sábado, 31 de marzo de 2018

EL “ABIMAEL” DE JARA

QUIZÁS sea el único en este país al que podría llamarse “periodista de investigación”. Umberto Jara tranquilamente puede compararse con Oppenheimer o Gerardo Reyes, periodistas quienes llevan sus trabajos de investigación durante meses (o años), y luego de cotejar una y otra vez sus fuentes, lo presentan al gran público con una estela de rigurosidad. Ya en dos libros anteriores se había podido observar la laboriosidad de Jara: Historia de dos aventureros y Ojo por ojo. En esta nueva entrega, Abimael, el sendero del terror (Planeta, 2017), Umberto Jara presenta nuevos aportes para entender esa personalidad jaloneada por el fanatismo, como es la de Abimael Guzmán, más conocido por sus seguidores como “Presidente Gonzalo”.

Jara tuvo la ventaja en su investigación de contar con un manuscrito biográfico, escrito de puño y letra del líder senderista. Obviamente este, por razones que se comprenden (el evitar que se convierta en objeto de culto), no ha sido publicado. El periodista Jara aprovecha este material de primera mano para reconstruir el itinerario de Guzmán desde su niñez hasta bastante entrada la madurez cuando, en compañía de Augusta La Torre (quien influyó mucho en él), concibe la creación del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. Lo que Abimael nos retaceó en De puño y letra, Jara, con alguna generosidad, nos lo muestra. No todo, pero lo suficiente como para satisfacer la curiosidad.

Abimael, por otra parte, se coloca, gracias a la pluma de Jara, en la primera fila de libros de obligada lectura para entender el fenómeno senderista. Los otros, como sabemos, son los de Gorriti –Sendero Luminoso– y Carlos Iván Degregori –El surgimiento de Sendero Luminoso–. 

En cuanto al trabajo en sí, queremos acotar dos cosas: 1) Jara apunta en su investigación que en 1964, en un evento del PCP denominado IV Conferencia, Abimael consigue la expulsión de Jorge del Prado y Saturnino Paredes (p. 97). Esa es la versión senderista que responde al cariz de la época entre los partidos de la izquierda peruana: la excomunión mutua. Hay información que muestra que tanto Del Prado como Paredes, se arrogan el hecho de la expulsión de Guzmán de sus respectivas organizaciones,  convirtiéndose ellos mismos en los caudillos de las mismas (PCP-Unidad y PC-Bandera Roja); y 2) Jara anota que “Abimael Guzmán intentó dar muerte a (Hernando) De Soto ordenando a sus huestes estrellar un camión cargado de explosivos en contra del local del Instituto Libertad y Democracia” (p. 100). Esto es de libre interpretación. Podría entenderse que el despropósito era ese; pero también, en concomitancia con la práctica de Sendero, podría contemplarse como un ataque a un símbolo del capitalismo. Nos inclinamos por esto último.

Al margen de lo anterior, el libro de Jara exuda un conocimiento de lo que ocurrió en el Perú durante la década de los ochenta e inicios de los noventa del siglo pasado, de suma utilidad para los jóvenes engatusados en la actualidad con la promesa de la “revolución mundial proletaria”.

El papel cumplido por Augusta La Torre (camarada Norah), la primera mujer de Guzmán, en organismos del senderismo como Socorro Popular, también es examinado. Su perfil, correspondiente al de una mujer dogmática, fundadora del antes mencionado Socorro Popular –responsable de la ejecución de asesinatos en la capital–, la presenta como una persona cruel, sin pizca de piedad.

Al final del libro podemos leer un doble reclamo de Jara. Se refiere al caso del senderista Eucario Najarro Jáuregui, uno de los torturadores de Benigno Medina del Carpio, dueño de un pequeño fundo en Ayacucho, cuyo hijo vio cómo su padre era asesinado por las huestes dirigidas por la camarada Norah. Najarro, en un motín que precedió a un ataque senderista, fue herido y llevado de la cárcel –donde purgaba condena por el asesinato de Medina– al Hospital Regional de Huamanga. Allí, la Guardia Republicana ingresó para ejecutar extrajudicialmente a los senderistas heridos. Najarro fue ahorcado, pero logró sobrevivir. El parlamentario Javier Diez Canseco alzó su voz de protesta por ello. El doble reclamo de Jara consiste en que Diez Canseco “clamó justicia y exigió investigaciones con un énfasis que ni él, ni otros miembros de la izquierda, utilizaban cuando el senderismo perpetraba sus acciones”, y que “el informe de la Comisión de la Verdad registra a Navarro como víctima de tortura en 1982, y respecto de Benigno Medina dicha comisión consigna apenas recortes periodísticos con la noticia de su salvaje asesinato”. Es lamentable, por decir lo menos, que, tal como lo expone Jara, haya existido un tratamiento diferenciado en ambos casos.

Un buen libro el del periodista Jara, califica para una relectura.

Freddy Molina Casusol
Lima, 31 de marzo del 2018 

sábado, 30 de septiembre de 2017

EL CHILENO QUE MUESTRA LA VERDAD

ME LOS DEJÓ una amiga hace algunas de semanas. “Es el colmo”, me dijo luego. Sí, era el colmo. Su regalo estaba esperando desde la última navidad para que lo recogiera de su casa. Yo no iba, sea por flojera o porque no tenía tiempo (mentira) o porque, lo peor, creía que no había acertado con la compra. Lo cierto es que cuando ya tirado en el sofá de mi casa me puse a leerlos, sentí que había dejado pasar un precioso tiempo para deleitarme con su lectura. Porque Baradit, el autor chileno de la serie Historia secreta de Chile, es un escritor que hace lo que a mí me gusta: poner al descubierto lo que otros, por corrección política o cálculo, ocultan.

Tres historias sublevantes

Al abrir uno de los tomos (el 2), el relato de Bernardo O’higgins, ilustre prócer de la independencia chilena, saltó a la vista. No creo que al leerlo los chilenos se hayan sentido muy complacidos. Baradit pone en duda su calidad de libertador, tras la perspicaz lectura de un texto clave: su propio discurso de asunción de mando en 1817. Allí el prócer chileno confiesa: “Después de haber sido restaurado el hermoso reino de Chile por las armas de las Provincias Unidas de la Plata bajo las órdenes del General San Martín…”. O sea, fueron San Martín y los argentinos quienes liberaron a su país de la tiranía española. (Yo me preguntaba en esta parte, qué habrá dicho Sergio Villalobos, uno de los principales historiadores chilenos, ante esta afirmación de uno de sus compatriotas. Me preguntaba qué habrá sentido al leer la admisión que otros fueron los que los liberaron). O’higgins, por otra parte, es un viejo conocido nuestro. Existe en el jirón de la Unión la casa que lo albergó en su exilio, hoy hecha museo (aún se recuerda que, durante su primer mandato, la presidenta Bachelet la visitó), y que hace cerca de diez años, fue sede de la exposición "La literatura y la vida", dedicada a la obra literaria de Vargas Llosa.

De todos los relatos escritos por Baradit quizás el más penoso sea el destinado a Diego Portales, un hombre que ha marcado la línea política de su país en el siglo XIX, y que es recordado por los peruanos por estas nefastas líneas que escribió en 1836: “Chile debe dominar para siempre en el Pacífico”, líneas que muy probablemente alentaron la guerra de 1879. Portales no reconoció a los tres hijos que tuvo con una hija de la aristocracia chilena de origen holandés. El retrato que se hace de él, es el de un miserable. Nunca le interesó el destinó de esta niña de quince años, Constanza Nordenflycht, que se consumía de amor por él como un personaje de García Márquez, y a quien hacía, cada vez que podía, a un lado. Jamás le importó si no fuera para sacar alguna ventaja de su posición económica. Este relato es aleccionador porque lo desenmascara frente al lector que en los libros de historia lo observa como un gran personaje político (en verdad, un manipulador y conspirador, de acuerdo a Baradit). El hombre todopoderoso de Chile de esa época tuvo un final violento, digno de un film de Tarantino. No se lo contamos para no malograrles la lectura. Solo busquen el libro y léanlo.

La historia de Pinochet como el caudillo del golpe del 11 de setiembre de 1973, que trajo abajo la presidencia de Allende, se desmorona cuando Baradit, cuenta, atando cabos, que don Augusto José Ramón Pinochet Ugarte nunca conoció los detalles del derrocamiento de su jefe –porque lo era–, el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas de Chile, Salvador Allende, sino hasta el final, cuando la balanza se inclinó hacia el lado de los golpistas, realmente coordinados por el general Arellano Stark, el verdadero operador del golpe, a quien posteriormente pasó al retiro. Luego a uno por uno de los que participaron ese 11 de setiembre los fue eliminando, mismo Stalin, porque podían rivalizar con él en el poder. Esta semblanza sobre Pinochet aficionado a la astrología y lo esotérico, completa el perfil del dictador chileno elaborado por Jon Lee Anderson y que está incorporado en su libro El dictador, los demonios y otras crónicas, que reúne una serie de retratos, entre ellos el de Pinochet con su biblioteca como fondo (que Baradit, recuerda, fue en buena parte comprada con dinero del Estado).

Colofón

Los relatos de Baradit no se cierran con aquel que cuenta cómo el acta de independencia de Chile es hecha pedazos por un soldado, durante el golpe militar de Pinochet, ni con el relato de Arturo Prat, héroe chileno de la guerra de 1879 entregado al espiritismo, sino que abren una puerta para que los pueblos del mundo revisen su propia historia llena de falsificaciones, y reescrita muchas veces por una mano guiada por los intereses de turno. Historia secreta de Chile debería ser replicada en cada uno de nuestros países que conforman nuestro continente. ¿Y por qué? Por una sencilla razón: para conocernos mejor. Gracias, Eliana, por tu regalo.

Freddy Molina Casusol
Lima, 30 de setiembre del 2017

domingo, 14 de mayo de 2017

PERESTROIKA

A FINES de los ochenta, el sistema socialista diseñado por los seguidores de Marx y Lenin en la Unión Soviética, se resquebrajó. El héroe cultural que condujo la transformación de un país con una democracia centralizada en un Comité Central (“Politburo”) a una de corte occidental, fue Mijaíl Gorbachov. Él escribió un libro pequeño, pero de poderosa influencia, llamado “Perestroika” (en español, “Reestructuración”) donde explicaba todas las ideas de transformación económica y política para la sociedad que dirigía. La Perestroika pretendió renovar los cimientos anquilosados de un sistema desgastado, lastrado por la lentitud de una burocracia estatal, y carente ya de creatividad entre sus ciudadanos. Gorbachov al liberar las fuerzas sociales con su complemento la Glasnot (o “Apertura”), no pensó que estas, en su expansión, fueran a minar el propio sistema hasta provocar su derrumbe. Contenidas, una vez libres, se volvieron hacia su creador ocasionando su caída.

La Perestroika, el libro de Gorbachov, es un magnífico diagnóstico del sistema soviético hasta ese momento. El influjo de John Stuart Mill (Sobre la libertad) en sus páginas se puede rastrear. Hay una visión de la historia, una mirada de conjunto de los acontecimientos que marcaron aquella época. A muchos entusiasmó el experimento social de Gorbachov, pues creían de buena fe que el socialismo debía renovarse desde sus entrañas, y que la vieja guardia comunista –representada por el Secretario General Leonid Brezhnev– era un estorbo para el despegue del Oso ruso.

La caída del muro de Berlín en 1989, fue el aviso de que todo el engranaje totalitario montado por la ex URSS en diversas partes del mundo, en cualquier momento se iba a desmoronar. La Perestroika coadyuvó a que esto sucediera. La asunción al poder dos años después de Boris Yeltsin, un disidente del Partido Comunista, luego de una serie de acontecimientos impredecibles, y la disolución de la Unión Soviética, fue la culminación de todo el proceso. Nadie concebía que un sistema tan poderoso por fuera (por algo llamaron la Cortina de Hierro al conjunto de sus satélites), fuera tan frágil por dentro.

La Perestroika fue el canto de cisne de un modelo de sociedad que se resistía a perecer, y que no necesitó de violentos conflictos sociales, como proclamaba la filosofía que lo sostenía, para pasar a otro.

El libro de Gorchavov nos cuenta la historia de esa “reestructuración”, el porqué era indispensable, aunque en su transitar se fuera por otro camino. Nos puede decir aún con su honesta mirada, lo que debemos hacer para que la historia no se repita en el desarrollo de nuestras naciones.

Freddy Molina Casusol
Lima, 15 de mayo del 2017

domingo, 26 de febrero de 2017

LA ‘MISMISIDAD’ DE FERNÁNDEZ RETAMAR

¿POR QUÉ no pensar América Latina desde su mismisidad? Esa es la propuesta de Fernández Retamar. ¿Por qué debemos mirarnos desde el espejo del otro? Del europeo, precisamente. El crítico cubano da un paso adelante y parece preguntarnos: “¿Acaso desde este continente no hemos sido capaces de recrear esa lengua llegada aquí con violencia hace más de quinientos años, con obras que han tenido alcance mundial?”. Y si hemos podido hacer eso, ¿no podemos ser capaces también de generar corrientes filosóficas con categorías propias que permitan entender nuestro pensamiento sin tener que estar supeditados al cotejo foráneo? Todas estas reflexiones surgen de la lectura del libro de Fernández Retamar, Para una teoría de la literatura en Hispanoamerica. A diferencia de nuestro Riva Agüero, quien creía que nuestra literatura era un capítulo de la hecha en España, el crítico cubano sostiene un estado de independencia en la que la literatura de esta parte del mundo deba ser entendida con conceptos propios.

La ‘mismisidad’ (opuesta a la otredad, desde el lugar del otro), nos dice Fernández Retamar, no significa empezar de cero. Es reconocer que formamos parte de una tradición occidental, “que es también nuestra tradición, pero en relación con la cual debemos señalar nuestras diferencias específicas”[1]. Y para lo cual, anota el cubano, ya existen aportes como los de Mariátegui, Pedro Henríquez Ureña y el chileno Felix Martínez Bonati (cuyo libro, La estructura de la obra literaria, destaca, sea “probablemente la única teoría literaria completa escrita en Hispanoamerica”), entre otros. El escritor uruguayo Benedetti, citado por Fernández, lo dice de otra forma: “¿Debe la literatura latinoamericana, en su momento de mayor eclosión someterse mansamente a los canones de una literatura de formidable eclosión [la de la Europa occidental], pero que hoy pasa por un período de fatiga y de crisis… ¿Debe considerarse la crítica estructuralista como el dictamen inapelable de nuestras letras? ¿O, por el contrario, junto a nuestros poetas y narradores, debemos crear también nuestro propio enfoque crítico, nuestros propios modos de investigación, nuestra valoración con signo particular, salidos de nuestras condiciones, de nuestras necesidades, de nuestro interés?”[2].

Lo que nos dicen Fernández Retamar y Benedetti, es que debemos tener nuestros propios Saussure, Jakobson, Bally o sus epígonos más actuales. Que el eurocentrismo en el cual aún orbitamos en nuestras artes (en las llamadas perfomances, por ejemplo) y los estudios literarios, debe ser superado con un corpus crítico propio. Se vive espiritualmente sometido y tenemos, como diría Fromm, miedo a la libertad.

De allí la valoración al crítico cubano Fernández Retamar en estas líneas: la de pensar por sí mismo y no con la cabeza de otro. Tal vez eso nos falte todavía para alcanzar la mayoría de edad en el estudio de nuestras letras.

Freddy Molina Casusol
Lima, 26 de febrero del 2017




[1] Ver Para una teoría de la literatura hispanoamericana. Roberto Fernández Retamar, Publicaciones del Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1995, p. 87
[2] Ibíd., 89-90.

domingo, 19 de febrero de 2017

LEER A BLOOM

SOLO hay una forma de leer a Bloom: con amplitud. Él gusta de la estética, del juego literario de por sí, de la magia de las palabras. Ajena a su concepción se encuentra la oscuridad sociologizante –que él fustiga llamándola “Escuela del Resentimiento”–. Claro, Rama y Fernández Retamar tienen lo suyo en los estudios literarios y no hay que perderlos de vista; pero Bloom te hace amar la literatura. Cuando uno lee Shakespeare. La invención de lo humano –uno de sus libros más célebres quizás, después del afamado El canon occidental–, tenemos al mismo tiempo que al degustador de un buen texto, a un perspicaz crítico capaz de desmontar los mecanismos de relojería que componen este. Por ejemplo, cuando te involucras en su análisis sobre La comedia de los errores, de inmediato quieres leer la obra para corroborar lo que dice. Y esa es la originalidad de Bloom: la de ser capaz de seducirte con sus interpretaciones como lo podría hacer un buen escritor de ficciones. Él busca que veas la literatura como quien contempla la Mona Lisa: extasiado y suspendido en el tiempo, sin reparar en las fuerzas histórico-sociales que la han hecho posible. Bloom es un amante del arte por el arte, te enriqueces leyéndolo.

Lo mismo no pasa con Ángel Rama. Cuando uno lo lee de pronto en alguno de sus ensayos, se ve envuelto en una especie de torbellino cuyo centro son las condiciones políticas y sociales que hicieron posible el  texto literario; en otras palabras, el modo de producción. Rama, y otros como él, parten de la idea que un autor está sometido a esos condicionantes, los cuales son una especie de titiritero invisible que someten los hilos de la ficción o la poesía. Un creador pasaría ser algo así como un modesto operador de la ouija. Precisamente esto es lo que combate Bloom. Él devuelve la dignidad perdida al autor de un texto en esas escaramuzas sociologizantes impregnadas de marxismo. Vive y compara escritores de otras épocas con el que es motivo de la reseña. En ese momento, uno nota su gusto por la literatura, por la buena literatura. En ese instante, un mecanismo de selección le permite discenir lo substancioso de lo banal. En Genios se lo puede ver así, en acción, cuando, desde diversas interpretaciones, habla de “El Yavista”. Simplemente magnífico.

Respecto a Bloom y un escritor de nuestros tiempos. Cuando Alvaro Vargas Llosa colocó a Bloom y su libro El canon occidental en una entrevista a su afamado padre, Vargas Llosa lo obvia, con lo cual un puede pensar o que no lo ha leído o que nunca ha escuchado de su existencia –lo que sí sería un tanto sorprendente, pues Bloom es bastante conocido en el ámbito anglosajón por donde se mueve nuestro premio Nobel–. El hecho aconteció en 1995, un año después que apareció El canon[1]. Lo que llama la atención es que en teoría Bloom sería el tipo de crítico que encajaría perfecto con el productor literario Vargas Llosa: distante de la oscuridad sofocante consagrada por cierta señoreante crítica, y cercano a sus puntos de vista en cuanto al amor por la literatura en sí. Vargas Llosa siempre menciona a Edmund Wilson como su modelo de crítico literario; pero nunca a Bloom. A menos que la admiración del escritor peruano por Wilson sea superior al influjo que ejerce Bloom, se puede comprender esa extraña omisión.

Bloom brilla solitario en el espectro de la crítica literaria actual, dominada por enfoques de corte marxista, posmoderno y de género. Es el último de su especie. Por eso hay que leerlo: porque ya no hay otros –ni habrá en el futuro cercano– que rompan lanzas como él.

Freddy Molina Casusol
Lima, 19 de febrero del 2017




[1] Ver Mario Vargas Llosa. Entrevistas escogidas. Selección y prólogo de Jorge Coaguila. Tierra Nueva Editores, 2010, p. 290.

domingo, 12 de febrero de 2017

LA POLÉMICA DEL INDIGENISMO

Creo sinceramente que quien ganó la polémica del indigenismo, ocurrida a inicios del siglo pasado, fue Luis Alberto Sánchez. Y no es que a José Carlos Mariátegui le faltaran argumentos. Basta apreciar el desplazamiento conceptual de Mariátegui frente a tan temible rival como era Sánchez. Lo que pasaba, a mi juicio, es que el autor de los Siete ensayos otorgaba a su defensa del indio un toque ideológico que lo perdía a la hora de aterrizar la discusión. Han pasado muchos decenios de dicho enfrentamiento que se aireó en las páginas de la revista Amauta, y no he vuelto a leer, ni por casualidad, un debate de ideas de tal magnitud sobre un tema crucial del Perú contemporáneo. Decíamos que Luis Alberto Sánchez ganó el debate porque fue quien sostuvo que el futuro del país estaba en el mestizaje; en cambio, Mariátegui –insistiendo en la fórmula aparecida en su ensayo sobre el problema de la tierra– creía que su salvación recaía en el indio. Este legado, por cierto, no era negado por Sánchez, pero él creía inequívocamente que era importante recoger la totalidad de experiencias culturales que nos identificaran como nación. La certeza de Sánchez –la de un Perú mestizo– se ve corroborada en la actualidad en las expresiones culturales del nuevo habitante de la capital que toma, a través de la música, el legado andino y oriental. El rostro del nuevo poblador de la ciudad es mestizo, y ya hay una aceptación del pasado andino pero fusionado con los legados provenientes de la costa norteña y la Amazonía, las que hacen pensar que, aunque dificultosamente, la peruanidad ya está en proceso de construcción. La polémica del indigenismo fue muy instructiva porque permitió problematizar un país balbuceante; lástima que no se haya vuelto repetir con otros actores. Sin embargo, allí están los esfuerzos pioneros de Matos Mar sobre las barriadas de los cincuenta, cuyos protagonistas iniciaron el lento proceso de conquista cultural de la Lima oligárquica. O los de Hernando de Soto, desde otra perspectiva. Sobra decir que en estos tiempos en los que parece irse sin derrotero a la vista, la polémica entre Sánchez y Mariátegui puede servir aún para indicarnos hacia dónde vamos. Su relectura nos podría dar nuevas luces.

Freddy Molina Casusol
Lima, 12 de febrero del 2017

viernes, 11 de noviembre de 2016

NEGOCIACIONES EFICACES

CUANDO empecé a leer este libro pensé cuántos conflictos se hubieran solucionado si los protagonistas de enfrentamientos sociales o riñas amorosas, hubieran tenido la oportunidad de leerlo. La gente no sabe dialogar ni encontrar las salidas adecuadas cuando se topa con un desencuentro en el trabajo, en el hogar, en la calle. Pinkas Flint –cuyo nombre evoca lejanamente al del grupo Pink Floyd (y el apellido al del actor Errol Flint)– no tiene la varita mágica para darle fin a todos, pero trata de encontrar, desde la negociación, la solución más conveniente.

Flint examina cuadrantes, puntos de vista de los personajes enfrentados, posiciones ventajosas, desventajosas y espacios de acuerdo para arribar a lo que los expertos en su especialidad llaman Batna –acrónimo en inglés de Best Alternative to a Negotiated Agreement (traducido como: La mejor alternativa en un acuerdo de negocios)–. Todos negociamos, todos regateamos a diario, todos pujamos el precio de un producto con la caserita, el chofer de una combi, el vendedor de un libro, todos buscamos sacar ventaja de nuestro contendor siempre y cuando nos permitan hacerlo. Al final llegamos a un acuerdo consensuado, a un justiprecio. Ese es el punto del Batna.

Las salidas basadas en el enfrentamiento son cosa del pasado. Hace quince años o veinte años se hablaba en las universidades que se estaban creando, de la formación de abogados de otra estirpe, que dejaran atrás a los típicos litigantes que se llenaban los bolsillos con el dinero de sus clientes en largos juicios. Por entonces, ya se pensaba en una nueva especie de advocatus que resolviera con inteligencia los conflictos de las empresas. La novedad era el profesional del derecho conciliador. Ese era el futuro en aquel entonces –que ahora es realidad–. De este tipo de abogado habla Flint en una parte de Negociaciones Eficaces (El Comercio, 2001) dedicada a la negociación integrativa.

Esta última y la negociación distributiva son los dos estilos conocidos en un proceso de negociación. Flint apuesta abiertamente por la segunda debido a que integra intereses y deja a un lado los egos.

 Una aplicación práctica de Negociaciones Eficaces, si se lo desea ver así, se puede apreciar en Historia de un desafío. TLC. A la conquista de EE.UU. y el mundo, libro del ex ministro de Relaciones Exteriores, Alfredo Ferrero Diez Canseco, jefe del equipo de negociadores peruanos para implementar un Tratado de Libre Comercio con EE.UU. –hoy puesto en duda (como otros similares) por el presidente electo Donald Trump–.

El capítulo VI (“Aspectos culturales de la negociación”) puede empalmar con todo el relato del libro de Ferrero respecto a la importancia de conocer la cultura que impregna a la contraparte en una mesa de negociación. En este caso, el libro de Ferrero es un ejemplo vívido del estilo –no exento de mañas– de negociación norteamericano, a las que sumaron las argucias sacadas debajo de la manga del equipo peruano para llegar a un acuerdo beneficioso –o Batna– de nuestro lado.

El libro de Pinkas Flint examina teóricamente las jugadas de los adversarios en el tablero de ajedrez de los negocios. Es un libro de cabecera, quizás elemental para los conocedores, pero fundamental para quienes carecen de conocimientos teóricos y técnicos sobre el tema.

Freddy Molina Casusol

Lima, 11 de noviembre del 2016

lunes, 3 de octubre de 2016

EL “CAPITALISMO” DE FERNANDO O.

MI AMIGO Fernando O. se ha empeñado en estudiar El capital de Karl Marx. Tamaña empresa no es nada fácil, pues entre los que se reconocen como marxistas, hay muy pocos que puedan decir: 1) Que lo hayan leído; y 2), Que lo hayan comprendido. La única vez que yo intenté hacerlo fue cuando estaba en la universidad. Le pedí prestado a una amiga uno de los gruesos volúmenes de la edición argentina de Cartago –“expropiada” a su “ex” cuando ambos terminaron– para escudriñar un punto: la idea de Marx sobre los medios de comunicación que un profesor, muy alegremente, había interpolado en un texto suyo para intentar formular una teoría marxista en relación a ellos (¿podían ser los medios de transporte, vías, o, mejor dicho, los rieles, que aparecían anotados por Marx, contrafuertes para fundar seriamente una?).

Pero, mejor, regresemos con mi amigo.

Fernando robándole el tiempo a su esposa, a sus hijos, y, sobre todo, a sus amigos que lo queremos tanto, se ha sumergido en las aguas de El capital para desentrañar sus misterios. Se ha pasado estos meses examinando los temas del valor, la importancia en el pasado del patrón oro y la circulación del capital. Atrás ha dejado su afición por la Física y la Mecánica Cuántica.

Su persistencia en el tema –donde me abruma de datos– ha tenido la virtud de hacerme volver la mirada hacia un libro, del cual ya no tenía sino un viejo recuerdo, y que he vuelto a recuperar en una librería de viejo para comentarlo aquí.

A finales de los ochenta, en la vorágine sanmarquina, donde las citas de Marx salpicaban en los vasos de cerveza que apurábamos en La Curva, había un librito, delgadito él, de Ernest Mandel, un economista trotskista, acerca del trabajo que a mi amigo Fernando le estaba quitando el sueño. El capital. Cien años de controversias en torno a la obra de Karl Marx, así se llamaba. Yo, por esos años, no lo pude leer porque había conceptos que no podía entender; pero, transcurridas tres décadas, y con varias lecturas encima, ya pude atisbar, con cierta dificultad, lo que decía.

Mandel escribe su análisis como una introducción a El capital. Lo hace con un conocimiento de las varias versiones que componen los capítulos del estudio principal de Marx; conoce el plan de trabajo inicial y las modificaciones sucesivas que tuvo (Como se sabe, en vida Marx solo pudo editar el primer volumen; en tanto que los siguientes fueron ensamblados por Engels con los materiales que aquel dejó tras su partida); y tiene un buen manejo de las fuentes, hecho que el lector debe agradecer pues se convierte en una guía autorizada para seguir el rastro de su redacción. (Anteriormente había escrito La formación del pensamiento económico de Marx. De 1843 a la redacción de El capital: estudio genético. Para quienes están interesados en el tema, pueden empezar por allí. Es un texto más asequible).

Mandel era un intelectual serio –como buen trotskista que se lo precie–, pero eso no lo eximió de cometer el mismo error común de los marxistas –que es el de su mentor, Marx–: profetizar el derrumbe del capitalismo. Desde la primera edición de su libro en 1976, han pasado cuarenta años desde que anunció, refiriéndose a las crisis cíclicas del sistema, que era “sumamente improbable que el capitalismo sobreviva otra media centuria de crisis (militares, políticas, sociales, monetarias, culturales), como las que han ocurrido ininterrumpidamente desde 1914. Es muy probable además, que El capital y lo que representa –a saber, un análisis científico de la sociedad burguesa que representa la conciencia de clase del proletariado en su nivel más alto– terminará por probar que ha hecho una contribución decisiva a la sustitución del capitalismo por una sociedad sin clases de productores asociados”[1].

Pues bien, a pesar de todo lo predicho por Mandel, ha sucedido todo lo contrario, quince años después que arribara a esta conclusión se derrumbó la Unión Soviética y la sociedad comunista instaurada, vía golpe de estado, por Lenin en 1921. El mismo año de su anuncio, la viuda de Mao y la Banda de los cuatro salieron del poder en China, poniéndose fin al experimento social llamado Revolución Cultural, que fue el preludio de la apertura comercial –o, mejor dicho, la entrada del capitalismo– estimulada por Deng Tsiao Ping, su nuevo primer ministro. Claro, de todas las experiencias político-sociales, inspiradas en el credo de Marx –y Lenin–, la única que queda en pie, a costa de una gran impopularidad (y debido a la insularidad que la favorece), es la de Fidel Castro. Sostenida en el pasado con el petróleo de la ex URSS –y hasta hace poco con el de Venezuela–, esta vieja dictadura caribeña que pasa, ella sí, la media centuria, ahora coquetea por una apertura comercial, para lo cual pide que EE.UU. la desbloquee y así abrirse al mundo capitalista. Es decir, el mundo ha ido por otro rumbo que las intenciones de Mandel no hubieran querido aceptar. Algún lector avisado podría decir: “Pero aún faltan diez años, Mandel habló de cincuenta años y solo han transcurrido cuarenta”. Es cierto, pero todo conduce a pensar que es dudoso que el capitalismo sea sustituido por otro sistema que lo supere en eficacia; y si lo hay bienvenido sea, pero el comunismo no es. Porque no ha sido nada más irónico que descubrir en las últimas décadas que la etapa superior del esclavismo, feudalismo y capitalismo, como sus apologistas defendieron era el comunismo, terminó negado en las sociedades donde se impuso para convertirse de nuevo al capitalismo.

No he visto a mi amigo Fernando las últimas semanas. Tengo dos hipótesis al respecto: 1) Que sigue imbuido en El capital (en su versión audio-libro, con el cual duerme por las noches); o 2) Que ha tirado la toalla y no estoy enterado de que ha vuelto a la normalidad. Pienso que la primera es la más probable, conociéndolo. Mientras se dilucida el tema, la pesadilla que fue para mí entender los vericuetos económicos en los que se metía Marx para entender el capitalismo de su época, solo ha durado un par de semanas, en las que robándole tiempo a otras lecturas volví al pasado, con alguna poca nostalgia, para escribir este comentario al que pongo fin en esta última línea.

Freddy Molina Casusol
Lima, 2 de octubre de 2016



[1] Ver El Capital. Cien años…, Siglo Veintiuno Editores, 1985, p. 84.

lunes, 26 de septiembre de 2016

EL SEÑOR DE LAS COLUMNAS


CUANDO era adolescente me preguntaba quién sería ese señor que escribía en un lenguaje barroco esa columna periodística tan larga y ancha, que veía publicada en El Comercio, en su suplemento de los domingos. “El dardo en la palabra”, decía. Yo no tenía la menor idea que quien escribía con tanta corrección, era toda una autoridad en el idioma. Han pasado más de treinta años desde que vi por primera vez impresas esas columnas, y pienso cuánta diversión y entretenimiento me he perdido todo este tiempo (las dejaba pasar, en verdad). Fernando Lázaro Carreter, así se llamaba el señor de las columnas, es un conocedor de la lengua del Quijote como hay pocos. Entre los nuestros no alcanzan su talla –creo, sin exagerar un ápice– ni Martha Hildebrandt ni Marco Aurelio Denegri –a veces extremado con su purismo idiomático–. Don Fernando, sin duda era de otro lote, un ave de otro vuelo. Ahora que no está, lamentamos su ausencia para poner la pica en Flandes en la redacción de los periodistas. Leer El dardo en la palabra es salir bañado de aguas lustrales. Realmente uno se desasna y se avergüenza de las torpezas cometidas a la hora de perpetrar un párrafo. Cada una de sus entradas, preciosistas, llenas de lucidez, son un premio a la lectura. Lázaro Carreter te jala las orejas sin agraviarte, y sin ese asomo de pedantería lingüística con la que se embadurnan algunos en las aulas. Ejerce la docencia con la simpleza de quien desea compartir lo que sabe. Da gusto leerlo, pero sobre todo releerlo. En este primer volumen –hay un segundo publicado años después–, que reúne la mayor parte de sus columnas periodísticas desde 1975, pone toda su ciencia, todo su arte al servicio de la comunidad idiomática en castellano. ¿La mejor? Difícil elección: todas. Tenga, pues, fino lector, la dicha de probar de tan exquisito manjar. Lo esperan más de 700 páginas, salidas de la mismísima mano del maese Lázaro –al que no se debe confundir con el bíblico–, el señor de las columnas de mi barroca adolescencia.

Freddy Molina Casusol

Lima, 25 de setiembre de 2016

 




lunes, 19 de septiembre de 2016

AMBELAIN O UNA DISTINTA LECTURA DE LA BIBLIA

UNO puede confrontar con su Biblia y preguntar, por ejemplo: ¿Tuvo Jesús hermanos? La respuesta en dos de las versiones más concurridas del libro sagrado del cristianismo –la de los Testigos de Jehová y la de Jerusalén– es la misma: sí, los tuvo. Dicho de otra forma: ¿Fue Jesús hijo único de María? Robert Ambelain, muy avisado, cruza versículos de la Biblia (Marcos 3, 31-35; Lucas 8, 19-21 y Juan 7, 5) y demuestra que Jesucristo no llegó al mundo solo, es decir que María, su madre, “conoció hombre” y le dio hermanos. En los citados versículos inequívocamente se habla de hermanos –el Diccionario de la Biblia de Browning trata de salvar la situación al anotar, aludiendo a la traducción de las Santas Escrituras del hebreo al griego, que se podían considerar “primos”[1]–. Claro, esto, ni remotamente lo va admitir una persona dominada por la fe. ¿Acaso no nos han enseñado que Jesús fue hijo de Dios, concebido en una virgen por el Espíritu Santo? Y siendo esto así, ¿un hombre podría “conocer” a la madre de Jesús, luego de que el cuerpo de esta ha sido tocado por el Espíritu Santo?

Pero hay más revelaciones. Pregunta: ¿Quién fue el que entregó a Jesús a los romanos por treinta monedas? Todos lo sabemos, Judas Iscariote. ¿Y quién fue su padre? Lo dice la Biblia: Judas era hijo de Simón Iscariote (Juan 6, 70). Ahora bien, Ambelain, convocando al historiador Flavio Josefo –en La guerra de los judíos y Antigüedades judías–, recuerda que la palabra zelote, “era utilizada para designar a los sicarios, terroristas judíos armados de la sica, puñal curvo con el que destripaban a sus adversarios”. No era, pues, como se ha argüido, que el patronímico de Judas se debía a que era originario de un pueblo llamado Khariot[2]. Este Simón Iscariote –como hemos visto, viene de sica–, en una cuidosa interpretación de los versículos bíblicos hecha por Ambelain en su estudio, vendría a ser hermano de Jesús. Y aquí viene la sorpresa. Si el tal Simón era hermano de Jesús, y este tenía como hijo a Judas, ¿quién entonces entregó al Mesías a los romanos? Su sobrino; Judas, el traidor, habría sido su sobrino.

Llama la atención que Ambelain no figure en las bibliografías sobre Jesús y la familia sagrada aparecidas durante los últimos decenios, a pesar de ser un precursor, entre otros, de estos estudios. No aparece mencionado ni una sola vez en El enigma sagrado, El legado mesiánico y La conspiración del mar muerto de los autores M. Baigent, R. Leigh y H. Lincoln. ¿Cómo se explica esta omisión de un autor cuyos libros Jesús o el secreto mortal de los templarios, Los secretos del Gólgota y El hombre que creó a Jesucristo cuestionan una verdad establecida en el cristianismo y fueron tan best-sellers como los anteriores? ¿Celos? Alguien que conoce de estos temas me cuenta que esta postergación se debería a que Ambelain fue masón y que debido al contenido de sus investigaciones fue convenientemente silenciado. De cualquier forma, comparando ambas trilogías –la de los autores arriba citados y la de Ambelain–, las de este último salen ganando en cuanto a profundidad en el análisis y la meticulosidad en el cruce de información, deudoras ambas de la formación como historiador del autor. Aunque no se niega la calidad de los primeros, lo que hace Ambelain es confrontar fuentes oficiales y antiguas, haciéndolas “hablar” aprovechando sus penetrantes conocimientos en lenguas como el hebreo y el griego. Ambelain, pues, escribe su versión analítica de los textos del cristianismo con guantes de hielo, como por allí alguien sugirió se debía escribir la historia.   

El libro de Ambelain, por otra parte, tiene varias interpretaciones que no pueden gustar al hombre de fe. Por ejemplo, la famosa expresión “Hijo del Hombre” pronunciada por Jesús, según este autor, en un cotejo de la traducción del hebreo y el griego, escondería, encriptado, el nombre del causante de su paso por la tierra. Dejemos hablar a Ambelain sobre este punto crucial de su investigación: “Observaremos también que con frecuencia Jesús se hace llamar ‘hijo del hombre’. ¿Qué quiere decir con esto? Aquí abajo todos somos hijos del hombre. Es decir que, en hebreo bar-aisch no significa nada. Pero afortunadamente existe un vocablo para designar al hombre. El antiguo germánico conoce la palabra bar, que significa hombre libre, y ese término dio lugar a barón. El hebreo posee la palabra geber, que significa lo mismo, pero que tiene, además, el sentido de héroe. Por lo tanto, si traducimos, ‘hijo del hombre”, no por bar-aisch, sino por bar-geber, tenemos ‘hijo del hombre libre’, o ‘hijo del héroe’, características todas que se acomodan perfectamente a Judas de Gamala, ‘héroe del censo’, el hombre que llamó a Israel a la insurrección en nombre de Yavé…”

¿Y quién era este Judas de Gamala?

Ambelain da la respuesta en el texto: el padre de Jesús. Así lo dice: “Así pues, sería el ‘Héroe de Dios’ (Geber-ael) el que fecundaría a la joven virgen llamada María, pero en realidad no se trataría de un puro espíritu (porque Gabriel, arcángel, significa asimismo ‘héroe de Dios’), sino de un héroe en tres dimensiones, de un hombre en el sentido completo del término.” 

De esta manera, sustenta lo que expone en las primeras líneas de su libro: “La hipótesis de que Jesús era hijo de Judas el Galileo (Hechos, 5, 37), alías Judas de Gamala, o Judas el Galaunita, el héroe judío de la revolución del Censo, no es nueva. Ya resultaba molesta en los primeros siglos del cristianismo….”[3]

Sería extenso presentar todo lo que muestra Robert Ambelain en su explosivo trabajo (invitamos al lector, al respecto, a abrir su Biblia en Lucas, 19: 27-28, hecho notar por este). Nos hemos limitado a unos cuantos ejemplos. El lector debe juzgar por sí mismo (el libro circula libremente por la red). Lo que sí queda claro, es que Ambelain procede con honradez, vuelve de carne y hueso a un hombre desencarnado por los siglos en su análisis hermenéutico, y utiliza la lógica para hacerlo. Sin embargo, esto que puede ser entendido como una herejía, debe ser tomado como un reto para el creyente. Hay libros en la Biblia, como los salmos y proverbios, que son un bálsamo para el espíritu. En ese sentido se debe entender el mensaje de Cristo, y no en su historicidad, para no dejarse arrastrar por aguas torrentosas.

Freddy Molina Casusol
Lima, 19 de setiembre de 2016




[1] Ver entrada ‘María, la madre de Jesús’, en Diccionario de la Biblia, W.R.F. Browning, RBA, 2009. p. 301.
[2]  El Diccionario de la Biblia de Browning admite la posibilidad que “su sobrenombre pueda derivar del griego sikarios (=asesino)”, sin descartar que signifique ‘hombre de Kariot’. Ibíd., p. 264.
[3] La explicación de Joseph Ratzinger, intelectual de la Iglesia Católica y antecesor del actual papa Francisco, sobre esta misteriosa expresión, se puede tomar como referencia para tener una idea hasta donde han llevado los exegetas su interpretación. Ver Jesús de Nazareth, Joseph Ratzinger, Planeta, 2007, pp. 373-388.

lunes, 12 de septiembre de 2016

MARIO BUNGE PERIODISTA

LA FACETA más conocida de Bunge es, entre nosotros los profanos, la de divulgador del método científico en su socorrido librito La ciencia, su método y su filosofía, un texto aún consultado por los estudiantes del primer año de la universidad. Otro trabajo, en el sentido anterior, es La investigación científica, este sí muy pormenorizado y especializado. Pero Bunge, un autor muy prolífico –tiene en su haber más de 35 libros–, no es muy conocido por su faceta periodística. Y, por ese lado, hay que decirlo, es muy divertido y ameno. Allá por 1997, Editorial Sudamericana le publicó una serie de crónicas viajeras, artículos científicos y notas sobre personajes famosos. Notas que no tuvieron la oportunidad de ser leídas en Argentina, patria natal de Bunge. Para rectificar tamaña ausencia estas han cobrado la ciudadanía de libro. Admiro a Bunge desde que tuve la oportunidad de pasar por las páginas de Vigencia de la Filosofía, reunión de conferencias que dictó en Perú por el año 1996. Admiro su claridad –que cultiva con esmero– y la defensa que hace de la razón y la verdad científica en un mundo que los denominados posmodernos se empeñan en relativizarla. Bunge hace honor a lo dicho por aquel pensador (cuyo nombre no recuerdo en este momento, pero que creo fue Erasmo de Rotterdam): “La amabilidad del filósofo es la claridad”. En Elogio de la curiosidad, nuestro filósofo escribe sobre diversos tópicos con la libertad que puede hacer gala un libre pensador. Puede criticar sin problemas la aplicación política del marxismo en Rusia, expresar sus reparos por las propuestas económicas liberales de Hayek –a quien conoció en su madurez, cuando no era premio Nobel y usaba una corbatita michi– o levantar su voz de protesta por el actuar del psicoanálisis y la parapsicología, a los que tilda de seudo-ciencias. Bunge es un socialista de esos que llaman libertarios, pues no están sujetos a un determinado dogma –el único posible para él es el de la búsqueda honrada de la verdad–. Su preocupación es el analfabetismo científico-técnico de la sociedad moderna, lo cual lo hace preguntarse por el papel de los medios de comunicación en la divulgación de los adelantos científicos –esa labor la hizo en el pasado por estos lares Óscar Miro Quesada (Racso) desde las páginas de El Comercio–, en lugar de dar preferencia al horóscopo diario. Tal vez sea uno de los pocos que se ha atrevido a llamar charlatán a Heidegger, por hacer pasar, según él, como “profundos” la oscuridad de escritos que no dicen nada. Glosando, para concluir. Bunge, como periodista, no defrauda: entusiasma.

Freddy Molina Casusol
Lima, 12 de setiembre de 2016

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...