martes, 21 de julio de 2020

LA COLONIZACIÓN DE MARTE

EN 1865, Julio Verne en su novela De la Tierra a la Luna proyectaba al hombre pisando el suelo lunar. En 1902, Georges Méliès adaptaría la novela de Verne al cine para popularizar la idea. Pero pasarían 104 años para que esa visión del escritor francés fuerarealizada por Neil Armstrong, cuando su nave, el Apolo 11, descendió el 20 de julio de 1969 en el mar de la Tranquilidad. Desde entonces, la humanidad no vería los confines del infinito como algo inalcanzable, sino como un reto a conquistar.
En 1950, el escritor estadounidense Ray Bradbury había visto, como Verne, otra meta para el hombre: Marte. Lo atisbó desde Crónicas marcianas, apasionantes relatos en los que los colonos terrícolas trataban de reproducir las condiciones de vida terrestre en el planeta rojo. Estos terrícolas huían de la destrucción debido a la acción de la mano humana. (Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia).

–La continuidad de la especie–
Pero colonizar Marte no es fácil. El físico Michio Kaku anota en su libro El futuro de la humanidad (2018) que tocar la Luna le costó al programa Apolo solo tres días; en cambio, posarse en Marte tomaría nueve largos meses. Esto no incluye lo que viene después, la complicada adaptación al medioambiente marciano: Marte tiene una delgada capa atmosférica que permite el ingreso de la radiación solar y una temperatura de -140 ºC.
La idea, para el físico e inversionista Elon Musk, dueño de la empresa de transporte aeroespacial SpaceX, que ha fabricado los cohetes Falcon y Falcon Heavy —este último reutilizable— es colonizar y hacer habitable de cualquier forma Marte.

Colonizar se ha vuelto una prioridad para la humanidad porque los recursos de la Tierra se agotan y estamos expuestos a contingencias —como la posibilidad de que un asteroide golpee el planeta y seamos arrastrados a un evento ligado a la extinción como en el filme Impacto profundo (1998)—. Ya Stephen Hawking había advertido que el hombre estaba obligado a salir de la órbita terrestre si deseaba sobrevivir. E, incluso, le puso un plazo: dentro de los próximos cien años. Musk ofrece la idea de llegar a Marte, para garantizar —como en los cuentos de Bradbury— la continuación de la humanidad. La colonización del planeta rojo, para el dueño de SpaceX, deberá concretarse alrededor de 2050, con la primera ciudad humana autosuficiente en suelo marciano. ¿El propósito? Crear un asentamiento permanente.

–Reto multiplanetario–
El plan es alcanzar de nuevo la Luna, y desde allí propulsarse a Marte, planeta que reúne las condiciones mínimas (agua, por ejemplo) para ser el nuevo hogar de la humanidad. ¿Qué gobiernos están involucrados en esto? Estados Unidos, Rusia, China y en menor proporción Japón. Elon Musk –un empresario privado– les hace la competencia.

El costo del viaje a Marte bordearía los 10.000 millones de dólares. Toda una ganga si se trata de escapar de la extinción. Pero Musk ha prometido que podría bajar con el tiempo el precio a 200.000 dólares por persona (ida y vuelta).

Aquí es importante recordar las palabras del científico ruso Konstantin Tsiolkovsky, el padre de la cosmonáutica: “La Tierra es la cuna de la humanidad, pero uno no puede permanecer en la cuna para siempre”. Con ella avisó que debíamos ir más allá de nuestros horizontes.

Ahora el reto es multiplanetario. Ya no se trata solo de alcanzar Marte, sino de extenderse por el sistema solar. Para el doctor en Ciencias Físicas Fernando J. Ballesteros, en La colonización espacial (2017), “queda por evaluar las posibilidades de establecerse en los gigantes gaseosos (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno)”.

Por el momento, hay que quemar etapas. La conquista de las montañas y arenas rojas de Marte está en camino (Rusia anuncia los preparativos de su nave Argo y Elon Musk habla de Starship, una nave que, según él, será capaz de transportar a cien personas hasta el planeta rojo). Allí, si no media ningún obstáculo insalvable, estaremos pronto.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 01 de diciembre del 2019



EL GEN INMORTAL

EL MISMO Richard Dawkins consideró que el título podría ocasionar malos entendidos. El gen egoísta no es egoísta, al menos no totalmente. Dawkins es un etólogo inglés, biólogo y divulgador científico que, en 1976, publicó una de sus obras más populares. La tituló El gen egoísta, aunque después se arrepentiría, como advirtió en el prólogo de la segunda edición, pues la hubiera preferido llamar ‘El gen inmortal’, descripción más ajustada a lo que había querido decir. 
El libro propone que somos máquinas vivientes de transportar genes que buscan perpetuarse. Es una aplicación de la teoría de la evolución darwiniana en la biología. Dawkins lo dice en su prefacio para la edición de 1989: “La teoría del gen egoísta es la teoría de Darwin, expresada de una manera que Darwin no eligió pero que me gustaría pensar que él habría aprobado y le habría encantado”. Su foco de estudio —en el que concentró sus esfuerzos y se hizo original— fue el gen que puede hacer copias de sí mismo, replicarse.

—El replicador—
Retrocedamos, para explicar esto, tres o cuatro mil millones de años, cuando todo era un ‘caldo de cultivo’ compuesto de agua, dióxido de carbono, metano y amoniaco. En algún punto del proceso, se formó —según Dawkins— “una molécula especialmente notable”. La llamó el ‘replicador’. Esta se multiplicó, se asoció con otras moléculas afines, compitió y eliminó otras. Para preservarse, termina de explicar Dawkins, “los replicadores empezaron no solamente a existir, sino también a construirse, para ser utilizados por ellos mismos, verdaderos recipientes, vehículos para continuar existiendo. Los replicadores que sobrevivieron fueron aquellos que construyeron máquinas de supervivencia para vivir en ellas”. Es decir, nosotros y las demás especies vivientes.

Para discutir estas ideas, le salió al frente Stephen Jay Gould, biólogo evolucionista, además de paleontólogo. Gould consideraba, a diferencia de Dawkins, que los organismos —las máquinas vivientes—, más que los genes, eran los que importaban. O sea, al revés de lo que sostenía Dawkins.

Ambos, Dawkins y Jay Gould, tenían diferencias respecto a su comprensión de la evolución: el segundo creía en la teoría que había concebido, la del equilibrio interrumpido; esto es, en la ramificación de las especies luego de un periodo de estabilidad y extinción. El primero, en cambio, más propenso a la adaptación y continuidad de estas, la negaba. Este duelo entre los seguidores de Darwin daría forma, posteriormente, al libro de Kim Sterelny, Dawkins vs. Gould (2007).

—El altruismo—
Dawkins deja en El gen egoísta poco margen de maniobra al altruismo. Entiende el sacrificio de unos pocos por los más, como un acto en sí de egoísmo para que los genes se sigan perpetuando. No obstante, desliza un hálito de esperanza. Al final del capítulo 11 dice: “Tenemos la capacidad de desafiar a los genes egoístas de nuestro nacimiento… Incluso podemos discurrir medios para cultivar y fomentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado: algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que no ha existido en toda la historia del mundo”.

Han pasado 43 años de su publicación y su impacto todavía se siente entre los iniciados. Uno de ellos, la psicóloga británica Susan Blackmore, en La máquina de los memes (1999), desarrolla el concepto de meme, que lanzó Dawkins en su libro.

—El meme de Dawkins—
Sí, este término tan popular hoy fue un aporte de Dawkins. Apareció en El gen egoísta para explicar la transferencia de información que reside en el cerebro de un individuo a otro. Esto es, la cultura, la cual sigue el proceso de evolución como los genes, pero con muchas más variaciones. 

“Necesitamos un nombre para el nuevo replicador, un sustantivo que conlleve la idea de unidad de transmisión cultural, o una unidad de imitación. Mimeme se deriva de una apropiada raíz griega, pero deseo un monosílabo que suene algo parecido a gen. Espero que mis amigos clasicistas me perdonen si abrevio mimeme y dejo meme”, escribió. 

Dawkins publicó otros libros como El fenotipo extendido (1982), El relojero ciego (1986) —en el que discute la teoría evolucionista de Gould y la del diseño inteligente planteada por los creacionistas— y El espejismo de Dios (2006); pero ninguno tuvo la trascendencia de El gen egoísta. Es de esos libros que marcan la conciencia. Inolvidable.

Publicado en El Dominical de El Comercio el 7 de julio del 2019

viernes, 22 de febrero de 2019

DOS ENFOQUES SOBRE LIMA A PARTIR DE DOS TEXTOS CANÓNICOS

«El criollismo es más aún. Es viveza criolla. Hay una palabra que expresa mejor, más gráficamente, este “valor”, inscrito en la singular tabla axiológica del criollo. ¿Qué es esa viveza? Un mixtión, en principio, de inescrupulosidad, y cinismo. Por eso es en la política donde se aprecia mejor este atributo». La contundencia de este enunciado condice con el contenido general de un texto que opta por la franca denuncia sin ambages, decididamente confrontacional, provocador desde su mismo título: Lima la horrible (1964).

Sebastián Salazar Bondy realizó en este ensayo un ajuste de cuentas con el pasado colonial de Lima. No pocos limeños antiguos tenían una nostalgia de esa Lima del puente a la alameda, que surgía irreductible en las letras de las canciones, en sus tapadas y en los balcones que la adornaban (y que alcanzó con Aldo Brunelli, personaje de El loco de los balcones, una obra teatral de Vargas Llosa, el punto más alto de exaltación). Con este tipo de perspectiva se impedía observar la nueva configuración social que iba adquiriendo la ciudad con la irrupción de los migrantes llegados de los Andes. Salazar lo veía muy claramente: Lima no era el Perú, y menos el jirón de la Unión. Así, con elegante prosa, se abocó a la tarea de desmoronar la visión de la Arcadia Colonial, añorada a partir del criollismo al que reprocha como reproductor de un pasado que se resiste a ver el presente.

 Al respecto señaló: «El mito colonial se esconde en el criollismo y por medio de sus valores negativos excita el sueño vano de la edad dorada de reyes, santos, tapadas, fantasmas, donjuanes y pícaros». Todo eso correspondía al siglo XVIII, a los tiempos de cuando la Perricholi se metía a la cama con el Virrey Amat y los limeños eran estremecidos por los terremotos que despertaban su devoción religiosa. De una Lima que, efectivamente, se había ido.

En contraste con lo expuesto por Salazar Bondy, consta otro texto igual de esencial a los limeños, el de Raúl Porras Barrenechea y su Pequeña Antología de Lima (1935). A Porras no le incomodaba citar a Ricardo Palma, a diferencia del anterior que lo hace para condenarlo –«Su fórmula (para componer sus Tradiciones Peruanas), tal cual él mismo la reveló fue: mezclar lo trágico y lo cómico, la historia con la mentira»–. Salazar Bondy hacía participe a Palma de la continuación del mito arcádico de la Colonia. Porras recoge la prosa elogiosa del chileno Vicuña Mackenna hacia la Lima colonial («la segunda ciudad de España, si no era más todavía»), rescatando una visión positiva de ella. Rescata igualmente el arrobado verso de Luis Fernán Cisneros acerca de la limeña coqueta y los piropos que esta recibía en las calles (inadmisibles hoy con las sanciones sociales y jurídicas vigentes). Esto implicaba, bajo ningún supuesto, que el maestro Porras terminara suscribiendo visión pasadista alguna. El conspicuo historiador peruano tendía a desceñir los elementos negativos de ese periodo para ofrecer una mirada matizada, amable, conciliadora si se quiere, ajena a toda visión excluyente.

La selección de Porras (ampliada el 2002 en la edición de la Fundación M.J. Bustamante de la Fuente) se ve beneficiada por su oficio de historiador, el cual le permitió escoger con vista aguda de águila los textos más significativos sobre el rostro de la ciudad, desde su fundación hasta su etapa republicana.

El ensayo de Salazar, a su vez, está alimentado por la rebeldía del escritor. Salazar quería fustigar, incitar conciencias, llamar la atención, entre otras cosas, sobre la cruda realidad de las barriadas, a las que la frivolidad limeña, simplemente, no prestaba un enfoque crítico.

Lima ya no es reconocida, como apuntó Porras, por los dos accidentes geográficos más visibles entonces: el Cerro San Cristóbal y el río Rímac. Tal vez el primero lo siga siendo en parte (los cerros El Pino y El Agustino rivalizan con él), pero el segundo ha sido reemplazado por el Metro de Lima, convirtiéndose ambos en símbolos de una capital conquistada por los hijos o bisnietos de la migración, esto es de los nuevos limeños.

Esta nueva Lima es la de la edificación inconclusa en sus fachadas, y de expresiones musicales como las de la cumbia andina y amazónica, acompañadas por otras menos nobles como el reggaetón.

Salazar registró la presencia del cholo, el serrano y el chino, como trabajadores que perfilaban con su esfuerzo el presente de la ciudad. Tal vez valga hacer una observación anacrónica: con la presencia masiva migración de los venezolanos, ¿podremos decir más adelante que el limeño del futuro será la fusión de los hijos de los venezolanos con los hijos de Gamarra?

Cabe anotar en esta parte  que, entre el trabajo de Porras (1935) y el de Salazar Bondy (1964), median cerca de treinta años. Los cambios dramáticos de la ciudad de décadas más tarde, no han sido condensados en un ensayo globalizador de envergadura. Quizá el libro de Rolando Arellano y David Burgos, La ciudad de los reyes, de los Chávez, de los Quispe (2004), cubra esforzadamente ese vacío.

Porras y Salazar Bondy, finalmente, registraron una realidad. Corresponde hacer un reconocimiento de lo que se viene. Por lo pronto, aunque les cueste a algunos admitirlo, Lima ya dejó de ser la del puente a la alameda.


jueves, 21 de febrero de 2019

EL UNIVERSO DISTÓPICO DE RAY BRADBURY EN CRÓNICAS MARCIANAS


Jorge Luis Borges le dedicó una enjundiosa recensión en 1955, posteriormente reproducida en su Prólogos con un prólogo de prólogos (1975). Ray Bradbury, autor de estas Crónicas Marcianas (1950) y de Farenheit 451(1953) –llevada al celuloide por François Truffaut en 1966–, es uno de los cuatro o cinco maestros de ese género considerado menor entre los lectores más enterados –Isaac Asimov (la trilogía Fundación), Arthur C. Clarke (“El centinela”, famoso cuento que da pie al film de culto2001: Odisea del espacio) y Phillip K. Dick (Sueñan los androides con ovejas eléctricas, adaptada al cine por Ridley Scott con el nombre de Blade Runner) forman parte de esa reducida constelación–: la literatura de ciencia ficción, que tuvo su edad de oro en los años cincuenta del siglo pasado.

A veces emparentada con la literatura fantástica, pero con vida propia, la literatura de ciencia ficción tiene en los libros de Julio Verne, De la tierra a la Luna, y H.G. Wells, La guerra de los mundos, connotados precursores.

Respecto al autor que nos convoca, Ray Bradbury, este en sus Crónicas Marcianas nos confronta con la incertidumbre del universo. ¿Qué hay más allá de nosotros mismos? Bradbury apela a nuestros temores, angustias, instinto de conservación y mecanismos de defensa, a la hora de colocar al hombre en un escenario desconocido para él: el planeta Marte.

Los relatos de Bradbury, por otra parte, se inscriben dentro del contexto que sigue al concluir la Segunda Guerra Mundial, el avance de la tecnología militar y la aparición de la bomba atómica como arma de destrucción masiva. La humanidad se planteó por aquellos días la posibilidad de migrar a otro planeta para perpetuar la especie humana. (Luego vino el aterrizaje del Apolo 11 en la Luna, para confirmar su propósito). Lo dice el personaje de su quinta historia (“El contribuyente”), Pritchard: “… todas las gentes con sentido común querían irse de la tierra. Antes que pasaran dos años iba a estallar una guerra atómica, y él no quería estar en la tierra en ese entonces.”

Borges consideraba la sexta historia de las Crónicas Marcianas –“La tercera expedición”– como la más inquietante. En nuestro caso, nos ha llamado la atención la cuarta, “Los hombres de la tierra”. De ella, creemos, se ha tomado la idea del desquiciamiento aplicado a la madre de John Connors, protagonista del film Terminator 2, a quien los psiquiatras toman como una demente cuando afirmaba venir del futuro para salvar a la humanidad de su destrucción. De este capítulo, lindante con el absurdo kafkiano, recordamos a la expedición terrícola en su llegada a Marte cuando es encerrada en un manicomio y sometida a diversos exámenes por los psiquiatras marcianos que no creen en la posibilidad de vida en la tierra (“La tierra es un sitio de mares y nada más que mares”, dice uno. “La tierra es un sitio de selvas”, añade otra).

La aventura culmina con el exterminio de los expedicionarios, así como el de sus captores quienes, a diferencia de sus víctimas, sí estaban ganados por la locura.
Bradbury compila sus veintisiete relatos abarcando un periodo que se inicia en Enero de 1999 y culmina en Octubre del 2026 con la colonización de Marte. Sobre esto último, el autor de El Aleph nos dice: “Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo –que su profecía nos revela como un desierto de vaga arena azul, con ruinas de ciudades ajedrezadas y ocasos amarillos y antiguos barcos para andar sobre la arena–”.

La sociedad que construye Bradbury en sus Crónicas Marcianas es de corte distópico, una en la que se reproducen negativamente los modos de vida de la tierra y en la que una tal “señora K” (conocida en nuestros lares por razones poco encomiásticas) habita sorpresivamente la segunda historia (“Ylla”).
Se cierra el círculo de Crónicas con la presentación de los “nuevos marcianos”, simbolizados en una familia de colonos terrestre que se observa en las aguas de un cauce:

“–Siempre quise ver un marciano -dijo Michael -. ¿Dónde están, papá? Me lo prometiste.
–Ahí están– dijo papá, sentando a Michael en el hombro y señalando las aguas del canal. Los marcianos estaban allí. Timothy se estremeció.
 Los marcianos estaban allí, en el canal, reflejados en el agua: Timothy y Michael y Robert y papá y mamá.”

Con una escritura sencilla, sin mucho artificio, Ray Bradbury nos instala con sus Crónicas Marcianas en un universo fantástico para discutir, aún ahora, la condición humana de nuestro tiempo.








BERTOLUCCI, EL ÚLTIMO EMPERADOR DEL CINE



Ni bien exhaló el último suspiro y sus detractores se le vinieron encima. El último tango en París (1972), que tuvo como protagonistas a María Schneider y Marlon Brando, fue el motivo de la discordia. Bernardo Bertolucci ha pasado al recuerdo por esa secuencia, entre erótica y transgresora, en la que se fuerza a una casi púber Schneider –Mónica Belluci tuvo una escena más cruda en Irreversible (2002)–. Empero, Bertolucci ha dejado una huella que está más allá de esa provocación convertida en fotograma. Fue uno de los grandes directores de la cinematografía mundial. Para erigirse en ese pedestal ha dejado varias obras maestras, entre las que destacan nítidamente El conformista (1970), Novecento (1976) y El último emperador (1987).

Bertolucci, admirador en su juventud de Jean-Luc Godard, quien le escribió despectivamente en la parte posterior de una foto de Mao, luego de ver El conformista: «Debes combatir el individualismo y el capitalismo», tuvo en Pier Paolo Pasolini al maestro que guió sus inicios en el cine –fue su asistente de dirección en la película Accatone (1961)–.

El cine de Bertolucci, un cine profundamente político, se cimentó apoyándose en las obras literarias de escritores famosos como Borges o Alberto Moravia.











El conformista, adaptación de la obra literaria del mismo nombre de Moravia, y ambientada en la Italia de Mussolini, es un film, en el fondo, sutilmente antifascista, muy acorde al espíritu del cineasta. Cuenta la historia de Marcelo Clerici, un hombre cuya máxima aspiración era la de cultivar el aurea mediocritas griego, esto es, la de llevar una existencia como la de cualquier individuo común y corriente. El ideal de Clerici –a la sazón, un agente fascista– se ve interrumpido cuando se le encarga la tarea de eliminar a su profesor de filosofía francés. Godard, vio en esta puesta en escena, una concesión con el enemigo político, lo que provocó un debate sobre el uso que debe tener el cine.

La escena del baile de Julia, la mujer de Clerici, y Ana, la esposa del profesor Quadri, sugiriendo una relación prohibida, ha pasado como una de las escenas más sensuales en la historia del cine –superada largamente por la protagonizada por Emmanuelle Seigner y Kristin Scott Thomas en el film dirigido por Polanski, Luna de Hiel (1992)–.

Novecento, en cambio, es un fresco de la Italia campesina, en la época del fascismo. La película tiene como eje central la vida de dos personajes que nacen el mismo día y casi en la misma hora: Olmo y Alfredo. El primero es hijo de padres jornaleros y el segundo es hijo del hacendado. Esas dos vidas paralelas –que Plutarco habría reclamado para una semblanza– se confrontan desde la niñez hasta el final de su vejez, representando la colisión de dos clases antagónicas.

Bertolucci busca claramente esa oposición ya que responde a un modo de ver el mundo de su tiempo (incluso aún ahora): socialismo versus capitalismo. El director italiano estratégicamente divide los momentos históricos del film de acuerdo a las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno. El de la caída del fascismo, significativamente corresponde al de la última estación.

El último emperador constituye indudablemente la obra cumbre de Bertolucci, la que resume su largo recorrido en el cine. Para su realización le fue concedido el acceso a la Ciudad Prohibida, lugar de residencia de los emperadores chinos. La autobiografía de Puyi, Yo fui emperador, le ayudó en la tarea de recrear la mentalidad y el escenario fastuoso de la China premaoísta.

El film gira alrededor de la vida de Puyi, el último emperador. Y es a través de su transformación de un hijo del Cielo a jardinero en la nueva sociedad construida, que se observa la caída de la dinastía imperial Qing, la invasión japonesa en Manchuria y el arribo al poder del Partido Comunista en China.

La Revolución Cultural, uno de los fondos históricos del film, no es motivo de condena por parte del cineasta (ya se conocían los abusos de la Banda de los Cuatro, liderada por la viuda de Mao, Jian Qing). Simplemente la presenta y deja que el espectador forme su propio juicio.

Antes de desaparecer, Bertolucci dejó dos filmes, Soñadores (2003) y Tú y yo (2013), que no hicieron sino ratificar sus dotes para hacer del cine un espectáculo cargado de una dura y turbadora belleza.



martes, 19 de febrero de 2019

RIBEYRO Y SU PASIÓN POR EL CINE

HACE cinco años, en una entrevista que concedió al diario Gestión (12/04/14), “Julito”, el hijo de Julio Ramón Ribeyro, reveló que en el caso de su padre “nadie hace mención de su pasión por el cine y (que esta) era una pasión muy clara”. El poeta Paco Bendezú, para confirmar lo dicho por “Julito”, evocó para el libro de Ángel Esteban, El flaco Julio y el escribidor (Lima, 2016), los tiempos en que compartía con Ribeyro caminatas en París: “Íbamos mucho al cine y al teatro, la cinemateca tenía cine de todos los países, a Julio le interesaba más el (cine) europeo que el americano. Vimos todo Buñuel, por ejemplo…” (p. 349). Ribeyro, de acuerdo a Bendezú, se habría, pues, interesado en filmes de Luis Buñuel como El perro andaluz (1929).

“Julito” contaba también en una entrevista que le hizo Jorge Coaguila en la Casa de la Literatura el 14 de diciembre pasado, que su padre lo llevaba al cine de barrio y que mucha de la afición que tiene él por el séptimo arte, se debe a “esos momentos que pasábamos viendo películas viejas en esos cines”, corroborando lo señalado anteriormente en Gestión cuando confesó que Ribeyro le hizo conocer el cine de Fellini, así como el cine francés e italiano.

Como se sabe el hijo de Ribeyro es realizador cinematográfico en Europa. Para fortalecer esa vocación su padre, Julio Ramón, tuvo la intención de hacerlo estudiar en Cuba, pero su madre se opuso y lo mandó a estudiar a Londres, como recordó en esa conversación con Coaguila.

Por otra parte, cuatro años de morir, en 1990, Julio Ramón Ribeyro tuvo la satisfacción de ver uno de sus cuentos más reconocidos, “Los gallinazos sin plumas”, trasladado al cine por Francisco Lombardi, quien lo incluyó dentro de uno de los capítulos de su film Caídos del cielo. Un año antes, en 1989, el cineasta cusqueño Federico García Hurtado estrena en las salas de la capital La manzanita del diablo, que tuvo en su reparto a actores como Tania Helfgott y Antonio Arrue, tomando una idea suya de base. Tres años después, en 1992, y dos antes de que partiera Ribeyro, el cortometraje de Gerardo Herrera, Ni contigo ni sin ti, adaptado de un cuento de Ribeyro, “Tristes querellas en la vieja quinta”, tuvo el honor de ser nominado al prestigioso premio cinematográfico Goya de ese año en España.

Ribeyro no ha tenido la suerte que han tenido Arguedas (Luis Figueroa) y Vargas Llosa (Lombardi) de tener un cineasta que lleve al ecran lo mejor de su mundo cuentístico. Esta es aún una deuda pendiente por saldar entre nuestros cineastas nacionales. Esperemos que lo hagan pronto.

sábado, 22 de septiembre de 2018

ALGUNAS IDEAS A PROPÓSITO DE LA PRESENTACIÓN DE UN LIBRO SOBRE VARGAS LLOSA


Por: Freddy Molina Casusol

El 7 de agosto, el crítico literario Efraín Kristal presentó la última versión de su libro Tentación de la palabra en el local de Fondo de Cultura Económica de Miraflores. Kristal acompañado de otros dos críticos, Agustín Prado (UNMSM) y Cecilia Esparza (PUCP), desbrozó parte de su trabajo dedicado a la obra de Vargas Llosa, que aparece ahora sumamente ampliado respecto a su primera versión de 1998. Dirigiéndose al público que se hizo presente en la sala del FCE, reseñó algunas de sus ideas principales, de las que, a partir de su exposición, surgieron de nuestro lado algunas otras en voz alta que compartimos con ustedes a continuación.

El gran dictador que no fue

Yo creí que el sargento Lituma, personaje que salta en varias novelas de Vargas Llosa, La casa verde, La tía julia y el escribidor, La chunga (obra de teatro), Lituma en los andes y en El héroe discreto, iba a llegar a ser general de división y dar un golpe de estado, y así convertirse en el gran dictador que rivalizara con la saga de dictadores que aparecen en Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos, Señor Presidente de Asturias, El recurso del método de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca de García Márquez;  y La fiesta del chivo del propio Vargas Llosa. Lituma es, para mí, un personaje trunco, una oportunidad perdida en la narrativa vargasllosiana.

La misteriosa dedicatoria

La misteriosa dedicatoria a “X, por los tiempos heroicos” en Travesuras de la niña mala, es un enigma. ¿A quién dedicó Vargas Llosa esta novela? Vargas Llosa ha dedicado sus libros a sus amigos de juventud –a Luis Loayza y Abelardo Oquendo en Conversación en la catedral–, a sus ex mujeres –a Patricia Llosa (La casa verde) y Julia Urquidi (La tía julia y el escribidor)–, a sus nietas (El sueño del celta), y a amigas entrañables como la novelista brasileña Nelida Piñón en La guerra del fin del mundo.

En cambio, en Travesuras de la niña mala la dedicatoria está sellada por el hermetismo. ¿Por qué? ¿Qué quería esconder? Sospecho que a quien pudo haberle dedicado la novela, es a Lea Barba, amor platónico del escritor e hija del sindicalista y dueño del Negro-Negro, boîte de los años cincuenta cuando Vargas Llosa era estudiante de San Marcos.

¿A qué tiempos heroicos se refería el escritor? ¿A los que vivió en el Leoncio Prado? ¿A los que pasó durante una temporada en Piura, o a los que disfrutó en su barrio Diego Ferré de Miraflores? ¿O,tal vez, a los que pasó en San Marcos?

Quizás sean estos últimos, pues la novela está ambientada en la época en que conoció al guerrillero Guillermo Lobatón(en Francia, escenario de Travesuras), a Felix Arias Schereiber y Lea Barba, con quienes formó un incondicional triunvirato. Esto es, a fines de los cincuenta.

De Barba se enamoró secretamente en esos “tiempos heroicos”, que eran los de la dictadura de Odría. Eso lo revela en sus memorias El pez en el agua, que antes presenta en Conversación en la Catedral, lo que motivó que Lea Barba le dijera al reencontrarse con él en una recepción en la embajada de Nicaragua: “Tú y tus demonios”. Por tanto, me animo a decir que la X de la dedicatoria podría ser Lea Barba.

¿Saludo a Cien años o a El tambor
de hojalata?

Efraín Kristal ha anotado que Travesuras de la niña mala, es un saludo a Cien años de soledad porque el personaje central –la niña mala–se reinventa en un contexto diferente. En todo caso pienso que esta es un saludo a una novela de Gunter Grass, El tambor de hojalata.

La propuesta de Grass en El tambor es cíclica y, como me decía una amiga comentando un película alemana Corre, Lola, corre (1998), un distintivo de su cultura. El protagonista de Grass en esta novela vuelve a vivir lo que pasó pero narrado de otro modo. La historia se repite como una espiral: pasa por un mismo punto pero desde otro plano de observación. Por allí, me parece, se recrea el personaje de la chilenita, la camarada Arlette, Madame Arnoux, Mrs. Richardson, que, con sus requiebres amorosos, hace sufrir a Ricardito, el alter ego de Vargas Llosa.

Tres etapas que marcan la novelística de Vargas Llosa

El crítico Kristal afirma que hubo hasta tres etapas que marcan las novelas de Vargas Llosa, una cuando era socialista, otra cuando era liberal, y una última, que tiene a El héroe discreto y Cinco esquinas cuando el escritor empieza a ver el mundo positivamente. Habría que precisar que entre su pase del socialismo al liberalismo, existió una etapa intermedia donde se reclamaba pragmático. Esa influencia se debe a Richard Webb, muy amigo suyo a mediados de los ochenta (a quien le prologó un libro), depositario del pensamiento pragmático de William James. Ese estadio tuvo una duración breve hasta que apareció el influjo de Isaih Berlin, y los pensadores liberales como Popper y Hayek. De allí en adelante, Vargas Llosa sigue una línea política que hasta ahora mantiene invariable y que ha sido blanco de sus detractores.

Lima, setiembre del 2018

domingo, 1 de abril de 2018

DE LIBROS Y TRADUCCIONES


PARA MÍ la peor traducción de Madame Bovary es la hecha por Consuelo Berges para la edición de Alianza Editorial que lleva como prólogo el primer capítulo del ensayo de Vargas Llosa sobre la novela de Flaubert, La orgía perpetua. Era impasable. Debió ser que ese español de la península ibérica, como me decía un amigo, era para la gente de allá. Felizmente, ya la había leído en la traducción en español latino para Oveja Negra, en su colección de Literatura Universal, así que no sufrí el trauma de dejarla a un lado en el primer intento. Eso me ocurrió con Lolita de Nabokov, difundida en un pésimo pase del francés al español para esas ediciones populares de tapa dura de la Editorial Seix-Barral. No la pude leer durante años, hasta que cayó en mis manos la traducción de Anagrama donde ya pude gozar la deliciosa perversión de Humbert Humbert con Lo, su ninfa hijastra. La Divina Comedía, por su lado, la sentí más cercana en la traducción de Edaf, y no en la de Cátedra que es más literal, como advierten sus editores. Un entendido me decía que la traducción autorizada de Nietzche, es la que ostenta la Editorial Sarpe en La gaya ciencia. Un amigo me dice que la de Andrés Sánchez Pascual es la verídica. La verdad, no sé cuál será la competente. Si se trata de filósofos, este mismo amigo, me comenta que la traducción recomendada por los especialistas para el caso de Kant es la de Pedro Ribas, que yo tengo en mi reducida biblioteca en la Crítica de la razón pura. Y que la que cuenta para Schopenhauer, es la de Roberto Rodríguez Aramayo, que también tengo –permítanme la vanidad– en El mundo como voluntad y representación, que no sé cuándo voy a terminar de leer. El tema es que el traductor es un traidor, hace requiebres para trasladar lo que quiere decir su traicionado. Claro, no siempre podrá trasladar fielmente los conceptos filosóficos o literarios vertidos por este. Eso me recuerda, si la memoria no me falla, el problema de transportar a otras lenguas los giros en las novelas de García Márquez y Vargas Llosa. No es fácil trasplantar el calor tropical donde habita Remedios la bella o los peruanismos expresados en los personajes de La casa verde, a la gelidez europea. Una traducción, creo que en eso es lo que concuerdan los conocedores, es aquella que recoge el espíritu de un autor y lo recrea en un lenguaje que deja satisfecho al lector. Eso me pasó, por ejemplo, con El retrato de Dorian Gray que leí en la edición de Edaf. Hasta ahora siento la versatilidad poética del traductor. Hay consenso en pensar que un traductor necesariamente, aparte de conocer a profundidad el idioma traducido, tiene que ser un artista. Sobre él pesa la responsabilidad de adaptar los pensamientos de un autor foráneo a la sensibilidad lingüística del lector. Y también aparece el disgusto en estos temas. Pienso en la historia, y me remonto a Felipillo, aquel indio ladino que, cabalgando entre su raza y la invasora, tradujo mal, al parecer, los mensajes de ida y vuelta entre Pizarro y Atahualpa. Un traidor en toda la extensión de la palabra. Dicen que la traducción de Las palmeras salvajes no la hizo Borges, aunque la firmó, sino su madre. Eso dicen las malas lenguas. No sé, prefiero no traicionar al maestro en esta línea final al recordarlo.


Freddy Molina Casusol
Lima, 01 de abril del 2018

sábado, 31 de marzo de 2018

EL “ABIMAEL” DE JARA

QUIZÁS sea el único en este país al que podría llamarse “periodista de investigación”. Umberto Jara tranquilamente puede compararse con Oppenheimer o Gerardo Reyes, periodistas quienes llevan sus trabajos de investigación durante meses (o años), y luego de cotejar una y otra vez sus fuentes, lo presentan al gran público con una estela de rigurosidad. Ya en dos libros anteriores se había podido observar la laboriosidad de Jara: Historia de dos aventureros y Ojo por ojo. En esta nueva entrega, Abimael, el sendero del terror (Planeta, 2017), Umberto Jara presenta nuevos aportes para entender esa personalidad jaloneada por el fanatismo, como es la de Abimael Guzmán, más conocido por sus seguidores como “Presidente Gonzalo”.

Jara tuvo la ventaja en su investigación de contar con un manuscrito biográfico, escrito de puño y letra del líder senderista. Obviamente este, por razones que se comprenden (el evitar que se convierta en objeto de culto), no ha sido publicado. El periodista Jara aprovecha este material de primera mano para reconstruir el itinerario de Guzmán desde su niñez hasta bastante entrada la madurez cuando, en compañía de Augusta La Torre (quien influyó mucho en él), concibe la creación del Partido Comunista del Perú-Sendero Luminoso. Lo que Abimael nos retaceó en De puño y letra, Jara, con alguna generosidad, nos lo muestra. No todo, pero lo suficiente como para satisfacer la curiosidad.

Abimael, por otra parte, se coloca, gracias a la pluma de Jara, en la primera fila de libros de obligada lectura para entender el fenómeno senderista. Los otros, como sabemos, son los de Gorriti –Sendero Luminoso– y Carlos Iván Degregori –El surgimiento de Sendero Luminoso–. 

En cuanto al trabajo en sí, queremos acotar dos cosas: 1) Jara apunta en su investigación que en 1964, en un evento del PCP denominado IV Conferencia, Abimael consigue la expulsión de Jorge del Prado y Saturnino Paredes (p. 97). Esa es la versión senderista que responde al cariz de la época entre los partidos de la izquierda peruana: la excomunión mutua. Hay información que muestra que tanto Del Prado como Paredes, se arrogan el hecho de la expulsión de Guzmán de sus respectivas organizaciones,  convirtiéndose ellos mismos en los caudillos de las mismas (PCP-Unidad y PC-Bandera Roja); y 2) Jara anota que “Abimael Guzmán intentó dar muerte a (Hernando) De Soto ordenando a sus huestes estrellar un camión cargado de explosivos en contra del local del Instituto Libertad y Democracia” (p. 100). Esto es de libre interpretación. Podría entenderse que el despropósito era ese; pero también, en concomitancia con la práctica de Sendero, podría contemplarse como un ataque a un símbolo del capitalismo. Nos inclinamos por esto último.

Al margen de lo anterior, el libro de Jara exuda un conocimiento de lo que ocurrió en el Perú durante la década de los ochenta e inicios de los noventa del siglo pasado, de suma utilidad para los jóvenes engatusados en la actualidad con la promesa de la “revolución mundial proletaria”.

El papel cumplido por Augusta La Torre (camarada Norah), la primera mujer de Guzmán, en organismos del senderismo como Socorro Popular, también es examinado. Su perfil, correspondiente al de una mujer dogmática, fundadora del antes mencionado Socorro Popular –responsable de la ejecución de asesinatos en la capital–, la presenta como una persona cruel, sin pizca de piedad.

Al final del libro podemos leer un doble reclamo de Jara. Se refiere al caso del senderista Eucario Najarro Jáuregui, uno de los torturadores de Benigno Medina del Carpio, dueño de un pequeño fundo en Ayacucho, cuyo hijo vio cómo su padre era asesinado por las huestes dirigidas por la camarada Norah. Najarro, en un motín que precedió a un ataque senderista, fue herido y llevado de la cárcel –donde purgaba condena por el asesinato de Medina– al Hospital Regional de Huamanga. Allí, la Guardia Republicana ingresó para ejecutar extrajudicialmente a los senderistas heridos. Najarro fue ahorcado, pero logró sobrevivir. El parlamentario Javier Diez Canseco alzó su voz de protesta por ello. El doble reclamo de Jara consiste en que Diez Canseco “clamó justicia y exigió investigaciones con un énfasis que ni él, ni otros miembros de la izquierda, utilizaban cuando el senderismo perpetraba sus acciones”, y que “el informe de la Comisión de la Verdad registra a Navarro como víctima de tortura en 1982, y respecto de Benigno Medina dicha comisión consigna apenas recortes periodísticos con la noticia de su salvaje asesinato”. Es lamentable, por decir lo menos, que, tal como lo expone Jara, haya existido un tratamiento diferenciado en ambos casos.

Un buen libro el del periodista Jara, califica para una relectura.

Freddy Molina Casusol
Lima, 31 de marzo del 2018 

sábado, 30 de septiembre de 2017

EL CHILENO QUE MUESTRA LA VERDAD

ME LOS DEJÓ una amiga hace algunas de semanas. “Es el colmo”, me dijo luego. Sí, era el colmo. Su regalo estaba esperando desde la última navidad para que lo recogiera de su casa. Yo no iba, sea por flojera o porque no tenía tiempo (mentira) o porque, lo peor, creía que no había acertado con la compra. Lo cierto es que cuando ya tirado en el sofá de mi casa me puse a leerlos, sentí que había dejado pasar un precioso tiempo para deleitarme con su lectura. Porque Baradit, el autor chileno de la serie Historia secreta de Chile, es un escritor que hace lo que a mí me gusta: poner al descubierto lo que otros, por corrección política o cálculo, ocultan.

Tres historias sublevantes

Al abrir uno de los tomos (el 2), el relato de Bernardo O’higgins, ilustre prócer de la independencia chilena, saltó a la vista. No creo que al leerlo los chilenos se hayan sentido muy complacidos. Baradit pone en duda su calidad de libertador, tras la perspicaz lectura de un texto clave: su propio discurso de asunción de mando en 1817. Allí el prócer chileno confiesa: “Después de haber sido restaurado el hermoso reino de Chile por las armas de las Provincias Unidas de la Plata bajo las órdenes del General San Martín…”. O sea, fueron San Martín y los argentinos quienes liberaron a su país de la tiranía española. (Yo me preguntaba en esta parte, qué habrá dicho Sergio Villalobos, uno de los principales historiadores chilenos, ante esta afirmación de uno de sus compatriotas. Me preguntaba qué habrá sentido al leer la admisión que otros fueron los que los liberaron). O’higgins, por otra parte, es un viejo conocido nuestro. Existe en el jirón de la Unión la casa que lo albergó en su exilio, hoy hecha museo (aún se recuerda que, durante su primer mandato, la presidenta Bachelet la visitó), y que hace cerca de diez años, fue sede de la exposición "La literatura y la vida", dedicada a la obra literaria de Vargas Llosa.

De todos los relatos escritos por Baradit quizás el más penoso sea el destinado a Diego Portales, un hombre que ha marcado la línea política de su país en el siglo XIX, y que es recordado por los peruanos por estas nefastas líneas que escribió en 1836: “Chile debe dominar para siempre en el Pacífico”, líneas que muy probablemente alentaron la guerra de 1879. Portales no reconoció a los tres hijos que tuvo con una hija de la aristocracia chilena de origen holandés. El retrato que se hace de él, es el de un miserable. Nunca le interesó el destinó de esta niña de quince años, Constanza Nordenflycht, que se consumía de amor por él como un personaje de García Márquez, y a quien hacía, cada vez que podía, a un lado. Jamás le importó si no fuera para sacar alguna ventaja de su posición económica. Este relato es aleccionador porque lo desenmascara frente al lector que en los libros de historia lo observa como un gran personaje político (en verdad, un manipulador y conspirador, de acuerdo a Baradit). El hombre todopoderoso de Chile de esa época tuvo un final violento, digno de un film de Tarantino. No se lo contamos para no malograrles la lectura. Solo busquen el libro y léanlo.

La historia de Pinochet como el caudillo del golpe del 11 de setiembre de 1973, que trajo abajo la presidencia de Allende, se desmorona cuando Baradit, cuenta, atando cabos, que don Augusto José Ramón Pinochet Ugarte nunca conoció los detalles del derrocamiento de su jefe –porque lo era–, el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas de Chile, Salvador Allende, sino hasta el final, cuando la balanza se inclinó hacia el lado de los golpistas, realmente coordinados por el general Arellano Stark, el verdadero operador del golpe, a quien posteriormente pasó al retiro. Luego a uno por uno de los que participaron ese 11 de setiembre los fue eliminando, mismo Stalin, porque podían rivalizar con él en el poder. Esta semblanza sobre Pinochet aficionado a la astrología y lo esotérico, completa el perfil del dictador chileno elaborado por Jon Lee Anderson y que está incorporado en su libro El dictador, los demonios y otras crónicas, que reúne una serie de retratos, entre ellos el de Pinochet con su biblioteca como fondo (que Baradit, recuerda, fue en buena parte comprada con dinero del Estado).

Colofón

Los relatos de Baradit no se cierran con aquel que cuenta cómo el acta de independencia de Chile es hecha pedazos por un soldado, durante el golpe militar de Pinochet, ni con el relato de Arturo Prat, héroe chileno de la guerra de 1879 entregado al espiritismo, sino que abren una puerta para que los pueblos del mundo revisen su propia historia llena de falsificaciones, y reescrita muchas veces por una mano guiada por los intereses de turno. Historia secreta de Chile debería ser replicada en cada uno de nuestros países que conforman nuestro continente. ¿Y por qué? Por una sencilla razón: para conocernos mejor. Gracias, Eliana, por tu regalo.

Freddy Molina Casusol
Lima, 30 de setiembre del 2017

domingo, 14 de mayo de 2017

PERESTROIKA

A FINES de los ochenta, el sistema socialista diseñado por los seguidores de Marx y Lenin en la Unión Soviética, se resquebrajó. El héroe cultural que condujo la transformación de un país con una democracia centralizada en un Comité Central (“Politburo”) a una de corte occidental, fue Mijaíl Gorbachov. Él escribió un libro pequeño, pero de poderosa influencia, llamado “Perestroika” (en español, “Reestructuración”) donde explicaba todas las ideas de transformación económica y política para la sociedad que dirigía. La Perestroika pretendió renovar los cimientos anquilosados de un sistema desgastado, lastrado por la lentitud de una burocracia estatal, y carente ya de creatividad entre sus ciudadanos. Gorbachov al liberar las fuerzas sociales con su complemento la Glasnot (o “Apertura”), no pensó que estas, en su expansión, fueran a minar el propio sistema hasta provocar su derrumbe. Contenidas, una vez libres, se volvieron hacia su creador ocasionando su caída.

La Perestroika, el libro de Gorbachov, es un magnífico diagnóstico del sistema soviético hasta ese momento. El influjo de John Stuart Mill (Sobre la libertad) en sus páginas se puede rastrear. Hay una visión de la historia, una mirada de conjunto de los acontecimientos que marcaron aquella época. A muchos entusiasmó el experimento social de Gorbachov, pues creían de buena fe que el socialismo debía renovarse desde sus entrañas, y que la vieja guardia comunista –representada por el Secretario General Leonid Brezhnev– era un estorbo para el despegue del Oso ruso.

La caída del muro de Berlín en 1989, fue el aviso de que todo el engranaje totalitario montado por la ex URSS en diversas partes del mundo, en cualquier momento se iba a desmoronar. La Perestroika coadyuvó a que esto sucediera. La asunción al poder dos años después de Boris Yeltsin, un disidente del Partido Comunista, luego de una serie de acontecimientos impredecibles, y la disolución de la Unión Soviética, fue la culminación de todo el proceso. Nadie concebía que un sistema tan poderoso por fuera (por algo llamaron la Cortina de Hierro al conjunto de sus satélites), fuera tan frágil por dentro.

La Perestroika fue el canto de cisne de un modelo de sociedad que se resistía a perecer, y que no necesitó de violentos conflictos sociales, como proclamaba la filosofía que lo sostenía, para pasar a otro.

El libro de Gorchavov nos cuenta la historia de esa “reestructuración”, el porqué era indispensable, aunque en su transitar se fuera por otro camino. Nos puede decir aún con su honesta mirada, lo que debemos hacer para que la historia no se repita en el desarrollo de nuestras naciones.

Freddy Molina Casusol
Lima, 15 de mayo del 2017

DE TAMALES, HUMITAS Y UN LIBRO

LOS tamales eran infaltables los domingos en mi casa. Mi papá los traía temprano para compartirlos en familia. Siempre. Calientitos, envuelt...