, pp. 125-126.

sábado, 22 de octubre de 2011

LA PALABRA DE COAGUILA

SI HAY UN ESCRITOR que conoce bien Jorge Coaguila, ese es Ribeyro. Su primer libro, Ribeyro. La palabra inmortal (1995) –a la sazón ganador, en el género de reportaje, de los juegos florales en la Facultad de Letras de San Marcos a comienzos de los noventa– da cuenta de ese interés. Coaguila es una especie de Tycho Brahe. En otras palabras, es, como el astrónomo danés, un almacenador de datos listos a la espera de que un Kepler los organice para mostrar la belleza del conjunto. En Ribeyro. La palabra inmortal, Coaguila sorprende a su entrevistado, Julio Ramón Ribeyro, con preguntas rebuscadas, datos escondidos, claro indicador de que lo había leído lo suficiente bien como para plantearle un tête à tête. Con los años, el joven Coaguila desarrollaría su devoción por Ribeyro hasta los límites de la publicación de un libro sobre aquél, Las respuestas del mudo (1998, notablemente ampliado en la segunda edición del 2009), que reúne acertadamente una selección de entrevistas concedidas por el escritor a diferentes medios limeños. Si hay algo que criticarle a Jorge Coaguila, tanto en este como en el volumen dedicado a Vargas Llosa, Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas (2004, 2010) es la ausencia de un estudio introductorio. Esa ausencia lesiona sus intensiones de convertirse en un biógrafo de ambos escritores. No bastan las notas a pie de página para suplir esa falta. Era necesario que se explayara con una reflexión profunda sobre el quehacer de éstos, amén de los aportes que podía ofrecer si tomamos en cuenta que durante años ha catado y bebido de sus respectivas literaturas (nos viene a la memoria, como ejemplo, el prolijo estudio del profesor Angel Crespo para una edición del Cancionero de Petrarca). No obstante, el esfuerzo de recopilación y selección hecho por Coaguila, es digno de ser destacado. Ha llenado un vacío de investigación y ha ahorrado un precioso tiempo para que otros estudiosos más sagaces se aboquen mejor a la exégesis, si cabe el término, “bio- literaria” de Ribeyro y Vargas Llosa. En estas entrevistas contenidas en Ribeyro. La palabra inmortal –seis en total, más un apéndice de seis cuentos inéditos– el joven Coaguila hace un despliegue de conocimiento de la obra del autor de “Silvio en el rosedal”. Todas –a excepción de la segunda, que se le cae al final– tienen esa marca. Todas, desde diferentes aristas, nos muestran una faceta desconocida del escritor. Por esta razón, este libro y las consiguientes respuestas del “mudo”, son valiosos materiales para quienes buscan acercarse a la vida y obra de Ribeyro, un clásico de la tradición cuentística en nuestro país.

Freddy Molina Casusol
Lima, 22 de octubre de 2011

domingo, 16 de octubre de 2011

BONDY Y OTROS RELATOS

MUY BUENOS, los cuentos de Juan Carlos Bondy son muy buenos, son de clara estirpe ribeyriana. Especialmente destacables son “Ayuda por teléfono” (que da nombre a la colección) y “Torres”, cuyas hilarantes escenas evocan las guerrillas literarias de nuestros narradores limeños. Bondy escribe bien, es pausado, tranquilo, no apura el ritmo de la prosa, se toma su tiempo, fuma su cigarrillo, deja que las frases se acomoden solas, reposa un momento y continúa el hilo del relato hasta darle la puntada final. Es una grata sorpresa en medio de una fauna de cuentistas insípidos y sosos. (Hasta el momento no surge un digno sucesor de Luis Loayza, o del propio Ribeyro). Llama la atención, por otra parte, que en los tres primeros cuentos de Bondy haya puesto como uno de los escenarios un diario, al cual dirigen sus cartas el profesor Mendoza, Carlos Torres y el protagonista de “Ayuda”, cuyo nombre tiene claras reminiscencias chilenas: El Mercurio. ¿Por qué? ¿Es que el autor de estos textos vivió en el país del sur y tuvo una grata estadía que ha querido inmortalizar ese recuerdo? ¿O es por puro afán lúdico? Del buen trato que tiene Bondy con el idioma, ya se tenía conocimiento en las páginas del desaparecido suplemento cultural de La Primera. Allí Bondy aparece como un buen redactor de notas culturales, provisto de un lenguaje cuidadoso que piensa en el lector y lo respeta. En Ayuda por teléfono y otros cuentos (Tierra nueva editores, 2009), ratifica esa impresión.

Flaco, silencioso, y hasta un poco enigmático, la figura de Bondy aparece replegada entre los no tan jóvenes narradores nacidos en la década del setenta –entre los que se encuentra Enrique Planas con Orquídeas en el Paraíso.

Finalmente, con Ayuda por teléfono, Juan Carlos Bondy no tiene motivos para mantenerse más en el anonimato. Es un buen narrador, con la salvedad de que debe desprenderse del aura de Ribeyro para expresar una voz propia, so pena de confundirse con su maestro. Eso creemos.


Freddy Molina Casusol
Lima, 16 de octubre de 2011

domingo, 2 de octubre de 2011

EL “EXAMEN” DE L.A.S.

YO CRECÍ ADMIRANDO a Luis Alberto Sánchez. Su frente sabia, su voz modulada y precisa, sus ojos perdidos en la ceguera blanca que lo acompañaba. Admiraba su inteligencia, su vivaz juego de palabras con el que descolocaba a los periodistas con sus preguntas. “Maestro”, le decían. Y, en verdad, lo era. Mi tía me decía que cuando era estudiante de San Marcos se acercaba a hablar con él y que, mucho tiempo después, cuando otra vez lo hizo, él se acordó de ella. Dueño de una memoria prodigiosa, Sánchez, como se decía por aquella época, era la inteligencia en persona. Terco militante del Partido Aprista Peruano y amante de la Universidad Mayor de San Marcos, a la que llamaba “su eterna novia”, Luis Alberto Sánchez fue una de las últimas lumbreras intelectuales que tuvo el Perú. Culto, bastante bien informado, Sánchez, por los años setenta y ochenta, tuvo algunas apariciones televisivas. Primero en el programa “Testimonio” de César Hildebrandt; y luego con “La hora de Luis Alberto” que él mismo dirigía en el canal del Estado, donde derramaba toda su vasta cultura y conocimiento literario. Yo siempre me preguntaba qué hacía L.A.S. (sigla con la que era reconocido) al lado de políticos como Carlos Enrique Melgar o Armando Villanueva, si lo suyo era la literatura, la vida intelectual y el mundo de las ideas, que ya eran reconocidas en sus libros La Literatura PeruanaLa universidad no es una isla y Proceso y contenido de la novela hispanoamericana. Era que su sola presencia adecentaba la política, le daba el toque de inteligencia que necesitaba. Esa era su contribución. Por eso a muchos no les asombró que integrara la fórmula presidencial encabezada por el joven Alan García en 1985. Le daba el equilibrio necesario. Sus adversarios –que no eran pocos– le enrostraban en el plano intelectual que se dejara llevar por su portentosa memoria –que a veces lo traicionaba– para cometer gazapos en sus libros. Eso lo recordó Mario Vargas Llosa en El pez en el agua, cuando contó cómo el riguroso Raúl Porras Barrenechea quedó espantado aquella vez que el crítico chileno Ricardo A. Latcham dejó malparado a Sánchez, a propósito de las inexactitudes detectadas en su libro Proceso y contenido. A mediados de los ochenta, L.A.S., haciendo un alto en sus labores como vicepresidente de la República, regaló a los lectores y admiradores de su buena prosa, un conjunto de artículos que fueron publicados en el semanario “Visión Peruana” dirigido, para variar, por César Hildebrandt. Escritos buena parte de ellos en primera persona, Sánchez los escribe con una fluidez envidiable, sin el apuro del cierre, con la sapiencia de un hombre que supera los ochenta años y quiere, apelando a la confesión íntima, revelar sus secretos, sus anhelos y angustias. El recorrido de Sánchez en estos artículos pasa por su infancia y adolescencia, por sus lecturas más queridas Por ello, se puede decir que estos textos reunidos en Examen de conciencia (Mosca Azul Editores, 1988) son una especie de memorias anticipadas –o continuadas, si la memoria no me es infiel, de los seis volúmenes que por esos años salieron a la luz–, un extracto selecto de lo mejor de su pensamiento. Leer –o releer, como aconsejaba L.A.S– estos textos es más que un deleite, es una obligación, sobre todo ahora que andamos carentes de intelectuales de fuste que nos hagan soñar con las palabras.

Freddy Molina Casusol

Lima, 2 de octubre de 2011

 

Sobre Luis Alberto Sánchez puede leer el artículo "El intelectual comprometido" del periodista Raúl Mendoza Tume, publicado en el diario La República.

 









jueves, 29 de septiembre de 2011

PRENSA Y FASCISMO EN AMÉRICA DEL SUR

LO INTERESANTE de este libro es su enfoque: describe en cinco enjundiosos ensayos cómo el fascismo se valió de la prensa para difundir su pensamiento, así como sus relaciones con intelectuales y empresarios que se dejaron seducir por la prédica de Mussolini en Brasil, Argentina y Perú. El libro tiene una serie de revelaciones que vale la pena leer. Escrito por investigadores ajenos al cubileteo político local, Fascistas en América del Sur (Fondo de Cultura Económica, 2007), compilado por Eugenia Scarzanella, actualiza el panorama sobre la presencia de los fascio en nuestros países. Aunque no constituya ninguna novedad, para el caso peruano, enterarse del fascismo de intelectuales como José de la Riva Agüero y Osma y Carlos Miró Quesada Laos, sí lo es saber cómo fue observada esa conversión desde la mirada de un extranjero. Del primero dice Luigi Guarneri –encargado del estudio sobre el fascismo en el Perú– que “dio un sensacional viraje reaccionario en los años treinta, abrazando el fascismo, en clave católica, antiliberal y «latina»”; y del segundo evoca que era “hijo del propietario del periódico más importante de Lima, El Comercio –órgano que apoyó de manera evidente el fascismo italiano–, difundió y reseñó los escritos y discursos de Mussolini en las páginas del periódico de su familia, y también vivió en Italia durante la segunda mitad de los años treinta”. Las relaciones de presidentes como Oscar R. Benavides con el fascismo, así como las del partido Unión Revolucionaria de Sánchez Cerro, inspiradas en este, también son vistas por el autor. Pero quizás lo más curioso, para los que gustan desenmarañar las redes del poder, constituya el acápite dedicado al Nucleo di Propaganda en el que tuvo notoria importancia Gino Salocchi, director del Banco Italiano, quien apoyó iniciativas de corte cultural que incluyeron, en su momento, la donación del Museo de Arte Italiano al Estado. La publicidad de las empresas italianas era asimismo la modalidad por la cual el fascismo financiaba a la prensa peruana, asegurando así la difusión de sus comunicados. La Crónica, El Universal y La Prensa fueron, aparte de El Comercio, otros diarios que difundieron notas y artículos a favor de la causa fascista, siendo La Crónica, según Guarneri, la que sostuvo la posición italiana –a favor de la guerra de Italia contra Etiopía– y sus periodistas “oportunamente financiados” en sus críticas a la Sociedad de Naciones –que sancionó este hecho–. La compra de hombres de prensa, la activa participación de la embajada italiana en el Perú y el apoyo de empresarios italo peruanos, resaltan como conclusiones para explicar la difusión de la propaganda fascista en el Perú de los años treinta. El papel que cumplió el diario Il Mattino d’Italia en Argentina, como órgano de difusión del pensamiento fascista en el continente, es examinado oportunamente en los trabajos de Vanni Blengino y Eugenia Scarzanella respectivamente. En suma, en Fascistas en América del Sur, el lector podrá encontrar una buena guía para adentrarse, vía la exploración periodística, en las ideas de los camicie nere que amenazaron, mientras tuvieron vigencia, revivir los esplendores de la Roma Imperial.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 29 de setiembre de 2011


domingo, 21 de agosto de 2011

LOS "VEINTE POEMAS" Y UNA DECLARACIÓN DE AMOR

ESTA ES UNA de las más hermosas ediciones de los 
Veinte poemas de amor de Neruda. Publicada en la colección pequeña de Alianza Cien de Madrid en 1994, incluso llegó a ser “pirateada” en Lima. Hecha en papel ecológico, su delicadeza es insuperable. Competía –vanamente– con ella la de Oveja negra; pero los chicos –a decir por los testimonios de los libreros de la época– preferían la de Alianza, para regalar y “caerle” a las chicas con éxito. La carátula –con los corazones entrecruzados– encendía hasta el corazón más frío. Hay numerosos estudios sobre la poesía de Neruda, entre ellos el de Amado Alonso, Poesía y estilo de Pablo Neruda (Editorial Sudamericana, 1966), quien lo ausculta con detenimiento, pero ninguno puede traer a tierra ese sentimiento de nostalgia que llevan estos versos. Hoy esta edición de Alianza Cien es casi inhallable. Ya no ha sido vuelta a reeditar. Y eso es una lástima, porque la belleza y pulcritud de su presentación merecen una reimpresión. Tuve hace pocos días la suerte de encontrar un ejemplar en esa feria improvisada de libros que se ha hecho –al amparo de la nocturnidad y el descuido municipal limeño– en la avenida Alfonso Ugarte, a pocos metros del colegio Guadalupe. Años atrás había regalado los Veinte poemas en esta edición a varias chicas que me interesaron, y me quedé sin uno solo. El último lo sacrifiqué en 1997 en manos de una chica, quien no hace mucho, para sorpresa mía, cuando yo creía todo olvidado, había fotografiado y publicado la portada de poemario de Neruda en su página personal. Cuando le pregunté sobre si éste era el ejemplar que le había obsequiado, me dijo que sí y que además tenía una carta mía de esas fechas. Ahora ella está casada, pero aún recuerdo cómo mi corazón latía de amor por ella. Por eso le regalé ese ejemplar, porque sus ojos negros relampagueantes y su cabello azabache, eran merecedores de estos exaltados versos –sobre todo el poema veinte– como una tímida declaración de amor. Sobre Neftalí Reyes –Neruda– se ha escrito mucho. Es más, su segunda esposa, Matilde Urrutia, le ha dedicado un libro, Mi vida junto a Pablo Neruda (Seix Barral, 1987). También hay una película, Il postino (“El cartero”, 1995), pero de ésta mejor hablo en otro momento para no traicionar la intención poética de esta reseña.


Freddy Molina Casusol
Lima, 21 de agosto de 2011

jueves, 21 de julio de 2011

“RELATOS FANTÁSTICOS” DE CASTELLANOS


Foto: Casa de la Literatura
A VECES HAY ESTUDIANTES que saben más que sus profesores. Este es uno de esos casos. Miguel Ángel Cavero, exestudiante de Literatura de la Universidad Federico Villareal, desafió al destino y a su profesor que se resistía a admitir que su alumno tuviera la razón en su proyecto de investigación sobre Alfredo Castellanos, un autor desconocido. ¿Quién diablos era él?, pensaría. Mejor sería que dedicara sus esfuerzos a un novelista o cuentista consagrado. Pero Cavero, terco, no lo hizo. Y con la ayuda de la viuda del escritor, Esperanza Ruiz, desempolvó una serie de relatos que merecían salir a la luz. Alfredo Castellanos, para quienes no lo saben, fue uno de los mejores amigos de Julio Ramón Ribeyro. Ribeyro, que sabía largamente más de literatura que el profesor de Cavero, apreciaba el talento de Castellanos. De él, y de otro amigo de infancia, Pedro Perucho Buckingham, afirmaba que eran “unos tipos bien dotados para la creación literaria que por esas contradicciones que suelen darse en la vida tuvieron que abandonar tal vocación para dar paso solo a los segundones”[1]. Ribeyro sabía bien lo que decía. Cavero, en esta edición de Relatos Fantásticos de Castellanos, ha tenido el buen tino de insertar “Crisálida”, uno de los cuentos más apreciados del autor, incluido en la antología de El Cuento Peruano 1942-1958 hecha por Ricardo González Vigil. Igualmente ha tenido la certeza de incluir dibujos hechos por el propio Castellanos para acompañar los relatos que conforman la serie, así como un total de seis fotos donde se ve al escritor con autores reconocidos como Eleodoro Vargas Vicuña y críticos como el recientemente desaparecido Carlos Eduardo Zavaleta. Abstracta, oscura e ilógica se puede calificar la prosa de Castellanos; de la muestra presentada por Cavero queremos destacar “Leutonio”, relato que, a nuestro juicio, no se puede incrustar propiamente dentro de lo fantástico, sino del horror. Relatos fantásticos de Castellanos, es un libro a tomar en cuenta por los estudiosos de la literatura peruana que quieran ahondar en la psicología de un personaje marginal de la generación 50, ninguneado por un profesor de literatura que no supo reconocer lo que tenía entre manos uno de sus pupilos.

Freddy Molina Casusol
Lima, 18 de julio de 2011

[1] Ver Las respuestas del mudo (Selección, prólogo y notas de Jorge Coaguila), Iquitos, Tierra nueva editores, 2009, p. 53.



jueves, 14 de julio de 2011

THORNDIKE Y “EL REY DE LOS TABLOIDES”

SI EL LECTOR esperaba en sus páginas una historia del diario Ultima hora o una biografía de Raúl Villarán, un grande del periodismo nacional, se equivoca. Esto es, como lo advierte la contraportada del libro, el “asesinato de un fantasma”. Guillermo Thorndike, el encargado de perpetrarlo, fue no sólo un destacado escritor sino un periodista-escritor, título que muchos quisieran ostentar en vez del superficial redactor con el que se presentan a diario. Hildebrandt decía que era nuestro Truman Capote. No le faltaba razón. Thorndike tenía una espléndida pluma. 1879, El caso Banchero, El año de la barbarie, El Hermanón –quizás uno de sus mejores libros– y La revolución inconclusa –fallido texto hagiográfico–, son algunos de los libros con los que Thorndike demostró su talento. Ganado por el periodismo sensacionalista en algún momento, tuvo varios detractores, entre ellos el escritor Mario Vargas Llosa, quien le dedicó –con alguna razón– unas duras líneas en El pez en el agua. Director de diarios como La Crónica y La República, y de otros como Página Libre –desde el cual hizo campaña a Fujimori–, Thorndike, al final de su larga carrera periodística, dedicó su tiempo a escribir El rey de los tabloides para hacer un balance de su itinerario personal. Raúl Villarán y Ultima hora fueron el pretexto. De allí que El rey de los tabloides esté lleno de evocaciones, de largos párrafos dedicados al San Isidro de su juventud o a la frustrada rebelión aprista de 1948, que en el acto nos remiten a uno de sus más comentados libros, El año de la barbarie. Sólo en la primera parte de El rey, el lector podrá encontrar la ansiada información sobre Villarán. Eso sucede cuando entra en escena la tía Josefina, que vivió enamorada del padre de Villarán; y luego surge la figura de Villarán a los veinte años, presto a convertirse en el fundador de Equipo, revista deportiva con la que quería competir con El Gráfico de Buenos Aires. Luego de esos pasajes, la figura de Raúl Villarán se diluye, se confunde en el proceloso mar de recuerdos de Thorndike. Thorndike inventa un Villarán que no se sabe con certeza cuán fiel sea al original, aunque es necesario recordar que éste ya había advertido desde la contracaratula que estas páginas no debían tomarse como una biografía autorizada. De cualquier forma, el lector ávido por datos de Villarán, esperaba que el ocasional biógrafo tuviera un mayor apego a la vida de su biografiado. Lo mejor de El rey de los tabloides se encuentra al último, en ese final irreverente donde la genialidad de Villarán se manifiesta en esa entrevista con Pedro Beltrán, a la sazón dueño de Ultima hora, quien escandalizado por la proliferación de rumberas en las páginas de su periódico, decide ponerle un alto a los excesos de su director, el señor Raúl Villarán. “¿Cuáles son sus órdenes don Pedro?”, preguntó Villarán. “No más calatas”, contestó Beltrán. “¿Definitivo, para siempre?”. “Ni una más”, repitió don Pedro, sin pensar que por esos excesos el periódico había llegado a vender la friolera de noventa y nueve mil ejemplares, cifra impensable para la época. Villarán, superando el mal momento y la posibilidad de un infame despido, tuvo el gesto iconoclasta de irse de la dirección de Ultima hora con una última edición llena de calatas –en total veintiocho–, incluyendo las páginas de política, opinión e internacionales. Ese fue el final de Raúl Villarán, el rey de los tabloides, leyenda del periodismo nacional de ayer y de ahora, que Guillermo Thorndike mezcló con sus recuerdos para presentarlo a las nuevas generaciones de jóvenes periodistas, con la secreta esperanza de que por allí surja alguno que se atreva a poner en una primera plana un titular como este: “Chinos como cancha mueren en el paralelo 38”, y así rendir homenaje a una de las últimas glorias del periodismo de este país.

 

Freddy Molina Casusol

Lima, 14 de julio de 2011

martes, 28 de junio de 2011

EL MURAL DE SAN MARCOS

FUE PINTADO en los años ochenta cuando los grupos de izquierda en San Marcos tenían la hegemonía política en el campus universitario. Exactamente en 1986, si atendemos la fecha que reza en el interior del recuadro que reproduce una conocida frase de Vallejo: “Hay, hermanos, muchísimo que hacer”. Pero, estrictamente, no se puede saber cuándo. El asunto es que el mural del segundo piso de la Facultad de Letras fue hecho cuando Educación era huésped en su pabellón. Sus alumnos, inficionados por la ideología marxista-leninista-maoísta, con seguridad, alentaron su creación. San Marcos, hay que recordarlo, fue en los setenta “un templo de Mao Tse Tung”[1]. El mural, aunque consumado en otro período, se inscribe, dentro de esta concepción. Sin recibir mantenimiento alguno durante un cuarto de siglo, en febrero de este año ha sido restaurado. Una nueva capa de pintura ha vuelto a la vida aquellos rostros y escenarios que, ocultos y sombríos, yacían adormecidos en su interior. Tras las labores de restauración, el simbolismo que encierra el Mural está de nuevo a la vista de los estudiantes y curiosos que se detienen a observarlo. Aunque no se puede descartar la posibilidad de que él o los encargados de la restauración hayan hecho algunas modificaciones, aprovechando el grado de deterioro en que se encontraba, lo importante es que, al parecer, la mayoría de trazos originales ha sido respetado. En las siguientes líneas ofrecemos las apreciaciones surgidas luego de varios días de observación del mismo.



El mural

El mural, como ya lo hemos expresado líneas arriba, ocupa el segundo piso de la Facultad de Letras. Representa toda una alegoría del advenimiento de una sociedad comunista. Se puede apreciar muchas imágenes que avisan de su llegada. La que representa a una masa de gente en movimiento mirando la luz de la alborada, y que marca poderosamente la composición del cuadro, es un ejemplo de lo anterior. En la parte inferior derecha, se puede ver lo que representaría, para un marxista ortodoxo, la burguesía, la clase explotadora y el imperialismo expoliador. Allí se puede observar a un personaje trajeado como el Tío Sam representándolo. Cerca de él está una mujer pelirroja, vestida con un traje holgado e insinuante. Del cuello de esta mujer pende un collar de perlas, indicativo de su extracción social: pudiente. La acompaña un hombre delgado, de tez blanca y con inconfundibles lentes Ray ban. Este hombre cubierto con una camisa de verano, fumando un cigarro –o quizás opio–, representa a los ricos, quienes, ignorando las necesidades del pueblo, se entregan a la diversión y al desenfreno. Al lado de ellos se puede apreciar también a un hombre mestizo –reconocible por el color mate de la piel– aferrándose a una botella de licor. Y un poco más allá hay otro que, cual Sodoma y Gomorra, aparece en los brazos de una mujer blanca, una prostituta, a quien ha pagado con un dinero que se halla regado cerca. Próximo a este escenario, al lado izquierdo, se ve una situación de enfrentamiento que más adelante analizaremos. Estas dos polaridades en conflicto reflejan la sociedad peruana, el “zorro de arriba” y el “zorro de abajo” de los que hablaba Arguedas, si es que vale la pena forzar la expresión arguediana. El mural, pues, es un gran fresco donde se establece la lucha de clases, las cruentas oposiciones entre la burguesía y el proletariado, donde el amanecer socialista está a la vista de las masas rebeldes y empobrecidas que no tienen nada que perder derribando el viejo orden capitalista.



El rostro del intelectual

Entre los múltiples rostros que aparecen en el Mural, hay uno que despierta la atención. Es el que corresponde a un hombre de aspecto intelectual que usa lentes y porta en un brazo dos libros y un rollo de papel. Su apariencia trae el recuerdo de la importancia de la educación para algunas facciones de izquierda, que piensan que a través de ella el pueblo puede superar su estado de ignorancia. El libro de Carlos Iván Degregori, El surgimiento de Sendero Luminoso, precisamente, trata de esto, de la relevancia de educación en los sectores rurales para ascender en la escala social. De esta manera se puede entender por qué ciertas agrupaciones de izquierda como “Patria Roja” –cuyo ascendiente en la Facultad de Educación (donde se gestó el mural) fue evidente–, han procurado tener injerencia en la formación de los maestros. Conocedores del poder de la instrucción pública sobre el conjunto de la sociedad, han buscado siempre ubicar sus “cuadros” políticos e intelectuales en el magisterio. La imagen, por otra parte, guarda un lejano parecido con el historiador peruano Alberto Flores Galindo (recordemos que a mediados de los 80, la ascendencia de Flores Galindo en partidos de izquierda como el PUM –Partido Unificado Mariateguista– era detectable, así que no debe sorprender que el muralista haya dejado trazada esa influencia –si así lo fue– en su trabajo). Inicialmente, conjeturamos, que era Mariátegui, pero el rostro del pensador socialista peruano no calzaba bien con el boceto de la imagen. Este intelectual de rasgos mestizos, asimismo, está acompañado de una mujer –su esposa, al parecer– que envuelve en un abrazo protector a sus dos hijos. La mujer, cuya rudeza se puede reparar en la contextura de sus brazos, rodea maternalmente a sus vástagos con el brazo derecho, mientras que con el izquierdo en alto denota la grandeza, el logro de alcanzar la ansiada sociedad comunista donde la humanidad conseguirá su plena realización.



La campesina y el desaparecido

En la década de los ochenta, el país estaba viviendo el climax de la violencia subversiva. Sendero Luminoso había iniciado la llamada “guerra popular”. Por esas fechas los militares incursionaban en las comunidades y caseríos andinos cometiendo una serie de atropellos y violaciones en contra de los campesinos, los cuales se veían enfrentados entre dos fuegos: el del ejército y Sendero, que reclamaba sujeción al “Pensamiento Gonzalo”. La violencia subversiva trajo como consecuencia la desaparición y muerte de ancianos, niños y mujeres, todos ellos inocentes. Accomarca, Aucayacu, Lucanamarca, Putis y las fosas comunes de Pucayacu, son parte de la larga lista de los excesos y violaciones de derechos humanos en esas zonas de los Andes[2]. Teniendo como marco lo anterior se puede entender, pues, la presencia de una campesina en el mural. Ella se encuentra cogiendo entre sus manos una foto. Silenciosa nos avisa que tiene un deudo desaparecido. Muda, triste, contrita, esa imagen de la campesina, flanqueada por dos individuos que le indican, o instan, con la mano izquierda que siga la aurora comunista, es una metáfora de la época; la imagen de la desgracia colectiva de un país, del desplome de una sociedad, que tuvo que pagar una cuota de sangre para alcanzar la paz doce años después de iniciada la vesania senderista. Aplicar la consciencia de clase a machaca martillo y la pacificación con el culatazo de un fusil FAL, tuvieron como consecuencia la perdida inútil de miles de vidas humanas. El mural es, desde esa perspectiva, un reflejo de lo ocurrido. La campesina y la foto del deudo desaparecido bien podría ser la de uno de los hijos de las Madres de la Plaza de Mayo, quienes reclamaban sanción para los militares argentinos que asesinaron a sus seres queridos; o la de uno de los desaparecidos durante el golpe de estado del 11 de setiembre de 1973 en Chile que sacó a Allende del poder. El mural, mirado de esta forma, alcanza las dimensiones de América Latina, en sus penurias y lamentos.



La Estela de Chavín

Si se analiza el mural en forma de composición en cruz (o como un cuadrado semiótico), tenemos que las representaciones expuestas en el extremo superior izquierdo se oponen a las que figuran en el extremo inferior derecho. La estela de Chavín, el microscopio, el sikuri, el charango y el árbol representan sucesivamente la tradición y la perennidad del conocimiento andino. Estos están en oposición a la opulencia, el lujo, el desenfreno y el boato de las clases pudientes, cuyos símbolos, el Regatas y el Sheraton, caminan a la decadencia. La estela representaría la cultura ancestral, la raíz de los antiguos peruanos. Esta parte del mural está acompañado de la imagen de un hombre con su hijo, a quien está enseñando a escribir. Debajo de ésta se puede leer la manida frase de Vallejo: “Hay hermanos muchísimo que hacer”. Esto reafirma la idea expresada anteriormente: que es por la vía de la educación que el pueblo encontrará su liberación. Las clases explotadas (campesinos y trabajadores) no volverán a ser subyugadas cuando tengan la educación que la clase explotadora les niega. Ese es el mensaje. Lo colectivo, y no lo individual, tiene un claro predominio en el mural: son las masas las que hacen la historia y no “los héroes” de un Carlyle. Para el comunismo, el individuo no puede estar por encima de lo colectivo. Esto estaría reñido con las enseñanzas de Marx y sus seguidores: la de una humanidad sin diferencias de clase. El mural, pues, refleja esa convicción.



Los hijos de Cronos

Una imagen particularmente tétrica es la que representa al Fondo Monetario Internacional. Recuerda la representación de Cronos comiéndose a sus hijos, hecha por Goya. La mitología griega nos dice que Saturno o Cronos, avisado por Las Parcas que uno de sus hijos lo iba a destronar, decide devorarlos. No es difícil pensar que el muralista, condicionado subconscientemente –por muy socialista o comunista que sea–, por su formación judeo-cristiana-greco-latina, haya replicado esa imagen goyesca con la variante del FMI devorando a los “hijos del pueblo”. En ese mismo recuadro se puede apreciar también a la “reacción”, simbolizada por el ejército apertrechado, defendiendo el coto cerrado de la burguesía de un posible ataque del pueblo, que, a pocos metros, está desfilando en claro gesto de rebeldía. Un cura alzando una cruz –de cuyo mango terminado en forma de cuchillo, gotea sangre del pueblo–, parece exorcizar a los insurrectos con un “vade retro”. Un hecho curioso lo constituye la aparición de una cámara fotográfica que, muda y silenciosa, parece decir que ha registrado lo que le ha ocurrido a esa pila de cadáveres devorados por el FMI. El Tío Sam, del cual hablamos en un principio, merece una mención aparte. Resulta interesante examinarlo rodeado de dos figuras. La primera de ellas, una rata, evidencia la connotación expoliadora del imperialismo que el muralista ha querido imprimir en su obra. La segunda, que aún no hemos podido explicar su presencia, la de un intelectual, que evoca el rostro de Mariátegui y asoma desde atrás. Al parecer se ha querido decir que la iniquidad que se está cometiendo en contra del pueblo, ya llegará a su fin. La figura vigilante del Amauta auguraría una especie de apocalipsis. Una tercera imagen, la de la paloma ensangrentada escapando de la mano del Tío Sam, es el símbolo del padecimiento de los pueblos oprimidos del mundo que han sufrido abusos de manos del imperialismo.


Crédito de fotos: Freddy Molina Casusol

[1] Ver Los jóvenes rojos de San Marcos de Nicolás Lynch.
[2] Según la Comisión de la Verdad y Reconciliación, las víctimas y desaparecidos durante la violencia de esos años ascendería a la cifra de 24,000 personas.

lunes, 30 de mayo de 2011

CHÁVEZ VISTO POR UN ANARQUISTA

DESDE 1999, año en el que asumió el cargo, el presidente Hugo Chávez Frías ha venido implementado en Venezuela una serie de políticas de estado, que han hecho pensar a la opinión pública internacional que este país sigue los pasos del modelo socialista cubano.

La asunción de Chávez al poder se debe a varios de factores: por un lado, una oligarquía que olvidó durante decenios al pueblo; y, por el otro, a un pueblo que, harto de las promesas de los gobiernos sucesivos de Acción Democrática (AD) y el Copei, quiso darle una oportunidad a aquel militar que buscó derrocar a Carlos Andrés Pérez en 1992.

Pero doce años en el poder desgastan. Aparecen opositores en el escenario político. Rafael Uzcátegui, un sociólogo e intelectual anarquista egresado de la Universidad Central de Venezuela, es uno de ellos. Él en su libro, Venezuela: La Revolución como espectáculo, plantea que hay un doble discurso en el presidente Chávez. Uno, dirigido a la platea, con el cual pretende congraciarse con el pueblo. Y otro, dirigido a las transnacionales, con las cuales, en teoría, es adversario acérrimo y con las que, en la práctica, gobierna el país.

Uzcátegui discute dos conceptos que han circulado en el imaginario de América Latina respecto al régimen chavista: que está realizando una serie de transformaciones radicales en la sociedad venezolana con el propósito de establecer el “socialismo del siglo XXI”, y que lo que allí existe es una dictadura comunista que se está imponiendo por la fuerza. Estas dos percepciones, afirma, son falsas.

El autor desgrana este doble discurso al mostrar las muy buenas relaciones que, por debajo de la mesa, mantiene el presidente Chávez con las transnacionales petroleras como Chevron –que ha llevado adelante el proyecto gasífero con Colombia–, la cadena Mc Donald, y la aplicación del “capitalismo salvaje” al estilo chino en las relaciones de trabajo en el caso de VETELCA (Venezolana de Telecomunicaciones), empresa creada por el Estado para producir el primer celular hecho por venezolanos, pero que irrespeta las condiciones mínimas de trabajo de sus empleados.

Uzcategui, para apuntalar sus afirmaciones, recuerda las palabras del embajador norteamericano en Venezuela John Maisto, quien ha expresado lo siguiente: “No se fijen en lo que dice Chávez, sino en lo que hace”.

El libro es, al mismo tiempo, una crítica y una denuncia por la violación de los derechos humanos, asesinatos, cometidos por el régimen chavista, que ha tenido entre sus víctimas al videoactivista Mijail Martínez, un joven de 24 años, muerto a balazos por dos sicarios en la ciudad de Barquisimeto.

Este sociólogo venezolano presenta, por otra parte, a Noam Chomsky, el intelectual norteamericano de izquierda, como un “vulgar propagandista”, “cuyas afirmaciones acerca de la naturaleza antisistémica del actual gobierno venezolano, elaboradas a kilómetros de distancia de los acontecimientos, son absolutamente contradictorias con los señalamientos de diferentes organizaciones revolucionarias y anticapitalistas locales venezolanas, en un amplio espectro ideológico que va desde el marxismo-leninismo tradicional, el guevarismo, el troskismo hasta el anarquismo”.

El autor de Venezuela: La Revolución como espectáculo señala asimismo que el régimen de Hugo Chávez, que tiene como una de sus columnas los círculos bolivarianos y los consejos comunales, no es dictatorial sino militarista. Para sostener esto último, remarca el énfasis que tiene el presidente venezolano en trasladar la concepción militar en sus relaciones con la sociedad.

Las Unidades de Batalla Electoral (UBE), las milicias bolivarianas y la boina roja, son puestos como ejemplos de cómo la estructura vertical y los símbolos propios de los militares son implantados por el chavismo en la población.

Venezuela: La Revolución como espectáculo de Rafael Uzcátegui puede leerse, finalmente, como una relación de las iniquidades, engaños y duplicidades del gobierno de Chávez, pero también como una lectura que sirve para despercudirnos de esa falsa idea que ha sido propalada por los “socialistas del siglo XXI” en Venezuela: que allí se está haciendo una revolución por el pueblo y para el pueblo.

Freddy Molina Casusol
Lima, 30 de mayo de 2011


miércoles, 18 de mayo de 2011

"LA VIDA SEXUAL DEL CLERO" DE PEPE RODRÍGUEZ


PEPE Rodríguez no sólo es conocido por el libro Periodismo de investigación 
 –una especie de manual que compite con otro del mismo nombre del colombiano Gerardo Reyes–, sino que durante los últimos muchos años se ha especializado en temas religiosos, sobre todo en aquellos de carácter espinoso para la Iglesia Católica.

Uno de ellos es La vida sexual del clero. En él, Rodríguez, aplicando su vasto conocimiento en investigación periodística, ha hecho un acopio de testimonios para dar a conocer al lector una verdad que a gritos reclama su revelación: las relaciones non santas de los curas en las iglesias bajo su control.

Si para un asiduo lector de las obras del Marqués de Sade, en las que se puede ver monjes y feligresas en situaciones libidinosas, esto podía sonar a exageración, y como producto de una mente afiebrada y perversa, en La vida sexual puede encontrar su confirmación.

Rodríguez denuncia la hipocresía de la Iglesia Católica, supuesta guardiana de la moral de la sociedad occidental, como encubridora y cómplice de conductas sexuales en las que incurren los sacerdotes ordenados por ella. Para superar esta situación, el autor pide –amparado en una interpretación de los Evangelios– que la Iglesia flexibilice su posición y permita que la naturaleza biológica del sacerdocio sea liberada del yugo castrante del celibato.

Rodríguez, en este punto, no tiene el menor temor de irse en contra de una de las figuras más respetadas de la Iglesia Católica, el papa Juan Pablo II –hace poco beatificado–, a quien acusa de “integrista” –léase fundamentalista– al haber negado en su pontificado que se unieran los conceptos de matrimonio y sacerdocio.

El desaparecido papa Wojtyla –señalado por el autor como un “habilísimo manipulador de masas”– es acusado de congelar 6.000 casos de dispensas a sacerdotes que estaban en trámite y de romper un listado alcanzado por la Congregación de la Doctrina de la Fe –más conocida en la Antigüedad como la Santa Inquisición–, institución a la que se presentó unos trescientos casos catalogados de “graves y urgentes” donde el sacerdote vivía en público concubinato y tenía hijos.

“La pretendida exaltación del celibato –sostiene Rodríguez– por el Señor citada en los versículos 19, 10 del Evangelio de San Mateo, se debe, con toda probabilidad, a una exégesis errónea de los mismos originada en una traducción incorrecta del texto griego (primera versión de su original hebreo), cometida al hacer su versión latina (Vulgata)”.

Para el autor de La vida sexual del clero no “existe la menor base evangélica para imponer un celibato obligatorio”.

Ahondando en otra parte del libro en sus críticas al desaparecido Papa Juan Pablo II, señala que éste, en el Sínodo de Roma de 1990 –de acuerdo al testimonio revelado por uno de los que participó en él, el cardenal de Fortaleza (Brasil), Aloisio Lorscheider–, habría ordenado como sacerdotes hombres casados. De lo que se desprende como conclusión que lo que se está haciendo en secreto, se vuelva ya una práctica institucionalizada en la Iglesia Católica..

Seguramente La vida sexual del clero de Pepe Rodríguez no va a ser un libro fácil de digerir para quienes asientan su fe en la Iglesia Cristiana Católica, Apostólica y Romana, pero otra cosa es vivir a espaldas de la realidad. Tal vez sea el momento que la Iglesia se sincere y no tome a mal los intentos modernizadores que discurren al interior de su seno. Lo contrario es someterse a la extinción –como viene ocurriendo en este momento con el abandono de las vocaciones sacerdotales–, una extinción que una feligresía con dos mil años de existencia difícilmente perdonará.

Freddy Molina Casusol
Lima, 17 de mayo de 2011


DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...